jueves, 23 de marzo de 2017

Alden Whitman: redactor de necrológicas/2


Continuamos con el reportaje realizado por Gay Talese (a quien corresponden todas las citas de este artículo) acerca de Alden Whitman quien redactara las notas necrológicas en el Times.
Whitman tiene también la que llama “lista diferida”, que está compuesta de ancianos pero duraderos dirigentes mundiales, monstruos sagrados, que siguen en el poder o continúan siendo noticia por otros motivos, y el intentar escribir una necrología definitiva de estos individuos no sólo sería difícil, sino que se vería obligado a realizar continuos cambios o insertos. Así que, aunque esta gente -como De Gaulle, Franco, etc.- puede que tengan necrologías anticuadas en la “morgue” del Times, Whitman prefiere aplazar la revisión hasta el final.
En su trabajo era necesario tener en cuenta que hay quienes mueren en el auge de su trayectoria pero también están aquellos que fallecen cuando ya se encuentran en franco declive.
Hay, naturalmente, algunas personas que Whitman tiene razones para pensar que morirán pronto, y les tiene ya guardado su tributo definitivo en la “morgue” del Times; pero, a veces, no mueren durante muchos años. Es posible que su importancia y su influencia en el mundo disminuya y, sin embargo, continúen  viviendo. En este caso -si el nombre muere antes que el hombre, como diría A. E. Housman, Whitman se reserva el derecho de recortar la necrología. Vivisección. Es un hombre escrupuloso y frío.
Seguramente las notas necrológicas son leídas preferentemente por personas de edad avanzada, pero no solamente por ellos. Según Talese es una página “leída con mucho cuidado, quizá demasiado, por los lectores de morbosa curiosidad; los lectores que buscan las huellas de la vida; los lectores que buscan apartamentos vacíos”.
A Whitman no le preocupa que sus notas no lleven firma, se siente a gusto en el anonimato y de acuerdo al reportaje de Gay Talese estamos ante alguien que se siente muy a gusto con su trabajo, un verdadero vocacional.
Durante todo el día, mientras sus colegas corren de acá para allá, Whitman se  queda sentado en su mesa de la parte de atrás, toma té y vive en su  extraordinario pequeño mundo de los medio vivos y medio muertos en este lugar enorme que es la redacción. (…)
A él le interesa  el último  acto.
Piensa en las palabras que usará cuando estos hombres (…) mueran por fin. Se inclina hacia su máquina de escribir con la espalda encorvada, pensando en las palabras que poquito a poco irán construyendo las necrologías anticipadas de Mao-Tse-tung, de Harry S. Truman, de Picasso. Contempla también a Marlene Dietrich y Greta Garbo, Steichen y Haile Selassie. En un trozo de papel, Whitman, después de una hora de trabajo, ha escrito: “…Mao-Tse-tung, el hijo de un oscuro  cultivador de arroz, ha muerto como uno de los gobernantes más poderosos...”  En otro pedazo de papel: “…El 12 de abril de 1945, a las 7,09 de la tarde, un  hombre del que pocas personas habían oído hablar se convirtió en el presidente de los Estados Unidos...” En otro: “…Era Picasso el pintor, Picasso el fiel y el infiel amante, Picasso el hombre generoso, también Picasso el escritor romántico...” Y en unas notas anteriores: “…Como actriz, la señora de Rudolph Sieber era mediocre; sus piernas, desde luego, no eran tan bonitas como las de Mistinguette, pero la señora Sieber, bajo el nombre de ‘Marlene Dietrich’ ha sido durante años un símbolo internacional de sexo y atracción...”
Whitman no está satisfecho de lo que ha escrito y vuelve a leer las palabras y las frases con atención.
Aun en los momentos de solaz esparcimiento no podía dejar de pensar en su trabajo, en sus obligaciones profesionales.
Cuando Whitman va a los conciertos (suele hacerlo con frecuencia), no puede menos que mirar a su alrededor y observar a los distinguidos miembros del  público sobre los que algún día posiblemente tenga especial interés.  Recientemente, en el Carnegie Hall, se dio cuenta de que uno de los espectadores de las primeras filas era Arthur Rubinstein. Rápidamente, Whitman tomó su binóculo y enfocó a Rubinstein, examinando la expresión de sus ojos, la boca, el suave pelo gris y viendo con sorpresa -cuando Rubinstein se levantó en el intermedio- lo bajito que era.
Whitman tomaba notas de todos estos detalles, sabiendo que algún día darían vida a su trabajo, sabiendo que unas buenas necrologías, al igual que unos bonitos entierros, tienen que ser planeadas con mucha anticipación. (…)
“La muerte nunca coge de sorpresa al hombre sabio”, escribió La Fontaine, y Whitman está de acuerdo.
Sus ficheros siempre están al día pero mantiene una severa restricción: “no permite a nadie leer su propia necrología”. Tal vez por aquello que afirmara Elmer Davis –y que cita Talese-: “Un hombre que ha leído su necrología no volverá nunca a ser él mismo”. Aunque son pocos, existen los casos de quienes han redactado su propia nota necrológica.
Algunos periodistas, quizá porque no se fían mucho de sus colegas, han escrito  su propia necrología y solapadamente la han metido en los ficheros en espera del momento apropiado. Una de esas necrologías anticipadas, escrita por un  reportero del Daily News de Nueva York, Lowell Limpus, apareció en 1957 con su  firma, y empezaba: “Esta es la última de las 8.700 historias escritas por mí que aparecerá en el News. Tiene que ser la última, puesto que fallecí ayer... He escrito mi propia  necrología porque conozco mejor que nadie al sujeto en cuestión y  prefiero que sea más sincera que florida”.
La muerte alcanza a todos pero no sucede lo mismo con su difusión que trasluce las desigualdades sociales.
Si uno ha de creerse todo lo que lee en el Times, los individuos con el mayor porcentaje de muertes son los presidentes de consejos de administración, según observación hecha por el señor [Simon de] Vaulchier. Los almirantes suelen tener en el Times necrologías más largas que los generales, seguía diciendo, y los arquitectos salen mejor parados que los ingenieros; los pintores llevan ventaja a otros artistas y aparentemente todos mueren en Woodstock, Nueva York. En cambio, al parecer, no fallecen ni mujeres ni negros.
Alden Whitman era consciente que algún día le tocaría a él ser ya no el redactor sino el principal protagonista de la nota.
Cuando Whitman fue llevado al Knickerbocker Hospital en Nueva York [por haber sufrido un ataque cardíaco], un redactor fue encargado de “poner al día su ficha”. Después de restablecerse, no leyó su necrología, ni espera leerla nunca, pero se imagina que constará de siete u ocho párrafos y que, cuando por fin se publique, dirá algo como: “Alden Whitman, miembro del personal del New York Times, que escribía las necrologías, murió anoche, de repente, en su domicilio, 600 West 116th Street, de un fuerte ataque al corazón. Tenía cincuenta y dos años…”.
Lo que en sus inicios fue una sanción, le permitió a Alden Whitman encontrar su vocación: “los editores del Times (…) creyeron castigarme trayéndome (…) encargándome la redacción de notas necrológicas. Nunca fui más feliz.”

martes, 21 de marzo de 2017

Alden Whitman: redactor de necrológicas/1


Ya nos hemos referido al notable perfil que traza Gay Talese en relación a Alden Whitman (http://habladuriacronicasdelocotidiano.blogspot.mx/2017/02/perfil.html).En esa oportunidad habíamos adelantado que retomaríamos el tema y llegado es el momento.

Entre las asignaciones de la prensa escrita está informar acerca de la muerte de diversos personajes que han tenido una trayectoria relevante en muy diversos ámbitos. Y como no es cuestión de que llegada la hora, con la premura y la prisa del caso, se caiga en imprecisiones era (¿es) usual que los principales periódicos encomendaran la tarea a uno de sus reporteros quien debería tener todo preparado para una vez que llegara el desenlace.

Este era el trabajo realizado por Alden Whitman en el Times y que Gay Talese (a quien pertenecen todas las citas de este artículo) da a conocer en uno de sus extraordinarios reportajes.

La muerte está en la mente de [Alden] Whitman, cuando, sentado en el metro, se dirige hacia la ciudad baja, hacia Times Square. En el periódico de la mañana ha leído que Henry Wallace no está bien, que Billy Graham ha visitado la Clínica Mayo. Whitman, en cuanto llegue al periódico dentro de diez minutos, se propone ir directamente a la “morgue” del diario, la habitación donde están  ordenados todos los recortes de periódico y los “avances” de las necrologías, para examinar en qué estado se encuentran obituarios, preparados de antemano, del reverendo Graham y del ex vicepresidente Wallace (Wallace murió unos meses después). Whitman sabe que en la “morgue” del Times hay dos mil notas previas  necrológicas, pero muchas de ellas, como las de J. Edgar Hoover, Charles  Lindbergh y Walter Winchell, se han escrito hace mucho tiempo y necesitan ser puestas al día. Recientemente, cuando el presidente Johnson estuvo recluido en una clínica para una operación de la vesícula biliar, su necrología fue puesta al  día; también lo fue la del Papa Pablo VI antes de su viaje a Nueva York; al igual que la de Joseph P. Kennedy.

No se trata de un oficio fácil dado que se presentan problemas de consideración. “Para un redactor de necrologías no hay cosa peor  que el que se le muera una figura de renombre mundial antes de que la necrología  haya sido remozada.” Otra dificultad reside en la delgada línea que separa a los vivos de los muertos ya que un “estigma común que padecen los redactores de necrologías” se presenta cuando “después de leer o haber escrito un anticipo necrológico, acaban por pensar que la susodicha persona ya ha fallecido”. Por otro lado –y lo que es común a todos los escritores- quieren ver su obra publicada tal como lo admite Whitman quien “después de haber escrito unas bellas páginas necrológicas (…) no hace más que pensar en el momento en que esa persona caiga muerta para poder ver impresa su obra maestra”. El interés por ver publicado su trabajo no sólo tiene que ver con veleidades personales sino con cuestiones materiales.

La tradicional ansiedad del necrologista por ver sus artículos impresos no se basa  exclusivamente en orgullo de autor –según un veterano del  oficio-, sino que es  también una reminiscencia de los días en que los directores de periódicos no pagaban a los redactores de necrologías, que a menudo trabajaban como colaboradores libres, hasta que el sujeto del escrito hubiera muerto, o, como se decía a veces, “hubiera fenecido”, “dejado este mundo terrenal” o “partido hacia su último juicio”.

Así pues, es práctica común en los medios este trabajo preventivo que permita reaccionar con prontitud en el momento preciso.

La United Press lnternational, que tiene una docena de ficheros de cuatro cajones de “historias preparadas”  -incluida una de John F. Kennedy hijo, de cinco años de edad, y de los hijos de la reina  Isabel-, no tiene un especialista exclusivamente dedicado a los muertos, sino que va distribuyendo el cadáver de turno. Algunos de los mejores acaban en las manos de un veterano reportero llamado Doc Quigg, del cual se ha dicho con orgullo que “los pule y los hace cantar”.

Un secreto a voces es el que tiene que ver con la afición al juego de muchos integrantes del gremio de la prensa que les impide dejar pasar esta oportunidad.

A veces, mientras esperaban, los de la redacción organizaban una quiniela macabra en la cual todos jugaban 5 o 10 dólares, eligiendo de entre los nombres el que pensaban moriría primero. Karl Schriftgiesser, el enterrador del Times hace veinticinco años, recuerda que en aquel tiempo algunos vencedores de la quiniela conseguían hasta 300 dólares.

Alden Whitman no participa en ello pero “tiene en su mesa una especie de lista de vivos a los que les concede prioridad. Esos individuos están incluidos porque piensa que sus días están contados, o porque considera que ya han cumplido con su misión y no ve razón para retrasar la inevitable tarea de escribir (…)”

Seguiremos con el tema.

jueves, 16 de marzo de 2017

Cuando el arte pasa desapercibido


Hay obras de arte que imponen respeto de por sí, mientras otras únicamente son valoradas por quienes le saben a ese asunto y podrían pasar sin llamar la atención –cuando no ser tachadas de estorbosas- para un buen sector de la población. Y en relación al arte contemporáneo abundan casos en que alguna instalación fue desinstalada por personas encargadas de la limpieza que procuraban hacer su trabajo a conciencia.

Veamos un ejemplo de ello sucedido hace algunos años. La crónica es de Juan Gómez.

(Berlín, 4/11/2011). Una mano de estropajo que vale 800.000 euros. Al considerarla sucia y tratar de adecentarla, una empleada de la limpieza del museo Ostwall, en Dortmund, dañó una obra tasada en dicha cantidad. Se trata de una torre de 2,5 metros montada con tablas de madera por el artista alemán Martin Kippenberger, que la completó colocando una artesa de goma negra entre sus cinco pies. A la limpiadora le pareció que la capa de una "sustancia clara" que cubría la artesa debía ser mugre acumulada desde su creación en 1987. Creyendo que cumplía su obligación, la subcontratada dedicó un buen rato a fregarla.

Seguramente la protagonista del evento llegó a su casa con comentarios de este tenor: “¿quién los entiende?..., ¡una hace su trabajo y todavía encima termina regañada!”, “me dijeron que esos desperdicios son arte, que cuestan una fortuna… ¡seré tonta pero eso no me lo trago!”, “si vienen por casa les puedo ofrecer algunas cosas más lindas y se las dejaría mucho más baratas”, etc.

Volvamos a los hechos.

La portavoz del ayuntamiento de Dortmund Dagmar Papajewski no cree que pueda "recuperarse el estado original de la obra". Es un préstamo de un coleccionista que no quiere ser identificado. Por fortuna para el Ostwall y para la limpiadora, la pieza está asegurada. La indignación de Kurt Wettengl, director del Ostwall, es comprensible, porque la reputación de su Museo será más difícil de limpiar.
La compañía de seguros ya ha sido informada del caso, sucedido el 20 de octubre pasado. Los peritos creen que el único daño sufrido por Cuando empiece a gotear a través del techo (Wenn's anfängt durch die Decke zu tropfen) es la pérdida de la pátina clara que cubría los bordes y los lados de la artesa. (…)
Se plantea preguntas delicadas: ¿Se puede seguir exponiendo la obra? ¿Está completa? ¿Habrá que advertir al visitante del museo de la pérdida de la pátina en la palangana? ¿Devolverle el dinero de la entrada si se siente decepcionado? De momento, permanece en la exposición. Su autor murió en Viena en 1997. Nació en 1953, precisamente en Dortmund.

Por supuesto que -prosigue Juan Gómez en su relato- la firma involucrada quiso deslindar su responsabilidad. “La empresa de servicios de limpieza contratada por el museo no se explica cómo pudo suceder. Aseguran que los encargados de la limpieza tienen instrucciones de no acercarse a las obras a menos de 20 centímetros.”

Como señalamos al inicio de estas líneas, la situación no es novedosa. “Había precedentes. Como el célebre Rincón de grasa de Josef Beuys, que unos limpiadores de la Academia de las Artes de Düsseldorf fregaron en 1986” (en México podríamos decir que la “fregaron” literalmente).

El final de la nota es previsible: “muchos verán en este suceso la confirmación de sus prejuicios contra el arte contemporáneo.” Sin embargo, “la obra está asegurada en 800.000 euros y, como sabe cualquiera que haya tratado con una multinacional de seguros, éstas se cuidan mucho de regalar nada cuando tasan los bienes de sus clientes”.

martes, 14 de marzo de 2017

Filosofando ante una taza de té



Las conversaciones entre amigos vienen en varias presentaciones, las hay: superficiales o profundas; largas o cortas; temáticas o dispersas; acerca del pasado, presente o futuro; en relación a lo sucedido a los protagonistas o a otros; con o sin moraleja; sin aditamentos o con alguna bebida espirituosa, a los que se podría añadir un largo etcétera.


Tener amigos con quien encontrarse a platicar debería ser un derecho consagrado en la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Y en el triste caso de que ello no suceda, hay que largarse igual a ventilar los interiores porque en una de esas encontremos quien nos comprenda aunque pareciera que no (tal como le aconteció a Pedro Garfias según lo cuenta Pablo Neruda, lo  que hemos referido en otra habladuría http://habladuriacronicasdelocotidiano.blogspot.mx/2015/03/pedro-garfias-poeta-del-exilio.html)


Pues bien, sin ninguna otra consideración pasemos al diálogo que hoy nos ocupa –relatado por Hedwig Lewis- y que alcanza niveles de excelencia tanto en brevedad como profundidad.  


Dos hombres ya mayores descansaban en un bar de carretera. Uno de ellos bebió un gran sorbo de su taza y, a continuación, miró de frente a su amigo y le dijo:
- La vida es como una taza de té.
- ¿Qué quieres decir? –le preguntó perplejo su amigo.
- ¡Cómo quieres que lo sepa! –le respondió el otro-. No soy un filósofo.

jueves, 9 de marzo de 2017

Lo chico por lo grande



Hay situaciones en la vida en que lo intrascendente quita espacio a lo verdaderamente importante y Alfonso Ussía da cuenta de un claro ejemplo de ello.

Cuando Sir Alexander Fleming visitó Madrid, rindió una visita a la Facultad de Medicina. Centenares de médicos y estudiantes le aclamaron en el Aula Magna. El inventor de la Penicilina -¿inventor o descubridor?-, leyó un discurso en español. Al finalizarlo, entre ovaciones, hizo una pelota con las cuartillas y la lanzó a una papelera sita a quince metros del estrado. Encestó limpiamente. Los estudiantes enloquecieron y a punto estuvieron de sacar a hombros a Sir Alexander. No por la Penicilina, sino por el enceste.

Ello le permite a Ussía concluir que: “La juventud es así, caprichosa, imprevista y desconcertante. Hace del grano de arena montaña altiva y de la más soberbia cumbre, sendero llano.”

Otra muestra de ello es la que apunta Lottman (citado por Adolfo Bioy Casares): “Cuatro días antes de la entrada de los alemanes en París, Simone de Beauvoir tropezó con unos estudiantes que parecían incapaces de reprimir su júbilo, pues disfrutaban de una fiesta inesperada: ‘un día de exámenes sin examen’.”

Cabe precisar que si bien los dos ejemplos tienen como protagonistas a  jóvenes, esta forma de reaccionar no siempre (tal vez casi nunca) se quita al llegar la madurez.


martes, 7 de marzo de 2017

Escritores desabridos


En otra ocasión ya nos hemos referido a las peculiaridades del proceso de creación (http://habladuriacronicasdelocotidiano.blogspot.mx/2011/03/de-quienes-viven-en-otro-mundo.html), a la distancia que separa al escritor de su obra. En relación a ello, Hilaire Belloc –citado por Simon Leys- alude a esta asimetría entre la inspiración y el sujeto en quien habita.
Aún no he conocido a un hombre que se correspondiese con su obra. O era claramente mucho más grande y mejor que ella, o claramente mucho menos grande y peor […] De hecho, no es el simple hombre quien hace la cosa: es el hombre inspirado. Y la razón de que nos sorprenda la vanidad de los artistas es que, más o menos conscientemente, apreciamos el contraste entre lo que Dios ha hecho a través de ellos y sus propios yoes repugnantes […] Cuando se trata de una obra de genio, el hombre está muy por debajo de ella: está en un plano diferente. Ningún hombre es por sí mismo un genio. Ese genio se le presta desde fuera.
Por su parte Simon Leys enuncia algunas consideraciones en cuanto al vínculo del artista con su producción
(…) la obra creada posee un esplendor y una profundidad que exceden en mucho el calibre de su creador. La obra no sólo es más grande que su autor, es de una naturaleza diferente: llega de algún otro lugar. El autor sorprende a los que admiran su obra; comparado con ella, parece vacuo. Y sin embargo, ¿no fue precisamente esa misma vacuidad la que le permitió dar vía libre para que nacieran sus obras?
Un artista sólo puede asumir la plena responsabilidad de aquellas obras suyas que son mediocres o abortadas (en éstas, ¡ay!, puede reconocerse a sí mismo totalmente), mientras que sus obras maestras siempre deben causarle sorpresa. Georges Bernanos, que no era ciertamente alguien inclinado a la delicadeza literaria, comentaba sobre su Diario de un cura rural: “Estimo este libro como si no lo hubiese escrito yo”. Y en realidad, en un sentido (…), no lo había escrito él. ¿Puede en realidad un escritor clarividente creer alguna vez que la fuente de su inspiración se halla dentro de él? ¡Es como si creyera que posee el arco iris o la luz de la luna que transfigura por un momento su jardincito!
Claro está que no sería justo quitar mérito a la labor de los creadores, al enorme grado de concentración que –siempre siguiendo a Leys- demanda su tarea.
Juntar esos dos nombres [Simenon y Mozart] aquí puede parecer incongruente…, y lo es, en todos los aspectos, salvo en uno esencial: el funcionamiento de la mente creadora. El punto de partida era para ambos artistas de crucial importancia: había una frase musical, una visión inicial, que se les daba; una vez agotada esta primera fase seguía rápidamente el resto, en un impulso impetuoso, sin vacilación, en un flujo continuo…, lo que Mozart llamaba il filo. La velocidad de este proceso, su rotundidad, su seguridad y su certeza triunfales pueden hacer hablar a observadores superficiales de “facilidad”; se trata de una impresión muy engañosa, porque, para sostener el ritmo del dictado interior sin romper el hilo, el artista debe movilizar poderes de concentración que son casi sobrehumanos.
Ahora bien, el lector que quedó conmocionado al concluir una obra ansía conocer al autor suponiendo que existe una suerte de contigüidad entre ellos. Y en muchas ocasiones la decepción es grande, muy grande (es importante aclarar que la cuestión no es exclusiva de los hombres de letras dado que hay también payasos que en su vida privada son muy tristes, pintores que no dan color y humoristas que fuera del escenario transmiten una tristeza contagiosa). Simon Leys profundiza en ello.
La gente suele sorprenderse cuando cae en la cuenta de que, en la vida, los grandes escritores no se parecen mucho a la imagen que se habían formado de ellos al leer sus obras. Por ejemplo: pueden descubrir con ingenuo asombro que un fiero polemista, cuyo ardor y cuya violencia les habían sobrecogido, es en realidad un hombre tranquilo, tímido y retraído; o también que el profeta orgiástico de pasión ardiente, que había agitado su imaginación sensual, resulta ser en realidad un eunuco; que el aventurero famoso, que les hizo soñar en horizontes exóticos, calza zapatillas y nunca abandona su cómodo asiento junto al fuego; que el esteta de cuyas lecciones exquisitas extrajeron tanta inspiración come en platos de plástico y lleva unas corbatas horrorosas. Deberían haberlo pensado mejor.
Y es que en muchas ocasiones –tal como afirma Leys- el proceso creativo procura compensar ciertas carencias personales. “Es muy frecuente que un artista cree con el fin de compensar una deficiencia; su creación no es el flujo gozoso y exuberante de una inundación, es con mayor frecuencia un patético intento de responder a una necesidad, de salvar un vacío, de ocultar una herida.”
Sucede entonces que si el encuentro con un autor puede llegar a ser frustrante, ni se diga lo que acontece, como narra el mismo Leys, cuando coinciden dos colegas.
El encuentro de genios no siempre propicia intercambios sublimes. El único encuentro entre James Joyce y Marcel Proust es un buen ejemplo: estos dos gigantes de la literatura moderna compartieron en una ocasión un taxi, pero se pasaron todo el trayecto discutiendo sobre si abrir la ventanilla o no. (Esta anécdota tiene que ser cierta, porque la inventó Nabokov).

Por otra parte, y luego de referir un acontecimiento puntual, Hans Blumenberg proporciona una explicación a lo que venimos considerando al señalar que es habitual que los escritores estén más pendientes de los ausentes que de los presentes (lo que –como veremos- les ocasiona daños de mucha consideración).

"Es asombroso", decía la seductora aunque pobre Mrs. Bulwer -casada con el entonces tan exitoso Edward Bulwer-Lytton y a la que llamaba "Poodle"-, "lo aburridos que son los escritores".
Ella debía de saberlo. Y qué razón tenía. Cuando su marido se decidió finalmente a ser más entretenido y viajó con ella a Italia, tuvo la desgracia de que se le ocurrió escribir en Nápoles su única obra inmortal, aunque en modo alguno la mejor: Los últimos días de Pompeya. Eso colmó el vaso. Rosina, que así se llamaba realmente, ya no pudo resistir a la seducción de un noble napolitano.
Así que tenía razón. Ahora bien: ¿podría ser de otro modo? Este tipo de gente, los escritores, viven de cumplir profesionalmente la ley de no hacer caso de los presentes para parecer más divertido a los ausentes.
Esta inevitable confusión de lejanía y cercanía, de próximo y lejano, es lo que hace tan aburridos al escritor para quienes tienen que habérselas con ellos. El escritor no está para ellos.

¿Qué dicen los propios literatos de este asunto? En lo que concierne a Alejandro Rossi, a fuerza de realidad debió abandonar su mirada idealizada en relación a quienes se dedican al oficio.

Cuando yo era adolescente pensaba que los grandes escritores eran personas incapaces de maldad. Mi razonamiento era a la vez simple y falso: la bondad acompaña a la comprensión, a la inteligencia, sin la cual –creía- es imposible escribir una página que valga la pena. Aún recuerdo mi escándalo al leer, en las memorias de un contemporáneo, que Valle-Inclán pateó a un (pequeño) perro empeñado en subírsele a una pierna mientras él (Valle-Inclán, claro) buscaba un libro.

También están aquellos que no tienen muy buena opinión sobre sí mismos, como Jorge Ibargüengoitia que al tiempo de reivindicar el derecho a la soledad y a comunicarse con los demás únicamente por sus obras, ofrece un perfil muy peculiar de quienes se sienten atraídos por las letras.

Uno de los pocos atractivos que tiene para mí el oficio de escritor, es que puede desempeñarse sin necesidad de aparecer en público. El escritor es, por definición, un personaje que ha decidido comunicarse con sus semejantes a través de hojas de papel escritas. Es un oficio que ni mandado hacer para tímidos, feos, tartamudos o simplemente insociables.

Mientras que para Manuel Vázquez Montalbán “[Andrea] Camilleri es una persona tan natural y acogedora que no parece escritor. Elogio desmesurado que sólo podría haberle dedicado otro escritor que, en su juventud, cuando era más sincero, pensaba que casi todos los escritores establecidos eran unos tarambanas.” Nada mejor para concluir que la sentencia lapidaria de Javier Marías: “La posteridad cuenta siempre con la ventaja de disfrutar de la obra de los escritores sin el incordio de padecerlos a ellos.”

jueves, 2 de marzo de 2017

Una ley seca de libros



Diversos estudios actuales ponen de manifiesto el bajo índice de lectura, lo que adjudican a diversas causas: irrupción de nuevas tecnologías, ausencia de hábitos de lectura en el entorno familiar, elevado costo de los libros, errónea selección de autores contemplados en los programas de enseñanza básica, etc. Frente a ello han proliferado campañas de promoción de la lectura que recurren a diversas estrategias.

Ahora bien, sería un error suponer que el problema es novedoso: Aldous Huxley en agosto de 1930 ya se refería a ello. Por aquel entonces regía en Estados Unidos la llamada ley seca que prohibía el consumo de alcohol y en ella se inspira Huxley para diseñar su propuesta de promoción de la lectura. “Puede confiarse que la prohibición de la lectura ilimitada –ya que mi propuesta de un impuesto significaría una prohibición- producirá los mismos efectos psicológicos que la prohibición del alcohol en Estados Unidos.” Y a continuación pasa a describir los resultados esperados.

La Octava Enmienda transformó a miles de sobrios ciudadanos estadounidenses en bebedores inveterados. Bebían porque era ilegal beber, y luego porque les agradaba, porque habían adoptado el hábito. Del mismo modo, mi prohibición de la impresión promiscua convertirá a miles de hombres y mujeres previamente iletrados o amantes de revistas en lectores impenitentes.

Sucede –prosigue Huxley- que “lo prohibido es siempre lo deseado, y valoramos más aquello que es raro y difícil de encontrar”. Por tanto los efectos de esta medida serían ampliamente benéficos.

Que mi propuesta se convierta en ley y la piratería de textos de Shakespeare será una de las profesiones más rentables. Corredores de libros desesperados desembarcarán cargamentos de Homero y Dante en las orillas de cuevas solitarias. Policías armados patrullarán los campos, a la caza de molinos de papel ilegales e ilícitos y ejemplares ocultos de Platón y Spinoza. En una palabra, el llamado Problema de la Divulgación de la Cultura se habrá resuelto de un modo automático.

¿Será?

martes, 28 de febrero de 2017

Hipocondríacos


Sabido es que la preocupación permanente y angustiosa ante la posibilidad (más que eso, la certeza) de estar enfermo es en sí misma una enfermedad. De nada sirve que la consulta médica y los análisis clínicos desmientan el autodiagnóstico porque la persona se encuentra convencida que de un momento a otro estará enferma de consideración (si es que ya no lo está y el instrumental médico no detectó el padecimiento).
Georg Christoph Lichtenberg amplía las dimensiones del concepto a otros ámbitos de la existencia: “Mi hipocondría es ciertamente la capacidad de extraer en cualquier suceso de la vida, llámese como se llame, la mayor cantidad de veneno en beneficio propio.” Ahora bien, la hipocondría viene en diferentes presentaciones y una de ellas es caracterizada por Juan José Millás: “le decían el psicosomático porque se apropiaba de cualquier síntoma que pasara cerca de él”; es Wimpi quien refiere un claro ejemplo de ello.
El tipo no puede oír la relación del mal de nadie. Porque si le cuentan que al de la vuelta le sacaron el apéndice de urgencia, él en seguida, disimuladamente, se aprieta la ingle.
Y si sabe que uno tuvo el tifus, ya se ve él con el pelo corto. (…)
El tipo se hace describir –sin confesar, desde luego, sus temores- la enfermedad de quien sea que esté enfermo. Y se va pensando en sí mismo. Sintiéndose todos los órganos.
Yo debo tener algo a la aorta, porque cuando subo ligero las escaleras me da como un ahogo.
Piensa para sí.
-Este ardor, a lo mejor… Barbarusi cuando empezó con el ardor… al mes lo cortaron…
(…) Le entra agua de Colonia en los ojos y, mientras no ve nada, se ve llevado por un perro (…)
¡Y cuando muere alguno!
El tipo se siente, a medida que va estableciendo sus analogías con el finado, una especie de vicecadáver:
-¿Cuántos años tenía?
-Cuarenta y cinco.
¡El tipo los cumple en setiembre!
-¿Qué sentía?
-Empezó con opresión…
¡El tipo se acuerda de cuando sube la escalera!
-¡Una opresión! Opresión… ¿cómo?
-General.
-Pero… general,  general… ¿cómo?
-Un desgano.
-¡Un desgano!
El tipo siempre se levanta desganado, pero como no se da cuenta que es de haragán, trata de disimular la impresión que acaba de producirle la revelación del deudo, con una triste sonrisa de conformidad que, interiormente, está muy lejos de disfrutar:
-Mire, ¿no? No somos nada…

De acuerdo con Luis Ignacio Helguera los vaticinios de quebrantos de salud tienen el mágico poder de generarlos, dado que “la hipocondría es la peor de las enfermedades: ficticia, las genera reales”. Y si el padecimiento no aqueja al  interesado, puede hacerlo en los demás tal como sucedió con aquella señora que desde los 20 años pasó su vida repitiendo que en cualquier momento moriría por el terrible cáncer que sufría. Su pronóstico se retrasó: murió a los 99 años y quienes enfermaron antes fueron sus seres queridos intoxicados por la convivencia con aquella víctima profesional de un mal inexistente.

jueves, 23 de febrero de 2017

Una certeza no agendada


De que todos tenemos cita con la muerte no cabe duda. Sin embargo con frecuencia vivimos como si la muerte no existiera, lo que podría dar origen a muchos de nuestros males personales y sociales (a ello nos referiremos en otra ocasión).

Según Javier Gomá Lanzón hay que distinguir muerte de mortalidad. “La muerte es algo vulgar que les ocurre a los mosquitos, plantas y a todo ser orgánico, siendo la conciencia de la muerte algo exclusivamente humano.” Y agrega: “La mortalidad es igualadora. La totalidad del mundo está en juego en cada uno de los que vivimos en el mundo.”

Ahora bien, lo demás son conjeturas: ¿cuándo?, ¿cómo?, ¿dónde? Raffaele Mantegazza aborda la cuestión citando a Giuseppe Marotta

Si cada hombre recibiese, a los 20 años, un mensaje sobrenatural que le comunicara, mediante anuncios impresos o sirviéndose de la radio, el día y la hora de su muerte, todos los que supieran que debían morir el 7 de abril de 1960, a las 19.40, supongamos, se tenderían la mano desde cualquier parte del mundo. […] Sí, creo que ni las distancias ni las fronteras impedirían, a quienes supieran que iban a morir en el mismo instante, sentirse consanguíneos. Es la muerte, no el nacimiento, lo que nos emparenta.

Por lo general el desconocimiento del día y hora de partida es valorado –y a ello se refiere Mantegazza- como un don de la vida: “Saber cuándo deberemos morir constituiría, sin duda una desgracia”. Y reafirma su convicción citando a Dino Buzzati: “La muerte, en sí, no es una cosa tan horrible, posiblemente. A todos nos llegará. El problema sería si supiéramos, aunque fuera dentro de un siglo, o dos, el momento preciso en que vendrá.” Así las cosas, Raffaele Mantegazza contrapone ambas miradas acerca del momento de la muerte

Es curioso cómo Marotta y Buzzati, en los escritos de los que proceden las citas anteriores, extraen conclusiones completamente distintas al imaginar lo que pasaría si las personas supieran el día y la hora exacta de su muerte. Para el primero, esto da lugar a la solidaridad; para el segundo, a la más oscura desesperación.

Y concluye con una exhortación: “Pero saber que moriremos, tal como lo sabemos, podría constituir un pretexto válido para unirnos y consolarnos recíprocamente.”

martes, 21 de febrero de 2017

Perfil


Caracterizar a una persona no es tarea menor; trazar un cuadro con aquellos rasgos que le son propios, tiene sus secretos. En este caso se presenta a Alden Whitman y la descripción es obra de un maestro del periodismo como lo es Gay Talese.
A media mañana se viste con uno de los dos o tres trajes que posee y, mirándose brevemente al espejo, endereza su pajarita. No es un hombre guapo. Tiene una  cara corriente, algo redonda, siempre seria cuando no severa, coronada con una espesa cabellera castaña que, a pesar de sus cincuenta y dos años, no peina la  menor cana. Detrás de las gafas de concha hay dos ojillos azules a los que cada tres horas aplica unas gotas de pilocarpina para su enfermedad de glaucoma, y tiene un espeso bigote rojizo debajo del cual asoma casi todo el día una pipa agarrada fuertemente por una dentadura postiza.
Sus dientes, los treinta y dos, le fueron arrancados una noche de 1936 por tres  matones en un callejón de su ciudad de origen, Bridgeport, Connecticut. Tenía  entonces veintitrés años, se había licenciado en Harvard el año anterior y sus asaltantes aparentemente se oponían a unos puntos de vista sostenidos por él.  No les guarda rencor y admite que tenían su propia opinión. Tampoco añora sus perdidos dientes; dice que estaban muy cariados y que fue una bendición librarse  de ellos.

Pero Talese entiende que para completar el perfil del personaje debe recurrir a su esposa y más que a ella, a los motivos que la llevaron a enamorarse de él.
Cuando termina de vestirse, Whitman se despide de su mujer, pero no por   mucho tiempo. Ella trabaja también en el Times, y fue allí donde un día de la primavera de 1958 la vio mientras cruzaba la gran sala de redacción en el tercer  piso con un traje estampado de Paisley, trayendo una prueba de imprenta  emborronada de tinta del departamento femenino situado en el noveno piso. (…)
Joan estaba fascinada por Whitman, en particular por su cerebro de urraca  repleto de toda clase de conocimientos  inútiles: podía recitar la lista de los papas  cronológicamente y al revés; sabía los nombres de los amantes de cada rey y la fecha de su reinado; que el Tratado de Westfalia se había firmado en 1648; que  las cataratas del Niágara tienen 56 metros de altura; que las serpientes no pestañean;  que los gatos se encariñan con los lugares y no con las personas, y los perros con las personas, y no con los lugares; estaba suscrito regularmente al New Statesman, Le Nouvel Observateur y a casi todos los periódicos del quiosco  “Out-of-Town” de Times Square; leía dos libros al día; había visto a Bogart en “Casablanca” tres docenas de veces. Joan sabía que tendría que ver de nuevo a Whitman, aunque tenía dieciséis años menos que él, era hija de un cura  protestante y él era ateo. Se casaron el 13 de noviembre de  1960.    
                                                                                            
Con esta descripción el lector ya tiene una idea de quién es Alden Whitman. Ahora bien, ¿qué fue lo que llevó a Talese a interesarse en él? No comamos ansias, ello será tema de otra habladuría.