Mostrando entradas con la etiqueta corrupción. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta corrupción. Mostrar todas las entradas

jueves, 7 de marzo de 2013

Corrupción: variaciones sobre un mismo tema 4/4


Pero no se vaya a caer en el error de considerar que existe unanimidad en reprobar la corrupción y los actos delictivos que ella acarrea. Hay quienes se conforman con las migas, tal como lo establece el dicho: “Está bien que los políticos roben, pero que salpiquen”. Al respecto afirma Jorge G. Castañeda

Para ilustrar brevemente cómo ha persistido esta peculiaridad del gobierno colonial basta ver una encuesta levantada en México en 2003. Preguntaba a los encuestados si están de acuerdo o no, en que "un funcionario público puede aprovecharse de su puesto siempre y cuando haga cosas buenas" o, como se dice coloquialmente si "salpicara": el 48% dijo que sí.

 
Una frase acuñada por Pancho Liguori, aunque no falta quien la atribuye a Carlos Monsiváis, sintetiza el punto en forma contundente: “Amistad que no se refleja en la nómina es pura demagogia.”
                                                                     

En un tema como el que nos ocupa se impone alguna consideración sobre la mordida que constituye una de las formas predilectas de la corrupción y que según Joaquín Antonio Peñalosa no es un producto típico nacional.

Acorralado por obstáculos insalvables, (el ciudadano) suele recurrir a la mordida como el expediente más seguro y rápido que todo lo arregla: reparación de leyes violadas, trasgresión de leyes, permisos y autorizaciones, concesiones y prebendas, credenciales de toda laya. La mordida es el papel que suple a los que faltan. Llave maestra para cualquier acceso. "Sésamo, ábrete". Fuente de los milagros. Causa de nuestra alegría y de la ajena.
No faltan los que piensan, porque piensan poco, que la mordida es producto típicamente nacional, en filo con los antojitos y las danzas autóctonas. Como práctica que corrompe la justicia, la mordida es fenómeno universal. Tan antiguo como la ley. Tiene la misma edad de los códigos. Hecha la ley, hecha la mordida.
Sin ir tan lejos, la mordida fue agua de uso en la España del siglo XVI, tan vitalmente vinculada a nosotros, cuando éramos y nos llamábamos la Nueva España. Jugosas y vitaminadas mordidas existieron allá, en tiempos de Carlos V y Felipe II, cuando se trataba de aplicar el "juicio de residencia", que equivaldría a nuestra ley de responsabilidades para funcionarios públicos.
Si la realidad de la mordida no es de origen mexicano, tampoco el nombre. Algunos diccionarios de mexicanismos registran las palabras morder, mordida y mordelón como voces indígenas y nuestras, cuando son de obvia extracción española.
Precisamente en esa misma España del XVI, el soborno judicial, el cohecho, se llamaba mordida entre el vulgo. Suárez de Figueroa en su obra El pasajero, describe el método de la mordida que, con variantes cada vez más sutiles, es el mismo que hoy se estila. Sólo que entonces le llamaban "mordedores" a quienes ahora graduamos de "mordelones". Cuestión de dos letras diversas, la misma y única realidad. El arreglo fácil y expedito de un trámite por la vía más sonante y contante.
Otro nombre, antiguo de cuatro siglos, con que en España se designó al soborno era, y sigue siendo entre nosotros, el "unto". Untar vale tanto como sobornar y vale demasiado. Por lo que cuesta y por lo que se obtiene. De este aceite prodigioso que todo lo cura, escribió Miguel de Cervantes en El rufián viudo: "Aunque el alguacil viniera no nos hiciera mal; yo lo sé por cierto, que no puede chillar porque está untado". Lo que pudiera traducirse en mexicano: "Nadie puede resistir un cañonazo de cien mil del águila".

 
Luis Melnik profundiza en esta cuestión.

(…) untar. Aplicar y extender superficialmente aceite u otra materia pingüe (grasa gorda, mantecosa) sobre una cosa. La untada es una rebanada de pan con tocino, manteca y otras menudencias. Y así, untando, untando, se va llegando a corromper o sobornar con dones o dineros. Untar también es quedarse con algo de las cosas que se manejan, por ejemplo, dinero, valores, instituciones, dignidad de las personas, valores espirituales y otras jerarquías.

 
Esto le permite concluir a Peñalosa
 
Así resulta con que la mordida, ni como práctica ni como palabra, es exclusiva institución de México. Contra lo que se dice por ahí, en verdad que sí es consuelo el mal de muchos.
En la institucionalidad de la mordida, todos los hombres necios tenemos culpa. El que la tolera, el que la da y el que la recibe. Nuestra Sor Juana Inés versificaba: "Unos pecan por la paga y otros pagan por pecar”.

 
En un artículo de 1969, Jorge Ibargüengoitia conceptualiza a la mordida y analiza sus entresijos. Su opinión respecto a la posibilidad de abolir esta práctica, es francamente pesimista.
 
La mordida, nos dicen los expertos, es una transacción voluntaria entre un particular y un representante de la autoridad, en la que el primero entrega al segundo una determinada cantidad de dinero y el segundo lleva a cabo una acción que es contraria a la ley, deja de cumplir con su deber o se hace de la vista gorda.
Ésta es la mordida positiva, porque hay otra, la negativa, en la que el particular paga porque le apliquen la ley. (…)
Pero vamos a ver, ¿por qué muerde la gente y por qué acepta ser mordida? El que muerde lo hace porque tiene un sueldo ridículo. El que se deja morder lo hace porque no quiere meterse en líos. ¿Quiénes son los que determinan el sueldo del que muerde y los que inventaron el trámite difícil al que no quiere someterse el mordido? Las autoridades. Hemos llegado a la primera conclusión: las autoridades son las primeras y originales causantes de la mordida. (...)
Ahora bien: supongamos que somos la autoridad y que queremos acabar con la mordida. ¿Qué hacemos? La hacemos innecesaria para el que muerde e incosteable para el mordido. Aumentamos el salario del primero y le facilitamos el trámite al segundo. Con el aumento de infracciones pagamos el aumento de salarios. Parece muy sencillo. Pero tiene un bemol: ¿qué aliciente tienen los representantes de la autoridad para levantar infracciones? Si tiene un salario asegurado que basta para satisfacer sus necesidades y la mordida es incosteable, lo más probable es que se queden dormidos en una esquina. Entonces nosotros, la autoridad, estamos en un aprieto, porque tenemos que seguir pagando salarios y no tenemos ingresos.
Hemos llegado a la (…) conclusión: la única solución de la mordida es cancelar las leyes y disolver las autoridades.

 
Veinte años después, Rafael Solana ve con escepticismo los intentos para desterrar la mordida que ya está incorporada en la tradición.
 
(...) se sigue mordiendo con la misma alegría y la misma furia de ayer, de antes de ayer y de siempre. Sólo una diferencia ha podido notarse, y es que ya las mordidas no son del mismo tamaño, sino han crecido al parejo de todo lo que en un país en desarrollo crece. Las recordamos cuando era de cinco o diez pesos; dejaba uno el billetito dentro de la carterita en que iba la licencia; le pedían a uno “sus documentos”, entregaba uno ése, y se hacía de la vista gorda cuando al sernos devuelto notábamos esa falta. Después fueron, de veinte, y más tarde de cincuenta o de cien (...)
Qué difícil es desarraigar las tradiciones. Y la de la inmoralidad es una bien fincada, bien maciza, y ni con leyes se le puede desterrar, porque los decretos tienen antidecreto y las iniciativas tienen congelación, y las costumbres tienen fuerza. Mordidas, seguirá habiéndolas júrenlo ustedes. Sólo que más grandes cada vez.

 
Existen servidores públicos y representantes de la iniciativa privada que son muy directos a la hora de exigirla y fijan una tarifa innegociable. Otros son más discretos: “colabore para el chesco o para la chela”. Hay quienes confían en su cliente: “ahí lo dejo a su criterio”. Ahora que si el criterio se queda corto o la búsqueda de billetes no da color, no falta el exhorto amigable: “A ver, rásquese tantito para ver si le acompleta”. No todas las mordidas son convenidas por cantidades menores a pie de banqueta, sino que los mordelones de cuello blanco se manejan en otros niveles y con otras cantidades. Por cierto que empresas que en los medios patrocinan campañas de educación en valores, no dudan en untar generosamente las manos de los tomadores de decisiones con tal de resultar beneficiadas en negocios que son de su interés.
 
Por otra parte entre los periodistas también hay quienes le entran al negocio. Dice Jorge Saldaña que la práctica del chayote nació en el período del presidente López Mateos cuando se repartieron dineros junto a una mata de chayote. Así no faltó el periodista que afirmara: “sin chayo, no me hayo”.
 
Existen cálculos del monto total que alcanzan los gastos por concepto de mordidas para el caso de México: The Economist, citado por Rodrigo Centeno y Rafael Ch. lo estima para el año 2010 en 32 mil millones de pesos.

 
Por otra parte, una prueba irrefutable de la enorme confianza con que cuenta la mordida en tanto procedimiento que aceita las decisiones favorables, queda de manifiesto en las costumbres de una comunidad que supone que su uso también resulta muy eficaz para adquirir el derecho a la eternidad. El relato es de Roberto Blanco Moheno.
 
(…) Los indios de Tequila, en el pueblo de la sierra de Veracruz entre Orizaba y Zongolica que a la madrugada, en el velorio de su tata –el más viejo de la comunidad- hacen una colecta de los pocos centavos que tienen y echan la morralla en el toco cajón para explicarle a mi padre, que pregunta la razón de tan singular hecho:
-Es que, ¿sabe usté?, San Pedro es gachupín y esta es la mordida pa que nuestro difunto pueda entrar al Cielo.

 
Así pues, con el devenir del tiempo –y como es muy fácil advertir- no ha desaparecido el desigual reparto del botín al que aludimos al inicio del texto, ni la corrupción en sus diversas variantes. Día a día se suceden las denuncias de malversación de los fondos públicos, lo que llevó a que Carlos Monsiváis, con su habitual ironía, sentenciara: “para que se acaben los escándalos políticos, es preciso legalizar la corrupción”.

martes, 5 de marzo de 2013

Corrupción: variaciones sobre un mismo tema 3/4


En este entorno quien pretendiera hacer las cosas bien corría el riesgo de frustrar a sus seguidores. Tal fue el caso del presidente Adolfo Ruíz Cortines quien, se afirma, no dilapidó los dineros e hizo una administración honrada que desanimó a más de uno. Dice Jorge Mejía Prieto que hubo quien llegó a manifestar: “Tanto esperar, tanto entusiasmarse, y ahora que está en la silla nos sale honrado”. Otro decía: “Tanta moral desmoraliza”.

A cambio de las prebendas adjudicadas en forma arbitraria desde el poder es posible acallar críticas, ganar apoyos, construir complicidades, etc. No es fácil resistir a esa tentación: de ahí que se afirme que todos tenemos nuestro precio, que sólo es cuestión de dar con él. Sin embargo, existen testimonios de quienes tuvieron la fortaleza para rechazar esas concesiones; tal es el caso de Renato Leduc quien es citado por José Ramón Garmabella.

Claro que con la corrupción imperante en el medio, creo que nadie se ha salvado de que intenten pasarle lo que se ha dado en llamar el embute, aun cuando a veces los funcionarios que lo ofrecen lo hacen por tratar de ayudar a uno, pero sin tomar en cuenta que más que favorecer, eso significa un insulto.
Hace años, un expresidente de la República me quiso regalar una casa porque Sáenz de Miera le comentó que yo andaba muy jodido, y el que fuera Primer Mandatario le dijo:
—Pues hágame el favor de decirle a Leduc que de mi parte vaya a ver al secretario del Patrimonio Nacional y que le diga que de las casas disponibles que existen, le entregue una de ellas.
Sáenz de Miera, que me conoce muy bien, le replicó:
—Perdóneme señor Presidente, pero no me atrevo a decir nada a Renato porque me va a mandar a la chingada...
Y es que a mí nunca me ha gustado recibir dinero de gente a quien no le he hecho ningún trabajo profesional; aunque, por supuesto, si un amigo me ve muy jodido y quiere prestarme unos pesos, pues se los agarro y veo la forma de pagárselos o le doy las gracias y en paz.
Pero nunca voy a recibir algo de un cabrón funcionario que venga a querer comprarme.

La aceptación más o menos resignada de la corrupción en esferas de gobierno, lamentablemente no es cuestión del pasado. Hasta hoy es posible escuchar frases como esta: “Está bien que roben, pero que dejen algo”. Javier Hurtado profundiza en la cuestión.

Hay dos refranes que de manera condensada expresan todo lo que la cultura política mexicana entiende respecto al problema de la corrupción: 1. “A mi no me den; nomás pónganme donde hay.” 2. “Un político pobre es un pobre político” (acuñado por Carlos Hank González, uno de los más conspicuos exponentes de nuestro corrupto sistema político). La traducción de estas frases dirían, por un lado, que en México la política es una actividad que requiere de complicidades y que se realiza con el objeto de enriquecerse, y no de construir consensos en pos de un objetivo de beneficio común; y, por otro, que en nuestro país no existen dispositivos legales ni institucionales que eviten, reduzcan o desalienten el fenómeno de la corrupción. Es decir, todo mundo sabe que cualquier persona, una vez que llega al poder, necesarísimamente habrá de robar y enriquecerse, y no habrá nada ni nadie que logre impedirlo o pueda sancionarlo, por la simple y sencilla razón de que el sancionador también es cómplice. Así entonces, de alguna manera y sobre todo en ciertas áreas, la administración pública se ha transformado en la “ciencia de los encubrimientos mutuos o de las complicidades”.
Sabido es que al último año de cada sexenio se lo conoce como el año de Hidalgo por aquello de que es pendejo el que deje algo (no faltó quien propusiera anexarle el año de Carranza “por si con el de Hidalgo no alcanza”). Llama la atención que aun en altas esferas del poder se reconozca la existencia de esta tradición que consiste en arremeter con todo lo que se encuentre al alcance de la mano. Como muestra de ello nos remitimos a una nota periodística firmada por Andrés T. Morales y Luis A. Bofia publicada en septiembre 2005.

Durante una breve visita a Yucatán, el Presidente de la República (Vicente Fox) se comprometió a que en su sexenio “no habrá año de Hidalgo”.
“Aplicaremos la ley y castigaremos a las personas que metan la mano en los presupuestos federales que, en realidad, pertenecen al pueblo de México”, sostuvo el Presidente durante el también llamado Encuentro ciudadano: rendición de cuentas, efectuado en el Centro de Convenciones Siglo 21 de la ciudad de Mérida.

Con frecuencia es posible escuchar a quienes ponen énfasis en la enorme riqueza de México que le ha permitido sobrevivir a la obra persistente de saqueadores, propios y extraños, de ambición ilimitada. Esta nobleza del país también ha sido reconocida por los propios delincuentes; tal es el caso, citado por Fabrizio Mejía Madrid, de un familiar de Arturo Durazo quien fuera nada menos que jefe de la policía.
Su sobrino pasó a la historia el viernes 29 de junio de 1984 cuando el FBI lo detuvo en San Juan de Puerto Rico. Acusado en México de evasión fiscal, extorsión a los policías a su cargo por 124 millones de pesos, controlar el tráfico de drogas, la prostitución, los bares y los abortos en la ciudad, Durazo acuñó una frase comparable a las de nuestros héroes revolucionarios: "Pinche país tan maravilloso y bueno que es capaz de soportar un hijo de la chingada como yo."

En este entorno la separación entre honestos y corruptos asume posibilidades intermedias, tal lo referido por Enrique Brito.

Cuentan que cuando un político terminó su gestión se encontró con un viejo amigo que le preguntó:
-¿Cómo te portaste en el ejercicio del poder?, ¿qué tan honesto fuiste?
-Bueno... honesto – honesto ¡no!, pero honesto ¡sí!

Valiéndose de un conjunto de dichos populares, José E. Iturriaga se refiere al proceso que desemboca en actos de corrupción.

(…) Empeñado en obtener favores de su poderoso ex condiscípulo, su fórmula es bien sencilla, frecuentarlo, porque “Santo que no es visto, no es adorado”. Y como “Santo que no está presente, se queda sin vela ardiente”, se instala con terquedad en la antesala ministerial hasta que le den audiencia. Va con sus mejores trapitos porque “Como te ven te tratan”. El personaje lo recibe con estas palabras: Algo quieres: “Nomás cuando relampaguea te acuerdas de Santa Bárbara”. Y, como el ministro había sido seminarista, le lanzó esta cuarteta además:
              Cuando los padres Franciscanos
              te vienen a visitar,
              es porque algo te quieren pedir
              o algo te quieren quitar.

El aludido se hizo el desentendido y sin mayor tardanza pidió una plaza de inspector (...)
Ya en funciones, a cada embute que recibía el mordelón, repetía en tono filosofante y cínico: ¡Venga a nos tu reino! Y se metía el dinero en la bolsa. “El que no da al Cristo, paga al fisco” (...)  Y le vino el dinero en tal cantidad, que su plaza de inspector acabó siendo ambicionada por medio mundo: “¡Cuando son tantas las limosnas, hasta los santos se alborotan!”.

Muchos son los dichos que aluden a este estado de cosas como el de que “el que no transa no avanza” y el que se refiere al trato que hay que tener con los integrantes de la oposición: “No les cambies las ideas, cámbiales los ingresos”.
Si lo publicado en la prensa responde a la realidad, según algunos funcionarios todo es cuestión de ganadores (quienes han sido favorecidos por el poder) y perdedores (los que no han tenido dicha fortuna). En ese estado de cosas entonces la crítica sería simplemente manifestación de la envidia de los segundos hacia los primeros. Así en julio de 2010 una nota de prensa de Jacobo Zabludovsky da cuenta de los preparativos para la celebración del Bicentenario e informa que muy jugosas contrataciones se hicieron a dedo, sin licitación alguna. Esto fue saliendo a la luz gracias a algunas investigaciones periodísticas. 
       
Al publicarse esta maniobra el señor José Manuel Villalpando, jefe de la comisión de los festejos, dijo: “La crítica no me afecta, la envidia es algo muy mexicano. Si el artista fuera amigo tuyo dirías qué bueno que le pagaron, o sea, depende… Este recurso es poco en realidad, frente a los muchos millones de pesos que hay en el presupuesto nacional”. Eso dijo.
Los daños que el amiguismo produce a las arcas públicas son de consideración; Alfonso Zárate profundiza en este aspecto.
La política, dicen unos, se hace con los amigos. Hace muchos años escuché a El Colorado Sánchez Mireles soltar la frase: “A mí me acusan de que cuando dirigí el ISSSTE beneficié a mis amigos. ¿Pos qué querían?, ¿que beneficiara a mis enemigos?”. El sofisma es evidente. Vale repetir la frase: “Es más fácil convertir en amigo a un funcionario honesto, capaz y patriota, que convertir a un amigo en funcionario honesto, capaz y patriota”.

jueves, 28 de febrero de 2013

Corrupción: variaciones sobre un mismo tema 2/4

Es importante destacar, a manera de valiosas excepciones, la trayectoria de quienes aun cuando detentaron cargos de primera importancia supieron defender su honestidad en tiempos de “simplicidad y pobreza republicana”. Manuel Payno, citado por Alejandro Rosas, deja constancia de ello.

Después de Guadalupe Victoria los presidentes de la república, cualesquiera que hayan sido su conducta y opiniones políticas, continuaron viviendo en una especie de simplicidad y pobreza republicanas a que se acostumbró el pueblo. El sueldo señalado al primer magistrado de la república ha sido de 36 mil pesos cada año, y de esta suma han pagado su servidumbre privada y sus gastos y necesidades personales. Para honra de México, se puede asegurar que la mayor parte de los presidentes se han retirado del puesto, pobres unos, y otros en la miseria.
En aquel tiempo haber ocupado el cargo de presidente no garantizaba la prosperidad personal y familiar para el resto de la vida. Alejandro Rosas describe lo que acontecía.

Por entonces el presidente de la república no gozaba de pensión vitalicia —que sería establecida en los últimos días del sexenio de Luis Echeverría—; al concluir su gobierno regresaba a su vida profesional o se dedicaba a escribir. Para muchos, la mayor riqueza que conservaban, luego de haber cumplido su mandato, era la de mantener limpia su reputación. No era concebible tampoco el enriquecimiento de la familia del presidente. En uno de tantos casos, al morir el presidente Miguel Barragán, en 1836, su hija sólo heredó su buen nombre y para sobrevivir estableció un estanquillo de tabaco.
Desde luego, la austeridad y la honradez no garantizaban el buen gobierno. (...)
La cultura de servicio tuvo su época de oro en el periodo de la República Restaurada (1867-1876). Junto al poder Ejecutivo, los miembros del Congreso y del poder Judicial gobernaron el país con apego irrestricto a la ley y con una moral política honesta e independiente, que difícilmente se puede encontrar en otro periodo de la historia mexicana.

Lo mismo sucedía en otros cargos de primera importancia. El mismo Alejandro Rosas cita a Ignacio Manuel Altamirano quien siendo magistrado de la Suprema Corte de Justicia de la Nación escribió:

No tengo remordimientos. Estoy pobre porque no he querido robar. Otros me ven desde lo alto de sus carruajes tirados por frisones, pero me ven con vergüenza. Yo los veo desde lo alto de mi honradez y de mi legítimo orgullo. Siempre va más alto el que camina sin remordimientos y sin manchas. Esta consideración es la única que puede endulzar el cáliz, porque es muy amargo.
Al paso del tiempo diversas manifestaciones de corrupción fueron ganando espacio. En las postrimerías del porfiriato, Francisco I. Madero se refería “a la corrupción del ánimo, el desinterés por la vida pública, un desdén por la ley y una tendencia al disimulo, al cinismo, al miedo”. Y concluía que cuando “la sociedad abdica de su libertad y renuncia a la responsabilidad de gobernarse a sí misma” necesariamente tiene lugar “una mutilación, una degradación, un envilecimiento (…)”

En tiempos de la Revolución, los problemas continuaron. La administración dirigida por Venustiano Carranza tuvo fama de ser muy corrupta de lo que daba muestra el súbito (inexplicable, diríamos hoy) enriquecimiento de buen parte de los más destacados generales así como de algunos funcionarios del régimen. Tan es así que en la ciudad de México a la ya de por sí despectiva expresión de “carranclán”, se sumó el verbo “carrancear” como sinónimo de robar. En 1914 en lugar de constitucionalistas se hablaba de “consusuñaslistas”. Como en tiempos de Cortés las octavillas y los versos, citados una vez más por Alejandro Rosas, eran expresión del ingenio popular.

Impotente frente al autoritarismo carranclán, el pueblo se desquitó echando mano del ingenio y haciendo circular un verso que decía: “El águila carrancista/ es un animal muy cruel/ se come toda la plata/ y caga puro papel”. Encrespado, Carranza ofreció jugosa recompensa por el anónimo poeta. Todavía no firmaba la orden, cuando ya circulaba un nuevo verso: “¿Recompensa?/ ¿Y eso con qué se paga?/ ¿Con lo que el águila come/  o con lo que el águila caga?”.

Hasta cierto punto estas desprolijidades y travesuras eran consideradas como inevitables en el contexto que se vivía. A ello se refiere Luis Cabrera, citado por Enrique Krauze.

La Revolución es la Revolución”, había dicho Luis Cabrera: Carranza lo creía también. Difícil definirla, difícil embridarla. Quizá por eso no pretendió una acción moralizadora a ultranza. En su cautela había asimismo un dejo de fatalidad, la sensación de que la lucha no sólo significaba cambio sino también fango: botín, ambición depredación.

Una muestra de que la corrupción era vista como algo natural queda de manifiesto en el siguiente ejemplo aportado por Jorge Mejía Prieto.

Un paisano y amigo del Presidente Carranza fue nombrado por él administrador de la aduana del puerto de Veracruz, donde empezó a robar desenfrenadamente.
Alarmado, el ministro de Hacienda, licenciado Luis Cabrera, le envió varias reclamaciones oficiales, mismas que el administrador ignoró tranquilamente.
Ante la gravedad del caso, Cabrera decidió trasladarse al puerto, en donde se presentó ante el abusivo funcionario para exigirle cuentas y responsabilidades.
-¡Ahora mismo me muestra la lista de los ingresos que ha tenido esta aduana durante los cuarenta y tres días que tiene usted al frente de ella!
La respuesta fue:
-¡Ah, qué señor Cabrera tan metiche! ¡Qué lista ni qué sus narices le voy a mostrar! ¡Usted está loco, amigo! ¡Sépase que esta aduana me la dio Venustiano pa que yo me ayudara!
No faltó quien al ser designado para ejercer alguno de estos cargos que permiten ayudarse se limitara a decir: “¡Hasta que la Revolución me hizo justicia!" Tal vez fue por ello que los participantes en la bola se dividieron entre revolucionarios y robolucionarios. Al respecto señala Alejandro Rosas

Bajo la máxima popular “a mí lo mío y aleluya que cada quien agarre la suya”, muchos revolucionarios se hicieron justicia por mano propia, se autoindemnizaron, hicieron negocios, expropiaron, confiscaron y al final mejoraron su situación personal. Algunos generales obtuvieron sus “tierritas” a costa del pueblo. Otros hicieron “su agosto” dentro del sistema político mexicano. La mayoría no alcanzó a ver un México distinto al que los había llevado a tomar las armas.

El dispendio generoso de los recursos del Estado es lo que posiblemente condujo a que César Garizurieta, años después, afirmara: “Vivir fuera del presupuesto, es vivir en el error”.

También han quedado registrados en la historia los otros cañonazos del general Álvaro Obregón. Al respecto señala Refugio Bautista Zane

(…) durante la rebelión delahuertista, Obregón se ganó a muchos generales con los famosos cañonazos de 50 mil pesos (de los de ese tiempo, cuando el salario mínimo de los obreros era de un peso diario).  Se cuenta que Obregón justificaba estas fuertes erogaciones de las arcas públicas diciendo: "Con estos cañonazos ahorramos pólvora y soldados, y la guerra nos sale más barata".

Hay quienes arremetían con lo que encontraran, fuera mucho o poco. Ramón Llarena y del Rosario da cuenta de lo acontecido con un presidente municipal

(...) al inicio de una gestión existe la obligación popular de con una palabra o una frase definir el tipo de presidente municipal o administración que tendremos. Una vez calificado se queda el mote o frase para la posteridad. Pero hubo uno que cambió de nombre. Es la única y absoluta excepción a la regla.
Su nombre es Tomás y cuando llegó a munícipe acostumbraba temprano presentarse en la Tesorería y comenzaba por Catastro preguntando ¿Cuánto hay? A lo que le respondían: cien mil pesos. Entonces decía: "Me los llevo". Este fue su primer nombre: el "melollevo."
Pero los meses fueron transcurriendo y en el tercer y último año de su administración las arcas estaban magras y empobrecidas.
Entonces llegaba y preguntaba: "¿Cuánto hay?" Le respondían "dos pesos con cincuenta centavos". Entonces, se persignaba con el dinero y pronunciaba su mote definitivo: "Aunque sea".

martes, 26 de febrero de 2013

Corrupción: variaciones sobre un mismo tema 1/4

No tenemos datos acerca de cómo se la gastaban en este tema las culturas autóctonas pero sí de algunos sucesos en tiempos de la conquista. Al respecto señala Renato Leduc
 
[...] respecto a la corrupción, debe tomarse en cuenta que en México el primer corrupto fue el propio Hernán Cortés, porque si se lee a Bernal Díaz del Castillo en su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, se podrá observar que los mismos soldados españoles componían octavillas quejándose de las chingas que les paraba don Hernando cada vez que de repartir los botines se trataba.

Todo parece indicar que el asunto se origina en que, cuál correspondía a los usos y costumbres vigentes entre los conquistadores, una vez controlada la grandiosa ciudad de Tenochtitlan y aplacados los focos de resistencia entre la población nativa, fue necesario abocarse a la distribución del botín de guerra. No es difícil imaginar que el tema tendría su complejidad dado que se deberían contemplar diversas variables: normas acordadas desde antes de cruzar el océano, jerarquías existentes entre los invasores, desigual desempeño de cada quien en función de su arrojo y valentía, destreza individual para apropiarse de lo ajeno, y varios etcéteras. A lo anterior habría que agregar las disputas por haberse agenciado algo lo suficientemente pequeño como para guardárselo sin incluirlo en el inventario colectivo. Por otra parte es posible suponer la existencia de prebendas para quienes hicieran valer su amiguismo o compadrazgo con las principales autoridades. Además hay que tener en cuenta que la corona procuraba desempeñar funciones de contraloría a la distancia con el objeto de no ver mermados sus tesoros, considerando a los conquistadores como empleados a comisión. En fin, que la repartija no era cosa sencilla.

 Cuando la soldadesca concurrió a Coyoacán, uno de los lugares de residencia de Cortés, para ver de a cómo y de a cuánto les tocaba, rápidamente cundió el desaliento entre aquellos hombres que habían calculado para sí un botín mucho más generoso que el que efectivamente habían recibido. Por lo visto ya desde aquellas lunas y aquellos soles era de todos conocido que “el que parte y reparte se queda con la mejor parte”, por lo que poco a poco fue tomando cuerpo el rumor de que Cortés resultó el verdadero ganón y que había despojado a sus compañeros de armas de lo que en realidad les correspondía del tesoro de Moctezuma. Es posible suponer que la libertad para manifestar públicamente el descontento estaba limitada y que quien desafiara esa censura correría riesgos de que no solo le quitaran riquezas materiales sino la propia vida. Por tanto había que irse con cuidado sin dejar de denunciar la arbitrariedad.

En este contexto aparecieron los primeros graffiti de que se tiene noticia por estas latitudes. Protegidos por la noche y amparados en el anonimato hubo quienes escribieron en las paredes de la casa de Cortés los motivos de su agravio. Según el historiador Alejandro Rosas

Por la mañana, Cortés encontraba su propiedad pintada y ordenaba cubrirla de cal nuevamente. Al anochecer se repetía la escena y aparecían nuevas frases lacerantes: “Oh qué triste está la ánima mea hasta que todo el oro que tiene acomodado Cortés y escondido lo vea”. Cansado de las falaces acusaciones, Cortés escribió en su propio muro: “¡Pared blanca, papel de necios!”, creyendo que con eso sería suficiente; pero la respuesta fue ingeniosa: “Y aun de sabios y verdades”.
 
Rafael Barajas, El Fisgón, presenta otra versión de lo que acontecía por aquellos entonces

Uno de los primeros actos de gobierno de Hernán Cortés fue quemarle los pies a Cuauhtémoc para que le dijera dónde estaba el famoso tesoro de los aztecas; un soldado gachupín le reclamó a don Hernando su parte del reparto con estos versos:
Cortés, quemaste los pies
A Guatemoc por el oro
Y aqueste es el día que añoro
Que a este súbdito le des
Una brizna del tesoro
Aunque lo escondas después.

En tiempos de la Colonia la corrupción se hizo presente de muchas maneras y, de acuerdo con José N. Iturriaga, los propios virreyes se vieron implicados en la cuestión.

La corrupción de los virreyes a veces se iniciaba desde la obtención misma del cargo, «dándose los virreinatos a quien más dinero da, comprando este puesto por trescientos mil pesos y a veces por más» (Francisco de Seijas, 1650-?, pariente del arzobispo de México). La recuperación de lo invertido empezaba a planearse aun antes de viajar a México: tomaban en España «las providencias con los mercaderes» para poner aquí almacenes de importación, donde «se venden de ordinario los mayores contrabandos»; incluso hubo virrey que al efecto tenía sus propios barcos. Los cohechos que recibían con frecuencia estaban disfrazados de obsequios (como hoy en día) e incluían comestibles a tal grado que «suelen tener los criados tiendas particulares en que venden muchos de los regalos». Sólo en la Navidad de 1693 «ganó la virreina 78 500 pesos».
Además, los virreyes y otras autoridades solían vender los cargos públicos y asimismo los ceses de enemigos: «Con dar una suma de dinero al virrey, no ha menester más para que lo depongan y saquen. Para mantenerse en un puesto, es forzoso que en las Pascuas envíe cada uno su regalo y que lo reiteren todos los días de las fiestas de su santo y los de sus mujeres».
Como se ve, los tiempos no han cambiado: «No queriendo un virrey, un presidente o un oidor que una demanda o pleito civil o criminal se vea, no lo conseguirá ningún litigante si no es que compre la justicia a fuerza de plata y de oro y de regalos».
Todo esto se reflejaba también en un lujo y ostentación desmedidos por parte de los virreyes: «No hay rey en toda Europa que salga de su palacio real con más lucido acompañamiento».

Todo parece indicar que de aquellos entonces al presente han cambiado los caudales a repartir así como sus apropiadores, pero no la trama. Veamos algunos ejemplos.

José N. Iturriaga cita la opinión que expresa sobre este tema el aristócrata ruso Ferdinand Petróvich Wrangel quien viajó por México entre diciembre de 1835 y abril de 1836 recorriendo la ruta San Blas, en Nayarit a Guadalajara, ciudad de México y el puerto de Veracruz.

La raíz del mal reside en la absoluta inmoralidad que prevalece entre la población blanca (…) Esta generación no tiene la menor idea de lo que es honradez ni conoce el amor propio de un alma noble ni sabe nada de la religión ni del amor a la patria. El mexicano, comenzando por el presidente [Santa Anna] y terminando por el último oficial o empleado, siente tal avidez por la riqueza que es capaz de sacrificarlo todo en el mundo con tal de satisfacer ésta su ciega ambición. Se forman partidos, se representan dramas de ridículas revoluciones sin fin; se hacen leyes y ello con el único fin de saciar su codicia. Se roban el tesoro público con una desfachatez increíble. Los empleados de la aduana son los peores contrabandistas. Los jueces son los primeros en violar la justicia. A cualquiera se puede comprar (...) Los oficiales son cobardes y groseros (...) Con una dirección interna desordenada, con constantes motines, con la ambición desorbitada de los funcionarios encaminada hacia su enriquecimiento particular, es natural que a pesar de los inagotables recursos naturales que posee el país, favorecido en todos los aspectos por la naturaleza, el tesoro público esté pobre y no alcance el dinero para los gastos más indispensables (...) Así el país se hunde cada vez más en el abismo de la confusión y del vicio.