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lunes, 28 de octubre de 2019

Un prólogo que no lo es


Hace tiempo que en este espacio dedicamos un artículo a los prólogos (http://habladuriacronicasdelocotidiano.blogspot.com/search/label/prólogos). Ahora trataremos de un prólogo que no lo es.
La escritora Mercedes Pinto le pidió al también escritor y diplomático José Rubén Romero que escribiera el prólogo para su libro Él (México, Editorial B. Costa-Amic, 3ª ed., 1948). Cabe acotar que dedicamos algunos artículos tanto a Mercedes Pinto como a la obra mencionada.
El prólogo inicia con una reflexión acerca del lugar que suele ocupar en la obra publicada.
Tengo ideas muy personales respecto al papel que desempeñan los prólogos en los libros. Muchas veces un prólogo malo es capaz de matar un buen libro. Cuando yo comencé a leer asiduamente, leía los libros desde el prefacio hasta el epílogo, pero poco a poco vine a darme cuenta de que el prólogo –generalmente ajeno- me restaba voluntad para continuar la lectura ya fuera porque me daba a conocer una parte del argumento de la obra y, por lo tanto me quitaba interés o porque la opinión del prologuista pocas veces resultaba de acuerdo con la mía.
De tal forma que el prólogo en vez de ser una ayuda puede convertirse –y lo hace con frecuencia- en un obstáculo para disfrutar la obra. Pero hay otras cuestiones –señala J. Rubén Romero- que perjudican al lector.
Los elogios contenidos en un prólogo ajeno suenan un poco a moneda falsa y las censuras, por más discretamente que se expongan previenen desagradablemente al lector. Esto me recuerda un caso curioso en los anales de la diplomacia. Refieren que llegó a un [país] oriental un enviado europeo debidamente acreditado con las cartas autógrafas que en estos casos son de rigor, copias de cuyas cartas presentó en la Cancillería del país a que iba destinado. Pasaron largos días sin que se le anunciara la fecha en que solemnemente sería recibido por el Jefe del Oriental País, y al inquirirlo, un alto funcionario le contestó que su Soberano desistía de admitirlo a su presencia en virtud de que las cartas credenciales pedían disculpas anticipadas de cualquier falta que en su labor pudiera cometer el Embajador y en prevención de que incurriera en alguna se cancelaba su agreement para no exponer al Emperador a una descortesía del plenipotenciario.
Haciendo un paralelo con esta experiencia de su vida diplomática, Romero afirma que “es frecuente que con las explicaciones del prólogo el lector cierre el libro sin leerlo”, por lo que al llegar a este punto se encuentra en una encrucijada porque si escribe lo habitual en estos casos, llegaría a contradecirse en forma flagrante. Ante ello optó por otro camino, no referirse al libro sino a la autora.
Yo no quiero salirme de mis costumbres literarias emitiendo en un prólogo de circunstancias opiniones sobre “Él”. Que el curioso lector avance por sus páginas sin que le sirva de guía. No soy Virgilio para bajar al infierno de una vida torturada llevando a Dante de la mano. Pero si por las razones impersonales que expongo no presento a “Él”, si me siento obligado a hablar tiernamente de “ella”, de ella que merece un pedestal como mujer generosa y como madre abnegada, como luchadora incansable en beneficio de la humanidad, como escritora sincera y profunda cuya inquietud es capaz de remover el mundo, y “ella” claro está, es Mercedes Pinto a quien muchas gentes conocen y admiran, pero no tanto como ella se merece. (…)
Yo conocí a Mercedes Pinto en la Habana y alguna vez tuve la tentación de escribir una novela inspirada en su vida, pero me faltaron alientos para emprender un trabajo tan grande, porque la vida de Mercedes es grande y fecunda y yo no tengo las facultades psicológicas que se requieren para hacer una obra maestra. Que lo intente quien tenga fuerza para ello, con la certidumbre de que tiene cantera suficiente para hacerse famoso. Yo, me resigno con trazar estas líneas tan pobres de expresión (…)
En lo dicho, estamos ante un prólogo muy poco convencional.

martes, 4 de junio de 2019

Mercedes Pinto/4


En el artículo anterior, siguiendo el análisis de Raquel Capurro, nos centramos en la confluencia de la novela “Él” de Mercedes Pinto con su propia vida.

A mediados del siglo XX, en una de esas coincidencias improbables de la vida, la escritora y Luis Buñuel se encuentran en México. El cineasta se interesó por la novela y logran el acuerdo que permite llevarla al cine. Pudiera ser que Buñuel se sintió reflejado en los celos de Francisco, el protagonista, tal como parecería haber admitido según la nota de Wikipedia.

“Quizá es la película donde más he puesto yo, hay algo de mí en el protagonista”, son las palabras textuales de Buñuel sobre la película, que calificó como su favorita.

Lo anterior parece confirmarse en el testimonio de Jeanne Rucar, su esposa durante 50 años, quien da cuenta de ello en sus Memorias de una mujer sin piano; a manera de ejemplo –afirma- en una ocasión “Luis me dijo: ‘No es decente Jeanne, se te ven las piernas’, y dejé de hacer gimnasia…”. Por su parte Elena Poniatowska cuenta que en una conversación ella le preguntó: “¿Viste la película Él con Arturo de Córdova? Bueno, pues ése es Luis”.

Otras opiniones sostienen que Buñuel pudo haberse inspirado, además de en la novela de Mercedes Pinto, en Pedro García de Orcasitas -marido de su hermana Conchita- quien también parece haber tenido algunos rasgos paranoicos. Asimismo hay quien afirma que durante cierto tiempo Buñuel pasó bastante miedo pues el protagonista era copia de un militar vecino suyo, paranoico y violento.

El rodaje de la película –de acuerdo a datos obtenidos en Wikipedia- fue muy breve, dio inició el 24 de noviembre de 1952 y terminó el 27 de enero de 1953 en los estudios Tepeyac. Los papeles protagónicos estuvieron a cargo de Arturo de Córdova (Francisco) y Delia Garcés (Gloria), mientras que la fotografía fue de Gabriel Figueroa.

Se estrenó el 9 de julio en los cines Chapultepec, Lido y Mariscala. Aquello resultó un fracaso total; el público se reía en medio de aquel drama. Esto no debe haber asombrado a Buñuel ya que algunas escenas de celos de Francisco eran tan extremas que –me contaba mi amigo, el actor José Carlos Ruiz- durante la filmación Arturo de Córdova protestaba: “¡Don Luis, el público se va a reír!” A lo que Buñuel replicaba: “No se preocupe, eso es lo que quiero”.

"Si duró tres semanas en la sala, se debió al nombre de Arturo de Córdova, que ocupaba mucho cartel" según palabras del propio Buñuel. A pesar del fracaso que tuvo en su tiempo, la película Él es considerada como una de las obras maestras de Luis Buñuel.

En Wikipedia encontramos otro dato de interés, que parece fidedigno ya que Raquel Capurro también lo mencionó.

Lacan proyectó la película en la Escuela de Psicopatología de París, bajo el título: “El estudio científico de un psicópata”. “Lacan dijo que si queríamos saber, y aprender mucho, acerca de la neurosis obsesiva… debíamos leer el historial clínico del hombre de las ratas. Uno de los psicoanálisis freudianos más importantes. Pero… si queríamos saber, y aprender mucho, acerca de la paranoia dijo que debíamos ver la conocida película de Buñuel Él. 

También encontramos en Wikipedia otros apuntes que añaden mayor información acerca del contenido del film.

En esta película, Buñuel demuestra sus obsesiones más evidentes como son la religión, escenas de campanarios e iglesias, o su gusto por la entomología (…) 
Y sobre todo, la obra desprende un gran fetichismo, como los planos de los zapatos de Gloria (Delia Garcés), son más que evidentes. Otra obsesión de Buñuel es, por ejemplo, la escena en la cual Francisco entra en el dormitorio de Gloria con una cuerda, una aguja, hilo y una hoja de afeitar, lo que pretende Francisco es coserle la vagina para comprobar que le es fiel. En la película Buñuel no olvida su legado surrealista y es el propio delirio de Francisco (sobre todo en la última escena) el surrealismo de la película. (…)
En la película, Buñuel hace numerosos movimientos de cámara en espacios muy cerrados: la casa, el compartimento del tren, la iglesia, el monasterio, dando una sensación agobiante. Los escenarios, hechos por Edward Fitzgerald se rodaron todos en un estudio, exceptuando algunas escenas que se filmaron en exteriores.

Cabe acotar que se han publicado diversos libros (mismos que no hemos tenido oportunidad de consultar) sobre la vida de Mercedes Pinto, entre ellos: Alicia Llarena González. “Yo soy la novela: vida y obra de Mercedes Pinto”. Santa Cruz de Tenerife, Cabildo de Gran Canaria, 2003; Juan José Armas Marcelo. “Mercedes Pinto, una sombra familiar”. Santa Cruz de Tenerife, Tauro-Ministerio de Cultura, 2009 y Raúl Ronzoni. “Mercedes Pinto. Indómita y seductora…” Montevideo, Fin de Siglo, 2013.

Para concluir digamos que Mercedes Pinto –quien casi hasta el final de su vida colaboró en el suplemento Jueves de Excélsior- murió en la ciudad de México el 21 de octubre de 1976, a la edad de 93 años. Los versos que le dedicara su amigo el poeta Pablo Neruda son parte del epitafio en su tumba del Panteón Jardín.

A Mercedes Pinto.

Mercedes Pinto vive en el viento
de la tempestad, con el corazón
frente al aire
enérgicamente sola. 

Urgentemente viva.
Segura de aciertos e invocaciones,
temible y amable en su trágica
vestidura de luz y llamas.
              Pablo Neruda

  
Mercedes Pinto
12 oct. 1883 – 21 oct. 1976
Con el amor de sus hijos,
Ana María y Mercedes
de Foronda y Pinto
Rubén y Gustavo Rojo Pinto

jueves, 30 de mayo de 2019

Mercedes Pinto/3


En el artículo anterior quedó en claro el carácter autobiográfico de la novela “Él” de Mercedes Pinto, así como el conjunto de conductas psicopatológicas que describe. Por supuesto que un trabajo de esta naturaleza necesariamente suscitaría el interés de psicoanalistas y psiquíatras que, desde diferentes perspectivas, propusieron sus análisis en torno a la novela.

Uno de estos estudios corresponde a Raquel Capurro que -con el título “Mercedes Pinto, una estrategia femenina ante la violencia doméstica”- fue presentado en el encuentro “Presencia de Mercedes Pinto en Uruguay” llevado a cabo en el Centro Cultural de España en noviembre de 2008 en Montevideo.

Mercedes Pinto se vio atrapada por su matrimonio en la relación a un hombre celoso, más aún a un hombre literalmente loco de celos, peligrosamente loco de celos. La violencia que ella relatará luego es la contra-cara de una violencia silenciada que necesitó recorrer y hacer pública cuando logra salir de esta "Cárcel de amor". 
Podemos preguntarnos por qué Mercedes Pinto no puso fin antes a esta prisión. Por qué diez años y tres hijos. No es fácil responder y ninguna psicología barata puede pretender dar una versión distinta a las que ella misma intentó construir. Para nosotros, se trata más bien de leer con rigurosidad aquello que ella escribió, pues si sabemos algo de los secretos de esa alcoba, si sabemos algo de la violencia familiar que reinaba en su hogar ello se debe a los movimientos, muy lentos quizá, pero eficientes al fin, que ella misma fue haciendo para poder pasar a otra cosa, a otra vida.

En el desarrollo de su novela queda de manifiesto el suplicio en que vive y para ilustrar la dimensión de los celos de su marido Capurro escoge una de entre tantas situaciones.

De esas escenas de celos locos, elijamos una para calibrar su entidad: Recién casados desde hacía seis días la pareja se encuentra en un hotel y tienen como vecino de cuarto a un inglés que tose con frecuencia, enfermo como está de tuberculosis. Esa tos, real, verdadera, es la materia de la interpretación que toma "Él" cuando escucha carraspeos de su mujer que se le antojan respuestas a un diálogo pautado por esos sonidos y del que queda excluido. Él hace el gesto de estrangularla, de cortarle la emisión de la voz y de la tos. Una noche se escuchan pasos y suspiros en la pieza vecina que llevan al paroxismo los celos de Él. Arremete entonces contra la puerta que separa ambos cuartos que lo enfrenta a la lúgubre sorpresa de una escena: está el inglés acostado sobre la mesa, muerto y amortajado, mientras lo velan la dueña del hotel y la sirvienta. (…)
Perseguidor, sí, pero Mercedes Pinto no deja de indicar hasta qué punto él mismo está perseguido. Campo de persecución en el que se instala la relación de ambos y en donde se sitúa la llegada de los hijos.

Capurro se detiene en la soledad con que la escritora enfrentó estos años de matrimonio, a lo que se refiere en “Él”.

Por momentos ella se juega a mantener las apariencias de un hogar normal, y busca disimular, por ejemplo ante su madre, la violencia de la que era objeto (p. 53-54). Admitir el fracaso de su matrimonio, abandonar la cuota de fascinación que Él ejercía sobre ella, son movimientos ante los cuales queda paralizada. Otras veces el terror mismo que la clava en ese lugar, la hace correr, sintiendo cerca el hálito de la muerte. Pide auxilio, pero en estas ocasiones la sociedad canaria de la época, muestra su duro rostro a la queja que esa mujer casada le presenta. Ya sea a través del abogado que le señala que no tiene testigos valederos ni heridas mortales (p. 70-71) o a través de los curas, Mercedes Pinto no encuentra salida.

Para poder llegar a esa “otra vida” que anhelaba debió elaborar un plan conformado por diversas etapas; continúa Capurro

El primer movimiento efectivo en esa estrategia fue la huida. Huir de su casa, poner distancia oceánica, irse a Madrid con sus hijos, pero previo a ello aprovechar la circunstancia del acmé mismo de la locura: el intento de suicidio de su marido. Ese "¡basta!", actuado del lado de él, bajo esa forma trágica, le permitió a ella pasar con él a otra escena: llevarlo finalmente a Madrid para una segunda internación psiquiátrica y, entonces, apoyándose en la autoridad médica, zafar de los deberes de conciencia que el catolicismo exigía de una mujer casada: la fidelidad hasta la muerte, en toda situación.
Tenemos la impresión que el acto de Mercedes Pinto, el de irse de su hogar e instalarse de incógnita con sus hijos en Madrid tuvo en ella un efecto profundo: la liberación de su capacidad de pensar y de hacer públicas sus ideas a partir de su experiencia.

A su arribo a Madrid se relacionó con integrantes de sectores vanguardistas, en particular en lo que hace a la liberación de la mujer, con lo que el proceso ingresa en otra etapa que describe Raquel Capurro.

Allí se encontró, en el Madrid efervescente de esos años, con un movimiento feminista en ebullición. Entre la casualidad y la apuesta intelectual se vio propuesta para reemplazar como oradora a una de las líderes del movimiento feminista, Carmen de Burgos, que se encontraba enferma. Según Alicia Llerena, Carmen de Burgos había sido invitada a cerrar un Mitin Sanitario en la Universidad Central de Madrid, organizado por el doctor Navarro, actividad que se había ido desarrollando en varios espacios culturales de la capital. Mercedes Pinto acepta reemplazarla: primer movimiento revelador, y luego, propone el tema.

Al igual que tantas veces aquí es posible observar que un pequeño acontecimiento –fortuito para ella- como lo fue la indisposición de Carmen de Burgos, Colombine, desencadenó o apresuró el desenlace del proceso.

La elección del tema fue clave dado que permitió unir la participación en el evento con su recorrido vital. Capurro resalta la importancia de situar al divorcio dentro de la perspectiva del higienismo.

Lo significativo para nosotros hoy es que con ese tema ella logra entroncar su trágica experiencia conyugal con el sentir y los reclamos sociales que el movimiento de mujeres estaba poniendo en el tapete. Propone: "El divorcio como medida higiénica" y aprovecha así aquello que el discurso médico promueve, a través del llamado higienismo, para engarzar el concepto mismo de higiene con el divorcio, en aras de la salud mental de los hijos como valor esencial a preservar, que justifica el divorcio de la pareja.
(…) en el caso de Mercedes Pinto la doctrina higienista le sirvió como dispositivo no sólo para justificar su huida del hogar sino para argumentar y reclamar un dispositivo legal, el divorcio, que diera a esa separación las garantías que la convivencia social debe asegurar a los ciudadanos. 
Su argumentación se apoyó, como ya lo señalamos, no sólo en la separación de un marido diagnosticado paranoico, sino en la salvaguarda de la salud mental de sus hijos. Con esta conferencia ella se embanderó públicamente con la causa de las mujeres e insertó su historia en una causa común.

Claro está que, en el entorno que vivía España en esos años, este paso le traería -como describe Raquel Capurro- nuevos problemas.

En efecto rápidamente fue llamada al orden por Primo de Rivera. Así relata ella su encuentro con quien, en ese momento, decidía el destino de España:
—¿Es usted la señorita que ha dado esta semana una conferencia sobre el divorcio, en la Universidad Central? —Sí, señor —respondí casi serenamente—. Sólo que soy señora y con hijos. ¿Y no sabe usted —continuó en voz más alta— que España tiene un concordato con el Vaticano? —No señor, no lo sabía —¡España es católica —gritó— Y no se puede consentir que se hable de cosas que Roma prohíbe! Y añadió, en voz más baja: —No lo puedo consentir, porque otros seguirían hablando de cosas, cada vez más prohibidas.... Comprendí, con su silencio repentino, que no tenía nada más que decirme, y me despedí con un leve saludo, marchándome convencida de que aquella sería mi primera y última entrevista con el que era el dueño de los destinos ¡y de la voz de España...! 
Sus amigos le aconsejan una rápida huida del país. Ya no está sola y, con aquel que será su marido cuando al llegar a Montevideo pueda legalizar su situación, Mercedes Pinto vuelve a huir, con sus hijos y a cruzar otra vez, pero en más largo viaje, el océano.

Sin embargo la huida –según Capurro- resultaría insuficiente para sanar heridas; será por medio de la escritura y la actuación que continuará su camino.

Estrategia de huida ante la persecución: ese primer movimiento que ahora repite en otro escenario se revela eficaz, pero, pronto también como insuficiente. (…)
Pero Mercedes Pinto pone de manifiesto que no se puede huir del pasado, no se puede huir de una persecución en la que se estuvo implicada.
Mercedes Pinto emprende un trabajo de escritura y publicación apenas novelada de su vida matrimonial. (…) ¿Por qué este retorno a través de la escritura a ese pasado angustioso? ¿Por qué no lo olvida todo y se forja una vida nueva sobre ese olvido?  (…)
Ni el divorcio, ni su nueva pareja, ni el Nuevo Mundo bastaron pues para quedar libre del pasado, en paz con su experiencia, y por eso la vemos emprender, con la escritura, un nuevo camino. Conjeturamos que intenta de este modo subjetivar y esclarecer su lugar en esa historia, su modo de haberse implicado en ella. Sólo así podemos situar que, luego de publicado "Él", algo se repita en 1930 cuando lleva al teatro su historia bajo el nombre de Un señor cualquiera. Accede allí a una mayor depuración sosteniendo la acción en personajes que sólo indicados por los pronombres, como mínimos apuntalamientos de identidades vacilantes. Pero tampoco esta obra fue suficiente y, en 1934, publica Ella. Trilogía pues que dice de sus retornos a la experiencia de la locura a la que se vio no sólo confrontada, victimizadas, sino a la que no vacila, con este giro en el título de esta novela, de situarse allí como implicada.

En el próximo artículo concluiremos con el tema.

martes, 28 de mayo de 2019

Mercedes Pinto/2


En el artículo anterior subrayamos el hecho que el matrimonio de Mercedes Pinto con Juan de Foronda la marcaría en forma decisiva; a ese respecto Juan Vera -siguiendo la investigación de Alicia Llarena- afirma: “Desde la misma noche de bodas descubre en su marido un extraño que intentará apartarle, excluirle de la sociedad y que desarrollará una paranoia celotípica que desencadenó, pronto, en episodios de vejaciones, humillaciones y maltratos.”

A consecuencia de ello, unos años después toma distancia de su esposo y con sus tres hijos (María Mercedes –que más adelante sería conocida en el mundo artístico como Pituka-, Ana María y Juan Francisco –muerto a muy temprana edad-) se establece en Madrid donde -continúa Vera- “conocerá a su segundo marido, el abogado madrileño Rubén Rojo, junto al que tiene un hijo (Rubén) y, embarazada del segundo (Gustavo, que nacería durante la travesía en el barco alemán “Cretel” que salió de Lisboa con destino a Montevideo). Años después, ambos hermanos también serán actores.

A partir de lo vivido en su primer matrimonio, Mercedes Pinto escribe una novela con claros rasgos autobiográficos a la que tituló “Él” (una versión sostiene que el título original fue “Pensamientos”), escrita en Madrid y publicada por primera vez en Montevideo (1926). En relación a esta obra dice Raquel Capurro

(…) inspirado en sus desavenencias conyugales y en la singularidad de los trastornos mentales de su ex cónyuge: el libro, muy exitoso, fue prologado por el psiquiatra español Gregorio Marañón y su colega uruguayo Santín Carlos Rossi. El diseño de portada correspondió al plástico, también uruguayo, Alfredo de Simone.

Después de su estadía en Uruguay (en la que abundamos en el artículo anterior), así como de breves estancias en otros países latinoamericanos, Mercedes Pinto y familia se radican en México.

Pues bien, hace unos días en una librería de viejo en ciudad de México tuvimos la agradable sorpresa de encontrar un ejemplar de esta novela (Mercedes Pinto. Él. Prólogo de Rubén Romero. México, Editorial B. Costa-Amic, 3ª. Ed., 1948). 




Era día de suerte porque resultó que además el libro tiene una dedicatoria -fechada en 1971- de la autora para Rosángela [Balbó], actriz italiana que radicara muchos años en México.




En las primeras páginas Mercedes Pinto realiza un sentido ofrecimiento de su obra.

Dedico este libro a la memoria de mi adorado Juan Francisco, el hijo que fue compañero de mi vida andariega y luchadora, sostén de mi espíritu, confidente de todos mis momentos, guardador de mis más íntimos secretos, y tortura taladradora y eterna de mis horas desde su desaparición, en los días cruentos de mi extraña odisea.
A ti, Juan Francisco de Foronda y Pinto, que fuiste para mí, amigo más que hijo, consagraré los aplausos y las bondades que la crítica y los hombres de la tierra, tengan en el curso de mi vida para mí.

Por cierto que el prólogo del reconocido escritor y diplomático mexicano J. Rubén Romero tiene algunas peculiaridades que ahora omitimos y que seguramente comentaremos en otra oportunidad.

Asimismo la autora añade un pequeño preámbulo.

Unas palabras necesarias
Este libro, escrito en Madrid y publicado por primera vez en Montevideo, llevaba en sus páginas un latido de rebeldía y un grito denunciador de opresiones y torturas en la carne y en el espíritu…
Fue concebido este libro en horas de dolor para mí y también para mi pueblo…
Por eso quise que apareciese como emparedado en opiniones diversas de sociólogos y psiquíatras, de místicos y liberales…
Las siguientes ediciones, efectuadas en varios países latinoamericanos, surgieron en épocas diferentes, en las que llegué a creer y esperar que una nueva vida más comprensiva y más buena para todos se extendería por la tierra.
En esta cuarta edición [cabe aclarar que según la portada se trata de la tercera edición] –que lleva un prólogo del gran escritor mexicano Rubén Romero, mi admirado y dilecto amigo, el mundo ha vuelto a tomar un extraño y desolado aspecto que presagia represiones, intolerancias y nuevos dolores, sobre todo para la mujer, que en tantos países continúa irredenta.

A los ojos de hoy llama poderosamente la atención que la novela quede emparedada –al decir de la propia autora- entre consideraciones del Dr. Santín Carlos Rossi (profesor de Psiquiatría de Montevideo) y el epílogo del Dr. Julio Camino Galicia (psiquíatra español e hipnotista). En el primer caso se trata de un profesional ampliamente reconocido mientras que en el segundo, tal vez por su trabajo como hipnotista, las opiniones se encuentran divididas entre quienes lo consideran un brillante médico y quienes lo tachan de hábil vendedor de humo. Como dato adicional digamos que el Dr. Camino Galicia (quien entre otros lugares trabajó en el manicomio de Ciempozuelos donde estuvo internado Juan de Foronda) era el hermano mayor del poeta León Felipe, de quien se encontraba totalmente distanciado. Según Aquilino Sánchez Nodal

León Felipe, publica “La Higuera Maldita”, incluye en el prólogo una especial dedicatoria a su hermano: -“Al doctor X que escudriña en las pobres cabezas enfermas y olvida, lamentablemente, el corazón. Al doctor X y a todos los hombres secos como él, que se alzan en la tierra sin caridad y sin amor, como este árbol siniestro, como esta higuera maldita, en el yermo”. En 1935 León Felipe publica su primera antología de “La Higuera”, en esta edición ya no se incluye el prólogo satírico de la anterior.

Pero volvamos a la novela de Mercedes Pinto. Esta tercera edición (y suponemos que lo mismo sucedió con la primera) se cierra con una serie de comentarios sumamente elogiosos hacia la obra realizados por personalidades de España, Argentina y Uruguay, de la talla de Gregorio Marañón, Alfredo Palacios, Fernán Silva Valdés, Juana de Ibarbourou, Jules Supervielle, Alberto Zum Felde y Orestes Baroffio. Ejemplifiquemos el tenor de ellos, transcribiendo el de Juana de Ibarbourou

Admirable tu libro, tan dolorido, tan impresionante. ¡Tan bien hecho! Originalísimo, además, es un triunfo en todo sentido, Mercedes.
Este libro ha de darte satisfacciones completas.

Seguiremos con el tema.

jueves, 23 de mayo de 2019

Mercedes Pinto/1


Ninguna vida es una vida cualquiera, pero es que la de Mercedes Pinto…

Nace el 12 de octubre de 1883 en Tenerife y años después un acontecimiento, al que alude Raquel Capurro, marcará definitivamente su existencia

(…) su primer matrimonio, allá en Tenerife, su ciudad natal, en donde se casó, en 1909, con el catedrático de la Escuela Náutica de Santa Cruz y capitán de marina mercante don Juan M. Foronda. La noche de bodas abrió ya un tiempo trágico de violencia que años después ella misma nos dará a conocer.
Digamos que aquello que se destaca en la violencia física y psíquica de la que fue objeto por parte de su marido son los celos enloquecidos que él puso de manifiesto.

De momento dejamos esta cuestión de lado que retomaremos en un próximo artículo.

Estando en Madrid un hecho fortuito la llevó a sustituir a Carmen de Burgos, Colombine (a quien ya hemos referido en este espacio) como oradora en un evento público; esto será una de las causas de su salida de España en 1923 tal como lo señala Eduardo Galeano.

Ella había cometido el sacrilegio de dictar una conferencia en la Universidad de Madrid cuyo título ya la hacía insoportable: El divorcio como medida higiénica.
El dictador Miguel Primo de Rivera la mandó llamar. Habló en nombre de la Iglesia católica, la Santa Madre, y en pocas palabras le dijo todo:
-Usted se calla, o se va.
Y Mercedes Pinto se fue.
A partir de entonces, su paso creativo, que despertaba el piso que pisaba, dejó huella en Uruguay, en Bolivia, en Argentina, en Cuba, en México...

¿Por qué elige Uruguay como destino? El documento de convocatoria al encuentro “Presencia de Mercedes Pinto en Uruguay” en el Centro Cultural de España en noviembre de 2008, da cuenta de ello.

La elección de Uruguay como destino se fundamentó en una red de amistades con intelectuales y pintores uruguayos iniciada en Madrid y, sobre todo, por la confianza en un país "modelo" en su desarrollo y que contaba, entre otros avances sociales, con la Ley de divorcio desde 1907. Este último punto le concernía en particular; puesto que durante casi diez años Pinto padeció una sostenida situación de violencia doméstica en su matrimonio sin solución jurídica.

A su arribo a Uruguay inmediatamente se relacionó con personalidades del ámbito cultural, encontrando de esa manera un lugar adecuado –tal como lo precisa el documento mencionado- para desarrollar sus actividades.

En Montevideo desarrolla una activa vida cultural desde su arribo, siendo -por ejemplo- la única mujer en la redacción del diario "El Día". En este medio escribirá sobre distintos tópicos incluída la crítica de arte (cabe destacar su interés por la obra de Rafael Barradas a quien conoció en las tertulias madrileñas) y, muy especialmente, sobre las actividades artísticas realizadas por mujeres (Juana de Ibarbourou, Gabriela Mistral, Alfonsina Storni, Susana Soca y otras).

Mujer de coraje e iniciativa fundó la Casa del Estudiante, importante centro cultural de gran incidencia en la formación de muchos artistas; de ello da testimonio Alberto Candeau, quien con el paso del tiempo se convertirá en una celebridad dentro del elenco de la Comedia Nacional.

Cuando me desprendí del cordón umbilical de mis veredas y esquinas, conocí la Casa del Estudiante, peña creada por una gran mujer llamada Mercedes Pinto, que, dejó una secuela cultural muy importante en nuestro país.
Su casa estaba ubicada en Minas y Guayabo; después de pasar el clásico zaguán, bordeado por dos puertas, se desembocaba en un patio de baldosas, allí hileras de sillas conformaban la platea donde nos sentábamos para escuchar a conferencistas, poetas, autores y actores de nuestro medio.
Ahí vi por primera vez a un joven delgado y elegante, que usaba corbata moñita, recitando con voz sonora y rica, eco que no parecía que saliera de esa figura estilizada y simpática, era nuestro querido amigo, Santiaguito Gómez Cou que iniciaba así sus primeros escarceos teatrales.

Al parecer la Casa del Estudiante tuvo dos locales y uno de ellos estuvo en la calle Minas (donde después se estableció la Comisaría 6ª). Allí se presentaron, entre otros intelectuales destacados, nada menos que Alfonsina Storni, Luigi Pirandello, Rabindranath Tagore y Ramón Gómez de la Serna. Este último -tal como era su costumbre y de acuerdo al relato de Manuel de Castro- no pasó desapercibido.

La visita de Gómez de la Serna fue realizada con desusada originalidad como correspondía a tan raro ingenio, quien se presentó vistiendo un traje albinegro, mitad de hombre y mitad de mujer, de sugerencias surrealistas. Los colores de tan extraño atavío hacían juego con el de las baldosas, de dominó, de la Casa del Estudiante. Allí el famoso autor de Automoribundia y Greguerías, hizo derroche de ingenio y donosura, revolucionando el ámbito tranquilo de aquel refugio de soñadores e intelectuales, con su lujo verbal, la audacia de sus conceptos y metáforas y la visión inédita y sorpresiva de seres y cosas, a través de una extraordinaria sensibilidad. Al terminar, fue asediado por el público y todos le rodearon para observar de cerca la arbitrariedad de su traje y también para gozar de su jocunda presencia.

El mismo Manuel de Castro comenta que Mercedes Pinto asistía frecuentemente a distintos eventos artísticos, “(…) los días de algún estreno importante en el Teatro Solís, aparecía por el Tupí Nambá, con su atuendo españolísimo, la escritora Mercedes Pinto, con toda su familia, siempre sonriente y dicharachera”. Y a continuación nos permite conocer el grupo de sus amigos.

Una vez (…) a la salida del Teatro Solís, y luego de detenerse en el Tupí Nambá unos instantes, dio en invitarnos para comer al día siguiente un “cocido” a la española en la Casa del Estudiante (…) Fuimos de la partida Alfredo y Esther de Cáceres, Felisberto Hernández, José María Podestá, Enrique Dieste, y el que suscribe, agregándose después Juan M. Filartigas y el pintor Alfredo De Simone. Era un día de verano excesivamente caluroso y nos instalamos en el patio del fondo, que resguardaba un tupido parral. Mientras se preparaba el “cocío”, Mercedes Pinto iba y venía desde la cocina al patio, cambiando frases con nosotros y descuidando la mayor de las veces el menester culinario a su exclusivo cargo. Resultado: la carne salió recocida en extremo y los garbanzos duros. Pero, de igual modo –vino mediante- le hicimos los honores al clásico plato español.

Al terminar la comida, la sobremesa se prolongó –continúa de Castro- con una tertulia en la que el sueño venció a Felisberto.

Al terminar el almuerzo, la dueña de casa nos instó para que escuchásemos una tragedia en tres actos y un prólogo que acababa de terminar, so pretexto de aquel ágape cordial que reunía a tantos amigos dilectos. Todos aprobamos su idea, a pesar del calor sofocante y del “cocío” ingerido. Pero hete aquí que, después de la lectura del primer acto, Felisberto Hernández, que estaba sentado a mi vera, se durmió ostensiblemente. De tanto en tanto, yo le propinaba algunos golpes por debajo de la mesa y entonces abría los ojos somnolientos, miraba a la lectora y (se) volvía a dormir. Entonces recurrí a los codazos para despertarlo y siendo sorprendido en tal actitud por Mercedes Pinto, esta me dijo, muy suelta:
-Puede usted dejarlo dormir. No lo incomode. Es la tercera vez que Felisberto escucha mi obra.

Seguramente el ambiente artístico en que crecieron fue fundamental para que en los hijos de la escritora también prendiera la vena artística. Cuenta Manuel de Castro

Bajo la influencia del ambiente de la Casa del Estudiante, cargado de electricidad lírica, he aquí que su hija Ana María de Foronda (proveniente de su primer matrimonio), en los albores de la juventud (…) dio a luz (…) un libro de cuño francamente ultraísta, modalidad poética que predominaba por aquellos tiempos (…)
De este modo, madre e hija, representaban en el propio hogar y por ende en la Casa del Estudiante, dos tendencias líricas dispares, sin que riñeran por ello, pues en poesía cada una rumbeaba por su lado, dada la liberalidad de Mercedes Pinto.

La obra de la escritora comprendió diversos géneros: entrevistas, poesía, ficción, drama, etc, tal como afirma Manuel de Castro.

(…) su novela Él (1926); luego, como derivación natural del interesante y vívido argumento de esta obra, compuso otra obra, Ella, que complementa su ciclo narrativo, sin contar algunos cuentos aparecidos en distintos diarios y revistas de la capital y su constante labor periodística. Además, trajo de Madrid un pequeño libro de poemas titulado Brisas del Theide (1924), de sensibilidad delicada y sobrio de expresión. Como buena española, era muy teatrera, haciendo algunas incursiones en tal género (…) Pero, su modalidad predominante fue la narrativa.

(Sospechamos una inexactitud al señalar 1924 como fecha de edición de Brisas del Theide porque si lo “trajo de Madrid” –como consigna- para ese entonces ya estaba viviendo en Uruguay; posiblemente ese libro haya sido editado unos años antes).

Por su parte Ana Sharife subraya el protagonismo que alcanzó como luchadora social. “Mercedes Pinto desarrolló una intensa actividad como oradora y dramaturga, manifestándose como una gran defensora de los derechos de las mujeres, la clase obrera, y la modernización de la educación.” Su labor fue respaldada por el gobierno uruguayo. “El país la nombra representante del Gobierno, convirtiéndose en la primera mujer oradora de un gobierno latinoamericano. La activista en defensa de los derechos de las mujeres y la innovación en la enseñanza de los niños recorre gran parte del continente ofreciendo charlas con las que conquistaba a su auditorio.”

Su lucha por la defensa de los derechos de las mujeres no se limitó a conferencias, presentación de obras y notas periodísticas. Al respecto Raúl E. Barbero recuerda que hacia 1930 Mercedes Pinto era la conductora de un programa radial en CX26: los monólogos de Sor Suplicio.

Seguiremos con el tema.