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martes, 21 de febrero de 2023

Un riesgo en el oficio de citar

 

Durante muchos años me he dedicado a recolectar y coleccionar citas de diversos autores que aluden a muy diferentes temas. A ello destiné un empeño digno de mejores causas que ha dado lugar a la creación del Almacén de anécdotas, citas y afines (https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEggfbqorljaIFqjy12CbnNLzuOihnZeAUEfAHmpr8G_TZ6lG3kyrWy6DKp3gJ0uzC1CNgUCMk73QxF3mnyqDVhoORB9cMRHX0nCo8DGNxag_a_FywkES1gcdVlsSJtw0Zford0R6vy8mJk/s1600/AlmacenMendive.jpg)

Reconozco que contar con ellas en mi trabajo habitual es un apoyo de consideración; sin embargo, es importante tener en cuenta los riesgos que supone. Uno de ellos es que inevitablemente a la cita se la saca de contexto, con los problemas que se derivan al momento de su interpretación; Gabriel Zaid se refiere a ello

Todo texto citado, por definición, está fuera de contexto. Está en el curso de un segundo discurso que no es el original. Transcrito o de memoria, literal o alterado, intencionalmente o no, adquiere un significado ligera o totalmente distinto, aunque la cita sea exacta. En este sentido, es obra de un segundo autor, como las traducciones o los arreglos musicales.

No faltan ejemplos de los errores de interpretación en que se ha incurrido debido a lo que venimos señalando. Uno de ellos lo presenta Luis Melnik

Voz del pueblo, voz de Dios", frase de Alcuino (Flacus, Albinus Alcuinius 735-804), erudito inglés nacido en York. En 780 viajó a Roma y en 782 se afincó en la corte de Carlomagno. Fue difusor de la cultura anglosajona y organizó la educación en el imperio franco. La expresión que pasó a la historia aparece en una carta que Alcuino le escribió al emperador Carlomagno en 800, cuando era la máxima autoridad del imperio romano. (…)   

Pero el mismo Melnik subraya la situación insólita que tiene lugar al leer la sentencia completa

"Y les digo a aquellos que dicen que la voz del pueblo es la voz de Dios, que no deberían escuchar esos clamores porque la voz de la multitud siempre está muy cerca de la insania y habitualmente privada de buen juicio".

Lo anterior le permite concluir que

No será muy simpático, pero así es la historia y los revoltijos que se arman con los sucesos. Eran otros tiempos. Otros hombres. Otras democracias. Otros populismos.

Avisados.

martes, 12 de mayo de 2020

Los best-sellers


Que los best-sellers no cuentan con la simpatía del gremio de los escritores (salvo, claro está, de sus autores) es algo sabido. Tan es así que hay quien se ha arrepentido de haber alcanzado la notoriedad en el mundo editorial, como fue el caso de Thomas Merton quien –según Gurutze Galparsoro- “se arrepintió muy de veras de haber escrito una vez un best-seller. Dijo que fue por inexperiencia e inadvertencia (…)”

Ahora bien, Gabriel Zaid relativiza el nivel de difusión que logran los éxitos literarios.  

En 1936, Lo que el viento se llevó de Margaret Mitchell se convirtió en la primera novela que vendió un millón de ejemplares en un año. Alexandra Ripley escribió una continuación (Scarlett) que vendió 2.2 millones de ejemplares en los últimos cien días de 1991, convirtiéndose así en “la novela que más rápidamente se ha vendido en la historia, y también (en unos cuantos años) en la más rápidamente olvidada” (Michael Korda, Maing the List. A Cultural History of the American Bestseller 1900-1999).

Sin embargo, cuando Zaid echa números llega a conclusiones asombrosas.

Este máximo histórico significa 22,000 ejemplares diarios, 154,000 por semana. Según John Tebbel (Between Covers: The Rise and Transformation of American Publishing), por entonces había “más de 100,000 puntos de venta, desde librerías hasta supermercados y puestos de periódicos”. Lo cual quiere decir (restando clubes de libros, ventas por correo, exportación) que, en esos cien días extraordinarios, las ventas alcanzaron aproximadamente un ejemplar por semana, en cada punto, en promedio. Y estamos hablando de un máximo histórico.

Pero claro que al confrontar estas cifras –continúa Zaid- con las de un libro que habita en las librerías sin mayor pena ni gloria, la cosa cambia. “Un libro normal, ni vende tanto, ni puede estar en todas partes. Está, digamos, en cientos de puntos y en cada uno vende décimas o centésimas de un ejemplar por semana.”

En otro momento pasaremos lista a algunas de las razones que inciden para que un libro alcance la categoría de best-seller pero ahora haremos un adelanto con la desopilante explicación de Andrés Trapiello.

(…) porque como todo el mundo sabe, el papel nuevo recién guillotinado huele un poco a opio, y tiene efectos anestésicos. Por esa razón en las editoriales, encuadernaciones e imprentas la gente suele trabajar tan ralentizada, a causa de la invasiva inhalación estupefaciente de polvo de pulpa de papel. Está acreditado. Como lo está el hecho de que los fabricantes de papel, y eso desde los tiempos en que se llamaban laurentes, le echan a la pasta de papel sustancias narcotizantes, igual que hacen las tabacaleras con el tabaco, para adictar a la gente a la lectura.

Y para poner evidencia la contundencia de su argumento, Trapiello concluye: “De no ser así, ¿podrían explicarse los éxitos de tantos best sellers?”

viernes, 3 de abril de 2020

Consejos para escritores


Ya hemos visto que los instructivos para ser buen escritor suelen tener escasos o nulos resultados. Ahora nos vamos a referir a otra cosa, a las sugerencias que ofrecen algunos escritores a quienes quieran incursionar en este arte.

A la pregunta obligada de ¿qué se necesita para escribir o para escribir bien?, Juan José Millás responde: “Talento y deseo. Con frecuencia, el talento es hijo del deseo.” Mientras que para William Faulkner “un escritor necesita tres cosas: experiencia, observación e imaginación”. Por su parte Miguel Delibes apunta lo que no se necesita: Para escribir un buen libro no considero imprescindible conocer París ni haber leído el Quijote. Cervantes cuando lo escribió, aún no lo había leído.”

En cuanto al inicio del texto, Marcelo Cohen lo dice todo al tiempo que no dice nada: Que el origen del relato sea una tenue melodía.” Alejandro Zambra comparte de manera sintética la forma en que trabaja “(…) yo escribo boceteando, sin planes, a la espera de una frase que no siempre llega. Pero a veces la frase llega y llama a otra y así”. Pero para que la frase llegue será necesaria –de acuerdo a José Jiménez Lozano- una buena dosis de paciencia.

La larga paciencia que precisa la escritura, y el don que se te hace cuando por fin se puede escribir están expresados estupendamente en Kafka: “No es preciso que salgas de tu casa. Sigue sentado a tu mesa y escucha. No escuches siquiera, sólo espera. Ni siquiera esperes, quédate absolutamente silencioso y solo, el mundo vendrá a ofrecérsete a ti para que le desenmascares: extasiado ante ti, se retorcerá”.
No sé, quizás solo se trate de que en medio de esa soledad y ese silencio haya un relámpago, que aparezca un rostro, que oigas claro lo que en mucho tiempo sólo has oído en un susurro ininteligible.

Todo escritor anhela que el lector lo acompañe hasta el final de su libro, que no deserte a mitad de camino. Para ello siempre será conveniente tener en cuenta lo expresado por Voltaire: “El único género que no está permitido es el aburrido.”
En otro orden de cosas, Truman Capote –citado por José Jiménez Lozano- reconoce que el momento crucial en su trayectoria fue cuando entendió la diferencia entre escribir y escribir bien.

Escribí relatos de aventuras, novelas de crímenes, comedias satíricas, cuentos que me habían referido antiguos esclavos y veteranos de la Guerra Civil. Al principio fue muy divertido. Dejó de serlo, cuando averigüé la diferencia entre escribir bien y mal; y, luego, hice otro descubrimiento más alarmante todavía: la diferencia entre escribir bien y el arte verdadero; es sutil pero brutal.
Y no puede faltar un clásico en este tipo de recomendaciones: dejar descansar el texto, tal como señala Ana Arzoumanian.

Siempre sucede la misma recomendación: dejar descansar el texto antes de convertirlo en libro. En las conversaciones entre amigos escritores, con editores: lo mejor, dejar dormir el texto. Cerrar las persianas de la tarde, correr las cortinas y propiciar a que el texto sueñe su sueño.

Sabida es la distancia entre lo que se debe hacer y lo que se hace; Arzoumanian no es ajena a ello. “Nunca hice caso a esa recomendación. Nunca pude.”

Finalmente, con la lucidez y precisión que lo caracteriza, Gabriel Zaid recomienda a los escritores ser cuidadosos con la economía en el tiempo de lectura.

Que un escritor dedique dos horas a ahorrarle un minuto al lector es absurdo, si el texto es un recado a su secretaria. Pero, si se trata de un libro con 12 mil lectores, cada minuto representa un beneficio social de 200 horas, frente a un costo de dos: el beneficio es cien veces mayor que el costo.

Se trata de mostrar respeto por el tiempo del lector y Zaid finaliza su análisis en forma contundente. “El costo de leer se reduciría muchísimo si los autores y los editores respetaran más el tiempo del lector. Si no se publicaran los textos que tienen poco que decir, o están mal escritos, o mal editados.”

viernes, 13 de diciembre de 2019

Libros editados por el enemigo


Existen algunos libros de diseño espectacular al tiempo que de muy difícil lectura porque -entre otras incomodidades- el reflejo que producen al intentar leerlos es mucho peor que el de uno de esos días en que el sol brilla por unanimidad. Al cabo del tiempo he aprendido a mantenerme a prudencial distancia de ellos, aunque sea una descortesía hacia quienes los envían de obsequio con motivo de las fiestas decembrinas.

Pensé que era cosa mía hasta que di con dos breves comentarios al respecto firmados por dos reconocidas autoridades en la materia. El primero de ellos es de Gonzalo Celorio

Las instituciones bancarias hacen libros bellísimos, lujosos, espléndidos, que no se leen. En el mejor de los casos, desenvuelto el regalo, se hojean y se ojean. El papel couché, tan bueno para la reproducción fotográfica, lastima la vista del lector, que tiene que torear los brillos enceguecedores.

La otra nota corresponde a la autoría nada menos que de Gabriel Zaid

Muchos libros costosísimos que publican las grandes empresas para celebrarse a sí mismas, o como regalo de Navidad, siguen el mismo camino: de la celulosa convertida en papel impreso al papel impreso convertido en celulosa. Pero no importa. En los circuitos del aparato resonador, lo importante es que la celulosa reciclada una y otra vez genere resonancia, no lectura.

A este respecto me permito realizar una pequeña sugerencia. Si son publicaciones de casas bancarias, que en vez de editar estos libros bajen las tasas de interés. En caso que sean de instituciones públicas que en lugar de editarlos reduzcan los impuestos.

Al fin que los libros no se leen (aunque pensándolo mejor tal vez se trate de publicaciones para ver y lucir; no para leer).

viernes, 4 de octubre de 2019

Sócrates en apuros


No cabe duda que el ritmo en que transcurría la vida en la Grecia clásica era muy diferente al de hoy. De allí que Gabriel Zaid señale que Sócrates se hubiese visto en nuestros días en severos aprietos para legar sus enseñanzas.

Una conversación inteligente, como la Sócrates y Fedro, que se encuentran en la calle, se ponen a hablar de un escrito ingenioso de Lisias sobre el amor y se van caminando hasta las afueras de Atenas para discutirlo, sólo es posible en un mundo subdesarrollado, de baja productividad y tiempo ocioso. En el mundo moderno, yendo cada uno en su automóvil a lo que va, con el tiempo justo para llegar, Sócrates y Fedro no se encontrarían. Y, en el remoto caso de que se cruzaran, sería difícil que encontraran lugar para detenerse, ya no digamos tiempo. Porque no sería de esperarse que, como un par de irresponsables, cancelaran sus planes y se fueran a conversar.

Esta aceleración en la que vivimos –continúa Zaid- presenta un obstáculo de consideración a la difusión de su obra: no hay tiempo para adentrarnos en las reflexiones y especulaciones del maestro.  

Ante la disyuntiva de tener tiempo o cosas, hemos optado por tener cosas. Hoy, es un lujo leer a Sócrates, no por el costo de los libros, sino del tiempo escaso. Hoy, la conversación inteligente, el ocio contemplativo, cuestan infinitamente más que acumular tesoros culturales.

Al problema de la falta de tiempo hay que sumar, siempre de acuerdo con Gabriel Zaid, la exigencia de productividad que caracteriza a la cultura actual, lo que hubiese significado que la trayectoria académica de Sócrates encontrara con dificultades insalvables.

Hemos llegado a tener más libros de los que podemos leer. El saber acumulado en la cultura impresa rebasa infinitamente los conocimientos de Sócrates. Hoy, en una encuesta de lectura, Sócrates quedaría en los niveles bajos. Su baja escolaridad, su falta de títulos académicos, de idiomas, de currículo, de obra publicada, no le permitirían concursar para un puesto importante en la burocracia cultural.

Lo anterior parecería confirmar, según concluye Zaid, el acierto de su crítica ante la escritura: “los simulacros y credenciales del saber han llegado a pesar más que el saber”.

jueves, 4 de mayo de 2017

Clasificaciones ideológicas


No es fácil prescindir de ellas y hacerlas a un lado, pero a veces ¡qué poco ayudan a entender! Me refiero a las categorías habituales en que se divide a los sectores políticos. Está el caso de: izquierda-derecha que seguramente en algún momento -desde tiempos de la Revolución Francesa- fue útil pero que hoy aclara muy poco, tal como lo pone de manifiesto Gabriel Zaid

Ni la izquierda ni la derecha son el bien (o el mal). Se puede estar bien o mal en esto o en aquello, pero no se puede ser el bien o el mal.
Ni la izquierda ni la derecha son el valor absoluto que se enfrenta al antivalor absoluto. Hay valores que defiende la izquierda, valores que defiende la derecha y valores que pasan de unas banderías a otras. Por eso, el ontologismo produce confusiones. Si todo lo bueno para la sociedad tiene que ser de izquierda y resulta que en tal caso lo bueno es lo que defendía la derecha, ¿lo reaccionario se convierte en revolucionario?

Algo parecido acontece con otra pareja antagónica: liberales-conservadores; el mismo Zaid presenta situaciones concretas al respecto.

Abundan los ejemplos de valores conservadores abanderados hoy (o en algún otro momento) por la izquierda: La conservación de la naturaleza, de las especies, del ambiente. La conservación de las lenguas, de los clásicos, de las tradiciones, de los usos y costumbres. La conservación de lugares, monumentos, obras de arte, libros, objetos y documentos históricos. La conservación de la vida y la salud física y espiritual. La conservación de los valores religiosos, familiares, patrióticos. La conservación de la identidad nacional frente a los Estados Unidos, las trasnacionales y el darwinismo global.

No es menor la confusión en torno a: progresistas-retrógradas. Para referirse a ello, Gabriel Zaid evoca a Leszek Kolakowski quien “se adelantó a la incertidumbre que estaba por llegar publicando un credo personal donde integra ideales conservadores, liberales y socialistas.” Y añade que Kolakowski “recuerda una frase que escuchó en un tranvía repleto de la Polonia comunista. El conductor les dijo: Por favor, avancen hacia atrás.” En relación a ello algún otro autor ha señalado que “el futuro está en el pasado”, aludiendo de esa manera a la existencia de trabajos más estables, nivel de la escuela pública, regímenes jubilatorios, sistemas de salud pública, etc.

Hay quienes consideran que en estos tiempos -en que tantos políticos se enriquecen inexplicablemente- la honradez deviene en valor revolucionario. Así las cosas, emerge una nueva clasificación: la que discrimina entre honestos y corruptos.


martes, 13 de diciembre de 2016

Citas aproximadas, hechizas y apócrifas


Hay frases que al ir pasando de boca en boca (o de pluma en pluma) se han ido transformando. Gabriel Zaid –reconocido estudioso del tema-, proporciona algunos ejemplos.

Pocos han leído a Lord Acton, pero muchos citan aquello de “El poder corrompe”, aunque la frase (nunca publicada por el autor, sino escrita en una carta) es: “El poder tiende a corromper, y el poder absoluto corrompe absolutamente” (Lord Acton, Essayhs on freedom and power, ed. Gertrude Himmelfarb). Así también (incluso en compilaciones respetables) hay dos o tres versiones diferentes de la frase de George Santayana “Los que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo”, aunque consta en un libro (The life of reason).

Puede suceder que la expresión en su versión difundida mejore notablemente la original, tal como precisa Zaid. “De igual manera que una traducción puede mejorar el original (en Otras inquisiciones, ‘Sobre el Vahtek de William Beckford’, Borges hace la broma de que ‘El original es infiel a la traducción’), el texto original de muchas frases célebres pueden ser decepcionante, frente a la cita de memoria.”

Por su parte Andrés Trapiello alude a una cita que suele citarse en un sentido diferente al original. “(…) ‘con la Iglesia hemos topado’ (…) Mucha gente cree [que el famoso caballero afirma esto cuando junto a Sancho llega al Toboso], pero lo que dice don Quijote es ‘con la Iglesia hemos dado’ al chocar con el edificio.”

También están aquellas frases que se adjudican a autores totalmente inocentes al respecto. Hay casos en que aun en el error se mantiene la fidelidad, tal como lo ilustra Zaid: “Ya no se lee a Jean-Baptiste Say, pero se cita su famosa ley (‘La oferta crea su propia demanda’), que nunca escribió, aunque es un buen resumen de su posición al respecto (Thomas Sowell, Say’s Law: An historical análisis).” Eduardo Galeano se interesa por una expresión que ha alcanzado gran difusión: “Don Quijote jamás pronunció la más famosa de sus frases. ‘Ladran, Sancho, señal que cabalgamos’ no figura en la obra de Cervantes. ¿Qué anónimo lector habrá sido el autor?” (no faltaba razón a Enrique Jardiel Poncela cuando afirmaba que “el Quijote es un libro del que todos hablan y que nadie lee”). La muy difundida frase de “Dios dijo: ‘¡ayúdate que yo te ayudaré!” parece no estar en ningún pasaje de la Biblia.

Para concluir merece citarse –y aclaro que la atribución responde a la fuente original- a Jorge Ibargüengoitia cuando afirmaba que “(…) el oficio de inventar frases célebres es mucho más difícil y complicado que el de decirlas de chiripa”.

jueves, 25 de febrero de 2016

Leer sin leer


Los datos que resultan de las encuestas sobre el hábito de la lectura, están lejos de ser alentadores dado que son muchas las personas que no leen. Pero ahora no nos referiremos a ellos sino a quienes leen sin leer, que existen aunque usted no lo crea.


Por una parte están aquellos que prefieren los libros platicados; Renato Leduc presenta un ejemplo de ello: “El matador de toros Manolo Martínez confiesa que le fastidia leer libros, que le gusta más que se los platiquen.”
                                                                            

Otra variante está dada por algunos cursos de lectura veloz, excesivamente veloz, a los que alude Woody Allen.


(…) este curso aumentará la velocidad de lectura un poco más cada día (…); el estudiante deberá leer Los hermanos Karamázóv en quince minutos. El método se basa en echar un vistazo a la página y eliminar del campo visual todo menos los pronombres. Pronto se eliminan también los pronombres.


En esta misma línea, Woody Allen presume logros: “Hice un curso de lectura rápida y fui capaz de leerme ‘Guerra y paz’ en veinte minutos. Creo que decía algo de Rusia.”


Contra lo que podría suponerse la no lectura también es habitual -vaya paradoja- en personas muy leídas; Gabriel Zaid ilustra el punto


Un excelente editor holandés, Carlos Lohlé, me contó alguna vez cómo ascendió, de alto ejecutivo de una editorial europea a editor marginal en Buenos Aires. La trasnacional se metió en problemas publicando un libro que traía barbaridades imperdonables. Se hizo una investigación a fondo en todos los departamentos, y resultó que nadie lo había leído.
"¿Cómo podemos publicar libros que no leemos? Porque no estamos organizados para leer, sino para alcanzar metas de crecimiento, producción, ventas, rentabilidad. Si yo leyera personalmente todos los libros que publico, ¿cuántos podría publicar? Poquísimos, porque tengo que leer diez para publicar uno; y, si no tengo tiempo de leer más que dos o tres por semana, no puedo publicar más que uno al mes."
Admirablemente, Lohlé aceptó sus conclusiones y renunció, para poner una editorial donde pudiera responder de cada libro (…)


Por otra parte en algún momento difícil de precisar, se difundió el acto de leer sin leer lo que dio lugar a una joya de la jerga educativa: el concepto de lectura de comprensión.

Y finalmente está quien se reconoce como lector aun cuando admite no hacerlo personalmente; el mismo Gabriel Zaid da testimonio de ello


(…) Una notable (porque revela cómo el mundo académico se ha vuelto burocrático, y tiende a modelarse en la figura del ejecutivo, no del lector) empieza con la extrañeza de un director de tesis ante cierta afirmación: ¿Cómo puede usted decir tal cosa, si su bibliografía incluye tal libro? ¿Lo ha leído realmente? Breve respuesta ejecutiva: No personalmente.


Sin comentario.

martes, 30 de junio de 2015

El vínculo entre gobernantes y escritores


La relación entre intelectuales (escritores en particular) y gobernantes tiene lugar dentro de un amplio espectro de posibilidades. De la plena implicación y alineamiento (que incluso en algunos casos llega a ser franca amistad) hasta la oposición radical y descalificadora. La primera posibilidad puede darse con o sin prebendas y privilegios; la segunda, a veces, deriva de haber quedado excluido de la nómina. Claro que existen intelectuales modelo intachable: aquellos cuya conducta se orienta exclusivamente en función de sus principios, valores y convicciones.


Así como los romances no han sido escasos, tampoco los distanciamientos, que a veces se transformaron en enfrentamientos. Los trágicos acontecimientos del 2 de octubre de 1968 llevaron, por ejemplo, a que Octavio Paz renunciara a su cargo de embajador en India (asunto cuyos bemoles son discutidos hasta la fecha).
 

Otra controversia (no ajena a lo anterior) tuvo que ver cuando el ex presidente Gustavo Díaz Ordaz fue designado, en 1977, como embajador de México en España (el primero después de cuarenta años de ruptura en las relaciones diplomáticas). Como protesta a dicha designación, Carlos Fuentes –reservándose su derecho a que “cada quien elige a quien le da la mano y con quien se sienta a la mesa”- presentó inmediatamente su renuncia a la embajada de México en Francia agregando que desde la matanza de Tlatelolco “(…) manifesté mi repudio a Díaz Ordaz”.
 

El conflicto fue creciendo y sus protagonistas pasaron de los hechos a las palabras. Relata Carlos Monsiváis que el 12 de abril de 1977 un periodista le hizo una pregunta a modo al ex presidente Díaz Ordaz: “-¿Cree usted como político, como mexicano, como ideólogo que esa persona (Fuentes) tomó decisiones propias o fue maquinado en la capital de la República?” En su atrevida respuesta, Gustavo Díaz Ordaz quiso darle una clase al reconocido escritor.
 

-Lo único que les puedo decir a ustedes es que me dio mucha risa. Y quizá esté un poco confundido. Yo no lo he saludado y ni se crea que lo voy a invitar a comer… Tampoco me había enterado de lo que él dice de su “repudio” (y entre paréntesis no se dice “repudio”. Repudiar quiere decir repeler a la mujer propia, rechazar o no aceptar una herencia. Siempre es bueno que los literatos usen correctamente el idioma).
 

Es peligroso esto de ponerse a corregirle la plana a los escritores, que por lo general son buenos conocedores de su oficio. Y fue un compañero de gremio de Carlos Fuentes, nada menos que Gabriel Zaid quien tomó la palabra para clarificar el asunto.
 

Siempre es bueno que los políticos usen los diccionarios. Pero sería mejor que los usaran correctamente. Si Díaz Ordaz supiera escuchar, sabría perfectamente que repudio sí se dice, y sabría también lo que quiere decir. Pero parece que no se había fijado en la palabra hasta que se la espetaron; que no la entendió; que, muy recomendablemente, acudió al Diccionario de la Academia; pero que no lo supo leer.
Usar correctamente un diccionario no consiste en obedecerlo. Hay que juzgar a las autoridades, aunque eso le parezca inconcebible a una mentalidad autoritaria. No es la autoridad, sino la sociedad, la que impone el “se dice”. No es la autoridad la que da el buen decir, sino el buen decir (a juicio de la sociedad de hablantes, lectores y escritores) el que da autoridad.
Si Díaz Ordaz hubiera sabido usar el Diccionario, no se habría limitado a repetirlo autoritariamente: habría visto que falla en la palabra repudio. (...)
Repudiar a Díaz Ordaz, que se declaró responsable pero nunca rindió cuentas satisfactorias de la matanza de Tlatelolco, es perfectamente legítimo: es negarle el consentimiento, no querer tener parte en el contrato social a través del cual su intervención pudiera considerarse legítima. Es desautorizarlo (denegarlo, denunciarlo, desairarlo, desconocerlo, desdeñarlo, desecharlo, despacharlo, despedirlo, despreciarlo, devolverlo) como autoridad. Es declarar su intervención recusable, rechazable, repelente, reprensible, reprobable, reprochable, repugnante, repulsiva.
 

Desconozco si frente a estas precisiones, que culminan con tan amplio surtido de  sinónimos, el ex presidente ensayó algún tipo de réplica. Supongo que no.

 
Por su parte Adolfo Gilly proporciona otra variante –por cierto que más lúdica- de estos encuentros (que también tiene que ver con uno de los principales protagonistas del caso de Tlatelolco).


Jorge Luis Borges contó que Luis Echeverría, por ese entonces presidente de México, lo recibió y le dijo que le interesaba mucho la literatura y había leído sus libros y tenía la colección completa de la revista Sur. Borges (dice él y estoy dispuesto a creerle) le contestó con su voz suave de poeta ciego: “¡Cuánto me agrada saludarle, señor Presidente, y saber que hay presidentes que saben leer”.