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miércoles, 22 de junio de 2022

El escritor como notario

 

Algunos escritores no pretenden ahorrar en bondades y méritos a la hora de referirse a sus maestros; tal es el caso de Josep Pla cuando analiza la obra de Antón Chéjov.

Lo que me impresionó desde el principio fue la simplicidad de su escritura, el cuidado exacto de los detalles, el fabuloso interés por la cotidianidad de la gente -exactamente, de la gente modesta, pobre, gris, misteriosa (sin misterio apreciable), aduladora, envidiosa, que nace, vive y muere.

Es así como para Pla la sencillez en la escritura de Chéjov pone de manifiesto su autenticidad.

Su escritura es tan normal, tan cercana a las pequeñas cosas de la vida que a mí me parece que el escritor ruso ha contribuido como nadie a la destrucción del barroquismo literario y que esto lo ha hecho de una forma casi inconsciente y por razones de honorabilidad personal, es decir, por un afán de autenticidad y de verdad que se le han impuesto personalmente.

En su opinión el gran escritor ruso refiere a un amplio espectro de temas que constituyen la vida cotidiana de su tiempo.

En este aspecto no creo que haya precedentes: el alcoholismo, la superstición, el convencionalismo, la ignorancia, la sensualidad, el aburrimiento, el tedio, la manía de hablar, de filosofar, la pasión de la labia inseparablemente unida a la incapacidad para la acción, a la gandulería, a la inutilidad de la cultura, al patrimonio ficticio, a la ineluctabilidad del clima, al criticismo ciudadano, a la sucesión de los éxitos y los fracasos. A la nada absoluta y total.

Llegado a este punto, el escritor catalán sintetiza -a manera de homenaje agradecido- su opinión en relación con la obra del maestro. “Chéjov es el notario vastísimo de la Rusia de su tiempo. Fabuloso escritor, de un gusto exquisito, de una expresividad eficaz, cultísimo, sencillo, simple, real, que es lo más difícil.”

¡Casi nada!

miércoles, 29 de enero de 2020

Cuando el escritor quiere pasar a la acción


Hay momentos en la vida de algunos escritores que sienten cierta insatisfacción por lo que perciben como su falta de acción. Así, aparece el cansancio por la soledad de su labor, por limitarse a emitir opiniones y juicios acerca de los demás, por ver las cosas de fuera, por existir en el entorno de la teoría; en definitiva, por no jugársela más.

Algo de esto le sucedió a Giovanni Papini.

El saber no me bastaba ya; quería actuar. No me satisfacía plenamente escribir; quería proyectar mi voluntad en las cosas y en los espíritus. Ansiaba salir de esta contemplación sin límites, de este desgranar palabras y conceptos sin vida, de estos fuegos de artificio de efímeras ideologías, de cohetes paradójicos y de  girándulas fantásticas. Estaba harto de permanecer a la expectativa, de comentar  y de juzgar lo que hacen los demás; de criticar y destruir solamente. El mundo puramente cerebral, vertebral y de papel en que me debatía se me aparecía árido y sin esperanza. Era preciso emprender alguna empresa más amplia, más fecunda, más concreta.

Para Papini había mucho de pasividad en su dedicación de tiempo completo a la lectura y la escritura. Quería pasar a la acción, sin embargo no le convencía cualquier tipo de activismo.

Pero no para  lanzarme en la vida primordial y animal de todo el mundo, en los negocios habituales, en las tareas ordinarias, en la acción que se reduce a una  fiera repetición, en la lucha que no es más que la lucha por el pan y por el techo, por el dinero, por la mujer y por la autoridad. 

¿Por dónde siguió su vida?, ¿qué tipo de acciones decidió emprender?, ¿llegó a ese mayor compromiso que tanto anhelaba?

jueves, 4 de julio de 2019

Escritores "infames"


Lo más habitual es que los escritores quieran ser reconocidos por su obra, famosos en la llamada república de las letras. Sin embargo, no han faltado aquellos que juegan en otro equipo procurando estar lejos de las luminarias. José Jiménez Lozano se refiere al punto.

Unas palabras muy duras pero muy verdaderas de H. Melville: “Todo renombre es condescendencia”, y extrae la lección: “Prefiero ser infame”. Esto es, no sólo “sin fama”, sino maldito. Y lo fue; pero maldito de veras, no que perteneciese a una distinguida generación de escritores o poetas malditos, como luego sucedería –une mondanité littéraire-, sino que cayó en la irrelevancia y el desprecio. No le fallaron sus cálculos en este sentido. Sabía lo que elegía, al ser fiel a sí mismo contra el público y los estereotipos sociales y culturales. La mayoría, la gran mayoría de los escritores se han traicionado y han elegido digamos que la gloria, y se han puesto de rodillas ante la fama y esa tiranía del público. Incluso los más grandes según las estimaciones habituales. Es decir, los que alcanzaron la fama y no tuvieron valor para ser “infames”, los que “condescendieron”.

Sin embargo, y contra lo que se pudiera prever, el trabajo de quienes buscaron permanecer en los márgenes de la farándula literaria no necesariamente será menos conocido en el transcurso del tiempo que el de sus colegas famosos. Prosigue Jiménez Lozano

La verdad es que, luego, sólo los “infames” se sostienen sin apoyos y sólo ellos siguen hablando; y no porque hayan alcanzado la inmortalidad literaria, sino porque su voz está viva, que no es lo mismo. Esta voz se tiene o no se tiene, la inmortalidad literaria se debe a la condescendencia de los demás, a lo que se llama el “reconocimiento”. Los profesores de literatura, los críticos y hasta los ministros de Educación pueden liquidar viejos reconocimientos de siglos: generaciones enteras no van a oír hablar en delante de Antígona o del Rey Lear, ni de la Costancica, porque ya no estarán “en los programas”; pero seguirán viviendo, como Ahah e Ismael y otros cazadores de Moby Dick.

Pero no cualquiera está preparado –según José Jiménez Lozano- para hacerse a un costado.

Lo que pasa, sin embargo, es que hay que ser Melville o el señor Miguel de Cervantes o Juan de la Cruz para optar por “la infamia”. Eso no está al alcance de cualquiera de nosotros. Seguramente es la voz que se lleva dentro la que opta y obliga a optar por la perdición, por la subida al Monte y el despojamiento, y sólo ella puede asistir en esa travesía de infamia.
Para los demás, queda el cursus honorum, la carrera del “hombre estético”, los senderos de gloria. Como para los profesionales u hombres de negocios de cualquiera otra clase, el listín de las historias de literatura, unos con letra grande y otros con letra pequeña, como en el listín de teléfonos o del Anuario Financiero. No hay que hacerse ilusiones.

Finalmente convoquemos a Michel Tournier quien también aborda la cuestión.Conviene recordar (…) la idea principal de Monsieur Teste: los hombres famosos sólo son genios de segundo orden, porque cometieron la debilidad de darse a conocer. Los genios de primer orden mueren sin confesar…”

jueves, 17 de enero de 2019

Cuando los escritores valoran su obra


¿Qué sucede cuando los propios autores juzgan la calidad de sus libros? Veremos que por lo general son poco condescendientes y para ilustrar el punto presentamos algunos ejemplos.

Antes que nada coinciden en que un criterio saludable apunta a que el autor debe mantener ciertas reservas en cuanto a la calidad de lo que ha escrito; en esa línea va la opinión de Gustave Flaubert: “Salvo que sea un cretino, uno se muere siempre en la incertidumbre de su propio valor y del valor de las obras que ha escrito.” Por el mismo lado va Jorge Ibargüengoitia cuando critica a los autores plenamente satisfechos con su labor: “Sólo los autores muy tontos están completamente satisfechos con lo que escriben.” De tal forma que –en su opinión- siempre existirán dudas de forma y de fondo ya que “encima de cada obra queda flotando una nubecita parda de dudas: unas son de oficio –si le hubiera agregado aquí, si le hubiera cortado allá- otras, más tenebrosas, de fondo -¿lo que escribí, en resumidas cuentas, a quién le interesa?-.”

Para Gesualdo Bufalino el escritor puede llegar a ser un despiadado autocrítico: “Como me gustaría, este libro, si no lo hubiese escrito yo.” Opinión con la que coincide Paul Auster, quien ve en ello un motivo para reincidir en el oficio. “Todo autor se juzga a sí mismo –con severidad la mayoría de las veces-, lo que probablemente es la causa de que los escritores sigan escribiendo: con la vana esperanza de que lo harán mejor la próxima vez.”

Por otro lado, en opinión de Javier Marías, no conviene dejarse llevar por los elogios del presente ya que será necesario el paso del tiempo para poder aquilatar el verdadero valor de la obra: “Hay que desconfiar de los ditirambos del presente.” Asimismo -y dado que existen muchos libros de extraordinaria calidad-  Marías reconoce que si no estuviera obligado por las circunstancias, jamás dedicaría tiempo a leer sus propias creaciones. “Desde luego, si no me viera obligado (ya que los escribo), no iría a leer los libros míos. ¿Quién es ese Javier Marías para quitarles horas a Dickens o a Tucídides, a Montaigne o a Conrad?”. Para Augusto Monterroso la preocupación reside en contribuir a incrementar la ya de por sí numerosa basura editorial: “(…) existe en mí el temor a publicar, cuando pienso que ya hay muchos libros y mucha basura como para aumentarla, y por eso mis libros son tan escasos y están tan llenos de hojas en blanco (…)”.

Otro aspecto en que coinciden muchos escritores tiene que ver con que al leerse a sí mismos un tiempo después de editadas sus obras, las perciben como algo que les es ajeno, extraño. Pío Baroja cuenta su experiencia en relación a ello.

Esta primavera pasada, encontrándome en San Sebastián, me mandó una señorita amiga tres libros míos por si quería firmarlos, al mismo tiempo un señor otros dos. Como estaba solo en el hotel y no tenía nada que hacer me puse a leer de noche, primero una de las novelas enviadas, Zalacain el aventurero, después El Mayorazgo, de Labraz. No las terminé y me produjeron las dos una sensación de tristeza de lo ya visto, de lo ya terminado, de lo que se acabó para siempre. (…)
Mi caso es el del hombre que ha fabricado un vino o un licor, le ha parecido bien, dado los medios que ha empleado, y transcurridos cuarenta años le encuentra un sabor extraño que no sabe de qué procede, si del líquido o de su paladar.

Claro que a diferencia de otras ramas del quehacer humano, la calidad de un libro siempre tendrá una alta dosis de subjetividad porque –tal como lo señala Jorge Ibargüengoitia- por sus propias características no se presta a evaluaciones categóricas e inapelables. 
Para un plomero o para un diseñador de aviones, la prueba irrefutable de que lo que está haciendo está mal hecho llega en el momento en que brota un manantial por la coladera del desagüe o se estrella el avión en la primera prueba. Para los que nos dedicamos a la producción de objetos aparentemente superfluos, como son libros, llamados a veces "trabajos del espíritu", la situación es ambigua y es mucho más difícil llegar a la conclusión de que estamos metiendo la pata.

Concluye Ibargüengoitia: “Los efectos de lo que hacemos nunca son catastróficos y muy rara vez apoteósicos.”

martes, 24 de julio de 2018

Preguntas pertinentes


En donde uno se descuide tantito es posible que caiga en el error de suponer que lo que hoy es indispensable en nuestra vida, existió desde siempre. Y en caso que nos enfoquemos al gremio de los escritores, cabría preguntarnos cómo acometerían su obra cuando no existía la máquina de escribir (menos aún la computadora), Internet, Google, Wikipedia, Amazon, libros electrónicos...

Por otra parte muchos han sido (y son) los escritores aficionados -si no es que adictos- al té o al café así como al tabaco, hasta el extremo de considerar que el consumo de estos productos atrae su inspiración. A Wislawa Szymborska le intrigó el punto.

Si en otro tiempo no se conocían estas benditas bebidas, ¿cómo se las arreglaba la literatura sin ellas? ¿Cómo se escribían todas esas grandes obras? ¿Con qué se activaba Platón cuando se despertaba medio atontado por las mañanas? ¿Qué hacían los miembros de la ekklesía cuando la presión atmosférica se hacía insoportable? ¿Cómo se las arreglaban los hipotensos, entre los que probablemente se contaban Teócrito, Horacio o Tácito? ¿Qué bebían para avivar el desfallecimiento de la vena creadora? (…) Habrá que hacerse a la idea de que  cuando a los Tucídides, Aristóteles y Virgilios les invadía el sueño mientras trabajaban, hundían la cabeza en agua fría y, después de eso, resoplaban y volvían al trabajo. Algo que nos resulta extraño e inconcebible…

Una vez que Szymborska exceptúa de estas consideraciones a los autores chinos (que utilizaron el té desde el pasado remoto), continúa con sus reflexiones.

Los creadores de la cultura europea aún esperarían algunos siglos para gozar de tal suerte. Las musas ya no ayudaban a san Agustín, y por entonces no había aún Lipton. Compadezcámonos de Dante, quien, en su recorrido a través de los círculos del infierno, debió de ser presa de una desalentadora fatiga de vez en cuando, pero ni siquiera en sus mejores sueños podía aparecer Satán con un café espresso en la mano. Pensemos en ese manuscrito con las Lamentaciones de Jan Kochanowski sobre el que no cayó ni una sola gota de té, ni siquiera oolong… Pensemos en El Quijote, escrito sin una sola cuchara de café, ni siquiera de chicoria…

Hasta que

(…) ¡al fin!, llegarían tiempos más comprensibles para nosotros, es decir, la época del café, el té y –digámoslo también- el tabaco. La comedia humana nadó en un mar de café. En un lago de té, Los papeles póstumos del Club Pickwick. Y en una emulsión de humo de tabaco vinieron al mundo Pan Tadeusz, El corazón de las tinieblas, La montaña mágica

Para poder inspirarse, algunos escritores no sólo dependían del café sino también de la cafetería; Luis Fernández Zaurín ejemplifica el punto.


Para escribir, el italiano Claudio Magris, autor de El danubio o Utopía y desencanto, prefiere la soledad en compañía:
-En casa no puedo escribir, necesito aislamiento, y la cafetería es un aislamiento especial, es el sitio donde la soledad se verifica en medio de los demás. (…)
José Luis Sampedro explica que, para captar historias, se provee de un audífono y se sienta en una cafetería dejando sobre la mesa el aparato. Para disimular saca un libro y hace como si leyera, aunque lo que realmente hace es escuchar las conversaciones de las personas, que hablan sin imaginar que nadie les oye. Mientras escucha, toma notas que más tarde utilizará para elaborar sus novelas. Al final el escritor concluye que las señoras mayores son sus preferidas porque son las que cuentan más anécdotas.

En opinión de Szymborska los escritores que desconocieron el té y el café se han hecho merecedores de un reconocimiento muy especial por parte de sus lectores. “Pero deberíamos rendir mayor homenaje a los autores antiguos, quienes tuvieron que arreglárselas sin todo eso y consiguieron unos resultados igualmente buenos.” Eso sí –especula la autora- a quienes trabajaron para ellos la convivencia no les habrá resultado cosa fácil aun cuando tuvieran menor carga laboral. “Seguro que para la servidumbre (si la había) no era sencillo vivir con ellos, pero al menos entre sus obligaciones no se encontraba la de moler café a todas horas, limpiar con agua hirviendo las teteras y vaciar los ceniceros llenos.”

Finalmente Wislawa Szymborska, con aire de confidencia, pone punto final: “Y con eso terminaré, sin haber llegado a ninguna conclusión.”

Lo que por cierto nos tiene tan sin cuidado a numerosos lectores para quienes sus artículos nos resultan tan indispensables como el té, el café y el tabaco.

jueves, 29 de junio de 2017

Las edades de la escritura



Las edades de la escritura

Hay autores que comenzaron a escribir siendo niños, otros cuando ya eran mayores tal como sucedió a José Saramago. Hay quienes tuvieron la dudosa fortuna de hacer obras memorables siendo muy jóvenes y después ya nada fue sencillo; uno de estos casos –según Carmen Rigalt- fue el de Josep Pla.

El cuaderno gris ha hecho historia en la literatura española. Es el diario de un escritor brillante, cínico, zumbón e insociable que tuvo la desgracia de escribir su obra maestra a los veinte años. Ésa es, sin duda, una contrariedad a la que jamás se sobrepone ningún escritor.

Y es que después de haber escrito una obra maravillosa puede llegar una especie de temor paralizante. Algo de esto sucedió con Juan José Arreola de acuerdo a lo señalado por José Joaquín Blanco. “Dice Juan José Arreola [El último juglar. Conversaciones con su hijo Orson] que fue abandonando la escritura a partir de La feria (1963), para no bajar su nivel de calidad, para no escribir textos inferiores a los antiguos.” Blanco censura esta actitud de su admirado y querido maestro, afirmando que por una parte pecó de soberbia: “nadie tiene por qué ser Dante todo el tiempo ni toda la vida” y por otra de insensatez: “los textos ‘perfectos’ ya estaban a salvo, bien escritos y publicados: nada podía hacerles daño; había que pasar libremente, sin remordimientos, a otra cosa.”

Concluye José Joaquín Blanco en una sentencia que puede extenderse a lo acontecido a muchos escritores. “¡Qué peligrosas y tiránicas resultan las sirenas de la perfección, las supersticiones e idolatrías del Texto con mayúscula!”

Para otros autores el camino fue a la inversa y sus comienzos llegan a ser incluso un tanto vergonzantes. Tal es el caso de Marguerite Yourcenar quien –citada por Matthieu Galey- cuenta su experiencia.


[El jardín de las quimeras] lo había escrito en 1919, tenía dieciséis años, y era un poemita “muy ambicioso, muy largo y muy aburrido”, cito exactamente, creo, la crítica que hizo un hombre cortés y distinguido (…) que estaba de moda en esa época, Jean-Louis Vaudoyer. Ese juicio no estaba equivocado.

Solo el amor de padre –acepta Yourcenar- pudo explicar que la obra se editara. “Con gran generosidad, mi padre gastó tres mil francos de entonces, para publicar ese volumen en Perrin, como edición del autor.” Los desaciertos continuaron. “A este libro siguió otro pequeño volumen de poemas, aún peores, porque eran más antiguos y eran un verdadero plagio de escolar: Los dioses no han muerto.”

Ello hace que Marguerite Yourcenar ponga énfasis en la necesidad de aprender a escribir antes de editar y observa que en este terreno los músicos llevan ventaja dado que los efectos de sus errores de juventud están más restringidos. “Por supuesto, hay que aprender el oficio, claro que, cuando se es músico, se hacen escalas en casa y no se molesta sino a la familia, mientras que, por desgracia, un joven escritor publica a veces demasiado pronto…”

El tema de la edad de los escritores no sólo se hace presente en lo que tiene que ver con sus primeros pasos. A Martin Amis le preocupa –y vaya en qué forma- la posibilidad de seguir escribiendo cuando ya se ha iniciado el declive.

(…) el problema en la era moderna es que ahora los escritores llegan a viejos. Esto es un fenómeno completamente nuevo, debido a la ciencia moderna: Shakespeare murió a los 56, Dickinson a los 59, Jane Austen a los 43, así que esto no había pasado. Tu cuerpo moría mucho antes de que tu talento muriera, ahora mueres dos veces: mueres como todos los demás, pero antes de eso tu talento muere, sin excepciones. Norman Mailer y otros no eran malos novelistas cuando tenían 85 años, pero no los puedes comparar con lo que escribieron cuando eran jóvenes. Te obsesionas con esto.


En esta forma –de acuerdo con Amis- se llega a la encrucijada: el deseo de seguir escribiendo permanece cuando las aptitudes han comenzado a retirarse.

Así que escribir se convierte en algo doloroso cuando los sentidos no trabajan de la manera en que solían trabajar. Se necesita más trabajo, manual, en alcanzar cierto estándar. Pero la alegría de escribir sigue así, yo ciertamente no haría nada más. ¿Hacer qué?

No todos los escritores coinciden con lo anterior. Por el contrario, Max Aub tiene una mirada mucho más optimista que lo lleva a sostener que en el mundo de las artes los viejos (y no sólo se refiere a los escritores) “son los amados de los dioses”.

Lo último de Quevedo, de Lope, de Tolstoi, de Miguel Ángel, de Goya. Ningún genio ha decaído en la vejez -y menos los locos-. Los últimos cuartetos de Beethoven. Los viejos son los amados de los dioses. Los árboles más viejos son los más altos, los más hermosos. El culto humano por las ruinas. Cuanto más viejo, más hermoso. Lo atrayente de lo más antiguo. ¿Es en parte por ello que la gente quiere llegar a viejo? La juventud es de todos: ¿es por eso que, en nuestro tiempo gregario, tiene tanta influencia, tanto arraigo? Joven lo es cualquiera. No se equivocaban los buscadores de la piedra filosofal, pero se equivocaba Fausto: lo que tenía que haberle pedido al Diablo era que Margarita le quisiera por viejo.

¿Será?

martes, 13 de junio de 2017

Autoevaluación


Evaluar el trabajo de los demás suele ser más fácil que hacerlo con el propio. Y los escritores no están exentos de ello.

Isaac Bashevis Singer estaba escribiendo una novela cuando hizo una acotada consulta pública para recibir opiniones de otros. “Le mostré a mi hermano el primer capítulo de mi novela y su reacción fue favorable.” Procuró otras sentencias ya no tan fraternales. “Abe Cahan, el editor del Forverts, también lo había leído y publicó una nota elogiosa acerca de él.”

Pero más allá de esta retroalimentación positiva, había algo que no convencía a Bashevis Singer en cuanto a las virtudes de su trabajo (“yo sabía que algo fallaba en esa novela”) y que lo resumió en la siguiente forma.

En mi cuaderno de notas tenía apuntadas las tres características que una obra de ficción ha de poseer para triunfar:
1. Su argumento debe ser preciso y cargado de suspense.
2. El autor debe sentir un deseo apasionado de escribirla.
3. Ha de tener la convicción, o al menos la ilusión, de que es el único capaz de abordar ese tema  concreto.                                            

Isaac Bashevis Singer estaba muy lejos de ser autocomplaciente por lo que su fallo es terminante: “De estos tres requisitos, empero, a esa novela le faltaban todos, y en especial mi pasión a la hora de escribirla.”

Es posible que el potencial lector de estas notas se pregunte: ¿cuál fue el destino de aquella novela?, ¿qué pasó?, ¿abandonó el proyecto?, ¿la reescribió?

Si usted se entera, sabremos agradecerle que nos pase el dato.

martes, 6 de junio de 2017

Escritor, un oficio poco serio



Hay escritores que provocan admiración y envidia pero muchos inspiran lástima o desconcierto. Pío Baroja –citado por Francisco L. Urquizo- describe el diálogo sin desperdicio que mantuvo con su padre al comentar la posibilidad de convertirse en escritor.

Pensando y pensando entonces en lo triste que es no tener un cuarto y no sentirse con aptitudes para nada, se me figuró que quizás sirviera yo para literato.
-¿Qué te parece, papá, si me metiese a escritor?
-Pchs..., bien –me contestó mi padre, encogiéndose de hombros. En España es la profesión de todos los inútiles. Se dedican a ella los que no pueden ser abogados, ni tenientes, los que salen mal en las oposiciones a Correos y Aduanas... Siempre es más fácil hacer una zarzuela o un artículo de periódico que un mal cerrojo.
-¿De modo que no te parece absurda la idea?
-No. En España no hay nada absurdo más que el trabajo, la iniciativa y la generosidad..., lo demás, no.
-Pero, bueno; ¿te parece bien o no que me meta a escritor?
-Hombre, casi preferiría que te metieses a torero.
Comprendí que no le había gustado la idea, pero como no se me ocurrió otra cosa, me puse a escribir poesías, artículos para periódicos, novelas y aquí estoy como ustedes lo están viendo.

No sólo de la familia provienen las reacciones que inspiran los escritores. También sucede con conocidos y amistades; Carmen Martín Gaite comparte su experiencia al respecto.

(…) Luego ella me preguntó que si yo tenía novio. “Sí, señora, aquel de allí.” “¿Y qué hace?” “También escribe” –dije yo tras una vacilación-. Carmen Isasi, mientras detallaba el perfil aguileño de Rafael, emitió un profundo suspiro. “¡Ay, pobre!” –se limitó a comentar. No sé si se refería a él o a mí.

Una situación peculiar que se da con los escritores es la idea de que se dedican a algo que es muy fácil, que cualquiera podría hacer. Arturo Pérez-Reverte refiere algo que lo tuvo como protagonista: “(…) vino uno que me dijo: ‘Ah, don Arturo tal y tal. Pues es que yo quiero escribir una novela’. ‘¿Sobre qué?’, le pregunté. ‘Ah, no sé, quiero escribir una novela’. Y le dije: ‘¿Y por qué no compone usted una canción?’. ‘No, no, una canción es muy difícil’. En fin…”

Tal vez sea por ello que cuando topa con la burocracia, el literato se ve en serias dificultades, tal como le sucedió -de acuerdo a lo narrado por Silvina Friera- a Luis Sepúlveda.

En la era de la grafomanía, el oficio de escritor no se considera tal. Cualquiera puede “ejercerlo”, basta con escribir un relato o algo que se le parezca. El chileno Luis Sepúlveda siempre se acuerda de un oficial de aduanas de Quito. “Cada vez que tenía que mendigar una visa me preguntaba la profesión. Cuando le contestaba: ‘Escritor’, repetía: ‘Le he preguntado la profesión’.” Muchos, como ese oficial de aduanas, creen que los escritores escriben cuando tienen “mal de amores”, cuando hay luna llena o, con suerte, cuando reciben la visita de esa extraña dama llamada Inspiración.

Y es que hay que ser serios, ¿cómo hay gente a la que se le ocurre dedicarse a eso?

jueves, 1 de junio de 2017

Miradas que iluminan


Los escritores vienen en diversas presentaciones: excéntricos o discretos; sencillos o con egos talla grande; habladores o reservados; prolíficos o con obra escasa; etc. Eso sí, tienen en común la mirada que ilumina, la que pudo ver lo que otros no o que habiéndolo visto no supieron expresarlo. Por eso a veces al leer algo nos preguntamos por qué nosotros no lo escribimos antes, tal como señala Aldous Huxley.

Los artistas (…) reciben de los hechos mucho más que el resto de los hombres, y pueden transmitir lo que han recibido con una peculiar fuerza de penetración, que introduce profundamente en el espíritu del lector cuanto le comunican.
Una de nuestras reacciones más habituales ante una buena obra literaria se expresa por medio de la fórmula: “Esto es lo mismo que yo he pensado o creído siempre, pero sin acertar nunca a expresarlo claramente por medio de palabras, ni tan siquiera para mí mismo.”

En síntesis, se trata de saber ver y saber contar.

Hay casos en que la mirada del escritor se detiene en la vida de otra persona que no se dio cuenta del verdadero alcance de lo que le sucedió. Juan Villoro ofrece un ejemplo de ello.

Para escribir Relato de un náufrago, Gabriel García Márquez interrogó al protagonista con un interés que él no se había concedido a sí mismo, aún absorto ante el milagro de estar a salvo. La mirada externa del cronista transformó al superviviente en relator y primer lector de su aventura.

Así fue como el protagonista pasó a ocupar su lugar gracias a la mediación del escritor que descubrió la trascendencia de lo acontecido.

Pero en otros momentos el escritor ni siquiera debe ir tan lejos para encontrar material. Abelardo Castillo ilustra el punto.

Te sentís escritor vos mismo, por una decisión tuya en cualquier momento. De pronto has tenido un gran amor, se te ha ido o te has ido, estás deshecho del dolor y de repente, pensás: “¡Qué historia es ésta! Me parece que está para escribirla”. En ese momento, decís: soy escritor. No soy un enamorado, porque el enamorado se mata o sale corriendo a buscar a la persona amada. El tipo que al perder un gran amor piensa “Qué tema para un cuento o para una novela”, ése es un escritor.

Al fin que ser escritor tiene sus ventajas.

jueves, 20 de abril de 2017

Escritor vs editor


El vínculo entre escritores y editores no siempre ha sido armónico, tanto que según Alberto Manguel desde la época de Gilgamesh los escritores se han quejado de la avaricia de los editores. Pero en el caso que hoy nos ocupa el reclamo del escritor nada tiene que ver con lo económico. Es Isaac Bashevis Singer quien comparte una de sus experiencias al respecto.

Había escrito un relato y se lo entregué al editor de la revista para la que trabajaba  como corrector de pruebas. Me prometió que lo leería y, si le parecía bien, lo publicaría. Al cabo de un tiempo me informó de que había leído el cuento y, pese a haberlo encontrado defectuoso, había decidido publicarlo. Cuando le pregunté por esos defectos me respondió, tras cavilar por un instante, que la obra era excesivamente pesimista, carecía de problemática, y que el tema le parecía negativo y casi antisemita. ¿Por qué escribir acerca de ladrones y rameras cuando abundaban los judíos decentes y las buenas esposas judías? Si algo así se tradujera al polaco y lo leyese un gentil, éste concluiría que todos los judíos eran unos depravados. Un escritor en yiddish, argumentaba mi editor, estaba moralmente obligado a poner de relieve lo bueno de nuestro pueblo, a resaltar lo noble, lo sagrado. Debía ser un defensor elocuente de los judíos, no un difamador.

A estas críticas del editor, el escritor responde con argumentos muy sólidos –y de acuerdo a una conocida tradición judía- mediante la formulación de una serie de preguntas.

¿Por qué debía ser optimista un cuento? ¿Qué clase de criterio era ése? Y ¿qué significaba  que “carecía de problemática”? ¿Acaso la esencia misma de la existencia del mundo y de la especie humana no constituía un problema enorme? Más aún, ¿por  qué razón el escritor en yiddish estaba obligado a convertirse en defensor de su pueblo? ¿Acaso era un deber para él mantener un eterno diálogo con los antisemitas? ¿Una obra escrita según este estilo poseería algún valor artístico? 

Y concluye: “Las Escrituras, a partir de las cuales fui educado, no halagaban a los judíos. Muy por el contrario, insistían constantemente en sus pecados. Ni siquiera Moisés  aparecía como íntegramente puro.” 

martes, 7 de marzo de 2017

Escritores desabridos


En otra ocasión ya nos hemos referido a las peculiaridades del proceso de creación (http://habladuriacronicasdelocotidiano.blogspot.mx/2011/03/de-quienes-viven-en-otro-mundo.html), a la distancia que separa al escritor de su obra. En relación a ello, Hilaire Belloc –citado por Simon Leys- alude a esta asimetría entre la inspiración y el sujeto en quien habita.
Aún no he conocido a un hombre que se correspondiese con su obra. O era claramente mucho más grande y mejor que ella, o claramente mucho menos grande y peor […] De hecho, no es el simple hombre quien hace la cosa: es el hombre inspirado. Y la razón de que nos sorprenda la vanidad de los artistas es que, más o menos conscientemente, apreciamos el contraste entre lo que Dios ha hecho a través de ellos y sus propios yoes repugnantes […] Cuando se trata de una obra de genio, el hombre está muy por debajo de ella: está en un plano diferente. Ningún hombre es por sí mismo un genio. Ese genio se le presta desde fuera.
Por su parte Simon Leys enuncia algunas consideraciones en cuanto al vínculo del artista con su producción
(…) la obra creada posee un esplendor y una profundidad que exceden en mucho el calibre de su creador. La obra no sólo es más grande que su autor, es de una naturaleza diferente: llega de algún otro lugar. El autor sorprende a los que admiran su obra; comparado con ella, parece vacuo. Y sin embargo, ¿no fue precisamente esa misma vacuidad la que le permitió dar vía libre para que nacieran sus obras?
Un artista sólo puede asumir la plena responsabilidad de aquellas obras suyas que son mediocres o abortadas (en éstas, ¡ay!, puede reconocerse a sí mismo totalmente), mientras que sus obras maestras siempre deben causarle sorpresa. Georges Bernanos, que no era ciertamente alguien inclinado a la delicadeza literaria, comentaba sobre su Diario de un cura rural: “Estimo este libro como si no lo hubiese escrito yo”. Y en realidad, en un sentido (…), no lo había escrito él. ¿Puede en realidad un escritor clarividente creer alguna vez que la fuente de su inspiración se halla dentro de él? ¡Es como si creyera que posee el arco iris o la luz de la luna que transfigura por un momento su jardincito!
Claro está que no sería justo quitar mérito a la labor de los creadores, al enorme grado de concentración que –siempre siguiendo a Leys- demanda su tarea.
Juntar esos dos nombres [Simenon y Mozart] aquí puede parecer incongruente…, y lo es, en todos los aspectos, salvo en uno esencial: el funcionamiento de la mente creadora. El punto de partida era para ambos artistas de crucial importancia: había una frase musical, una visión inicial, que se les daba; una vez agotada esta primera fase seguía rápidamente el resto, en un impulso impetuoso, sin vacilación, en un flujo continuo…, lo que Mozart llamaba il filo. La velocidad de este proceso, su rotundidad, su seguridad y su certeza triunfales pueden hacer hablar a observadores superficiales de “facilidad”; se trata de una impresión muy engañosa, porque, para sostener el ritmo del dictado interior sin romper el hilo, el artista debe movilizar poderes de concentración que son casi sobrehumanos.
Ahora bien, el lector que quedó conmocionado al concluir una obra ansía conocer al autor suponiendo que existe una suerte de contigüidad entre ellos. Y en muchas ocasiones la decepción es grande, muy grande (es importante aclarar que la cuestión no es exclusiva de los hombres de letras dado que hay también payasos que en su vida privada son muy tristes, pintores que no dan color y humoristas que fuera del escenario transmiten una tristeza contagiosa). Simon Leys profundiza en ello.
La gente suele sorprenderse cuando cae en la cuenta de que, en la vida, los grandes escritores no se parecen mucho a la imagen que se habían formado de ellos al leer sus obras. Por ejemplo: pueden descubrir con ingenuo asombro que un fiero polemista, cuyo ardor y cuya violencia les habían sobrecogido, es en realidad un hombre tranquilo, tímido y retraído; o también que el profeta orgiástico de pasión ardiente, que había agitado su imaginación sensual, resulta ser en realidad un eunuco; que el aventurero famoso, que les hizo soñar en horizontes exóticos, calza zapatillas y nunca abandona su cómodo asiento junto al fuego; que el esteta de cuyas lecciones exquisitas extrajeron tanta inspiración come en platos de plástico y lleva unas corbatas horrorosas. Deberían haberlo pensado mejor.
Y es que en muchas ocasiones –tal como afirma Leys- el proceso creativo procura compensar ciertas carencias personales. “Es muy frecuente que un artista cree con el fin de compensar una deficiencia; su creación no es el flujo gozoso y exuberante de una inundación, es con mayor frecuencia un patético intento de responder a una necesidad, de salvar un vacío, de ocultar una herida.”
Sucede entonces que si el encuentro con un autor puede llegar a ser frustrante, ni se diga lo que acontece, como narra el mismo Leys, cuando coinciden dos colegas.
El encuentro de genios no siempre propicia intercambios sublimes. El único encuentro entre James Joyce y Marcel Proust es un buen ejemplo: estos dos gigantes de la literatura moderna compartieron en una ocasión un taxi, pero se pasaron todo el trayecto discutiendo sobre si abrir la ventanilla o no. (Esta anécdota tiene que ser cierta, porque la inventó Nabokov).

Por otra parte, y luego de referir un acontecimiento puntual, Hans Blumenberg proporciona una explicación a lo que venimos considerando al señalar que es habitual que los escritores estén más pendientes de los ausentes que de los presentes (lo que –como veremos- les ocasiona daños de mucha consideración).

"Es asombroso", decía la seductora aunque pobre Mrs. Bulwer -casada con el entonces tan exitoso Edward Bulwer-Lytton y a la que llamaba "Poodle"-, "lo aburridos que son los escritores".
Ella debía de saberlo. Y qué razón tenía. Cuando su marido se decidió finalmente a ser más entretenido y viajó con ella a Italia, tuvo la desgracia de que se le ocurrió escribir en Nápoles su única obra inmortal, aunque en modo alguno la mejor: Los últimos días de Pompeya. Eso colmó el vaso. Rosina, que así se llamaba realmente, ya no pudo resistir a la seducción de un noble napolitano.
Así que tenía razón. Ahora bien: ¿podría ser de otro modo? Este tipo de gente, los escritores, viven de cumplir profesionalmente la ley de no hacer caso de los presentes para parecer más divertido a los ausentes.
Esta inevitable confusión de lejanía y cercanía, de próximo y lejano, es lo que hace tan aburridos al escritor para quienes tienen que habérselas con ellos. El escritor no está para ellos.

¿Qué dicen los propios literatos de este asunto? En lo que concierne a Alejandro Rossi, a fuerza de realidad debió abandonar su mirada idealizada en relación a quienes se dedican al oficio.

Cuando yo era adolescente pensaba que los grandes escritores eran personas incapaces de maldad. Mi razonamiento era a la vez simple y falso: la bondad acompaña a la comprensión, a la inteligencia, sin la cual –creía- es imposible escribir una página que valga la pena. Aún recuerdo mi escándalo al leer, en las memorias de un contemporáneo, que Valle-Inclán pateó a un (pequeño) perro empeñado en subírsele a una pierna mientras él (Valle-Inclán, claro) buscaba un libro.

También están aquellos que no tienen muy buena opinión sobre sí mismos, como Jorge Ibargüengoitia que al tiempo de reivindicar el derecho a la soledad y a comunicarse con los demás únicamente por sus obras, ofrece un perfil muy peculiar de quienes se sienten atraídos por las letras.

Uno de los pocos atractivos que tiene para mí el oficio de escritor, es que puede desempeñarse sin necesidad de aparecer en público. El escritor es, por definición, un personaje que ha decidido comunicarse con sus semejantes a través de hojas de papel escritas. Es un oficio que ni mandado hacer para tímidos, feos, tartamudos o simplemente insociables.

Mientras que para Manuel Vázquez Montalbán “[Andrea] Camilleri es una persona tan natural y acogedora que no parece escritor. Elogio desmesurado que sólo podría haberle dedicado otro escritor que, en su juventud, cuando era más sincero, pensaba que casi todos los escritores establecidos eran unos tarambanas.” Nada mejor para concluir que la sentencia lapidaria de Javier Marías: “La posteridad cuenta siempre con la ventaja de disfrutar de la obra de los escritores sin el incordio de padecerlos a ellos.”

jueves, 8 de septiembre de 2016

Desinspiración


Sí, tengo claro que la palabra no existe y el corrector automático la subraya con rojo pero con ella quiero aludir a ese momento en que el escritor (tal como le sucede al pintor, escultor, artesano y otros orfebres de la creación) se encuentra bloqueado. Y por más que se esfuerza, busca, reflexiona…, nomás no. No aparece nada; a esta coyuntura Rosa Montero la identifica como la “pájara”.

Para hacer un buen artículo periodístico, o por lo menos para hacer uno pasable, es necesario que la columna contenga, como poco, una idea, a ser posible original. De manera que pones el huevecillo de un pensamiento propio y, hala, ancha es Castilla, luego vas rellenando líneas hasta el final. Pero hay días de plomo en los que no se te ocurre ni una maldita cosa, ni siquiera un guisante de idea, ni una simple fruslería cogitante. Agitas la cabeza y allá dentro retumban y rebotan dos neuronas resecas, perdidas en mitad de la negrura cerebral; y por más que las estrujas no logras obtener ni una sola palabra digna de ser escrita. Porque bastaría con encontrar una palabra verdadera, una de esas palabras capaces de nombrar el nombre de las cosas; pero hay días polvorientos en los que todas las frases se vacían.
Cuando te da una pájara de este tipo, normalmente te lanzas con avidez bulímica a los periódicos, a las radios, a las televisiones, buscando una noticia que haga florecer en ti una palabra propia.

Este vacío no es exclusivo de entornos profanos; también se hace presente en ámbitos religiosos. Santa Teresa –tal como lo señala Jaime Barylko- habla de “sequedades”.

Recuerdo que en mi juventud leía yo Las Moradas de Teresa de Jesús, donde la mística española se lamentaba de caer en períodos desprovistos de toda savia inspiradora; “sequedades” los llamaba. Es cuando todo lo tienes, pero lo esencial, la savia, el fluido de la vida, te falta. Buber le dice “el eclipse de Dios”.

Aunque suene a simple consuelo es posible que a esos períodos infértiles les sigan momentos de notable creación; es más, tal vez sean parte esencial de ellos.

Por otro lado, hay lectores que son tan fieles a sus escritores preferidos que también los acompañan en sus horas bajas. Tan sólo por ello convendría que los autores no tiraran la pluma aun cuando ganas no les falten.

martes, 24 de mayo de 2016

Novelista: oficio poco calificado


Hay ocupaciones que cualquiera puede desempeñar mucho mejor que quienes las tienen a su cargo. Entre ellas sobresalen la de director técnico de la selección nacional de futbol y la de gobernante, de tal forma que cada quien está convencido de tener el plan adecuado para hacer frente en forma exitosa a cualquier situación por grave que fuese.

No había pensado que lo mismo acontece con los escritores hasta que di con el artículo “¿Usted también escribe? Analfabetismo incipiente” de Jorge Ibargüengoitia, quien con sólidos argumentos me condujo a tomar conciencia del craso error en que estaba.

En nuestro medio, inclusive, a pesar del elevado índice de analfabetismo que tenemos, el número de personas que creen que podrían escribir una novela con las experiencias que han tenido en su vida, es tremendo. Un soneto es algo mucho más difícil, porque hay que aprender a rimar y a contar las sílabas. Pero una novela, ¡en prosa!, es la cosa más fácil del mundo. Basta con sentarse frente a una hoja de papel y contar todo lo que nos ha pasado en nuestra vida, que es tan interesante.

Las limitaciones de cualquier vecino para escribir una obra maestra tienen que ver únicamente con su falta de tiempo libre ante la imperiosa necesidad de salir a trabajar para mantener a la familia. Restricción de la que están a salvo los novelistas, burgueses acomodados a quienes les sobra tiempo.

En realidad, escribir novelas es un trabajo de ociosos. Pero eso no quita que la mayoría de la gente tenga un talento novelístico innato o, mejor dicho, literario. La prueba está en las composiciones que hacíamos en la escuela y las dedicatorias que poníamos el día de las madres. Eran geniales.
Esta situación, la de vivir en un medio de novelistas potenciales, no frustrados, porque nunca han intentado ejercitar sus talentos, ni fracasado en el intento, hace que las personas, como yo, que no hacemos más que lo que todos podrán hacer, seamos considerados como una raza parasitaria, superflua y, francamente, de muy poco talento, porque nos cuesta un trabajo horrible hacer lo que todos harían en sus ratos de ocio.

En este entorno de entendidos, las obras de los escritores reales van a recibir la crítica (en ocasiones despiadada) de escritores potenciales convencidos que -de contar con las prerrogativas de aquellos- seguramente habrían escrito algo inconmensurablemente mejor.

Por otra parte, esto de usar para expresarse un medio que todos conocen a la perfección desde primero de primaria, hace que los escritores tengamos una cantidad de críticos exactamente igual al número de personas que saben leer y escribir. El de lectores, en cambio, es mucho más reducido, porque la mayoría de los críticos son apriorísticos.
-¡Novelas, las mías! –dicen y no compran las nuestras.

Es habitual que en otras áreas la crítica sea actividad exclusiva de conocedores pero con la escritura…, con la escritura es distinto. ¡Faltaba más!

Criticar a un pintor o a un músico es más difícil. Al primero, porque sus cuadros no los ven más que los culteranos que van a las exposiciones, y porque, además, ése sabe mezclar los colores, que requiere cierta ciencia; al segundo, porque nadie sabe leer música. Esos son desechados por locos, que, en nuestro medio, es lo mismo a ser desechado por genio. Pero nosotros, los escritores, estamos en la línea de fuego.

Y por si fuera poco lo crítico no quita lo gorrón, tal como Jorge Ibargüengoitia pone de manifiesto.

-Oye, ¿cómo no me habías dicho que eras escritor? -me preguntó una mujer con quien he tenido la desgracia de trabajar varias veces en congresos-. A ver qué día me regalas tus libros.
Ha de creer que uno tiene que andar anunciándose, y que los libros los escribe uno para regalarlos. Yo nunca le pregunté si era casada, y si me enteré de que tenía una tortillería automática, fue por boca de terceros. Además, nunca se me hubiera ocurrido pedirle una tortilla.
-Oiga, patrón, ¿cuándo escribe un libro de veras bueno? –me preguntó un mimeografista a quien cometí la torpeza de regalarle un libro-. Digo, porque ése es de relajo.
Pasa uno muchas vergüenzas.
-Tus libros me parecen muy superficiales –me dijo una culta y, por supuesto, mal educada-, pero mi yerno dice que tienen mucho porvenir, y él es argentino.
Fue un consuelo.

Así las cosas, no puede sorprender que el escritor carezca de reconocimiento social y que, por el contrario, se le sitúe en inferioridad jerárquica en relación a otras ocupaciones.

Pero veamos cómo se comportan las demás profesiones. Un ingeniero se pone Ing. antes del nombre, y cuando su mujer llega a la casa, le pregunta a la criada:
-¿Ya llegó el Ingeniero?
Ninguna esposa de escritor le ha preguntado nunca a ninguna criada si ya llegó el Escritor. Entre otras cosas, porque lo más probable es que no tenga criada, y porque sabe que su marido no ha salido; está en su cuarto, frente a la máquina, devanándose los sesos.
Un Lic., un Arq., un Dr., un Ing. antes del nombre, o un CPT después, son signo de que alguien se ha pasado años leyendo libros que nadie leería motu proprio.

Jorge Ibargüengoitia concluye su análisis con una síntesis acerca de la escasa consideración social con que cuentan los escritores. “¿Pero nosotros? Para escribir novelas no se necesita más que leer novelas, que, después de todo, se supone que la gente lee por gusto. Así que además de parásitos superfluos somos hedonistas.”

jueves, 4 de abril de 2013

Celo, celos y recelos

Entre los escritores es posible percibir diversos grupos que tienen que ver con su edad, sexo, procedencia, ideología, niveles de visibilidad, estilo y género literario que se cultiva. A partir de esta fragmentación se van constituyendo las diversas tribus en torno a revistas, suplementos, premios, instituciones, etc. Muchos son los que se sienten llamados y pocos los elegidos para ocupar lugares de preeminencia en el mundo de las letras y que ocasiones concitan rivalidades, enconos y descalificaciones varias.

La humildad de algunos les impide entrar en la conflagración de las letras pero también están quienes sufren de vedetismo y están dispuestos a hacer todo lo necesario para escalar lugares en el ranking de escribientes. Es así como se va gestando un clima propicio a celos, intrigas y envidias. El escritor gallego Manuel Rivas, citado por Víctor Roura, refiere la notable diferencia que presenta el ambiente en que se mueven los escritores al confrontarlo con el anonimato que rodea a los jardineros.

(…) aunque sabemos que existe ese tipo discreto que injerta metáforas deslumbrantes en la simplicidad del espino, escribe endecasílabos con el estiércol y acompasa su rutina necesaria a la imaginación de la tierra. No, nadie pregunta por el jardinero. El hombre discreto no espera un aplauso cuando rima en invierno la romántica belleza del camelio con la podrida tristeza de las hojas muertas. Sabe que no le aguarda un homenaje póstumo mientras siembra dalias y crisantemos. Nadie fotografiará su última sonrisa, su última rosa. Quizá envidie e incluso odie a otros jardineros, pero no caerá en el ridículo de proclamarlo en carteles sobre el césped.
Pero no se debe caer en la ingenuidad de pensar que los celos profesionales constituyen un monopolio de escribas. Víctor Roura analiza lo que acontece con los odontólogos.

También los dentistas juzgan, a veces con severidad, los trabajos de colegas suyos que les han precedido, pero no andan por las calles divulgándolo. Cuando el dentista se ha ido a París para cursar un doctorado por una beca atingentemente concedida, no hay más remedio que buscar a otro para finalizar el trabajo pendiente. Y como uno está seguro de que ha estado atendido por manos pródigas, lo primero que hace es decirle al nuevo dentista que, simplemente, termine de resanar la herida provocada por una urgente pero sencilla extracción molar. El dentista reemplazante examinará nuestra boca con la reticencia del caso, cavilará un momento su meticulosa inspección y, acto seguido, nos dirá, con prudencia, que la nuestra no es una boca saludable, por no decir que la ha encontrado hecha un asco. Pondrá manos a la obra, rehaciendo la labor de su antecesor. Y si vamos, luego, con un tercer dentista, nos dirá que nuestra boca pudo no haber sufrido las notorias ausencias dentales si se hubieran tomado a tiempo las debidas precauciones, y pondrá manos a la obra rehaciendo el trabajo de sus antecesores. Pero ninguno de ellos proclamará a los cuatro vientos la deficiencia de sus colegas. Es más, ni pregunta sus nombres, ni sus direcciones. No le importa: le basta con saber que es mejor que los otros, aunque un cuarto dentista, a su pesar y sin saberlo, disminuya con un nuevo diagnóstico su oficio.

Y ya entrado en gastos, Roura se refiere a lo que sucede con los trabajadores de la limpia.

El noble basurero sólo se pelea para que no le sean invadidas las calles que le ha tocado barrer. Recoge con empeño la basura de su sector y no se mete en una calle ajena porque sencillamente no le pertenece sino a otro colega suyo, aunque no crucen ambos palabra alguna. Tal vez, luego de la agotadora faena, en el corrillo de la delegación no se refiera en buenos términos a don Poncho, el basurero que barre la avenida principal, pero tampoco va a colocar alrededor de la colonia cartelones que denuncien su diatriba.

Pero con los escritores, ¡ay! con los escritores, el panorama es muy otro y ello se atribuye a muy diversas causas: que si el egocentrismo propio del oficio, que si la inseguridad implícita al proceso de creación, que si la necesidad de reconocimiento y el deseo neurótico de aprobación, etc. En fin, lo cierto es que el tema da para mucho. Puede suceder que incluso cuando públicamente se perciban elogios generosos y reconocimientos mutuos, la realidad que se viva en la intimidad sea muy diferente; a comienzos del siglo XX, Jacinto Benavente abordaba la cuestión.

Algunos escritores de provincias claman contra nosotros los de Madrid porque, según ellos, tenemos establecido un trust de los bombos y nos pasamos la vida en batalla de flores: elogio va, elogio viene; siempre entre los mismos del corro. (…) ¿no será obra meritoria la de bombearnos los unos a los otros? Ya procuramos destruir el efecto de las caricias públicas con los arañazos y mordiscos privados. (…) Da gusto discurrir por cualquier Círculo literario. -¿Has leído la imbecilidad que publica hoy Fulano? –Nunca leo esas latas. -¿Has leído lo que dice de ti el idiota de Mengano? –Esto cuando se trata de un elogio, para darle todo su valor.

Y se habla mal de todo lo que se lee, y peor de lo que no se lee (…)

Dejad, dejad que funcione el bombo mutuo; es cuanto queda de agrado y cortesanía en nuestras relaciones literarias. ¿Será mejor que nos destrocemos los unos a los otros (…)? (…) Y sí aun hablando bien unos de otros no engañamos al público sobre nuestro mérito, ya que nos crea malos escritores que nos crea siquiera buenas personas.

Víctor Roura, citando nuevamente a Manuel Rivas, profundiza en estas envidias y odios tan frecuentes entre escritores.

Su odio es pegadizo como un eczema, dice el gallego Manuel Rivas, "es un odio full-time: se ha convertido en una enfermedad profesional". Porque "escribir es también envidiar". El irlandés George Moore ha dejado una magnífica definición de movimiento literario: "Consiste en cinco o seis personas que son vecinas de la misma ciudad y se odian todas cordialmente." (…) La envidia y los odios literarios, sostiene Rivas, "han pasado de una escala artesanal, precapitalista, a otra fase ultraliberal, insaciable. Si este capitalismo es canibalismo, el nuevo odio literario es antropófago. No se trata de compartir sino de competir y devorar". (…) Los autores viven "un canibalismo gregario, pandillero", que publican incluso, sin miramientos, sus respectivos odios o eliminan, de plano, a sus contrincantes ignorándolos, conspirando en silencio a sus espaldas.

No obstante lo hasta aquí señalado, Roura sostiene que por encima de ello existe una suerte de corporativismo, de identificación gremial que evita que la sangre llegue al río. “Podrán argüir mil cosas de sus infamias y odios e inmoralidades y supresión de éticas, de sus oportunismos e infiltraciones calculadas y de su cinismo fiero e incongruencias profesionales, pero no, los literatos antropófagos, contra la lógica de su propia naturaleza, no se devoran a sí mismos.”

Hay quienes aportan un poco de humor en este tema de las críticas devastadoras entre escritores, es el caso de Mark Twain en su epístola a un literato joven.

En efecto, Agassir recomienda a los literatos que coman pescado, en atención al fósforo que este alimento contiene. Pero yo no puedo indicarle a usted la cantidad de pescado que debe tomar. Si la obra que me ha enviado como muestra, representa lo que hace usted habitualmente, creo que por el momento le bastará con un par de ballenas. No es necesario que las elija entre las más grandes. Con dos ballenas de las medianas tendrá bastante.

Para finalizar es conveniente subrayar, en voz de Manuel Rivas citado por Víctor Roura, uno de los aprendizajes que deja el trabajo con la tierra: “el prestigio del jardinero radica en su jardín y no en podarle los huevos al primero que se le cruce del gremio”. Junto con ello sería recomendable que algunos escritores se dieran un baño de humildad repensando el lugar que ocupan en el conjunto social, tal como lo señala Paco Ignacio Taibo I.

Desde hace muchos años pienso, y la idea se reafirma en mi cabeza con el paso del tiempo, que el oficio de escritor es otra calificación profesional más; casi podríamos decir un acto de artesanía, que no tendría que admirarse demasiado, que tendría sus equivalencias en la albañilería, el virtuosismo del trapecista circense, la habilidad del mecánico automotriz, la entrega apasionada del arquitecto o del biólogo marino. Un oficio más, respetable, responsable, apasionado, alucinante... tanto como los otros. Y como los otros, un oficio social, que se hace entre los demás con los demás, para los demás.