jueves, 22 de junio de 2017

Alarmas


Anoche en mi calle el sueño fue a intermitencias debido al sonido de una alarma que no alarmó a nadie pero despertó a muchos. Parte de mi insomnio lo consumí especulando si llegará el día en que las prohíban o que impongan multas a los prevenidos propietarios -según consten en el RUA, Registro Único de Alarmas- que no las desconecten al pasar el tiempo permitido en modo escándalo, o que inventen  algún control remoto que permita silenciarlas aunque no sean de uno, etc.

Mientras espero que algo de esto suceda, salgo en búsqueda de literatura de consuelo surgida de la pluma de otros damnificados y me encuentro con Leo Maslíah.

Hay un auto estacionado en la calle. Viene uno y trata de abrir la puerta para robarlo. Empieza a sonar la alarma. Es una sucesión de ruidos molestos que interfieren con las actividades de prácticamente todos los que llegan a oírlos. Si estaban durmiendo, se despiertan. Si están escuchando a alguien por la radio, se pierden por lo menos los primeros segundos de lo que dijo, mientras el oído todavía no se acomodó a ignorar lo de la alarma y focalizar más la atención sobre lo que sale del parlante. Etcétera.

A partir de ahí, sólo queda a Maslíah (y a nosotros, sus lectores) enunciar una serie de preguntas sin respuestas.

Si el dueño del auto está lejos y no oye la alarma, ¿se supone que todos los que sí la oyen tienen que interrumpir lo que están haciendo y llamar a la policía? ¿O ir directamente ellos a combatir al ladrón? ¿Se da por sentado que todos se van a solidarizar con el dueño del auto? ¿El sentido de la alarma será “me están robando el auto y yo no lo puedo evitar, no puedo castigar al ladrón, pero sí puedo castigarlo a usté para que usté tome medidas que conduzcan a transferir ese castigo al ladrón”?

Todo sea por nuestra seguridad y confort.

martes, 20 de junio de 2017

Irrespetuosos con los árboles


En nuestros tiempos se ha vuelto habitual la tala de árboles por una amplia gama de “razones” tanto en el campo (obtener mucho dinero con la venta de madera; dejar los campos aptos para el cultivo) como en las ciudades (construir ejes viales, pasos a desnivel y nuevos edificios; sus raíces son muy estorbosas).

No siempre ha sido así, tal como se desprende de lo narrado por Simon Leys.

Los indios de la costa del Pacífico eran atrevidos navegantes. Tallaban sus grandes piraguas de guerra en el tronco de uno de esos cedros gigantes cuyos bosques cubrían todo el noroeste de América. La construcción comenzaba por una ceremonia ritual al pie del árbol elegido, para explicarle la necesidad urgente que tenían de talarlo, y pedirle perdón por ello. Cosa curiosa, en el otro extremo del Pacífico, los maoríes de Nueva Zelanda hacían piraguas parecidas ahuecando el tronco de los kauri; y también allí la tala era precedida de una ceremonia propiciatoria para obtener el perdón del árbol.

Hay quienes consideran esos ritos como muestras evidentes del atraso de los pueblos ancestrales. Para otros –entre ellos Leys- los “primitivos” tienen mucho que enseñar a los “civilizados”.

Unas costumbres tan exquisitamente civilizadas como éstas deberían avergonzarnos. Tal fue mi sentimiento la otra mañana; me habían despertado los chirridos de una sierra mecánica que trabajaba en el jardín de mi vecino, y, desde mi ventana, pude ver cómo éste –aparentemente sin haber hecho ninguna ceremonia previa- dirigía la tala de un magnífico árbol que daba sombra a nuestro rincón desde hacía medio siglo. Las grandes aves que anidaban en sus ramas (una variedad de cuervos desconocida en el hemisferio Norte y que, lejos de graznar, tiene un canto prodigiosamente melodioso), espantadas por la destrucción de su hábitat, revoloteaban en vuelos frenéticos, lanzando desgarradores chillidos de alarma. Mi vecino no es un mal tipo, y nuestras relaciones son perfectamente corteses, pero me hubiera gustado cuando menos saber la razón de su sorprendente vandalismo. Intuyendo sin duda mi curiosidad, me anunció alegremente que sus arriates tendrían en adelante más sol.

Concluye Simon Leys con una cita de Paul Claudel a la que es difícil dar crédito. “En su Diario, Claudel menciona una explicación parecida dada por un vecino suyo de campo que acababa de talar un olmo secular por el que el poeta sentía apego: ‘El árbol ese daba sombra y estaba infestado de ruiseñores’.”

jueves, 15 de junio de 2017

Dilemas de cortesía


Pocos lugares comunes son tan visitados como el que dice que los tiempos han cambiado. En tecnología, clima, mundo del trabajo, relaciones sociales. En este último rubro, ello se hace patente en el vínculo entre mujeres y varones; unos y otros están construyendo un nuevo lugar y en ese proceso no son pocas las incertidumbres que se presentan. Sergio Zabalza comenta una situación que lo tuvo como protagonista.

Semanas atrás me encontraba sentado junto a otras personas en una sala de espera, y mientras dejaba pasar el tiempo absorto en mis pensamientos entró una mujer. Como en el espacio no había sillas disponibles, me incorporé para ceder el asiento. La señorita me miró con cara extrañada y casi con fastidio me hizo un gesto que lo decía todo, o sea: ni gracias. Un tanto perplejo, decidí no volver a sentarme y permanecer de pie.
Ahora pienso que esa silla vacía era una metáfora de la desorientación que muchos hombres experimentan ante el cuestionamiento de los códigos y semblantes que, hasta no hace mucho tiempo, pautaban las relaciones entre los sexos, para decirlo todo: hoy muchos tipos no saben bien cuál es su lugar ni cómo ponerse.
Algo parecido sucede al subir a un colectivo o tomar un ascensor: en ciertas ocasiones el gesto de dar prioridad a la dama es considerado una actitud machista, sexista y paternalista que atenta contra la igualdad entre los sexos. No descarto que sea así, y que las damas en cuestión tengan sus fundadas razones para actuar de esta manera, solo que también hay muchas otras cuya manera de pensar es diametralmente opuesta: aprecian el gesto de cortesía y en caso de que no se les conceda, descalifican al varón en cuestión por mal educado o desconsiderado.

Como a Zabalza le preocupa la posibilidad de no expresarse con claridad lo que podría dar lugar a malentendidos, insiste en que sus reflexiones no están guiadas por la nostalgia que llega del pasado sino por la incertidumbre que surge en el hoy.

Insisto, considero tan válida la posición de las mujeres que rechazan la cortesía sexista como las que la agradecen y esperan. Sólo me interesa destacar la encrucijada en las que muchos varones quedan atrapados ante el vértigo con que los nuevos tiempos y acontecimientos reformulan códigos y expectativas de convivencia.

Así las cosas, los viejos manuales de urbanidad y cortesía deben ser revisados a la luz de los nuevos tiempos.

martes, 13 de junio de 2017

Autoevaluación


Evaluar el trabajo de los demás suele ser más fácil que hacerlo con el propio. Y los escritores no están exentos de ello.

Isaac Bashevis Singer estaba escribiendo una novela cuando hizo una acotada consulta pública para recibir opiniones de otros. “Le mostré a mi hermano el primer capítulo de mi novela y su reacción fue favorable.” Procuró otras sentencias ya no tan fraternales. “Abe Cahan, el editor del Forverts, también lo había leído y publicó una nota elogiosa acerca de él.”

Pero más allá de esta retroalimentación positiva, había algo que no convencía a Bashevis Singer en cuanto a las virtudes de su trabajo (“yo sabía que algo fallaba en esa novela”) y que lo resumió en la siguiente forma.

En mi cuaderno de notas tenía apuntadas las tres características que una obra de ficción ha de poseer para triunfar:
1. Su argumento debe ser preciso y cargado de suspense.
2. El autor debe sentir un deseo apasionado de escribirla.
3. Ha de tener la convicción, o al menos la ilusión, de que es el único capaz de abordar ese tema  concreto.                                            

Isaac Bashevis Singer estaba muy lejos de ser autocomplaciente por lo que su fallo es terminante: “De estos tres requisitos, empero, a esa novela le faltaban todos, y en especial mi pasión a la hora de escribirla.”

Es posible que el potencial lector de estas notas se pregunte: ¿cuál fue el destino de aquella novela?, ¿qué pasó?, ¿abandonó el proyecto?, ¿la reescribió?

Si usted se entera, sabremos agradecerle que nos pase el dato.

jueves, 8 de junio de 2017

La ley del silencio


El gremio devenido en corporación exige silencio solapador entre colegas, solidaridad muda, complicidad de cuerpo. Esto sucede con agrupaciones legales así como con las que se sitúan al margen de la ley. La fidelidad a los menos significa traición a los más. Nosotros y ellos; los de dentro y los de fuera. Al fin que todos tenemos nuestro día para celebrarnos y agradecernos favores.

Esta peculiar manera de entender la lealtad habita en casi todos los oficios y profesiones: clérigos, policías, líderes sindicales, jugadores de futbol, vendedores de crucero, maestros, burócratas, etc. Pero claro está que sus consecuencias no siempre son de la misma magnitud. Basta con un ejemplo sucedido en España y que relata, en su personal estilo, Arturo Pérez-Reverte.

En el ejercicio de la Sanidad, como en todos los oficios del mundo, hay artistas y chapuceros, gente de bien y cagamandurrias. (…) Esto viene a cuento porque la hija de unos amigos (…) María, se llama la enana, tuvo un esguince por el que le escayolaron la pierna. Pero se lo hicieron mal, inmovilizándole el pie en posición incorrecta, y ahora lo lleva como una pata de hipopótamo, y tendrá problemas circulatorios -tiene once años- el resto de su vida.

Después de reprimir sus ganas de actuar directamente sobre el galeno, el padre de la niña afectada comenzó a recorrer la vía legal. Sólo que para ello requería el juicio conocedor de los expertos, que casualmente eran colegas de quien había sido responsable del estropicio.

Empezó a llevar a su hija a diversos médicos, a fin de que certificaran la desgracia; mas, para su sorpresa, aunque todos se indignaron con la chapuza, cuando se les pidió un dictamen médico por escrito, ninguno accedió a proporcionarlo. Hasta hubo quien llegó a decir que no podía, moralmente, desautorizar a un compañero de profesión. El caso es que la chiquilla seguirá con su pie fastidiado de por vida, el matasanos que se lo desgració continúa ejerciendo como si nada, el padre de María está ahorrando para comprarse una escopeta del doce con cartuchos de posta, y cualquier día salen todos en los periódicos, pero a lo bestia.

Hay que subrayar –tal como lo hace Pérez-Reverte- que esta forma de proceder no es exclusiva de los médicos debido a que “es algo muy frecuente entre las putas, los jueces, los políticos y los periodistas, por citar unos cuantos ejemplos más o menos respetables”.

martes, 6 de junio de 2017

Escritor, un oficio poco serio



Hay escritores que provocan admiración y envidia pero muchos inspiran lástima o desconcierto. Pío Baroja –citado por Francisco L. Urquizo- describe el diálogo sin desperdicio que mantuvo con su padre al comentar la posibilidad de convertirse en escritor.

Pensando y pensando entonces en lo triste que es no tener un cuarto y no sentirse con aptitudes para nada, se me figuró que quizás sirviera yo para literato.
-¿Qué te parece, papá, si me metiese a escritor?
-Pchs..., bien –me contestó mi padre, encogiéndose de hombros. En España es la profesión de todos los inútiles. Se dedican a ella los que no pueden ser abogados, ni tenientes, los que salen mal en las oposiciones a Correos y Aduanas... Siempre es más fácil hacer una zarzuela o un artículo de periódico que un mal cerrojo.
-¿De modo que no te parece absurda la idea?
-No. En España no hay nada absurdo más que el trabajo, la iniciativa y la generosidad..., lo demás, no.
-Pero, bueno; ¿te parece bien o no que me meta a escritor?
-Hombre, casi preferiría que te metieses a torero.
Comprendí que no le había gustado la idea, pero como no se me ocurrió otra cosa, me puse a escribir poesías, artículos para periódicos, novelas y aquí estoy como ustedes lo están viendo.

No sólo de la familia provienen las reacciones que inspiran los escritores. También sucede con conocidos y amistades; Carmen Martín Gaite comparte su experiencia al respecto.

(…) Luego ella me preguntó que si yo tenía novio. “Sí, señora, aquel de allí.” “¿Y qué hace?” “También escribe” –dije yo tras una vacilación-. Carmen Isasi, mientras detallaba el perfil aguileño de Rafael, emitió un profundo suspiro. “¡Ay, pobre!” –se limitó a comentar. No sé si se refería a él o a mí.

Una situación peculiar que se da con los escritores es la idea de que se dedican a algo que es muy fácil, que cualquiera podría hacer. Arturo Pérez-Reverte refiere algo que lo tuvo como protagonista: “(…) vino uno que me dijo: ‘Ah, don Arturo tal y tal. Pues es que yo quiero escribir una novela’. ‘¿Sobre qué?’, le pregunté. ‘Ah, no sé, quiero escribir una novela’. Y le dije: ‘¿Y por qué no compone usted una canción?’. ‘No, no, una canción es muy difícil’. En fin…”

Tal vez sea por ello que cuando topa con la burocracia, el literato se ve en serias dificultades, tal como le sucedió -de acuerdo a lo narrado por Silvina Friera- a Luis Sepúlveda.

En la era de la grafomanía, el oficio de escritor no se considera tal. Cualquiera puede “ejercerlo”, basta con escribir un relato o algo que se le parezca. El chileno Luis Sepúlveda siempre se acuerda de un oficial de aduanas de Quito. “Cada vez que tenía que mendigar una visa me preguntaba la profesión. Cuando le contestaba: ‘Escritor’, repetía: ‘Le he preguntado la profesión’.” Muchos, como ese oficial de aduanas, creen que los escritores escriben cuando tienen “mal de amores”, cuando hay luna llena o, con suerte, cuando reciben la visita de esa extraña dama llamada Inspiración.

Y es que hay que ser serios, ¿cómo hay gente a la que se le ocurre dedicarse a eso?

jueves, 1 de junio de 2017

Miradas que iluminan


Los escritores vienen en diversas presentaciones: excéntricos o discretos; sencillos o con egos talla grande; habladores o reservados; prolíficos o con obra escasa; etc. Eso sí, tienen en común la mirada que ilumina, la que pudo ver lo que otros no o que habiéndolo visto no supieron expresarlo. Por eso a veces al leer algo nos preguntamos por qué nosotros no lo escribimos antes, tal como señala Aldous Huxley.

Los artistas (…) reciben de los hechos mucho más que el resto de los hombres, y pueden transmitir lo que han recibido con una peculiar fuerza de penetración, que introduce profundamente en el espíritu del lector cuanto le comunican.
Una de nuestras reacciones más habituales ante una buena obra literaria se expresa por medio de la fórmula: “Esto es lo mismo que yo he pensado o creído siempre, pero sin acertar nunca a expresarlo claramente por medio de palabras, ni tan siquiera para mí mismo.”

En síntesis, se trata de saber ver y saber contar.

Hay casos en que la mirada del escritor se detiene en la vida de otra persona que no se dio cuenta del verdadero alcance de lo que le sucedió. Juan Villoro ofrece un ejemplo de ello.

Para escribir Relato de un náufrago, Gabriel García Márquez interrogó al protagonista con un interés que él no se había concedido a sí mismo, aún absorto ante el milagro de estar a salvo. La mirada externa del cronista transformó al superviviente en relator y primer lector de su aventura.

Así fue como el protagonista pasó a ocupar su lugar gracias a la mediación del escritor que descubrió la trascendencia de lo acontecido.

Pero en otros momentos el escritor ni siquiera debe ir tan lejos para encontrar material. Abelardo Castillo ilustra el punto.

Te sentís escritor vos mismo, por una decisión tuya en cualquier momento. De pronto has tenido un gran amor, se te ha ido o te has ido, estás deshecho del dolor y de repente, pensás: “¡Qué historia es ésta! Me parece que está para escribirla”. En ese momento, decís: soy escritor. No soy un enamorado, porque el enamorado se mata o sale corriendo a buscar a la persona amada. El tipo que al perder un gran amor piensa “Qué tema para un cuento o para una novela”, ése es un escritor.

Al fin que ser escritor tiene sus ventajas.

martes, 30 de mayo de 2017

Contra indicaciones de la perfección


La sabiduría popular advierte con frecuencia en cuanto a que todo exceso es malo. Algunas voces de la academia coinciden con ello, tal como acontece con la del filósofo Leszek Kolakowski quien afirma que este principio también aplica para las virtudes: no es recomendable ser extremista en su observancia.

En esta misma línea Wislawa Szymborska invita a los buscadores de perfección a extremar sus precauciones: “(…) en el camino hacia la perfección, lo más sensato sería detenerse un par de pasos antes de llegar a la meta, porque puede resultar que más allá de ella solo haya precipicio.” Y ejemplifica lo que quiere decir a partir de un artículo que alguna vez leyó en una revista francesa para mujeres, en el que diversos maridos infieles respondían a la siguiente pregunta: “¿Bajo qué circunstancias le fui infiel a mi mujer por primera vez?...”.

Una de las respuestas me dio mucho que pensar. La relataré con mis propias palabras, puesto que ya no dispongo del original. “Soy –confesaba dicho individuo- el propietario de una tienda de antigüedades bastante próspera. Mi esposa se distingue por su gran belleza, la cual cuida y hábilmente realza. Viste con gusto y siempre según las circunstancias. Cría a los niños de un modo saludable y les inculca buenos valores. Gracias a ella, en casa todo funciona estupendamente. Cada cosa tiene su sitio, y ese sitio siempre resplandece como resultado de su pulcritud. En casa, la comida es deliciosa y equilibrada en calorías, su presentación es atractiva y siempre está lista a la hora. Además, mi esposa es una persona sensata y llena de tacto, cualidad que le permite reaccionar debidamente en cada situación. Mis amigos opinan que me casé con la persona ideal. Yo mismo también lo creía (…)”

Hasta allí todo marcha muy bien pero sabido es que aun en los cuentos de hadas puede aparecer el imprevisto; continúa Szymborska

“(…) hasta el día en el que entró en mi tienda aquella mujer. No era especialmente guapa ni atractiva, y vestía cuatro trapitos baratos y mal combinados. Le faltaba uno de los botones de la chaqueta y llevaba puestos unos zapatos un poco sucios. Tímidamente preguntó el precio de un dije que había en el escaparate. No era caro, aunque sí lo era para ella. Pero justo cuando se disponía a dirigirse hacia la puerta, de repente, hizo un gesto imprudente y tropezó con un estante sobre el que descansaba un caro jarrón chino. Este cayó y se hizo pedazos. La mujer me miró con espanto, luego miró los fragmentos y, de golpe, se sentó en el suelo y rompió a llorar como una niña. Me quedé mudo, y mil pensamientos diferentes comenzaron a revolotear dentro de mi cabeza. Que, por ejemplo, mi mujer nunca había roto nada. Que nunca la había visto llorar. Que, si tuviese que llorar, seguro que nunca lo haría sentada en el suelo. Y que sus lágrimas serían cristalinamente puras, dado que utilizaba el famoso rímel de la marca X… Sobrepasado por la emoción, me arrodillé delante de ella y la abracé y, con mi pañuelo inmaculadamente blanco, comencé a borrar de sus mejillas aquel manantial de lágrimas negras… Y así fue como todo comenzó”, dijo finalmente suspirando aquel anticuario traicionero.

(Sugerencia final: la forma ilustrativa en que Wislawa Szymborska evoca aquella respuesta, vuelve muy poco recomendable el esfuerzo de intentar localizar el artículo y con ello el testimonio original de aquel marido. Podría ser decepcionante.)                                                 

jueves, 25 de mayo de 2017

El aguacate


El precio a que se venden los aguacates en estos días los ha convertido en artículo de lujo. Tal vez ello incida en cierta tristeza colectiva y es que sin guacamole la vida ya no es la misma.

Dicen los que saben que la palabra auacatl en náhuatl significa testículo debido a la forma del fruto. Las cosas no le han sido fáciles y Rafael López comenta que han debido sortear obstáculos para llegar a ser aceptados puesto que “los aguacates de fúnebre ropaje, tan calumniados antaño por los diccionarios (…) [que] afirmaban de esta fruta que tenía la particularidad de que se desechaba su carne y se comía sólo el hueso.” Hueso donde por cierto –según Juan Villoro- parece estar la clave para develar un misterio insondable: “el aguacate ya rebanado que entra con todo y hueso al refrigerador dura más.”

Puede que la ausencia –que esperemos sea breve- del aguacate en nuestras mesas no sólo represente una contrariedad para el paladar si es que damos crédito José N. Iturriaga en cuanto “(…) los ya históricos reconocimientos al aguacate, al jitomate y al chocolate (tres palabras de origen náhuatl, tres generosas aportaciones de México al mundo, tres viagras virreinales) (…)”.

Concluyamos esta breve semblanza del aguacate con una breve obra maestra de la autoría de José Moreno Villa.

El fruto más pulido, más comedido, más bien educado que yo conozco es el aguacate. Viste un pellejo liso y negro como de hule fino. Tiene un solo hueso o semilla, casi tan grande como el total de su cuerpo. Y la carne es una mantequilla verdosa que no se adhiere al hueso. No tiene, pues, jugo que chorree, dureza que esquivar, acritud ni dulzura excesivas.

Asiste razón a Moreno Villa cuando agrega que “lo más opuesto al aguacate es el mango, fruta chorreosa, sumamente rica en jugo y con una carne que apenas puede separarse del hueso”.

                                  

martes, 23 de mayo de 2017

Latencias en política


En su libro Puro teatro y algo más (Barcelona, Alba Editorial, 2002) Fernando Fernán Gómez dicta cátedra acerca del tema teoría de las latencias. Pasemos a ver.
Algunos psicólogos opinan que los individuos tienen un determinado carácter, más o menos destacado, ostensible, pero también otros muchos caracteres latentes, que no se han desarrollado. En cuanto al oficio de actor, esto se llama “teoría de las latencias”. En este oficio podemos percibir, si llevamos el método Stanislavsky a sus últimas consecuencias, que hay diversas personas en la misma persona.
Interpretando de dentro afuera, un actor pobre puede incorporar el personaje de un rico sin simulación, sin recurrir a datos externos, porque él podría haber sido rico -por ejemplo, si le hubiese tocado la Lotería- y se habría comportado como tal; y esa posibilidad ha quedado en él latente. Este actor pobre, cuando se ve en el trance de incorporar al hombre rico, hurga, rebusca dentro de sí -no en el subconsciente sino en el consciente- hasta conseguir que aflore el personaje que habría sido si veinte años atrás le hubiese tocado la Lotería.
Al salir del teatro la función continúa y sólo los expertos pueden distinguir al actor de quien no lo es, “(…) que todos somos comediantes, ya lo dijo el latino; y que el mundo era teatro, también. Pero no se trata de que el hombre común finja, como el actor, sino que este hombre común cambia, se transforma, sin fingir.” Sin embargo, al imponer papeles muy exigentes a veces la vida parece estar más sobreactuada que el propio escenario. “Este hombre riquísimo, una de las mayores fortunas del país, es hijo de un pobre, un vendedor de periódicos, que con grandes esfuerzos consiguió darle la carrera de Derecho. ¿Es ahora el mismo hombre que cuando a los veinte años era un estudiante pobre, hijo de un pobre? No.”
Sostiene Fernán Gómez que Hermann Hesse también incursionó en la materia dado que “en unas bellísimas páginas de El lobo estepario desarrolla algo muy parecido a la teoría de las latencias. El protagonista siente que dentro de sí hay otras muchas personas que no han llegado a realizarse.”
Como los políticos tienen mucho que ver con el oficio de las tablas, tal vez haya sido una especie de solidaridad gremial la que condujo a que Fernando Fernán Gómez saliera en su defensa.
No debemos, por consiguiente, pensar que cuando un político, un gobernante al llegar al poder hace lo contrario de lo que ha prometido es un felón, un traidor, un hipócrita.
No nos ensañemos con los desdichados políticos, tan expuestos a todos los peligros, a todas las agresiones, desde las caricaturas de los humoristas gráficos hasta las balas de los asesinos a sueldo o de los fanáticos.
Cuando tenemos la impresión de que algún político nos ha engañado premeditadamente, no ha ocurrido sino que, al cambiar su circunstancia –“yo soy yo y mi circunstancia” (Ortega)- para bien o para mal, ha aflorado uno de aquellos múltiples personajes que latían en su interior, en sus adentros. Pero todos aquellos personajes eran él mismo.
Según las peripecias de su vida, los caprichos del azar, el progreso o retroceso histórico, habría salido a la superficie, desde sus adentros, un estadista genial, un mártir de la idea, un traidor, un gran economista, un buen discípulo, un envidioso, un trepa, un pesetero, un multimillonario, un comunista, un cura, un psicópata, un poeta, un orador, un fascista, un general, un hedonista, un hombre ejemplar, una víctima de la idea, un idiota, un homosexual, etcétera, etcétera.
Cualquier individuo común, no digamos los políticos profesionales, lleva en su interior un catálogo de personajes y de situaciones tan amplio como el que puede llevar el actor más profesional.
Y a manera de despedida Fernando Fernán Gómez pregunta al público asistente a la gran función de la política: “¿El político que dice ser ‘de centro’ no está ya preparando, de acuerdo con el método Stanislavsky y la teoría de las latencias, acaso impulsado por el miedo o la prudencia, su posible evolución hacia la izquierda o la derecha?”
Avisados.