El
acostumbramiento tiene sus innegables ventajas pero también, sin duda, representa
riesgos de consideración como el de que la maravilla termine desdibujada por su
repetición. En relación a la naturaleza ello sucede con los amaneceres,
atardeceres, los cielos estrellados, una ráfaga de viento, etc.
Thomas
Merton se rebela ante ello e invita a que valoremos el privilegio que significa
que la lluvia sea gratuita, lo que en su opinión podría cambiar en este mundo
en que todo parece ser pasible de adquirir cotización en el mercado. “Permítaseme
decir esto, antes de que la lluvia se convierta en un suministro público que se
pueda planificar y distribuir por dinero.” Sucede que hay quienes no aprecian
el carácter festivo que reviste la lluvia y estarían dispuestos a capitalizarla
a su exclusivo servicio y convertirla en bien privado.
Eso lo
harían los que no pueden comprender que la lluvia es una fiesta, los que no
aprecian su gratuidad, los que creen que lo que no tiene precio no tiene valor,
y que lo que no se puede vender no es de verdad, de modo que la única forma de
hacer que algo sea de verdad es
ponerlo en el mercado.
Ante
ello Merton advierte que la gratuidad de la lluvia se encuentra gravemente amenazada.
“Llegará el día en que nos venderán hasta nuestra lluvia. Por ahora, sigue
siendo gratis, y estoy en ella. Celebro su gratuidad y su falta de
significación.”
Como
en tantas otras cosas, cabe la posibilidad que los peligros que Thomas Merton
anunciara (y que en su momento parecieron pura ficción producto de su
exacerbada imaginación) pudieran ser en realidad trazos de una literatura de
anticipación.