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jueves, 24 de noviembre de 2016

Niccolò Paganini: músico y personaje


Considerado uno de los mejores violinistas de todos los tiempos, Niccolò Paganini tuvo una vida, y una muerte, muy cercana a la leyenda. Omar López Mato comenta de qué manera -al igual que otros artistas- logró beneficiarse de la enfermedad que le aquejaba.

Las enfermedades son una desgracia para todos. Sin embargo, para Paganini no fue así; sufría un síndrome de Marfan (al igual que Abraham Lincoln). Esta afección del tejido colágeno caracteriza a los portadores por ser altos, delgados y tener dedos largos y finos, propicios para la digitación sobre el violín y otros instrumentos de cuerda, que Paganini también dominaba. Se dice que sus manos estiradas medían cuarenta y cinco centímetros. Esta aracnodactilia (dedos de araña) le otorgaba la extraordinaria flexibilidad con la que cubría acordes y escalas en asombrosa extensión.

Claro está que no todos los afectados de aracnodactilia han logrado convertirse en Paganini. Lo cierto –continúa López Malo- es que “su técnica admiraba y desconcertaba tanto a sus contemporáneos que creían que algún influjo diabólico era la causa de sus habilidades”. A ello también se refiere Julio Scherer García. “Rodeado de un halo de misterio, la fama del ínclito violinista se acrecentaba con cada concierto. Para un ser común y corriente era imposible un dominio instrumental de tal magnitud sin haber vendido su alma al diablo.” López Malo añade que según la leyenda no tocaba en iglesias por ese pacto diabólico pero en realidad se debía a que creía que su música no era apta para ese recinto. Otros decían que había aprendido a tocar el violín en ocasión de su estancia en prisión por un crimen pasional. Todo parece indicar que Paganini además de músico extraordinario fue un buen publicista de sí mismo que alimentó las leyendas en torno a su persona. Según Omar López Mato su apariencia reforzaba las conjeturas: “su aspecto casi cadavérico, sus pómulos salientes, ojos hundidos, extrema delgadez y cabellos sobre los hombros, sumado a su invariable ropa negra, le otorgaban ese aire de ultratumba y acentuaban el aura diabólica (…)” Agrega Scherer que “con tal de inspeccionar de cerca al hacedor de prodigios, el Vaticano lo recibió en San Pedro y lo condecoró a posteriori con ‘La Espuela de Oro’.” Y no dice más al respecto.

El mismo autor alude a las circunstancias que rodearon su muerte.

Sifilítico, envenenada la sangre con mercurio, la agonía del célebre maestro fue lenta y atroz. Entre sus desgracias, fue tiranizado por charlatanes que le ofrecían curas milagrosas y en Niza, su hijo ilegítimo pidió que le fueran administrados los santos óleos.
Pero la voluntad del padre se impuso: era pronto aún para exhalar el último aliento.

Debido a este rechazo del sacerdote, a su cadáver se le negó cristiana sepultura por lo que sostiene Scherer

A Aquiles, el hijo bastardo, le tocaría en su suerte deambular 11 años con el cadáver embalsamado a cuestas. Hubo de rechazar ofertas de circos que pretendían exponer al público a ese mago del violín que yacía inerte en su ataúd de nogal. En el cementerio de Parma se decía que, de vez en cuando, un grupo de brujas acudía con sus escobas para rendirle tributo al indómito violinista.

La leyenda le sobreviviría porque –tal como señala Julio Scherer- “hubo quien afirmara que del ‘Guarneri de Gesú’, que Paganini dejó en heredad al ayuntamiento de Génova, se desprendía humo a través de sus efes si alguien se atrevía a recrear la música sobre sus cuerdas portentosas”.

martes, 9 de agosto de 2016

El privilegio de la vocación


Se ha dicho hasta el cansancio que la persona que encontró (¿descubrió?, ¿construyó?) su vocación es verdaderamente privilegiada y no debería dejar de agradecerlo nunca. Para Santiago Kovadloff no se trata de la libre opción del individuo. “La vocación (…) no es una elección. Hay, entre una y otra, radicales diferencias. La elección es siempre obra del sujeto; la vocación, en cambio, da forma al sujeto, lo constituye. Sí, la vocación nos elige. Ella dispone de nosotros, se nos impone.”

Lo anterior parecería tener lugar también –o particularmente- en el ámbito religioso como queda de manifiesto en el testimonio de Ernesto Cardenal: “(…) Cristo dice que quien quiera conservar su vida, la perderá. Pero que quien pierde su vida por él, la salvará. Cuando quise conservar mi vida sin entregarla a Dios, la perdí. Considero que esa fue una vida perdida. Después la entregué a Dios, y ese sacrificio significó el haberla ganado.” Es así como el elegido se transforma paradójicamente en feliz prisionero de aquello que lo elige; continúa Kovadloff

Si falta la vocación, quien de ella carece podrá decidir, con razonable libertad, en qué ocuparse. No ha sido elegido: podrá, en consecuencia, elegir. No está hipotecado por la irreversible dependencia hacia el mandato. Puede decidir qué hacer. El hombre de vocación, en cambio no tiene remedio. Ha sido escogido. Si no acatara el mandato impuesto, vivirá acosado por el dolor incesante de una transgresión primordial. (…) No puede eludir el cumplimiento de su pasión sin caer en desgracia.

Seguramente a algo de esto se refería Federico Fellini cuando señaló en una entrevista: “Si quieres colgarme una bandera a toda costa, una bandera pedagógica, resúmela en este lema: ser lo que se es, es decir, descubrirnos a nosotros mismos para poder amar la vida.” Y la vocación –retomando a Santiago Kovadloff- puede hacerse presente de diversas maneras y a muy diferentes edades.

Porque si es cierto que una vez que se manifiesta ya no retrocede, nadie sabe, en verdad, a qué altura de una vida habrá de aparecer. Francia nos brinda, al respecto, dos ejemplos elocuentes: Rimbaud se supo poeta casi en la niñez, y, cuando la muerte lo alcanzó, hacía ya mucho tiempo que vivía violentamente apartado de su vocación. Tenía por entonces la edad aproximada en que Montaigne, no sin asombro, se descubría ensayista.

Ahora bien, según Clarice Lispector la vocación no siempre viene acompañada del talento y ella misma se ofrece como ejemplo.

Una cosa yo adivinaba: era necesario intentar escribir siempre, no esperar un momento mejor pues éste simplemente no llegaba. Escribir siempre me costó, aunque hubiera partido de lo que se llama vocación. Vocación no es lo mismo que talento. Se puede tener vocación y no tener talento, es decir, se puede ser convocado y no saber cómo ir.

Muchos son los ejemplos de quienes ejercieron su labor –así sea en sueños, hasta el final de su vida; Luis Sepúlveda narra uno de estos casos.

El invierno del 85 fue muy duro, y don Carlos contrajo una neumonía que lo llevó a la tumba. Unos días antes de que lo internaran en el hospital de Altona le visité en su pequeño piso de hombre solo, y lo encontré embriagado de la felicidad de un sueño dichoso: “Soñé que estaba en mi escuelita enseñando los verbos regulares a un grupo de niños muy pequeños. Y al despertar tenía los dedos llenos de tiza”.

Han existido situaciones excepcionales en que la pasión de algunas personas indoblegables por su oficio hicieron posible lo imposible, al superar cualquier obstáculo que se les interpusiera en el camino. El caso de Renoir –presentado por Omar López Mato- es asombroso.

(...) Pero Renoir, además, padeció otra enfermedad que a pesar de ser demoledora e invalidante, jamás se reflejó en los cuadros y poco afectó su actividad. Renoir padeció una artritis reumática. Ésta, progresivamente, deformó sus manos y sus pies hasta limitarlo a una silla ruedas y obligarlo a trabajar con los pinceles atados a las manos.
(…) esto no limitó a Renoir. Él siempre buscó un remedio a sus males. Baños termales. Calor. Analgésicos. Ejercicios. Todo lo que le comentaban que podía mejorarlo, lo hacía.        
Siguiendo los consejos de sus médicos, se trasladó del frío y húmedo París, al mediodía francés. Sus cuadros brillaron con la luz del sol que todo lo invadía.
En 1880 se rompió su brazo derecho en un accidente de bicicleta, pero se sobrepuso con el pasar de los días. En 1897 tuvo otro accidente y nuevamente se fracturó el brazo derecho, quedando impedido para moverlo. Pero esto no fue un obstáculo. Con ese optimismo que no lo abandonaba aprendió a pintar con la mano izquierda. "Me gusta mi trabajo con la mano izquierda”, decía a sus amigos. "Es muy divertido y mis cuadros son mejores que si los hubiese hecho con mi mano derecha. Es bueno haberme roto el brazo. Me hace progresar".
Sus colegas, Pisarro y Monet, se asombraban de estos progresos, pero también miraban entristecidos el inexorable deterioro de su estado general, que le hizo perder peso hasta llegar a los cincuenta kilos. Pero Renoir continuaba pintando, con la fuerza y la alegría que transmitía su pintura. Necesitaba ayuda para movilizarse, para cambiar los pinceles y mezclar los colores. Pero Renoir seguía pintando. En 1912 tuvo un accidente cerebro vascular. Se recuperó y siguió pintando. En sus últimos años, los dolores articulares lo obligaban a permanecer en su habitación por semanas. Pero Renoir seguía pintando. Le preguntaron cómo hacía para trabajar a pesar de sus molestias. "El dolor se va, la belleza queda", respondió. El último cuadro lo terminó un día antes de su muerte, a los setenta y ocho años.
Cada vez que veamos una de las 6000 obras que pintó, no sólo veremos sus colores, el esfumado de sus bordes, la delicadeza de sus mujeres. Veremos al hombre que se sobrepuso a la adversidad, con una sonrisa melancólica en los labios y un pincel atado a su mano.

Renoir


No cabe más que concluir con Stevenson: “Si un hombre ama su oficio con independencia del éxito o la fama, los dioses han llamado a su puerta.”