No sé si a usted, improbable
lector, le pase lo mismo. Reconozco que a mí me cuesta mucho cerrar etapas.
Durante algunas décadas
dediqué mucho tiempo a recorrer librerías en diversas ciudades a donde me
llevaba el trabajo. Compré libros nuevos y también usados o, como algunos
prefieren, ya leídos. En estas adquisiciones me guiaban dos líneas: aquellos que
podían apoyarme en mi trabajo, mientras que el otro objetivo consistía en buscar
textos que pensaba podrían interesar en una biblioteca pública (de preferencia
en mis rumbos, el Pueblo de Santa Cruz Atoyac). Una biblioteca para lectores
dispersos con una gran variedad temática que pudiera atraer a quienes no son lectores
habituales y, de ser posible, que pudiera convertirse en centro de propuestas
culturales.
Los libros los guardaba en mi
departamento, día a día iban ganando espacio hasta que se apropiaron de la
mayor parte del espacio, era un intruso entre ellos. Lo que para algunos pudo
haber sido un infierno, para mí era el paraíso.
A medida que iba sumando años
me llegó la pesadilla (nada original por ser tan común entre los aficionados a
los libros) de la posibilidad que cuando muriera aquel acervo (integrado por
aproximadamente 3.000 libros) reunido con tanta persistencia pudiera ir a dar a
la basura. Aquello empezó a preocuparme y fue así que pensé en donarlos a una
institución pública. Más que de generosidad, se trataba de hacer un pequeño
aporte frente a lo mucho recibido en tanto tiempo de vivir aquí.
En años recientes toqué varias
puertas sin obtener la respuesta esperada.
Hasta que hace un par de
semanas me llegó la información que la Fundación Elena Poniatowska recibía
donaciones bibliográficas con el propósito de distribuir libros en escuelas,
bibliotecas e instituciones comunitarias que pudieran necesitarlos.
Y para no hacer el cuento
largo, ayer entregué los libros (aclaro que no quedé en el desamparo bibliográfico,
conservo una reducida biblioteca).
Planificar la logística no hubiera sido posible sin el invalorable apoyo de mi amigo Raúl Zarabozo, a quien mucho agradezco.
Para el transporte contraté a una pequeña empresa
familiar de mudanzas y afines, que ofrecen sus servicios frente a donde vivo. Fueron
sumamente profesionales, aunque su camión no es muy moderno que digamos.
Momento de sentimientos
encontrados.
Por un lado, no me es fácil
asumir que he ido acumulando años (hace décadas un amigo me decía: tu vives
como si fueras a jugar siempre en la sub 20) sin poder concretar mi añorado proyecto
de tanto tiempo. No me fue sencillo admitir la derrota parcial del sueño. Y
digo parcial porque es sabido que lo soñado no nos lo quita nadie.
Por otra parte, mucho agradezco
que hace añísimos -al decir de don Andrés Henestrosa- descubrí que en la
lectura residía una de mis pasiones y que durante mucho tiempo anduve peregrinando
tras mi sueño.
Se cierra una etapa; inicia
otra.
Así que aquí estoy tomando un
vino para consolarme y al mismo tiempo para celebrar que este proyecto de la
biblioteca para lectores dispersos ha sido un hermoso sueño.
Concluyo con el enorme agradecimiento
a la Fundación Elena Poniatowska por haber recibido la donación.
Y a los libros les deseo muy buen viaje.






