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lunes, 10 de febrero de 2020

Arturo Pérez-Reverte y titulares de amarrar navajas




En este mismo espacio ya nos hemos referido al acierto que significaron algunos titulares en diversas notas de prensa (http://habladuriacronicasdelocotidiano.blogspot.com/2015/03/el-arte-de-saber-titular.html). Ahora veremos otra dimensión del mismo tema.

Si bien hay que reconocer que no es tarea sencilla la de acomodar en pocas palabras el contenido de una extensa declaración, está claro que algunos son especialistas en titular lo que no es. Arturo Pérez-Reverte introduce el tema precisando los costos que ha llegado a tener una desafortunada cabeza de nota: “Conozco a escritores, actores, políticos y deportistas enemistados para siempre con compañeros de profesión o en graves aprietos por un titular infiel.”

El siguiente paso es compartir algunas situaciones de este tipo que lo tuvieron como protagonista; vayamos a la primera de ellas

Hay simplificaciones que son letales, y yo mismo fui objeto de ellas alguna vez, como todos. Mi favorita es la de cuando, tras una conferencia en la que dije que a veces era más reprobable moralmente el político infame que se beneficiaba del terrorismo que el terrorista propiamente dicho, ya que este último corría riesgos y el otro ninguno, un diario tituló, en primera página: “Pérez-Reverte prefiere un terrorista a un político”.

Otro ejemplo refiere a las vivencias del escritor en tanto corresponsal en situaciones de guerra.

Con mi última novela tuve oportunidad de ampliar la hemeroteca. Una revista publicó una entrevista en la que, entre otras cosas, yo decía que la guerra tiene un olor que se queda en la nariz y en la ropa y que tarda mucho en disiparse. Tanto debió de gustarle la idea al redactor jefe o al director, que, en un exceso de celo melodramático, decidieron titular en primera: “Llevo el olor de la guerra pegado a mi piel”. Con lo cual, supongo que con toda la buena voluntad del mundo, me dejaron como un perfecto gilipollas.

Y Pérez-Reverte guarda para el final aquellos titulares que considera deberían llevarse el primer premio en el género.

De todos modos, la perla de mi última presentación novelera es de las que costarían la amistad de amigos y colegas, de no ser porque los amigos y colegas saben, por experiencia propia, con quién nos jugamos los cuartos. Durante una conferencia de prensa, un periodista preguntó si, en mi opinión, Marsé, Vargas Llosa o Javier Marías podrían haber escrito El pintor de batallas, mi última novela. Mi respuesta fue la única posible: con el mismo asunto, mis colegas –amigos, además- habrían escrito magníficas novelas, pero no ésta. Para escribirla así, añadí, necesitarían mi biografía, y cada cual tiene la suya.
El comentario, recogido por una agencia de prensa, fue difundido correcta y literalmente; pero al día siguiente, un diario puso en mi boca, en titulares gordos: “Ni Marsé ni Vargas Llosa tienen mi biografía”, otro precisó: “Vargas Llosa o Marías no habrían podido escribir esta novela”, y un tercero: el premio Reverte me Alegro de Verte al tonto del culo de este año, tituló: “Vargas Llosa es incapaz de escribir esta novela”.

Solamente amistades de muy buena madera tienen las reservas necesarias para sobrevivir a estos titulares.

martes, 10 de septiembre de 2019

Destrucción de libros


Larga es la historia de destrucción de libros que incluye desde la quema de códices por parte de los conquistadores, la acción de los inquisidores, hasta los regímenes totalitarios, etc.

Hace unos años la situación se volvió a presentar en la guerra de la ex-Yugoeslavia; Arturo Pérez-Reverte –testigo de aquellos hechos- describe la situación.

Aquella noche, en Sarajevo, los cañones no apuntaban a la carne humana sino a la materia que conforma su alma y su inteligencia. (…) las primeras bombas serbias siempre eran para la iglesia, los archivos, el museo de turno.

La población hizo hasta lo imposible para salvar su acervo pero sus posibilidades estaban seriamente limitadas.

En realidad eran los vecinos del viejo Sarajevo, los infelices muertos de hambre, flacos y agotados, que salían de sus casas, desafiando el fuego, intentando salvar los restos de su biblioteca… corrían bajo las balas y las bombas, entrando en el edificio y saliendo con manuscritos y libros en brazos. Los filmamos llorando sobre páginas hechas cenizas, inútiles y patéticos en su esfuerzo. No había agua con que apagar las llamas. Y todo ardió hasta los cimientos.

Tal como acontece en estas situaciones, el avalúo de las pérdidas no es cuantificable.

Como ardió también el Instituto Oriental, con mil años de trabajo caligráfico reunidos desde Samarcanda hasta Córdoba, desde El Cairo hasta Sarajevo. Ediciones únicas de incalculable valor. El esfuerzo, la vida de miles de hombre que dejaron en ellos sus pestañas, su inteligencia y sus sueños. Todo fue borrado en una sola noche, y ya no existe. Ya nadie podrá volver a leerlo nunca. Jamás.

De acuerdo con Arturo Pérez-Reverte la destrucción de un libro no tiene atenuante posible.

Déjenme contarles un secreto. Cuando un libro arde, cuando un libro es destruido, cuando un libro muere, hay algo de nosotros mismos que se mutila irremediablemente, siendo sustituido por una laguna oscura, por una mancha de sombra que acrecienta la noche que, desde hace siglos, el hombre se esfuerza por mantener a raya. Cuando un libro arde mueren todas las vidas que lo hicieron posible, todas las vidas en él contenidas y todas las vidas a las que ese libro hubiera podido dar, en el futuro, calor y conocimientos, inteligencia, goce y esperanza.

A continuación Pérez-Reverte –fiel a su estilo- con expresiones categóricas que  originan adhesiones así como desacuerdos, enuncia una serie de conjeturas.

Destruir un libro es, literalmente, asesinar el alma del hombre. Lo que a veces es incluso más grave, más ruin que asesinar el cuerpo. (…)

Hay homicidios conscientes, voluntarios, ejecutados con plena conciencia. Crímenes que pueden resultar, tal vez, explicables o discutibles en un momento de pasión, de ignorancia, de ira, de patriotismo, de odio, de celos, de utopía. Pero rara vez la muerte de un libro, la destrucción de una biblioteca, puede beneficiarse de atenuante o explicación alguna. Por el contrario, éste suele ser un acto voluntario, consciente y cruel, cargado de simbolismo y maldad.

Porque finalmente en su opinión: “Ningún asesinato de libros es casual. Ningún asesino de libros es inocente.”

jueves, 8 de junio de 2017

La ley del silencio


El gremio devenido en corporación exige silencio solapador entre colegas, solidaridad muda, complicidad de cuerpo. Esto sucede con agrupaciones legales así como con las que se sitúan al margen de la ley. La fidelidad a los menos significa traición a los más. Nosotros y ellos; los de dentro y los de fuera. Al fin que todos tenemos nuestro día para celebrarnos y agradecernos favores.

Esta peculiar manera de entender la lealtad habita en casi todos los oficios y profesiones: clérigos, policías, líderes sindicales, jugadores de futbol, vendedores de crucero, maestros, burócratas, etc. Pero claro está que sus consecuencias no siempre son de la misma magnitud. Basta con un ejemplo sucedido en España y que relata, en su personal estilo, Arturo Pérez-Reverte.

En el ejercicio de la Sanidad, como en todos los oficios del mundo, hay artistas y chapuceros, gente de bien y cagamandurrias. (…) Esto viene a cuento porque la hija de unos amigos (…) María, se llama la enana, tuvo un esguince por el que le escayolaron la pierna. Pero se lo hicieron mal, inmovilizándole el pie en posición incorrecta, y ahora lo lleva como una pata de hipopótamo, y tendrá problemas circulatorios -tiene once años- el resto de su vida.

Después de reprimir sus ganas de actuar directamente sobre el galeno, el padre de la niña afectada comenzó a recorrer la vía legal. Sólo que para ello requería el juicio conocedor de los expertos, que casualmente eran colegas de quien había sido responsable del estropicio.

Empezó a llevar a su hija a diversos médicos, a fin de que certificaran la desgracia; mas, para su sorpresa, aunque todos se indignaron con la chapuza, cuando se les pidió un dictamen médico por escrito, ninguno accedió a proporcionarlo. Hasta hubo quien llegó a decir que no podía, moralmente, desautorizar a un compañero de profesión. El caso es que la chiquilla seguirá con su pie fastidiado de por vida, el matasanos que se lo desgració continúa ejerciendo como si nada, el padre de María está ahorrando para comprarse una escopeta del doce con cartuchos de posta, y cualquier día salen todos en los periódicos, pero a lo bestia.

Hay que subrayar –tal como lo hace Pérez-Reverte- que esta forma de proceder no es exclusiva de los médicos debido a que “es algo muy frecuente entre las putas, los jueces, los políticos y los periodistas, por citar unos cuantos ejemplos más o menos respetables”.

martes, 31 de enero de 2017

Honrar al mundo con la propia presencia


Escribir y dibujar en sitios arqueológicos, construcciones antiguas u otros lugares que son emblemas de diversas ciudades, genera un consenso de rechazo. Arturo Pérez-Reverte, con su filoso estilo habitual, resolvió encarar el tema en un artículo titulado “Manolo estuvo aquí”.
Lo vi escrito con rotulador grueso, hace unos días, en uno de los muros de El Escorial: Manolo y Miriam estuvieron aquí el 6-8-93. Ignoro quiénes son los tales Manolo y Miriam, y por qué el hecho de que estuvieran allí y no en otro lugar merecía ser inmortalizado ensuciando estúpidamente una fachada de piedras venerables. Sin embargo, basta echar un vistazo alrededor para comprobar que a cantidad de personas armadas con rotulador, spray u objeto inciso-punzante, el hecho de estar en tal o cual sitio, o en un sitio cualquiera, les parece solemnidad suficiente como para que el resto de los mortales nos enteremos de su nombre o de sus opiniones.
Pérez-Reverte deja en claro su respeto a la libertad de expresión pero no considera que este tipo de actos forme parte de ella.
Nada tengo contra la libertad de expresión, yo que además soy periodista. Ni tampoco contra la libertad de afirmación personal. Pero amo algunos edificios, algunas calles, algunas viejas piedras y algunos paisajes por conservarse tal como son y tal como fueron. Por eso me fastidia sobremanera, cuando voy a su encuentro, encontrarme sobreimpresos, a golpe de spray o rotulador, los nombres, los pensamientos o las chorradas de individuos, a menudo anónimos, que maldito lo que me importan. (…)
No hay justificación alguna para el hecho de que unas piedras, un edificio, un cuadro, un lugar, hayan sobrevivido a los siglos y a los hombres, y de pronto llegue alguien con su spray y nos cuente con letras de dos palmos que a él Felipe González se la machaca, que Volkswagen está en lucha, o que el imbécil de Manolo y su prójima estuvieron aquí. Todas ésas son opiniones, pero no son cultura. Y que las pongan en mi conocimiento utilizando la fachada de la catedral de Burgos, un fresco románico, el Parque Güell o el pedestal de Felipe III, es algo que me repatea el hígado.
Finalmente se adelanta a las críticas que su opinión pueda generar en algunos de sus lectores.
En ese tipo de cosas, soy absolutamente conservador. Incluso reaccionario: suelo reaccionar con un profundo cabreo. (…)
No se trata de que le pidan a uno el carnet de identidad cuando va a comprar un bote de pintura, ni de que la Benemérita aplique la ley de fugas a los virtuosos de la rotulación callejera y clandestina. Pero sí me encantaría, por ejemplo, tropezarme un día a Manolo con lejía y estropajo de alambre, dale que te pego a la fachada de El Escorial. Sentenciado a un mes de trabajos forzados en una imaginaria -y deseable- brigada de limpieza por haber sido sorprendido, in fraganti, en el acto de comunicar al mundo que acababa de honrar el lugar con su presencia.
Esta costumbre de marcar presencia en lugares históricos (así como la de llevarse algún recuerdito) viene de lejos, según lo ilustra Verónica Murguía.
(…) El padre Félix Fabri, otro medieval que también viajó a Jerusalén, sugiere a los peregrinos que “no se debe arrancar pedazos del Santo Sepulcro, o romper las piedras que hay allá so pena de excomunión”, y a los nobles les advierte que “no podrán grabar sus escudos de armas o escribir sus nombres en el mármol para demostrar que estuvieron de visita”.
Nada nuevo bajo el sol.

martes, 5 de agosto de 2014

La censura en España durante el franquismo


Sabido es que las dictaduras no se llevan con la libertad por lo que diseñan sofisticados sistemas de censura para que no llegue a la población aquello que se considera atentatorio contra la estabilidad política y/o las buenas costumbres. Y es por ello que los artistas (escritores, cineastas, pintores, actores, cantantes, etc.) se encuentran en el difícil trance de seguir haciendo sus obras pero con el extremo cuidado que les permita pasar la censura. Todo ello obliga al público a comprender no sólo lo que se dice sino lo que se quiso decir, porque  como afirma Perich: “A veces es necesario leer entre líneas porque, lógicamente, mucha gente no quiere escribir entre rejas.”

Carmen Martín Gaite y Rafael Azcona sufrieron la censura de la España franquista; la primera en tanto escritora y el segundo en su oficio de guionista de cine. Ambos manifestaron una valoración diferente al respecto. Para Carmen Martín Gaité la censura puede tener un lado positivo, un efecto no deseado que obligue a la superación del artista.
 
 
(…) hay que tener en cuenta un elemento siempre considerado bajo su aspecto negativo de represión, pero nunca como un acicate: me refiero a la censura. He mantenido muchas veces que la aventura de burlarla dio lugar a una serie de estrategias e innovaciones literarias que no siempre redundaron negativamente en la calidad del resultado, de la misma manera que la Inquisición jamás logró alicortar el vuelo poético ni la eficacia narrativa de Teresa de Jesús, Fray Luis de León o Cervantes. Mantenerse en vela afila el  ingenio y acendra muchas veces la enjundia expresiva.

Rafael Azcona tiene una mirada muy diferente sobre el punto y no acepta la existencia de ningún efecto colateral que beneficie a la creación.

Yo me irrito cada vez que oigo eso de que la censura aguza el ingenio. La censura no aguza nada, la censura envilece no sólo a quien la ejerce, sino también al que la padece, que en cuanto se descuida colabora con el censor autocensurándose.
 
 
Y Azcona concluye aludiendo a la productividad que debe tener el censor para poder mantener su trabajo. “Pero la mayor perversidad de la censura radica en su propio fundamento: un censor nunca perderá su puesto por prohibir, pero corre el riesgo de perder el pan de sus hijos cada vez que autoriza. La censura es un invento horrible.”
                                                                                 
En la España franquista la censura constituyó una gran amenaza para los creadores y todo aquello que tuviera alguna connotación sexual debía ser eliminado. Marcos Aguinis, citando a Juan Marsé, refiere un caso que resulta difícil de creer.

(…) Otra anécdota sobre la grotesca represión sexual se la debo al español Juan Marsé. Una de sus novelas había sido objetada por el funcionario encargado de la Censura, dependencia oficial con sellos, presupuesto y poder en el régimen franquista. Le advirtió que en su relato usaba demasiado la palabra "muslo", lo cual revelaba falta de pudor. En esa entrevista el censor aprovechó para infligirle al asustado novelista una clase de moral que debería figurar en una antología de las locas represiones. Dijo que la ortografía debía suprimir la letra "s". ¿La "s"? se asombró Juan. ¡Claro! ¿No advierte la cantidad de curvas que tiene? ¡Es el colmo del desenfado!
                       
Cabe señalar que en ese contexto la censura estuvo íntimamente vinculada a la Iglesia y Manuel Vicent proporciona un ejemplo de ello

Alguien había escrito en una novela “Susana entró de noche en su habitación, se desnudó, se metió en la cama y tranquilamente se durmió”. La censura tachó todo el párrafo con lápiz rojo. El autor fue a negociar con el censor y en medio del chalaneo preguntó por qué le habían censurado aquello. ¿Acaso las mujeres no se desnudaban? El censor le contestó: “Primero, la palabra desnudarse está prohibida. Hay que poner desvestirse”. Y añadió: “Pues mire, le hemos tachado ese párrafo porque no hay ninguna señorita española decente que entre en la habitación para ir a dormir y antes de meterse en la cama no rece las últimas oraciones”.
 
 
Muchos presos del bando republicano fueron fusilados. Otros estuvieron mucho tiempo en las prisiones y todo el material que llegaba a sus manos era severamente revisado. Marcos Ana, el preso que estuvo más tiempo privado de la libertad en tiempos del franquismo, comenta su experiencia al respecto.  

En la prisión de Burgos había dos capellanes, uno de ellos un poco más permisivo en la censura de los libros. Alguien debió denunciar esa tolerancia y un día los capellanes de la prisión recibieron el siguiente telegrama del capellán general de prisiones recordándoles las obligaciones de su cargo. Decía textualmente: 
La misión del guardián de prisiones es impedir la fuga física del preso para que cumpla su condena y se redima ante la sociedad.
Y la misión del capellán de prisiones es impedir la fuga espiritual del recluso para que concentrado en su dolor se redima ante Dios y ante los hombres.

No faltó quien creyera esto de que la censura era una manifestación de amor hacia el prójimo, así fuera enemigo político, a quien se le quería salvar el alma. Juan Goytisolo se refiere al punto.

En los años cincuenta del pasado siglo, el entonces ministro de Información y Turismo del régimen franquista reveló confidencialmente a un grupo de periodistas reunidos en el Club Internacional de Prensa los resultados alentadores de la censura cuya dirección asumía. Según el insigne prócer, gracias a su labor preventiva, el índice de sus compatriotas condenados a las penas eternas del infierno había descendido de forma espectacular (no habló en términos comparativos con los de los demás países de Europa, probablemente porque no disponía de estadísticas fiables sobre ellos). Aunque don Gabriel Arias Salgado no divulgó los pormenores de esa empresa salvífica ni la cifra exacta de precitos nacionales y extranjeros ni las fuentes, sin duda celestiales, que avalaban sus dichos, la buena nueva trascendió e impresionó tanto a los fieles como a los infieles. ¡España estaba a la cabeza de Europa en un dominio tan trascendental como el del negocio de la salvación de almas por muy atrás que anduviera entonces tocante a los niveles económicos, sociales y educativos de sus habitantes de carne y hueso!

Por otra parte, Arturo Pérez-Reverte narra la historia de un proyeccionista que debía actuar obedeciendo los criterios vigentes en la época.

Antonio tiene sesenta y cinco años (…) Proyeccionista desde que tuvo uso de razón, por sus manos han pasado, en su mágico estado original de celuloide y luz, todas las películas importantes que en el mundo han sido. También los ratos libres los dedicó al cine, y fue portero, acomodador, y extra en un montón de películas americanas de los sesenta. (…)
Cuando le preguntas por la censura, te cuenta de los años cincuenta y sesenta, cuando le proyectaba las películas al arcipreste, y éste marcaba con tiras de papel los planos a eliminar. Después él obedecía o no, porque cargarse algunas secuencias -el baile de Kim Novak y William Holden en Picnic, por ejemplo- era una atrocidad. Así que luego el arcipreste le echaba unas broncas espantosas:
-Te voy a descomulgar, Antonio -me decía el jodío.

Pero aquí viene lo llamativo del caso: como si no fuera suficiente con la censura aplicada por el régimen, Antonio resultó un vocacional del oficio con iniciativa propia (aunque ya veremos que sus cortes eran de muy otro tipo y estaban guiados por criterios cinéfilos). Continúa Pérez-Reverte

Sin embargo, después era el propio Antonio quien practicaba la censura por su cuenta. Mesas separadas resultaba muy larga para su gusto, así que la aligeró sin consultar con nadie, acercando un poco las mesas. En cuanto a Guerra y paz, la retirada de Rusia se le hacía interminable, de modo que le pegó un tijeretazo, haciendo que Napoleón pasara directamente de Moscú a París, ahorrándole el paso del Beresina y 300.000 muertos.

Pero además Antonio juzgaba que no era buena cosa que en tiempos tan grises y opresivos el personal saliera triste de la función, por lo que se permitía ejercer una suerte de codirección revisionista de las películas, tal como lo comenta el mismo Arturo Pérez-Reverte.

Pero su obra maestra fue El peñón de las ánimas. Cuando Antonio vio que aquella película no tenía final feliz, se llevó un disgusto. Jorge Negrete y María Félix no podían morir, porque el público iba a salir del cine hecho polvo. Así que metió cuchilla, eliminando la última escena, cuando el abuelo les dispara, y dejó a la pareja cabalgando hacia el horizonte antes de la palabra Fin.
Ya ven lo que son las cosas. Vas y lo atribuyes todo a la censura franquista, por ejemplo, o al arcipreste de guardia, y resulta que al proyeccionista no le gustaba que mataran a Jorge Negrete. Así se escribe la Historia. De todas formas -le digo siempre a Antonio-, qué suerte, compadre, poder escoger final. Y que todos los recuerdos de uno sean hermosos.

Seguramente fueron muchos quienes quedaron en deuda con Antonio por salir de aquellas funciones de cine creyendo que los finales felices eran posibles, aún en aquellos aciagos días.

martes, 27 de mayo de 2014

Cuando la muerte nos toma por sorpresa


Nada tan predecible como la muerte y nada tan sorpresivo como ella. Hay situaciones en que al dolor que ocasiona, por lo general, el punto final en la vida de alguien se agrega el estupor ante lo inesperado. Arturo Pérez-Reverte, en un artículo titulado “Sin moneda para Caronte”, profundiza en la cuestión.

Me sorprendió la cara de estupor de mi amigo: desencajada, incrédula. Como si le estuvieran gastando una broma pesada.
-¿Muerto...? ¿Que P. ha muerto? ¡Eso es imposible!
Insistí en el asunto. No sólo es posible que la gente se muera, sino que ocurre con lamentable frecuencia y puntual seguridad a más o menos largo plazo. El común amigo acababa de fallecer de un infarto. Algo muy penoso, en efecto. Triste e inesperado. Pero en cuanto a hecho, a suceso concreto, resultaba real e inapelable.
-También un día te tocará a ti -añadí-. O a mí.
-¡No digas barbaridades!
No digas barbaridades. Me quedé dándole vueltas al comentario y, como ven, todavía sigo haciéndolo. Mi amigo, el del comentario, es un hombre culto, con sentido común. Con esa cierta madurez que dan los años y la vida. Y, sin embargo, la posibilidad de palmar de un infarto se le antoja una barbaridad. Mi amigo tiene una casa, un BMW y una carrera, un par de cuentas bancarias en condiciones, una mujer muy guapa y dos hijos adolescentes con toda la vida por delante. Todos irreprochablemente sanos y felices, dichosos por vivir sumidos en un mundo confortable y en colores suaves. Dolor, muerte, son palabras lejanas, distantes, escritas en otro idioma. Sólo pueden -deben- pronunciarse respecto a otros.

Hubo tiempos en que la muerte se llevaba mejor con la vida, no le era tan extraña; en el mundo actual, por el contrario, hemos enfermado de importancia al pensar que la muerte no tiene nada que ver con nosotros, como si se hubiese inventado exclusivamente para los otros. Arturo Pérez-Reverte se refiere a ello.

Es curioso. Estamos en un tiempo y unos hábitos en que nos comportamos, vivimos y conversamos entre nosotros igual que si nunca fuese a cogernos el toro. Atrincherados en una barricada de eufemismos, miramos reflejados en el espejo nuestros cuerpos Danone como si éstos tuviesen la perennidad del bronce. Términos como fragilidad, provisionalidad, sufrimiento están desterrados del vocabulario oficial. Vamos por el mundo y por la vida sin moneda para el barquero Caronte en el bolsillo, como si nunca tuviésemos que acercarnos a la orilla de ese río de aguas negras que todos hemos de franquear tarde o temprano. El dolor, la vejez, la muerte, no tienen que ver con nosotros.

La muerte ha sido condenada a la clandestinidad, debiendo ocultarse entre eufemismos y disimulos; Hugo Mujica alude a ello  

La muerte se esconde cambiando la palabra cementerio por jardín, disimulando los coches fúnebres, poniéndoles horarios a los velorios y haciéndolos fuera de la casa. Como anteriormente el sexo era tabú –algo que superamos-, ahora el lugar pasó a ocuparlo la muerte, que es algo de mal gusto para hablar o tratar. La muerte era la proporción, por eso filosofar era prepararse para ella. Por esa razón los monjes tenían una calavera en el lugar donde se reunían a comer, porque la muerte era la memoria de la proporción.

La vida se vuelve muy difícil cuando su fragilidad se presenta en forma permanente. Pero es posible que si tuviéramos más consciencia de la muerte, y en particular de la propia, el orden social podría ser mucho más justo y equitativo, permitiendo una convivencia más fraterna. La ilusión de inmortalidad (en particular en los poderosos de turno que olvidan que la muerte se resiste a morir) está íntimamente vinculada a la injusticia. Pérez-Reverte invita a abandonar la negación ante la muerte.

Voy a confiarles algo: la vida es un cartón de bingo en el que siempre nos cantan línea antes de tiempo. (…) Tampoco -no crean que van a escaparse- ustedes mismos, porque ésa es una rifa en la que todos llevamos papeletas. Pero eso, que parece tan obvio, vivimos sin asumirlo, sin reconocerlo. Desterramos lejos a los ancianos, a los que sufren, a los enfermos y a los muertos. Vivimos en un mundo analgésico, tranquilos, seguros. Somos guapos e inmortales, drogados con lo mucho que nos queremos a nosotros mismos. (…)
Grave error. En realidad, nuestro certificado de garantía es tan frágil que no duramos nada. Deténganse un momento a leer la letra pequeña: basta saltarse un semáforo, bajar al cajero automático y tropezarse con un navajero de pulso alterado por el mono. Basta que al mecánico de vuelo se le olvide apretar una tuerca, que un virus nos roce la piel, que un cortocircuito incendie de noche la cortina o que un tipo al que acaban de despedir de su empresa entre en la pizzería donde estamos con los niños, empuñando una escopeta del doce cargada con posta lobera. Uno puede bajar de la acera y no ver un coche, resbalar bajo la ducha, tener un trombo juguetón haciendo turismo por el corazón o por el cerebro, y entonces va y se muere. O sea, fallece. Palma. Desaparece. Pasa a mejor vida o no pasa a ninguna en absoluto. Y entonces va un amigo y le dice a otro: “¿Sabes que Fulano se ha muerto?”. Y el otro, que acaba de tomarse una copa con el extinto, o que ayer, sin ir más lejos, lo vio con un aspecto estupendo, va y responde: “¿Fulano? ¡Imposible!”. Eso es lo que dice, el muy cretino. Absolutamente seguro de que esa vulgaridad no puede ocurrirle a él.

Para concluir con un toque de humor citemos a Bernardo Ezequiel Koremblit que alude al afortunado que “(…) anoche murió..., pero por suerte de nada grave. Quince minutos antes de morir todavía estaba con vida (...)”.