jueves, 19 de julio de 2018

Desconectarse para poder comunicarse


No es novedad para nadie el que muchos cambios históricos suelen presentarse en forma pendular, de tal forma que de un extremo se pasa al otro. A los momentos de represión le siguen etapas caracterizadas como de “destape”. Después de mucho bregar para tener una vida más cómoda y confortable, los avances tecnológicos condujeron a una existencia sedentaria con todos los efectos negativos para la salud que ello conlleva. Así que luego de hacer todo lo posible para no moverse han proliferado los gimnasios donde hay que pagar para hacer ejercicio y evitar los daños ocasionados por la inmovilidad.

Algo parecido es lo que comienza a suceder de un tiempo a esta parte con los dispositivos tecnológicos que nos obligan a vivir conectados día y noche. Una nota de prensa publicada por el periódico Clarín en junio de 2016 daba cuenta de diversas iniciativas que buscan frenar este proceso.

La tecnología hizo posible un poder que siempre fue exclusivo de los superhéroes: estar en más de un lugar al mismo tiempo. Y mientras que algunos lo disfrutan, otros extrañan las épocas pasadas y bregan por la desconexión, al menos por un rato. Ese es el caso de Jeb Koogles y Andrés Wind creadores de Disconnect, una iniciativa que propone “un modo de vida más balanceado entre el mundo tecnológico y el mundo real”. Bajo esa premisa realizan Silent Reading Parties. Se trata de encuentros de lectores en un espacio público –centros culturales, hoteles, bares- en el que cada uno asiste con un libro en papel para dedicarse a una lectura silenciosa, sin la interrupción de dispositivos electrónicos.

Estas propuestas también han llegado al terreno del turismo y la administración del tiempo libre.

La “desconexión” también llegó a la industria del turismo. En Estados Unidos, “Digital Detox” organiza campamentos de verano para adultos en los que las pantallas están prohibidas. Los encuentros duran cuatro días y los asistentes hacen yoga, practican deportes o participan de talleres de escritura, música y cocina.
También hay hoteles tradicionales que ofrecen programas para desintoxicarse del mundo digital (…) Los huéspedes que quieren participar dejan el celular o la tablet en una caja fuerte ubicada en la recepción y a cambio reciben un listado con sugerencias de actividades anti tecnológicas: material de lectura, un juego de mesa (…) Todo para relajarse y disfrutar de una estadía offline.
Otros establecimientos eligen no brindar Wi-Fi.

Continúa la nota informando que existen iniciativas de este tipo en el sector restaurantero, donde es habitual que la tecnología genere incomunicación entre los comensales.

Los restaurantes también dan batalla. Es que, a la hora de las comidas, se da una postal clásica de la era del smartphone: dos personas se sientan a la mesa y en lugar de conversar, se dedican a chatear, contestar mails y chequear las actualizaciones de las redes sociales. (…) Por eso ofrecen descuentos sobre el total de la factura o invitan un postre o un café si los comensales se desprenden de sus celulares durante la comida.

La conclusión es paradójica cuando los promotores de estas propuestas procuran desconectar… para poder conectar. “Pero estas iniciativas encierran una paradoja: ¿por qué quieren desconectarse sus defensores? Para conectarse… No es un juego de palabras, ellos consideran que la tecnología entorpece el encuentro con sí mismos y con el otro, y que sólo es posible restablecerlo en modo offline.”

Y hay quienes dicen que esto recién está en sus inicios…

martes, 17 de julio de 2018

Y la Doña tenía razón


En este mismo espacio ya hemos referido diversas situaciones que tuvieron a María Félix como protagonista. Una nota de prensa publicada en estos días nos invita a evocar nuevamente a la Doña. Fue ella misma quien describió el vínculo tan estrecho que durante la niñez y la adolescencia la unió a su hermano Pablo, tal como lo narra Enrique Krauze:

(...) me contó, me reveló, la historia de su primer amor. Recordó los paseos a cabaIlo abrazada a él, como soldadera, recordó su voz y su guitarra, su lunar en la mejilla, sus ojos claros, los rizos de su pelo rubio, su apostura cuando llegó a Guadalajara vestido con su riguroso uniforme militar. Las piernas le temblaban al verlo. Le decía el Gato y sobre su sentimiento acuñó una frase memorable: "El perfume del incesto no lo tiene otro amor".

Esta delicada situación no pasó inadvertida para sus padres, quienes optaron por actuar en forma preventiva. “María, en efecto, ‘abría sus entretelas’. Me refirió que al advertir el embrión amoroso entre ella y su hermano Pablo, sus padres decidieron cortar por lo sano. Enviaron a Pablo al Colegio Militar.”

Y fue algunos años después que en el Colegio Militar de Popotla encontraron el cuerpo sin vida de Pablo. El parte oficial hablaba de suicidio; para María nunca hubo dudas al respecto: su hermano fue asesinado. Ese dolor inmenso tocaría su vida para siempre, tal como –continuando con el relato de Krauze- quedó de manifiesto en la película La Generala.

En la vida de María, ficción y realidad se han confundido frecuentemente pero nunca con la carga de significación de su última película: La Generala. En ella aparecen dos hermanos: Manuel y Mariana San Pedro. "Entre ellos existe -según la sinopsis de la productora Churubusco- un gran cariño y algunas actitudes que permiten suponer un amor incestuoso." Manuel muere asesinado. Mariana lo llora, abre su ropero y se pone su ropa, sus pantalones negros, y opera una transfiguración. Desde ese instante será la "Generala". Más adelante conoce a Alejandro Escandón, que es la viva estampa de su hermano. Él le pide que se casen, que abandone su vida revolucionaria. Ella acepta, y se hubiesen casado de no ser porque en la última escena la Generala muere acribillada. En la vida real es Pablo, el hermano de María, el que muere. Se sabe que María Félix, sobre todo en sus últimas películas, ajustaba los diálogos e incluso la trama a su gusto. Es como si hubiese hecho cuarenta y siete películas para decir eso, que ella hubiera preferido morir en vez de su hermano. Como no fue así, se calzó los pantalones y se lanzó al mundo a buscar una imagen que la reconciliara con su biografía, que fundiera a los dos hermanos en uno. La última imagen de María Félix en el cine es ésa: acribillada poco antes de casarse con Alejandro, que es como decir su hermano. “Sólo he sido una mujer con corazón de hombre”, una mujer con el corazón de Pablo, su hermano.

Enrique Krauze quedó intrigado respecto a las circunstancias en que tuvo lugar la muerte de Pablo, por lo que decidió investigar el caso y con ese objetivo recurrió a una fuente que consideró altamente confiable.

Saliendo de su casa me comuniqué con un historiador y militar que quiero y respeto: el general Luis Garfias. Le pedí que gestionase la búsqueda del expediente de Pablo Félix Güereña, de quien sólo tenía el nombre y la certeza de que había pasado por el Colegio Militar en los años treinta. Días más tarde me llamó para decirme que lo había localizado.
Al recibir el documento comprobé el parecido impresionante entre los hermanos -el mismo clarísimo lunar en la mejilla- y apuré nerviosamente las páginas para confirmar la hipótesis que como una ráfaga me había cruzado al escuchar la narración de María. Guiado como por un imán la encontré.

La revisión de esos documentos le permitió al historiador confirmar que se trató de un suicidio e interpretó que María Félix se había construido una visión de los hechos totalmente distanciada de lo acontecido. “María negó la versión del suicidio. No quise mostrarle el documento. Lo hubiera negado también. Su hermano ‘había sido asesinado, punto’.”

Y aún más, Enrique Krauze concluye con una reflexión en torno a las limitaciones insalvables para escribir una biografía tomando como base el testimonio del protagonista.

Fue entonces cuando comprendí que escribir su biografía era, en sentido estricto, imposible. Como género hermanado a la historia, la condición primera de la biografía es la búsqueda de la verdad. Por definición, la verdad no puede emanar del sujeto mismo de la biografía, así tenga la "sesera" prodigiosa de María Félix.

Por lo tanto la negación del suicidio de su hermano por parte de la actriz parecía ser una forma de resistencia, un autoengaño para atenuar el sufrimiento.

Y así quedó la cosa.

Hasta hace unos días en que apareció una nota en el periódico El País (13 julio de 2018) firmada por Almudena Barragán que retoma el caso.

La información hasta ahora conocida cuenta que José Pablo Félix Güereña se suicidó después de ser enviado al Colegio Militar de Popotla en la Ciudad de México. Durante muchos años se insistió en que el joven tenía una fuerte depresión que le empujó a quitarse la vida. Según la versión oficial, el cadete se disparó en la sien en 1929.

A continuación la nota de Barragán aporta nuevos datos que surgen de la investigación llevada a cabo por la escritora Martha Zamora.

Sin embargo, un nuevo descubrimiento apunta a que los hechos no sucedieron tal y como se habían contado hasta ahora. Una investigación realizada por la escritora Martha Zamora –incluida en su próximo libro Heridas. Amores de Diego Rivera- revela que el hermano de María Félix fue asesinado en la Navidad de 1937 dentro de la escuela militar. Ochenta años después, nuevos documentos demuestran que a José Pablo le dispararon y su asesinato fue ocultado de la manera más sigilosa.

Seguramente hay un error en la nota dado que la diferencia en las fechas de la muerte son significativas: según la versión oficial habría sido en 1929 mientras que de acuerdo a la nueva información habría acontecido en 1937. Pero sigamos con el artículo de Almudena Barragán

“Para investigar la verdad es preciso dudar de todas las cosas”, dice Martha Zamora, quien tardó 11 meses en encontrar la prueba que confirmara sus sospechas: el acta de defunción del joven. "Cadete del Colegio Militar de 24 años, muerto el 26 de diciembre de 1937 por herida de proyectil de arma de fuego", se lee en el documento. “La causa de la muerte en el acta era poco precisa. No especifica dónde recibió el disparo. Si la herida de bala fuera en la sien, así se hubiera especificado”, relata Zamora, quién empezó a sospechar del misterio que envolvía esta muerte y que en la actualidad sigue guardándose con celo. Pese a las solicitudes de información de la escritora, el Ejército mexicano no ha ofrecido ninguna respuesta, argumentando que no pueden proporcionar esa información. (…)
Martha Zamora se dio cuenta que el informe forense arrojaba mucha más información que el acta de defunción del muchacho. El médico forense lo describió como un "homicidio", algo que omitieron en el acta de defunción. El papel dice además que José Pablo tenía un golpe en un ojo y un disparo en el pecho a corta distancia, "lo que induce a asumir que el agresor era una persona conocida de la víctima", explica Zamora. Pese a las evidencias demostradas por el Ministerio Público, el procurador de justicia en el Distrito y Territorios Federales (equivalente al Fiscal General del país) ordenó que no se le realizara la autopsia al cadáver. "Fue solicitado por un alto personaje del Gobierno y el cadáver se llevó al Hospital Militar, según lo que dice un artículo de prensa esa misma noche, sin firma. De ahí, a enterrarlo", detalla la escritora, quien desmiente con su investigación cómo se había contado la muerte de Pablo Félix hasta ahora. Entre ellas, la versión de Sergio Almazán autor de la novela biográfica de la actriz Acuérdate María (2014), que sostiene que el joven se suicidó.

Muchos indicios llevan a Martha Zamora –siempre citada por Barragán- a sospechar en este asunto.

"Llama la atención la premura con que se llevó a cabo todo el trámite, su entierro inmediato pese a la muerte por herida de arma de fuego", dice Zamora. "Al no tener examen postmorten no conocemos la trayectoria de la bala ni su calibre. No se hizo examen de pólvora en sus manos, ni se sabe si el cuerpo se movió de lugar, nada que aclare lo que sucedió. Las fotografías tomadas en el levantamiento del cadáver no están en el expediente", analiza la escritora.
El cadáver de José Pablo apareció en el depósito del Escuadrón de Cadetes, un lugar poco transitado del Colegio Militar, en un momento en el que la escuela estaba prácticamente vacía por tratarse de las vacaciones de fin de año.

En su nota Almudena Barragán comenta -que de acuerdo con las investigaciones realizadas por Zamora- entre las muchas irregularidades del caso se encuentra la explicación oficial de los hechos que rápidamente se hizo circular en la prensa.

La escritora sospecha que igual que alguien aceleró el entierro de Pablo, también se encargó de enviar una versión "fabricada" de lo sucedido al periódico más importante de México. El artículo que publicó el Excélsior daba más detalles que el propio forense: "Se privó de la vida el cadete P. Félix Güereñas. No dejó ninguna carta (...) por lo que el móvil que lo impulsó a matarse está en el misterio", dice el artículo. "Algunos compañeros dicen que aunque se le veía con mujeres, sabían bien que de ninguna de ellas estaba enamorado y para él constituían amoríos pasajeros, por lo que no consideran que se trate de una decepción amorosa".
"El periódico dice que Pablo tenía 21 años, en realidad tenía 24. También cuenta el tipo de arma que fue utilizada y que esta se encontraba junto al cadáver, sin embargo el Ministerio Público nunca documentó tal cosa", replica Martha Zamora mientras enumera las inconsistencias del caso.
Por último, el lugar donde fue enterrado el hermano de María Félix fue una fosa perteneciente al Gobierno de la Ciudad de México en el Panteón Sanctórum cerca de Toreo y la Calzada México Tacuba. Del lugar donde reposa Pablo y el Panteón Francés de San Joaquín, donde está la capilla de la familia Félix, hay solo una tapia que les separa. "Ella enterró ahí a sus padres y a su hijo pero, aunque declaraba no haber dejado de pensar nunca en el hermano, aparentemente no visitó su tumba", cuenta Zamora. Pese a todo estaba muy cerca del resto de la familia. "Probablemente no se pudo lograr la exhumación del cadáver de Pablo debido a que la familia Félix no contaba con documentos de propiedad de la fosa", argumenta la autora de la investigación.

Las preguntas no se hacen esperar: ¿por qué María Félix estaba tan segura de que su hermano había sido asesinado?, ¿alguien le proporcionó esa información?, ¿quién mató a Pablo Félix?, ¿por qué encubrieron el acto?, ¿quiénes ordenaron difundir la versión oficial?, etc.

Así pues, al cabo de los años descubrimos que la Doña tenía razón.

Cuando menos hasta hoy. Ya se sabe cómo es esto de la historia que siempre está abierta a revisionismo. Bien pudiera suceder que en un tiempo apareciera una nueva investigación que…

jueves, 12 de julio de 2018

La inevitable subjetividad


Hay quienes tienen fama en cuanto a que las versiones de sus relatos están bastante apegadas a la realidad, mientras que en el otro extremo se encuentran quienes son conocidos porque sus narraciones tienen poco, muy poco, que ver con lo acontecido. Sabido es que por lo general las versiones libres resultan mucho más entretenidas e interesantes que las que son fieles al original. Así, cada quien cuenta –entre familiares, amigos y conocidos- con un capital de dominio público por lo que hace a su credibilidad. Ahora bien, ni aun el relato más austero y sosegado es totalmente fidedigno. Y nada menos que Carmen Martín Gaite, reconocida experta en estos menesteres, será quien aclare la cuestión.

La versión de lo escuchado, al elaborarse de acuerdo con preferencias y circunstancias personales, modifica siempre, en mayor o menor medida, el acontecer real del discurso tal como se produjo, aun cuando exista la sincera pretensión de estarlo transcribiendo de modo fidedigno, y en eso estriba la estimulante levadura del material narrativo en perenne variación, así como las dificultades que opone al análisis. Quien se pone a dar cuenta de un relato a cuyo nacimiento asistió, se siente tentado simultáneamente a dar noticias de esa gestación y proceso introduciendo su propio personaje de narrador, en el cual le resultará difícil no complacerse. Si este elemento de complacencia se desorbita -y se desorbita muchas veces- puede llegar a erigirse en protagonista de la historia escuchada quien pudo o debió quedarse en mero soporte de ella.

Uno de los medios por los que la subjetividad, o versión editada del relato, se pone de manifiesto es el tono de voz. Continúa Martín Gaite

Nos hacía mucha gracia, por ejemplo, reparar en que, cuando alguna de aquellas señoras -eran casi siempre señoras- introducía en la narración un “y entonces me dijo ella”, la voz que recitaba a continuación el texto escuchado no solamente se volvía ahuecada y fingida, como en una representación teatral, sino que solía adquirir un retintín airado para subrayar el tono cruel o de mala crianza que en general se atribuía a las frases pronunciadas por la persona sustituida, mientras que los “y yo le dije” eran casi indefectiblemente precursores de mansas y pacientes razones acompañadas de angelical cuando no martirizada sonrisa.

Avisados (que ya los otros deberán avisarse en cuanto a nosotros…)

martes, 10 de julio de 2018

Si esto es religión, entonces, Señor, líbranos…


Uno de los temas clásicos en el ámbito religioso es el excesivo cuidado que tienen algunos creyentes en todo lo que tiene que ver con el rito y la normatividad, al mismo tiempo que reaccionan con indiferencia –y en casos extremos, con intenciones acomodaticias- ante acontecimientos muy graves de su tiempo.

Muchos son los autores que se han referido a ello y en esta ocasión presentaremos una muestra de ellos. Aldous Huxley en 1939 –año de inicio de la Segunda Guerra Mundial- reaccionó vehementemente ante esta escandalosa contradicción.

En rigor, casi podría decirse, con verdad, que la preocupación con los ritos y las ceremonias religiosas, contribuye a separar efectivamente a las personas de las sociedades en que viven. Existen demasiados hombres y mujeres que creen que pueden despreocuparse de todo, una vez que han repetido escrupulosamente las frases prescriptas, o que han hecho los gestos adecuados y que han observado los “tabús” tradicionales. Para estas personas, la realización de una costumbre tradicional, se ha convertido en un sustitutivo del esfuerzo moral y de la inteligencia. Huyen de los problemas que les plantea la vida real y se refugian en el ceremonial simbólico; descuidan sus deberes para consigo mismo, para con su prójimo y para con su Dios (…)

Con intención de aclarar aún más su punto de vista, Huxley toma en consideración una situación vivida poco tiempo antes.

Permítasenos citar un ejemplo reciente de estas cosas. A principios del Otoño de 1936, el “Times”, en Londres, anunciaba que quedaba prohibido, en adelante, por consideración a los sentimientos religiosos, que los hidroaeroplanos bajasen sobre el Mar de Galilea. (…) He aquí, un “sentimiento religioso” que se siente profundamente agraviado, porque los aeroplanos puedan posarse sobre la lisa superficie de aguas reverenciadas, pero que (…) no encuentra nada que sea particularmente ofensivo, en la idea de que estas mismas máquinas, puedan arrojar fuego, tóxicos y explosivos sobre los habitantes de ciudades indefensas.

Algunas décadas después, el sacerdote jesuita Luis Pérez Aguirre también abordaba la cuestión desde una perspectiva teológica.

Un Dios que se desinteresa del hambre, que permanece impasible ante el analfabetismo, la tortura, los genocidios y que se preocupa por el contrario de la religiosidad, de la regularidad del culto y de la pureza legal es imposible que exista, es un ídolo, es un abominable fetiche. Sólo cabe desembarazarnos de él.

A manera de conclusión, Aldous Huxley imploraba: “Si esto es religión, entonces, Señor, líbranos de toda criminal estupidez semejante.”

Así sea.

jueves, 5 de julio de 2018

Leer no es garantía para ser mejor persona


En otra ocasión hemos visto que leer no necesariamente nos hace más felices (http://habladuriacronicasdelocotidiano.blogspot.com/2018/06/literatura-y-felicidad.html). Ahora al preguntarnos si enriquece el desarrollo personal concluimos en un famoso lugar común: depende, ya que la lectura no asegura en todos los casos ser mejor persona. Para  abordar el punto citaremos a diversos autores, comenzando con Miguel Ángel Serna quien niega que leer constituya una verdadera necesidad.

Está por verse eso de que los libros sean necesarios. Conozco a mucha gente estupenda, mejor que yo, que vive sin leer y a la que no le pasa absolutamente nada. Igual los que tenemos un problema somos los que tenemos que depender de unos objetos raros en los que otra gente ha ido poniendo cosas para estar vivos.

Aun así, concluye aceptando que en su caso es cuestión de sobrevivencia: “Una vez dicho eso, yo sé que si no tuviera libros me tiraría por un puente.”

Por otro lado Fernando Savater discrepa con la afirmación que sostiene que el hombre culto (en sentido libresco) es más sabio. “Conozco a hombres totalmente carentes de espíritu, en el sentido fuerte de la expresión, que frecuentan a Shakespeare y traducen de corrido a Homero, mientras que hay auténticos sabios que nunca han sentido interés ni por uno ni por otro.” Pero no sólo es cuestión de sabiduría; José Luis Melero –reconocido experto en cuestiones bibliográficas- también aborda el tema de la confianza.

Los libros no nos hacen necesariamente mejores. Más cultos y más libres (dependiendo de cuáles sean nuestras lecturas) tal vez sí, pero no mejores personas. Todos conocemos a gentes de gran calado intelectual en las que no confiaríamos nunca (ya decía Connolly, como nos recordó Daniel Gascón, que con los hombres que hablan de ética todo el tiempo no puedes dejar a tu mujer ni media hora) y a gentes que no han leído un solo libro con las que nos iríamos al fin del mundo y a las que daríamos confianzudamente la espalda sabiendo que no van a traicionarnos jamás.

Daniel Pennac también le entra al debate asumiendo que el vínculo con los libros incide -por lo general- positivamente en el desarrollo personal; sin embargo no deja de reconocer que se presentan excepciones. “La idea de que la lectura ‘humaniza al hombre’ es justa en su conjunto, aunque experimente algunas deprimentes excepciones. Se es sin duda algo más ‘humano’, y entendemos por ello algo más solidario con la especie (algo menos ‘fiera’), después de haber leído a Chéjov que antes.”

Por su parte Juan Domingo Argüelles va aún más allá al sostener que la actividad lectora tiene una buena prensa que a todas luces es inmerecida. “Estamos llenos de creencias que no resisten el menor análisis. Una cosa es saber leer y otra muy distinta ser persona de bien o siquiera inteligente. Sería extraordinario que en el espíritu del lector siempre habitara una conciencia noble, pero darlo por hecho está más en el terreno de la superstición que de la razón.” Y ya en este terreno son varias las voces que coinciden en que la lectura no mejora a las personas; una de ellas es la de Víctor Cabrera

Proclives a mitificar cualquier malentendido, hemos conferido al libro y la lectura poderes ilusorios o, cuando menos, exagerados. ¿De verdad leer nos vuelve buenas, mejores personas? Entre grandes lectores –no es un secreto- abundan la mezquindad y la hipocresía, el chisme, la envidia y la maledicencia. No sería aventurado, entonces, postular que, amén de todas sus virtudes conocidas, la lectura también tenga el defecto de convertirnos en cretinos. Eso sí, cretinos ilustrados.

Sabido es que los regímenes totalitarios promueven publicaciones que les son favorables al tiempo que prohíben autores y títulos que estimen adversos. Muchos son los ejemplos que la historia proporciona a este respecto. Sin embargo George Steiner –citado por Juan Domingo Argüelles- afirma que la lectura en particular y la cultura en general no bastaron para enfrentar a esos regímenes.

En Lenguaje y silencio, George Steiner se muestra perplejo ante el hecho, por todos conocido, de que ni la alta cultura ni la educación superior hayan constituido, en la Alemania nazi, barreras infranqueables contra la barbarie. Si la cultura y la educación son fuerzas humanizadoras que –generalmente se admite- transfieren su mejoría a la conducta, ¿cómo fue posible que en esa gran nación alemana, plena de cultura, con universidades tan extraordinarias, haya surgido la inhumanidad de Hitler?
Steiner es incisivo en su perplejidad:
No se trata sólo de que los vehículos convencionales de la civilización –las universidades, las artes, el mundo del libro- fueran incapaces de presentar una resistencia apropiada a la brutalidad política, sino que a veces se levantaron para acogerla y para tributarle sus ceremonias y su apología.

José Luis Melero profundiza en esta línea al detenerse en el caso concreto de Hitler en tanto aficionado a la lectura y poseedor de una selecta biblioteca.

(…) Viene esto a cuenta de la biblioteca de Adolf Hitler, uno de los hombres más justamente detestados en la historia de la humanidad. Hitler fue un lector voraz y compulsivo y reunió una biblioteca importante de unos 16.000 volúmenes distribuida entre Berlín y su residencia de verano en Berchtesgaden. Leyó mucho a Schopenhauer (a la directora de cine Leni Riefenstahl le confesaría que fue su maestro) y a Nietzsche, pero también a Goethe, Dante, Ibsen, Tagore… y disfrutaba con novelas clásicas como Los viajes de Gulliver, Robinson Crusoe, La cabaña del tío Tom o el Quijote (…) Hoy se conservan 1.244 volúmenes de su biblioteca, repartidos entre la Biblioteca del Congreso de EE.UU. y la John Hay Library de la Universidad de Brown, confiscados por el ejército norteamericano en Berchtesgaden, la Cancillería de Berlín, el archivo central del Partido y el domicilio privado de Hitler en Múnich, según ha contado recientemente Juan Baráibar en Libros para el Führer. Entre esos libros se encuentra el Oráculo Manual y Arte de Prudencia de Baltasar Gracián, que, a la vista está, leyó sin ningún aprovechamiento.

En próximos artículos daremos amplia respuesta a la pregunta -tan presente en esta sociedad utilitaria- de ¿para qué sirve la lectura? Pero por lo pronto permítasenos citar una pequeña muestra de quienes, aun reconociendo limitaciones, destacan la importancia de la lectura; tal es el caso de José Israel Carranza

Parece más sensato, en lugar de esperar efectos mágicos (que, por leer, alguien llegue a ser mejor persona), dejar sencillamente que los libros sean, antes que ninguna otra cosa, lo que tienen que ser: un mero gusto, una forma de procurarse un placer, a la disposición de quien sea que le dé la gana, cuando sea y sin que la experiencia tenga que reportarle nada más.

Finalmente Tania Tagle concluye: “Estoy harta de que digan que leer te hace mejor persona, es absolutamente falso. Pero qué feo ser mala persona y además ser ignorante.”

martes, 3 de julio de 2018

La ingenua confianza


Hay quienes viven desconfiando permanentemente de todos de tal manera que a sus ojos nadie es lo suficientemente probo como para depositar la confianza en él. Difícil vivir así.

En el reverso de la cuestión se encuentran aquellos que confiaron en quienes no debieron hacerlo. Los costos son enormes, en particular en el ámbito de la política. Uno de estos casos, muy doloroso por cierto, tuvo como protagonistas a Salvador Allende y Augusto Pinochet. El presidente confiaba en el jefe militar, uno de sus hombres de confianza quien a la postre lo traicionaría y -como veremos- todo parece indicar que Allende ni se enteró de ello. Sostiene Miguel Ángel Campodónico que

(…) según Mauricio [Rosencof], es muy posible que Allende, debido a su condición de masón, confiara en hombres del ejército que integraban su misma logia, que equivocadamente hubiera depositado en ellos una confianza que al final resultó trágicamente excesiva. En tal sentido, Mauricio señala que en pleno bombardeo de La Moneda, Allende preguntaba insistentemente “¿dónde está Augusto?, ¿dónde está Augusto?”, reclamando por Pinochet en quien, aparentemente, confiaba todavía para que pudiera enfrentar con éxito la grave situación.

En otra versión del mismo momento, Carlos Caillabet afirma que según algunas versiones el presidente Salvador Allende hasta poco antes de morir se condolía por la situación que pudiera estar sufriendo Pinochet en aquel aciago 11 de septiembre de 1973. “Y cuenta uno de los sobrevivientes del asalto a La Moneda que el presidente Allende, antes de ir a la muerte, dijo: ‘Pobre Pinochet, dónde lo tendrán’.”

En relación a este tema Caillabet añade que “Karl Marx decía que el error más perdonable es confiar en los hombres. Yo agregaría que puede ser el más caro. Aún así vale la pena equivocarse.”
Sin embargo las dudas allí están: “Pero mi padre me enseñó que siempre se debe desconfiar pues para confiar hay tiempo. No sé.”

jueves, 28 de junio de 2018

Cuando Eduardo VII marcaba la moda


La moda, lo que se lleva y da prestigio lucir, tiene distintas fuentes de inspiración. Una de ellas, y no la menor, es lo que visten los poderosos aun cuando ello pudiera haberse originado en un percance, tal como cuenta Noel Clarasó que sucedió con los pantalones planchados con raya.

Eduardo VII de Inglaterra, hijo de la reina Victoria, no subió al trono hasta la edad de sesenta años. Había nacido en 1841, subió al trono en 1901 y murió nueve años después, en 1910. Tenía fama de muy elegante y a él se debe la moda de los pantalones planchados con raya. Nadie los llevaba. Un día, cuando sólo era príncipe de Gales, iba a una fiesta, en coche. Había llovido mucho y el paso de otro coche le salpicó los pantalones. No quiso ir con los pantalones manchados ni tampoco llegar con retraso. Entró en un almacén de confección, compró unos pantalones y se los puso. Los pantalones, por haber estado tiempo guardados en montón con otros, tenían marcada la raya. El dueño del almacén dio orden de que los plancharan rápidamente. El príncipe no quiso perder más tiempo y dijo que no, que daba igual. Y llegó a la fiesta con la raya marcada en los pantalones. Alguien le preguntó:
-¿Esos pantalones, alteza...?
-Es la última moda.
Y, a los pocos días, todos los elegantes de Londres llevaban los pantalones planchados con raya.

Según Clarasó esta no fue la única moda impuesta por tal personaje que se sigue haciendo presente hasta en la forma de saludar.

Pasaba, durante su largo principado, mucho tiempo en París. Como es sabido, era un hombre tenido por muy elegante y los otros elegantes le imitaban. Y así, sin proponérselo, introdujo algunas modas. (…) un día de lluvia, para no mojarse los bajos de los pantalones, se los dobló hacia arriba; se olvidó después de desdoblarlos y de este modo surgió la moda, que todavía dura, de la vuelta en los bajos de los pantalones. Padecía el príncipe un dolor reumático, que le impedía extender el brazo derecho. Y, al dar la mano, lo hacía con el codo unido al cuerpo; ademán que se puso de moda y se convirtió en una forma elegante de dar la mano.

Por su parte André de Fouquières -citado por Frédéric Rouvillois- anota otro aporte del príncipe de Gales (futuro Eduardo VII) a la moda de su tiempo

(…) fue un incontestable árbitro de la moda. El menor detalle de su vestimenta tomaba inmediatamente fuerza de ley y se imponía a la Gentry [gente bien]. Una vez, el Rey apareció con el último botón de su chaleco sin prender. De ahí en adelante fue obligatorio hacer lo mismo en Regent Street y en los Boulevards.

Por cierto, no deja de llamar la atención esa recurrida expresión de árbitro de la moda. ¿Será por la arbitrariedad que la misma implica? Es así que, como sostiene Frédéric Rouvillois, “lo que era un signo de incorrección, de descuido, el hecho de no abotonar enteramente el chaleco se convierte, porque lo hizo el soberano y sólo por eso, en una señal de elegancia, una verdadera regla”.

¡Ah, qué cosa! Representando a los diferentes círculos de poder los árbitros dictan a los ciudadanos de a pie lo que deben llevar para ser elegantes. Y como no sólo se trata de la forma de vestir, surge la pregunta inevitable: ¿cuántos pantalones planchados con raya y cuántos chalecos desabotonados ideológicos no habremos hecho nuestros?

Llegados a este punto es preciso recordar que la etimología de la palabra elegante refiere a quien sabe elegir, a quien ejerce su libertad con buen gusto. ¿Será que en estos tiempos hay mucha gente a la moda pero muy poca que en realidad e elegante?

martes, 26 de junio de 2018

El lenguaje de los ojos


Que los ojos y la mirada expresan la esencia de la persona está fuera de duda. Allí descubrimos amor y distancia; entusiasmo y depresión; alegría y tristeza; asombro y aburrimiento. Con solo mirarnos quienes nos conocen saben que algo sucede y por ello preguntan: ¿qué te pasa? Isaac Bashevis Singer se refiere al punto. “En alguna parte había leído que el alma asoma por los ojos, y me desconcertaba comprobar cuánta verdad encerraban estas palabras. Había ojos bobos, ojos inteligentes, ojos astutos, ojos llenos de bondad y ojos llenos de maldad, ojos que expresaban alegría y ojos cargados de tristeza.” En síntesis –concluye- “todos ellos transmitían historias que era incapaz de expresar con palabras”.

Por otra parte en tiempos recientes –y debido a grandes luchas que lograron cambios significativos- las mujeres han dado pasos muy importantes en cuanto al reconocimiento de sus derechos (esto no quita que aún hay mucho camino por andar). En el pasado las cosas fueron diferentes ya que sus movimientos eran rigurosamente vigilados, lo que comprometía seriamente el ejercicio de sus libertades. Comenta Javier Sanz que en muchas ocasiones “las mujeres en edad casadera iban acompañadas por sus madres, sirvientas u otros miembros de su familia que impedían la libre comunicación entre las parejas”. Así las cosas tuvieron que recurrir a formas alternativas de comunicación y coqueteo para lo que se valieron de abanicos y lunares postizos. El lenguaje con los ojos fue otra alternativa y Javier Sanz enuncia parte de ese código.

Las claves de aquel lenguaje las publicó en 1891 el periódico Taranaki Herald de New Plymouth (Nueva Zelanda) bajo el título Eye Flirtation:

Guiñar el ojo derecho – Te quiero
Guiñar el ojo izquierdo – Te odio.
Guiñar ambos ojos – Sí
Guiñar ambos ojos a la vez -Nos observan.
Guiñar el ojo derecho dos veces – Estoy comprometido.
Guiñar el ojo izquierdo dos veces -Estoy casado.
Bajar los párpados- ¿Puedo besarte?
Levantar las cejas – Bésame.
Cerrar el ojo izquierdo lentamente – Prueba y ámame.
Cerrar el ojo derecho lentamente – Eres bonita.
Colocar el índice derecho sobre el ojo derecho –  ¿Me amas?
Colocar el índice derecho sobre el ojo izquierdo – Eres guapo
Colocar el meñique derecho sobre el ojo derecho – ¿Estás avergonzado?


¡Qué lejos en algunos aspectos y qué cerca en otros nos encontramos de aquellos entonces!

jueves, 21 de junio de 2018

Despachos informativos de las agencias


Los periodistas deben respetar las reglas del oficio: artículos con un límite de palabras, de preferencia hay que usar lenguaje sencillo, apegarse al manual de corrección de estilo en uso, etc. Lo mismo sucede con los despachos informativos de las agencias de noticias que por lo general repiten un mismo formato.

Federico Campbell explica en forma muy clara cómo es la cosa y qué diferencias existen con otros géneros.

En la novela de aventuras o en el cuento clásico infantil, el clímax se sitúa al final. Sólo en el último momento el Lobo se come a Caperucita. Esa es la conclusión del relato. Si en el cuento policiaco tradicional (el que tiene como sustento un enigma) la identidad del asesino se reserva para el último párrafo, en la nota periodística ha de empezarse por revelar su nombre y todos sus datos cuanto antes, en las primeras líneas. Así, al informar sobre un partido de béisbol, antes de referir los pormenores del juego, el cronista debe empezar por establecer cuál equipo ganó y cuál perdió. “Los Mayos le ganaron a los Potros”, por ejemplo.

Por medio de “Pedro Páramo”, Campbell explica -en forma por demás ilustrativa- las diferencias que existen entre novela y nota periodística.

La novela Pedro Páramo, de Juan Rulfo, concluye con el asesinato del cacique por uno de sus hijos. Sólo en la última página ocurre la muerte del personaje: “Dio un golpe seco contra la tierra y se fue desmoronando como si fuera un montón de piedras”.

Una nota periodística sobre el mismo hecho rezaría de la siguiente manera:

COMALA, 3 de mayo (EFE). El cacique mexicano Pedro Páramo fue asesinado hoy por uno de sus hijos, Abundio Martínez, que ya se encuentra preso.
Pedro Páramo descansaba a la entrada de su hacienda de la Media Luna cuando Martínez, uno de los numerosos hijos que tuvo con diversas mujeres de la región, se le acercó y lo atacó a cuchilladas.
Damiana Cisneros cocinera del hombre fuerte de la localidad, dijo que Abundio Martínez se había presentado por la mañana en la Media Luna para pedir a Don Pedro una ayuda y que éste se la había negado. Desesperado, Abundio Martínez necesitaba dinero para enterrar a su esposa que acababa de fallecer. Al caer la tarde, y en completo estado de ebriedad, el hijo del cacique volvió a la hacienda para matar a su padre.

Esto no era de a gratis sino que existían razones por las que al principio de la nota debía presentarse lo más importante de la misma; continúa Federico Campbell         

Los redactores de las agencias, por la inseguridad técnica de las transmisiones y por economía de tiempo, fueron imponiendo poco a poco la estructura de la nota informativa. Se estableció la norma de anunciar de entrada el tema del despacho, por si se cortaba la comunicación, para después enviarla completa.
(...) Cada párrafo que se añade a una nota informativa puede ser el último que lea el lector. La estructura de la noticia está calculada para que el lector suspenda la lectura de la información antes de que el escrito concluya. Con sólo leer la entrada y los primeros párrafos, el lector debe quedar suficientemente informado de lo que sucedió.

El tiempo ha pasado. Los avances tecnológicos han sido notables y con ellos la posibilidad de que la nota no pase completa, se encuentra en lo que va de lo imposible a lo improbable.

Sin embargo el formato en el que las agencias presentan sus notas no ha cambiado mayormente.

martes, 19 de junio de 2018

Los niños que no tienen a nadie


Nota preliminar: si usted no pasa por buen momento, absténgase de leer lo que sigue. Déjelo para otro momento, si es que acaso.

A lo largo de la historia siempre han existido niños abandonados que debieron enfrentar múltiples obstáculos con pocos apoyos en una vida que se les presenta hostil, desolada. Padres que no brindaron a sus hijos lo mínimo que necesitaban para su desarrollo. Estados que no pudieron proteger a sus niños desamparados. Historias de desamor. De ayer, de hoy.

No es difícil encontrar ejemplos y José Luis Melero describe una de estas situaciones de la que tuvo noticia.

En el Hogar Pignatelli [en Zaragoza] convivían los niños abandonados (esos a los que siempre se conoció como expósitos o incluseros) con aquellos otros que pese a tener familia eran allí entregados por carecer ésta de medios para mantenerlos. Los domingos eran los días de visita. A los pobres niños abandonados, a los incluseros, nadie iba nunca a verlos. Esos domingos, sin embargo, siempre había algún alma noble que les llevaba galletas o golosinas. Entonces, una voz sobrecogedora avisaba a estos niños para que se pusieran en fila y recogieran esos obsequios. Y lo hacía con una expresión terrible, entonada con un peculiar sonsonete, que desde que la conocí se me representa una y otra vez con el mismo insistente dolor: “Los que no tienen a nadie”. Así los llamaban y esa era la señal que aquellos niños esperaban para ir a la cola de las golosinas. Me lo contó por primera vez, hace ya algunos años, el pintor Jorge Gay, que vivió en el Hogar Pignatelli pues su padre era allí Jefe de maestros educadores y allí tenía su residencia. Podrían haberles llamado de otras mil maneras, de cualquiera antes que recordarles cada semana, frente a sus compañeros que sí recibían visitas, que ellos no tenía a nadie, que estaban solos en el mundo y que todo lo que pudieran darles dependía de la caridad ajena. ¿Por qué esa crueldad gratuita? ¿Por qué esa insistencia en exhibir su triste orfandad?

Por su parte Eduardo Galeano narra la angustiosa historia de soledad de un niño nicaragüense en temporada de fiestas.

En víspera de Navidad el director del hospital de niños de Managua, Fernando Silva, se quedó trabajando en el hospital hasta muy tarde. Ya estaban sonando los cohetes de Navidad cuando Fernando decidió marcharse. En su casa lo esperaban para festejar la Noche Buena... Hizo un último recorrido por las salas del hospital; vio que todo quedaba en orden y decidió salir. A un cierto momento sintió que unos pasos lo seguían; eran unos pequeños pasos suaves, casi de algodón. Se volvió y descubrió que uno de los niños enfermos caminaba detrás de él, en la penumbra. Lo reconoció; era un niño que no tenía padres, ni parientes, ni amigos que lo vinieran a visitar. Fernando reconoció su cara, ya marcada por la muerte, y esos ojos que casi pedían disculpas por existir. Se acercó al niño y este lo tocó con la mano y le susurró: “dígale a alguien que estoy aquí”.

Como dice el clásico: lo demás es silencio.