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jueves, 29 de agosto de 2019

Enemigos


A primera vista lo opuesto a “amigo” es “enemigo” pero sospecho que en realidad entre estas dos palabras no puede haber ningún vínculo, ni siquiera el de la oposición.

Hace ya algún tiempo abordamos una faceta de este tema (http://habladuriacronicasdelocotidiano.blogspot.com/2011/11/enemigos-la-medida.html), en esta ocasión andaremos otros rumbos.

Parece que para construir nuestra identidad (expresión que se las trae) siempre necesitamos un grupo de pertenencia y también de un grupo hacia el cual dirigir la animadversión. Y esto va de lo chico a lo grande (algún vecino en el condominio donde vivimos, un compañero de trabajo, el equipo de futbol contrario, la ciudad del otro lado del puente, el país fronterizo, otra religión, etc. Claro está que para que todo fluya correctamente esta lógica requiere de un principio universal: yo-nosotros somos los buenos, mientras que él-ellos son los malos. Amos Oz da cuenta de su propia experiencia

Por aquellos días ya no era un niño sino un virtuoso montón de argumentaciones. Un pequeño chovinista en la piel de un pacifista. Un nacionalista hipócrita y lisonjero. Un propagandista sionista de nueve años: nosotros éramos los buenos y los que teníamos razón, nosotros éramos las víctimas inocentes, nosotros éramos David contra Goliat, nosotros éramos el cordero en medio de una jauría de lobos, nosotros éramos el cordero para el sacrificio, la cabra de la Hagadá de Pésaj, la gacela de Israel, y ellos, todos ellos, ingleses, árabes y los demás pueblos, eran la jauría de lobos, el mundo malvado, hipócrita y siempre sediento de nuestra sangre: para ellos la vergüenza y la ignominia.

Agustín Monterroso, por otra parte y con su habitual ironía, echa de menos la ausencia de un enemigo: “A lo largo de mi vida, como escritor, me ha hecho mucha falta vivir en un país al cual odiar, con habitantes, paisajes y todo.” Tal vez la falta de enemigos seca la creación, afecta la inspiración.

Pero nada más fácil que construir un enemigo, los ejemplos abundan y a este respecto Manuel Rivas narra lo siguiente.              

Lo que me hace llorar de risa y reír de pena es un libro titulado Pequeño país. Es la primera novela, editada en España por Salamandra, de un joven músico llamado Gaël Faye, nacido en Burundi, en 1982, de madre ruandesa y padre francés.
El prólogo es por sí solo una lección universal. Gaël, Gabriel, pregunta a su padre por la causa de la guerra entre hutus y los tutsis. Van repasando las posibles motivaciones. No hay nada que pueda explicar semejante animadversión.
—Entonces… ¿por qué están en guerra? —pregunta el niño.
—Porque no tienen la misma nariz.
Y Gaël escribe: “La conversación se detuvo ahí. De veras que aquel asunto era muy extraño. Creo que papá tampoco lo entendía muy bien. A partir de aquel día, empecé a fijarme en la nariz y en la estatura de la gente por la calle”. Cuenta cómo los compañeros en la clase comenzaron a observarse las narices y a acusarse de hutus o tutsis. Y cuando proyectaron la película Cyrano de Bergerac, alguien gritó en la sala: “Mirad, con esa nariz, es un tutsi”. (…)
Así que la producción del enemigo puede comenzar por una nariz. El problema, claro, no son las narices. El problema está en esa voluntad de quienes necesitan crear un enemigo para ocupar el poder e imponer una sociedad uniforme. Y si no encuentran el enemigo, lo inventan. Les basta con una nariz.

En aquel entorno –afirma Manuel Rivas- “(…) el niño Gaël llega a una conclusión demoledora: ‘Algo diferente flotaba en el aire. Tuvieras la nariz que tuvieras, podías olerlo’.”

martes, 1 de noviembre de 2011

Enemigos a la medida

Muy pronto en la vida aprendemos a diferenciarnos: por una parte estamos  nosotros y por otra ellos. Los vínculos con los otros pueden ser de encuentro, indiferencia,  hostilidad…

Es frecuente que la afirmación de la propia identidad se haga a expensas de un otro que, con mucha frecuencia, deviene en enemigo; al decir de Martín Caparrós

Hay que armarse un buen enemigo, porque un enemigo sirve para muchas cosas: produce identidad –nosotros somos los que nos peleamos contra ésos–, produce cohesión –nosotros estamos peleando contra ésos así que no vamos a discutir entre nosotros–, produce un orden –aquí estamos nosotros, allá ellos. Así que buena parte de la astucia de un proyecto consiste en saber hacerse su enemigo.

La frontera, dice Claudio Magris, es un dios que a veces exige sacrificios de sangre. No han faltado situaciones peculiares que han tenido lugar en los límites del territorio considerado propio, como la narrada por Anthony de Mello.

Durante una de las recientes guerras entre la India y el Paquistán, unos oficiales del ejército paquistaní fueron hechos prisioneros por los indios y custodiados como correspondía a su rango hasta el final de las hostilidades.
Cuando llegó el día de devolverlos a su patria, se presentó un oficial indio, los puso en libertad, los acompañó hasta el límite de los dos países y les dijo:
-Aquella línea de árboles que ven ustedes es la frontera entre la India y el Paquistán. Una vez que la crucen, estarán en su tierra. ¡Buena suerte!
Los oficiales paquistaníes, al divisar su tierra, se llenaron de alegría, salieron corriendo, pasaron la línea de árboles y, al llegar a suelo paquistaní, se arrodillaron y comenzaron a besarlo, a derramar lágrimas de gozo y a decir:
-¡Oh, Madre Paquistán! Te amamos, te servimos, te veneramos. Hemos sufrido por ti, y por ti sufriríamos mucho más, hasta derramar gustosos nuestra sangre por tu seguridad y tu gloria. Sólo el pisar otra vez tu bendito suelo nos hace felices.
En eso estaban los fervorosos oficiales cuando se les acercó corriendo, por detrás, el oficial indio, que blandía unos papeles en su mano y comenzó a decirles en cuanto consiguió que le prestaran atención:
-Ustedes perdonen, señores, si les interrumpo, pero ha habido un error. Acabo de mirar bien el mapa, y Paquistán no comienza en esta línea de árboles, sino en la siguiente que ven ustedes cien metros más allá. El terreno en que están ustedes es todavía la India. Tengan la bondad de trasladarse un poco más allá, y estarán en su casa. Espero no les haya causado ninguna molestia, y vuelvo a presentarles mis excusas.

Piero Zannini, citado por Oliviero Ponte di Pino, da cuenta de una manera diferente de ver las cosas en una de tantos enfrentamientos por territorios.

Un día, la gente que fue a la central de Correos de Sarajevo leyó en un muro el letrero “Esto es Serbia”; la guerra había estallado hacía ya un año. Al día siguiente, alguien había tachado la provocadora inscripción, pero había agregado otra: “Esto es Bosnia”. Pero el intento de poner las cosas en su sitio duraba sólo el espacio de una noche. Al día siguiente, en efecto, alguien trató de nuevo de poner orden en la geografía de la antigua Yugoslavia, tachó a su vez la inscripción del día anterior y, con la cruda lucidez de quien no quiere resignarse a las idioteces ajenas, escribió: “¡Esto es Correos, estúpidos!”.

 De más está decir que en este contexto de animadversión nosotros somos los buenos y ellos los malos. La culpa siempre es del otro. El equivocado, el culpable, el provocador, el victimario siempre es el enemigo ya que en caso contrario acabaría por dejar de serlo. Elías Canetti profundiza al respecto.

El enemigo viene como anillo al dedo, pues él fue quien pronunció la sentencia, él dijo “¡morid!” primero. Sobre él recae lo que él mismo dirigió contra los demás. Siempre es el enemigo el que empezó. Si quizá no fue el primero en decirlo, al menos lo planeaba, y si no lo planeaba, ya lo había pensado para sus adentros; incluso si aún no lo había pensado lo “habría” pensado en breve plazo.

Por tanto, quien no tenga identificados claramente a su enemigo se verá en aprietos, tal como describe Umberto Eco

Una vez me encontraba en un taxi en Nueva York, y el conductor, que era paquistaní o indio, me preguntó de dónde era. Contesté que de Italia, y él quiso saber dónde se encontraba ese país. Me di cuenta de que tenía ideas muy vagas, como si le estuviera hablando de Surinam a un italiano, y él siguió preguntándome: “¿Qué idioma habláis?”. “El italiano”, dije, y él me preguntó: “¿Y cuál es vuestro enemigo?”. Le pregunté qué quería decir, y me contestó que cada país tiene un enemigo contra el que lucha desde hace siglos. Le contesté que no tenemos. Y me miró muy mal, porque un pueblo sin enemigo era poco viril.

 Sin embargo, el propio Eco cambió su forma de ver las cosas al descubrir que el enemigo puede venir en diversas presentaciones.

Pero luego reflexioné: nuestro enemigo es interno. A lo largo de toda nuestra historia nos hemos masacrado unos a otros, y ésa es también nuestra manera de entender la política.