jueves, 19 de octubre de 2017

Mejillas


Todos los bebés forman parte de una campaña involuntaria de promoción de la natalidad además de tener el poder de inspirar los sentimientos más elevados en los adultos que los contemplan. Josep Pla ofrece su testimonio al respecto y destaca el papel que jugaban sus mejillas. 
Mis padres se casaron jóvenes, a los veinte años, con una salud perfecta. Así, tuve la fama, pocos momentos después de haber nacido, de criatura bien constituida. Ahora, a las criaturas, las pesan muy a menudo y en las farmacias hay, desde hace poco tiempo, balanzas con cuna para pesarlas. En mi tiempo, esto todavía no se estilaba. Si se hubiese hecho, yo hubiera resultado un peso fuerte de la infancia. Mi madre solía contarme que cuando ella o la niñera me sacaban, con el cochecito, a pasear, las parejas de enamorados que encontrábamos se embobaban ante mis mejillas. Las señoritas me hacían fiestas y me decían cosas extrañísimas, con el extrañísimo tono de voz que se usa para hablar con los críos. Después, miraban al joven que tenían al lado, con una media sonrisa como queriendo decir: – Veremos si sale como éste el que me harás…
El joven debía bajar los ojos púdicamente, con un aire de modestia y de exquisita urbanidad. Quizá pensaba: –Haremos lo que podamos…
Me hace gracia pensar que no tuve que hacer más que nacer y salir de paseo por las calles para provocar ideas elevadas y movimientos de calidad en los habitantes de mi villa natal.

La evocación de Pla concluye con un dejo de nostalgia que muchos de sus lectores podríamos hacer propio: “De mayor, no he llegado nunca a producir unos resultados tan convenientes y admirables.” Lástima.

martes, 17 de octubre de 2017

Ya no se lee


Con harta frecuencia se escucha el reclamo (en particular de parte de los docentes) en cuanto a que los niños y jóvenes de hoy ya no leen, que han perdido ese hábito. Según los estudiosos las causas de ello tendrían que ver, entre muchas otras, con la irrupción de las nuevas tecnologías; la cultura de la prisa; el cambio de intereses; el predominio de la imagen, la pantallización de la sociedad, que los padres no leen; etc. 

Sin embargo estas quejas no constituyen novedad alguna y, con ligeras variedades, se vienen presentando desde antes del invento de la televisión, tal como lo apunta Pescatore de Perle en un artículo de ¡1934! 

No, ya no se lee. Los libros no interesan. (...)
J. W. Draper nos cuenta que hasta fines del siglo XVII la mayoría de las personas en Inglaterra no sabían leer, y los únicos vehículos de cultura para el público eran el púlpito y el teatro. Hoy hemos llegado a una situación muy semejante: las nuevas generaciones desdeñan el libro, ignoran la biblioteca, huyen del estudio, y sólo conocen dos manifestaciones intelectuales: el cine y la radio. Y la explicación que se nos da es ésta: no hay tiempo para leer la Ilíada, el Quijote o los Viajes de Gulliver. El hombre moderno, ocupado todo el día en los menesteres de su oficio o de su profesión, en cuanto goza de unas horas de asueto se va a practicar el golf, a manejar su voiturette, a jugar al bridge o a ver la pelea de Primo Camera con Perico de los Palotes. 

Así las cosas, en aquel entonces se culpaba a la radio y el cine de perjudicar a la lectura. Hoy los reparos van dirigidos a la televisión, el teléfono celular y la computadora, lo que parece dar razón al dicho popular: la historia cambia más de protagonistas que de argumento.

jueves, 12 de octubre de 2017

El estornudo


Algunas situaciones cotidianas no concitan mayor interés, no llaman la atención (porque sabido es que si a la atención no se la llama, se sigue de largo). Una de ellas es el estornudo. El doctor Francisco González Crussi (Letras Libres, mayo 2013) nos invita a que este acontecimiento no pase desapercibido.

Adviértase la singularidad de este fenómeno: algo nos anuncia que ya viene; una especie de comezón en la nariz nos hace saber la inminencia de su llegada. En seguida, sobreviene un movimiento intempestivo de la cabeza y el tronco, que se termina en una espiración violenta, repentina y sonora: el aire de los pulmones pasa explosivamente a través de las anfractuosidades de las fosas nasales. Los ojos se cierran invariablemente; los sabios, que muchas veces saben el cómo y casi nunca el porqué, hipotetizan que es un intento de proteger los ojos contra el chorro de bacterias potencialmente dañinas súbitamente disparadas. Mas no se crea que a esto se reduce el fenómeno: hay una vasta serie de concomitantes. Las ideas se hacen confusas, se pierde el hilo de lo que se pensaba. Los músculos del tórax y del abdomen se contraen; se tensan los tendones y ligamentos de las articulaciones; hasta los esfínteres del cuerpo se estrechan, como lo saben muy bien, para su infortunio, las personas predispuestas a la incontinencia urinaria, que mal pueden retener la emisión de orina durante un estornudo.

González Crussi subraya que como “todo esto sucede fuera de nuestro control”, en el pasado se presentaron diversas interpretaciones.

De ahí que los hombres de épocas pasadas pensaran que quien estornuda es un poseído. Una fuerza externa a la persona, un poder demoniaco o celestial se apodera del individuo, lo habita y lo domina; estornudar es como obedecer una orden ineludible venida desde quién sabe qué dominio misterioso. Los movimientos involuntarios, los tics, las convulsiones, ¿qué otra cosa podrían ser, sino manifestaciones de posesión preternatural? Llegados tiempos de mayor racionalidad, los médicos teorizaron que el estornudo es una forma, bien que breve y comúnmente benigna, de epilepsia –el mal sagrado.

En tiempos propicios a buscar augurios que permitieran orientar las acciones, el estornudo –continúa Francisco González Crussi- fue visto como un signo a tener en cuenta.

Entre griegos y romanos, un estornudo al principio de una acción podía considerarse de mal agüero: bastaba para interrumpir la acción iniciada. Lo mismo si alguien estornudaba a la izquierda del ejecutor de la acción; en cambio, a la derecha, el presagio era bueno. Es bien sabido que en casi todas las culturas, el lado derecho se ha asociado a lo positivo y deseable, y el izquierdo a lo negativo y funesto.

En el artículo citado el autor también se refiere a la interpretación que se hizo de los estornudos para el feliz desarrollo de los vínculos amorosos.

Permítasenos finalmente agregar unas breves consideraciones. Existen muy diferentes estilos de estornudar, los hay más elegantes y también aquellos que no tienen clase. Hay formas de estornudar que son un verdadero espectáculo y que provocan en los espectadores una sonrisa disimulada. Por otro lado, los estornudadores culposos ofrecen disculpas mientras que los extrovertidos lo hacen sin mayor recato. Cuando uno es educado y al estornudo responde con un “¡salud!”, la situación puede devenir en una larga competencia para ver quien tiene la última palabra o el último estornudo.

Y no olvidar la regla de oro: jamás decir “¡salud!” mientras el estornudo está en proceso porque con ello automáticamente se lo disuade y todo queda en un estornudo interruptus.

martes, 10 de octubre de 2017

La escritura a modo de venganza


Hace poco en este mismo espacio citamos a diferentes autores que enunciaban los motivos que tenían para escribir (http://habladuriacronicasdelocotidiano.blogspot.mx/2017/08/escribir-para-que.html). Hoy volvemos al tema, el caso que narra Ángela Pradelli lo amerita.  

“Per vendetta”, contestó Ferdinando Camon en 1985 en una entrevista publicada en un número especial del diario Libération de París, en la que cuatrocientos escritores respondían la misma pregunta. “Pourquoi écrivez-vous?” “Scrivo per vendetta, non per giustizia, non per santità, non per Gloria, ma per vendetta”. 

Seguramente esa respuesta estaría lejos, muy lejos de la de sus colegas y Ferdinando Camon tenía –según Pradelli- sus buenas razones para ello.  

Así contestaba el escritor italiano nacido en Padua en 1935, cuyas obras fueron traducidas a veintiún idiomas. “Escribo por venganza. No por justicia, ni por santidad, ni por la gloria; sino por venganza. Todavía, dentro de mí siento esta venganza como justa, santa, gloriosa. Mi madre sabía escribir solo su nombre y apellido. Mi padre, apenas un poco más. En el pueblo en que nací, los campesinos analfabetos firmaban con una cruz. Cuando recibían una carta del municipio, del ejército o de la policía (nadie más les escribía), se asustaban y acudían al cura para que se las explicara. Los vi pasar muchas veces, yo era un muchacho.” 

De esta manera fue como Camon –citado por Ángela Pradelli- hizo de la escritura una forma de militancia. “Desde entonces sentí a la escritura como un instrumento de poder. Y soñé siempre con pasar del otro lado, poseerme de la escritura, pero para usarla a favor de aquellos que no la conocían: para cumplirles sus venganzas.”

jueves, 5 de octubre de 2017

Contraindicación de los uniformes


Entre aquellos que conforman la clase alta están quienes prefieren que las personas que trabajan con/para ellos (la servidumbre, como se decía antes) lo hagan ataviados con riguroso uniforme que deja en claro el lugar que ocupa cada quien.

Pero la historia enseña que esto tiene sus riesgos, tal como se puso de manifiesto en Roma y de lo que da cuenta Wislawa Szymborska.

En Roma, naturalmente, el ciudadano de pleno derecho se distinguía del resto llevando una toga, pero su uso era muy poco frecuente durante los tiempos del Imperio. Por la calle, no era nada fácil apreciar la diferencia entre un individuo libre y otro que no lo era: solía ocurrir que los esclavos salían de casa cubiertos de oro para presumir, mientras que los ciudadanos libres se ponían el primer trapo que encontraban.

Esta ausencia de diferenciación social generó airadas resistencias entre quienes consideraron que ello resultaba francamente intolerable. “Gibbon cuenta –añade Szymborska- que un buen día se presentó en el Senado una moción que pretendía poner punto final a aquella escandalosa situación y votar a favor de un uniforme reglamentario para todos los esclavos.”

Aquel proyecto no prosperó pero no se crea que por razones humanitarias o de nivelación social; Szymborska aclara la cuestión

El Senado desestimó la propuesta no porque amase la democracia sino justamente por todo lo contrario: los esclavos, ataviados todos ellos con uniformes, se darían cuenta de inmediato de su abrumador número… ¡He aquí la complicación!

Lecciones de la historia.

martes, 3 de octubre de 2017

Eulalio Ferrer y los anuncios clasificados/3


Los anuncios clasificados (también conocidos como APP: anuncios por palabras) constituyen una rica fuente de información que da cuenta tanto de su tiempo como del lugar de que se trate. Eulalio Ferrer Rodríguez fue tras ellos guiado por su interés en temas culturales y específicamente publicitarios. 

Cabe precisar que todas las citas de esta serie de artículos corresponden a obras de don Eulalio, en particular a La historia de los anuncios por palabras (México, Ediciones de Comunicación, 1987).

Hay quien ha recurrido a los anuncios para poder encontrar aquello que extravió o… que le extraviaron.

El 7 de mayo de 1704 aparece “Newsletter” de Boston, primer periódico semanal continuo del país. En su segundo número incluye su primer anuncio pagado en la sección de APP. Se refiere a dos yunques perdidos. Dedica su amplio espacio para invitar a usar esta sección a todas las personas que posean terrenos, hospederías, granjas, tiendas, barcos y productos de compra venta. Sin olvidar, naturalmente, la referencia a artículos que se hayan perdido o extraviado y a sirvientes que hayan huido. De su primera época es este anuncio:

Prestado hace tiempo, a quien ya lo olvidé, un libro encuadernado en octavo intitulado “Noticias de los Muertos” o “El Verdadero Entendimiento del Otro Mundo”. En una hoja anterior al título está escrito “Los malos piden prestado y nunca devuelven”. La persona que lo tenga, se desea que considere esa frase y devuelva el libro a su justo dueño.

Claro está que lo políticos no podían quedar al margen.

En la década de los 60 se registró el caso de un frustrado candidato a concejal en la provincia norteamericana, que manifestó irónicamente su fracaso en este aviso publicado por el “News-Tribune” de Waltham, Massachussets:

Deseo expresar mi agradecimiento a los 300 lectores del 5º distrito que apoyaron mi candidatura para concejal, así como a los 600 que me prometieron su voto, a los 400 que me dijeron haber votado a mi favor, y especialmente a los 92 que votaron por mí. Raymond Hayes.
Vale incluir, dentro del mismo género y del mismo país, un lacónico Anuncio Por Palabras publicado, el 3 de junio de 1973, en las páginas correspondientes del “New York Times”.

Político asqueado busca empleo honrado en el ámbito de las relaciones sociales o laborales.

Los chistes y las bromas también se hicieron presentes.

Jacques Franju, en su ensayo “Le Grand Canular”, dedicado a un siglo de mixtificadores, el XIX, refiere que Roland Dorgelès publicó por pura diversión el anuncio siguiente, en un diario parisino:

Muchacha de 20 años, bonita, aguardará señor esta tarde, a las 16 horas, ante la Cámara de Diputados. Llevar una flor de lis en la solapa.

A las tres y media del día en que apareció el anuncio, una docena de señores deambulaba ante la Cámara de Diputados. Todos exhibían la flor de lis. Diez minutos después, Dorgèles telefoneó al prefecto de policía denunciándole una importante manifestación monárquica. Poco antes de las cuatro, un coche celular se detuvo ante la Cámara y llevó a la comisaría del barrio a todos los “manifestantes”, a pesar de sus protestas.

Ante el incumplimiento de las obligaciones por parte de su esposo, la dama acudió al periódico (“Times Commoner, Salem, Illinois, 20 de febrero de 1962) para recordarle las mismas.

Yo, Dixie Horn, por la presente notifico a mi marido, Raymond Horn, que cuando no le ocupen totalmente su tiempo las divorciadas, las casadas en trance de divorcio, los borrachos, los políticos, las juntas directivas, el Club de Leones, el juego de bolos, el casino y toda clase de asistencia voluntaria a vecinos y amigos, sería conveniente que atendiera los asuntos en nuestra casa. Sabiendo que siempre te lees los periódicos de cabo a rabo, ésta es la única manera que se me ocurre de comunicarme contigo. Tu esposa, Dixie.

Un anuncio publicado en Londres (“London Weekly”, junio de 1970) dejaba constancia de la preocupación de la joven viuda por aprovechar lo que ya se tiene en casa y de esa manera no desechar ropa que aún está en buenas condiciones. 

Viuda joven, rubia, de buena presencia, amante del campo, del cine y los deportes, contraería matrimonio con caballero soltero, viudo o divorciado, de preferencia de cinco pies y diez pulgadas de altura y de ocupación ferrocarrilero, por tener en buen uso los uniformes de su primer marido...

En un APP publicado en el “Times” un experto en seguridad quiso asegurarse de la pertinencia de sus futuras recomendaciones.

Se solicita ladrón retirado para ayudar a recopilar material destinado a escribir un artículo sobre cómo proteger casas particulares contra robos.

Hay casos en que no se puede decir que el cliente no tenía mucha idea de lo que andaba buscando.
Uno de los más celebrados anuncios del “Daily Advertiser”, es el de un caballero que busca esposa:

Necesítase: Alta y graciosa en su persona. Dientes sanos, labios suaves, aliento dulce, con ojos de no importa que color con tal de que sean expresivos. Su seno lleno, erguido, firme y blanco. Comprensiva sin ser sabia, de conversación animada y alegre. Educada y de palabra delicada, de temperamento humano y tierno y que parezca que puede sentir delicia, así como que desea ofrecerla. Si hay alguna así, hay un caballero con 2,000 libras al año, 52 años el próximo julio, de vigorosa fuerza y de condición amorosa que se casará con ella, aunque tenga fortuna pequeña, pues él la dejará en la viudez con 600 libras anuales...

Un anuncio (“The News”. Edimburgo. Escocia, febrero de 1953) abona el humor negro. Sin palabras.

Cojo del pie derecho desea asociarse con cojo del pie izquierdo para comprar zapatos del número siete.

Y para el final va esta joya publicada en el “Figaro Littéraire” (París, Francia, diciembre de 1978)

A escultor ofrécese modelo con las medidas exactas de la Venus de Milo, más los dos brazos.

Al concluir esta serie de artículos es momento de agradecer a Eulalio Ferrer por invitarnos a reparar en un género que tantas veces pasa desapercibido.

jueves, 28 de septiembre de 2017

Comunismo sexual


En lucha declarada contra las convenciones vigentes algunos movimientos sociales contestatarios e intelectuales de vanguardia han buscado construir una sociedad libre y equitativa en cuanto a las relaciones sexuales. Sin embargo, y como en tantos otros terrenos, los problemas teóricos fueron más fácilmente resolubles que las cuestiones prácticas; Pascal Bruckner cita un ejemplo de ello  

Dominique Desanti cuenta cómo una comunidad californiana estaba basada en el principio de la rotación sexual: todas las noches, cada uno debía acostarse con algún otro, de manera de establecer una perfecta igualdad. Sólo que la chica gorda y fea cada vez tenía más dificultades para encontrar compañeros; los varones pasaban su turno y ella se encontraba de noche, bajo la galería de la casa, diciendo: “¿Quién me quiere?”. En ese comunismo sexual, las viejas barreras subsistían. 

Podría pensarse que esta preocupación en torno a las relaciones sexuales equitativas surgieron en grupos de jóvenes en los años 60’s del siglo pasado. Nada más lejos de la realidad y Jean-Claude Guillebaud aclara el punto.

Las utopías sexuales siempre han perseguido el imaginario de las sociedades. Desde el origen, los hombres y las mujeres han soñado con una ciudad ideal donde nada contraríe sus deseos, donde prevalezcan el placer del cuerpo y su inocencia. Aristófanes, en La asamblea de las mujeres, trata de imaginar una comunidad de esta especie, gobernada –toda una señal- por las mujeres. Praxágora, la heroína, que arrastra a las atenienses a tomarse el poder, invoca un decreto que instauraba una comunidad de bienes y de sexos. Ya no habrá ni pobres ni ricos, y las mujeres se acostarán como quieran con todos los hombres. Pero Aristófanes está muy atento a la idea de justicia y comprende que tal asamblea conllevaría posiblemente una injusticia más grave: la que castigaría irremediablemente a los feos y a las feas, que quedarían descalificados ante la crudeza de los deseos libres, mientras los bellos y los fuertes se beneficiarían exclusivamente de una nueva libertad. 

En la obra de Aristófanes –citada por Guillebaud- solo queda hacer frente a esta inesperada dificultad con una variante de discriminación positiva.

La cabecilla de La asamblea de las mujeres, por afán de justicia entonces, hace adoptar una ley complementaria, que establece expresamente, en beneficio de los desgraciados y los torpes en el amor, lo que hoy llamaríamos una “discriminación positiva”. Las mujeres podrán entregarse libremente a los bellos y a los grandes, pero solo después de haber concedido sus favores a los pequeños y feos. Del mismo modo, los hombres deberán servir sexualmente primero a las viejas y feas. Admirable intuición griega que deja al aire nuestra torpeza contemporánea. Mediante ese sencillo codicilo teatral, Aristófanes recuerda que en materia amorosa, como en otras cosas, una libertad demasiado ilimitada aumenta la iniquidad al desinhibir el egoísmo de los mejor dotados. 

¿Nada nuevo bajo el sol?

martes, 26 de septiembre de 2017

La tentación del no ver


Vivimos confrontados a la injusticia, la inequidad, la pobreza. Quienes disfrutamos de privilegios que nos alejan de situaciones límites, estamos permanentemente tentados a “pasar sin ver” (como afirma el dicho mexicano), a hacer de cuenta que los demás son lo de menos.   

En este espacio habitualmente recurrimos a sucedidos, historias, anécdotas. En este caso se trata de una excepción porque el tema considerado nos remite a un pequeño fragmento de un cuento cuya autoría corresponde a Julio César da Rosa. 

Cualquier individuo que estuviera necesitando un pueblo como aquél para venderle verduras, en cualquier pueblo que estuviera necesitando un individuo como Carmona para comprarle verduras, habría juntado plata vendiendo verduras. Cualquier individuo, menos Juan Carmona. Años anduvo empujando pueblo adentro aquella carretilla llena hasta los topes y empujándola pueblo afuera sin un rábano adentro. Años. Pero Carmona no era hombre para volver a las casas con la carretilla llena, allí donde se había encontrado con tanta gente de barriga vacía. 



Cuenta Julio César da Rosa la manera en que Carmona se vio enfrentado a la tentación del no ver.

-Lo que usted tiene que hacer para no ver esas cosas, es cerrar los ojos.


Le dijo una vez un cliente de allá del centro. Juan tuvo que morderse, para no contestarle lo primero que le vino a la boca: “Pero pasa que no los cierro, ¿y?”. Se mordió. Entonces pudo preguntarle:
-¿Y después?
-Después, ¿qué?
-¿Cómo duerme?
-Lindo no más. Usted no vio nada.
-Mire, ve igual. Hay cosas que no se ven con los ojos.
Empuñó los brazos de la carretilla y salió al tranco largo, para cortar. No fuera cosa de perder un buen cliente por discutir bobadas.

Ver o no ver, esa es la cuestión. O cuando menos su inicio.

martes, 19 de septiembre de 2017

Confucio y el silencio


Muchos somos quienes disfrutamos de las palabras, del lenguaje oral y del escrito, de escuchar y de hablar. Y es a nosotros a quien parece dirigirse Confucio (siglos VI y V a.C.) atribuyendo al silencio un rol trascendente; para ello nos guiaremos con el análisis magistral de Simon Leys al respecto. 
Elias Canetti (…), en el breve ensayo que escribió sobre Confucio, dijo algo que se les había escapado a la mayoría de los especialistas. Según él, las Analectas es un libro importante no sólo por lo que dice sino también por lo que no dice. Este comentario es iluminador. De hecho, las Analectas hacen un uso muy significativo de lo que no se dice, lo cual es también un recurso característico de la mentalidad china que más adelante acabaría hallando alguna de sus aplicaciones más expresivas en el campo de la estética: el uso del silencio en la música, el uso del espacio en blanco en la pintura, el uso de los espacios vacíos en la arquitectura.
Confucio desconfiaba de la elocuencia; despreciaba a la gente locuaz, odiaba los juegos de palabras ingeniosos. Da la impresión de que para él una lengua ágil debía reflejar una mente superficial; cuando la reflexión es más profunda, surge el silencio. Confucio observó que su discípulo favorito solía hablar tan poco que, a veces, hasta podría uno preguntarse si no sería un idiota. A otro discípulo que le había preguntado sobre la virtud suprema de la humanidad, Confucio le dio una respuesta característica: “Aquel que posee la virtud suprema de la humanidad es reacio a hablar”.
Es así como Confucio –de acuerdo a lo señalado por Leys- reconoce el límite de las palabras, las zonas que le están vedadas.
Lo esencial está más allá de las palabras: todo aquello que puede decirse es superfluo. (…) Confucio habría suscrito la famosa proposición de Wittgenstein: “De lo que no se puede hablar, hay que callar”. Confucio no negaba la realidad de lo  que está más allá de las palabras, se limitaba a advertir contra la necedad de intentar alcanzarlo con palabras. Su silencio era una afirmación: hay un reino sobre el que no podemos decir nada.
Tanto de la muerte como de la otra vida no es posible hablar por lo que el silencio se convierte en la mejor forma de decir; continúa Simon Leys 
Los silencios de Confucio se producían esencialmente cuando sus interlocutores intentaban hacerle hablar de la otra vida. (…) Consideremos este pasaje famoso: “Zilu le preguntó sobre la muerte. El Maestro le dijo: “No conoces la vida; ¿cómo podrías conocer la muerte?”. Canetti añadió este comentario: “No conozco ningún sabio que, como Confucio, haya tomado la muerte tan en serio”. Negarse a responder no es un medio de eludir el tema sino, por el contrario, es la afirmación más vigorosa, porque, en realidad, las preguntas sobre la muerte siempre “apuntan a un período posterior a la muerte. Toda respuesta a ellas es una escapatoria que no toma en cuenta la muerte y la escamotea, tanto como a su incomprensibilidad. Si hay algo después, como antes había algo, la muerte en cuanto tal perdería su peso”. Confucio se niega a seguir la corriente con este juego de prestidigitación sumamente indigno.
Simon Leys relaciona al silencio con algunas manifestaciones artísticas y narra una anécdota esclarecedora acerca del tema que nos ocupa.
El silencio de Confucio, lo mismo que el espacio en blanco en una pintura (que concentra e irradia toda la energía interna que hay en ella), no es una retirada o una fuga; conduce a un enfrentamiento más profundo e íntimo con la vida y con la realidad. Cerca ya del final de su vida, dijo un día a sus discípulos: “No quiero hablar más”. Los discípulos se quedaron perplejos: “Pero, Maestro, si no habláis, ¿cómo podremos nosotros, pequeños como somos, seguir recibiendo alguna enseñanza?”. Confucio replicó: “¿Habla el cielo? Sin embargo, las cuatro estaciones siguen su curso y los centenares de criaturas continúan naciendo. ¿Habla el cielo?”.
Al final de su análisis, el propio Leys se llama a silencio: “Yo, ciertamente, he hablado demasiado.”

jueves, 14 de septiembre de 2017

Eulalio Ferrer y los anuncios clasificados/2


Los anuncios clasificados (también conocidos como APP: anuncios por palabras) constituyen una rica fuente de información que da cuenta tanto de su tiempo como del lugar de que se trate. Eulalio Ferrer Rodríguez fue tras ellos guiado por su interés en temas culturales y específicamente publicitarios.

Cabe precisar que todas las citas de esta serie de artículos corresponden a obras de don Eulalio, en particular a La historia de los anuncios por palabras (México, Ediciones de Comunicación, 1987).

El fútbol también se valió de ellos, como en el caso del conocido director técnico que clama por seriedad institucional.

Curioso es, también, el APP (anuncio por palabras) que el entrenador de fútbol Helenio Herrera insertó el 9 de abril de 1971 en el diario italiano “Il Messagero”, al ser despedido del Club Roma:

Busco un club con presidente serio, con el que pueda firmarse con toda confianza y colaborar lealmente, que respete los acuerdos escritos o hablados que sienta cariño por su club y tome en serio las ambiciones de victoria del director técnico, los jugadores y los aficionados.

Pero también están los anuncios que vincularon el fútbol con la guerra.

En 1969, El Salvador, el más pequeño de los países de Centroamérica, se enfrentó a un conflicto armado con Honduras, cuyas resonancias alcanzaron el espacio impreso de los APP (anuncios por palabras). Comerciantes e industriales de El Salvador publicaron diversidad de avisos, mezclando el fervor patriótico y las alabanzas al ejército con la propaganda comercial. He aquí algunos de ellos, tomados de las páginas del Anuncio Clasificado del “Diario de Hoy”, de San Salvador, correspondiente al 4 de septiembre de 1969.

* El ejército ha sido la garantía para la defensa de nuestra patria. La mejor garantía que puede darle a su vehículo es equiparlo con repuestos originales. Auto Parts le ofrece la línea más completa para toda clase de vehículos americanos y europeos. Auto Parts, 3a. Avenida Norte y la. Calle Poniente. Tels. 21-4274, 21-4735 y 21-6341. (...)
* Marchamos siempre adelante. ¡Estuvimos en el frente! Deleitando el paladar de nuestros soldados con los sabrosos Chicles Periquito. Perfuman el aliento. Fábrica de dulces y chicles La Mascota. Colonia Nicaragua No: 240. Tel. 21-35-98.
* El ejército salvadoreño defiende nuestra patria y Auto-muffle Salvadoreño defiende sus oídos del ruido del motor de su vehículo, ofreciéndole muffle para todo tipo de carros. ¡Atención! Auto-muffle Salvadoreño le atenderá próximamente en su nuevo local. (...)
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No podían permanecer ajenas las cuestiones del amor, la búsqueda de la media naranja (que si tenía un buen pasar, tantito mejor).

(...) procede de la “Gaceta de Viena”, en Austria:

Un joven muy favorecido por la naturaleza, músico por gusto y por profesión, desea casarse con una dulce joven o viuda que haya cultivado el mismo arte. Como en el servicio de Apolo ha sido favorecido con todos los dones, excepto el de la riqueza, sería muy conveniente que la señora poseyere cierto caudal.

No faltó quien, dolido ante la infidelidad, quiso participar al público de los pormenores de la traición sufrida.

(…) en Boston, nace el “New England Courant”, entre cuyos APP más singulares se cita el que apareció en 1724:

Sepan todos los hombres que lean el presente que el veinticuatro, entre las once y las doce horas de la noche, a la esposa mía la sorprendí en la cama con Samuel Butler, estando ambos desnudos y en una muy indecente postura, contraria a la paz de nuestro señor, el rey. Lo cual declaro por mi mano el día veintiséis de junio, año del Señor de 1724.
En este mismo rubro podemos ubicar a quien a base de insistencia quería recobrar el amor perdido. No faltó que le respondieran.

Seguramente la serie más larga y continuada de avisos personales en el “Times” es la que publicó el excéntrico millonario E. J. Wilson, con el propósito de recuperar a su esposa, que le había abandonado. Durante 15 años, con sus iniciales E. J. W., el inconsolable marido insistió periódicamente en sus anuncios, reproduciéndolos, a veces, en París y Estocolmo a donde viajaba la perseguida señora. Los archivos del “Times” conservan el aviso con el que ella, y por cuenta de su celoso marido, quiso tranquilizar a éste: Te engañas. No amo a nadie. Respeto los lazos de los viejos tiempos. Inicia, si lo deseas, una investigación pública. Mary.

Seguiremos con el tema.