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lunes, 23 de marzo de 2020

Un examen original


Hay docentes que no quieren hacer las mismas preguntas de siempre, que buscan innovar pero sucede que a veces se le va la mano. Lo cuenta Gabriel García Márquez

Un maestro de literatura le advirtió el año pasado a la hija menor de un gran amigo mío que su examen final versaría sobre “Cien años de soledad”. La chica se asustó, con toda la razón, no sólo porque no había leído el libro, sino porque estaba pendiente de otras materias más graves.

Aunque la situación se presentaba complicada, la alumna pudo ir bien preparada a la prueba gracias al apoyo de su padre.

Por fortuna, su padre tiene una formación literaria muy seria y un instinto poético como pocos, y la sometió a una preparación tan intensa que, sin duda, llegó al examen mejor armada que su maestro.

Y fue entonces –continúa García Márquez- cuando surgió lo inesperado.

Sin embargo, éste le hizo una pregunta imprevista: qué significa la letra al revés en el título de “Cien años de soledad”. Se refería a la edición de Buenos Aires, cuya portada fue hecha por el pintor Vicente Rojo con una letra invertida, porque así se lo indicó su absoluta y soberana inspiración. 



El desenlace es previsible porque “la chica, por supuesto, no supo qué contestar.”

Lo que ya de plano constituye una paradoja –concluye García Márquez- es que el propio artista también habría sido reprobado por tan creativo profesor: “Vicente Rojo me dijo, cuando se lo conté, que tampoco él lo hubiera sabido.”

jueves, 18 de agosto de 2016

Un examen exitoso


Heinrich Böll no quiere pasar por quien no es y así lo hace saber en una autodefinición que precisa su escasa predilección por el trabajo. “Por naturaleza, siento más afición por reflexionar y no hacer nada por trabajar, sin embargo, de vez en cuando, dificultades económicas permanentes –pues la reflexión es tan poco rentable como el ocio– me obligan a aceptar lo que llaman un puesto de trabajo.”
Y en una de esas desagradables coyunturas no le quedó de otra más que salir a buscar trabajo.
Llegado una vez más a tal situación me confié a la oficina de colocaciones y fui enviado, junto con otros siete compañeros de infortunio, a la fábrica de [Alfred] Wunsiedel, donde debíamos ser sometidos a un examen de capacitación. Ya el aspecto de la fábrica me llenó de desconfianza; la fábrica estaba enteramente construida en ladrillo de vidrio, y mi aversión a los edificios claros y a las estancias claras es tan grande como la que siento al trabajo. Pero mi desconfianza aumentó cuando acto seguido nos sirvieron una especie de desayuno en una cafetería clara, de colores alegres: hermosas camareras nos trajeron huevos, café y pan tostado; en elegantes garrafas había jugo de naranja; peces de colores aplastaban su displicente cara contra las paredes de unos acuarios verde claro. Las camareras eran tan alegres que parecían que iban a explotar de alegría. Sólo un gran esfuerzo de voluntad –así me lo pareció– le impedía andar tarareando continuamente. Estaban tan repletas de canciones no cantadas como las gallinas que aún no han puesto los huevos.
Ante tanta belleza y armonía se hizo presente la sospecha que lo llevó a desconfiar de lo que acontecía en aquel escenario.
En seguida adiviné lo que ninguno de mis compañeros de infortunio parecía adivinar; que también este desayuno era parte del examen, de manera que comencé a masticar totalmente entregado a esta tarea, con la conciencia clara de un ser humano que está suministrando a su cuerpo materias valiosas. Hice algo que en circunstancias normales no haría por nada del mundo: tomé en ayunas un zumo de naranja, dejé el café, un huevo y casi todo el pan tostado, me levanté y empecé a pasearme ansioso por hacer algo, de un lado a otro de la cafetería.
Así pues, fui el primero en ir a la sala de exámenes, donde, sobre deliciosas mesas, estaban colocados los cuestionarios. Las paredes eran de un tono verde que los fanáticos de la decoración hubieran calificado de “encantador”. No se veía a nadie, pero yo estaba tan seguro de que me observaban: saqué impaciente mi estilográfica del bolsillo, quité el capuchón, me senté a la mesa más próxima y agarré el cuestionario de la misma forma que los coléricos agarran la cuenta del restaurante.
Las pocas preguntas obtuvieron respuestas contundentes, tal como lo narra el mismo Böll en un texto fechado en 1954 (lo que permite constatar que la psicología laboral ya tiene su historia).
Primera pregunta: ¿Le parece bien que el ser humano sólo tenga dos brazos, dos piernas, dos ojos y  dos orejas?
Aquí coseché por primera vez los frutos de mi reflexión y escribí sin dudarlo: “Aunque tuviésemos cuatro brazos, cuatro piernas y cuatro oídos, no bastarían a mis ansias de acción. El equipamiento del ser humano es raquítico”.
Segunda pregunta: ¿Cuántos teléfonos puede atender al mismo tiempo?
También esta respuesta era tan sencilla como la solución a una ecuación de primer grado: “Cuando no hay más que siete teléfonos –escribí– me impaciento; sólo con nueve me siento por completo en pleno rendimiento”.
Tercera pregunta: ¿Qué hace usted después del trabajo?
Mi respuesta: “No conozco la expresión después del trabajo. A los quince años la borré de mi vocabulario,  pues en el principio existía la acción”
El resultado era de esperarse: “Me dieron el puesto”.
Avisados.

jueves, 4 de octubre de 2012

Capacidad de síntesis


Siendo que las palabras constituyen un recurso cultural gratuito y renovable, hay quienes hablando o escribiendo mucho no dicen nada. Pero también están aquellos que necesitan de muy pocas palabras para decirlo todo. En relación a este último grupo, Germán Dehesa nos ofrece un ejemplo contundente.

Bueno, pues una vez tuve que cuidar un examen extraordinario de historia universal. Era ya la segunda vuelta, así es que los ocho o nueve jovenzuelos que se presentaron eran asnos muy fogueados y decantados. El titular de la materia me entregó un sobre con el tema del examen y me suplicó que fuera yo implacable. Dicho esto, se retiró y yo procedí a escribir en el pizarrón lo siguiente: “situación de Europa al borde de la primera guerra mundial”. Eso es todo, tienen dos horas y si van a copiar háganlo con modestia y discreción porque si no, me los cargo. Así les dije. Pánico en las filas. Los réprobos se miraban con aire desolado. Sólo uno permanecía impávido y sereno. Se pasó las dos horas en una suerte de nirvana tibetano, al borde de la levitación y sin escribir una sola palabra. Cuando yo avisé: “señores, un minuto”, el jovenazo con toda parsimonia tomó la pluma y escribió unas cuantas palabras; se levantó, me entregó la hoja y se retiró con ese aire galano y sosegado del que sabe que ha cumplido con su deber. Apenas salió, yo, trémulo de curiosidad, leí el escuetísimo examen que a la letra decía: “la situación era tensa”. Ya no supe si su maestro de historia supo valorar este alarde de síntesis. Yo le hubiera puesto diez.

Aun cuando podemos coincidir con el citado estudiante en cuanto a que previo a la primera guerra mundial “la situación era tensa”, suponemos que el docente encargado del curso no siguió el criterio de evaluación propuesto por Germán Dehesa, quien por otra parte tanto se caracterizó por sus textos lúcidos al tiempo que críticos, cuando no francamente irónicos.