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miércoles, 30 de septiembre de 2020

Justicia y belleza

 

Todo parecería indicar que la justicia y la belleza tienen mucho que ver la una con la otra. Es más, que la justicia representa una manifestación de la belleza.

Sin embargo, José Jiménez Lozano no coincide con ello.

Las gentes incendiaron bellezas arquitectónicas, murales, iconos, objetos preciosos en la guerra civil española, sin ir más allá, con la furia de Savonarola o de los movimientos “quiliásticos” medievales: para destruir la corrupción, por puritanismo y vindicta.

No vaya a pensarse -continúa Jiménez Lozano- que este desencuentro es cosa del pasado. “Y el equívoco continúa: el amor de la justicia excluye al de la belleza, y el de la belleza no parece sensible a un rostro desfigurado por la desgracia.”

Finalmente pregunta y contesta. “¿Se soluciona todo renegando de ambas? Eso parece pensar nuestro mundo, y así se resuelve esa ‘dialéctica’ en la ‘platitude’ más absoluta.”

martes, 30 de junio de 2020

En torno al perdón


Hay temas que son desfondados porque no hay ninguna posibilidad de llegar al fondo de los mismos sino que tan solo es posible hacer sucesivas aproximaciones. Que si hay que perdonar y olvidar; que si hay que perdonar pero no olvidar; que ni olvido ni perdón, en fin… Ahora acercamos dos opiniones que contribuyen al debate.
Muchas son las voces, entre ellas la de Harold Kushner, que señalan que antes que hablar de perdón hay que ejercer la justicia: “(...) creo, como Hamlet, que ‘la naturaleza está en desorden’ en tanto los crímenes graves no sean castigados.” No puede haber perdón si no existe justicia y presenta un ejemplo al respecto.
Por la misma razón, me sentí muy desilusionado cuando hace unos años leí en el diario la historia de una mujer muy religiosa, víctima de una brutal agresión, que se negó a testificar contra su atacante, aduciendo que por razones religiosas lo había perdonado y no tenía deseo de venganza.
Para Kushner en ese caso entran en conflicto la condición de persona religiosa con la de ciudadano.
Para mí, eso constituyó una inapropiada violación de la separación entre Iglesia y Estado. Como persona, la mujer tenía todo el derecho de desistir de su deseo de venganza, y la admiro por ello. Pero como ciudadana  debería haber sentido la obligación de contribuir a la seguridad de sus conciudadanos, ayudando a sacar a un hombre peligroso de las calles.
No es secreto para nadie que –tal como afirma Héctor Abad Faciolince, citado por Inés Martín Rodrigo- los victimarios son los principales interesados en militar en las filas del olvido.

Sí, a los que han hecho actos abominables, indignos, lo que más les conviene es el olvido, para que no los odien. Les gustaría ocultar sus crímenes peores, negarlos, no decirlos, justificarlos. Sí, hay eso. Y eso es lo que hay que combatir, las mentiras de los que quieren que olvidemos sus actos abominables, eso sí.
Una vez que Abad Faciolince expresa su rechazo contundente al olvido, pasa a otra arista del tema (cabe aclarar que él vivió situaciones de violencia extrema en Colombia, como el asesinato de su padre)
Pero, al mismo tiempo, los que denunciamos esos actos abominables y los que queremos que se sepan creo que no nos podemos quedar toda la vida rumiando eso, no nos podemos quedar toda la vida en el rencor y en el resentimiento, porque eso nos va a envenenar a nosotros mismos. Que se sepa y ya, y tampoco escribir, insistir y vengarse y señalar y señalar y pasarse la vida señalando… ¡Qué cansancio! No conviene, no conviene.
Y concluye con una confesión muy distante de la teología cristiana clásica. “Ya le he dicho, yo soy católico o cristiano sin serlo, y mi concepción del perdón es que uno no perdona al otro, es que lo bueno de perdonar es para uno, el otro que se joda; cuando uno perdona, es uno el que se libera.”

lunes, 27 de abril de 2020

Lo que va de la caridad a la justicia


Hay textos que aunque proceden de un pasado distante mantienen toda su lozanía a la hora de confrontarlos con realidades de nuestro tiempo, tal como sucede con buena parte de la obra de John Ruskin tanto en su dimensión artística como social y aun religiosa.

Algunos autores identifican a Ruskin dentro del llamado socialismo cristiano; desconozco si se puede llegar tan lejos pero no queda duda en cuanto a que su mirada tiene mucho que ver con lo que después se consolidaría como doctrina social cristiana. Los pasajes que transcribimos a continuación están tomados de su libro La corona de olivo silvestre…. La traducción corresponde nada menos que a Carmen de Burgos (Valencia, F. Sempere y Compañía Editores, s/f, la edición original es de 1866). En un fragmento de este texto, que conviene no olvidar tiene más de ciento cincuenta años de haber sido escrito, alude al Servicio divino en los términos siguientes

(…) decimos: “Se celebrará (esta es la palabra, la fórmula aceptada), el Servicio divino a las once.” Pues bien; si no celebramos el Servicio divino en cada uno de los actos de la vida, no lo celebraremos jamás. El verdadero trabajo divino, el verdadero sacrificio ordenado, es el de ser justos, ¡y esto es lo último a que estamos inclinados a ser! ¡Todo menos esto! Toda la caridad que queráis, pero nada de justicia.

Para que quede claro este concepto de una caridad divorciada de la justicia, ejemplifica con situaciones cotidianas que seguramente habrán dado lugar a severas críticas de parte del sector social aludido.

Vosotros, gentes ricas que me escucháis, iréis al “Servicio divino” el domingo próximo, aseadas y rozagantes, y vuestros pequeños llevarán puestos sus zapatitos de domingo y llevarán en la cabeza sus lindas plumas de los días de fiesta, y pensaréis complaciente y piadosamente que están encantadores. Esta es la verdad, y también lo será que les amáis verdaderamente y que experimentáis placer en poner las plumas sobre sus sombreros. Esto es justo, esto es aquí la caridad, pero es la caridad que comienza por sí mismos. Más tarde encontraremos al pobre pequeño barrendero, adornado también con su traje de los domingos –sus harapos más sucios-, a fin de poder mendigar mejor; le daremos unos céntimos y pensaremos cuán buenos somos. Esta es la caridad callejera.

Sin embargo Ruskin considera que la justicia cristiana tiene otra mirada sobre el asunto.

Pero ¿qué dice la justicia que marcha a nuestro lado y nos espía? La justicia cristiana quedó extrañamente muda y en apariencia ciega, o por lo menos, si no ciega, decrépita, desde hace mucho tiempo; pero ella revisa sus cuentas, sin embargo, asiduamente, todas las noches, después de haber quitado su venda, y con ayuda de los más penetrables lentes (única de las invenciones modernas de que se cuida).
Es necesario acercar bien el oído a sus labios para oír sus palabras; y entonces sobresaltará lo que dice, que será precisamente esto: “¿Por qué este pequeño barrendero no ha de llevar plumas en la cabeza como vuestro hijo?”.

Así es como inicia el debate entre justicia cristiana y bondad administrada por los sectores privilegiados.

Y entonces preguntaréis a la justicia, con un tono de estupefacción: “Pero ¿quién habla de ser tan tonto para pensar que los niños hubieran de barrer las calles con plumas en la cabeza?” Pero si os aproximáis aún, la justicia os dirá, siempre con su ademán desmayado y estúpido: “Entonces, ¿por qué un domingo o dos no dejáis que vuestro hijo barra las aceras mientras vosotros acompañáis a la iglesia al barrendero con su sombrero de plumas?” “¡Bondad divina! –exclamaréis pensando en vosotros mismos-. ¿Qué irá a exigir después?” Y añadiréis que no lo hacéis porque “cada uno debe estar satisfecho con la situación en la cual la Providencia le ha colocado”.

Argumento de ayer y de hoy ante el que Ruskin de ninguna manera permanecerá callado (y permítaseme una breve digresión: no puedo dejar de pensar en el gusto que seguramente tuvo Carmen de Burgos mientras traducía esta obra). Su reacción es contundente

¡Ah, amigos míos; he aquí precisamente donde está la herida! Porque ¿ha sido la Providencia o vosotros quien les ha colocado en esa situación? Colocáis un individuo en un foso y le decís que se considere satisfecho de la “situación en que le ha colocado la Providencia”.

Concluye Ruskin: “Este es el cristianismo moderno” en el que “la justicia cristiana quedó extrañamente muda y en apariencia ciega…”

Esto en 1866.

lunes, 21 de octubre de 2019

El Juicio Final como espacio narrativo


Aun cuando lo presentan con variantes significativas, distintas religiones  contemplan la existencia de un Juicio Final en que se evaluará la forma de conducirse de cada quien en su paso por este mundo. Sin embargo de acuerdo con Leszek Kolakovski no se trata de un concepto limitado exclusivamente al ámbito religioso.
La escatología laicista cree en el Juicio Final histórico. No nos burlemos de ello, pues ¿quién no es víctima de tal idea? Todo el que espera que la infelicidad y el sufrimiento de los muertos sean vengados por la historia o que la época de la injusticia (que ha durado siglos) pueda ser compensada prueba con ello que cree en el Juicio Final. (…)
Desde que la escatología laicista reveló sus posibilidades, la historia humana se convirtió en un argumento irrefutable en favor del ateísmo, pues mostró que también sin Dios resulta posible consolar a los hombres con la visión de un final feliz hacia el que se encaminan todos sus sufrimientos y fatigas.
Coincido con lo que sostiene José Jiménez Lozano –en conversación con Gurutze Galparsoro- en cuanto a que la existencia de esta instancia final con sentencia inapelable, es cuestión de justicia.
La idea de un Juicio Final de la humanidad es una idea genial por muchas razones, la primera de las cuales es que expresa la absoluta necesidad de que la injusticia y la maldad no puedan prevalecer, y la desgracia y el pisoteamiento de tantos seres humanos deben ser compensados. Es una necesidad ética sencillamente que haya esa “segunda vuelta”, la definitiva, que ponga las cosas en su sitio.
No sería buena noticia la de que se pudieran cometer atrocidades que ocasionan muerte y sufrimiento para tantos sin tener que responder por ello ante nadie; eso sí que constituiría el triunfo definitivo de la corrupción y la impunidad. 
A lo anterior Jiménez Lozano añade otra razón de gran interés por el Juicio Final: la promesa de un gran escenario narrativo que dejaría muy atrás todo lo conocido al respecto.
¡Ah!, pero nos permite también saber los finales de la gran novela humana, y ahí está la otra genial idea, así mismo, de un Gran libro Escrito, in quo totum continetur, es decir, con todas y cada una de las vidas de todos los hombres, del que hablaba el antiguo Oficio de Difuntos.
Ésta sí sería una “novela total”, de verdadero suspense, de increíbles aventuras, de inmenso dolor y gozo, y con finales absolutamente imprevisibles e imprevistos. No solamente tendríamos narraciones para mil y una noches, sino para mil y un siglos: una verdadera gloria. Walter Benjamin ya no podría quejarse, como de nuestro tiempo se queja con razón, de que “somos pobres en historias memorables”, porque no se narra. 
Y concluye José Jiménez Lozano: “Porque, por lo demás, ¿qué historia humana hay que no sea memorable? ¿Y qué lugar del mundo no tiene su memorable historia?”.

jueves, 17 de noviembre de 2016

Pruebas


Hubo épocas en que las pruebas contra los acusados de diversos delitos solían ser fabricadas con total arbitrariedad y a los inculpados se los sometía a inenarrables torturas que quebraban cualquier resistencia hasta que llegaban a aceptar su inexistente culpabilidad. Luis Melnik ilustra el punto con el caso de las denominadas brujas.

En tiempos de los primitivos anglosajones existía una práctica por decisiones "sobrenaturales" para dirimir cuestiones criminales, sometiendo al acusado a pruebas físicas, convencidos como estaban que Dios defendería al recto, con un milagro, si fuese necesario. Algunas pruebas sugerían arrojar a supuestas brujas al curso de un río caudaloso. Si se ahogaban, era prueba irrefutable de que eran culpables de ser brujas. Si se salvaban, no había duda alguna de que eran brujas. Recién en el siglo XII se suspendieron estos juicios, aunque no para las brujas que, como se vio, siempre perdían.

La violencia e irracionalidad con que actuaban los representantes de la justicia  era patente; Melnik proporciona más ejemplos de ello.

Otra forma de juicio era introducir la mano del acusado en agua hirviendo y otorgarle el perdón si no salía cocinada. Otro juicio llamado Judicium Crucis, era parar frente a una gran cruz al acusado y al acusador. El primero que se movía, perdía el juicio. Estas parodias de juicio, también llamados "juicios de Dios" en una invocación espantosa, se dirimían a veces por duelo, sorteo, fuego o hierro candente.

Las formas más burdas de inventar culpables son historia. Pero suponer que nada de esto acontece actualmente sería de una inocencia estremecedora ante la siembra de evidencias o la impunidad comprada con dinero.

Así las cosas, no estamos como para reírnos de lo que acontecía en el pasado.

martes, 9 de diciembre de 2014

Venganza a destiempo

Más allá del juicio que se tenga acerca de ella, no existen dudas de que la venganza es un sentimiento que se ha hecho presente a lo largo de la historia. El punto de partida está en reconocerse como víctima de la acción de otros (sean éstos países, bandos, partidos, personas) que ocasionaron daños irreparables o de consideración. Ello abre espacio para una reacción (frecuentemente acompañada de odio) que desea ver al victimario siendo castigado en forma similar -o peor, si es que ello fuera posible- a las heridas que él ocasionara. Muchas son las formulaciones refieren a ello: desde el lejano (y a veces no tanto) “ojo por ojo y diente por diente”, hasta aquello de que “el que las hace las paga”; allí parece residir una forma de consuelo.
 

Frente a ello hay quienes reivindican el perdón como la única acción que posibilita la convivencia. El perdón no sólo actuaría sobre el victimario sino en  la propia víctima, que de esa manera se cura de la afrenta recibida. También están aquellos que critican la actitud de vivir tan pendientes del pasado (“con los ojos en la nuca”). Aquí es posible encontrar personas bien intencionadas, así como quienes úniamente se parapetan en este argumento para evitar ser enjuiciados por los actos ilícitos que cometieron en el pasado. Por otra parte están quienes sostienen que lo mejor es el olvido (parecerían estar de acuerdo con Borges en cuanto a que el olvido es la mejor forma de venganza).
 

Claro está que existe una gran diferencia entre justicia con todo lo que ella asume de reparadora, y simple deseo de venganza, de revancha. La acción de la justicia es irrenunciable porque de lo contrario se estaría contribuyendo al desarrollo de sociedades impunes en las que “sigue pasando de todo porque nunca pasa nada”. Los costos de la impunidad.

 
Ahora bien aun para quienes buscan la venganza, ésta parece requerir tanto de un tiempo como de un escenario definido. Según esto el daño vengativo debería llegar en un lapso próximo a las heridas recibidas, cuando el victimario aun conserva su poderío. En caso que no se reunan estas condiciones la venganza llega fuera de tiempo y la situación cambia radicalmente; Paul Watzlawick proporciona un ejemplo de ello a través del relato de George Orwell.


En 1945, Orwell, en calidad de corresponsal de guerra, visitó, entre otras cosas, un campamento para criminales de guerra. Allí fue testigo de cómo un joven judío de Viena daba una descomunal patada al pie magullado, hinchado y deforme de un preso que había ocupado un cargo importante en el departamento político de la SS.
“Sin duda (el agredido) había tenido campos de concentración bajo su mando y había ordenado torturar y ahorcar. En pocas palabras, él representaba todo aquello que habíamos combatido durante cinco años...
Es absurdo reprochar a un judío alemán o austríaco que devuelva a los nazis el mal sufrido. Sabe el cielo las cuentas que este joven quería ajustar; es muy probable que toda su familia fuese asesinada; y, al fin y al cabo, hasta un fuerte puntapié a un preso es algo insignificante comparado con los horrores cometidos por el régimen de Hitler. Pero esta escena y muchas otras que vi en Alemania pusieron de manifiesto ante mis ojos que toda esta idea de represalias y castigos es una imaginación pueril. Propiamente no existe esto que llamamos represalia o venganza. La venganza es algo que uno quisiera realizar cuando y porque uno se siente impotente: tan pronto como se elimina esta sensación de impotencia, desaparece también el deseo de venganza.
¿Quién no habría saltado de alegría en 1940 sólo de pensar que podría ver a oficiales de la SS pisoteados y humillados? Pero cuando ello se ha convertido en posible, su puesta en práctica adquiere un aspecto patético y repugnante”.

 
No todos están de acuerdo con Orwell. La historia reciente presenta situaciones en que, al no creer suficiente el combustible de odio proporcionado por el presente, se fue al pasado en búsqueda de lumbre que permitiera atizar aún más el fuego; Pascal Bruckner relata una de estas situaciones: “[En la ex Yugoeslavia] (...) a finales de la década de los ochenta el clero ortodoxo y los poderes públicos iniciaron un recuento exhaustivo de los muertos, llegando incluso a desenterrar los cadáveres de la Segunda Guerra Mundial con el fin de extraer de ellos la energía para el desquite.

 
El debate entre venganza, olvido, justicia y  perdón, tiene lugar en un contexto en que no son pocas las situaciones del pasado que complican el presente y comprometen el futuro.