¿No es desgastante vivir siempre anhelando ser quien
no se es? ¿Habría que aceptar y/o resignarse a los aspectos más permanentes de
la propia forma de ser? ¿Qué tanto podemos cambiar?
En relación a estas preguntas, así como para tantas
otras, no hay consenso. No sólo diferentes personas tienen puntos de vista
opuestos sino que uno mismo puede cambiar de opinión en diversos momentos de su
vida. Se trata de uno de los tantos temas desfondados que están llamados a
permanecer y que a pesar de su vejez gozan de plena lozanía.
¿Es posible dejar de ser el que somos para ser otro? ¿No
será mejor convivir en paz con los propios aciertos y limitaciones? En su libro
El último encuentro, Sándor Márai encara la cuestión por
medio de uno de los protagonistas de la novela. Son las palabras que el general
le dirige a Konrad:
(…) Pero en el fondo de tu alma habitaba una emoción
convulsa, un deseo constante, el deseo de ser diferente de lo que eras. Es la
mayor tragedia con que el destino puede castigar a una persona. El deseo de ser
diferentes de quienes somos: no puede latir otro deseo más doloroso en el
corazón humano. Porque la vida no se puede soportar de otra manera que sabiendo
que nos conformamos con lo que significamos para nosotros mismos y para el
mundo. Tenemos que conformarnos con lo que somos, y ser conscientes de que a
cambio de esta sabiduría no recibiremos ningún galardón de la vida: no nos
pondrán ninguna condecoración por saber y aceptar que somos vanidosos,
egoístas, calvos y tripudos; no, hemos de saber que por nada de eso recibiremos
galardones ni condecoraciones.
Prosigue el discurso del general quien ya no sólo
habla de conformarse sino de soportarse; allí estaría la sabiduría para vivir
en paz.
Tenemos que soportarlo, éste es el único secreto.
Tenemos que soportar nuestro carácter y nuestro temperamento, ya que sus
fallos, egoísmos y ansias no los podrán cambiar ni nuestras experiencias ni
nuestra comprensión. Tenemos que
soportar que nuestros deseos no siempre tengan repercusión en el mundo. Tenemos
que soportar que las personas que amamos no siempre nos amen, o que no nos amen
como nos gustaría. Tenemos que soportar las traiciones y las infidelidades, y
lo más difícil de todo: que una persona en concreto sea superior a nosotros,
por sus cualidades morales o intelectuales.
Y concluye el general: “Esto es lo que he aprendido en
setenta y cinco años de vida (…)”