Mostrando entradas con la etiqueta Max Aub. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Max Aub. Mostrar todas las entradas

martes, 20 de abril de 2021

Un paseo por los olores

 

Partiendo de que la vida también está hecha de olores, Gabriela Arroyo Couturier sostiene que

 

(…) no oler es casi como no estar. (…)

No oler es como estar un poco enfermo, sentirse un poco mal: funcionas, pero no lo disfrutas.

Claro está que hay olores muy diferente por lo que mientras unos acercan, otros expulsan; Francisco González Crussí se refiere a ello

Así como los buenos olores parece que afirman la vida y animan a quienes los perciben, un mal olor desanima y quita gozo de vivir. El daño que hace es directamente proporcional a su intensidad.

 Quedémonos con los olores agradables que Andrés Trapiello sitúa al inicio del día. “A esa hora de la mañana uno no ve más que gente que va a trabajar y la calle huele bien, a pan recién hecho o a café.” Mientras que José Jiménez Lozano, de acuerdo con su diario, los descubre en una noche de mayo de 1991

Calor casi veraniego. (…) Hacía una noche espléndida. Paseo nocturno: el campo oscuro y silencioso –la luna estaba alta y su luz era muy débil casi parecía estar ahí sólo para presidir la noche-; olía a maravilla.

 Bendito quien comienza el día con olor “a pan recién hecho o a café” y concluye oliendo “a maravilla”. ¿Qué más pedir a la vida?

Ahora bien, de acuerdo con Arroyo Couturier el olfato tiene -como ningún otro sentido- un vínculo muy especial con las emociones.

El olfato es (…) el más emotivo de los sentidos, el más capaz de desencadenar emociones, recuerdos y hasta cambios en la conducta. Está mucho menos sujeto a la racionalización y a la clasificación a los que el cerebro somete a los otros sentidos, y por eso los olores son capaces de remontarnos a nuestra niñez, a la casa de la abuela, a unas vacaciones remotas.

Entonces, así como muchas veces se ha dicho que la patria son los sabores de la infancia, también podríamos agregar que es posible identificarla con los olores del pasado. Algo puede decirnos sobre ello Andrés Trapiello al hacer un recorrido siguiendo el rastro de olores de antaño.

Recordé aquellas tardes tan largas, esas horas eternas de las siestas del verano, metidos en aquella vieja y modesta tienda de ultramarinos, cuando las tiendas eran de ultramarinos, es decir, cuando en ellas se vendía aceite a granel, zapatillas de esparto y grandes bacaladas blancas que colgaban como ropa tendida.

Recuerdo el olor de la tienda a café recién molido, a los sacos de yute, a las estanterías con botellas de quina. Me han venido tantos recuerdos juntos, zurcidos, remendados, cosidos unos detrás de otros que no he sabido qué hacer con ellos (…)

 Y es así como llega a descubrir similitudes asombrosas entre los geranios y las personas.

El olor de los geranios, áspero y seco, no termina nunca de pertenecerle a esas macetas del balcón, como si hubiera, dentro de la misma planta, dos realidades desconocidas entre sí, la del perfume y la de las flores. En cierto modo, el mundo está habitado, sobre todo, por gentes que podrían ser geranios.

Para Max Aub el olor abre caminos veraces, creíbles, porque “con el olor no hay engaño, lengua universal, pupila siempre abierta (…)”

Por otra parte, el olor permite saber por dónde va la cosa (y es por ello que quienes no tienen buen olfato frecuentemente se relacionan con personas o situaciones muy poco recomendables). Héctor Zimmerman se refiere a ello


Sagaz

Calificativo que los romanos aplicaron primero a los perros de caza, pues en latín sagire quiere decir oler la pista. De allí viene sagax, que tiene buen olfato. Por extensión, significa astuto, prudente. De la misma familia es presagio, señal que permite olfatear el futuro.

Si el buen olfato de alguno de los improbables lectores de estas líneas le permite saber por dónde sigue la historia de nuestros días, favor de mantenernos informados al respecto. 

Le guardaremos eterna gratitud.

viernes, 21 de agosto de 2020

Agustín González o la magia del actor


Cuando en este espacio entramos en temas que tienen que ver con la actuación con frecuencia recurrimos a Fernando Fernán Gómez quien ofrece varias pistas para aproximarse al oficio. En esta ocasión propone una distinción entre diferentes perfiles actorales

Hay grandes actores que a lo largo de su carrera, con el procedimiento de utilizar siempre los mismos limitados recursos, las mismas expresiones faciales, ademanes, posturas, tonos e inflexiones de voz, han conseguido componer un solo personaje, atrayente para el público, “su público”, que así le espera siempre, y acomodar a él caracteres muy diversos, en algunas ocasiones con una leve o grave traición al autor. Tienen estos actores, y sus directores y empresarios, el temor de que el público, a pesar de su indiscutible calidad, los rechace si en una obra teatral o una película se arriesgan a actuar de manera diferente.

Una vez dejado en claro lo anterior presenta a un colega que pertenece a otra estirpe en el mundo de la actuación.

El actor Agustín González no está entre ellos, sino entre los también grandes actores que parecen desprenderse en cada obra, en cada película, de su personalidad auténtica, para asumir la del personaje imaginado por el escritor. Esta atracción, está curiosidad por la variedad interior y exterior de la persona, y este deseo de ser otro, otros, es la raíz de la vocación de comediante.

Ahora bien para ser capaz ya no solo de actuar a otros sino de ser otros, se requiere -continúa Fernán Gómez- una buena dosis de magia.

Mas, para conseguir ser otro, para hacerlo evidente ante los demás, es necesario un toque de magia.
Es magia que una persona, en este caso un actor, que no es así, pueda en el escenario o en el plató ser así. No representar, no fingir: “ser” así. Esa magia existe habitualmente en el trabajo de Agustín González y era fácilmente perceptible en la incorporación que del personaje de don Luis, de la comedia compuesta por mí Las bicicletas son para el verano, hizo en el teatro y en el cine. (...)
Tanto en los personajes protagonistas como en los más breves, y no por ello más fáciles, el trabajo de Agustín González es siempre un alarde de expresividad, de sinceridad, de estudio previo, de comunicación directa con el espectador. Y, de manera muy destacada, de sustitución de la propia personalidad por la del personaje imaginado por el autor. Esto es lo más difícil, y llegado a ese punto es cuando Agustín González echa mano de ese toque de magia que afortunadamente tiene siempre a su disposición.

En opinión de Max Aub esa magia tiene mucho que ver con el trabajo, con la disciplina actoral.

El actor debe adentrarse en el personaje, cazarlo, formarse, conformarse, a la piel del ser inventado por el autor; llegar a sentirse cómodo en el hombre extraño, moverse como si la sangre imaginaria corriese de veras por sus venas; desaparecer para parecer otro, sin dejar sueltas las riendas de la propia voluntad. Manejarse en cuerpo distinto como si fuese en el propio. Esto no se consigue sino a fuerza de continuado estudio, de entusiasmo repetido cada mañana.
Lo anterior le permite concluir a Max Aub que “es lo que todos los actores, que merecen el nombre de tales, hicieron desde siempre. Y el resultado, que sus interpretaciones quedan en la memoria de todos. Es lo que diferencia los buenos actores de los malos.”

viernes, 31 de enero de 2020

Amistad y política


Sucede con frecuencia que las discrepancias ideológicas ponen en graves riesgos a la amistad. De ahí que ciertos grupos de amigos, con el fin de llevar la fiesta en paz, llegan a un acuerdo: no hablar ni de política ni de religión (y hay quienes agregan fútbol).

Pero cuando se trata de personajes públicos cuyas ideas son conocidas, el problema se vuelve más complejo. En esos casos es usual que la llama de la amistad se apague, por lo que quienes tuvieron vínculos estrechos –a veces, durante muchos años- pasan a tener un trato lejano, distante.

Y en algunos casos hasta se vuelven invisibles.

Esto le sucedió a Max Aub, quien el 23 de febrero de 1952 redactó la siguiente misiva.

Carta a un comunista que hizo lo posible por no saludarme en el entierro de don Enrique González Martínez.
Mi querido amigo,
Te vi, me viste e hiciste que no me veías, distrayendo la mirada, fijándola más allá de donde me encontraba. El porqué es claro: no te gusta lo que escribo estos últimos años. No se trata de la calidad (no se deja de saludar a los malos escritores -lo que tal vez sería saludable-), no, sino que supones -crees, voy a admitir- que mi literatura "no está en la línea" del partido político al que perteneces.
Lo siento, porque te tenía, te tengo, por mi amigo. Y, ¿qué es un amigo? Por lo visto existe un concepto comunista de la amistad que no admite la divergencia de ideas. Es una lástima. Porque sabes que creo que lo más probable es que, en un tiempo más o menos lejano, los comunistas regirán el mundo y me sabe muy mal que con ellos venga a imponerse este nuevo concepto de la amistad, ese afecto desinteresado que, por lo visto -y no visto en esta ocasión- sí es, en vosotros, interesado, con lo que, sencillamente, deja de existir.

Hasta ahí la dolida carta de Max Aub.

jueves, 3 de agosto de 2017

León Felipe en la mirada de Max Aub


El creyente que asumía la fe con todo y dudas. El de la palabra incómoda tanto para adversarios como correligionarios. León Felipe. El de los dos nombres indisociables. El enemigo declarado de la riqueza. El que huía de las concertaciones indignas. León Felipe. El rebelde de voz rasposa. El blasfemo.

Coincidieron en su exilio en México. Tan distintos, tan parecidos. Max Aub lo describe en la intransigencia de su obra que si no cedía ante Dios menos lo haría en la confrontación con los ídolos de su tiempo.

La poesía de León Felipe es una poesía de gran primer actor, que él declama en el proscenio del gran teatro del mundo; una poesía grandilocuente –grande en su elocuencia- que recita frente por frente a Dios –su público- en quien a veces cree y otras no. Rebeldía desesperada contra la falta de sentido del universo; grito desgarrador del hombre que no sabe para qué ni por qué ha nacido. Muge, blasfema para ver quién le responde, y sólo oye su eco. No hay Dios que valga. Esa gran protesta humana sólo la podía escribir, en nuestro tiempo, un español o un judío. Y León Felipe, sea o no judío –eso nunca se sabrá- fue español hasta el tuétano.
Se llamó León Felipe Camino, y he aquí que su apellido le abrió los horizontes (…)
León Felipe fue el último profeta, el que se mete en la piel de todos (…), a ver si Dios lo fulmina o destroza el mundo maldito donde el hombre honrado tiene que vivir doblegado de miserias bajo la férula de los que no lo son. (…)
Yo no sé si es poesía, pero, si no lo es, es algo más: grito de horror de un hombre solo y desnudo que va hundiéndose lentamente en una ciénaga, sin remedio. Algo más que poesía, un documento humano que queda ahí, clavado, para  remordimiento de Dios. (…)
Cincuenta años después, León Felipe termina y remata en brama la triste visión española del 98, sin dejar de decirles a los pocos que todavía viven:

              Miradla:
los mastines del 98, que en cuanto ganasteis la antesala dejasteis
de ladrar, pactasteis con el mayordomo y ahora en el destierro
no podéis vivir sin el collar pulido de las academias.

Es así como León Felipe se transforma en incómodo compañero de exilio (porque “un rico ya no es un exilado, aunque sea español” al decir de Aub); el silencio indulgente, la plática conciliatoria, la actitud diplomática, no le concernían; no eran asunto suyo. Continúa Max Aub con el perfil del poeta.

Un poco más joven que Juan Ramón, Díez-Canedo, Enrique de Mesa; un poco más viejo que Guillén, Salinas o Gerardo Diego; León Felipe es –él solo una generación aparte. (…)
León es Job, con su casa deshecha, sentado en la ceniza, roído por la mugre que Dios nos ha echado encima, le salva su blasfemia, porque el que grita tiene fe mientras los que callan están muertos o heridos de muerte por la gran lanzada de la cobardía.
El gran mal de nuestro tiempo es el miedo, y la cobardía que engendra, con su pus y sus babas; ya casi nadie sabe decir que no, refocilándose en el olvido, ya casi todos aceptan cualquier vergüenza con tal de que les dejen descansar en paz. No exceptúo a los que salieron de España; los años nos han dejado calvos, muchos se han hecho ricos y, en un país capitalista, un rico ya no es un exilado, aunque sea español.
(…) León Felipe, ese Empecinado, que no busca la libertad sino la justicia, y, porque Dios no la da, batalla, desbarata, rompe, hace guerra empuñando la espada de su verso roto, jugando las armas de las palabras en su puño de campesino castellano, mano a mano, cara a cara, cuerpo a cuerpo, clamando y reclamando, por lo menos, los derechos de la blasfemia.

León Felipe, genio y figura hasta la sepultura. En los últimos años de vida siguió librando sus batallas pero ahora silenciosamente y en el aislamiento. Max Aub escribe el 26 de julio de 1963 (cinco años antes de la muerte del poeta).

Comida con Silva Herzog –que invita- y León Felipe. Los dos, viejos: el uno ciego, el otro con ganas de morir. Yo, sesenta; don Jesús, setenta; León, ochenta. León, amargo, desengañado, con la seguridad de que su obra no vale nada.
-Nada vale nada.
No lee, no escribe.

Para el final de estas líneas citemos al propio León Felipe en ocasión de hablarle recio a la muerte.

Y ahora pregunto aquí: ¿quién es el último que habla,
el sepulturero o el Poeta?
¿He aprendido a decir: Belleza, Luz, Amor y Dios
para que me tapen la boca cuando muera,
con una paletada de tierra?
No.
He venido y estoy aquí,
me iré y volveré mil veces en el Viento
para crear mi gloria con mi llanto.

¡Eh, muerte… escucha!
Yo soy el último que hablo (…)

jueves, 29 de junio de 2017

Las edades de la escritura



Las edades de la escritura

Hay autores que comenzaron a escribir siendo niños, otros cuando ya eran mayores tal como sucedió a José Saramago. Hay quienes tuvieron la dudosa fortuna de hacer obras memorables siendo muy jóvenes y después ya nada fue sencillo; uno de estos casos –según Carmen Rigalt- fue el de Josep Pla.

El cuaderno gris ha hecho historia en la literatura española. Es el diario de un escritor brillante, cínico, zumbón e insociable que tuvo la desgracia de escribir su obra maestra a los veinte años. Ésa es, sin duda, una contrariedad a la que jamás se sobrepone ningún escritor.

Y es que después de haber escrito una obra maravillosa puede llegar una especie de temor paralizante. Algo de esto sucedió con Juan José Arreola de acuerdo a lo señalado por José Joaquín Blanco. “Dice Juan José Arreola [El último juglar. Conversaciones con su hijo Orson] que fue abandonando la escritura a partir de La feria (1963), para no bajar su nivel de calidad, para no escribir textos inferiores a los antiguos.” Blanco censura esta actitud de su admirado y querido maestro, afirmando que por una parte pecó de soberbia: “nadie tiene por qué ser Dante todo el tiempo ni toda la vida” y por otra de insensatez: “los textos ‘perfectos’ ya estaban a salvo, bien escritos y publicados: nada podía hacerles daño; había que pasar libremente, sin remordimientos, a otra cosa.”

Concluye José Joaquín Blanco en una sentencia que puede extenderse a lo acontecido a muchos escritores. “¡Qué peligrosas y tiránicas resultan las sirenas de la perfección, las supersticiones e idolatrías del Texto con mayúscula!”

Para otros autores el camino fue a la inversa y sus comienzos llegan a ser incluso un tanto vergonzantes. Tal es el caso de Marguerite Yourcenar quien –citada por Matthieu Galey- cuenta su experiencia.


[El jardín de las quimeras] lo había escrito en 1919, tenía dieciséis años, y era un poemita “muy ambicioso, muy largo y muy aburrido”, cito exactamente, creo, la crítica que hizo un hombre cortés y distinguido (…) que estaba de moda en esa época, Jean-Louis Vaudoyer. Ese juicio no estaba equivocado.

Solo el amor de padre –acepta Yourcenar- pudo explicar que la obra se editara. “Con gran generosidad, mi padre gastó tres mil francos de entonces, para publicar ese volumen en Perrin, como edición del autor.” Los desaciertos continuaron. “A este libro siguió otro pequeño volumen de poemas, aún peores, porque eran más antiguos y eran un verdadero plagio de escolar: Los dioses no han muerto.”

Ello hace que Marguerite Yourcenar ponga énfasis en la necesidad de aprender a escribir antes de editar y observa que en este terreno los músicos llevan ventaja dado que los efectos de sus errores de juventud están más restringidos. “Por supuesto, hay que aprender el oficio, claro que, cuando se es músico, se hacen escalas en casa y no se molesta sino a la familia, mientras que, por desgracia, un joven escritor publica a veces demasiado pronto…”

El tema de la edad de los escritores no sólo se hace presente en lo que tiene que ver con sus primeros pasos. A Martin Amis le preocupa –y vaya en qué forma- la posibilidad de seguir escribiendo cuando ya se ha iniciado el declive.

(…) el problema en la era moderna es que ahora los escritores llegan a viejos. Esto es un fenómeno completamente nuevo, debido a la ciencia moderna: Shakespeare murió a los 56, Dickinson a los 59, Jane Austen a los 43, así que esto no había pasado. Tu cuerpo moría mucho antes de que tu talento muriera, ahora mueres dos veces: mueres como todos los demás, pero antes de eso tu talento muere, sin excepciones. Norman Mailer y otros no eran malos novelistas cuando tenían 85 años, pero no los puedes comparar con lo que escribieron cuando eran jóvenes. Te obsesionas con esto.


En esta forma –de acuerdo con Amis- se llega a la encrucijada: el deseo de seguir escribiendo permanece cuando las aptitudes han comenzado a retirarse.

Así que escribir se convierte en algo doloroso cuando los sentidos no trabajan de la manera en que solían trabajar. Se necesita más trabajo, manual, en alcanzar cierto estándar. Pero la alegría de escribir sigue así, yo ciertamente no haría nada más. ¿Hacer qué?

No todos los escritores coinciden con lo anterior. Por el contrario, Max Aub tiene una mirada mucho más optimista que lo lleva a sostener que en el mundo de las artes los viejos (y no sólo se refiere a los escritores) “son los amados de los dioses”.

Lo último de Quevedo, de Lope, de Tolstoi, de Miguel Ángel, de Goya. Ningún genio ha decaído en la vejez -y menos los locos-. Los últimos cuartetos de Beethoven. Los viejos son los amados de los dioses. Los árboles más viejos son los más altos, los más hermosos. El culto humano por las ruinas. Cuanto más viejo, más hermoso. Lo atrayente de lo más antiguo. ¿Es en parte por ello que la gente quiere llegar a viejo? La juventud es de todos: ¿es por eso que, en nuestro tiempo gregario, tiene tanta influencia, tanto arraigo? Joven lo es cualquiera. No se equivocaban los buscadores de la piedra filosofal, pero se equivocaba Fausto: lo que tenía que haberle pedido al Diablo era que Margarita le quisiera por viejo.

¿Será?

martes, 22 de marzo de 2016

Cada vez hay menos cándidos


Cada vez se hace menos referencia a su existencia, todo parece indicar que los cándidos constituyen una especie en vía de extinción. Tan es así que en caso de preguntar a los jóvenes a quiénes alude esta palabra, muchos seguramente no tienen ni idea y es posible que los pocos que lo sepan tengan un concepto negativo en relación a ellos: una más de las categorías que forman parte del gremio de los perdedores.

Hubo otros tiempos. Max Aub salía en su defensa en un artículo publicado el 7 de diciembre de 1951 bajo el título de “Elogio de la candidez”.

Lo cándido es lo blanco, lo inmaculado, lo que no tiene tacha. Lo cándido es lo sencillo, lo simple. La gente –siempre mal pensada- ha dado en emparejarlo un tanto con lo bobo, y ¡qué lejos de la verdad! (…) Ámbito de bienaventuranza, inalcanzable a la tristeza del ser humano. Cándido es el que cree, el cándido es un ser feliz para quien todo es real y verdadero en un reino sin dudas y sin sombras. Es el ardor primero, la mirada abierta, la sencillez de las cosas: un hálito de Dios. (…)
Generalmente -¡qué difícil escapar de la palabra “general”, hablando de candidez!- no suele persistir más allá de los primeros pasos que se dan en la vida, sino en muy contado número de ilusos, que son los seres más felices de esta tierra, porque se contentan con creer que ya tienen en la mano lo que no es más que el fruto de su imaginación. No sienten la necesidad del disimulo y la precaución que está, más allá o más acá, de su grandes; y no es sino la prueba de que viven en el limbo: ese lugar encantador que -¡quién sabe por qué!- tiene tan mala prensa. El candor es de inocentes: otra palabra absurdamente desprestigiada.

Max Aub considera que además de diferenciar al cándido del bobo también conviene deslindarlo del ingenuo.

El cándido no es el ingenuo –porque el ingenuo puede dejar de serlo, y el cándido lleva una impronta azul celeste en el alma, que no hay quien se la borre-. (…) Su confianza en la buena fe de los demás es invencible, porque nace de esa franqueza simpática que en él es instintiva, por lo que suele ser, ante todo, un optimista.

Y más allá de las amargas experiencias que pueda haber sufrido –siempre según lo afirmado por Aub-, el cándido está dispuesto a volver a confiar. “El mal que le hacen los demás le molesta, le enoja, le descorazona, pero no le abre los ojos. Se lamenta de la perversidad de la que acaba de ser víctima, pero si se le sonríe vuelve a confiarse, a entregar su corazón y nuevas armas contra él mismo.” Y concluye en que “las almas bajas, estrechas, los espíritus calculadores, los astutos desprecian a los cándidos, tienen en menos a la candidez”.

Así las cosas todo parece indicar que el triunfo indiscutible que han obtenido los avispados, lúcidos y descreídos ante los cándidos, está teniendo costos sociales muy severos. Y es por ello que es posible añorar a los cándidos, aquellos a quienes Aub identificaría como almas altas.

martes, 27 de enero de 2015

Amores a distancia: lo que va de las cartas al internet


Un tema de nuestros días tiene que ver con los vínculos amorosos vía internet, existiendo quienes sienten un profundo amor por alguien que se encuentra a miles de kilómetros y a un solo clic. Esto se ha constituido en base argumental de numerosas obras literarias así como de películas.

Sería un error suponer que se trata de algo nuevo; en realidad no es así. Lo novedoso es el medio pero desde hace mucho tiempo el amor a distancia ha adquirido un poder que, con frecuencia, el de proximidad está muy lejos de tener… De este modo lo que ahora circula en soporte de internet, en el pasado lo hizo a través de cartas (así como posteriormente,  por vía telefónica). Max Aub nos proporciona un ejemplo de ello.

En enero de 1941, Rainer-María Rilke (…) recibió una carta de una desconocida escrita en términos apasionados. Le hablaba de su entusiasmo por su obra, le daba las gracias por el hecho de llevarla a cabo. Contestó el gran poeta y así nació una correspondencia (…) La que así escribía era una famosa pianista vienesa, y, aun antes de conocerla, Rilke se enamoró de ella; poder de las letras.

No faltarán quienes digan que antes cuando menos eran más sensatos y a nadie se le ocurría -como acontece actualmente- recorrer grandes distancias tras una simple aventura. Se equivocan ya que este poder de las letras también en aquel entonces era capaz de convocar al camino. Rilke, de acuerdo al testimonio de Aub, “(…) atravesó media Europa con tal de estar a su lado. La alcanzó en Berlín, se la llevó a Suiza, a París, al castillo de Duino.

Habrá quien diga que en el pasado estos romances quedaban en la intimidad de los amantes sin adquirir estado público. Una vez más se trata de un equívoco y Max Aub lo confirma                 

Nada sabríamos de este romance si la que fuera entonces su heroína no hubiera editado sus recuerdos, con algunas de las cartas más emocionadas que recibió de Rilke. Se publican en francés, que él dominó a la perfección. Las Elegías de Duino –traducidas al español por el excelente poeta Juan José Domenchina- cobran así una nueva luz.

Durante mucho tiempo la correspondencia de amor careció de imágenes pero en algún momento alguien decidió acompañar las letras con una ilustración que pretendía dar cuenta de su propia fisonomía y es de suponer que, movido por sus objetivos, aquel trazo fuera muy benevolente a la hora de confrontarse con la realidad. Con el transcurso de los años se incorporarían las fotografías y  posteriormente los videos, claro está que siempre con la intención de presentar el mejor perfil, el ángulo favorecedor (lo que en muchos casos resultó francamente tramposo y en no faltará ocasión de referirnos a ello).

A los jóvenes de hoy se les dificulta pensar en el amor expresado por medio de cartas que demoraban una eternidad en llegar, siempre y cuando no se perdieran en el camino… Pero el partido está empatado porque “la gente grande” (sabrán disculpar pero todas las otras expresiones que se me ocurren son igualmente lamentables: adultos mayores, personas entradas en años, aquellos que peinan canas, adultos en plenitud, personas de la tercera edad, etc.) no entiende las nuevas tecnologías y añora el género epistolar. Soledad Vallejos da cuenta de ello.
 
La historia de las cartas es casi tan antigua como la historia de la escritura. O al menos lo suficientemente antigua como para remontarse al momento en que, por primera vez, dos personas, complotaron para desvanecer la lejanía con algunas líneas. Porque ésa es una salvedad que cabe hacer prontamente: una carta es todo lo que un correo electrónico jamás podrá ser, por rápido y eficiente que resulte. No se trata sólo de que, por ejemplo, una esquelita personal no necesita ser titulada, sino de algo más básico y fundamental: es la materialidad del papel, la inquietud de reconocer en el remitente la letra de alguien que está lejos, el ruidito de la hoja cuando se desdobla, alguna mancha de café sobre las letras, un perfume (aunque no se trate de una carta perfumada), los gestos de la persona que escribió desplegándose en el color de la tinta, eso es una carta. Claro que el surgimiento del mail aseguró la continuidad de algunos contactos (porque, la verdad, quién puede perpetuar la manía de dejar pendiente la cita con el correo y decir que no mandó el mensaje por falta de tiempo), pero también puede decirse que, de alguna manera, sacrificó el encanto del ritual en nombre de la rapidez. Porque las cartas tuvieron más de una época dorada, siempre que más que las palabras de una persona, podían ser la persona misma transformada en papel. Las ventajas eran insuperables; que lo digan, si no, la princesa Margarita de Inglaterra y sus afanes purificadores, que la llevaron a tirar a la chimenea todas las cartas que la Reina Madre había escrito en los últimos diez años de su vida para que no trascendieran detalles de los escándalos palaciegos. A ver si hay alguien capaz de romper su monitor sólo para descargarse.
 
Como la historia no concluye con las actuales generaciones, seguramente dentro de unos años el correo electrónico también pasará a ser cosa del pasado y más de uno lo recordará con nostalgia.

jueves, 4 de septiembre de 2014

Opinión ¿pública?


Hay términos que expresan poco y ocultan mucho. Uno de esos casos es el de “opinión pública” que parecería resultar de un análisis libre y soberano por parte de la ciudadanía en relación a determinados temas de actualidad. Pero también pudiera ser la simple reproducción de la opinión que se publica en diversos soportes: periódicos y revistas (impresas o virtuales), comentarios radiales y televisivos, etc. De ahí que sea tan relevante (y en estos tiempos tan polémico) el tema de la propiedad y consignación de los medios de comunicación, donde está en juego buena parte de la vida democrática.

Aun cuando mucho han cambiado las tecnologías de la información, la manipulación de la opinión pública de ninguna manera es un tema novedoso. Para quien tenga alguna duda al respecto, entre muchas otras opciones, podemos citar a Chamfort quien en el siglo XVIII se refería a esta cuestión reservándose, como en él era usual, la identidad de los protagonistas.

Viendo M…, en estos últimos tiempos, hasta qué punto la opinión pública influía en los grandes negocios, en los cargos y en la elección de los ministros, decía a M. de L…, hablándole a favor de un hombre al cual quería ver encumbrado: “Hacednos en su favor un poco de opinión pública.”

De tal manera que la opinión pública puede ser confeccionada por encargo, a gusto y medida de los poderosos en turno. Y es entonces cuando corre el riesgo de dejar de serlo para transformarse simplemente en opinión privada convenientemente maquillada y disfrazada. En 1939, cuando estaba iniciando la Segunda Guerra Mundial, Aldous Huxley analizaba la cuestión.

En la prensa, que pertenece a gente acaudalada, los intereses de las minorías con capitales para invertir, se identifican siempre (…) con los del conjunto de la nación. Informaciones constantemente repetidas, pasan a ser aceptadas como si fuesen verdades. Inocente o ignorantes, muchos de los lectores de diarios están convencidos de que los intereses de los ricos son realmente los intereses públicos, y se indignan cuando estos intereses se ven amenazados (…)                                     

Ya por aquel entonces Huxley vislumbraba la enorme trascendencia que tomaría la televisión en la construcción de la opinión pública.

(…) desgraciadamente la técnica moderna ha puesto, en manos de las minorías gobernantes, nuevos instrumentos para torcer la opinión pública, que resultan incomparablemente más eficaces que cualquiera de los que hayan tenido ante los tiranos. Ya tenemos la prensa y la radio y dentro de pocos años, se habrá perfeccionado la televisión. Ver significa creer con un mayor grado de seguridad que escuchar; y un gobierno al que le sea posible colmar todas las casas con cuadros de propaganda sutil, con discursos y con impresos, podrá formar dentro de límites muy amplios, la opinión pública que necesite.

Queda para la conjetura lo que hoy diría Huxley ante el impresionante desarrollo que han tenido las tecnologías de la información.

Otro autor que abordó el tema fue Max Aub quien unos años después –en 1952-  profundizaba en el proceso de “fabricación” de la llamada cultura de masas.

Ésta es la cultura de hoy, y no digan de la masa o del pueblo, sino de los que la fabrican en serie para ser así digerida –se la dan hecha papilla- por los que todo se lo creen con tal que se lo cuenten.
Es el tiempo del resumen, del sustitutivo, del ersatz. (…) Del todo al resumen. Ya la gente sólo lee las gacetillas y los índices. Ésta es la cultura de nuestro tiempo. (…)
Dícelo bien la palabra “resumen”, es decir, que a los más los re-sume en la más cabal ignorancia haciéndoles creer que basta lo que otros escogen y resumen en su nombre para ilustrarlos.
Así desparece todo intento para comprender por sí mismo. Literatura de borregos. No resumen, sino residuo. Literatura, ciencia de restos, de sobras dada a granel, en millones de ejemplares para que resulte más barata y que todos sepan y piensen lo mismo y nadie sobresalga en manos de quien resume lo que le conviene; tal como se dice “en resumidas cuentas”, lo más re-sumidas posibles.
Puro eco, sin voz verdadera, clamor perdido. Recapitulación de lo ignorado, sabiduría en cuentagotas; no sea que los lectores entren en ganas de enterarse a fondo. Cada obra una ficha, y nada más. Decirlo todo en dos palabras, escondiendo los antecedentes, para ganar tiempo, el tiempo perdido cada vez más perdido, leyendo selecciones y “monitos”.
Nada mejor ni más hondo que los lugares comunes, los dichos y refranes, pero nada más lejos de esa concisión y brevedad que estas historias abracadabrantes que se sirven calientitas cada sábado o domingo a un pueblo –o unos pueblos- dignos de mejor suerte.

Pero volvamos a Huxley quien afirma que la manipulación de la opinión pública conduce a defender como propios los intereses que son ajenos. “Los intereses en juego, son los intereses de unos pocos; pero la opinión pública que reclama la protección de esos intereses es a menudo la expresión genuina de la emoción de las masas. Los más sienten y creen verdaderamente, que vale la pena pelear por los intereses de unos pocos.”

Como no podía ser de otra manera el tema mantiene vigencia en nuestros días. José Antonio Marina subraya la enorme incidencia que tienen los creadores de valoraciones que “dicen lo que se lleva y lo que se deja de llevar, deciden sobre lo correcto y lo incorrecto (…)”. Tal vez sea por ello que en una de sus caricaturas El Roto, por medio de uno de sus personajes, recomienda: “Antes de escuchar lo que dicen, entérate de quien paga el micrófono.”

martes, 1 de abril de 2014

Una travesura de Max Aub


Lugar destacado ocupó Max Aub entre los intelectuales que llegaron a México a causa de la Guerra Civil española. Su obra abarcó diversas líneas de trabajo, sobresaliendo –entre otros rubros- por sus críticas teatrales que se publicaron en el periódico El Nacional en la década de los cuarenta del siglo pasado. Su afición al teatro era notable y sus opiniones solían ser muy duras, por lo que imagino que en su momento fue muy temido por productores, directores, actores, escenógrafos apuntadores y hasta por el propio público.

En ese contexto llama poderosamente la atención su nota del 5 de diciembre de 1947 en la que reparte elogios para todos. Tituló su columna “Música en la noche, de J. B. Priestley, en el Teatro del Prado”. Así decía:

Todo resultó perfecto. Era lo menos que debían los amantes del teatro, en México, a la presencia del autor. Para mí, muerto Pirandello, Priestley es el dramaturgo de más enjundia, de mayor envergadura, del mundo contemporáneo. Hubiese sido incomprensible que pasara desapercibida su presencia aunque sólo fuera como preeminente delegado británico en la Unesco. Fue una feliz coincidencia que hayamos podido festejar simultáneamente dos suceso de tan buen augurio para el teatro en México como lo han sido, en estos días, la presencia del máximo autor teatral inglés (Bernard Shaw es aparte y dramaturgo por carambola) y la reinauguración del Teatro del Prado.
Como es sabido este último local, proyectado originalmente para teatro, vino a caer, por una sucesión de hechos lamentables que no hay por qué contar de nuevo, en las fauces del cine. El ardiente amor hacia su propio nombre y la cultura hizo que un numeroso grupo de personas conscientes de su buena condición de mexicanos se reunieran para formar una Sociedad de Teatro, que anoche dio las primeras muestras de su alcance y de su vigor.
Personalidades sobresalientes de la política, de los negocios, de la banca, de las diversiones, algunos intelectuales con posibles, sin más objeto que oír y ver lo más encumbrado del teatro de todos los tiempos, lograron rápidamente poner en pie de paz y de guerra esta bendita Sociedad Mexicana de Teatro.
No soy cronista de sociales y no voy, por lo tanto, a citar los nombres de los presentes que, estando en la memoria de todos, abarrotaron la sala. Algún indiscreto dijo:
-Ya era hora. (…)
No tengo por qué hablar de la obra con detenimiento. Prodigioso primor de veraz exactitud de adentro. Quizá pudieran discutirse algunos pormenores del tercer acto (…) Corresponden sus tres actos a los tres movimientos de un concierto para violín y orquesta, Allegro Capriccioso, Adagio y Allegro Agitato, Maestoso Movile, en los cuales vernos pasar los pensamientos de los personajes por los más diversos estados de ánimo, sin perder, en algún momento, su propia línea psicológica. Todo rebosa realidad y poesía. (…)
Para este acontecimiento se reunió la compañía más en consonancia con la obra (…)

A renglón seguido Max Aub enumera las actrices y actores que integraron el electo cuya dirección correspondió a Xavier Villaurrutia. El decorado fue obra de Alfredo Best Maugard. La nota concluye afirmando: “México cuenta, desde anoche, con un teatro digno de su nombre. Me parecía que estábamos soñando.”

Pocos días después se develaría el trasfondo inesperado respecto a la crónica citada. En el mismo periódico El Nacional con fecha 13 de diciembre Max Aub publica una nota titulada “Mea culpa” en la que señala:

El crítico está melancólico. El crítico quisiera que coexistieran varios teatros de comedia. A veces el crítico sueña porque no concibe el triste estado de diversión tan principal. Entonces, aunque parezca mentira, el crítico inventa; lo cual, naturalmente, está reñido con su profesión. Por ello, el que esto escribe se declara vencido.
Quien yerra muere por lo menos para la meta fallida; y queda el ridículo abierto a todo lo ancho de las miradas ajenas. El crítico aquí criticado no debiera escribir más después de lo que le ha sucedido. Se lo tiene merecido, por iluso. La letra impresa engaña, y más a quien la fabrica.
La semana pasada, creyendo poner una pica en Flandes, el infeliz que esto pergeña conspiró escribir una falsa crónica con fines determinados: mentir para procurar reacciones que, en su sueño, se figuraba de resultados prodigiosos. El silencio, o lo que es peor, la aceptación de la mentira como verdad intrascendente, ha venido a demostrarle, una vez más, la realidad de la ninguna importancia que para nuestro mundo de escasos kilómetros cuadrados tiene el teatro. Para más detalles se le ocurrió figurar en el estreno de una comedia de J. B. Priestley, en el Teatro del Prado. Volcose en elogios acerca de la obra escogida (Música en la noche); de la dirección, que atribuyó a un amigo suyo; de la interpretación, que combinó a su gusto y al mejor servicio de la comedia, escogiendo entre los cómicos los que le parecieron más a propósito para dar realce a todos los papeles; fingió la existencia de una supuesta “Sociedad Mexicana de Teatro” –ilusión suya de hace muchos meses- y formada por quienes cree que debieran componerla; recobró para el teatro el actual cine Trans Lux Prado, construido con aquel fin y traspasado sin gloria al negocio de las imágenes parlantes. Feliz con su ocurrencia, disfrazada de hazaña, el tonto llevó su artículo al redactor jefe, y esperó. Las reacciones –no le cabía duda- iban a ser trascendentales. (…)
El escritorzuelo no las tenía todas consigo. Pasó la mañana, pasó la tarde, se vino la noche (…) amaneció el día siguiente, y fuese. Nadie chistó. Nada sucedió. Como si tal cosa. Un compañero de labores le indicó que se había dado cuenta de la superchería, sin insistir. Nada más.
Hace de esto una semana, poco más o menos. Una semana vacía. Una semana con una sola comedia en un solo teatro de la ciudad, de una ciudad de dos millones de habitantes. El cronista bobo se siente desalentado. No sabe qué hacer. No carecemos de diversiones. Cada día la gente se divierte más. Cada noche tiene más tiempo que perder. No va al teatro, entre otras razones porque no hay teatros. (Y dicen que no hay teatros porque no acude la gente a ellos, cuando los hay.)
El crítico se desespera. El crítico cree que debiera haber, en México, tres o cuatro teatros de comedia funcionando continuamente. (…) Claro está que con dolo no se consigue nada, pero al que esto le duele tiene a veces ganas de echarse a la calle, con un cartelón y gritar en las plazas:
-Señores y señoras, el teatro es una cosa importante. El teatro es lo mejor, lo más alto del mundo…
¡Qué duda cabe que, si creyera que ello era capaz de dar resultado, lo haría!... Mas por ahora, sólo le cabe pedir perdón por la travesura pasada: a ver si con ello consigue algo más que con la mentira.

Cabe aclarar que a pesar de las nulas repercusiones que obtuvo con su farsa, Max Aub continuó dedicándose al oficio de la crítica teatral. Por último es posible suponer que este ejercicio lo condujo a crear otra travesura literaria mucho mayor algunos años después.