jueves, 17 de agosto de 2017

El amor propio como causa de insomnio


Investigadores que desarrollan su actividad en clínicas del sueño no deberían perder de vista un análisis que ya tiene sus ayeres. Nos referimos al artículo “El arte de dormirse, o el arte de aburrirse a uno mismo” de Moritz Gottlieb Saphir (traducción de Francisco Uzcanga Meinecke) que sin ser reciente -es de 1840- aporta un enfoque novedoso sobre la materia.
Hay un arte sublime: dormir a pierna suelta; pero hay otro aún más sublime, más exigente: dormirse.
Es éste un arte que sólo puede aprenderse en la práctica, de forma natural. Si uno se pasa las noches en vela tratando de desentrañarlo, desde luego que no lo aprenderá nunca.
La conclusión es que “el arte de dormirse se reduce en realidad al arte de aburrirse a uno mismo”, de lo que es posible deducir que el insomne está enfermo de importancia al otorgar un desmedido interés a sus propias elucubraciones. 
No hay mejor prueba del amor propio y de la vanidad de los hombres que cuando exclaman: “¡No consigo dormirme por las noches!”. Tan sólo atestigua lo mucho que se entretienen solos, lo amenas e ingeniosas que encuentran sus propias reflexiones.
Cuando uno asiste a una reunión de sociedad corre peligro de quedarse dormido en cualquier instante. Pero si se está solo por la noche en la cama, ocupado con nadie más que consigo, escuchando lo que se dice a sí mismo, ya sea una reflexión o un monólogo, entonces se mantiene uno absolutamente despierto y alerta. ¡Oh, misterios de la vanidad y la presunción! (…)
¿De qué habla uno con la almohada? ¡De uno mismo! ¡De uno mismo! ¡De uno mismo! ¿Puede uno dormirse con una conversación tan interesante? Sería una ofensa a uno mismo, y ¿quién se ofende de forma voluntaria?
A continuación Moritz Gottlieb Saphir devela una paradoja: hay quienes siendo capaces de conducir a los demás a un profundo sopor, están muy lejos de lograrlo consigo mismos.
Conozco a escritores que logran adormecer a todo el público con la lectura de sus obras; luego se las leen ellos mismos por la noche, y ni rastro de sueño. Conozco a personas que cuentan anécdotas de forma compulsiva; si las cuentan en público la víctima se queda dormida al instante, de pie, la naturaleza entera empieza a bostezar, la atmósfera se impregna de una somnolencia mortífera; pero cuando se las repiten a sí mismos, noche tras noche en la soledad de su cama, se divierten tanto que son incapaces de dormirse. 
Me reafirmo, por tanto en la conclusión de que el mayor impedimento para conciliar el sueño es el dichoso amor propio.
Conozco sujetos con un efecto soporífero tal, que si te cruzas con ellos por la calle no te queda otra opción que buscar apoyo en la primera fachada para echar una cabezadita hasta que hayan pasado. ¡Y son justo los que se quejan de insomnio! Deben de huir de sí mismos por la noche y sufrir un trastorno de personalidad. 
Estaríamos errados al considerar a Gottlieb Saphir como teórico del tema cuando, por el contrario, su conocimiento es vivencial tal como lo deja en claro al final de su artículo. 
No se me escapa que es una correspondencia algo ilógica: yo mismo estoy ahora desvelado y trato de arrullarme, y es que escribo estas líneas en la cama –sospecho que se nota- y no puedo dormirme. (…)
Todos los lectores a mi alrededor se han quedado dormidos, ¡y yo sigo tan despierto! ¡Es desesperante! ¡Hasta tres veces he leído lo que acabo de escribir y ni rastro de sueño! Soy incapaz de producirme aburrimiento. Pasaré la noche en vela. Pero tú, querido lector, te has dormido ya. ¡Buenas noches!

martes, 15 de agosto de 2017

Escribir, ¿para qué?


Con frecuencia a los escritores se les interroga acerca de su oficio: ¿cómo escriben?, ¿cuándo lo hacen?, ¿por qué escogen el tema? y -claro está que no puede faltar- ¿para qué escriben? Veamos algunas respuestas a esta última pregunta.

Para algunos la realidad no lo es todo. Así Fernando Pessoa –citado por Jorge F. Hernández- escribía “porque la realidad no basta.” 

En otros casos es cuestión de vida y muerte, por lo que Augusto Roa Bastos se sinceraba: “Escribo para evitar que al miedo de la muerte se agregue el miedo a la vida.” 

Hacer frente al aburrimiento y a los momentos críticos de la vida también se ubican entre las causales, según lo sostenido por Enrique Jardiel Poncela: “Escribo, porque nunca he encontrado un remedio mejor que el escribir para ahuyentar el tedio, y en las agudas crisis que jalonan mi vida siempre empleé la pluma como un insecticida.”

No faltó quien devolviera la pregunta, tal como aconteciera con Graham Greene: “A veces me pregunto cómo se las arreglan los que no escriben, los que no componen música o pintan para escapar de la locura, la melancolía, del terror inherente a la condición humana.” 

Rosalía de Castro escribía aun a sabiendas que no hay espacios para la originalidad:

Bien sé que no hay
nada nuevo bajo este cielo,
que antes otros pensaron 
las cosas que ahora yo pienso.

Y bien, ¿para qué escribo?
Bueno, porque así somos,
reloj que repetimos
eternamente lo mismo.
La curiosidad es otra de las motivaciones que mueven al escritor, tal como acontece a Etgar Keret: “(…) el incentivo más grande que tengo para escribir es el de enterarme qué ocurrirá después. Si me quiero enterar, tengo que escribirlo. Yo leo y escribo a la vez. Si supiera lo que va a ocurrir, si conociera ya el final, creo que mi curiosidad se perdería y también la del lector.”
A veces las razones son muchas y de ello da cuenta Octavio Paz: “He escrito y escribo movido por impulsos contrarios: para penetrar en mí y para huir de mí, por amor a la vida y para vengarme de ella, por ansia de comunión y para ganarme unos centavos, para preservar el gesto de una persona amada y para conversar con un desconocido, por deseo de perfección y para desahogarme, para detener al instante y para echarlo a volar. En suma, para vivir y para sobrevivir.”

Ahora lo dejamos por aquí. Volveremos al tema con otras opiniones.

jueves, 10 de agosto de 2017

Cuando enseguida no es enseguida


En otra ocasión ya nos hemos referido a algunas variaciones en las formas de medir el tiempo (http://habladuriacronicasdelocotidiano.blogspot.mx/2013/11/el-tiempo-que-transcurre-en-otro-tiempo.html).  Pero ahora Álex Grijelmo nos permite ahondar en otro aspecto de la cuestión.

Las televisiones privadas (…) van a lograr pronto que cambie la percepción general sobre el significado del adverbio “enseguida”.
Anuncian a cada rato: “Enseguida, nuestro invitado sorpresa”. “Las imágenes más esperadas… enseguida”. Y en los programas deportivos: “No os perdáis el macrorresumen del partido de Mestalla, enseguida en #directogol”.

Ante ello Grijelmo quiso verificar la pertinencia de estos anuncios. “He medido alguna vez la duración de esos ‘enseguidas’, y entre el momento en que aparecen los avisos y la llegada de lo prometido pueden transcurrir 20, 25 o 30 minutos.” Ello forma parte de una estrategia cuidadosamente estudiada. “Se trata de una manipulación más que están implantando los hechiceros de las audiencias en la búsqueda de ese efecto pegamento que pretende mantener al público adosado a la pantalla y sin permitirse ir un rato al baño.”

Claro está –según Grijelmo- que el uso de la expresión considerada dista mucho de ser adecuado.

El Diccionario define “enseguida” como “inmediatamente después en el tiempo o en el espacio”. Sin embargo, lo que se suele ver “inmediatamente después” de ese “enseguida” es cualquier cosa menos lo anunciado. Los minutos pasan y pasan, se intercalan eternos cortes publicitarios, tertulias, entrevistas irrelevantes, reportajes de refrito, imágenes en una cinta sin fin que alargan la espera hasta hacerla insoportable… Y “enseguida” equivale a “de seguido”: sin romper la continuidad.

La audiencia, afirma Álex Grijelmo, acepta sin más este estado de cosas pero desconfía de la inmediatez anunciada. “Con el tiempo, eso sí, el público aprende que ‘enseguida’ no significa ‘enseguida’. Que las palabras de ellos no son las nuestras.” Concluye afirmando que la tolerancia ante la televisión no aplica en otros ámbitos. “Pero pobre del camarero que suelte ese mismo ‘enseguida’ falso después de que los comensales hambrientos le pregunten que cuándo estará lista la paella. A él le puede caer la mundial.”

martes, 8 de agosto de 2017

Introducción intensiva


Sí, yo entiendo que el tiempo en el cine es escaso y caro pero aún así… Más de una vez me ha sucedido que apenas iniciada la película aparecen unas cuantas líneas que procuran ubicar al espectador tanto en el tiempo como en el espacio en que tienen lugar los acontecimientos, sin embargo en lo que a mí respecta de muy poco me ha servido ese intento compasivo del director que me deja más confundido. En mi opinión el problema se debe tanto a la velocidad con que transcurren esas líneas en la pantalla (proeza inalcanzable aún para destacados alumnos en cursos de lectura rápida) así como por la enorme cantidad de datos que manejan (deben suponer que el público es muy versado en el tiempo histórico en que se desarrolla la película).

Al leer la experiencia de Wislawa Szymborska a este respecto experimenté una especie de consuelo al sentirme acompañado en mis tribulaciones.

La historia es una fuente inagotable de temas, por esa razón el cine bebe de ella hasta saciarse y la utiliza de maneras muy diferentes y con distintos objetivos. (…) Pero la razón principal para desconfiar de las películas históricas son esas terribles introducciones en forma de subtítulo que tienen que introducir al espectador in medias res. Explicaciones que desaparecen siempre demasiado rápido, antes incluso de poderlas terminar de leer o de retenerlas en la memoria.

A continuación Szymborska ofrece un ejemplo del tema que nos ocupa.

Sin embargo, dado que me parecen un subgénero significativo de la literatura cinematográfica, trataré de dejarles aquí una muestra de su espíritu: “A la enigmática muerte de Palliser XXIII, el último rey de los Homínidos, estalló una sangrienta disputa por las Tierras Altas entre el antiquísimo linaje de los príncipes del Pentágono y la camarilla palaciega, al frente de la cual se encontraba el barón de Neanderthal, Cherep I el Chabacano, nieto de la vengativa Filogenia, sobrina del decrépito Hundschwats, el triunfador del valle. Mientras tanto, tras los muros de Shayba, en las orillas del Rubicón, sitiados desde hace 117 años, ha estallado una terrible epidemia de diabetes. Se han roto los tratados con los pequineses. La vida de Gibon el Epígono, el monarca menor de edad de los Bumeranes, está en peligro. El pueblo comienza a cuchichear y a partir para Baden-Baden”…

Se ruega a los directores que tomen nota de las apreciaciones de tan notable escritora y en lo futuro se compadezcan de quienes asistimos al cine.

jueves, 3 de agosto de 2017

León Felipe en la mirada de Max Aub


El creyente que asumía la fe con todo y dudas. El de la palabra incómoda tanto para adversarios como correligionarios. León Felipe. El de los dos nombres indisociables. El enemigo declarado de la riqueza. El que huía de las concertaciones indignas. León Felipe. El rebelde de voz rasposa. El blasfemo.

Coincidieron en su exilio en México. Tan distintos, tan parecidos. Max Aub lo describe en la intransigencia de su obra que si no cedía ante Dios menos lo haría en la confrontación con los ídolos de su tiempo.

La poesía de León Felipe es una poesía de gran primer actor, que él declama en el proscenio del gran teatro del mundo; una poesía grandilocuente –grande en su elocuencia- que recita frente por frente a Dios –su público- en quien a veces cree y otras no. Rebeldía desesperada contra la falta de sentido del universo; grito desgarrador del hombre que no sabe para qué ni por qué ha nacido. Muge, blasfema para ver quién le responde, y sólo oye su eco. No hay Dios que valga. Esa gran protesta humana sólo la podía escribir, en nuestro tiempo, un español o un judío. Y León Felipe, sea o no judío –eso nunca se sabrá- fue español hasta el tuétano.
Se llamó León Felipe Camino, y he aquí que su apellido le abrió los horizontes (…)
León Felipe fue el último profeta, el que se mete en la piel de todos (…), a ver si Dios lo fulmina o destroza el mundo maldito donde el hombre honrado tiene que vivir doblegado de miserias bajo la férula de los que no lo son. (…)
Yo no sé si es poesía, pero, si no lo es, es algo más: grito de horror de un hombre solo y desnudo que va hundiéndose lentamente en una ciénaga, sin remedio. Algo más que poesía, un documento humano que queda ahí, clavado, para  remordimiento de Dios. (…)
Cincuenta años después, León Felipe termina y remata en brama la triste visión española del 98, sin dejar de decirles a los pocos que todavía viven:

              Miradla:
los mastines del 98, que en cuanto ganasteis la antesala dejasteis
de ladrar, pactasteis con el mayordomo y ahora en el destierro
no podéis vivir sin el collar pulido de las academias.

Es así como León Felipe se transforma en incómodo compañero de exilio (porque “un rico ya no es un exilado, aunque sea español” al decir de Aub); el silencio indulgente, la plática conciliatoria, la actitud diplomática, no le concernían; no eran asunto suyo. Continúa Max Aub con el perfil del poeta.

Un poco más joven que Juan Ramón, Díez-Canedo, Enrique de Mesa; un poco más viejo que Guillén, Salinas o Gerardo Diego; León Felipe es –él solo una generación aparte. (…)
León es Job, con su casa deshecha, sentado en la ceniza, roído por la mugre que Dios nos ha echado encima, le salva su blasfemia, porque el que grita tiene fe mientras los que callan están muertos o heridos de muerte por la gran lanzada de la cobardía.
El gran mal de nuestro tiempo es el miedo, y la cobardía que engendra, con su pus y sus babas; ya casi nadie sabe decir que no, refocilándose en el olvido, ya casi todos aceptan cualquier vergüenza con tal de que les dejen descansar en paz. No exceptúo a los que salieron de España; los años nos han dejado calvos, muchos se han hecho ricos y, en un país capitalista, un rico ya no es un exilado, aunque sea español.
(…) León Felipe, ese Empecinado, que no busca la libertad sino la justicia, y, porque Dios no la da, batalla, desbarata, rompe, hace guerra empuñando la espada de su verso roto, jugando las armas de las palabras en su puño de campesino castellano, mano a mano, cara a cara, cuerpo a cuerpo, clamando y reclamando, por lo menos, los derechos de la blasfemia.

León Felipe, genio y figura hasta la sepultura. En los últimos años de vida siguió librando sus batallas pero ahora silenciosamente y en el aislamiento. Max Aub escribe el 26 de julio de 1963 (cinco años antes de la muerte del poeta).

Comida con Silva Herzog –que invita- y León Felipe. Los dos, viejos: el uno ciego, el otro con ganas de morir. Yo, sesenta; don Jesús, setenta; León, ochenta. León, amargo, desengañado, con la seguridad de que su obra no vale nada.
-Nada vale nada.
No lee, no escribe.

Para el final de estas líneas citemos al propio León Felipe en ocasión de hablarle recio a la muerte.

Y ahora pregunto aquí: ¿quién es el último que habla,
el sepulturero o el Poeta?
¿He aprendido a decir: Belleza, Luz, Amor y Dios
para que me tapen la boca cuando muera,
con una paletada de tierra?
No.
He venido y estoy aquí,
me iré y volveré mil veces en el Viento
para crear mi gloria con mi llanto.

¡Eh, muerte… escucha!
Yo soy el último que hablo (…)

martes, 1 de agosto de 2017

Presencia curativa


Las apariencias (sabido es, a veces engañan) parecen presentar como opuestas a dos corrientes que son complementarias. Por un lado mucho se ha venido hablando en cuanto a los impresionantes avances tecnológicos en el campo de la medicina que han ido desplazando la idea del médico tradicional de consultorio. Por otra parte, mientras tanto, no se apagan las voces de quienes destacan la existencia de doctores que con su sola presencia alivian los malestares del paciente.

Nos referiremos a estos últimos y para ello recurrimos a un notable representante de la profesión como lo es Oliver Sacks, quien traza un admirable perfil de su colega Michael Kremer para quien la base de todo estaba en una atenta observación del paciente.

La simpatía o empatía de Kremer era extraordinaria. Parecía capaz de leer la mente de sus pacientes, conocer de manera intuitiva todos sus miedos y esperanzas. Observaba sus movimientos y posturas, como un director de teatro con los actores. Uno de sus artículos –uno de mis favoritos- se titulaba “Sentarse, levantarse y caminar”. Demostraba lo mucho que observaba y comprendía antes incluso de llevar a cabo un examen neurológico, antes incluso de que el paciente abriera la boca.

Otro de los secretos de Michael Kremer –siguiendo a Sacks- estaba dado por el tipo de atención que brindaba. “En su consulta de pacientes externos de los viernes por la tarde, Kremer a veces veía hasta a treinta pacientes distintos, y a cada uno le dedicaba una atención intensa, concentrada y compasiva.” Conviene reiterar esas tres características de la atención personalizada: intensa, concentrada y compasiva.

Y claro está, de esta manera los resultados no se hacían esperar ya que “los pacientes lo adoraban, y todos hablaban de su amabilidad, de que su sola presencia ya les resultaba terapéutica”.

Sin quitar trascendencia alguna a los enormes avances de la tecnología médica de alta especialidad, lo que sería absurdo, podemos concluir que la existencia del médico con presencia curativa no se encuentra amenazada y goza de muy buena salud.          

jueves, 27 de julio de 2017

Ningunear


Hace ya unos cuantos años José G. Moreno de Alba se manifestaba sorprendido tanto por la falta de aceptación del término “ningunear” (la Real Academia Española había decidido ningunearlo) como por su restringido nivel de circulación.
Me sorprende que el DRAE no dé cabida al hermoso y utilísimo mexicanismo ningunear (con su derivado ninguneo), y me extraña asimismo que no se haya extendido a otros ámbitos geográficos de la lengua española, pues a mi ver se trata de una voz no sólo perfectamente formada, de acuerdo con las reglas de derivación (se añade simplemente el sufijo verbal -ear al pronombre o adjetivo indefinido negativo ningún, ninguno), sino que además puede verse casi como necesaria, ya que de no emplearse hay necesidad de acudir a largas e inexactas perífrasis.
Desde aquel entonces las cosas han cambiado, el término se ha logrado imponer y el DRAE le dio su beneplácito definiéndolo de la siguiente manera:  
De ninguno.
1. tr. No Hacer caso de alguien, no tomarlo en consideración.
2. tr. Menospreciar a alguien.
Asimismo la expresión ha ido ganando carta de ciudadanía en diversos países hispanoparlantes que la han adoptado como propia.
Ahora bien, sin pretender desautorizar a la RAE parece más acertada la definición propuesta por José Moreno de Alba (“Ningunear es hacer ninguno a alguien”) en ocasión de salir en su defensa. “La expresividad del vocablo es innegable; es enorme la cantidad de matices semánticos que pueden observarse en los variadísimos contextos y situaciones en que aparece; su frecuencia de uso entre los hablantes mexicanos es muy alta y pertenece a todos los niveles sociales.” Cabe precisar que para Moreno de Alba no todos los términos acuñados en la calle merecen permanecer. “Muchos neologismos, hay que reconocerlo, resultan no sólo innecesarios sino vulgares y estúpidos; no deben preocuparnos mucho, pues están condenados a desaparecer.”
Es posible entonces diferenciar a los neologismos de vida efímera de aquellos cuyo descubrimiento ha sido un verdadero hallazgo y están llamados a enriquecer el lenguaje, tal como lo aclara José G. Moreno de Alba. “He aquí un ejemplo (entre muchos otros) de un neologismo o, si se quiere, de un dialectalismo feliz. El español mexicano, los hablantes mexicanos, generan a cada paso, con sorprendente naturalidad, vocablos destinados a permanecer.”
Lamentablemente desconocemos el nombre del orfebre del lenguaje (sería merecedor de un reconocimiento público) que propuso este vocablo pero Moreno de Alba sospecha con sobradas razones que su origen no está en la academia sino en el sector popular.Los neologismos que se quedan son los que, como ningunear, son resultado de la inteligencia y de la sensibilidad de los hablantes, y no necesariamente de los más cultos, ya que con frecuencia es el pueblo el mejor inventor de palabras. Ése es el caso, creo yo, de ningunear.

martes, 25 de julio de 2017

Relaciones públicas, que no propaganda


Fue necesario que me encontrara con un artículo de Martín Caparrós para saber de la existencia de Edward Bernays (Viena, 1891). “Su madre era la hermana de Sigmund Freud; su padre era el hermano de la esposa de Sigmund Freud: era sobrino de Freud por todos lados. Pero sus padres emigraron a Nueva York poco después; su relación con su gran tío fue distante y fructífera.”

Emprendió la lectura reflexiva de la obra de su célebre tío siendo estudiante en Cornell; señala Caparrós que

(…) de esas lecturas heredó la idea de que los hombres reprimen instintos oscuros, peligrosos, siempre amenazantes –y, de otras y de sí mismo, la convicción de que es necesario manejar a los hombres transformados en masa para que esos instintos no produzcan las peores catástrofes. No era que no creyera en la democracia, decía, y el derecho a elegir; suponía que esas elecciones debían ser guiadas por personas con mayores luces. Para eso había que dar con las técnicas que optimizaran este manejo.

Había que encontrar maneras de incidir en las multitudes.

Fue así que –siempre siguiendo a Caparrós- vendió guerra. “Tenía 25 años cuando le propuso a Woodrow Wilson, el presidente americano, que justificara su entrada en la Primera Guerra Mundial diciendo que América quería llevar la democracia a toda Europa.” El resultado superó las expectativas y es por ello que “cuando estalló la paz, imaginó que podría usar su habilidad para otros fines”.

Entonces –señala Martín Caparrós- había llegado el momento de vender más cigarrillos dado que el mercado estaba muy acotado.

En 1920 un fabricante de cigarrillos entendió que se estaba perdiendo la mitad de su mercado –las mujeres no podían fumar en público– y lo contrató; Bernays consultó a un psico­analista, que le dijo que las más audaces veían el acto de fumar como una rebelión contra el machismo. Bernays podría haber diseñado una publicidad pero, en cambio, inventó una noticia: pagó a una docena de chicas para que fumaran en medio de un gran desfile en la Quinta Avenida, les dijo que llamaran a sus cigarrillos “antorchas de libertad” e invitó a periodistas. Al día siguiente sus antorchas estaban en la tapa de todos los diarios.

Los resultados no se hicieron esperar y Edward Bernays –de acuerdo con lo afirmado por Caparrós- “insistió en esa línea, y progresó: montó una empresa, ganó mucho dinero, escribió libros, se convirtió en una figura –y llegó a prestarle dinero a su tío en un momento de zozobra.” Eso sí, tuvo mucho cuidado en que su actividad no fuera identificada como propaganda. “No quiso definir su actividad como propaganda porque el palabro se asociaba con el enemigo alemán; se le ocurrió que podía llamarla public relations.”

Martín Caparrós traza el recorrido ideológico de Bernays que “como es lógico, se fue escorando cada vez más a su derecha; el anticomunismo de la Guerra Fría lo tuvo como gran animador”.

Le había llegado el momento de vender golpes de estado.

En los cincuenta trabajó para una compañía llamada United Fruit, que manejaba como feudos países caribeños –de donde la expresión “republiqueta bananera”–, y consiguió convencer a los americanos de que un presidente guatemalteco, Jacobo Árbenz, que quería recortar sus privilegios, era un peligroso comunista. Estados Unidos mandó derrocarlo.

Concluye Caparrós el perfil de su personaje. “Edward Bernays vivió muchos años más y nunca dejó de escribir, aconsejar, manipular (…) Se murió en 1995, a sus 103, entre perplejo y satisfecho: su invento ya parecía tan natural que nadie recordaba que él, alguna vez, lo había inventado”.

jueves, 20 de julio de 2017

Encuentro de narradores


Cualquier conversación supone un encuentro de narradores que buscan hacerse de la palabra y, en no pocos casos, mantenerla lo más que se pueda. Si bien en este aspecto -como en tantos otros- cada persona es única, es posible identificar algunas agrupaciones de quienes tienen afinidades entre sí.

Una de ellas es la de aquellos que descalifican cualquier cosa, buena o mala (viaje, enfermedad, fiesta, drama…) que narren otros, interponiendo siempre su recurso clásico y preferido que a la letra dice: “eso no es nada…, deja que te cuente lo que me sucedió a mí”. En relación a ellos, Alberto Amato circunscribe su experiencia argentina (si bien hay que reconocer que estamos ante una verdadera multinacional que no respeta fronteras).

Otra de las personalidades apasionadas dedicadas a joderte la vida, son los “Yo, más” o, su variante “A mí, peor”. Te encontrás con el Fulano, cometés el error de decirle que tenés una leve molestia en la boca, tal vez una caries, y el tipo: “Ah, no sabés. A mí tuvieron que sacarme el cuarto molar: catorce cirujanos a mi alrededor, ocho horas de operación…” (…)
O acaso cometas otro error trágico: decir que te rayaron un poquito el auto en el estacionamiento. “A mí, hace unos años, me embocaron de atrás en la Panamericana: baúl destrozado, chasis arruinado, luminarias hechas pelota…” Ni qué decir tiene si incurrís en otro yerro demencial como confiarle al insufrible la nostalgia de un remoto éxito amoroso: el tipo resulta que hace unos años largó a Julia Roberts, harto de que pidiera siempre salmón a la trufa negra en los restoranes de Manhattan.
Los “Yo, más; A mí, peor” son una de las tantas sectas peligrosas que pululan en la conducta social del argentino. El ansia de protagonismo no sólo les impide una vida apacible, les dispara, como al perro de Pavlov, un reflejo que intenta impedir que vos tengas tu propia vida mínima y sosegada.

No faltan tampoco quienes en el momento previo a lo que parece ser la conclusión de su historia, invitan a realizar conjeturas adivinatorias: “y entonces, ¿sabes qué pasó?” o incluso más, provocan apuestas en verdaderas loterías existenciales: “cuánto a que no sabes ¿qué sucedió?”.

Hay otro grupo, a los que mi amigo Nacho identificaba como narradores en tiempo real, que prestan voz a los diferentes personajes de su relato: “entonces me dijo: -….”, “y yo le contesté: -…”, “pero entonces que me dice: -…” Y así uno se puede seguir hasta el final de los tiempos.

No lejos de ellos están los de desenlaces sucesivamente postergados y que cuando todo parece indicar que ahora sí están llegando al final de su inacabable historia, se apresuran a aclarar: “pero eso no es todo” o “ahí no acaba la cosa”.

El peor escenario es cuando dicen: “pero eso sólo es el principio. Deja que te cuente”. ¡A prepararse!

martes, 18 de julio de 2017

Música silenciosa


Existen distintas formas de escuchar música y Simon Leys da cuenta de ello en un artículo titulado “Sonata para piano y aspirador” en el que retoma la historia de Glenn Gould.

Un día en que se ejercitaba al piano, el joven Glenn Gould –contaba a la sazón catorce años- hizo un descubrimiento memorable. La asistenta que estaba limpiando la habitación puso de repente el aspirador en marcha, muy cerca del piano. El ensordecedor ruido mecánico obliteró de inmediato el sonido de la música, pero, para gran asombro del pianista, esta situación no le resultó en absoluto desagradable. Dejó de oír lo que interpretaba; en cambio, le resultó de repente posible seguir su música desde el propio interior de su cuerpo, gracias a una conciencia más aguda de sus gestos; y toda su experiencia de la ejecución adquirió otra dimensión, a la vez más física y más abstracta: la fuga que estaba interpretando se veía transmitida directamente de sus dedos a su cerebro.
Posteriormente, él mismo describió el fenómeno:
(…) Pero lo extraño es que esta nueva forma de música me pareció de repente superior a todo cuanto había precedido a la intervención del aspirador, y los pasajes en los que yo no podía ya oír el menor sonido me parecía los mejores.
(…) He encontrado esta anécdota en la biografía de Glenn Gould escrita por Peter Oswald.

El descubrimiento de Gould fue similar a lo que sucedió a Beethoven cuando “la sordera le obligó a explorar esa dimensión muda de la música”.

Ahora bien, Simon Leys quien es especialista en cultura china afirma que para ellos no era nada nuevo.

Esa música silenciosa (…) era desde hacía tiempo muy conocida por los chinos. Sin duda habían sido llevados de forma más natural a hacer su descubrimiento; en la música clásica china, en efecto, las divisiones son cifras: no indican las notas musicales, sino solamente la sucesión de los movimientos de los dedos sobre las cuerdas. Todavía hoy, los maestros de la cítara (gu qin), en sus ejercicios cotidianos, tocan a veces la “cítara muda”: ejecutan un fragmento entero sin emitir un solo sonido, dejando planear sus manos por encima del instrumento sin tocar las cuerdas con sus dedos.

Para ejemplificar el punto, Leys describe el caso de un ejecutante de música muda que con ello evitaba tanto el cansancio como la estridencia.

A principios del siglo V, un ilustre personaje original, Tao Yuanming –quizá el poeta más querido por los chinos-, iba más lejos aún: se llevaba a todas partes con él una cítara sin cuerdas. Cuando le preguntaron para qué podía servirle un instrumento semejante, respondió: “Únicamente busco la inspiración que duerme en el corazón de la cítara. ¿Para qué extenuarme haciendo ruido con las cuerdas?”

Es por ello que en esto de la música interior, como en tantas otras cosas, hay que reconocer que los chinos llegaron antes.