jueves, 24 de mayo de 2018

Las papas fritas globales


Empresa exitosa es aquella que puede producir a bajo costo al tiempo que obtiene generosos márgenes de ganancia. Con tal de lograr esos objetivos se llega a extremos en los que la salud del consumidor así como el cuidado del entorno natural no cuentan para nada. Eduardo Subirats ilustra con un ejemplo

Si usted produce papas fritas, entonces busca, en primer lugar, dónde encuentra las papas más baratas: descubre que en Los Andes, ahí es donde se pueden producir papas baratas; luego busca dónde encontrar los aceites más malos y más venenosos y los encuentra en alguna productora corrupta española, y luego usted busca algún ingrediente picante y entonces lo encuentra en India, un obsequio de la peor calidad, y va buscando así todos esos productos, entonces hace un mapa global, porque tiene picante de mala calidad aquí, aceite de la peor calidad allá, papas más baratas, basura de aquí, etcétera.

Ahora bien, para lograr un buen nicho (¡vaya palabrita!) de mercado tendrá que posicionar la marca entre los potenciales consumidores; a ello refiere Subirats

Y luego llama a un agente de publicidad estadunidense y alquila una gran antena de televisión que tiene que ser también estadunidense y le pone un nombre estadunidense. Entonces de repente hace la gran campaña y, el día cero, usted vende millones de kilos de patatas al mundo entero y envenena al mundo entero, ha cometido usted un acto de “liberación del mundo” con una patata globalmente constituida, globalmente diseminada, y que es capaz de envenenar globalmente a la humanidad.

Para Eduardo Subirats esta forma de hacer las cosas no es exclusiva del sector empresarial. “Así funciona el mundo del arte, así funciona el mundo de la filosofía, así funciona el mundo de las patatas fritas y así funciona el mundo de la política, a esto es a lo que se le llama globalidad.”

Claro que -regresando al tema del inicio- existen quienes procuran apegarse a normas de ética empresarial como las que ha enunciado la filósofa Adela Cortina entre otros autores, buscando conciliar rentabilidad económica con rentabilidad social y también con rentabilidad ambiental.

De momento, y con mucho, son los menos.

martes, 22 de mayo de 2018

El zoom de la mirada en la búsqueda de una historia


La cotidianidad está repleta de historias, tan solo hay que saber hallarlas. Quienes le saben al oficio encuentran su principio de interés en múltiples lugares: algo observado en la calle, un sucedido que les contaron, una charla que escucharon en forma involuntaria, un periódico, una revista, etc.

En relación a ello, Gabriel García Márquez presenta lo que le aconteció en cierta ocasión.

El otro día, hojeando una revista Life, encontré una foto enorme. Es una foto del entierro de Hirohito. En ella aparece la nueva emperatriz, la esposa de Akihito. Está lloviendo. Al fondo, fuera de foco, se ven los guardias con impermeables blancos, y más al fondo la multitud con paraguas, periódicos y trapos en la cabeza; y en el centro de la foto, en un segundo plano, la emperatriz sola, muy delgada, totalmente vestida de negro, con un velo negro y un paraguas negro. Vi aquella foto maravillosa y lo primero que me vino al corazón fue que allí había una historia.

¿Cuál era aquella historia? ¿Tendría que ver con la esposa de Akihito? ¿Con la tristeza que la lluvia daba agregaba al entierro de Hirohito? El escritor continúa enfocando el zoom.

Una historia que, por supuesto, no es la de la muerte del emperador, la que está contando la foto, sino otra: una historia de media hora. Se me quedó esa idea en la cabeza y ha seguido ahí, dando vueltas. Ya eliminé el fondo, descarté por completo los guardias vestidos de blanco, la gente... Por un momento me quedé únicamente con la imagen de la emperatriz bajo la lluvia, pero muy pronto la descarté también.

Aquella historia apareció en un sitio inesperado, tal como lo narra Gabriel García Márquez: “Y entonces lo único que me quedó fue el paraguas. Estoy absolutamente convencido de que en ese paraguas hay una historia.”

¿Cuál era aquella historia? No lo sé, ya no tuve noticias.

O tal vez tan solo sea una muestra de la técnica empleada para encontrar un paraguas con historia.

jueves, 17 de mayo de 2018

El ángel azul


Hace poco tuve oportunidad de asistir a la exhibición de la película “El ángel azul” (1930) dirigida por Josef von Sternberg  y basada en una novela de Heinrich Mann de 1905. La película constituye un clásico del cine y en ella hace su primera aparición cinematográfica nada menos que Marlene Dietrich (por cierto que algunas escenas resultaron escandalosas para la época).

En un artículo de 1930 (traducción y compilación de Francisco Uzcanga Meinecke) el mismo Heinrich Mann da a conocer el proceso que recorrió para escribir su novela.

La primera vez que tuve noticia de algunos de los hechos que suceden en la novela fue en un teatro de Florencia. Durante el descanso de la función vendían entre el público un periódico en el que leí una noticia de Berlín acerca de un profesor al que su relación con una cabaretera había arrastrado por el camino de la perdición. Apenas hube leído las breves líneas, surgió ante mí la imagen del profesor Unrat, la de la mujer que lo seduce e incluso la del escenario de los hechos: El Ángel Azul.

Una vez más la noticia publicada en la prensa de la época es quien inspira y provoca al escritor. Tal fue el impacto que muy pronto las imágenes de los personajes adquirieron presencia en la mente del joven escritor.

Yo era por aquel entonces lo suficientemente joven para que los recuerdos de mi niñez siguieran todavía frescos y bien presentes. No se conoce aún a tantas personas, no se las confunde a unas con otras, y cada una de ellas acude a la mente en cuanto se pulsa la tecla indicada. “Profesor” era para mí alguien que enseñaba en un instituto. Con la insólita combinación “profesor y dama de cabaret” asociaba simplemente la imagen de un hombre severo y sin experiencia que tiraniza a sus alumnos y de pronto se ver rebajado no ya a la condición de alumno sino a la de juguete preferido de una chica. La chica adquirió enseguida, y ya para siempre, ese aspecto que provoca que un hombre de principios acabe perdiéndolos todos. Por lo que se refiere al lugar de los hechos, desde el principio se llamó El Ángel Azul; estaba situado en la bocacalle de un puerto y olía a brea, cerveza y polvos de maquillaje. La mayoría de los que se perdían por allí, de manera furtiva y con el pulso acelerado por las expectativas, eran muy jovencitos, de ahí que en el intermedio de la función florentina el profesor se me apareciera con algunos rasgos púberes.
Ya desde el primer momento lo conocía completamente. Tan sólo faltaba desarrollar y llevar al papel el personaje y su destino. Surgieron ante mí sin haberlos tenido que inventar. Habían venido al conjuro de una noticia casual, se me habían aparecido en una visión.

Posteriormente -continúa Heinrich Mann- la prensa aportó mayor información sobre el caso, pero ya era tarde. “Un par de días más tarde el diario italiano amplió la noticia. El amigo de la diva era en realidad un redactor especializado en la Bolsa y tenía el título de profesor; era por tanto, muy probablemente, todo lo contrario del personaje creado por mí. Pero ahí estaba ya.”

martes, 15 de mayo de 2018

El placer de enjuiciar y la enfermedad de sentenciar


Además de las instancias legalmente reconocidas existe otro poder judicial, aunque sin carácter imperativo, que todos ejercemos. A unos se les da más que a otros, pero nadie es ajeno en esto de bajar el martillo del veredicto. Es posible darle una lectura positiva en cuanto a que cada quien sea capaz de opinar sobre conductas ajenas a partir de su escala de valores y con ello ponga en actividad el llamado juicio crítico. Sin embargo, también tiene sus muchos asegunes entre los cuales se encuentran: ser jueces muy laxos para con uno mismo y extremadamente rigoristas hacia los demás; la manía de andar enjuiciando conductas que no son de nuestra incumbencia; considerar que los criterios que guían la propia conducta deberían aplicar también para los demás; considerarse propietario exclusivo de la verdad; etc.

Con su habitual maestría, Elías Canetti aborda la cuestión: “Es recomendable partir de un fenómeno que nos es familiar a todos, el placer de enjuiciar.” Y luego describe como el juicio acerca de la obra se va desplazando casi imperceptiblemente hasta llegar a condenar a la persona.

“Un libro malo”, dice alguien, o un “cuadro malo”, y aparenta tener algo objetivo que decir. De todos modos, la expresión de su rostro revela que lo dice con gusto. Pues la forma de la declaración engaña, y muy pronto adquiere un carácter personal. “Un mal escritor” o “un mal pintor”, se oye enseguida, y suena como se dijera “un mal hombre”. Por todas partes tenemos ocasión de sorprendernos a nosotros mismos, o a conocidos y desconocidos, en este proceso de enjuiciar. El placer que produce el juicio negativo es siempre inconfundible.

Cabe subrayar que donde hay dudas, matices, cuestionamientos, incertidumbres… no hay espacio para la contundencia del juicio; continúa Canetti

Es un placer duro y cruel que no se deja turbar por nada. El juicio solo será un juicio si es emitido con una especie de seguridad inquietante. No conoce clemencia ni cautela alguna. Se emite con rapidez; y la falta de reflexión es lo más adecuado a su esencia. La pasión que revela se debe a su rapidez. El juicio rápido e incondicional es el que se dibuja como placer en el rostro del que enjuicia.

Así las cosas, concluye Elías Canetti: “La enfermedad de sentenciar es una de las más difundidas entre los hombres, y prácticamente todos se ven aquejados por ella.”

Avisados.

jueves, 10 de mayo de 2018

Un percusionista silencioso


Seguramente a usted también le sucedió. Hay ocasiones en que incurrimos en gastos que podríamos habernos ahorrado ya que no trajeron consigo el beneficio esperado. En tal caso no es raro que nos invada una sensación de enojo dirigida hacia uno mismo, acompañada con los reproches correspondientes (¿cómo no me di cuenta antes?, ¡maldito el momento en que se me ocurrió!, ¿será posible que nunca aprenda?, etc.)

En este mismo espacio hemos traído a consideración pequeñas historias que se convierten en instancias de auto-consolación cuando vemos que a otros les pasó lo mismo o, mejor aún, peor que a nosotros. Es el caso que hoy nos ocupa y del que da cuenta José Alfredo Páramo.

Antero [Chávez)] me contó que durante un viaje de la Filarmónica de Berlín a Tokio, donde interpretaría la Séptima Sinfonía de Bruckner, que tiene una sola intervención de los platillos a lo largo de 75 minutos, Herbert von Karajan se dio cuenta de que el jefe de personal no había incluido al percusionista, por lo que pidió que lo llevaran en el primer vuelo. “No me importa que sólo venga a tocar en un compás. No confío en otro percusionista”.

La calidad de la Filarmónica de Berlín –desde la perspectiva de Herbert von Karajan- no podía reparar en pequeñas minucias tales como los gastos de pasaje, honorarios, estadía, alimentación y viáticos de un músico por el solo argumento de que su participación sería menor. Y sabido es que al maestro no se le discutía.

Continúa Páramo con su narración: “De acuerdo con su peculiar estilo, Karajan dirigía en ese concierto con los ojos cerrados y en profunda concentración. La música llegó por fin al compás de la intervención del platillo.” Y fue en ese preciso momento que sucedió lo inesperado cuando “el director dio un brinco en el podio, abrió descomunalmente los ojos y su rostro se contrajo en un rictus de desesperación: los platillos no habían sonado.”

Así que cuando usted incurra en uno de esos gastos que tranquilamente pudo haberse ahorrado, piense en esta historia del maestro von Karajan y aquellos platillos que nunca sonaron.

Por cierto que ya no supe si al percusionista le pagaron sus honorarios pero seguramente disfrutó de su estadía en Tokio.

martes, 8 de mayo de 2018

Tiempos de legítima defensa del honor


La consulta de periódicos y revistas antiguas permite tener noticias directas de cómo se vivía (y en este caso, cómo se moría) en el pasado. José Luis Melero, reconocido bibliófilo, nos cuenta una experiencia a este respecto.

Andaba estos días leyendo unas viejas revistas zaragozanas. Una de ellas era El Matraco, subtitulada “Ciencia-Literatura-Arte-Política y… Guasa Viva”, cuyo primer número se publicó el 3 de abril de 1921 (…) Entre los anuncios publicitarios de la revista, uno llamó mi atención: era el del fotógrafo Lucas Cepero, que tenía su estudio en la planta baja del número 44 de la calle Don Jaime I, y que ofrecía como regalo de los retratos de Primera Comunión “una magnífica ampliación”.

Después de ubicar la personaje nos informa de su trágica muerte vinculada a cuestiones de ayer, hoy y –seguramente- mañana. Para ello toma como referencia un artículo de José Antonio Hernández Latas que da cuenta de

(…) su trágica muerte la tarde del 12 de noviembre de 1924. (…) Cepero, fotógrafo de Heraldo de Aragón, natural de Monegrillo y de cuarenta y tres años de edad (…) fue asesinado de un disparo, en la antigua calle del Peso, hoy Blasón Aragonés, junto a la plaza de Sas, por Francisco Calvo Lezcano. La mujer de este, Pilar Larpa Maluenda, de veinticuatro años de edad, mantenía relaciones extraconyugales con Cepero y esta fue la razón por la que el marido ultrajado decidió asesinar de un disparo al fotógrafo.

José Luis Melero aun va más allá y –siguiendo la misma fuente- nos informa que el marido ofendido, autor del crimen pasional, resultó absuelto en las instancias legales que debió enfrentar.

Hernández Latas ha estudiado la “Ejecutoria de la causa sobre homicidio contra Francisco Calvo Lezcano” en la que se contiene la sentencia firme del juicio, y por increíble que parezca el asesino fue absuelto. Sería decisivo en ello que lo defendiera un abogado muy influyente en la ciudad, el que fuera alcalde de Zaragoza Emilio Laguna Azorín, que convenció al juez de que Calvo Lezcano habría obrado en legítima defensa y para defender su honor. Así se hacía justicia en España en los años veinte.

Así, cuando menos en este caso, el crimen perpetrado por un marido ofendido resultó un atenuante de mucha significación.

jueves, 3 de mayo de 2018

Anacronismo del paraguas


Llama la atención que en estos tiempos de avances impresionantes en muy diversas áreas, el paraguas permanezca desde siempre muy parecido a sí mismo. Sí, ya lo sé, se podría argüir que se le han hecho pequeñas innovaciones, sin embargo no solucionan sus problemas históricos. Los paraguas -aun cuando nadie puede negar que en días lluviosos es mejor tenerlo que carecer de él- otorgan beneficios a su portador muy por debajo de lo esperado. Para Ramón Gómez de la Serna el asunto inicia en sus problemas de identidad.

Nadie ha sabido clasificar el paraguas hasta hoy. No es sabe si es un bastón con faldas, o un murciélago inmenso, o un palio profano, o un aparato de pesca o un bacalao de foca.
La misma academia de la lengua tiene que distinguirlo como “un utensilio portátil para resguardarse de la lluvia, compuesto de un bastón y un varillaje cubierto de tela que puede extenderse o plegarse”.
Quien no conociese el paraguas familiarmente, ¿podría hacerse una idea de lo que es el paraguas de acuerdo con esa definición?
El paraguas no es un bastón. Prueba de ello es que los que llevan un eje de paraguas mondado como bastón, no pueden presumir más que de puño de bastón, pues todo el mundo nota que no se trata de una guía dorsal de paraguas.
En cuanto a que el paraguas se extienda o se pliegue también es un decir. Muchas veces no quiere extenderse y otras muchas veces no quiere plegarse.

Ahora sí que, de acuerdo al dicho popular, desde su aparición a la fecha ya llovió. Homero Alsina Thevenet data su origen en el siglo XVII (aunque en opinión de Noel Clarasó fue muy anterior: “el paraguas, lo mismo que la pólvora, es un invento chino”).

Los primeros paraguas registrados como tales en la historia son de 1637 y figuran en un inventario de efectos personales dentro de la familia de Luis XIII, rey de Francia. En los dos siglos siguientes el paraguas fue considerado como un utensilio estrictamente femenino, quizás por derivar de la sombrilla o quizás porque era un accesorio para cuidar los complicados arreglos del cabello. Su peso habitual era cercano a los dos kilos, hasta que en 1852 Samuel Fox (de Yorkshire, Inglaterra) consiguió acoplar la tela impermeable y las varillas de acero plegables, creando un formato que se ha mantenido hasta hoy.

Tuvo que pasar más de un siglo –continúa Alsina Thevenet- para que los varones comenzaran a utilizarlo imitando a Jonas Hanway quien fuera precursor en la materia.

Entre uno y otro extremo, algunos hombres se atrevieron a utilizar un paraguas en público, pero fueron considerados audaces, extravagantes o afeminados. El adelantado en la materia fue el filántropo Jonas Hanway, en Londres, hacia 1750. Había vuelto de un largo viaje por Rusia y Persia, de donde trajo la innovación, pero durante unos treinta años no tuvo imitadores.

Difícil de creer pero según uno de sus biógrafos -citado por Homero Alsina Thevenet- debido a su osadía Hanway "se vio obligado a sufrir los insultos de los cocheros y la crítica de las personas devotas, quienes sostenían que el hombre desafiaba el propósito celestial de la lluvia que era empapar a la gente".

Con el pasar de los años su uso se fue difundiendo entre la población, pero de a momentos hizo furor lo que Noel Clarasó atribuye a la incidencia del cine en el comportamiento colectivo.

Este año [1964], en toda Francia, se ha puesto de moda, debido al éxito de la película de Jacques Demy “Los paraguas de Cherburgo”, que ha hecho llorar a muchos franceses y francesas. Ellas, cuando les preguntan por qué usan otra vez paraguas, dicen: “Porque así se puede llorar sin que nadie se entere”. En Francia, en 1963, se han vendido 500.000 paraguas, el 90 por ciento paraguas de mujer.

Lo cierto es que perviven severos defectos en el diseño del paraguas, tal como lo demuestra el hecho de que ante fuertes ráfagas de viento no sólo no cubre sino que rápidamente queda inservible. Tal vez a ello alude Rius cuando lo define como un objeto que se utiliza “para mojarse poco a poco…”, como Ramón Gómez de la Serna: “El inventor del paraguas inventó una aberración de la naturaleza. (…) El paraguas tiene los huesos flojos y tiene escalofríos que nos transmite. (…) Pero llevar bien un paraguas es lo que no se puede. Enseguida parece uno un desdichado.”

Al colapsar la primera varilla todo será cuestión de tiempo, el deterioro ha dado inicio y -más pronto de lo que se hubiese deseado- habrá que adquirir otro, aunque cabe acotar que anteriormente existió el oficio de paragüero desempeñado por algunas personas que ofrecían sus servicios a voz en cuello por los diferentes barrios de las ciudades; Gesualdo Bufalino evoca a uno de ellos que también restauraba platos rotos.

Si una ráfaga tramontana había arruinado el toldo de un paraguas y averiado su trama de varillas; si un plato se había roto o agrietado, nada de miedos. Se esperaba oír detrás de la puerta la voz de Minucu U paracquaru: “Cu ha’ cunzari paracqua e piatti” (“¿Quién tiene paraguas y platos que reparar?”); y entonces, en pocos segundos, y tras de una audaz maniobra con pinza y alambre, los paraguas volvían a contener la lluvia y las vajillas a colmarse de suculentas sopas.

Pero esto es historia.

¿A qué se debe que las grandes innovaciones de nuestro tiempo no hayan alcanzado al paraguas? ¿Será que habrá que agregarlo al listado enunciado por Umberto Eco de objetos que son inmejorables?

El libro es como la cuchara, el martillo, la rueda, las tijeras. Una vez que se ha inventado, no se puede hacer nada mejor. No se puede hacer una cuchara que sea mejor que la cuchara. Hay diseñadores que intentan mejorar, por ejemplo, el sacacorchos, con resultados muy modestos: la mayoría de ellos no funciona. Philippe Starck intentó mejorar el exprimidor, pero su modelo (para salvaguardar una determinada pureza estética) deja pasar las semillas. (…) Podríamos añadir la bicicleta y también las gafas. Por no hablar de la escritura alfabética. Una vez alcanzada la perfección, es imposible superarla.

Me niego a creerlo. Si el paraguas que conocemos es manifestación de perfección, pues esta perfección como que es muy imperfecta (y sabrán disculpar la redundancia). No se crea que somos muy originales en nuestra demanda, veamos lo que apuntaba Ildefonso Julio Zavalla en 1949.

Todavía no se ha inventado un sustituto, menos antiestético, del paraguas. La gente que transita llevan­do sobre sus cabezas esa especie de toldo semiesférico no advierte, por fuerza de la costumbre, su ridícula figura. El hombre no quiere mojarse en días de lluvia. Y le basta con proteger la cabeza para hacerse la ilusión de que ha vencido al mal tiempo. Abre sobre sus hombros la negra cúpula de su paraguas y, desde ese instante, cree que la lluvia cumple la misión de justificar el uso de aquel artefacto. En las anchas avenidas la multitud semeja un desfile de lentos aeróstatos, paisaje grotesco de la ciudad. Cada peatón lleva su techo de tela, y lo abre y lo cierra, según arrecie o escampe el agua.
Cada día se hace más necesaria una innovación en esta forma de protección de la lluvia. Y sin embargo, pese a las modernas maravillas de la ciencia, persiste el adefesio del paraguas que tiene su origen en el remoto quitasol que usaban los chinos antes de la aparición de Cristo. Hasta los asirios lo usaban. No sólo lo hemos visto en bajorrelieves de Nínive, sino también reprodu­cido en sepulcros de Tebas y Menfis. Compréndese, pues, sin mayor esfuerzo que la humanidad muy poco se ha preocupado por hallarle al paraguas un sustituto, lo cual parecería demostrar que el hombre, sin paraguas y bajo la lluvia, debe mojarse, necesariamente.

Por si lo anterior fuera poco, el paraguas tiene otras dificultades y una de ellas está dada por el gran enigma: ¿cómo saber cuándo salir de casa con él? Pocos son los elegidos que aciertan con frecuencia. La mayoría nos la jugamos a portar con él a riesgo de que a la postre resulte innecesario. A este respecto Bergen Evans dice que quienes llevaban paraguas tanto antes como ahora eran mirados “con envidia cuando llueve y con desdén cuando no llueve”. Y claro está, en la lista de problemas no es posible omitir la facilidad con que se extravían, lo que lleva a que Coco Manto afirme que “los paraguas se hicieron para ser olvidados”.

Pero no se trata de ser ingratos, con todos sus asegunes este objeto nos es entrañable por lo que concluyamos con un apunte nostálgico de Ramón Gómez de la Serna: “El paraguas tenía grande importancia y era palio de noviazgos nacidos bajo su luto, ayudando a caminar con la lluvia metida en el bolsillo.”

martes, 1 de mayo de 2018

Rifa


El templo de Santa Cruz de Jerusalén tiene un carácter muy propio y es de una belleza austera muy adecuada en tanto recinto espiritual. Fue construido por los franciscanos en el siglo XVI y posteriormente reconstruido en varias ocasiones.

Este domingo al concluir la misa, y antes de la bendición final, el Padre anunció los ya clásicos avisos parroquiales. Fue entonces que comentó la próxima rifa de un departamento.

Los feligreses nos miramos con incredulidad porque se trata de una parroquia que no se caracteriza por contar con muchos recursos económicos. La perplejidad general fue interrumpida por la mirada pícara del sacerdote quien aclaró que en realidad se trataba de un departamento pero… para la otra vida, es decir donde descansar en paz a la espera de la vida eterna. Comentó acerca de la necesidad de pintar el interior del templo y que para recaudar los recursos que la obra demanda se realizaría el sorteo de un nicho en ese mismo recinto.

Cabe acotar que la mayoría de los allí congregados ya hemos ingresado, desde hace rato, en la categoría de adultos mayores y seguramente constituimos -en este caso en forma literal- un buen nicho de mercado. 

Compré un boleto y espero ser el ganador.


Eso sí, a diferencia de otros premios, no tengo la menor intención de estrenarlo pronto porque haciendo mías las palabras de Milton H. Erickson: “No tengo ninguna intención de morirme. ¡En realidad, sería la última cosa que haría!”

jueves, 26 de abril de 2018

El derecho irrenunciable de llorar


De risas y lágrimas está hecha la vida pero las fronteras entre unas y otras son difusas ya que existen sonrisas tristes así como también lágrimas de alegría (de acuerdo con George Sand “Dios ha puesto el placer tan cerca del dolor, que muchas veces se llora de alegría”). 
En territorios de dolor, tristeza, sufrimiento, emoción, las manifestaciones pueden ir desde la lágrima furtiva hasta el acto de llorar en forma incontrolable; sin embargo no hay evaluación posible en cuanto a la intensidad de los sentires porque como afirma José Narosky “una lágrima puede decir más que un llanto”. En opinión de Ugo Ojetti el llanto profundo es incompatible con las palabras, dado que “aquel que describe su propio dolor, aún si llora, está a punto del consuelo”.
Difícil acompañar a quien llora además existe una especie de pudor al atestiguar el llanto ajeno. Con frecuencia lo mejor es guardar un silencio respetuoso ante el dolor ajeno porque según José Bergamín “es difícil y triste tener que hacer de paño de lágrimas cuando se es trapo viejo”. Asimismo no es buena cosa –como señala Wenceslao Varela- andar mintiendo consuelo:Al corazón no se engaña/ cuando algún dolor lo estruja/ y si una lágrima empuja,/ querer mentirle consuelo/ es como borrarle al suelo/ la sombra que el sol dibuja.”
Aun cuando existe la idea generalizada de que a las mujeres les es más fácil llorar, existen muchas dudas al respecto ya que hay fuertes implicancias educativas cuando todavía se dice a los niños: “no llores, ¡pareces niña!” (a este tema ya nos hemos referido en este espaciohttp://habladuriacronicasdelocotidiano.blogspot.mx/2014/11/los-hombres-no-lloran.html). Por otro lado existen mujeres auto contenidas al tiempo que varones muy llorones. Algunos lo han sido toda su vida, es el caso de Alberto Salcedo Ramos quien lo reconoce sin reticencias: “Siempre he sido muy llorón. Mis hijos dicen que soy capaz de llorar hasta despidiendo un avión de carga.” Otros caso son debido a la edad y/o a alguna afección; al llegar a sus sesenta años y después de haber sido operado del corazón, Germán Dehesa aceptaba haberse convertido en incontinente emocional. Asimismo amigos del gran bandoneonista Aníbal Troilo, Pichuco, lo recuerdan como un gran llorón, lo que atribuían a la diabetes que le afectaba. 
Muchos son los autores que se han referido al daño que produce la represión de las emociones (por cierto que tan frecuente en estos tiempos en que aparece el mandato de ser feliz de tiempo completo). Según Ramón Gómez de la Serna “las lágrimas desinfectan el dolor”; tal vez por ello Alicia Molina dice que los sentimientos son húmedos y que si se guardan sin sacarlos a la luz, se descomponen dentro de uno y entonces se transforman en resentimientos. Curioso proceso en que el sentimiento sufre un triste proceso de cambio que deriva en algo tóxico como es el resentimiento. 
Hay casos en que los motivos que dan lugar al llanto son dinámicos, van cambiando, mientras que en otros se trata de causas históricas tal como cantaba José Alfredo Jiménez en “El último trago”: “Nada me han enseñado los años siempre caigo en los mismos errores, otra vez a brindar con extraños y a llorar por los mismos dolores.” Cada quien tiene sus propios motivos para llorar y aquí no hay imposición que valga; es ilustrativo el caso de Alejandro Dolina: “Mis lágrimas más sinceras han sido convocadas por viejos violinistas, vendedores de poesías y recitadores que reciben la burla de los pajarones.” 
Por otra parte no todas las formas de llorar son iguales y existen grandes diferencias tanto entre las personas como entre las naciones; en relación a ello Isaac Bashevis Singer comparte su asombro: “Es extraño, pero cada nacionalidad llora de una manera distinta.”
A veces las lágrimas nos alcanzan cuando menos lo esperábamos al estar leyendo un –aparentemente- inofensivo libro. Jesús Marchamalo da su testimonio: “Yo he llorado por ejemplo las dos veces que he leído la novela El olvido que seremos, en donde [Héctor Abad Faciolince] revive la historia de su padre, el doctor Héctor Abad Gómez, y las circunstancias de su asesinato.” Coincido con Marchamalo dado que esa misma obra me hizo llorar en muchos pasajes y el libro más reciente que me llevó a las lágrimas es “De vidas ajenas” de Emmanuel Carrère (que por cierto aprovecho a recomendar). También se llora en el cine; Thomas Mann, en una breve evocación que hoy puede resultar nostálgica, profundiza en ello:
(…) una pareja de amantes en la pantalla, un jardín auténtico con hierba que se mece al viento, dos bellos jóvenes que se despiden “para siempre”, una música de fondo compilada con los sonidos más deleitosos que hayan podido encontrarse: ¿quién es capaz de resistirse a eso? ¿A quién no se le escapan unas lagrimillas de pura emoción? El cine es materia prima, no ha pasado por ningún cedazo, vive de primera mano, una mano cálida, amistosa, y afecta como la cebolla y la raíz de eléboro, la lágrima cosquillea en la oscuridad, con digna discreción acerco la punta del dedo y la disperso por el pómulo. 
En estos días de tantos dolores sociales mantienen vigencia las preguntas que formulara León Felipe: “¿Quién no tiene una joroba y gran saco de lágrimas?/ ¿Y quién ha llorado ya bastante?”
Las familias y las escuelas deberían ayudar a expresar los sentimientos, a no tener miedo al ridículo de descomponer el rostro con la aflicción del llanto, a quitar  máscaras. 
Debemos aprender a conmovernos y compadecernos con el dolor ajeno, ello también es educación para la ciudadanía.

martes, 24 de abril de 2018

Estimulación temprana para el consumismo


Las clases sociales están claramente diferenciadas desde las primeras etapas de la vida, de tal manera que en los extremos encontramos para unos el trabajo infantil, para otros entrenamiento en el lujo. Por supuesto que niñas y niños no son responsables de estos despropósitos sino -en ambos casos aunque de manera diferente- sus víctimas, ya que al decir de Eduardo Galeano los niños pobres son prisioneros de su pobreza mientras que los niños ricos lo son de su riqueza.

En otra oportunidad nos referimos a los niños trabajadores (http://habladuriacronicasdelocotidiano.blogspot.mx/2016/03/los-ninos-postergados.html) En esta ocasión veremos una propuesta de recreación ofertada a niñas de sectores pudientes y de la que da cuenta una nota de prensa.

Manicura, pedicura, masajes, maquillaje de fantasía, tratamientos de belleza, peinados y hasta un desfile por una pasarela "top model" son las propuestas de entretenimiento de Princelandia, una empresa de ocio infantil, en la que niñas de entre 4 y 12 años se adentran en "un mundo mágico a la medida de todas las princesas". Se trata de la primera franquicia en Europa que ha desarrollado el concepto de "spa educacional". Sin embargo, su director, Miguel Ángel Parra, señala a Público que la educación es tarea de los padres y que en los centros lo que se enseña son "hábitos y conductas saludables".

Se trata pues de entrenar a las niñas para que vayan aprendiendo precozmente el modelo de mujeres que deberán ser al pasar de los años; cuanto antes lo asuman, mejor.

Ya en su apertura, Parra sostenía, como así aparece en la página web, que "Princelandia, lejos de parecer un spa tradicional, pretende innovar y revolucionar el concepto de entretenimiento y educación infantil". Así, siguiendo con la filosofía de cuidados y "sumando la parte educacional infantil, pretendemos que las más pequeñas puedan aprender a tomar los mejores hábitos de higiene y salud mientras pasan unas horas en un lugar mágico, diferente y rodeadas de toda la temática de princesas infantiles", continúa el texto.

Después de informar de tan singular propuesta de ocio infantil, la nota presenta algunas voces críticas al respecto.

Sin embargo, los valores que este sistema de "aprendizaje" fomenta no son ampliamente aceptados, sobre todo teniendo en cuenta que esas edades son cruciales para la construcción de la identidad en los niños. 
"Aprendemos jugando" es una de las premisas que recoge la web de la empresa, si bien el juego que propone Princelandia impone estereotipos de género y roles sociales que, además de prehistóricos, están muy lejos de la realidad. 
Carmona: "Es un  síntoma de una cultura anclada en patrones que encasillan al género femenino en lo accesorio" Para Júlia Mas, socióloga, este tipo de centros transmiten valores claramente sexistas, que ponen en el centro de la vida la imagen física y la perfección, además de ser potenciales generadores de bajas autoestimas. "Detrás de la definición de ocio temático se esconden mensajes dirigidos a las niñas, de lo que se espera de ellas y de a qué deben dedicar su tiempo y su ilusión: a ser princesas, coquetas y enamorar y deslumbrar con su imagen (¡a hombres, por supuesto!)", afirma. A su juicio, esto supone una alta e innecesaria "hipersexualización" de las niñas. 
La hipersexualización tiene que ver con la exaltación de la sexualidad de las niñas: miniadultas con preocupaciones y conversaciones que no se corresponden con su edad y que adoptan roles y comportamientos estereotipados.

No es de a gratis que en muchos momentos quede la sensación que la educación de los niños con miras a que puedan vivir en armonía personal y en una sociedad cohesionada, constituye una tarea que supera con mucho las posibilidades de los adultos.