Mostrando entradas con la etiqueta Azorín. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Azorín. Mostrar todas las entradas

martes, 8 de julio de 2025

Tiempo de cambios

 

Vivimos en medio de vicisitudes que ocasionan grandes transformaciones en diversos campos del acontecer. Es así que con frecuencia se alude a la incertidumbre, imprevisibilidad, desafíos y retos de nuestro tiempo. Tal vez estas consideraciones sean de las pocas que en lograr unanimidad.

Y sin querer restarle trascendencia a lo anterior, es posible advertir que en muchos momentos de la historia se ha vivido con esta misma convicción asociada a la irrupción de tiempos adversos. Al respecto Jorge Luis Borges señalaba: “Le tocaron, como a todos los hombres, malos tiempos en que vivir”.

Azorín representa una pequeña muestra de ello cuando en 1951 afirmara: “Difícil es en tiempos normales mantenerse ecuánimes (…); más difícil cuando el mundo anda, como ahora, revuelto, soliviantado.”

Sin embargo, hubo quienes comprendieron que cambios y transformaciones lejos de manifestar decadencia social podían ser el anuncio de nuevas realidades más venturosas. Tal lo que se desprende de la conferencia “Defensa del tiempo presente” pronunciada por Alberto Lasplaces en el Centro Protección Chauffeurs de Montevideo en 1925.                                                                           

Podremos advertir que en nuestra época las ideas se discuten con empecinamiento y entusiasmo y que las muchedumbres se muestran indecisas ante distintas solicitaciones, sin saber qué camino tomar. Hay quien interpreta eso como un signo de decadencia, como la iniciación de un verdadero caos.

Lasplaces discrepa con esta manera de interpretar los acontecimientos.

A mí, al contrario, me parece muy bueno. La nuestra es una época de transición colocada entre un orden de ideas y realizaciones que ha cumplido ya con su misión histórica, y otro orden de ideas y de realizaciones que alborea apenas y del cual más o menos todos somos obreros e iniciadores.

Y propone una mirada diferente al distanciarse de quienes hablaban de ruptura en la disciplina social.

Los que se espantan de nuestra inquietud, de la agitación vibrante en que vivimos, nos censuran en nombre de la disciplina. Hasta ahora la disciplina no ha sido otra cosa que sometimiento involuntario de los más a las atentatorias imposiciones de los menos. A eso yo no le llamo disciplina sino despotismo. Lo que ansiamos y buscamos nosotros es una disciplina consciente y razonada, a la cual se adapte voluntariamente cada hombre.

Así pues Alberto Lasplaces saludaba en su conferencia de 1925 el advenimiento de esta nueva etapa que conduciría a una vida más plena. “La nuestra es una época de libre examen. De ahí que en todas partes se discuta, y haya choque de ideas y reñidos encuentros. Eso es vida. La disciplina como la entienden algunos sería acatamiento, silencio y tristeza, es decir, muerte.”

Ojalá que los cambios de nuestro tiempo también sean indicio del renacer de la vida.

viernes, 5 de junio de 2020

Seres opinantes


El hecho de vivir en la llamada sociedad de la información permite suponer que estamos debidamente informados sobre todo y, por tanto, suficientemente preparados para opinar acerca de cualquier tema que se presente. Nos sentimos prestos a opinar sobre temas disímiles de los que apenas tenemos un ligero barniz de información. Hay en ello -como sostiene Jorge Larrosa- una inocultable veta de arrogancia.

El sujeto moderno es un sujeto informado que además opina. Es alguien que tiene una opinión presuntamente personal y presuntamente propia y a veces presuntamente crítica sobre todo lo que pasa, sobre todo aquello de lo que tiene información. Para nosotros, la opinión, como la información, se ha convertido en un imperativo. Nosotros, en nuestra arrogancia, nos pasamos la vida opinando sobre cualquier cosa sobre la que nos sentimos informados. (…) Después de la información, viene la opinión. (…) se nos informa de cualquier cosa y nosotros opinamos. Y ese “opinar” se reduce, en la mayoría de las ocasiones, a estar a favor o en contra.

Y con frecuencia nuestro punto de vista consiste en repetir lo expresado por la llamada opinión pública, que suele ser opinión privada e interesada tal como lo deja en claro E.B. White: “Nunca he visto un escrito, sea político o no, que no tenga un sesgo. Todo lo que se escribe está sesgado por las inclinaciones del escritor, y ningún hombre nace perpendicular, aunque unos cuantos nazcan rectos.”

Es entonces cuando la opinión privada se disfraza con la apariencia de nobles propósitos, de  pretender la búsqueda del bien común (http://habladuriacronicasdelocotidiano.blogspot.com/2014/09/opinion-publica.html). En tiempos recientes se ha acuñado una curiosa y desvergonzada expresión: líderes de opinión.

Ahora bien frente a la suposición que la opinión existe desde que el ser humano desarrolló el lenguaje, Azorín plantea dudas de consideración.

Quevedo es el primer político de opinión. Michelet, en su Prontuario de historia moderna, dice así (al hablar del siglo XVI): “El carácter del siglo XVI, lo que le distingue profundamente de los siglos medievales, es el poder de la opinión; en ese siglo es cuando la opinión se convierte, realmente, en la reina del mundo.”

Todo parece indicar que con esto de las opiniones (privada y pública) hay que andarse con mucho cuidado porque como dice Henry David Thoreau: “Lo que hoy todo el mundo corea, o acepta en silencio como verdad indiscutible, mañana puede convertirse en error, en mero humo de opinión, que algunos confundieron con una nube, presta a derramar agua fertilizante sobre sus campos.”

Hoy como ayer, entonces, resulta fundamental mantenernos críticos frente al mero humo de opinión.

miércoles, 4 de septiembre de 2019

Los celos, una mocita sevillana y Carrizales.


Los celos suelen aparecer, en tanto sentimiento o respuesta emocional, en la persona que se siente amenazada en su vínculo amoroso; Luis Melnik se refiere a ello.

En el idioma castellano tiene varias acepciones. 
(…) su más famosa expresión se relaciona con la sospecha o inquietud que alguien siente respecto a la persona amada ante la sensación de que se ha perdido su amor o se ha ido con otro ser. Los celos se sienten o se provocan.

Por extraño que parezca –tal como añade Melnik- de allí surge la palabra que designa una estructura, generalmente hecha de madera, que se acostumbraba colocar en las ventanas.

De celos derivó celosía, ventanas que se armaban de manera que las personas que están adentro pudiesen ver a las de afuera sin ser ellas vistas. Fue usada en el harén pero quizá con el propósito inverso: ver a las de adentro sin que ellas vieran a los de afuera. Y en las casas de antaño para que las damiselas pudiesen mirar hacia la calle sin que los caminantes echaran el ojo.           
                                                                              
Ahora bien, existe abundante literatura acerca de la existencia de celos fundados e infundados, estos últimos han sido asociados desde un encare psicológico a la inseguridad personal del celoso. A este respecto Norman Mailer –citado por Carlos Fuentes- sostiene que “los celos son una galería de retratos en que el celoso es el curador del museo”. De allí que difícilmente acepte su error por más evidencias que le proporcione la realidad, porque como dice Vicente Aleixandre: “ni siquiera la prueba de lo absurdo de sus sospechas podrá consolar al celoso, porque los celos son la enfermedad de la imaginación.”

Claro está que existen celos que son respuesta predecible a situaciones propicias a la infidelidad. Azorín, retomando a Cervantes, ilustra el punto.

Felipe de Carrizales, en El celoso extremeño, de Cervantes, nos da una soberana lección. El cañamazo de la novela es éste: un viejo se casa con una niña. Cervantes va bordando. El viejo tiene sesenta y ocho años; la niña cuenta de trece a catorce. Carrizales posee pingüe fortuna: la gasta en divertirse. No se le conocen aficiones artísticas, literarias. A los cuarenta y ocho años, Carrizales viene a menos; se pasa a las Indias; en el Perú rehace su fortuna. Es hombre corrido; ha viajado por Europa. En América está veinte años; tienen, pues, a su regreso a España, los indicados sesenta y ocho. En este momento es cuando, gracias a su fortuna, logra casarse con una mocita sevillana. Carrizales, en la travesía del Atlántico, en Sevilla, al retorno, nos sorprende con sus recelos, con sus preocupaciones, con sus reconcomios, con sus inquietudes; tenemos que esté cansado, asténico, en suma neurasténico. (…)
Carrizales, recién casado, encierra a su mujer, con él, en una casa, en Sevilla, en barrio principal. Clava las ventanas; eleva los muros de la azotea; cierra las puertas; en los tapices no se representan escenas amatorias; no hay en la casa perro, sino perra; no hay gato, sino gata. No entra nadie en la mansión; no sale nadie. Van a misa los días festivos, antes de que amanezca. (…)

¿Se picó con el relato y quiere saber el final? ¿Qué sucedió con la mocita sevillana y con el tal Carrizales? Puede salir de dudas leyendo El celoso extremeño.

Y todavía hay quien dice que la lectura no sirve para nada. ¡Vaya tontería!