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jueves, 31 de agosto de 2023

El político y las personas con afasia

 

En muchas ocasiones hemos recurrido en este espacio a historias que comparte el reconocido neurólogo Oliver Sacks. Siguiendo a su maestro Alexander R. Luria, el doctor Sacks une su pasión por la neurología con el gusto por el relato y ello le permitió convertirse en un gran difusor de su materia de trabajo.

Uno de los sucesos más conocido de su amplio repertorio, es el que tuvo lugar en el hospital cuando el presidente Ronald Reagan daba un discurso que se trasmitía por televisión.

¿Qué pasaba? Carcajadas estruendosas en el pabellón de afasia, precisamente cuando transmitían el discurso del Presidente. Habían mostrado todos tantos deseos de oír hablar al Presidente…

(…) De ahí la sensación que yo tengo a veces, que tenemos todos los que trabajamos en estrecho contacto con afásicos, de que a un afásico no se le puede mentir. El afásico no es capaz de entender las palabras, y precisamente por eso no se le puede engañar con ellas; ahora bien; él lo que capta lo capta con una precisión infalible y lo que capta es esa expresión que acompaña a las palabras, esa expresividad involuntaria, espontánea, completa, que nunca se puede deformar o falsear con tanta facilidad como las palabras (…)

“Se puede mentir con la boca”, escribe Nietzsche, “pero la expresión que acompaña a las palabras dice la verdad”. Los afásicos son increíblemente sensibles a esa expresión, a cualquier falsedad o impropiedad en la actitud o la apariencia corporal. Y si no pueden verlo a uno (esto es especialmente notorio en el caso de los afásicos ciegos) tienen un oído infalible para todos los matices vocales, para el tono, el timbre, el ritmo, las cadencias, la música, las entonaciones, inflexiones y modulaciones sutilísimas que pueden dar (o quitar) verosimilitud a la voz de un ser humano.

De esta manera Sacks profundiza en los recursos con que cuentan las personas con afasia para poder comprender ya no la forma sino el fondo.

En eso se fundamenta, pues, su capacidad de entender… Entender, sin palabras, lo que es auténtico y lo que no. Eran, pues, las muecas, los histrionismos, los gestos falsos y, sobre todo, las cadencias y tonos falsos de la voz, lo que sonaba a falsedad para aquellos pacientes sin palabras pero inmensamente perceptivos. Mis pacientes afásicos reaccionaban ante aquellas incorrecciones e incongruencias tan notorias, tan grotescas incluso, porque no los engañaban ni podían engañarlos las palabras.

Por eso se reían tanto del discurso del Presidente.

Puedo suponer que alguien ya se adelantó a mi propuesta, pero de cualquier manera aquí va: ¿por qué no contratar a un grupo de personas con afasia como asesores políticos? Su obligación laboral (claro está que un tanto desmesurada) sería la de escuchar los discursos de los diversos candidatos a la presidencia y que por medio de sus reacciones nos orientaran para lograr un ejercicio más responsable de nuestro voto.

lunes, 31 de agosto de 2020

Última voluntad


Diferentes artículos publicados en este espacio han puesto de manifiesto que Oliver Sacks fue un médico poco común. Por si queda alguna duda al respecto, aquí va una muestra más de sus tantos actos de arrojo, orientados por su tan peculiar forma de practicar la medicina.

(…) Otra paciente del pabellón, ciega y paralizada, se estaba muriendo de una rara enfermedad llamada neuromielitis óptica o enfermedad de Devic. Cuando se enteró de que yo tenía una moto y vivía en Topanga Canyon, expresó un último deseo especial: quería que la llevara a dar una vuelta en la moto, a subir y bajar por las curvas de Topanga Canyon Road.

Cualquier galeno ortodoxo hubiese denegado con vehemencia ese absurdo deseo, pero Oliver Sacks no era cualquiera.

Llegué al hospital un domingo con tres colegas culturistas, y conseguimos secuestrar a la paciente y amarrarla de manera segura en el asiento de atrás de la moto. Me puse en marcha despacio y la llevé por la carretera de Topanga, tal como ella deseaba.

Obviamente que a la hora de volver debió enfrentar las consecuencias de su acción tan ajena al protocolo médico. “Cuando regresamos se armó un escándalo, y creí que me despedirían en el acto. Pero mis colegas y la paciente hablaron en mi favor, y aunque me amonestaron severamente, no me despidieron.” De alguna manera -afirma Sacks- lo uno se compensaba con lo otro. “Por lo general, yo era más o menos una vergüenza para el departamento de neurología, pero también alguien de quien podían presumir -era el único residente que había publicado artículos científicos-, y creo que eso me salvó el cuello en varias ocasiones.”                                                  

miércoles, 1 de julio de 2020

Las Hermanitas de los Pobres


En estos días el tema de casas, asilos, residencias u hogares para personas mayores (no siempre ancianos) ha adquirido, como se dice en estos tiempos, visibilidad. Es así como han quedado de manifiesto las irregularidades de todo tipo que se presentan en estos lugares en los que a veces, como se ha dicho, el único derecho que tienen las personas que allí residen es el de tomar las medicinas a tiempo.

En un pasaje de su obra Oliver Sacks se refiere a ellos.

En algunos de esos lugares, que recibían el nombre genérico de “mansiones”, presencié la completa supeditación de lo humano a la arrogancia y a la tecnología médicas. En algunos casos, la negligencia era deliberada y delictiva: los pacientes permanecían horas sin ser atendidos, o incluso se abusaba física y mentalmente de ellos. (…) Trabajé en otras casas de reposo donde no había negligencia, pero no se iba más allá de los cuidados médicos básicos. Que aquellos que entraban en esas casas de reposo necesitaran un sentido –una vida, una identidad, dignidad, amor propio, cierto grado de autonomía- era algo que se ignoraba o se pasaba por alto; los “cuidados” eran puramente mecánicos y médicos.

Felizmente los milagros existen, aunque indudablemente son menos que los que uno quisiera, y fue así que Sacks dio con otra realidad.

Encontré justo lo contrario de las “mansiones” en las residencias de las Hermanitas de los Pobres.
La primera vez que oí hablar de las Hermanitas de los Pobres yo era un niño, pues en Londres mi padre y mi madre tenían la consulta en casa: mi padre como médico de cabecera y mi madre como especialista en cirugía. La tía Len siempre decía: “Si me da un ictus, Oliver, o me quedo incapacitada, llévame a las Hermanitas de los Pobres; son las que mejor te cuidan del mundo.”

¿Dónde estaba la diferencia con las otras casas? Las razones son muchas y Sacks se da a la tarea de describirlas.

En sus residencias se palpa la vida: procuran ofrecer una vida lo más plena y significativa posible dadas las limitaciones y necesidades de los residentes. Algunos han sufrido un ictus, otros padecen demencia o Parkinson, algunos dolencias “médicas” (cáncer, enfisema, enfermedades coronarias, etc.), otros están ciegos, sordos, y otros, aunque gozan de buena salud, se sienten tan solos y aislados que anhelan calor humano y el contacto de una comunidad.
Aparte del cuidado médico, las Hermanitas de los Pobres ofrecen todo tipo de terapias: terapia física, terapia ocupacional, terapia del habla, terapia musical, y (si hace falta) psicoterapia y orientación psicológica. Además de la terapia, encontramos actividades (no menos terapéuticas) de todo tipo, actividades no inventadas, sino reales, como la jardinería y la cocina.  Muchos residentes poseen un papel o una identidad especial -desde ayudar en la lavandería a tocar el órgano en la capilla- y algunos también poseen mascotas a las que cuidan. Hay salidas a museos, hipódromos, teatros, jardines. Los residentes que tienen familiares pueden salir a comer los fines de semana o quedarse con sus parientes durante las vacaciones, y esas residencias son visitadas regularmente por niños de las escuelas cercanas, que interactúan de manera espontánea y desinhibida con personas que les llevan setenta u ochenta años, y con las que pueden entablar lazos de afecto. La religión es importante pero no obligatoria; no te sermonean, ni hay evangelización ni presión religiosa de ningún tipo. No todos los residentes son creyentes, aunque hay una gran devoción religiosa entre las hermanas, y se hace difícil imaginar un cuidado tan esmerado sin una devoción profunda.

En cualquier caso -Oliver Sacks lo subraya- abandonar la casa propia para ir a una de estas residencias supone un trance complejo que puede derivar en  armónica aceptación de la nueva realidad.

Puede (y quizá debe) existir un difícil periodo de ajuste al abandonar el hogar individual por uno comunitario, pero la gran mayoría de los que ingresan en las residencias de las Hermanitas de los Pobres son capaces de llevar una vida significativa y placentera –a veces más que en años anteriores-; y además tienen la certeza de que todos sus problemas médicos serán seguidos y tratados con sensibilidad, y que, cuando llegue el momento, morirán en paz y de manera digna.
Todo esto representa una antigua tradición a la hora de cuidar de los otros, conservada por las Hermanitas de los Pobres desde la década de 1840, y que, de hecho, se remonta a las tradiciones eclesiásticas de la Edad Media (tal como Victoria Sweet describe de manera tan conmovedora en God’s Hotel), combinada con lo mejor que puede ofrecer la medicina moderna.

En síntesis, afirma Sacks, que “aunque las ‘mansiones’ me desanimaron, y pronto dejé de visitarlas, las Hermanitas de los Pobres me inspiran, y me encanta ir a sus residencias, que visito desde hace más de cuarenta años.”

viernes, 29 de mayo de 2020

Oliver Sacks evoca a su maestro


En diversas ocasiones aludimos en este espacio a la obra del doctor Oliver Sacks. Ahora nuevamente regresamos a él para detenernos en la forma en que expresa admiración hacia A. R. Luria, su maestro e inspirador.

En 1958, cuando estudiaba medicina, el gran neuropsicólogo A. R. Luria vino a Londres para dar una charla acerca del desarrollo del habla en un par de gemelos idénticos, y supo combinar la capacidad de observación, la profundidad teórica y el calor humano de una manera que me pareció reveladora.
En 1966, después de llegar a Nueva York, leí dos libros de Luria: Las funciones corticales superiores del hombre y El cerebro humano y los procesos psíquicos. Este último, que incluía abundantes historiales clínicos de pacientes con lesiones en el lóbulo frontal, me llenó de admiración.
En 1968, leí La  mente de un mnemonista de Luria. Durante las primeras treinta páginas pensé que se trataba de una novela, pero de repente comprendí que en realidad era un historial clínico: el historial más profundo y detallado que había leído nunca, con la capacidad dramática, el sentimiento y la estructura de una novela.
Luria había alcanzado renombre internacional por ser el fundador de la neuropsicología. Pero él consideraba que sus historiales, extremadamente  humanos, no eran menos importantes que sus grandes tratados  neuropsicológicos. La empresa de Luria -combinar lo clásico y romántico, la ciencia y el relato- se convirtió en la mía propia, y su “librito”, como él lo denominaba siempre  (La mente de un mnemonista sólo tiene ciento sesenta páginas), transformó el foco y la dirección de mi vida, y me sirvió de ejemplo no sólo para Despertares, sino para todo lo que he escrito.
En el verano de 1969, después de haber estado trabajando dieciocho horas al día con los posencefalíticos, me fui a Londres en un estado de agotamiento y excitación. Inspirado por el “librito” de Luria, pasé seis semanas en casa de mis padres, donde escribí los nueve primeros casos de Despertares. Cuando les ofrecí el libro a mis editores de Faber & Faber, dijeron que no les interesaba.

Cuando Sacks descubrió la posibilidad de “combinar lo clásico y romántico, la ciencia y el relato” se le abrieron las puertas hacia una comprensión diferente de la neurología, por la que se apasionaría. Seguramente por ello siempre guardó un profundo respeto y agradecimiento hacia su maestro.

El afecto y reconocimiento fue recíproco entre maestro y discípulo. Una muestra de ello es que la obra que había sido descartada por la editorial, recibió elogios por parte de Luria lo que constituyó un respaldo de consideración.

(…) me llegó otra carta en la que Luria me contaba que había recibido el ejemplar de Despertares que Richard le había enviado:

Mi querido doctor Sacks:
He recibido Despertares y lo he leído de un tirón y con gran placer. Siempre he tenido la certeza de que una buena descripción clínica de los casos desempeña un papel fundamental en la medicina, sobre todo en la Neurología y la Psiquiatría. Por desgracia, la capacidad de describir, que tan común era en los grandes neurólogos y psiquiatras del siglo XIX, ahora se ha perdido, quizá por culpa de un error básico: pensar que los dispositivos mecánicos y eléctricos pueden reemplazar el estudio de la personalidad. Su excelente libro demuestra que la importante tradición de estudiar los casos clínicos se puede revivir con un gran éxito. ¡Muchísimas gracias por este delicioso libro!
A.   R. Luria

Yo veneraba a Luria como fundador de la neuropsicología y de la “ciencia romántica”, y su misiva me proporcionó un gran placer y una especie de seguridad intelectual que nunca había experimentado.

Con el paso del tiempo Oliver Sacks estrechó el vínculo con su maestro, quien le comentó dos anécdotas en relación a sus maestros. El primer caso, que tuvo que ver nada menos que con Freud, es agradable.

(…) Luria me contó que de joven, a los diecinueve años había fundado la Asociación Psicoanalítica de Kazán, de grandilocuente título, había recibido una carta de Freud (que no se enteró de que le estaba escribiendo a un adolescente). El propio Luria se quedó maravillado al recibir una carta de Freud, la misma emoción que yo experimenté al recibir la suya.

La otra historia –que tiene como protagonista a otro reconocido científico- es muy diferente.

(…) me relató la increíble historia de cuando conoció a Pávlov: el anciano (Pávlov tenía entonces más de ochenta años), que tenía un aire a Moisés, rompió el libro de Luria por la mitad, arrojó los fragmentos a sus pies y gritó: “¡Y usted se llama científico!” Este asombroso episodio fue relatado por Luria con tal viveza y gracia que consiguió transmitir su aspecto cómico y terrible al mismo tiempo.

De esta manera, y una vez más, queda de manifiesto que el camino de los grandes académicos e investigadores tiene momentos muy difíciles que solo pueden ser superados por la fuerza de su vocación y el compromiso con su misión.

viernes, 20 de marzo de 2020

Frigyes Karinthy. Final de la historia/7


Los días en el hospital se hacían muy largos y a medida que Karinthy se iba recuperando, aumentaban las ganas de volver a su ciudad, a su casa.

Dormí muy bien. Sólo permití que me dieran la mitad del somnífero habitual porque me habían prometido que al día siguiente me quitarían las vendas de la cabeza. Dicho acto tuvo lugar a las diez de la mañana. Olivecrona y Söjkvist se encargaron de la tarea. Yo disfrutaba escuchando con los ojos cerrados, en un estado de extática felicidad, el sonido de las tijeras que me liberaban del enorme turban de gasa blanca. Experimentaba el mismo alivio que el buzo que va subiendo metro a metro hacia la superficie. Al terminar me entregaron un espejo de mano para que pudiera contemplar mi aspecto. Me dio gran satisfacción ver que no me habían cortado el pelo en el sector delantero de mi cabeza. Más temprano esa mañana me habían afeitado, así que mi cara mostraba el aspecto de mis mejores días, extraordinariamente delgada y pálida. Me causó una impresión muy cómica ver cómo mi enorme boca se extendía ahora casi hasta mis orejas, haciendo juego con mi gruesa nariz. Sonreí pudoroso, igual que una novia el día del a boda.
Solicité que se me permitiera sentarme en el borde de la cama, con las piernas colgando, pero los médicos se opusieron. Acepté de buena gana la negativa porque enseguida irrumpió en mi cuarto un periodista húngaro que estaba de paso por la capital sueca. Me contagió su buen humor desbordante; se ve que antes de venir a verme se había bebido unas copitas por el camino. Traía de Budapest toda clase de chismes y rumores. Cuando Olivecrona volvió a verme, mi visita se pudo de pie como un resorte y, en un alemán que ponía los pelos de punta, le dirigió al profesor un solemne discurso “im Namen von Ungarn”: en nombre de Hungría. Olivecrona se puso tan incómodo que abandonó la habitación sin decir palabra. Más tarde me preguntó, con todas las precauciones del caso, a qué se debía aquel exabrupto, y yo le expliqué que había tenido ocasión de conocer el temperamento húngaro en su más pura expresión.

No dejó de anotar los cambios observados en su ánimo, mejor aún en su sensibilidad, tanto que de a momentos parecía estar habitado por otro.
(…) me siento bien físicamente; lo que no anda bien es la moral. Estoy tan susceptible como un bebé con niñera nueva; voy irradiando conmiseración a mi paso entre personas, animales y plantas, y por el reino inanimado también. Un insignificante contratiempo padecido por unos desconocidos de los que se habla en mi presencia hace brotar de mis ojos inesperadas lágrimas, y anoche tuve que bajar la vista ante la triste mirada de un perrito de porcelana que alguien acababa de ganar en la Rueda de la Fortuna del hotel.

Las ganas de salir del hospital de a ratos se transformaba en enojo y frustración, hasta que llegó el momento tan esperado.

A la mañana siguiente, 25 de mayo, exactamente tres semanas después de la operación, mi humor estaba más cerca de la rabia que de la impaciencia. Solicité la presencia de Olivecrona y le manifesté que me volvería loco si no se me permitía a menos sentarme en la cama. Él me sostuvo la mirada largo rato y luego dijo:
-¿Sentarse? ¿Por qué no incorporarse, mejor, e intentar unos pasos?
Me tomó completamente por sorpresa la sugerencia. La escena que siguió parecía sacada de la Biblia, o del libro de Mann. Me senté, dejé colgar una y después la otra pierna, las afirmé en el suelo y me incorporé. Como el funambulista que va haciendo equilibrio por la cuerda floja, di un paso, luego otro; me detuve para cobrar aliento y di dos pasos más.
-Nada mal –dice la voz de Olivecrona, con toda naturalidad y simpatía, como si se tratara de una nimiedad-. Creo que ya podemos ponerle fecha a su partida. ¿Cuándo quiere salir de aquí?
La sobriedad de su anuncio me obliga a ser sobrio yo también. Pero no puedo con mi genio: necesito hacer una broma.
-Mañana mismo –digo.
-Perfectamente –contesta el profesor-. Mañana por la mañana le firmaré el alta y podrá irse.

Ya estando fuera del hospital y antes de su regreso a Budapest tuvo lugar un feliz e inesperado encuentro que le dio la oportunidad de poner en palabras la esencia de lo vivido a nivel personal y su perspectiva acerca de lo social. La cita es extensa pero consideramos que no tiene desperdicio.

Una mañana estoy tomando sol a la orilla del mar cuando una muchachita esbelta y rubia pasa corriendo a mi lado excitada: parece buscar a alguien. De repente, da media vuelta y se abalanza sobre mí con los brazos abiertos. 
-Onkel! Onkel!
Cae en brazos de su tío riendo y llorando a la vez y me come a besos. A su espalda alcanzo a ver, envuelta en un abrigo gris, a una dama de melena plateada. Es su madre. Hace veinticinco años que no veía a mi hermana Gizi; aparte del color de su pelo, nada ha cambiado en ella. Han llegado de Oslo en el tren de esta mañana. (…)
Durante el resto del día me paseo con mi sobrina “recién nacida”. Tiene veintitrés años (…)
Mi pequeña parienta noruega, me pregunta si me siento feliz por haber nacido de nuevo o, por el contrario, me veo a mí mismo como el náufrago arrojado a la orilla por una ola providencial cuando ya tenía quebrantado el ánimo. Te agradezco en el alma la compañía, mi querida Nini. Y creo que la merezco en ambos casos. Si me sintiera ciegamente optimista, no sería feliz de verdad, créeme; y no me refiero a lo que acaba de ocurrirme en Estocolmo. La catástrofe ocurrió no sólo conmigo sino con todos nosotros, hace tiempo ya…
¿Te maravillas por haberte atrevido a llamarme náufrago? Pues es la palabra correcta. No creas que menosprecio mi suerte, recién llegado a esta isla luego de la tormenta que casi acaba conmigo, aunque aún ignore si esta isla será habitable. Déjame acomodar un poco mis ideas, que las olas me han sacudido demasiado. (…)
Y, sin embargo, ¿no me ves plácido y sonriente? La causa, mi pequeña, es que el punto de partida de la nave, ese continente con el que tanto has soñado, hace ya tiempo que dejó de ser lo que tu ingenuidad imagina. Sí, viven allí muchos millones de seres humanos. Sí, hay una admirable y bondadosa naturaleza, bosques y prados, montañas y valles, son pródigas en abundancia sus riquezas… Pero, desde hace tiempo, esa nave ya no ofrece más seguridades, porque flota por encima de un mar que trepida fuego en sus profundidades; a pesar de la abundancia y la riqueza, cada momento es un inquietante regalo para los que vivimos allí… ¿Comprendes lo que te estoy diciendo? En el fondo de nuestra alma nos damos perfecta cuenta de que todos terminaremos viviendo en una inmensa isla de Robinson. Todos, uno por uno, abandonados y solos; ya no se trata de que nuestra nave alcance o no la orilla de los deseos, sino de saber si el mar será o no clemente para llevar hasta tierra el humilde madero al que podamos agarrarnos en  el momento de la catástrofe.
Allá en el continente ha habido un terremoto, mi querida hija de navegantes intrépidos, aunque no todo el mundo se haya dado cuenta. Ya hace tiempo que la nave de las grandes ambiciones se fue a pique, y quienes creían que aún seguía surcando las olas están muertos, sus cuerpos yacen en sofás de terciopelo en el fondo del mar, sus ojos de cristal están congelados en una mueca de tonta soberbia… Pero ya ves: yo no he muerto, el naufragio me permitió llegar a tierra. Así fue como pude entender que lo que toca a continuación no es aspirar al máximo sino saber esperar el mínimo con que reemprender la vida. Así deambularemos por el mundo: como Robinson deambula por la isla a la que ha sido lanzado por las olas cuando se hundió bajo sus pies la nave de la comprensión que construyeron unos carpinteros hijos de carpinteros enviados por Dios hace largos siglos.
Robinson sabe aceptar como regalo cada mísero despojo que encuentra en su recorrido por la orilla; aprende a acostumbrarse a esas limosnas, restos de orgullosas naves, y a olvidar todo cuanto pueda echar de menos. Se trata de apreciar el mínimo frente al máximo, de aceptar de nuestro deudor la milésima parte de cuanto nos adeudaba y renunciar a lo demás, y contentarnos con que nuestro acreedor no nos quite el pellejo a causa de una deuda contraída con tanta ligereza… ¿Quejarme de la injusticia del destino, de la injusticia de los hombres? ¡Vamos, pequeña! En la isla de Robinson no hay lugar para eso. ¿El amigo que nos traicionó, el compañero que nos engañó, el mercader que nos despojó? No importan, porque al mismo tiempo nos tomará entre sus brazos el desconocido, nos salvará el extraño, nos devolverá nuestro único traje: nuestro pellejo, aquel que la Sociedad Protectora de Gángsters se llevó mientras dormíamos. Evitará que la Gran Empresa de Jabones nos corte los huesos y fabrique con ellos su mercancía, y apelará a semejantes artimañas para engañar al enemigo que nos ataca desde el interior de nuestro propio cuerpo.

Concluida estas consideraciones personales y sociales, llega el momento de los agradecimientos y del retorno a la patria.

Pero recuerda, mi querida Nini, la frase de César en Egipto: “Quien nunca ha esperado nada no podrá desesperar jamás”. Hacía tiempo que yo no esperaba nada. Agradezco, por eso, a mis amigos húngaros que no me dejaron perecer; agradezco el interés de todos cuantos se preocuparon por mi caso; agradezco las plegarias de los desconocidos, las donaciones anónimas, las cartas; agradezco los desvelos de los médicos y de mi esposísima; agradezco en el alma al profesor Olivecrona los años que me quedan por vivir. (…) Y agradezco al lector la amable atención con que me ha seguido hasta aquí.
Nos embarcamos mañana en el Britannia, a las seis y media, para volver a Hungría. El horizonte se abre ancho ante mí. Esta travesía será, a la edad de cuarenta y nueve años, mi primer viaje por mar.
                                                  Budapest, diciembre de 1936.

En otro pasaje tuvo especiales palabras de agradecimiento para las mujeres que se hicieron presente a la hora de uno de sus retornos a Budapest.

En la estación nos espera un grupo de amigos, sobre todo mujeres; cada una ha traído un regalo, y ríen y me quieren reconfortar. (…) Teniendo forma humana  son, a pesar de todo, algo completamente distinto al varón: son la eterna esperanza de que nuestra especie llegará alguna vez a algo. Si Dios accede a perdonar a la raza humana sus pecados, lo hará únicamente por las mujeres. ¡Ruega por nosotros, María!

¿Cómo siguió la historia?

Juan Forn da cuenta de ello.

Frigyes Karinthy volvió a Budapest luego de la operación, publicó su libro, retomó su gozosa rutina y, dos años más tarde, de vacaciones, cayó muerto de golpe mientras se ataba los cordones de sus zapatos, a pocos meses de que Hitler invadiera Polonia y empezara la Segunda Guerra Mundial.

Y es que, como dice F. Oliver Brachfeld, “los gliomas no suelen perdonar sino por poco tiempo: dos años transcurren después de la feliz operación, y un día, de repente, en rápido colapso, Karinthy muere, víctima del mal del que el humano arte y la ciencia pudieron triunfar, momentáneamente (…)”   

Agrega que “la enfermedad y la milagrosa, aunque efímera, salvación de nuestro autor del terrible trance de su tumor cerebral, llegó a ser en Hungría una especie de asunto público, que había interesado a los lectores de periódicos con una intensidad como nunca ningún asunto de esta índole.” Es por ello que “el genial cirujano del cerebro, Olivecrona, es invitado a Budapest, recibido y agasajado por todos, incluso por el Regente que lo condecora”.

Hay otra historia que amerita ser contada. Señala Forn que el reconocido neurólogo Oliver Sacks (a quien nos hemos referido en diversos momentos en este espacio)

(…) descubrió Viaje en torno de mi cráneo cuando era estudiante secundario en Inglaterra, a los quince años, en una edición popular de divulgación, y que por ese libro decidió ser neurólogo, y que cada vez en su vida que encaró un libro nuevo pensó en Frik Karinthy, se encomendó a su espíritu y simplemente se dejó llevar.
(…) cuando se puso a escribir lo tomó de modelo porque, a ochenta años de su publicación original, sigue siendo el mejor relato autobiográfico que existe de un viaje al interior del cerebro humano.

Por último, digamos que al pasar por Alemania en su viaje a Estocolmo, Karinthy intuyó los tiempos trágicos que venían.

(…) al despertar veo el horizonte gris y sé que estamos más allá de la frontera, en la nueva Alemania. Es curioso que vuelva a este país así, veinticinco años más tarde. (…) 
Alemania parece más seria y adusta ahora, como si su renacimiento no fuese tan sencillo como su nacimiento. Veo pocas construcciones nuevas, imaginaba que habría muchas más. Delante de una casita modesta, muy bonita por cierto, que vemos desde la ventanilla, mi esposísima me señala una inscripción que dice: “Tampoco podríamos construir esta casa sin nuestro Führer”.

Y concluye: “Es el primer signo de los tiempos actuales que vemos en nuestro viaje.”

jueves, 27 de febrero de 2020

Celos profesionales y robo entre académicos


Podría suponerse que en las altas esferas del trabajo intelectual todo es armonía y colaboración y que no se presentan actos de mezquindad propios de otros entornos.

Se trata de una falsa suposición y Oliver Sacks nos cuenta sus vivencias al respecto.

En el verano de 1967, después de trabajar un año en la clínica de cefaleas, regresé a Inglaterra de vacaciones, y para mi gran sorpresa escribí un libro sobre la migraña en el curso de un par de semanas. Surgió de repente, sin una planificación  consciente.
Le mandé un telegrama a [Arnold P.] Friedman desde Londres contándole que, sin saber muy bien cómo, me había salido un libro, que lo había llevado a Faber & Faber, un editor británico (que había publicado un libro de mi madre), y que estaban interesados en su edición.

Párrafo aparte merece la crítica formulada por uno de los dictaminadores. “Un lector de Faber, sin embargo, realizó un comentario peculiar. Dijo: ‘El libro es demasiado fácil de leer. Hará que la gente lo vea con recelo; dele un enfoque más profesional’.”

Pero volvamos al tema. Sacks esperaba que el maestro se alegraría ante los logros de su discípulo. “Esperaba que a Friedman pudiera gustarle el libro y me escribiera un prefacio.” Pero los hechos tomaron otra dirección. “El telegrama que me mandó de respuesta decía: ‘¡Basta! Interrúmpalo todo’.” Los acontecimientos siguieron su curso.

Cuando volví a Nueva York, a Friedman no se le veía muy amistoso, sino más bien agitado. Casi me arrancó el manuscrito de las manos. ¿Quién me había creído que era para escribir un libro sobre la migraña?, me preguntó. ¡Menudo  atrevimiento! Le dije: “Lo siento, simplemente ocurrió.” Dijo que daría a revisar el manuscrito a una de las máximas eminencias en el mundo de la migraña.
Aquellas reacciones me desconcertaron. Unos días más tarde vi que uno de los ayudantes de Friedman fotocopiaba mi manuscrito. No le presté mucha atención, pero tomé nota mental. Al cabo de tres semanas, Friedman me entregó una carta de la persona que había revisado el texto, de la cual se habían eliminado todas las características que pudieran identificarla. La carta carecía de cualquier sustancia crítica constructiva y real, y estaba llena de críticas personales y a menudo  envenenadas referidas al estilo del libro y a su autor. Cuando se lo comenté a Friedman, me contestó: “Al contrario, tiene toda la razón. En eso consiste su libro: básicamente es basura.” Siguió diciendo que en el futuro no me permitiría  acceder a las notas que yo mismo tomaba acerca de mis pacientes, que todo quedaría cerrado con llave. Me advirtió que no se me ocurriera volver a pensar en el libro, y dijo que  si lo hacía no sólo me despediría, sino que jamás volvería a conseguir trabajo de neurólogo en los Estados Unidos. En aquella época, Friedman era presidente de la sección de cefaleas de la Asociación Neurológica  Americana, y me habría sido imposible conseguir otro trabajo sin su recomendación.

Pero la situación aún guardaba otras desagradables sorpresas para el doctor Sacks.

Cuando se publicó Migraña, me llegaron un par de cartas de algunos colegas perplejos que me preguntaban por qué había publicado versiones anteriores de algunos capítulos con el seudónimo de A. P. Friedman. Les contesté que de ninguna manera había publicado esos capítulos, y que debían formularle esa pregunta al doctor Friedman de Nueva York. Friedman había apostado estúpidamente a que no publicaría el libro, y cuando se editó debió de darse cuenta de que estaba metido en un lío. Yo no le dije nada, y no volví a verlo.

Cuestiones de ego, poder y envidia pueden ayudar a entender estas actitudes tan reñidas con la ética. “Creo que Friedman no sólo creía poseer la propiedad exclusiva del tema de la migraña, sino también la propiedad de la clínica y de todos los que trabajaban en ella, y que eso le granjeaba el derecho a apropiarse de sus pensamientos y su trabajo.”

Concluye Sacks citando otros casos similares que se han presentado en la élite de académicos e investigadores.

Esta desagradable historia -desagradable por ambas partes- no es infrecuente: una  figura paternal y anciana, y su joven protegido, ven invertidos sus papeles cuando el hijo comienza a eclipsar al padre. Lo mismo les ocurrió a Humphry Davy y a Michael Faraday. Al principio Davy le prestó todo su apoyo a Faraday, y posteriormente intentó obstaculizar su carrera. También ocurrió con Arthur Eddington, el astrofísico, y su joven y brillante protegido Subrahmanyan  Chandrasekhar. Yo no soy Faraday ni Chandrasekhar, y Friedman no era Davy ni Eddington, pero creo que entre nosotros funcionó la misma dinámica letal, aunque  a un nivel mucho  más humilde.

Quiero suponer que alertados por tantos ejemplos, los jóvenes académicos actualmente toman providencias antes de compartir los hallazgos de sus investigaciones con los superiores.

miércoles, 19 de febrero de 2020

Oliver Sacks y la bendición de llegar tarde


Ya nos hemos referido al testimonio de Oliver Sacks en relación al difícil periodo de su vida en que fue adicto a las drogas, en particular a las anfetaminas. Cuenta que por aquel entonces lo invitaron a una singular fiesta.

Polvo de ángel, ¡qué nombre tan dulce y atractivo! Y también engañoso, pues sus efectos estaban muy lejos de ser dulces. Dado que en la década de 1960 era un impulsivo consumidor de droga, estaba dispuesto a probarlo todo, y, conociendo  mi curiosidad peligrosa e insaciable, un amigo me invitó a participar en una “fiesta” de polvo de ángel en un loft del East Village.

El azar, los imponderables de la vida, la casualidad o el destino –como quiera llamársele- hicieron que aquel día llegara tarde y describe el panorama con el que se encontró.

Llegué un poco tarde -la fiesta ya había comenzado- y cuando abrí la puerta me encontré con una escena tan surrealista, tan delirante, que el té del Sombrerero Loco parecía, en comparación, un ejemplo de cordura y decoro. Había casi una docena de personas, todas ellas sonrojadas, algunas con los ojos inyectados en sangre, varias se tambaleaban. Un hombre profería gritos estridentes y saltaba sobre el mobiliario, quizá pensando que  era un chimpancé. Otro “despiojaba” a su vecino, arrancándole insectos imaginarios del brazo. Uno había defecado en el suelo y jugaba con las heces, haciendo dibujos en ellas con el dedo. Dos de los invitados estaban inmóviles, catatónicos, y otro hacía muecas y balbuceaba un fárrago que sonaba como las “ensaladas de palabras” de los esquizofrénicos. Telefoneé a urgencias, y todos los participantes fueron trasladados a Bellevue. Algunos tuvieron que permanecer hospitalizados durante semanas. Me alegré enormemente de haber llegado tarde y no haber probado el polvo de ángel.

Concluye el relato con observaciones propias de su experiencia como neurólogo.

Tiempo después, cuando ya trabajaba de neurólogo en el Hospital Estatal del Bronx, vi a algunos pacientes a los que el polvo de ángel (fenciclidina, o PCP) había precipitado a estados pseudoesquizofrénicos que a veces duraban meses. Algunos también sufrían ataques, y descubrí que muchos mostraban un electroencefalograma muy anormal incluso transcurrido ya un año desde que probaran el polvo de ángel. Uno de mis pacientes asesinó a su novia cuando los dos estaban colocados de PCP, aunque no recordaba nada del hecho. (…)
El PCP se introdujo originariamente como anestésico en la década de 1950, pero en 1965 ya no se le daba ningún uso médico debido a sus espantosos efectos secundarios.

Polvo de ángel le llaman.

jueves, 6 de febrero de 2020

Oliver Sacks y el consumo de anfetaminas


En diversas ocasiones hemos citado, con la admiración debida, en este mismo espacio algunos trabajos de Oliver Sacks. Ahora el tema es otro y para ello tomamos como fuente su testimonio en relación al consumo de anfetaminas.

No sé hasta qué punto la propensión a la adicción es algo “innato” o hasta qué punto depende de las circunstancias  o del estado  de ánimo. Lo único que sé es que después de esa noche me enganché a los porros empapados en anfetamina, y me quedé enganchado durante los cuatro años siguientes. Cuando estás bajo la influencia de las anfetaminas, no hay manera de dormir, rechazas la comida, y todo queda subordinado a la estimulación de los centros de placer del cerebro.
Fue mientras combatía la adicción a la anfetamina -rápidamente había pasado de la marihuana con speed a la metanfetamina por vía oral o venosa- cuando leí los experimentos de James Olds con ratas. Implantaban unos electrodos en los centros de recompensa del cerebro de las ratas (el núcleo accumbens y otras estructuras profundas subcorticales), y éstas eran capaces de estimular esos centros apretando una palanca. Entonces lo hacían sin parar, hasta que morían de agotamiento. En cuanto iba cargado de anfetamina, me sentía tan irremediablemente enganchado como las ratas de Olds. Las dosis que tomaba eran cada vez más altas, y el corazón se aceleraba y la presión  sanguínea llegaba a un extremo letal. Este estado se caracterizaba por su insaciabilidad: nunca tenía suficiente. El éxtasis de las anfetaminas era mecánico y autosuficiente -no necesitaba nada ni a nadie para “completar” mi placer-, y esencialmente completo, aunque completamente vacío. Todos los demás motivos, metas, intereses, deseos, desaparecían en la vacuidad del éxtasis.
No me paraba a pensar demasiado en lo que aquello le estaba haciendo a mi cuerpo y quizá a mi mente. Conocía a algunas personas de Muscle Beach y Venice Beach que habían muerto por ingerir enormes dosis de anfetaminas, y tuve mucha suerte de no sufrir un ataque al corazón o un ictus. No me daba cuenta de que estaba jugando con la muerte.

Durante esta temporada no era cuestión sencilla para el doctor Sacks presentarse al trabajo y cumplir con sus obligaciones.

Los lunes por la mañana volvía al trabajo agitado y casi narcoléptico, pero creo que nadie se daba cuenta de que había pasado el fin de semana en un espacio interestelar, o reducido a una rata con electrodos. 
Cuando la gente me preguntaba qué había hecho durante el fin de semana, yo decía que había estado “fuera”, pero probablemente no se imaginaban lo “fuera” que había estado, ni en qué sentido.

Las cosas llegaron a extremos muy peligrosos tal como lo reconoce el propio Oliver Sacks.

En diciembre de 1965 había empezado a perder días de trabajo seguidos con la excusa de que estaba enfermo. Tomaba anfetaminas constantemente y comía muy poco; había perdido mucho peso –treinta y cinco kilos en tres meses- y apenas soportaba ver mi cara demacrada en el espejo.

Y fue en ese momento cuando llegó a un punto crucial que le cambió la vida.

En Nochevieja experimenté un repentino momento de lucidez en medio del éxtasis de las anfetaminas, y me dije: “Oliver, si no consigues ayuda no llegarás al año que viene. Tienes que hablar con alguien.” Mi impresión era que sufría problemas psicológicos muy profundos subyacentes a mi adicción y a mi pulsión autodestructiva, y que si no abordaba estos problemas siempre volvería a las drogas y tarde o temprano me acabaría matando. (…)
No volví a tomar anfetaminas, a pesar del intenso deseo que a veces me invadía (el cerebro de un adicto o un alcohólico cambia de por vida; la posibilidad, la tentación de regresión nunca lo abandona).

Así fue como en este caso –lamentablemente no en todos- la historia tuvo un buen final. “En 1966 mis amigos no creían que llegara a los treinta y cinco, y yo tampoco. Pero a base de psicoanálisis, buenos amigos, la satisfacción del trabajo clínico y la escritura, y, por encima de todo, buena suerte, contra todas las expectativas he conseguido rebasar los ochenta.”

lunes, 18 de noviembre de 2019

Oliver Sacks, el neurólogo que narraba


Si algo es aburrido, para quienes no estamos en el gremio pero sospecho que también para los propios médicos, son las historias clínicas. Nada bueno puede tener lugar con inicios como: “Pac., fem, 45, cursa con px de tr lat amnio deamb con tx de ml…”
Claro que hay excepciones, ¡grandes excepciones!, la de aquellos que descubren en ellas otras facetas tanto humanas como literarias. 
Uno de estos casos es el del doctor Oliver Sacks -protagonista frecuente de este espacio- que por medio de sus libros ha permitido que personas totalmente ajenas a la especialidad nos interesemos por la neurología (posiblemente su obra más conocido es “El hombre que confundió a su mujer con un sombrero”). Él mismo nos habla de sus inicios.
(…) en Nueva York encontré un trabajo que significaba algo para mí, en un hospital para enfermos crónicos del Bronx (en Despertares le di el nombre de “Monte Carmelo”). Los pacientes me fascinaban, me preocupaba mucho por ellos, y me tomé como una especie de misión contar sus historias: historias de situaciones prácticamente desconocidas, casi inimaginables para el público en general, y, desde luego, para muchos de mis colegas. 
Fue así como después de un largo proceso encontró lo que le apasionaría durante el resto de su vida. Claro que no fue fácil distanciarse del formato habitual de las historias clínicas al tiempo que recibió incomprensión por parte de muchos de sus colegas.
Había descubierto mi vocación y me entregué a ella en cuerpo y alma, con total determinación, y con  muy poco apoyo por parte de mis compañeros de profesión. Casi sin darme  cuenta, me convertí en un narrador en una época en que el relato médico casi había desaparecido. 
Los obstáculos no lo hicieron claudicar y encontró inspiración en figuras señeras de la investigación neurológica.
Aquello no me disuadió, pues sentí que mis raíces se hundían en las grandes historias neurológicas del siglo XIX (y para ello sí encontré el aliento del gran neuropsicólogo ruso A. R. Luria). 
El compromiso y cariño del doctor Sacks hacia sus pacientes, lo condujo a multiplicar sus horas de consulta, observación e investigación que lo alejaron del tipo de vida –muy desordenada, por decir lo menos- que él mismo nos permitió conocer en sus notas autobiográficas. A partir de este momento todo cambiaría. “Durante muchos años llevé una existencia solitaria, casi monacal, pero profundamente satisfactoria.”
¿Cómo fue su existencia antes de ello? Ya lo veremos en otro momento.

lunes, 2 de septiembre de 2019

Oliver Sacks, resistencias familiares ante su homosexualidad


Será hasta poco antes de su muerte cuando Oliver Sacks abra un espacio autobiográfico dentro de sus muy recomendables libros (a los que ya hemos recurrido en varias oportunidades). En esta ocasión no nos detendremos en su trabajo profesional sino en testimonios de su vida que hemos tomado de En movimiento y de su obra póstuma Gratitud
Mil novecientos cincuenta y uno fue un año rico en acontecimientos, y en cierto modo doloroso. (…)
Acababa de cumplir los dieciocho, y mi padre consideró que había llegado el momento de que mantuviéramos una seria charla de hombre a hombre, de padre a hijo. Hablamos de asignaciones y dinero: un tema poco polémico, pues yo era de costumbres bastante frugales y sólo derrochaba en libros. Y a continuación mi padre abordó el tema que realmente le preocupaba.       
-No parece que tengas muchas amigas -dijo-. ¿No te gustan las chicas?
-No están mal -contesté, deseando que la conversación acabara ahí.
-¿Te gustan más los chicos? -insistió.
-Sí, me gustan más, pero no es más que una sensación. Nunca he “hecho” nada. -Y acto seguido añadí, con cierto temor-: No se lo cuentes a mamá. Será incapaz de aceptarlo. (…)
Sabía que la sola idea de la homosexualidad despertaba horror en algunas personas; sospechaba que ése debía de ser el caso de mi madre, y por eso le había dicho a mi padre: “No se lo cuentes a mamá. Será incapaz de aceptarlo.”
Así fue como la primera respuesta al reconocimiento de su homosexualidad provino del padre quien no pudo guardar el secreto, era demasiado para él. Una vez enterada, la reacción de su madre fue muy violenta y posiblemente haya ido aún más allá de lo esperado.
(…) y a la mañana siguiente mi madre bajó con una expresión de horror y me gritó: “Eres una abominación. Ojalá no hubieras nacido.” (Sin duda recordaba el versículo del Levítico que reza: “Si un hombre se acuesta con varón como hace con mujer, ambos han cometido una abominación: morirán sin remedio, su sangre caerá sobre ellos”.) (…)
A continuación se marchó y pasó varios días sin hablarme. (…) Mi madre, que era tan abierta y que casi siempre me apoyaba, era severa e inflexible en ese aspecto. Al igual que mi padre, solía leer la Biblia, y le encantaban los Salmos y el Cantar de los Cantares, pero la obsesionaban los terribles versículos del Levítico (…)
Aquella cuestión nunca se volvió a mencionar, pero las duras palabras de mi madre me hicieron detestar la capacidad de la religión para fomentar el fanatismo y la crueldad.
Observando aquel hecho en retrospectiva, Sacks se cuestiona en torno a la conveniencia de haber hablado de ello. “A lo mejor tampoco se lo debería haber contado a mi padre; en general, consideraba que mi sexualidad sólo me atañía a mí; no era un secreto, pero tampoco tenía por qué hablar de ella.” 
No es difícil imaginar el sentimiento desgarrador que le produjo la maldición (que en la cultura judía adquiere una especial significación) de su madre: “(…) sus palabras me persiguieron durante gran parte de mi vida, y tuvieron una gran importancia a la hora de inhibir e inyectar un sentimiento de culpa en lo que debería haber sido una expresión libre y gozosa de la sexualidad”.
Por supuesto que esta situación pudo haber llevado al total distanciamiento entre ambos, sin embargo no fue el caso. Significó una marca que quedó para siempre pero no tuvo lugar la ruptura; tal vez porque aun asumiendo el inmenso dolor que le provocó, Oliver Sacks recurrió a todos los atenuantes que pudieran explicar la reacción de su madre.
Todos somos hijos de nuestra educación, nuestra cultura y nuestra época. Y he tenido que recordarme repetidamente que mi madre nació en la década de 1890 y tuvo una educación ortodoxa, y que en la Inglaterra de la década de 1950 el comportamiento homosexual no se consideraba sólo una perversión, sino un delito. También he de recordar que el sexo es una de esas cosas -como la religión y la política- capaces de despertar sentimientos intensos e irracionales en personas por lo demás decentes y racionales. Mi madre no quería ser cruel, ni desearme la muerte. Ahora comprendo que de repente se sintió superada, y probablemente lamentó sus palabras, o quizá las colocó en una parte aislada de su mente.
Además, evoca que por aquellos años la persecución a la homosexualidad era implacable. 
En el Londres de la década de 1950 no era fácil, ni seguro, admitir la propia homosexualidad ni practicarla. Las actividades homosexuales, si se detectaban, podían conducir a penas severas, a la cárcel, o, como en el caso de Alan Turing, a la castración química mediante la administración obligatoria de estrógenos. La actitud de la gente era, por  lo general, tan condenatoria como la ley. A los homosexuales no les resultaba fácil encontrarse; había algunos clubs y pubs gays, pero eran constantemente vigilados por la policía, que llevaba a cabo continuas redadas. Por todas partes había agentes provocadores, sobre todo en los parques y retretes públicos, entrenados para seducir a los incautos y cándidos y llevarlos a la destrucción.
En este intento por comprender la actitud de su madre, a las ya mencionadas consideraciones de carácter general Sacks añade otra de alcance exclusivamente familiar.
Cuando en 1951 mi madre se enteró de mi homosexualidad y afirmó: “Ojalá no hubieras nacido”, lo dijo, aunque no estoy seguro de que en ese momento yo lo comprendiera, como una acusación, pero también fruto de su angustia, la angustia de una madre que, al percibir que había perdido a un hijo por culpa de la esquizofrenia, ahora temía perder a otro por culpa de la homosexualidad, una “enfermedad” que por entonces se consideraba vergonzosa y deshonrosa, y con una gran capacidad para estigmatizar y echar a perder una vida. Yo era su hijo preferido, su “pichurrín”, su “corderito”, cuando era pequeño, y ahora me había convertido en “uno de ésos”: una carga cruel que añadir a la esquizofrenia de Michael.
Hasta aquí hemos visto la reacción del padre y de la madre; la faceta tragicómica vendrá por parte del hermano y la cuñada.
Mi hermano David y su esposa, Lili, al enterarse de mi falta de experiencia sexual, pensaron que podía atribuirse a la timidez, y que una buena mujer, incluso un buen polvo, podrían enderezarme. Allá por la Navidad de 1951, después de mi primer trimestre en Oxford, me llevaron a París no sólo con la intención de ver los monumentos -el Louvre, Notre Dame, la Torre Eiffel-, sino de acompañarme a visitar a una amable prostituta que me pondría a prueba y, de manera paciente y diestra, me enseñaría lo que era el sexo.
Escogieron una prostituta de edad y carácter adecuado –David y Lili la entrevistaron primero, explicándole la situación-, y después me fui con ella a la habitación. Estaba tan asustado que mi pene se quedó fláccido de miedo y los testículos se encogieron hasta la cavidad abdominal.
La historia no quedaría completa si prescindiéramos de la respuesta –siempre según el propio Sacks- que también daría aquella experimentada mujer.
La prostituta, que se parecía a una de mis tías, comprendió la situación de inmediato. Hablaba bien inglés ése había sido uno de los criterios de  selección) y dijo: “No te preocupes. Ahora nos tomaremos una buena taza de té.” Sacó el juego de té y unos pastelillos, trajo el hervidor y me preguntó qué clase de té me gustaba. “Lapsang”, dije. “Me encanta el olor ahumado.” Por entonces ya había recuperado la voz y la seguridad en mí mismo, y charlé con ella sin ningún problema mientras disfrutábamos de nuestro té ahumado.
Como es de imaginar, el hermano y la cuñada estaban ansiosos por conocer el resultado de aquel encuentro.
Permanecí allí una media hora y luego me fui; mi hermano y su mujer se habían  quedado expectantes en  la puerta.
-¿Cómo ha ido, Oliver? -me  preguntó David.
-Genial –dije sacudiéndome las migas de la barba.
En sus notas autobiográficas Oliver Sacks narra la forma en que con el paso de los años –para ese entonces las cosas habían cambiado en algo- pudo recuperar la relación con tíos y primos.
En 1955, cuando tenía veintidós años, fui a Israel a pasar varios meses trabajando en un kibutz, y aunque me gustó, decidí no regresar. A pesar de que muchos de mis primos se habían trasladado a vivir allí, la política de Oriente Medio me  producía un gran desasosiego, y sospechaba que en una sociedad profundamente religiosa me encontraría fuera de lugar. Pero en la primavera de 2014, al enterarme de que mi prima Marjorie -una doctora que había sido protegida de mi madre y que había trabajado en el campo de la medicina hasta los noventa y ocho años- se estaba muriendo, la llamé a Jerusalén para despedirme. Su voz me resultó inesperadamente poderosa y retumbante, con un acento muy parecido al de mi madre. “No pienso morirme hoy”, me dijo, “y el 18 de junio celebro mis cien años. ¿Por qué no vienes?”
“Naturalmente que iré”, respondí. Pero al colgar comprendí que acababa de rectificar una decisión tomada casi sesenta atrás.
No fue más que una visita familiar. Celebré los cien años de Marjorie con ella y toda su parentela. Vi a otros dos primos por los que sentía un gran aprecio de cuando vivía en Londres, a innumerables primos segundos y lejanos (…)
Mención aparte dedica a la afectuosa bienvenida que les brindó Robert John, uno de sus primos a quien Sacks caracteriza como un observante ortodoxo de la religión. 
Durante la década de 1990 conocí a un primo y coetáneo mío, Robert John Aumann, un hombre de aspecto impresionante, de complexión robusta y atlética,  y con una barba blanca que ya a los sesenta años le otorgaba un aspecto de sabio venerable. Es un hombre de una gran capacidad intelectual, pero también provisto de gran ternura y calidez humanas, y de un profundo compromiso religioso; de hecho, “compromiso” es una de sus palabras favoritas.
Con estos antecedentes era comprensible que en oportunidad de su regreso a Israel el reencuentro con Robert John le generara inquietud.
Me imponía cierto respeto visitar a mi familia ortodoxa acompañado de mi amante, Billy -las palabras de mi madre todavía resonaban en mi cabeza-, pero también a Billy lo recibieron con gran afecto. El enorme cambio de talante, incluso entre los ortodoxos, quedó claro cuando Robert John nos invitó a Billy y a mí a compartir la primera comida del sabbat con él y su familia.
De esa armonía familiar surgieron algunas reflexiones y preguntas de índole existencial.
La paz del sabbat, de ese mundo detenido, de ese tiempo fuera del tiempo, era palpable, lo impregnaba todo, y me sentí inundado de melancolía, algo parecido a la nostalgia, y comencé a preguntarme: ¿Y si esta circunstancia y la otra y la otra hubieran sido distintas? ¿Qué clase de persona habría sido yo? ¿Qué clase de vida habría llevado? 
Finalmente, Oliver Sacks resume el feliz reencuentro familiar en muy pocas palabras: “No me sentía aceptado de ese modo por mi familia desde que era niño.”

martes, 11 de diciembre de 2018

Enfermo de domingo


Hay ocasiones en que uno da por concluido lo que en realidad recién está en sus comienzos. Así le sucedió a Oliver Sacks y para ilustrarlo evoca la relación que mantuvo con un paciente al inicio de su trayectoria como médico.
Vi a un joven que padecía “dolores de cabeza con náuseas” todos los domingos. Describió los centelleantes zigzags que veía antes del dolor de cabeza, de manera que resultó fácil diagnosticarlo como migraña clásica. Le dije que disponíamos de medicación para su dolencia, y que si se  ponía una pastilla de ergotamina bajo la lengua en cuanto comenzara a ver los zigzags, aquello  podría servir para frenar  el ataque. Me telefoneó muy entusiasmado una semana después. La pastilla había funcionado, y no le dolía la cabeza. Me dijo: “¡Dios le bendiga, doctor!”, y yo pensé: “¡Caramba, qué fácil es esto de la medicina!”
Aquello parecía caso cerrado, pero no fue así. 
El fin de semana siguiente no tuve noticias de él, y como sentía curiosidad por saber cómo le iba, le telefoneé. Con una voz bastante apagada me dijo que la pastilla había vuelto a funcionar, pero expresó una curiosa queja: se aburría. Durante los últimos quince años había dedicado cada domingo a las migrañas -su familia iba a verlo, era el centro de atención-, y ahora echaba de menos todo aquello.
Con el transcurso del tiempo aquel joven paciente sufría aún más las consecuencias negativas derivadas del exitoso tratamiento de la migraña. Continúa Sacks
A la semana siguiente recibí una llamada de emergencia de su hermana, que me dijo que el paciente padecía un grave ataque de asma y que le estaban administrando oxígeno y adrenalina. Su voz parecía sugerir que aquello podía ser culpa mía, que de alguna manera yo “había desbaratado su equilibrio”. Aquel mismo día llamé a mi paciente, quien me contó que había sufrido ataques de asma de niño, pero que posteriormente éstos habían sido “reemplazados” por la migraña. Se me había pasado por alto una parte importante de su historial por atender tan sólo a sus síntomas actuales.
Y fue entonces cuando Oliver Sacks mantuvo un diálogo sorprendente con el paciente:
-Podemos darle algo para el asma -sugerí.
-No -me contestó-. Tendré otra cosa... ¿Cree que tengo necesidad de estar enfermo los domingos?
Sus palabras me dejaron estupefacto, pero dije:
-Vamos a analizarlo.
Concluye Sacks en la importancia de considerar al paciente en forma integral, de tener en cuenta no sólo lo fisiológico sino también lo que llama los motivos inconscientes de cada persona.
A continuación pasamos dos semanas explorando su supuesta necesidad de estar enfermo los domingos. En esas dos semanas sus migrañas se volvieron menos molestas, y al final desaparecieron más o menos. Para mí aquello era un ejemplo de cómo los motivos inconscientes a veces se alían con las propensiones fisiológicas, de cómo no se puede abstraer una dolencia o su tratamiento de la totalidad, del contexto, de la economía de la vida de una persona. (…)
No había dos pacientes con migraña que fueran iguales, y todos ellos resultaban extraordinarios. Trabajar con ellos fue mi verdadero aprendizaje en la medicina.
Tan solo estaba en el inicio de los muchos aprendizajes que aún le esperarían a lo largo de su extensa y fructífera trayectoria.

martes, 20 de noviembre de 2018

El primo Robert John, un observante del sabbat


Quien lee a Oliver Sacks siempre encuentra historias muy interesantes, sea de su campo profesional o de la vida cotidiana. A este último rubro corresponde la que ahora citamos.

Durante la década de 1990 conocí a un primo y coetáneo mío, Robert John Aumann, un hombre de aspecto impresionante, de complexión robusta y atlética,  y con una barba blanca que ya a los sesenta años le otorgaba un aspecto de sabio venerable. Es un hombre de una gran capacidad intelectual, pero también provisto  de gran ternura y calidez humanas, y de un profundo compromiso religioso; de hecho, “compromiso” es una de sus palabras favoritas. (…) 
Insistió en que yo colocara una mezuzá sobre mi puerta, y me trajo una de Israel. “Sé que no eres creyente”,  me dijo, “pero de todos modos deberías tener una”. No le llevé la contraria.

Comenta Sacks que en su primo se da una confluencia poco frecuente porque “aunque en su trabajo defiende la racionalidad en la economía y en los asuntos humanos, para él no existe ningún conflicto entre la razón y la fe”.

En una extraordinaria entrevista que concedió en 2004, Robert John habló de su vida académica, que había dedicado al estudio de las matemáticas y la teoría de  juegos, pero también de su familia: que iba a esquiar y a hacer alpinismo con algunos de sus casi treinta hijos y nietos (los acompañaba un cocinero de comida  kosher cargado de cacerolas), y que para él el sabbat era muy importante.

Y es que para Robert John –citado por Sacks- el respeto al sabbat va mucho más allá del cumplimiento de la norma. “La observancia del sabbat es algo en extremo bello (…) y es imposible si no eres religioso. Ni siquiera es una cuestión de mejorar la sociedad, sino de mejorar la propia calidad de vida.” Cuando recibió lo que seguramente fue el mayor premio en su vida académica, puso condiciones.

En diciembre de 2005,  Robert John recibió el Premio Nobel por su valiosísimo trabajo durante cincuenta años en el campo de la economía. No fue un invitado  especialmente cómodo para el Comité del Nobel, pues viajó a Estocolmo con su familia, acompañado de muchos hijos y nietos, y hubo que proporcionarles a todos platos, utensilios y comida especial kosher, y ropa de etiqueta especial que no  tuviera ninguna mezcla de lana y lino, algo prohibido por la Biblia.

Su observancia llega a tal extremo que si las circunstancias lo hubiesen obligado a elegir entre el sabbat y el Nobel, no habría tenido duda alguna. Continúa Oliver Sacks

(…) Ese mismo mes descubrí que padecía cáncer en un ojo, y al mes siguiente, mientras me encontraba en el hospital para seguir el tratamiento, Robert John  vino a visitarme. Me contó un montón de entretenidas historias sobre el Premio  Nobel y la ceremonia de Estocolmo, pero también insistió en que, de haberse visto obligado a viajar a Estocolmo en sábado, habría rechazado el premio.

Concluye Sacks: “Su compromiso con el sabbat, con esa sensación de paz absoluta y alejamiento de las preocupaciones mundanas, era más importante incluso que un Nobel.”