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miércoles, 5 de febrero de 2020

Geografía del amor


Quién sabe cuándo empezó la costumbre de representar al amor mediante un corazón. La corteza de un árbol, el teléfono público, un pupitre de escuela, la pared…, todo es bueno a la hora de querer dar carácter público –en algunos casos sin perder el debido anonimato- del amor entre dos adolescentes. Tarjetas, globos, envases de chocolates, toman forma de corazón para no dejar dudas acerca del carácter amoroso del obsequio.

¿A quién se le ocurrió que el mejor órgano para representar el amor es el corazón?

Diversas fuentes ponen en cuestión tal supuesto. Es el caso de Miguel Mandujano quien lo localiza en otras partes menos románticas –hígado, riñones, aparato respiratorio, etc.- de la anatomía.

El amor no es una cosa del corazón; es, más bien, una cuestión de hígado y riñones. La confusión se debe a que diversas expresiones culturales se han empeñado en representar el amor con el órgano motor central de la circulación, lo cual es una arbitrariedad. 
El estado del enamorado común arroja la participación de órganos, podríamos decir, algo más viscerales. El enamoramiento afecta primeramente al estómago, que es donde revolotean aquellas famosas “maripositas”, imperceptibles a la vista pero de innegable presencia, a razón de sus efectos. Incluso, hay suficientes razones para pensar que la aceleración de la respiración y la aparente falta de aire se deben no a la taquicardia (ausente en ocasiones) sino al ensanchamiento del estómago o panza; lo mismo ocurre con la pérdida del apetito y la consecuente sensación de vacío.

Como era de esperar en un profesional vinculado a las neurociencias, Facundo Manes no duda en apuntar al cerebro.

El amor modifica nuestro cerebro. (…)
En otras palabras: la corteza frontal, vital para el juicio, se apaga cuando nos enamoramos y así logra que se suspenda toda crítica o duda.

Finalmente Michel Tournier presenta otra opción cuando afirma que “(…) el amor enturbia la mirada y el espíritu.” De allí la valentía que lo caracteriza, puede con todo: “No retrocede ante nada: la fealdad, la cobardía, la suciedad.” Por eso para decirlo todo de una vez: “Cuando amas a alguien, amas también sus verrugas.”

martes, 28 de marzo de 2017

Cuando el día de mañana es hoy


Es curioso observar como muchos personajes que forman parte de los sectores dirigentes (políticos, empresariales, informativos, culturales, etc.) al advertir las enormes amenazas del presente se pregunten: “¿cómo llegamos a esto?” La pregunta implica por una parte una supuesta falta de responsabilidad en relación a lo que acontece, así como por otro lado un desconocimiento mínimo de análisis coyuntural.

Tal vez las neurociencias, hoy tan de moda, puedan explicar a qué se debe esta falta de conciencia. Según Facundo Manes: “Existe un tipo de paciente con disfunción emocional, que (…) presenta miopía del futuro en su toma de decisiones, al privilegiar la recompensa inmediata, aunque esto repercuta negativamente a largo plazo.” Para ilustra el punto presenta un ejemplo cotidiano.

Un adicto grave puede comprender que el consumo intenso de droga posiblemente le traiga problemas sociales, laborales, económicos y familiares a largo plazo, pero, sin embargo, no puede resistir la tentación de la recompensa inmediata que le proporciona el consumo de la sustancia. Esto no se explica por dificultad en la racionalidad o comprensión sino por una disfunción emocional que impacta desventajosamente en las decisiones a largo plazo.

El mismo doctor Manes hace el recorrido que permite pasar del síndrome individual a la esfera social.

Digamos, entonces, que la miopía del futuro no es solo una manera de definir un fenómeno neurológico. Algunas sociedades también parecen padecerla. Muchas veces, como sociedad, elegimos lo que nos brinda una satisfacción inmediata e hipotecamos en el mismo gesto nuestro destino común y el de las próximas generaciones.

En relación a ello nos parece importante subrayar que aun cuando lo anterior pueda clasificarse como mal de época, existen responsabilidades por parte de quienes han ejercido (y ejercen) el poder por lo que deben asumir las consecuencias de sus acciones.  Por otra parte, es posible que quienes tuvieron miopía del futuro (por ejemplo al beneficiarse de mala manera de los bienes públicos) también la tengan respecto al pasado (al pretenderse inocentes de sus actos).

La miopía del futuro ignora las consecuencias lógicas de las conductas, tal como lo señala M.J. Wheatly.

El futuro no llega de improviso, aunque lo parezca. El futuro procede de donde estamos ahora. Se materializa a partir de las acciones, los valores, y las creencias que actualmente ponemos en práctica. Cada día creamos el futuro, a partir de lo que elegimos. Si queremos un futuro diferente, tenemos que asumir la responsabilidad de lo que hacemos en el presente.

Por ello resulta muy mal negocio –para decirlo en una terminología propia de nuestro tiempo- permitir que los diversos problemas (injusticia, corrupción, impunidad…) se vayan acumulando sin respuesta alguna mientras se van facturando al futuro.

Ante ello es fundamental considerar -como más de un autor lo ha señalado- que el futuro tiene una rara costumbre y es la de que algún día se hace presente. Al decir de Rosa Règas: “Llega inexorablemente el momento en que aquel futuro tan descuidado nos acecha y nos damos cuenta de que el día de mañana ya es hoy.”

martes, 18 de octubre de 2016

La visita de Saturno


Es probable que el sentimiento de melancolía haya acompañado desde siempre a los seres humanos. Eso sí –tal como lo señala Facundo Manes- las explicaciones en relación a su origen han ido variando
(…) nuestro cerebro puede darnos una señal de tristeza en ausencia de un evento que lo justifique. Esta tristeza sin causa ha sido abordada desde la antigüedad. La melancolía, por ejemplo, era definida por la medicina hipocrática como “bilis negra proveniente del bazo que penetra en todos los órganos incluyendo el cerebro, produciendo síntomas depresivos” (…)
En algún momento se consideró que los dioses no eran ajenos a estos padecimientos de los mortales; a ello se refiere Thomas Moore.
(…) hubo una época, hace quinientos o seiscientos años, en que se identificaba la melancolía con el dios romano Saturno. Estar deprimido era estar “en Saturno”, y a quien estaba crónicamente predispuesto a la melancolía se lo llamaba “hijo de Saturno”. Como se identificaba la depresión con este dios y con el planeta que lleva su nombre, se la asociaba también con las otras características de Saturno. Por ejemplo, a éste se lo conocía como el “anciano”, que presidía la edad de oro. Cada vez que hablamos de los “años dorados” o de los “buenos tiempos de antaño”, estamos invocando a Saturno, que es el dios del pasado. La persona deprimida cree a veces que los buenos tiempos pertenecen al pasado, que ya no queda nada para el presente o el futuro. Estos pensamientos melancólicos están profundamente arraigados en la preferencia de Saturno por los días pasados, por el recuerdo y por la sensación de la fugacidad del tiempo. Tristes como son, estos pensamientos y sentimientos favorecen el deseo del alma de estar a la vez en el tiempo y en la eternidad, y así, de una manera extraña, pueden ser placenteros.
Según Facundo Manes el concepto de depresión se difundió a mediados del siglo XIX “cuando algunos diccionarios médicos ingleses la definieron como ‘el abatimiento anímico de las personas que padecen alguna enfermedad’.” Con el paso del tiempo –prosigue Manes- los síntomas se han identificado con mayor precisión.
Actualmente se reconocen como síntomas típicos de la depresión (no es necesario que estén presentes todos) el estado de ánimo decaído, tristeza o sensación de vacío la mayor parte del tiempo y en forma persistente, pérdida de interés en las actividades habituales y en la capacidad de experimentar placer, insomnio o, por el contrario, muchos deseos de dormir, agitación o el enlentecimiento motor, la fatiga y la pérdida de energía, falta o exceso de apetito, disminución del interés social y sexual, sentimientos inadecuados de culpa, inutilidad o preocupaciones económicas excesivas, pensamientos sobre la muerte, fallas de memoria y dificultades para pensar y concentrarse.
La industria farmacéutica ha desarrollado una amplia gama de medicinas que alivian esta sintomatología, lo que –claro está- es de agradecer. Sin embargo ello también podría implicar contraindicaciones de consideración, tal como lo describe Thomas Moore.
Si persistimos en nuestra manera moderna de tratar la depresión como una enfermedad que se ha de curar por medios mecánicos y químicos, es probable que nos perdamos los dones del alma que sólo la depresión puede proporcionar. En particular, la tradición enseñaba que Saturno fija, oscurece, concreta y consolida todo aquello que esté en contacto con él. Si nos libramos de los estados anímicos saturninos, es probable que nos resulte agotador el intento de mantener la vida brillante y cálida a toda costa. (…)
Saturno localiza la identidad en la profundidad del alma, y no en la superficie de la personalidad. (…)
Si convertimos la depresión en algo patológico y la tratamos como un síndrome que es preciso curar, entonces a las emociones saturninas no les queda otro lugar adonde ir que el comportamiento y la acción.
Y es que en opinión de Moore no es conveniente dejar este padecimiento solamente en manos de la medicina, hay que dar su lugar a Saturno.
El cuidado del alma requiere un cultivo de ese mundo más vasto que representa la depresión. Cuando hablamos clínicamente de depresión, pensamos en un estado emocional o una conducta, pero cuando nos imaginamos la depresión como una visita de Saturno, entonces se hacen visibles las múltiples cualidades de su mundo: la necesidad de aislamiento, la coagulación de la fantasía, la destilación de la memoria y la acomodación con la muerte, por no nombrar más que algunas.
Cuando Saturno llama a la puerta de nuestras vidas –prosiguiendo la argumentación de Thomas Moore- hay que “invitarlo a entrar y darle un lugar apropiado para estar” tal como sucedía en el pasado cuando “algunos jardines renacentistas tenían una glorieta dedicada a Saturno: un lugar oscuro, sombreado y apartado donde una persona podía retirarse y ponerse la máscara de la depresión sin miedo de que la molestaran”. Moore propone que la existencia de este tipo de espacios esté contemplada en nuestras ciudades.
Podríamos tomar este tipo de jardines como modelo para nuestra actitud y nuestra manera de tratar con la depresión. A veces la gente necesita retraerse y mostrar su frialdad. Como amigos y consejeros podemos brindar el espacio emocional necesario para tales sentimientos, sin tratar de cambiarlos ni de interpretarlos. Y como sociedad, podríamos dar cabida a Saturno en nuestros edificios. Una casa o un edificio comercial bien podrían tener una habitación o incluso un jardín donde una persona pudiera retirarse para meditar, pensar o, simplemente, quedarse sentada a solas. (…) A menudo en hospitales y escuelas hay “salas comunes”, pero les sería igualmente fácil tener “salas no comunes”, lugares para la soledad y el retiro.
Muchos autores han hecho énfasis que en la sociedad actual la felicidad no solo es un derecho sino una obligación. De ahí que sean tantos los espacios públicos y privados que trasmiten una sensación de felicidad artificial, de diseño, dado que todos estamos obligados a ser felices, exitosos, triunfadores de tiempo completo. En este entorno no hay lugar para la depresión que –de acuerdo con Moore- “va acompañada de una gran angustia: el temor de que jamás terminará, de que la vida nunca volverá a ser alegre y activa”. Y no es infrecuente que aquellos que así se sienten con la visita de Saturno, pretendan ser alentados con las mejores intenciones pero con los peores procedimientos tal como lo ejemplifica Marcial Fernández
La frase más impertinente que suele escuchar a menudo un deprimido clínico es:
-Échale ganas.

Esto en el entorno de la cultura en que el querer es poder.

Solo que hay ocasiones en que -al decir de Nikito Nipongo- “querer es poder, cuando se puede”.