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viernes, 27 de marzo de 2020

La madre del escritor


Es frecuente que cuando un joven manifiesta su deseo de dedicarse al arte, en cualquiera de sus manifestaciones, lleguen voces familiares que busquen disuadirlo de tal idea con la vieja pregunta: “¿y de qué vas a vivir?” 
De acuerdo a lo que narra Alexandra Alter este no fue el caso de J.D. Salinger.
A los 18 años, cuando todavía no había publicado nada y pasaba largas horas frente a su máquina de escribir, J.D. Salinger  recibió una carta muy estimulante de alguien que lo admiraba. “Acepto su historia. La considero una obra maestra. Cobre en el correo 1.000 dólares que hay para usted. Curtis Publishing Co.”
Pero la historia toma –siempre siguiendo a Alter- un curso inesperado.
No era en realidad la carta de una editorial: ese tipo de noticias tardarían años en llegar. Era de la madre, que la había pasado por debajo de la puerta del dormitorio de Salinger una noche en la que escuchó que él estaba tipeando. 
Aquella nota fue tan trascendente para su futuro que “el escritor la guardó 73 años, hasta su muerte en 2010”. El público pudo constatarlo ya que, agrega Alexandra Alter “la nota manuscrita se expone ahora [diciembre 2019] en la Biblioteca Pública de Nueva York, como parte de la primera exhibición pública de los archivos personales de Salinger”.

martes, 8 de diciembre de 2015

La madre, la abuela


Hay vidas que habitan en uno, nos forjaron y se constituyen en referentes hasta el último día de nuestra existencia.  Es así como todos los caminos (aromas, sabores, fotos, canciones, lugares, preferencias, películas, aversiones, anécdotas…) llevan a las madres.
En el libro Volverás (México, Fundación Rafael Preciado Hernández, A.C., 2003), Carlos Castillo Peraza comparte con su hijo emociones y recuerdos familiares que se sitúan entre Tabasco y Yucatán. En ese contexto llega el momento de evocar a su madre
Era infatigable. Atendía a la familia, aceptaba encargos, enseñaba a rezar, declamaba en el grupo de damas de la Santa Cruz, asumía la dirección de las kermeses del colegio, actuaba en obras de teatro, promovía las cajas populares, escribía cartas (…)
Como las necesidades eran muchas y las posibilidades económicas escasas, no quedaba de otra más que hacer esos milagros cotidianos que son habituales en la vida de tantas mujeres.
Tu abuela completaba los ingresos domésticos cosiendo vestidos, urdiendo frivolité con el que adornaba servilletas, pañuelos, mantillas y manteles de estilo antiguo para amigas tabasqueñas de cuño nuevo. (…)
Encontraba el modo de comprarnos juguetes en Navidad y de festejarnos el día del santo. Pedía prestado para que estrenáramos. Dibujaba flores a lápiz. Se hacía su propia ropa y guisaba para fiestas ajenas allá [Tabasco]. Dirigió aquí [Mérida] una escuela.
Sus muchas responsabilidades no fueron suficientes para impedir su cercanía fraterna con quien lo necesitara, dándose tiempo para visitar enfermos. Carlos Castillo Peraza siempre supo que a su madre “le dolían los dolores de todos.
Al paso de los años, y con la independencia económica de los hijos, llegó el momento de retomar pendientes. “Obtuvo su título de Odontóloga después de cumplir cincuenticinco años, ante un sínodo conformado por viejos compañeros que se habían graduado a tiempo.
Agradeció la salud y convivió con la enfermedad. Tú la disfrutaste sana. También la sufriste enferma.” Pero tal como era de esperar “nunca bajó la guardia.  
Al evocar a su madre -en estas notas compartidas con su hijo- el reconocido político no omite referirse a sus defectos.
Cuando vuelvas, encontrarás a los que fueron sus ahijados o sus alumnos. Te hablarán de ella. De sus manías y de sus obsesiones, de sus extremos y de sus mañas, de su eventual incapacidad de perdonar, de sus trucos para salirse con la suya. Te dirán también de sus virtudes que fueron más que sus defectos.
Pero eso sí, Carlos Castillo Peraza sabe que en este tema no puede ni quiere ser objetivo.
Qué quieres. No puedo ser imparcial. Como algún día escribió Camus, “entre mi madre y la justicia, mi madre”. O con el Pemán cuyos poemas admiras: “Yo madre, de tu partido; yo contigo frente a todos”.

jueves, 10 de enero de 2013

Madres coraje


Muchos son los testimonios de madres que amorosamente asumieron sus responsabilidades hasta el final de su vida y en situaciones muy adversas.

En la Segunda Guerra Mundial los judíos italianos fueron los últimos en ser conducidos a los campos de exterminio. Esta escena tuvo lugar en enero de 1944 en la víspera de abordar el tren sin retorno y Primo Levi, citado por Mauricio Rosencof, da cuenta de ello.
                                              
Y llegó la noche, y fue una noche tal que se sabía que los ojos humanos no habrían podido contemplarla y sobrevivir. Todos se dieron cuenta de ello, ninguno de los guardianes, ni italianos ni alemanes, tuvo ánimo de venir a ver lo que hacen los hombres cuando saben que tienen que morir.
Cada uno se despidió de la vida del modo que le era más propio. Unos rezaron, otros bebieron desmesuradamente, otros se embriagaron con su última pasión nefanda. Pero las madres velaron para preparar con amoroso cuidado la comida para el viaje, y lavaron a los niños e hicieron el equipaje, y al amanecer las alambradas espinosas estaban llenas de ropa interior infantil puesta a secar, y no se olvidaron de los pañales, los juguetes, las almohadas, ni de ninguna de las cien pequeñas cosas que conocen tan bien y de las que los niños siempre tienen necesidad. ¿No haríais igual vosotros? Si fuesen a mataros mañana con vuestro hijo ¿no le daríais de comer hoy?

Marcos Ana (cuyo nombre original es Fernando Macarro Castillo) luchó con el bando republicano durante la guerra civil española. Fue detenido en 1939 y permaneció encarcelado hasta 1961, un total de 23 años de prisión ininterrumpida. En su libro Decidme cómo es un árbol. Memoria de la prisión y la vida rememora diversos momentos de su cautiverio. Entre los pasajes más sobrecogedores se encuentran aquellos en que alude a su madre.
Mi madre. A veces cuando volvíamos de los interrogatorios, tullidos y esposados, pasábamos por delante de una fila de familiares que aguardaban en un pasillo para entregarnos ropa o a pedir información sobre los detenidos. Pero los verdugos ni se inmutaban, pasaban sonrientes, exhibiendo su crueldad. Nada les importaba.
Tras una de las sesiones, cuando acababan de torturarme y me devolvían a mi “apartamento” con las manos esposadas a la espalda y la sangre fresca todavía, descubrí a mi pobre madre, menuda y pequeña, arrebujada en su toquilla oscura, con su eterno pañuelo negro sobre la cabeza. Estaba esperando junto a otros familiares, para entregarme un pequeño paquete de comida.
Al verme llegar, al reconocerme y ver lo que habían hecho conmigo, echó a correr y de rodillas se abrazó a las piernas de uno de los policías llorando.
-Por favor, por favor, tengan piedad, están matando a mi hijo, me lo están matando -repetía.
-Levántese, madre -sólo pude decir, con el corazón destrozado.
Con los pies la empujaron y se la quitaron de encima y allí quedó llorando, tirada en el suelo... Esa escena, que no olvidé nunca, fue más cruel y más insufrible que todos los martirios.

Más allá de la edad y las circunstancias en que se encuentren sus hijos, hay madres que allí están acompañando hasta límites inverosímiles. Nuevamente recurrimos a la evocación de Marcos Ana.
Cuando en 1940 pasé unos meses en la cárcel de Alcalá de Henares, donde vivía mi familia, me llevaban un poco de comida diariamente; unas patatas viudas, unas lentejas, algunas cebollas cocidas, lo que era posible en aquella época donde nuestras familias carecían de todo. Un día empezó a ocurrir algo sorprendente en mi paquete. Un plátano mordido en una esquina, una tortilla francesa a la que visiblemente habían arrancado un pequeño trozo, parte de un muslito de pollo, unos gajos de naranja... Se lo comenté a mi hermana que sospechó inmediatamente lo que ocurría. Mi madre estaba muy enferma y hacían un esfuerzo para atenderla con una alimentación especial. Cuando la familia se reunía para comer, mi madre disimuladamente daba un pequeño bocado a su comida y en un descuido por debajo de la mesa, lo ocultaba en su faltriquera. Después, cuando confeccionaban el paquete, mi madre se las arreglaba, sin que mi hermana lo viera, para introducir aquella comida, ligeramente mutilada, para su hijo encarcelado. Triste madre mía. No puedo olvidar su imagen. Vestida de negro, con un pañuelo oscuro sobre su cabeza, sollozando, agarrándose con sus manos temblorosas a las rejas del locutorio.
Como un homenaje a su padre (quien fuera asesinado en el transcurso de la guerra civil) y a su madre, fue que Fernando Macarro Castillo devino en Marcos Ana, tal como él mismo lo señala: “los dos van conmigo en mi corazón y unidos en mi nombre”.