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viernes, 28 de junio de 2024

Zona de confort

 

Las modas no se caracterizan por su permanencia, pero en el mundo que vivimos adquieren un vertiginoso pasar y esto acontece con la forma de vestir, la música, la pintura, la comida, etc.

Palabras y conceptos no están exentos a ello. Hace algunos años el escritor Juan José Millás reparó en uno de ellos.


Empieza a popularizarse la expresión “zona de confort”.

-Tú es que no sales de tu zona de confort –me dijo hace algunos meses un amigo en el transcurso de una discusión sobre cine y literatura.

Inicialmente estas irrupciones de ideas o resignificación de palabras solo son comprensibles para quienes forman parte de la vanguardia. Será el contagio de su uso junto al transcurso del tiempo, que las irán popularizando entre el resto de la población.

Millás se vio en la necesidad de identificar a que se refería aquel concepto:  


Creo que se refería a las ideas que me proporcionan cierta seguridad, aquellas desde las que observo el mundo. A partir de ese instante empecé a escuchar la frase en todas partes. Se había convertido en tendencia. La zona de confort puede ser indistintamente un sofá o un sistema filosófico. Mejor que sea un sistema filosófico.

Una vez legitimado el nuevo sentido de la expresión, se desarrollan variantes en su aplicación. En una ocasión, platicando del clima, una amiga -después de quejarse del frío que hacía en esos días- reconoció con cierto pesar: “Es que mi zona de confort es estrecha”. Claro está que aludía a que no la llevaba bien ni con el frío ni con el calor.

Así pues, queda sugerido que hay que salir de la zona de confort al mismo tiempo que es recomendable que la misma sea amplia.

Frente a ello se han levantado quienes sostienen que si uno está cómodo, a gusto, en paz, satisfecho, entonces ¿para qué salir de la zona de confort?

Da la impresión de que cuando surgen estas innovaciones en el lenguaje generan simpatía. Después de un tiempo, difícil de precisar, comienza su desgaste que conduce a abandonar su uso. Tal vez sea el caso de zona de confort que al convertirse en ídem, dejó de ser tan usada (siguiendo sus propias recomendaciones al respecto).

martes, 19 de marzo de 2024

Bibliotecas que no aceptan libros

 

Nada fácil resulta darle cauce a la buena intención de donar libros cuando uno entiende que ha llegado la hora de hacerlo. Por lo general este momento va acompañado de una buena dosis de melancolía, tristeza o dolor. Algo de consuelo se encuentra cuando los libros se mudan a un lugar donde serán útiles a personas lectoras.

Pero las dificultades no son solo emocionales, sino también prácticas; tal como lo atestigua Juan José Millás. “Decido desprenderme de un montón de libros que ya no sé dónde meter porque mi casa, como mi cabeza, tiene sus limitaciones. Llamo a la biblioteca de mi barrio para ofrecérselos gratuitamente, como una donación, pero no los aceptan.”

Y la misma situación se repite en nuevos intentos. “Llamo a otras bibliotecas públicas y tropiezo con idéntica negativa pese a que les estoy ofreciendo autores de primera calidad.”

Ello le parece absurdo por lo que propone algunos símiles. “Me digo que es como si en el banco no te aceptaran el dinero. Sería absurdo. O como si fueras al Museo del Prado con un Goya y te dijeran que gracias, pero que les crea muchas complicaciones, pues hay que ficharlo, catalogarlo, colgarlo y cuidar de él.”

Así las cosas, Millás llega a una dura conclusión. “Entiendo que las bibliotecas son las únicas instituciones que reniegan de lo que hacen. Tienen los libros por obligación, porque no les queda más remedio, porque lo que les gustaría de verdad sería convertirse en bancos.”

Llega a imaginar lo que sucedería en una situación diferente. “De hecho, estoy seguro de que si en lugar de las obras completas de Shakespeare encuadernadas en piel les ofrecieran un millón de euros envuelto en papel de periódico, lo aceptarían con una sonrisa de oreja a oreja.”

sábado, 12 de noviembre de 2022

Visita inesperada

 

La vida tiene lo suyo por lo que pocos son los momentos en que no traemos con nosotros algún dolor, preocupación, aflicción, temor… De allí que la ansiedad es compañera de viaje en muchos de nuestros días y por lo general resulta sencillo saber a qué se debe su presencia.

Pero en ocasiones suceden cosas extrañas como la que aconteció a Juan José Millás en un día de verano.


Estoy solo, en la terraza de verano de un hotel, al caer la tarde. He trabajado todo el día, de modo que cuento a mi favor con la satisfacción del deber cumplido y todo eso. Pido un gin-tonic y me lo bebo con una ansiedad que no se corresponde con la situación que acabo de describir. Debería disfrutarlo sorbo a sorbo, mientras recibo en el rostro la suave brisa que acaba de levantarse contra el calor reinante. Ninguna preocupación importante en mi cabeza, ningún conflicto sentimental o familiar, ningún dolor de muelas o de cualquier otro tipo.

Ante ello el escritor se formula la pregunta inevitable “¿De dónde, pues procede esta ansiedad?” Su respuesta no se hace esperar: “Del subsuelo, me digo. Tenemos un subsuelo que arde, aun cuando la superficie permanece fría.” Como no es cuestión de dejarse robar las buenas vivencias en forma tan injusta, respondió a la altura de los acontecimientos. “Pido otro gin-tonic, dispuesto a consumirlo con lentitud.”

Queda claro entonces que hay circunstancias en que la ansiedad se hace presente sin ningún motivo.

Será que como dice Millás procede del subsuelo o bien que nos extraña, que no puede vivir sin nosotros.

martes, 26 de abril de 2022

Días perdidos

 

¿Quién?, ¿dónde?, ¿cuándo? no ha llegado a la noche con la sensación de que tuvo un día perdido. De esos días en que vivimos sin vivir, estuvimos sin estar y pasamos sin ver.

A veces esas jornadas se suman, tal vez por ello Miguel d’Ors se preguntaba “¿(…) por qué razón tan poco razonable/ hay semanas que sólo tienen lunes...?” Y una vez ya en tren de cuestionamientos es difícil parar, como le aconteció en cierta oportunidad a Juan José Millás: “Me meto en la cama tarde, con la sensación de haber malgastado el día, quizá de haber malgastado la vida.”

Ahora bien, esta sensación de haber perdido el día (al decir de Andrés Trapiello “algunos días no pasan, sino que mueren”) ha sido referida por muy diversos autores. Cuenta Victoria Iglesias que la inscripción de una tarjeta en casa de Carmen Martín Gaite decía: “Hoy es tan tiempo como ayer. Mañana lloraré este día que no supe habitar. 2 de diciembre de 1972.”

Hay días que ponen en bandeja la posibilidad de convertirlos en perdidos; un ejemplo de ello lo da Andrés Trapiello: “¿Qué podemos pedirle al dos de enero, acaso una de las fechas más anodinas del calendario?” Otras jornadas, por el contrario, parecen venir con todo para convertirse en momentos propicios, pero…; el mismo Trapiello se refiere a ello cuando sostiene que “hay mañanas en que la vida nos parece como una ópera: buena música para un libreto mediocre.” Wislawa Szymborska no queda fuera de este cuestionamiento existencial:

Ayer me porté mal con el cosmos.

Viví todo el día sin preguntar nada

sin sorprenderme de nada.

Realicé acciones cotidianas

como si fuera lo único que tenía que hacer.

En fin, tal vez sea por acostumbramiento, por burocratización de la propia existencia o por sentir que tenemos muchos días por delante y que con perder algunos no pasa nada o…, pero la cuestión es que como dice el pintor Pepe Cerdá -citado por Ismael Grasa- “un día es una cosa muy seria”.

Finalmente, Mario Levrero también se vio afectado por la situación que venimos considerando: “Son casi las seis de la mañana. Está amaneciendo, o ya amaneció. El día estuvo lluvioso, un verdadero asco. No salí a la calle. Puede decirse que fue un día perdido (…)”

Pero esto del día perdido seguramente tiene que ver con la noción de que el tiempo es oro por lo que hay que orientarlo hacia el éxito y el triunfo, ello da fundamento para que el mismo Levrero se cuestione -y nos cuestione- al respecto: “(…) pero todavía estoy por saber qué es un día ganado”.

lunes, 10 de enero de 2022

Los pianistas chinos y Chopin

 

Un día, y en forma por demás fortuita, nos encontramos con un dato que nos invita a poner atención en una cuestión en la que nunca habíamos reparado. Tal fue lo que le aconteció a Juan José Millás: “Me entero por casualidad (cómo si no) de que en China hay entre cuarenta y cincuenta millones de pianistas.” Y a partir de esa información propone algunas consideraciones

 

No están todos juntos, claro. Si se reunieran, formarían una nación. (…) Entre cuarenta y cincuenta millones de pianistas, decíamos, el número de habitantes de un país como España. Si los pianistas chinos no fueran pacíficos, podrían invadir Japón con sus pianos. Japón, por poner un ejemplo.

Creo que el hecho de que no estén todos juntos admite otras reflexiones. Un ejemplo de ello lo sugiere una declaración nada menos que de Duke Ellington


Tu sabes como son las cosas. Llegas a tu casa convencido que te vas directo a la cama, pero te encuentras con el piano que te coquetea, tocas un acorde, y antes de que te des cuenta son las 7 de la mañana.

Y es así que queda en claro otra ventaja de que los pianistas chinos no estén todos juntos porque si así fuera -y en caso de que el piano les coqueteara- el problema para los vecinos sería enorme ya que hasta las 7 de la mañana no habría quien pudiera pegar un ojo.

Ahora bien, ¿de esos tantos millones surgirá algún maestro de la talla de Chopin? El reto es enorme porque según Eusebio Ruvalcaba: “Más que Freud, Chopin es el verdadero intérprete de los sueños.” Y sabedor de que ello es mucho decir a continuación Ruvalcaba expone sus razones

Levantó sobre el teclado una estructura leve y flotante, pero absolutamente poderosa. Supo hacer de la miniatura musical una suerte de salvoconducto hacia el interior de la naturaleza humana. Como una lámpara sorda a través de la cual fuera posible asomarse sin el menor escollo. Su música posee un sello personalísimo como no lo tiene nadie más. Le dio al piano la nomenclatura de la intimidad.

Tal vez haya quien pueda responder a la pregunta planteada.

jueves, 23 de diciembre de 2021

De nefelibatas y nubepensadores

 Deben ser pocos, muy pocos, quienes no recuerden de su currículum formativo frases como: “¡tú siempre en las nubes!”, “¡en algún momento deberás poner los pies en la tierra!”

Juan José Millás, destacado observador de la cotidianidad, atestiguó una situación de este tipo

(…) acudo a una cafetería cercana, donde, acomodado en la barra, pido un gin-tonic. Hay a mi lado un hombre mayor, con barba, en compañía de uno joven. El mayor le dice al joven que debe tener los dos pies en la tierra. Recalca la palaba dos, como si la dijera en negrita (dos).

-¿De qué te ha servido a ti tener los dos pies en la tierra? –pregunta el joven.

-No empieces con eso –responde el hombre mayor, y se hunden ambos en un silencio rencoroso.

Así pues aun cuando tener los pies sobre la tierra no garantiza nada, el hecho de vivir en las nubes se considera algo negativo, por estar fuera de lugar, lejos de la realidad, distanciado de lo cotidiano. Y ello en opinión de tantos cultores del realismo no sería cosa buena para la vida por lo que se convierten en espantanubes. Agustín Monsreal relata sus vivencias y aun escucha las voces del pasado.

Estar trepado todo el tiempo en una nube no es sano, no es normal. Anda, baja de ahí. Tú sabes que te lo digo por tu bien. ¿Verdad que se lo digo por su bien? (…) Vamos, baja de una vez. Comprende que vivir en esa nube no te conviene, tienes que abandonarla, ser como los demás, poner los pies en la tierra, pensar en el futuro, en la felicidad.

Pero el escritor yucateco reivindica, en forma por demás contundente, su derecho a la nube.


Y esa nube es mi vocación, mi valor, mi destino; es mi ternura, mi razón de ser, mi bien terrestre único e insobornable. Dejarla significaría una cobardía, una traición inmedible. ¿Y qué sería de mi existencia sin ella sino una falsedad, una impudicia, una abyección definitiva, un fracaso? (…)

De modo que a pesar de las depredaciones y de las canalladas con que me batallaron, todavía respiro, y todavía soy capaz de procurarme un pan, y todavía traigo en su sitio mis redaños y mi nube anda conmigo. 

Según da cuenta José Luis Melero existe un término con el que se identifica esta actitud de vida: “Nefelibata es cultismo con el que se designa al hombre soñador, al que anda por las nubes.” Y agrega

El más famoso nefelibata ha sido sin duda Rubén Darío, que escribió de sí mismo aquellos hermosísimos versos: “Nefelibata contento, / creo interpretar / las confidencias del viento / la tierra y el mar…”

Tal vez hoy más que nunca sean necesarios los nefelibatas o nubepensadores (como alguien también les ha llamado).

Es así como la resistencia y defensa de las nubes, tanto personales como colectivas, se convierte en prioridad de vida.

¡Que nunca nos falten!


viernes, 24 de septiembre de 2021

De diagnósticos y tratamientos

 

Tarea compleja la de diagnosticar enfermedades lo que se manifiesta en las diversas interpretaciones que, con frecuencia, se formulan en relación a un mismo cuadro clínico.

Nada menos que Chopin -citado por Arnoldo Kraus- se refería a ello.

(...) [uno de los médicos] olfateó lo que escupí, el otro tocó el lugar donde escupí y el tercero escuchaba y observaba mientras yo escupía. El primero me dijo que moriría, el segundo que me estaba muriendo y el tercero que ¡ya estaba muerto!

Ahora bien, no es posible dudar respecto a los enormes avances que se han tenido lugar en el campo la medicina, lo que según Perich se hizo evidente en el tema que nos ocupa.

Los progresos de la medicina, la seguridad en los diagnósticos cada día más acentuada, permiten a los grandes hombres arrepentirse de todos sus pecados en el momento justo, exacto; no como ocurría antes, que a veces se arrepentían con cinco años de antelación, lo cual había provocado la ruina de familias enteras.

Sin embargo, aún persisten las discrepancias entre los más connotados especialistas, mismas que dirimen en ateneos y consultas entre pares.

Otro tanto acontece a la hora de prescribir los tratamientos.

El testimonio de Juan José Millás es prueba de ello.

Esguince de tobillo, al bajar las escaleras del metro. Acudo a un traumatólogo y a un osteópata, por este orden. El traumatólogo me recomienda descanso y el osteópata ejercicio (…)

Sabido es que un escritor debe tener imaginación para resolver los dilemas que se presentan en la vida de sus personajes, tal vez ello ayudó a Millás a la hora de resolver la cuestión

(…) de modo que hago un poco de bicicleta estática, que es una forma de ejercicio en reposo. La vida como ejercicio de reconciliación de contrarios.

Pero nada como los tratamientos que, aun reconociendo la seriedad de la enfermedad, permiten continuar disfrutando de la vida.

Algo así fue lo que prescribieron a Paco Espínola

(…) los consejos del curandero maragato Camargo, quien me decía: “Ud. tome caña nada más, no bebidas extranjeras; haga siesta lo que quiera, pero lo que sí, de noche, dos o tres veces por semana, mire un rato las estrellas”.

Tal vez esto último sea particularmente recomendable en estos tiempos y más aun cuando se acercan las lunas de octubre.

martes, 17 de agosto de 2021

Perder y recuperar la vista

 

Que muchas cosas de la vida son misteriosas no resulta novedad para nadie, como tampoco lo es la precariedad inherente a toda existencia.

Así hay quien pierde la vista de un momento para el otro, tal como describe Juan José Millás

(…) me viene a la memoria un reportaje que escribí hace años sobre un ciego. Se trataba de un hombre de unos treinta años que una noche, después de cenar como hacía siempre, se metió en la cama y al día siguiente amaneció ciego. Sin ningún aviso previo, sin ninguna amenaza, sin tener altos los niveles de azúcar. Simplemente, un fusible había saltado en su interior. Lo último que recordaba haber visto eran los cubiertos de la cena: el cuchillo y el tenedor, con su brillo habitual, empleándose sobre un trozo de pescado. Las últimas imágenes de su vida normal, que guardaba en la memoria como un tesoro. 

Por el contrario, también están quienes recuperan la visión gracias a los considerables avances que se vienen dando en este campo de la medicina. Algunos países han destacado en este terreno, como lo es el caso de Cuba quien ha brindado un servicio solidario a muchas personas de diversas naciones. A este respecto Juan Villoro narra que

Un generoso entusiasta de la Revolución me contó que Cuba había operado de los ojos a miles de venezolanos pobres: “Cuando recuperan la vista los llevan a un sitio especial para que lo primero que vean sean el cielo y los árboles. Hay gente que por primera vez ve a sus hijos”.   

Difícil hacerse una idea, así sea aproximada, de las vivencias de quienes recuperan su vista después de años de haber vivido en las penumbras.

Hace ya muchos años una nota de prensa de un periódico español -del que lamentablemente no guardé la referencia- daba cuenta de la historia de Antonio Sánchez, vecino de Manzanares, quien “perdió la vista el 7 de septiembre de 1957 cuando contaba con 36 años de edad. La recobró el 25 de febrero de 2000 gracias a una operación quirúrgica en la que se le implantó una córnea artificial.” Más adelante se brindaban algunos datos de su familia: “padre de nueve hijos y abuelo de 22 nietos, esposo de una mujer a la que perdió de vista un verano de hace 42 años (…)”

Aquella nota relataba lo sucedido luego de la exitosa cirugía.

(…) se levantó al día siguiente de la operación y tanteó las paredes de la habitación de hospital hasta que encontró el cuarto de aseo. Se lavó como todos los días, pero ya con los ojos entornados. No tuvo que tantear para encontrar el jabón ni alcanzar la toalla.

Hasta que llegó el momento del encuentro con su imagen actual

Sólo al final se dio cuenta –la falta de costumbre— de que frente a él tenía un espejo. Levantó el rostro con cierta precaución. Miró y exclamó, recuperando de repente un sentido del humor que ya apenas usaba:

“-Hombre, Antonio, qué de tiempo sin verte. No te esperaba tan viejo.”

martes, 29 de junio de 2021

Flacos engañadores

 

Existen flacos profesionales, de tiempo completo: aquellos que jamás pudieron haber sido otra cosa que flacos.

Pero también hay otros, los poco convincentes, los sospechosos y Juan José Millás da cuenta del encuentro que tuvo en torno a la mesa con uno de ellos.

Quedo a comer, por razones de trabajo, con un tipo delgado en el que, paradójicamente, intuyo a un gordo invisible. Se trata de un falso delgado. Existen, lo mismo que los falsos simpáticos o los agentes secretos. En el segundo plato, cuando ya hemos entrado en confianza, me cuenta que en otra época llegó a pesar más de cien quilos.

-Más de cien –insiste mirándome a los ojos, para que me haga cargo de las diferencias entre aquel gordo y este delgado.

Sin embargo, para Millás no hay duda posible: el gordo que algún día fue aquél hombre, habita en el flaco en que hoy se ha convertido.

Decidió adelgazar por razones de salud, pero todavía lleva dentro un gordo insaciable que de vez en cuando le obliga a desayunar con churros o con porras. No es cierto, pienso yo, no lleva al gordo por dentro, lo lleva por fuera, en forma de aura. Ha perdido la masa, pero no el alma que daba vida a esa masa.

Existen otras variantes, como por ejemplo los flacos con mentalidad de gordos. Me consta que este gremio trasciende fronteras puesto que me ha tocado compartir la mesa con flacas con mentalidad de gordas en ciudades tan distantes como Barcelona y Oaxaca. Se trata de flacas, en ocasiones muy flacas, que comen y disfrutan la comida como supuestamente solo serían capaces de hacer personas gordas aficionadas a la buena mesa.

Y no proporciono mayores datos porque tal vez alguna de ellas lea estas líneas y luego, con toda razón, me recrimine esto de andar ventilando intimidades gastronómicas.  

viernes, 26 de marzo de 2021

Separación

 

Entre las decisiones difíciles de la vida, la separación de una pareja ocupa un lugar destacado.

La cuestión tiene muchas variantes en relación a si: se tuvieron hijos o no; la decisión llega después de largo deterioro o en forma súbita; la toma uno de sus integrantes o es resultado de un acuerdo; existen terceros o no; y tantas otras.

No hay dos historias iguales. Veamos el caso del que da cuenta Juan José Millás: “(…) fue él quien tomó la decisión de separarse, de la que se arrepintió al día siguiente.” Así, en estas pocas palabras queda de manifiesto lo importancia que reviste el no precipitarse en estos terrenos.

Pero fue entonces, como sucede habitualmente, que la vuelta atrás no resultaba fácil. “Ya era tarde: su mujer se había acostumbrado a vivir sola en veinticuatro horas y no estaba dispuesta a renunciar a los placeres recién descubiertos de la casa vacía y la tapa del retrete bajada.”

Queda así de manifiesto que mientras para algunos la separación nunca se supera, hay quienes les basta un día para vislumbrar los horizontes promisorios de la nueva realidad.

¿Qué cómo siguió el asunto?

El mismo Millás -quien tuvo participación en el evento- nos informa.

Desde la calle telefoneo a su exmujer y la pongo al tanto del desastroso estado anímico de su ex.

-Es que yo ahora soy muy feliz –dice-. En realidad no lo soportaba desde hacía tiempo, pero no se lo digas.

Concluye Juan José Millás preguntándose “si fue ella la que empujó sutilmente a N. a la ruptura para que él, además de dejarle la casa, cargara con la culpa.”

Y no nos deja con la duda: “Me respondo que sí.”

miércoles, 7 de octubre de 2020

Al diván

 

Por principio todo sueño es factible de ser interpretado en el diván pero hay algunos que sobresalen; tal vez sea el caso del que comparte Juan José Millás.

Sueño que voy a comprar el periódico y que cuando llego al quiosco, en vez del vendedor habitual, está atendiendo una chica a la que no conozco. (…)

Advierto entonces que la belleza que posee, intensísima, es también muy inestable, muy volátil, que diría un economista.

Como en las buenas películas, el desarrollo va adquiriendo mayor intensidad.

El caso es que, de súbito, la belleza, como una nube que se deshilacha, desaparece del rostro de la joven sin que ella parezca darse cuenta. En su versión fea es horrible. Pero lo más curioso es que no ha sido necesario realizar grandes cambios. Su fealdad estaba tan cerca de su belleza (y al revés) que bastaba un ligero movimiento del rostro para que aparecieran una o la otra.

A veces sucede, tal como relata Millás, que los sueños de asocian con escenas de vida. “Me vienen a la memoria dos hermanas a las que conocí hace años, en mi primer trabajo, y que, pareciéndose mucho, muchísimo, una era muy guapa y la otra era un horror.”

Tal vez entre los improbables lectores haya quien se arriesgue a interpretar estas imágenes en que los límites entre belleza y fealdad son tan difusos.

miércoles, 23 de septiembre de 2020

Un paréntesis en el ánimo

 

Hay días que se ponen difíciles; muy mucho, en el decir de tantos. Hoy es uno de ellos.

Escucho el programa mañanero de noticias en que se presentan testimonios escalofriantes. Enseguida evoqué un texto de Juan José Millás que leí hace un tiempo, lo busqué y aquí está.

Conviene partir del hecho de que no hay solución. Para nada. No hay solución para nada. La vida no tiene solución, la vida no es un problema del que conoces unos datos de los que debes deducir otros. Una vez que aceptas ese hecho, que no hay solución, te hacen menos daño las atrocidades que contemplas a diario. No hay solución, te dices. Buenas noches.

Cuando lo leí me sentí muy lejos de su punto de vista. Ahora me identifico con él.

Confío que mañana me vuelva a sentir lejos.

¡Qué digo mañana, ojalá y sea al rato!

martes, 9 de junio de 2020

El olor de la depresión


Hace ya unos cuantos años un amigo me comentaba que su esposa tenía crisis depresivas muy severas y que cuando él regresaba del trabajo a su casa, apenas entraba sentía el olor y ya sabía cómo encontraría a su esposa. En su momento aquello me impresionó mucho y con el paso del tiempo lo fui olvidando.
Ahora vuelvo a recordar aquella situación al encontrar un texto de Juan José Millás. “Huelo la depresión como un buitre la carroña. He ahí un hombre deprimido. Se encuentra en la estación de Atocha, en Madrid, a unos pasos de mí, que finjo leer el periódico mientras lo observo. Tiene en los párpados la pesadez que proporciona un cóctel de ansiolíticos.” Millás llega a recrear la vida de su compañero de estación.
Se ha levantado a las siete de la mañana (ahora son las diez), se ha sentado en el borde de la cama y ha observado el día que tenía por delante como si fuera un túnel negro, negro, negro, cuya luz aparecería al cerrar de nuevo los ojos, por la noche. Lleva un traje gris que se le ha quedado estrecho (está un poco hinchado por la medicación) y sostiene en la mano izquierda (es zurdo) una cartera absurdamente amarilla. El hombre va de un lado a otro sin separarse más de tres o cuatro metros del panel de información, que consulta con ansiedad en cada una de las vueltas, como si no se fiara de él. También mira el reloj cada poco, casi receloso por su modo de dar la hora. Desconfía del reloj, del panel de información y de su propia capacidad para sincronizar los movimientos de su cuerpo y de su mente con los de una realidad que se ha tornado líquida, aunque espesa, como el mercurio, una realidad mercurial. Todo a su alrededor se mueve con la pereza de un metal blando, a punto de fundirse en frío.
La imaginación sobre la vida de aquel hombre deprimido llega de manera previsible, “en esto anuncian la salida de mi tren y abandono el seguimiento”.

lunes, 11 de mayo de 2020

Libros al peso


Varios son los indicadores que entran en juego a la hora de cotizar un libro en el mercado bibliográfico. Así es como diversos factores intervienen en tal operación: renombre del autor, éxito de la obra, nuevo o usado, edición, estado, encuadernación, antigüedad, calidad del papel, tamaño de la letra, diseño de portada, existencias en el mercado, etc.

Sin embargo, en tan solo unas pocas líneas Juan José Millás nos informa de la existencia de una librería que decidió cambiar la jugada.

En un mercado de Madrid acaban de inaugurar una librería de segunda mano en la que venden los libros al peso.
-Póngame un cuarto de quilo de Shakespeare –dices.
Y el tendero te pone un cuarto de quilo de Shakespeare o de Corín Tellado, lo que pidas. Todos los autores valen lo mismo, porque su nombre no cotiza. Lo que hace que unos libros sean más caros que otros son detalles formales como la encuadernación o el espesor del papel. Un volumen de tapa dura es a uno de bolsillo lo que un pedazo de jamón de York a uno de chóped. Parece que la fórmula funciona porque a la gente le hace gracia esto de adquirir la sabiduría o el entretenimiento al peso.

Así pues las obras completas (que alguien dijo que con frecuencia suelen ser demasiado completas) llevan las de ganar ante verdaderas maravillas que los son precisamente por su brevedad. Y a ese respecto, concluye Millás: “Los libros de poesía, que suelen ser famélicos, están tirados, nunca mejor dicho.”

jueves, 30 de abril de 2020

Abandonarse


Quienes han luchado denodadamente contra algún vicio, exceso o desarreglo personal y que han logrado su propósito, saben de sobra el esfuerzo que ello les  ha significado. No sólo en tiempos de dar la batalla sino también en los de sostener la conquista.

Y es así como uno deviene en fanático de la disciplina, la perseverancia, rechazando de plano (y sin siquiera pensarlo) cualquier posible comportamiento que pudiera llevar de retorno a la situación que tanto se luchó por abandonar. Así las cosas, uno presume el logro y los demás reconocen su tesón casi modélico.

Ahora bien, pocos son los que asumen este comportamiento (dieta, abstinencia, ejercicio…) por gusto o placer. Se sabe sí que se trata de una necesidad que viene con su buena dosis de bienestar pero no son pocos los momentos en que se anhela aquel pasado desprolijo.

El caso que narra Juan José Millás representa no solo el cansancio ante el buen comportamiento sino que va más allá: cuando alguien vuelve a decirse “¡ya basta!” pero ahora en dirección contraria al sentido que tuvo en el pasado.

Comida en casa de unos amigos. El anfitrión anuncia que ha decidido “abandonarse”. Frente a la mirada interrogativa de los comensales, asegura que está harto de no engordar y de ir al gimnasio tres veces a la semana.
-Es muy agotador –dice-. De modo que ya lo sabéis: me abandono.

Lo que sucedió a continuación, estuvo lejos de procurar que el amigo rectificara aquella decisión que lo llevaría a apartarse de la buena senda.

Nadie dice nada durante unos segundos. Luego, el más gordo de la reunión se levanta con la copa en la mano y grita:
-¡Brindo por eso! Eres un líder.

Este acontecimiento condujo a que Millás reconsiderara sus convicciones al respecto.

De regreso a casa, pienso en las ventajas de abandonarse. Volver a los huevos fritos con patatas, a los guisos fuertes, a los picantes. Guardar la plancha en un armario, cenar todos los días, dentro o fuera de casa. Quizá volver a fumar… Me veo con ocho o diez quilos más, tumbado de lado en el sofá, viendo una peli en la tele mientras devoro una tableta de chocolate… Hay algo en esa imagen de perdición que me atrae. Se trata, en fin, de bajar la guardia, de abandonar responsabilidades, de despedirse un poco de este mundo. No sé, tendría que comprar ropa nueva.

Ya no sabemos qué hizo Juan José Millás. ¿Mantuvo su disciplina personal?, ¿se sumó al llamado a abandonarse?, ¿compró ropa nueva?

miércoles, 4 de marzo de 2020

Instructivo para ser buen escritor


En un mundo en que los manuales están a disposición para convertirse en aquello que se desea ser, no podían faltar los instructivos que hagan posible llegar a ser un buen escritor. Eso sí, por lo general no cuentan con la simpatía de los profesionales en el oficio; Wislawa Szymborska hace la reseña de uno de ellos.

Sólo el principio ya es desalentador. En la portada de El arte de escribir aparece el siguiente subtítulo: Grandes secretos literatos al descubierto: Ernest Hemingway, John Steinbeck, Kurt Vonnegut y otros. (…) El libro pertenece a la familia de las guías “cómo ser joven, rico y talentoso”.

No oculta Szymborska sus severos reparos en cuanto a la utilidad que ese libro (que contiene “muchas recetas y muy diversas”) preste al aspirante a escritor.

Puedo imaginarme a ese escritor novel que, fruto de la ingenuidad de su alma, pone en práctica a la vez todos los consejos que aquí le ofrecen. El pobre debería escribir solo en primera persona y, al mismo tiempo, solo en tercera; exclusivamente con frases cortas, pero también con largas; pensar en el lector, y a la vez, no pensar en absoluto en él.

Con estas indicaciones el principiante quedaría agobiado y confundido por lo que el resultado es más que predecible. “Naturalmente, se atascaría en las dos primeras palabras y ya nunca más volvería a la literatura.”

En la pluma de Juan José Millás no le va mejor a una de las tantas obras que pretenden enseñar a escribir una novela.

Leo, para comprobar si las escribo bien, un libro sobre cómo escribir una novela. El autor debe de venir del mundo de la repostería, pues se expresa como un pastelero. Asegura que antes de empezar hay que tener todos los ingredientes dispuestos sobre la mesa de trabajo. Aquí la harina, aquí la levadura, aquí la sal, aquí la canela, aquí la nata, etcétera. Dice que la harina es la trama, de modo que tiene que ser de muy buena calidad. ¿Y cómo se nota la buena calidad de una trama? Probándola, asegura, con un dedo. 

Por su parte José Jiménez Lozano se refiere a quienes pretenden compartir sus secretos de sastrería literaria y les pregunta: “¿Por qué jugar con cualquier cosa para hacer retórica bien sonante y de bien cortada frase, que al fin y al cabo es cosa de sastrería y tiene bien poco que ver con la literatura?” Sin menospreciar al arte de la repostería ni al de la sastrería, es posible concluir que cada actividad tiene sus especificidades.

En definitiva sigue siendo válida la observación de W. Somerset Maugham: “(…) hay tres reglas para escribir una novela. Por desgracia, nadie sabe cuáles son”.

jueves, 20 de febrero de 2020

Una historia en el metro


Aun no se ha hecho un más que merecido reconocimiento público a los medios de transporte en su calidad de proveedores de relatos. En trenes, barcos, autobuses, aviones, automóviles, microbuses, tienen lugar sucesos que dan ganas de contarlos. Claro está que en este entorno el metro ocupa un lugar destacado y como muestra de ello va la historia que comparte Juan José Millás.

En el metro, sentado, con el aire acondicionado golpeándome en la nuca. Voy leyendo un libro de poemas que de vez en cuando me obliga a levantar un poco la vista, para dirigir un verso. Levantar la vista, dada la posición inclinada de mi cabeza, significa tropezar con los pies de los viajeros. Veo zapatos menesterosos, calcetines caídos, bordes desgastados de pantalones. También las piernas desnudas de las mujeres con falda. En esto, entre todo ese muestrario, descubro un pie maravilloso, prácticamente desnudo, con las uñas pintadas de un rojo intensísimo. La sandalia sobre la que se asienta, de tacón de aguja, solo tiene dos tiras, la del talón y otra muy delgada que atraviesa en diagonal la extremidad. El erotismo clásico que desprende el conjunto me obliga a regresar, avergonzado, al libro. Entonces me doy cuenta de que solo he visto un pie, no su pareja. La busco por los alrededores sin resultado alguno, y cuando levanto la vista siguiendo la línea del cuerpo advierto que pertenece a una chica a la que le falta una pierna. Lleva una falda muy ligera, por encima de la rodilla, y sustituye la pierna ausente (la derecha, a la altura, calculo, del muslo) con una muleta sorprendentemente ligera y funcional. Es muy guapa y va muy bien arreglada, con los labios pintados del mismo rojo intenso que las uñas del pie y una melena negra, muy espesa, que le llega a los hombros. Le calculo unos treinta años. Me levanto, le ofrezco mi asiento y lo acepta con una sonrisa de gratitud.

Los protagonistas de este encuentro descubrirán que tienen algo en común: el gusto por la poesía y más concretamente por la obra de una reconocida poeta.

Una vez sentada, hace el gesto de querer decirme algo. Agacho la cabeza para colocar la oreja a la altura de su boca y me dice:
-Me encanta esa poeta.
Se refiere a Idea Vilariño, la autora del libro que iba leyendo yo. A continuación, casi en un susurro, recita unos versos suyos que precisamente acabo de leer:
-“Qué fue la vida / qué / qué podrida manzana / qué sobra / qué desecho.”

Llegará el momento en que cada quien seguirá su camino y es cuando Millás formula algunas preguntas.

Me pongo en pie aturdido, con la respiración entrecortada, preguntándome por qué el destino nos envía, sin avisar, estos ángeles que entran en nuestras vidas y salen de ellas como una corriente de aire.
En efecto, dos paradas más allá, la chica sin pierna se incorpora sobre su sandalia de tacón de aguja, me lanza una sonrisa de afecto y abandona el vagón. Durante unos instantes, la veo caminar por el andén como una gaviota que tuviera dificultades para emprender el vuelo, arremolinándose la falda en torno a la ausencia.

Y es que como dice Idea Vilariño

Todo es muy simple mucho
más simple y sin embargo
aún así hay momentos
en que es demasiado para mí
en que no entiendo
y no sé si reírme a carcajadas
o si llorar de miedo
o estarme aquí sin llanto
sin risas
en silencio
asumiendo mi vida
mi tránsito
mi tiempo.

martes, 11 de febrero de 2020

Tolstoi, santo patrono de los inicios


Mucho se ha subrayado la importancia de la primera frase en un texto literario y existe consenso en cuanto a que León Tolstoi es uno de los mayores maestros en la materia, al extremo que Simon Leys supone

que incluso aquellos que nunca han leído Ana Karenina reconocerían su frase de apertura: “Todas las familias felices se parecen; las desdichadas lo son cada una a su modo”.

Para Juan José Millás se trata de “un arranque espectacular”, más allá de si el contenido de la frase es veraz o no.

No tenemos ni idea de si lo que afirma es verdadero o falso. De hecho, se podría aseverar lo contrario sin que nadie nos pudiera contradecir: “Todas las familias desdichadas se parecen las felices lo son cada una a su manera”.
Esto significa que el éxito de la frase no reside en su contenido, sino en su forma, como si contuviera un juego de oposiciones con propiedades hipnóticas. Algo misterioso se remueve en el sótano de esa oración.

En opinión de Amos Oz ese inicio constituye un “contrato filosófico” aun cuando señala que el propio Tolstói, en Anna Karénina y en otras obras, contradice la dicotomía que la frase plantea.

¡Qué difícil seguir escribiendo luego de tener ese inicio! Juan José Millás recrea la escena.

Pero imaginemos a Tolstoi sentado en la mesa, con las cuartillas delante y la pluma en la mano. Acaba de escribir las primeras líneas. Quizá él mismo permanezca asombrado ante un comienzo tan espectacular. Es posible que se haya dicho: “Por hoy basta, seguiremos mañana”.

Por lo pronto Millás reconoce que eso fue lo que le sucedió apenas comenzar la lectura de la obra.

A mí me ocurrió como lector cuando cayó en mis manos por primera vez ese libro asombroso. Leí la primera frase y tuve que cerrarlo para rumiarla. Hasta el día siguiente.

Concluye Juan José Millás formulando algunas preguntas.

¿Sabía Tolstoi que le quedaban por escribir cientos de páginas? ¿Temía que no todas estuvieran a la altura de ese arranque? ¿Imaginaba las habitaciones que tendría que recorrer hasta alcanzar el final de ese edificio narrativo?

En fin que sería recomendable que al comenzar sus obras, los escritores se encomendaran a Tolstoi pidiendo su inspiración.

jueves, 19 de septiembre de 2019

La lectura como actividad transgresora


Muchos son los argumentos con que diversos autores subrayan la importancia de la lectura en campañas que procuran invitar a ejercer un oficio tan poco frecuentado. Las razones esgrimidas varían en forma considerable y en la amplia oferta hay para todos los gustos. Las razones invocadas suelen reiterarse y ser muy previsibles por lo que me ha llamado considerablemente la atención un texto de Juan José Millás publicado en El País (21/8/2016) bajo el título “A mí, de adolescente, me prohibieron las novelas”. Me permito transcribir una parte del mismo por tratarse de una propuesta muy diferente. 
El autor comenta que con frecuencia lo invitan a dar charlas sobre la importancia de la lectura en instituciones educativas de enseñanza media que en ocasiones están situadas en entornos marginales. En su encuentro con los adolescentes, comienza subrayando -contra lo que pudiera suponerse- el carácter transgresor que tiene la lectura. 
(…) y yo acudo, no siempre con el mismo ánimo, para explicar a los jóvenes que la lectura es ya una de las pocas actividades transgresoras en una sociedad en la que prácticamente todo está permitido. O, peor aún, en una sociedad que es muy permisiva con lo que se debería prohibir y muy prohibitiva con lo que debería permitir. 
Luego, en forma sorpresiva cambia de tema para compartir algunas observaciones citadinas que son habituales.  
Les explico que los lunes por la mañana, cuando salgo a pasear por el parque cercano a mi domicilio, veo indefectiblemente rotos los cristales de una o dos marquesinas de autobús y tres o cuatro papeleras arrancadas de sus soportes. Son destrozos llevados a cabo durante el fin de semana por jóvenes que no son capaces de expresar su malestar de otro modo. Odian el sistema y apedrean por tanto los símbolos externos de ese sistema practicando un modo de delincuencia atenuada que les compensa momentáneamente del dolor de vivir en un mundo sin salida, sin horizonte moral o laboral, en un mundo loco.
Los autores de tales destrozos consideran a sus actos como expresión de rebeldía y desafío al sistema pero Juan José Millás ofrece una lectura muy diferente de los hechos.
Intento explicarles que lo que ellos toman como un acto de rebelión fortalece al sistema hasta extremos que no podrían ni imaginar. La sociedad, les explico, puede prescindir de otras personas, pero no de los delincuentes. "El delincuente -decía Octavio Paz en un ensayo de juventud- confirma la ley en el momento mismo de transgredirla". Les explico que cuando beben cuatro cervezas y arrancan de raíz ese semáforo con el que yo tropiezo el lunes por la mañana, están haciendo gratis algo por lo que les deberían pagar. Estoy convencido, les digo, de que si un día, de la noche a la mañana, desaparecieran los delincuentes, el Ministerio del Interior no tardaría ni 48 horas en convocar oposiciones para cubrir urgentemente todas esas vacantes.
El joven, pues, que el sábado por la noche se emborracha y que al amanecer, antes de regresar a casa, llena de silicona la ranura de un cajero automático para no irse a dormir sin haber contribuido a la liquidación del sistema, no sabe hasta qué punto está contribuyendo a reproducir lo que detesta. Ese chico no es peligroso; en realidad, es un funcionario que trabaja gratis para el sistema. Destroza el mobiliario urbano con el mismo gesto de rutina con el que el funcionario de Hacienda nos dice que volvamos mañana.
Ante la afirmación de que estas supuestas transgresiones en realidad son funcionales al sistema “los chicos se quedan lógicamente sorprendidos” y a continuación Millás sigue con su argumentación. 
Les explico a continuación, porque así lo creo, que el joven verdaderamente peligroso es aquel que un viernes o un sábado por la noche se queda en casa leyendo Madame Bovary. Por lo general, no saben quién es madame Bovary, pero he comprobado les suena bien, por lo que no suelo cambiar de título.
Ese individuo que se queda a leer Madame Bovary, les aseguro, es una bomba. ¿Por qué?, noto que me preguntan con la mirada. Porque la realidad, les explico, está hecha de palabras, de modo que quien domina las palabras domina la realidad. Ellos dudan, claro, porque miran a su alrededor y no acaban de ver la relación entre la realidad y las palabras. 
Llegados a este punto, Juan José Millás despliega –ante aquellos azorados jóvenes- la última carta de su argumento.
Entonces les recuerdo el cuento aquel de Andersen, El rey desnudo, o El traje nuevo del emperador, según la traducción. Todos ustedes lo conocen. No me digan que no les resulta sorprendente el éxito de ese relato si consideramos que se narra en él la historia de un pueblo que ve vestido a un señor que va desnudo. Parece una historia inviable por inverosímil, pero lleva años cautivando a niños y a mayores de todas las nacionalidades. ¿Por qué?, me pregunto en voz alta delante de los alumnos a los que intento convencer de las bondades de la lectura. Pues porque lo que ocurre en ese cuento, respondo tras unos segundos de tensión teatral, es lo que nos ocurre cada día desde la noche a la mañana a todos y cada uno de nosotros: que salimos a la calle y vemos lo que nos dicen que veamos. Si la orden de ese día es ver al Rey vestido, lo veremos vestido, aunque vaya en pelotas. 
Es así como llega al cierre de su presentación.
En otras palabras, vemos lo que esperamos ver. Y esto es así de simple y así de espectacular. Las palabras son generadoras de realidad. Y la ausencia de palabras también. Por eso invito siempre a los alumnos a preguntarse hasta qué punto es real la realidad.
Después de conocer el contenido de su provocadora charla, no será difícil  comprender los motivos que impulsan a las escuelas a invitarlo a conversar con sus alumnos.

jueves, 2 de mayo de 2019

Encontrarse en el museo


Cada quien, de acuerdo a su sensibilidad y sus gustos, reacciona de diferente manera después de visitar un museo. Pero en algunos casos –tal como el que cita Juan José Millás- ciertos visitantes perciben que una de las piezas allí expuestas les trae un mensaje personalizado desde el pasado remoto.

Volvió un par de veces al Arqueológico, donde se había obsesionado con una humilde pieza prehistórica, hecha en barro, que parecía empeñada en transmitirle a través de los siglos un mensaje de su creador.

Pudiera suceder entonces que la persona de que se trate quede obsesionada con ese objeto portador de un mensaje que debe lograr descifrar. No sería extraño que, así las cosas, el sujeto visitara con mucha frecuencia el museo y permaneciera durante horas ante aquel vestigio del ayer perdido en sus elucubraciones.

Otro caso diferente es el de quienes pueden identificar un aire de familia con algunos personajes plasmados en las piezas expuestas; Adam Zagajewski ilustra este caso.

En el Louvre cuelgan de las paredes lienzos de maestros de diversas escuelas: italianos, holandeses, españoles. Por los pasillos de las galerías pasan multitudes de italianos, holandeses, españoles, de rostros que a menudo se parecen asombrosamente a los rostros de los cuadros.

Pero existen situaciones mucho más asombrosas en las que el visitante se reconoce en un cuadro determinado, ya no se trata de un parecido sino que es uno mismo quien se encuentra en esa pintura. Eso fue lo que le sucedió a José Manuel Caballero Bonald y que narra en entrevista de Ima Sanchis.

En una de mis primeras visitas a Barcelona me ocurrió un hecho definitivo. Fui a visitar el Museu d'Art Modern de Catalunya y descubrí un retablo maravilloso, el de san Vicente, de un pintor catalán de mediados del XV, Jaume Huguet. En él había un personaje leyendo un libro eclesiástico y, entre los oyentes, estaba yo.  (...)
Hice una foto, la amplié y descubrí que incluso tenía una mancha rosácea, que es una mancha superficial de nacimiento, idéntica a la mía.

Concluye Caballero Bonald: “Aquel personaje era tan igual a mí que me asusté y nunca más he vuelto. Temo que ese personaje haya envejecido tanto como yo.”