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martes, 29 de enero de 2019

Macario y el mosquito


Por muchos motivos la vida de los monjes cristianos egipcios del siglo IV, los Padres del Desierto, ha captado la atención de diversos autores a lo largo del tiempo. Ahora nos centraremos en un hecho aparentemente menor que fue observado por Paladio en uno de estos monasterios y que transcribe J. Lacarriére en su libro “Los hombres ebrios de Dios” (al que seguramente volveremos en próximas artículos). Comenta Paladio que

Un día en que Macario permanecía sentado en su celda, sufrió la picadura de un mosquito. Movido por el dolor, lo aplastó. Se acusó en seguida de haberlo aplastado por venganza y resolvió permanecer desnudo e inmóvil, sin abandonar el sitio, seis meses enteros sumido en la mayor soledad, en un pantano próximo, en el que hay mosquitos tan grandes como avispas y cuyos aguijones atraviesan incluso la piel de los jabalíes. Consecuencia de ello es que le pusieron el cuerpo en tal estado que cuando volvió a su celda todos creyeron que había contraído la lepra y únicamente por su voz reconocieron que era Macario.

A partir de ello, J. Lacarriére analiza la mentalidad y la forma de vida de aquellos monjes.

Comportamiento que algunos calificarán de insensato, pero que revela en  realidad una mentalidad a la vez arcaica y atrayente. Por haber matado un  mosquito, Macario deja a todos los otros el cuidado de vengar su “víctima”. Su gesto puede ser interpretado, ante todo, como un sufrimiento que Macario se impone a título de expiación y al mismo tiempo como un equilibrio que se restablece, un trueque que se establece entre el universo humano y el universo animal.

Añade Lacarriére que para comprender mejor el castigo que se autoimpuso Macario por haber matado al mosquito, hay que tener en cuenta lo que significa habitar el desierto en una relación tan cercana con ángeles y demonios.

Porque la existencia en el desierto está sometida a un perpetuo ajuste de cuentas entre el hombre y el mundo viviente que le circunda, visible e invisible. En el cielo, sobre la tierra, cerca de los humanos, los ángeles y los demonios inscriben en grandes libros las faltas de cada uno y todo figura en su sitio en esta contabilidad metódica, incluso los gestos más anodinos, los pensamientos más cotidianos.

En aquellos monjes –de acuerdo con J. Lacarriére- debía imperar el respeto a todo lo creado, donde el ser humano es tan solo uno más entre tantos seres vivos. “Cosas, plantas, animales forman parte de un universo sagrado donde nada existe por azar, donde todo, desde la aparición: de un querubín hasta la picadura de un mosquito, es un signo que emana del mundo invisible.” Tomando todo esto en consideración, concluye Lacarriére, se vuelve más entendible la conducta adoptada por Macario. “Por consiguiente, si Macario se deja picar por los mosquitos, es porque éstos, con idéntico título que  los hombres, tienen su lugar en el inmenso e insondable Plan divino.”

De tal modo que si bien es cierto que en años recientes han proliferado movimientos en defensa de los animales, no cabe duda que sus raíces se encuentran en el pasado remoto.

jueves, 26 de mayo de 2016

Juicios de antaño


El tema de la perfección de la naturaleza ha dado, sigue dando y, seguramente, dará para mucho. Por un lado están quienes sostienen que la naturaleza es perfecta y aun sus aparentes deficiencias tienen explicaciones superiores. Por otro, los que señalan que natura presenta severos problemas en su diseño original. Huracanes, terremotos, ciclones, inundaciones, sequías integran la lista de las llamadas catástrofes naturales (si bien es cierto que en algunos casos se ven agravadas por la acción de los humanos).

También existen problemas de consideración ocasionados por algunos de nuestros colegas de hábitat. Tal es el caso por estos días de una enfermedad de extraño y sonoro nombre: chikungunya (la página web del Instituto Mexicano del Seguro Social informa que procede del idioma makonde y significa "doblarse", debido a que los enfermos se doblan o encorvan por dolor en las articulaciones). Agrega la fuente que “es una enfermedad nueva en el continente americano, transmitida por el mismo tipo de mosquito que propaga el dengue, por lo que en algunos casos se pueden contraer ambas infecciones”. Y a continuación caracteriza sus síntomas:

La enfermedad aparece de 3 a 7 días después de la picadura del mosquito infectado y puede durar el mismo tiempo en la fase aguda. Entre los síntomas que se presentan durante este periodo se encuentran:
•Fiebre mayor a 39° C
• Dolor en: ◦Articulaciones, dolor intenso asociado a hinchazón
◦Cabeza
◦Espalda
◦Músculos
•Náuseas
•Manchas rojas en la piel (erupciones)
•Conjuntivitis (enrojecimiento de los ojos)

El asunto no es para tomárselo en broma cuando el destinatario de la conocida canción (“no me molestes mosquito”) no acata el exhorto. Ante ello lo que queda es tomar las medidas preventivas que recomiendan las autoridades del ramo y en caso de sufrir el padecimiento concurrir con presteza al centro de salud más cercano.

Pero hubo tiempos en que las cosas fueron diferentes al atribuirse responsabilidad a los protagonistas de estos zafarranchos (no les servía de excusa pertenecer a otra especie), por lo que debían hacerse cargo de los desastres causados. A ello se refiere Ambrose Bierce

(…) en el Medioevo fueron procesados animales, peces, reptiles e insectos. Una bestia que hubiera causado la muerte de un hombre (…) era debidamente arrestada y procesada, y si resultaba culpable, ejecutada por el verdugo público. Los insectos que devastaban sembrados, huertas o viñedos, eran citados ante un tribunal civil, para declarar por sí o por medio de un abogado, y pronunciados el testimonio, el argumento y la condena, si seguían “in contumaciam”, se llevaba el caso a un alto tribunal eclesiástico, que los excomulgaba y anatematizaba.

Y llegado a este punto, Bierce proporciona algunos ejemplos.

En una calle de Toledo se arrestó, juzgó y condenó a unos cerdos que perversamente pasaron corriendo entre las piernas del virrey, causándole gran sobresalto. En Nápoles se condenó a un asno a morir en la hoguera, aunque al parecer la sentencia no fue ejecutada. D’Addosio ha extraído de los anales judiciales numerosos procesos contra cerdos, toros, caballos, gallos, perros, cabras, etc., que según se cree, contribuyeron grandemente a mejorar la conducta y la moral de esos bichos. En 1451 se inició causa criminal contra las sanguijuelas que infestaban ciertos estanques de Berna, y el obispo de Lausana, aconsejado por la facultad de la Universidad  de Hedelberg, ordenó que algunos de esos “gusanos acuáticos” comparecieran ante la magistratura local. Así se hizo, y se intimó a las sanguijuelas, presentes y ausentes, que en plazo de tres días abandonaran los sitios que habían infestado, so pena de “incurrir en la maldición de Dios”. Los voluminosos expedientes de esta causa célebre no dicen si las inculpadas arrostraron ese castigo, o si se marcharon en el acto de esa inhóspita jurisdicción.

No quepa duda que por aquellos tiempos el mosquito responsable del chikungunya hubiese sido inculpado y castigado con debida severidad.