Seguramente todos hemos experimentado la necesidad de
buscar ejemplos para fortalecer aquello que estamos afirmando. Se trata de
encontrar situaciones, acontecimientos, casos, que estén a favor de nuestro
argumento.
Se supone que es algo sencillo, al alcance de cualquiera,
cuando en realidad la cosa no es tan sencilla.
¿A quién no le salió el tiro por la culata cuando el
ejemplo expuesto devino en traidor, resultando un contra ejemplo de lo que
pretendíamos defender? ¿Hay alguien que en el momento de su discurso -en ámbito
privado o público- no haya tomado conciencia de que el ejemplo escogido no era
el más adecuado, por lo que tuvo que recurrir a un ardid para ponerlo a su
servicio? ¿Quién no ha sentido un enorme vacío cuando le solicitaron que
pusiera algún ejemplo de lo que acababa de sostener?
Alejandro Rossi alude a otro problema nada menor. “He
oído que las teorías buscan afanosamente ejemplos, dispuestos a todo tipo de
concesiones con tal de tenerlos de su lado.”
Por su parte Pietro Emanuele admite la ambivalencia
propia de la cuestión. “El
ejemplo tiene la ventaja de ser más comprensible que el concepto y de grabarse
más fácilmente en la memoria” pero añade que “siempre corre el peligro de
quedar impreso perdiendo toda relación con aquello a lo que se refiere.”
Resulta
impensable la transmisión de conocimientos y de ideas sin recurrir a los
ejemplos, pero debemos concluir
que hay que tener oficio en la materia.






