martes, 18 de diciembre de 2018

Cuando la guerra ha terminado


Se vivían tiempos de guerra y para no sufrir las represalias por haber desertado, Dario Fo tuvo la necesidad imperiosa de esconderse; él mismo narra las vicisitudes que afrontó. “En casa encuentro a toda la familia, y expongo en seguida mi situación: vuelvo a ser un desertor, pero esta vez corro más riesgos.” Un amigo de su padre -¡ay, los amigos!- colabora para encontrarle refugio. “Mi padre tiene un amigo que vive en Caldé, un colega con el que ha organizado la fuga de muchos perseguidos: ya se han puesto de acuerdo. El ferroviario me alojará en el desván de una vieja casa semiabandonada de su propiedad.” Ese lugar contaba con las condiciones necesarias para constituirse en guarida.

Es una especie de ruina casi completamente oculta en un bosque del interior del valle. Para llegar al granero sólo hay una escalera de desembarco; una vez arriba tendré que recogerla y ocultarla en el desván. Nadie, ni siquiera mi madre, conoce mi escondrijo. En el granero encuentro un jergón de paja y un armario con provisiones que ha preparado el ferroviario.

En aquella angustiosa soledad, Dario Fo aprende a interpretar los sonidos que le llegaban del entorno; los animales se convirtieron en sus aliados y custodios.

Pasé más de un mes allí dentro, sin salir jamás. Desde arriba espiaba los alrededores. Aprendí a descifrar gran parte de los murmullos y crujidos del bosque; reconocía el canto de los distintos pájaros, los finos reclamos de cada animal, puercoespines, hurones, ratones, nutrias, garduñas y zorros. Ellos eran mis guardianes: lanzaban señales de alarma y enmudecían al instante si alguien se disponía a adentrarse en nuestro territorio.

Aquel periodo de encierro y soledad llegaría a su término con el anuncio tan anhelado de que la pesadilla había acabado.

Creo que fue un martes, el sol resplandecía, en todo el valle las plantas habían florecido a ojos vistas. Oigo unas explosiones lejanas, una tras otra empiezan a repicar las campanas de todos los campanarios cercanos. El viento me favorece, me llegan los tañidos de campana desde la otra orilla del lago. Me meto en el tragaluz y subo hasta quedarme de pie en el tejado, desde donde consigo ver la plaza de Caldé: una banda toca estrepitosa y chicos, mujeres y niños corren de un lado a otro. Gritan, pero no entiendo sus palabras. Oigo gritos jubilosos de gente que sube hacia las ruinas, en seguida reconozco a Alba con sus amigas, al ferroviario y a otros habitantes del valle. “¡Ha terminado!”, repiten a voz en cuello. “¡La guerra ha terminado!”

Ningún sentimiento de felicidad debe poder compararse con el de quien vive el final de una guerra…, pero, ¿qué digo? No. La felicidad debe ser mucho mayor aun cuando se evitó una guerra que por un momento parecía inminente.

jueves, 13 de diciembre de 2018

Dificultades de un escritor e impresor en el siglo XVI


Quien crea que los problemas que desvelan a los escritores y editores han aparecido en nuestro tiempo debido a las dificultades para publicar, a las ediciones piratas, la aparición del libro electrónico o a que se editan muchos títulos y se lee poco, incurre en error de consideración.
Veamos lo que comenta Manuel de Olaguíbel en relación a Enrique Etienne (cabe acotar que se mantuvo la grafía del texto original que es de 1884).
Enrique [Etienne] quiso hacer [un gran servicio a] la lengua helénica, y trabajó doce años para poder dar á la luz pública su “Theasurus grecae linguae”. Paris, 1572, reimpreso en Londres, 1828, 7 vol. in folio, y posteriormente en Paris, en la casa de Didor.
Esta obra, que todos reputan excelente, no produjo ningun dinero á su autor; muy al contrario, puede decirse que causó su ruina, pues habiendo gastado grandes sumas en la impresión, no podia darla barata, y por lo mismo casi no tenia compradores.
La publicacion de su libro “Tratado preparatorio á la Apología por Herodoto”, le acarreó una persecucion, por la que tuvo que refugiarse en las nevadas montañas de la Auvernia. Hay quien refiera, aunque esto no se ha comprobado, que á la vez que alli se encontraba fué quemado en efigie en la plaza de Grève, lo que le hizo decir con donaire, que nunca habia sentido más frío que cuando lo habian quemado.
Con lo que llevamos del relato queda en claro los enormes problemas que debió afrontar. Sin embargo –de acuerdo con de Olaguíbel- las dificultades aún serían mayores para este hombre del siglo XVI comprometido con la cultura de su tiempo.
Grandes fueron desde entonces los sufrimientos de Enrique Etienne, pues se vió obligado á cambiar continuamente de domicilio, perseguido por acreedores que él se habia buscado por su amor inmenso á las letras, no por dilapidar el dinero en ningun vicio. Habia perdido su fortuna, quedábale sólo su clarísima inteligencia como una suprema compensacion á desgracia tanta; pero quiso el destino arrebatarle su último bien, y este hombre, que es considerado por alguno como el impresor más sabio que ha existido, murió loco en el hospital de Lyon el año de 1598.
Aun con todas las vicisitudes que debió afrontar, sus aportes –concluye Manuel de Olaguíbel- fueron enormes.
Varias son las obras con que contribuyó Enrique Etienne, como escritor, al progreso humano; entre ellas no podemos dejar de citar, por su importancia, las siguientes: en primer lugar la edición prínceps de Anacreon, con la preciosa traduccion latina en verso hecha por él, y que publicó en su imprenta en 1554, I vol. in 4º. 
Introduction au Traité de la conformité des merveilles anciennes avec les modernes, ou Traité preparatif á l’Apologie pour Herodote. Sin lugar de impresión. 1565, I vol. in 8º.
Apologie pour Herodote. Paris, 3 vol. in 8º. Obra prohibida. (…)
Deux dialogues du nouveau langage francois italianisé. Geneve, 1578, I vol. in 8º. 
Esta obra, en que critica de una manera dura á los cortesanos, obligó á su autor á ausentarse de Ginebra.
La pasión por los libros que tuvo Enrique Etienne hizo posible que no fuera vencido por los muchos obstáculos que debió enfrentar. 
Honor a quien honor merece.

martes, 11 de diciembre de 2018

Enfermo de domingo


Hay ocasiones en que uno da por concluido lo que en realidad recién está en sus comienzos. Así le sucedió a Oliver Sacks y para ilustrarlo evoca la relación que mantuvo con un paciente al inicio de su trayectoria como médico.
Vi a un joven que padecía “dolores de cabeza con náuseas” todos los domingos. Describió los centelleantes zigzags que veía antes del dolor de cabeza, de manera que resultó fácil diagnosticarlo como migraña clásica. Le dije que disponíamos de medicación para su dolencia, y que si se  ponía una pastilla de ergotamina bajo la lengua en cuanto comenzara a ver los zigzags, aquello  podría servir para frenar  el ataque. Me telefoneó muy entusiasmado una semana después. La pastilla había funcionado, y no le dolía la cabeza. Me dijo: “¡Dios le bendiga, doctor!”, y yo pensé: “¡Caramba, qué fácil es esto de la medicina!”
Aquello parecía caso cerrado, pero no fue así. 
El fin de semana siguiente no tuve noticias de él, y como sentía curiosidad por saber cómo le iba, le telefoneé. Con una voz bastante apagada me dijo que la pastilla había vuelto a funcionar, pero expresó una curiosa queja: se aburría. Durante los últimos quince años había dedicado cada domingo a las migrañas -su familia iba a verlo, era el centro de atención-, y ahora echaba de menos todo aquello.
Con el transcurso del tiempo aquel joven paciente sufría aún más las consecuencias negativas derivadas del exitoso tratamiento de la migraña. Continúa Sacks
A la semana siguiente recibí una llamada de emergencia de su hermana, que me dijo que el paciente padecía un grave ataque de asma y que le estaban administrando oxígeno y adrenalina. Su voz parecía sugerir que aquello podía ser culpa mía, que de alguna manera yo “había desbaratado su equilibrio”. Aquel mismo día llamé a mi paciente, quien me contó que había sufrido ataques de asma de niño, pero que posteriormente éstos habían sido “reemplazados” por la migraña. Se me había pasado por alto una parte importante de su historial por atender tan sólo a sus síntomas actuales.
Y fue entonces cuando Oliver Sacks mantuvo un diálogo sorprendente con el paciente:
-Podemos darle algo para el asma -sugerí.
-No -me contestó-. Tendré otra cosa... ¿Cree que tengo necesidad de estar enfermo los domingos?
Sus palabras me dejaron estupefacto, pero dije:
-Vamos a analizarlo.
Concluye Sacks en la importancia de considerar al paciente en forma integral, de tener en cuenta no sólo lo fisiológico sino también lo que llama los motivos inconscientes de cada persona.
A continuación pasamos dos semanas explorando su supuesta necesidad de estar enfermo los domingos. En esas dos semanas sus migrañas se volvieron menos molestas, y al final desaparecieron más o menos. Para mí aquello era un ejemplo de cómo los motivos inconscientes a veces se alían con las propensiones fisiológicas, de cómo no se puede abstraer una dolencia o su tratamiento de la totalidad, del contexto, de la economía de la vida de una persona. (…)
No había dos pacientes con migraña que fueran iguales, y todos ellos resultaban extraordinarios. Trabajar con ellos fue mi verdadero aprendizaje en la medicina.
Tan solo estaba en el inicio de los muchos aprendizajes que aún le esperarían a lo largo de su extensa y fructífera trayectoria.

jueves, 6 de diciembre de 2018

Cumpleaños


Por estos días andaré de cumpleaños. No seré demasiado original al decir cosas como: ¡me parece mentira!, ¡qué rápido se va la vida!, ¡parece que fue ayer que cumplí 40! y tantos lugares comunes por el estilo. Hace algún tiempo que integro el gremio de los sexagenarios.

Como la ocasión lo amerita traigo a colación algunas citas en relación al tema de los años de vida. Comencemos con Marguerite Yourcenar quien, en una carta dirigida a Jeane Carayon, dejaba en claro que se sentía de distintas edades según lo que estuviera haciendo.

Me atreveré a decirle que no pienso tanto en la vejez; nunca creí que la edad fuera un criterio. No me sentí particularmente joven hace cincuenta años (cuando tenía veinte, me gustaba mucho la compañía de la gente mayor), y no me siento "vieja" hoy. Mi edad cambia (y siempre ha cambiado) de hora en hora. En los momentos de cansancio tengo diez siglos; en los momentos de trabajo, cuarenta años; en el jardín, con el perro, tengo la impresión de tener cuatro años.

Por otro lado Josep Pla –entrevistado por Salvador Pániker- admite estar casi avergonzado de los años que sumaba: “Yo tengo una edad descarada, tengo sesenta y ocho años; una edad absolutamente escandalosa. A esta edad todo es diferente.”

Para Alfonso Reyes uno de los peligros de contar ya con cierta edad (o ser adulto mayor, gente grande, persona mayor, tener edad avanzada, o lo que usted guste y mande del nomenclator de nuestro tiempo) reside en tomarse demasiado en serio a sí mismo atribuyendo excesiva importancia al propio trabajo.

En rigor, los peligros de la “cierta edad” consisten en eso: en tomarse demasiado en serio a sí mismo, signo evidente de fatiga. Toda fatiga es gravedad, gravitación, pesantez, pesadumbre. El prudente, ¿o imprudente?, Bertrand Russell pide a los médicos que manden de vacaciones, que impongan una cura de aire y de reposo a todo el que cree demasiado en la importancia de su trabajo, porque éste es ya un primer síntoma de surmenage.

Tengo mucho que agradecer ante un nuevo cumpleaños y -retomando la sugerencia de don Alfonso en cuanto a evitar que con la edad enfermemos de importancia- concluyo haciendo mía la célebre salutación de cumpleaños enviada en cierta ocasión por Groucho Marx: “Si sigues cumpliendo años acabarás por morirte. Besos, Groucho.”

martes, 4 de diciembre de 2018

Pueblos chicos


Quienes vivimos en grandes urbes de vez en cuando soñamos con irnos a lugares más pequeños, a los que también idealizamos: allí se vive más tranquilo, no hay estrés, disminuyen las preocupaciones, la alimentación es más natural, el tiempo alcanza para todo, no hay contaminación…

Sin embargo, las cosas no son tan así. La mala fama de las pequeñas localidades está presente en el dicho: “pueblo chico, infierno grande”, que alude a las rivalidades, los chismes, las intrigas. Y es que la vida de todos está muy expuesta, no hay forma de pasar al anonimato tal como queda de manifiesto en un texto de Hernán Rivera Letelier retomado por Fernando Savater.

En algunos lugares, sobre todo en los pueblos chicos, los pecados se personifican, tal como dice el escritor chileno Hernán Rivera Letelier: “En la pampa, de donde yo vengo, en lugares que no tienen más de cinco calles, uno podía ver a los siete pecados caminando. Había una gorda inmensa, doña María Marabunta; representaba a la gula. Felipe el triste, que era como el prestamista, el usurero, representaba la avaricia”.

Otro problema de los pueblos tiene que ver con que están más ligados al pasado que al presente (y ni se diga al futuro), como lo expresa Santiago Kovadloff: “(...) porque los pueblos de provincia, aletargados como aún viven, dejan ver mejor de dónde se viene que a dónde se va (...)”

Tampoco es cosa menor la sensación de que en las pequeñas poblaciones nunca pasa nada. La vida hoy es igual a ayer e idéntica a mañana. Así la existencia transcurre en la monotonía, lo rutinario, lo predecible. No hay novedades, nunca irrumpe lo inesperado, no asoma lo insólito; se vive en una especie de domingo de tarde permanente. Tal vez ello haya inspirado el siguiente poema-plegaria de Luis Palés Matos.

¡Piedad, Señor, piedad para mi pobre pueblo
 donde mi pobre gente se morirá de nada!
 Aquel viejo notario que se pasa los días
 en su mínima y lenta preocupación de rata;
 este alcalde adiposo de grande abdomen vacuo
 chapoteando en su vida tal como en una salsa;
 aquel comercio lento, igual, de hace diez siglos;
 estas cabras que triscan el resol de la plaza;
 algún mendigo, algún caballo que atraviesa
 tiñoso, gris y flaco, por estas calles anchas;
 la fría y atrofiante modorra del domingo
 jugando en los casinos con billar y barajas;
 todo, todo el rebaño tedioso de estas vidas
 en este pueblo viejo donde no ocurre nada,
 todo esto se muere, se cae, se desmorona,
 a fuerza de ser cómodo y de estar a sus anchas.

 ¡Piedad, Señor, piedad para mi pobre pueblo!
 Sobre estas almas simples, desata algún canalla
 que contra el agua muerta de sus vidas arroje
 la piedra redentora de una insólita hazaña...
 Algún ladrón que asalte ese banco en la noche,
 algún Don Juan que viole esa doncella casta,
 algún tahúr de oficio que se meta en el pueblo
 y revuelva estas gentes honorables y mansas.

 ¡Piedad, Señor, piedad para mi pobre pueblo
 donde mi pobre gente se morirá de nada!

Todo parece indicar que en algunos lugares se muere de todo y en otros de nada.

Para concluir digamos que como vivimos en un mundo plural y diverso, hay quienes habiendo nacido en un pueblo pequeño en cuanto puedan huyen con destino a ciudades cercanas o lejanas. Pero también están –y no son pocos- quienes aman a su pueblo como a nada en este mundo y son incapaces siquiera de imaginar su existencia en otro lugar; consideran que la mayor bendición de su vida ha sido nacer y vivir allí.

jueves, 29 de noviembre de 2018

La vaca y la psicología a domicilio


Hace ya unos cuantos años que ha cobrado gran difusión la llamada psicología a domicilio. Libros, revistas, radio y televisión tienen espacios dedicados a aconsejar al ciudadano común que enfrenta tal o cual problema. Las opciones son muchas y la calidad variable: van de lo sensato (que representa un apoyo de consideración para quienes no están en condiciones de acudir con un especialista) a lo disparatado; de un genuino deseo de ayudar a otros, al simple propósito de explotar un interesante nicho de mercado con fines exclusivamente comerciales. Como dice Wislawa Szymborska: “El negocio de la psicología a domicilio consiste en aportar buenos consejos. Es una manera de proceder que utilizamos prácticamente todos cuando tratamos con nuestros amigos. Por lo general, con la mejor de las intenciones y de un modo del todo desinteresado.”

Dale Carnegie fue uno de los autores más destacados en este rubro hace unos años y Szymborska publicó una reseña de su libro Cómo dejar de preocuparse y empezar a vivir.

Sin embargo, no a todo el mundo se le pasa por la cabeza que todos esos consejos pueden ser compilados y publicados. Pero al Sr. Dale Carnegie sí se le ocurrió y, por eso, tenemos entre las manos esta guía sobre cómo luchar contra esas preocupaciones que, no hace falta ni decirlo, nos arrebatan la salud, turban nuestros sueños y emponzoñan nuestro ánimo. Los consejos son bastante benévolos. A algunas personas, en circunstancias muy determinadas, hasta cierto punto y durante algún tiempo, pueden incluso llegar a serles útiles.

Aun reconociendo lo anterior, Wislawa Szymborska cuestiona dos aspectos en la citada obra de Carnegie. El primero tiene que ver con la contundencia del autor para referirse a situaciones complejas, desconociendo todo asomo de duda, incertidumbre o matiz.

Pero en el vocabulario del autor no encontraremos expresiones como “puede”, “parcialmente”, “algunas veces” o “si”. Su optimismo no desfallece en ningún momento y, en ocasiones, adopta un aspecto orgiástico. Creencias tan férreas como esas refuerzan de inmediato mi escepticismo y me llevan a pensar que la ausencia de toda inquietud es aún peor que la angustia. Pone de manifiesto una carencia de imaginación, sensibilidad y una cierta vulgaridad espiritual.

La segunda objeción apunta a los ejemplos cotidianos con que el autor pretende ilustrar sus consejos. “(…) Lo cierto es que debería dejar en paz a esta guía y desearle al menos que tenga algo de éxito con sus lectores, esos a los que les resulta más sencillo mantener el semblante serio. Yo tuve problemas. Sobre todo, mientras leía ‘los ejemplos cotidianos’ con los que el autor adorna sus reflexiones.” Y Szymborska escoge una muestra para argumentar su reparo: “Por ejemplo (…) Carnegie sugiere que la vaca es un buen ejemplo a seguir por las esposas que han sido engañadas, dado que ‘la vaca no enferma solo porque el toro se interese por otra vaca…’.”

Imposible no coincidir con la crítica de la escritora polaca.

martes, 27 de noviembre de 2018

Prólogos


Desconozco cuando se originó la costumbre. Hay prólogos del propio autor pero  también los que son a pedido y en este último caso en el supuesto de que cuanto más reconocido sea el prologuista, mayor será la expectación por la obra. De allí la continua demanda para que escritores destacados escriban unas líneas acerca del trabajo de un amigo, conocido, saludado o –incluso- ilustre desconocido. Hay quienes aceptan todas las invitaciones y están también los que de plano las rechazan, sin entrar en consideraciones de ninguna índole.

Entre los primeros seguramente se encontraba Antonio Castro Leal, en alusión a quien Carlos León (citado por Rodolfo Coronado) dijo: “Después de tantas veces en que don Antonio Castro Leal le puso prólogo a un libro, es cosa de ir pensando en obsequiarle un prólogo, para ver si le pone libro.” El problema para quienes siempre acceden es que –tal como apunta José Luis Melero- no tienen tiempo para leer las obras.

Además, los prologuistas suelen ser abordados un poco aquí y allá, comprometidos por unos y otros, y acaban escribiendo sus textos sólo porque se sienten halagados de que se les reconozca magisterio o por no atreverse a desairar al solicitante. Por eso muchos de los prólogos que uno ha leído están escritos un poco a la diabla, todo lo más para salir del paso, con buena voluntad en el mejor de los caso pero con escaso sentimiento y entusiasmo. Y en bastantes ocasiones uno tiene la sensación de que el prologuista ni siquiera se ha leído el libro y de que apenas le ha dedicado una pequeña ojeada. 
Algunos prólogos dicen algo del libro del que son antesala, otros dan rienda suelta a cualquier tipo de consideraciones (tanto es así que Andrés Neuman los define como: “Texto ocasionalmente referido al texto al que precede”). En muchos casos su finalidad consiste en demostrar que el libro tiene unidad, cierta lógica en su contenido. Y si no la hay se la inventa, que al fin eso es lo de menos; a ello se refiere Augusto Monterroso.

[A manera de fórceps]
Recuerdo que todavía hace pocos años, cuando algún escritor se disponía a publicar un libro de ensayos, de cuentos o de artículos, su gran preocupación era la unidad, o más bien la falta de unidad temática que pudiera criticársele a su libro (como si una conversación -un libro- tuviera que sostener durante horas el mismo tema, la misma forma o la misma intención), y entonces acudía a ese gran invento (sólo comparable en materia de alumbramientos al del fórceps) llamado prólogo, para tratar de convencer a sus posibles lectores de que él era bien portado y de que todo aquello que le ofrecía en doscientas cincuenta páginas, por muy diverso que pareciera, trataba en realidad un solo tema, el del espíritu o el de la materia, no importaba cuál, pero, eso sí, un solo tema. En vez de imitar a la naturaleza, que siente el horror vacui, eran víctimas de un horror diversitatis que los llevaba invenciblemente por el camino de las verdades que hay que sostener, de las mentiras que hay que combatir y de las actitudes o los errores del mundo que hay que condenar, ni más ni menos que como en las malas conversaciones.
Es del caso señalar que José Luis Melero no les ve mayor utilidad. “Los prólogos siempre me han parecido una costumbre bastante absurda: si los libros son buenos no precisan el aval de nadie (…) y si son malos ningún proemio adulador va a salvarlos del rápido olvido a que los condenarán los lectores.” Y concluye que los prólogos constituyen un género muy aburrido debido a su alta carga de previsibilidad y ausencia de sorpresas. “Son también, como sucede con las necrologías, absolutamente previsibles: en ambos casos todos sabemos antes de leerlos que nos van a hablar bien del libro y del difunto.”

jueves, 22 de noviembre de 2018

El taxi, un espacio en otra dimensión


Seguramente alguien ya habrá realizado un estudio comparativo del servicio de taxi en diversos países, lo que debe haber arrojado conclusiones significativas en campo como la economía, psicología, sociología, etc. Muchos pasajeros hemos vivido en ese transporte público alguna anécdota que merece relatarse y todos los taxistas deben tener muchas acerca de pasajeros que han subido a su vehículo. 
Y es que según Juan José Millás –citado por Fernando Díaz de Quijano- allí se vive en una dimensión diferente.
Cuando entras en un taxi, sobre todo para quien no lo usa de manera excepcional, es como entrar en otra dimensión, porque la situación que se crea dentro de él, si lo piensas, es muy rara: un desconocido se pone en el asiento de atrás y se deja guiar por otro desconocido del que solo ve la nuca y parte de la cara. Es una situación muy, muy, muy extraña. 
Ahora bien, continúa Millás, hay que aprovechar esas vivencias extrañas que pueden mejorar en mucho nuestra existencia. “Las situaciones extrañas son las que explican la vida porque son las que nos obligan a ver la realidad desde una perspectiva diferente, nos desfamiliarizan de la realidad (…)” 
Cuando se sube al taxi con colegas, amigos o familiares debe cuidarse el tenor de la conversación dado que va a tener un testigo obligado. Entonces es más que comprensible que se suspendan confidencias así como detalles escabrosos, que se utilicen códigos solo comprensibles para los interlocutores y que los diálogos se vuelvan más superficiales, aunque sin exagerar la nota como sucedió –de acuerdo a lo que relata Simon Leys- con dos reconocidos escritores.
El encuentro de genios no siempre propicia intercambios sublimes. El único encuentro entre James Joyce y Marcel Proust es un buen ejemplo: estos dos gigantes de la literatura moderna compartieron en una ocasión un taxi, pero se pasaron todo el trayecto discutiendo sobre si abrir la ventanilla o no. (Esta anécdota tiene que ser cierta, porque la inventó Nabokov).

Es rumor de dominio público que en muchos lugares los taxistas son orejas que responden a los sistemas de seguridad de la localidad y en algunos casos no se contentaron con mantener una actitud pasiva, tal lo que narra Miguel Gila de un sucedido en tiempos del franquismo.
En la dictadura se cuidaba mucho la moral. La Iglesia había hecho causa común con el Gobierno, o a la inversa, y si la policía sorprendía a una pareja de novios besándose, podía pasar de una multa a una denuncia por inmoralidad. Y lo más triste es que muchos españoles hacían causa común con la dictadura; era frecuente que si ibas en taxi con tu novia o tu mujer y se te ocurría darle un beso, el taxista, mirando por el retrovisor, dijera:
-Eso en la cama, en mi taxi, no.

De aquellos tiempos procede también lo que relata Román Gubern. “Y un taxista me contó que acompañó a una pareja joven hasta un meublé y, mientras el chico le pagaba, ella le preguntó con aire sorprendido: ‘¿Es aquí donde vive tu madre?’.”

Finalmente digamos que no es extraño que en algunos viajes, y guiados por la mutua confianza que les marca su intuición, pasajero y taxista tengan conversaciones sumamente profundas y confidenciales que posiblemente no la mantengan con gente mucho más allegada. Esto se explica porque al decir de Juan José Millás –nuevamente citado por Fernando Díaz de Quijano-: “Además el taxi es un espacio fantástico para las confidencias porque se dan entre personas que no se van a volver a ver.”

martes, 20 de noviembre de 2018

El primo Robert John, un observante del sabbat


Quien lee a Oliver Sacks siempre encuentra historias muy interesantes, sea de su campo profesional o de la vida cotidiana. A este último rubro corresponde la que ahora citamos.

Durante la década de 1990 conocí a un primo y coetáneo mío, Robert John Aumann, un hombre de aspecto impresionante, de complexión robusta y atlética,  y con una barba blanca que ya a los sesenta años le otorgaba un aspecto de sabio venerable. Es un hombre de una gran capacidad intelectual, pero también provisto  de gran ternura y calidez humanas, y de un profundo compromiso religioso; de hecho, “compromiso” es una de sus palabras favoritas. (…) 
Insistió en que yo colocara una mezuzá sobre mi puerta, y me trajo una de Israel. “Sé que no eres creyente”,  me dijo, “pero de todos modos deberías tener una”. No le llevé la contraria.

Comenta Sacks que en su primo se da una confluencia poco frecuente porque “aunque en su trabajo defiende la racionalidad en la economía y en los asuntos humanos, para él no existe ningún conflicto entre la razón y la fe”.

En una extraordinaria entrevista que concedió en 2004, Robert John habló de su vida académica, que había dedicado al estudio de las matemáticas y la teoría de  juegos, pero también de su familia: que iba a esquiar y a hacer alpinismo con algunos de sus casi treinta hijos y nietos (los acompañaba un cocinero de comida  kosher cargado de cacerolas), y que para él el sabbat era muy importante.

Y es que para Robert John –citado por Sacks- el respeto al sabbat va mucho más allá del cumplimiento de la norma. “La observancia del sabbat es algo en extremo bello (…) y es imposible si no eres religioso. Ni siquiera es una cuestión de mejorar la sociedad, sino de mejorar la propia calidad de vida.” Cuando recibió lo que seguramente fue el mayor premio en su vida académica, puso condiciones.

En diciembre de 2005,  Robert John recibió el Premio Nobel por su valiosísimo trabajo durante cincuenta años en el campo de la economía. No fue un invitado  especialmente cómodo para el Comité del Nobel, pues viajó a Estocolmo con su familia, acompañado de muchos hijos y nietos, y hubo que proporcionarles a todos platos, utensilios y comida especial kosher, y ropa de etiqueta especial que no  tuviera ninguna mezcla de lana y lino, algo prohibido por la Biblia.

Su observancia llega a tal extremo que si las circunstancias lo hubiesen obligado a elegir entre el sabbat y el Nobel, no habría tenido duda alguna. Continúa Oliver Sacks

(…) Ese mismo mes descubrí que padecía cáncer en un ojo, y al mes siguiente, mientras me encontraba en el hospital para seguir el tratamiento, Robert John  vino a visitarme. Me contó un montón de entretenidas historias sobre el Premio  Nobel y la ceremonia de Estocolmo, pero también insistió en que, de haberse visto obligado a viajar a Estocolmo en sábado, habría rechazado el premio.

Concluye Sacks: “Su compromiso con el sabbat, con esa sensación de paz absoluta y alejamiento de las preocupaciones mundanas, era más importante incluso que un Nobel.”

jueves, 15 de noviembre de 2018

¿Por qué?


Mucho más fácil no preguntar nada. Vivir sin ver lo que sucede o aun viéndolo suponer que todo responde a un orden impuesto frente al que debe guardarse silencio, sumisión. No hay de otra, ni modo, es lo que hay. El miedo a rebelarse suele ganar en combate tan desigual. 

Manuel Rivas retoma la historia de alguien que se animó a preguntar (El País, 5 de julio de 2015).
Un guardián, joven y fornido, patea en el suelo nevado a un prisionero anciano que se ha caído exhausto. No tiene fuerzas ni para quejarse. Y nadie se atreve a protestar porque se juega la vida. Están en un campo de exterminio. Pero aun así hay una palabra indómita, que se abre paso en el castañeteo de los dientes.
–Warum?
 Alguien ha hecho una pregunta. La pregunta.
–¿Por qué?
 El guardián nazi se revuelve. También está adiestrado para eso. Tiene una respuesta terminal.
Hier ist kein warum (Aquí no hay ningún porqué).
Lo cuenta Primo Levi en Si esto es un hombre.

El mismo Primo Levi fue quien se atrevió a formular la pregunta cuestionando aquella barbarie. Prosigue Manuel Rivas
Y la respuesta del guardián equivale a todo un tratado sobre la historia dramática de la cultura. La primera medida de todo poder autoritario es hacerle la vida imposible a los porqués. La arbitrariedad no soporta ese interrogante. Ni en un palacio imperial, ni en una empresa, ni en una escuela, ni en una iglesia, ni en una choza. Al privarlo del porqué, se convierte al otro en un subalterno, en un prescindible. Un espacio sin porqués acaba siendo siempre lo que César Vallejo llamó “tierra indolente”: donde cavar un adiós.

Hay momentos en que la sola pregunta expresa resistencia, inconformidad, protesta, subversión, coraje, deseo de que las cosas no sigan como están. Pero no es fácil porque como apunta Rivas: “Tal vez es verdad que hay gente que vive feliz en la ignorancia. Que prefiere no hacerse preguntas. Preguntar, igual que recordar, a veces duele.”

El tema no es de ayer. Son muchas las situaciones que hoy exigen el imperioso y urgente: ¿por qué? Y no sólo quedarse en la pregunta sino rebelarse ante la injusticia y la barbarie impuesta desde el poder porque –como alguien ha dicho- conviene no olvidar que lo que hay no es lo único que puede haber.