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martes, 17 de junio de 2025

Deseo incumplido

 

En algún momento de su vida Giovanni Papini hubiera querido ser escéptico, pero guiándonos por su testimonio queda claro que no lo logró. La persistencia de la duda y el derecho a la incertidumbre le impidieron llegar a ese resguardo.

¿Escéptico yo? No, desgraciadamente. Ni siquiera soy un escéptico. El escéptico es un hombre afortunado: posee una fe, la fe en la imposibilidad de la certeza.

Puede vivir tranquilo, y, si se le antoja, dogmático. Pero yo no. Yo ni siquiera creo en la vanidad de cualquier búsqueda, y ni siquiera estoy seguro de la inexistencia de la certeza. Entre las cosas posibles también está ésta: que la verdad se encuentre y que alguien la posea.

Porque finalmente se pregunta: “¿Qué quiere decir que yo no la haya encontrado y que yo no la posea?”

martes, 27 de mayo de 2025

Espacios de rebeldía

 

Sobran motivos para resistir ante tantas situaciones del mundo en que vivimos. Seguramente esta afirmación no es exclusiva de nuestro tiempo, pero en él adquiere carácter de urgencia.

Claro que existen quienes aceptan o se resignan a diversas realidades; principalmente por cuestión de privilegios o desconocimiento. Como lo decía Giovanni Papini: “(…) no hay señal más cierta de un espíritu mezquino que sentirse satisfecho de todo.”

Hace ya algunos ayeres Demócrito había dejado la advertencia: “(…) me río del hombre, lleno de estupidez (…) [que] se esfuerza por poseer cada vez más para ser cada vez menos.” Tal vez a ellos aludía León Tólstoi: “Algunas personas pasan por nuestra vida para enseñarnos a no ser como ellas.”

Y entonces se trata de resistir, de rebelarse.

Los caminos para hacerlo son muchos y no faltan las polémicas a ese respecto.

En esta ocasión no entramos en ello; nos limitamos a convocar a dos mujeres que dejaron huella en este terreno.

Es el caso de Anne Dufourmantelle  

(…) Porque el recurso interior pasa por la revuelta y la resistencia; suerte de ascesis anti-consumista, es una capacidad de entrar en resonancia con el mundo sin dejarse captar.

Así es como engañaremos esta soledad para ir a buscar una piel nueva, una mirada diferente que nos diga quiénes somos, liberándonos al mismo tiempo de ese lastre de ser uno mismo, aunque sea brevemente, incluso por un fragmento de noche.

Por su parte Doris Lessing conoció del enorme esfuerzo personal de ser rebelde, así como del sentido de intentarlo.

Ser rebelde lleva la vida entera,

borrarte los privilegios de la piel,

inscribirte en la soledad del desacuerdo,

dejar atrás a los usurpadores....

No hay premio a una rebelde

más allá de poder regar sus flores en el tiempo que apropia,

salir a dar de comer a las aves una mañana donde el capital devora, sonreír con los dientes maltrechos ante la desventura del desayuno, ser indigente en la casa que nadie sueña.

Las rebeldes saben de qué están hechos los premios,

rechazan los mendrugos que lanza la mano del opresor.

Una rebelde tiene como único premio la vida, porque de ella nadie se apropia, en ella nadie la usurpa,

porque es la única tierra propia de cada rincón donde duerme.

Su rebeldía alcanza siempre a cobijar el desánimo del progreso

y si de paso una rebelde tiene la alegría en soledad, ha vencido al mundo.

sábado, 26 de agosto de 2023

Nominaciones y anonimato

 

Hay quienes por muy distintas circunstancias deciden permanecer en el anonimato. Las razones son muchas y entre ellas podemos identificar la de salvar el pellejo, cobardía, estrategia publicitaria, pánico escénico, etc.

Pero están aquellos que han sido y son condenados al anonimato. Hay expresiones que aluden a ellos como nadies, ninguneados, invisibles… En este caso también es posible enunciar algunos motivos: personas en cuya vida nadie se ha detenido, que realizan obras a las que no se otorga reconocimiento alguno, no faltan nombres que se han querido borrar de la Historia, etc.

Los repartos de honores nunca son inocentes por lo que las paradojas quedan a la vista de todos. Así pues enormes aportes pasaron desapercibidos permaneciendo en el anonimato; mientras que en algunos casos se conceden oropeles, aclamaciones y placas con nombres en gran tamaño para lo que no debió ser (en este mismos espacio nos referimos en una ocasión al afán de inauguracionismo https://habladuriacronicasdelocotidiano.blogspot.com/2014/06/inauguracionismo.html)

Como no podía ser de otra manera el ámbito de la cultura no es ajeno a esta cuestión, tal como lo pone de manifiesto Giovanni Papini.

Y quisiera creer que los mejores, entre nosotros, son los absolutamente desconocidos; no aquellos que asomáronse y renunciaron sino los que supieron ocultarse heroicamente en el anónimo, y a los que no es posible reconocer ni conocer.

Los más grandes poetas, los más certeros filósofos, los artistas menos imperfectos hállanse entre los desconocidos que pasan a nuestro lado por la calle, y que no figuran más que en el registro civil, ignorados en su verdadero ser incluso por los que todos los días comen con ellos, en la misma mesa.

Así es como, según Papini, es posible encontrarnos con “(…) un alma que no quiere perder la posesión de las estrellas por ir detrás de unas lentejuelas de carnaval.”

Aun cuando se han venido presentando cambios de consideración, la Historia continúa siendo muy arbitraria en sus modos de escribirse y llegados a este punto conviene evocar el conocido texto de Bertolt Brecht “Preguntas de un obrero que lee”   

¿Quién construyó Tebas, la de las siete Puertas?

En los libros aparecen los nombres de los reyes.

¿Arrastraron los reyes los bloques de piedra?

Y Babilonia, destruida tantas veces,

¿quién la volvió siempre a construir?

¿En qué casas

de la dorada Lima vivían los constructores?

¿A dónde fueron los albañiles la noche en que fue terminada la Muralla China?

La gran Roma

está llena de arcos de triunfo. ¿Quién los erigió?

¿Sobre quiénes

triunfaron los Césares?

¿Es que Bizancio, la tan cantada,

sólo tenía palacios para sus habitantes?

Hasta en la

legendaria Atlántida,

la noche en que el mar se la tragaba, los que se hundían,

gritaban llamando a sus esclavos.

El joven Alejandro conquistó la India.

¿Él solo?

César derrotó a los galos.

¿No llevaba siquiera cocinero?

Felipe de España lloró cuando su flota

Fue hundida. ¿No lloró nadie más?

Federico II venció en la Guerra de los Siete Años

¿Quién

venció además de él?

Cada página una victoria.

¿Quién cocinó el banquete de la victoria?

Cada diez años un gran hombre.

¿Quién pagó los gastos?

Tantas historias.

Tantas preguntas.


lunes, 31 de julio de 2023

Porque hay de máscaras a máscaras

 

En tanto objetos son valoradas y consideradas un buen detalle en la decoración de casas, departamentos, oficinas, consultorios… Existen grandes colecciones de ellas, hay quienes dedicaron mucho tiempo y recursos para adquirirlas en lugares remotos. Las máscaras están asociadas a las artesanías, así como a la historia y tradición de distintos pueblos.

Michel Tournier afirma que una máscara “es un rostro muerto, fijado en una única expresión”; no deja de ser paradójico que detrás de ellas haya tanta vida.

Presentes en el ayer, en el hoy y -a darlo por hecho- en el mañana.

A lo largo de un día cualquiera, innumerables son las que portamos mientras desempeñamos nuestras actividades cotidianas; Leila Guerriero se ofrece de ejemplo en un artículo precisamente titulado “Máscaras”.  

Esa soy yo jugando con dos gatas. Esa soy yo cenando con tres amigos y riéndome como un lobo. Esa soy yo leyendo el Tao (“todo ascenso degrada pues nos agita lograrlo y nos agita perderlo”). Esa soy yo un martes, mirando un partido del Mundial. Esa soy yo bromeando con el verdulero acerca de la horrible calidad de las papayas que me vende. Esa soy yo hablando con el carnicero que se recupera de un accidente (se golpeó la cabeza, la mitad del cuerpo le quedó paralizada, su mujer y su hijo manejan la carnicería desde enero). Esa soy yo amasando pan, preparando rouille de pimientos rojos, metiendo un pescado en el horno. Esa soy yo en el barrio chino comprando panko. Esa soy yo llevando en brazos a la hija recién nacida de unos amigos. Esa soy yo poniendo naftalina y lavanda en los placares. Esa soy yo dando una clase de tres horas un lunes por la noche. Esa soy yo respondiendo una entrevista por Skype. Esa soy yo recibiendo a un plomero y, después, al hombre de DHL. Esa soy yo viajando hacia un penal de la provincia, y esa soy yo de pie en el patio del penal conversando con dos presos durante horas. Esa soy yo en una casa enorme y lujosa de un barrio privado. Esa soy yo haciendo abdominales sobre el piso de granito. Esa soy yo arrancando tréboles de las macetas del balcón. Esa soy yo cortando la primera orquídea del año, poniéndola en un florero, olvidándola un segundo después. Esa soy yo leyendo un libro de poemas de Charles Simic. Esa soy yo respondiendo correos electrónicos. Esa soy yo escuchando el concierto número 21 de Mozart en el teatro Colón. Esa soy yo en un bar de moda donde sirven tragos en frascos de mayonesa. Esa soy yo en un avión, mirando una película. ¿Verdad que no parezco una mujer que esté preguntándose, a cada paso, todo esto para qué? No deja de ser asombroso.

Pero cuando la máscara se vuelve imagen o metáfora, la cosa cambia y suele adquirir un significado cercano al de la impostura, y en ese sentido para Giovanni Papini: “Todo el talento de ciertos hombres se reduce al arte de hacer creer que poseen todos aquellos talentos que no tienen”.

Papini da a entender que no es ajeno a la cuestión: “Las cáscaras, las cortezas, las envolturas, las máscaras son -lo sé, lo sé muy bien también yo- nada más que cáscaras, cortezas, envolturas y máscaras. No soy nada más, nada más sustancial, más íntimo.” Y ello queda de manifiesto en la propia obra de los autores.

Las manifestaciones para uso de los demás, los vehículos de estas embajadas espirituales -las palabras, palabras habladas, palabras escritas; las hojas con palabras impresas; las hojas con grabados; las hojas que aparecen de vez en cuando; las hojas que se aprisionan en un volumen para formar el opúsculo, el libro, la obra-, no son más que tentativas, tanteos, respiraderos, murmullos: lenguas que se forman, que comienzan, que pocos entienden, que nadie quiere estudiar.

Concluye Papini que siempre se descubre lo que está detrás de las máscaras. “Las cáscaras caen, las envolturas se despojan, las máscaras desaparecen, y lo que queda es el concepto, el esqueleto interno e indestructible de la verdad. Cuanto lo reviste es insustancial, variable, transitorio.”

martes, 3 de mayo de 2022

Felicidad en la desdicha

 

Tal vez conocemos a alguien de esta especie (para el caso que tengamos la suerte de no formar parte de ella): aun cuando es difícil de comprender existen quienes encuentran dicha en la desdicha; felicidad en la infelicidad.

Giovanni Papini se detuvo en ellos.

Parece imposible

Y, sin embargo, he conocido criaturas humanas –especialmente mujeres- que sufrían terriblemente por falta de preocupaciones y sinsabores. La tristeza y la congoja constituían su clima natural y no hallaban sosiego hasta que no llegaba algún mal a ocuparlas, a preocuparlas, y, casi diría, a distraerlas. Cada desgracia era, para aquellos seres singulares, una gracia y se las veía cultivar amorosamente la desdicha como nosotros cultivamos la amistad y el genio.

Las preguntas son muchas, ¿qué tanto incide en ellas lo genético?, ¿o el entorno en que fueron educadas?, ¿o los acontecimientos que debieron enfrentar y marcaron su vida?

Cuestiones que intentan responder los especialistas. Lo cierto es que al decir de Wislawa Szymborska: Siempre hay personas que solo se sienten felices cuando son infelices.”

martes, 13 de abril de 2021

Momentos de la vida

 

Las diferencias generacionales, manifestadas en formas más o menos violentas, constituyen una constante de la vida. No falta razón al antiguo proverbio árabe cuando advierte que los hombres se parecen más a su tiempo que a sus padres.

Giovanni Papini subraya el papel que en este contexto ocupa la moda, lo novedoso.

Los modernos buscan, aun en el orden intelectual, la variación, la novedad; quieren con frecuencia modas nuevas, caras nuevas; van a oleadas, por tendencias y modas pasajeras. (…) A lo mejor los nuevos protagonistas no valen lo que los viejos, pero no importa: tienen sobre los viejos el inmenso privilegio de no ser los de siempre, las sólitas fisonomías, las conocidas voces, las hechuras sabidas de memoria, las imágenes ya familiares a los sentidos y al entendimiento.

No es posible desconocer este antagonismo que, prosigue Papini, forma parte del enfrentamiento generacional.

Hay una guerra perpetua entre padres, hijos y nietos, aun en el mundo de las palabras impresas; la manera más fácil y más natural de tener o aparentar tener personalidad es, para un joven, la de contraponerse a los que le han precedido, la de ser o la de querer ser distinto que ellos, por lo tanto la de renegarlos, la de combatirlos.

Ante la frecuente descalificación que hacen los mayores -al mismo tiempo que se sitúan en el papel de víctimas- en relación a los jóvenes, Giovanni Papini propone un sensato exhorto: “Nosotros mismos hemos hecho lo propio y no tenemos derecho a maravillarnos de que nos toque ocupar a nuestra vez el sitio del blanco y no el de los tiradores.”

Así, a la clásica distinción de los tiempos de la vida, podríamos agregar que hay tiempos para ser tirador y también para convertirse en el blanco preferido.

miércoles, 29 de enero de 2020

Cuando el escritor quiere pasar a la acción


Hay momentos en la vida de algunos escritores que sienten cierta insatisfacción por lo que perciben como su falta de acción. Así, aparece el cansancio por la soledad de su labor, por limitarse a emitir opiniones y juicios acerca de los demás, por ver las cosas de fuera, por existir en el entorno de la teoría; en definitiva, por no jugársela más.

Algo de esto le sucedió a Giovanni Papini.

El saber no me bastaba ya; quería actuar. No me satisfacía plenamente escribir; quería proyectar mi voluntad en las cosas y en los espíritus. Ansiaba salir de esta contemplación sin límites, de este desgranar palabras y conceptos sin vida, de estos fuegos de artificio de efímeras ideologías, de cohetes paradójicos y de  girándulas fantásticas. Estaba harto de permanecer a la expectativa, de comentar  y de juzgar lo que hacen los demás; de criticar y destruir solamente. El mundo puramente cerebral, vertebral y de papel en que me debatía se me aparecía árido y sin esperanza. Era preciso emprender alguna empresa más amplia, más fecunda, más concreta.

Para Papini había mucho de pasividad en su dedicación de tiempo completo a la lectura y la escritura. Quería pasar a la acción, sin embargo no le convencía cualquier tipo de activismo.

Pero no para  lanzarme en la vida primordial y animal de todo el mundo, en los negocios habituales, en las tareas ordinarias, en la acción que se reduce a una  fiera repetición, en la lucha que no es más que la lucha por el pan y por el techo, por el dinero, por la mujer y por la autoridad. 

¿Por dónde siguió su vida?, ¿qué tipo de acciones decidió emprender?, ¿llegó a ese mayor compromiso que tanto anhelaba?

lunes, 25 de noviembre de 2019

La difícil relación con la realidad


Claro está que uno no puede hablar por todos, lo que sería de una soberbia descomunal. Sin embargo, hay situaciones que podría suponerse que de una u otra manera son generales y nadie se salva de ellas.
Ejemplo de ello es el vínculo con la realidad, señora con la que hay que conducirse con sumo cuidado: si le damos la espalda, mala cosa; pero si terminamos aceptándola plenamente y renunciando a nuestros sueños, peor.
Esto viene a cuento por un breve texto de Giovanni Papini en el que evocando sus días de juventud comenta los serios problemas que tuvo con la realidad. 
En aquel tiempo yo sentí intenso disgusto por la realidad. No aprobaba ni aceptaba el mundo tal como era. Mi actitud era de despecho y orgullo, como la de un Capaneo confinado a un infierno terrenal. Y tendía a negar la realidad, a negar las manifestaciones de la realidad, a despreciar las reglas de la vida real, y a convertirme, a mi modo, en algo distinto y más perfecto. 
Los sueños de juventud poco tienen que ver con los estrechos límites que ofrece la realidad y suele acontecer que uno no esté dispuesto a ceder ante ella; continúa Papini
No aceptaba la realidad. No existen palabras más ásperas para expresar mis náuseas del mundo físico, humano, racional, que me oprimía y que no me proporcionaba suficiente aire y espacio para mis alas inquietas. Pero no son las que yo desearía: no dicen, no expresan todo. Yo no quería aquella realidad, porque ansiaba otra -más pura, más perfecta, más angelical, más divina-, e iba ingeniándomelas fatigosamente para que el ansiado mundo espiritual y armonioso   naciera semejante a la imagen que en mi cerebro se había forjado. Yo no aceptaba  la realidad común,  superficial, porque  quería una realidad  mejor,  más verdadera, más profunda; maldecía el pasado y maldecía el presente, para  aspirar y desear un futuro más digno y milagroso.
¿Qué sucedió con Giovanni Papini a lo largo de su vida? ¿Mantuvo con altivez su rebeldía juvenil o terminó negociando con ella? ¿Negoció con decoro manteniendo sus principios o renunció a ellos al considerarlos ardores de juventud?                                                                           

jueves, 6 de julio de 2017

Manifiesto contra el ingenio


Desde siempre supuse que decir “es ingenioso” era una forma de halagar a la persona de que se tratara. Pero después de leer a Giovanni Papini tal creencia queda en pausa (por no decir que bajo sospecha). Veamos sus argumentos.

Me dicen los hombres que me rodean que tengo ingenio, y estos buenos amigos creen que así me hacen un gran honor y me colman de placer. Alguno hasta llega a decir que tengo mucho ingenio, un gran ingenio; y precisamente son aquellos  que creen quererme más y gozar de mayor intimidad.

Ante ello la reacción de Papini no se hace esperar y contraataca frente a las “garzas de mal augurio”.

¿No habéis advertido, garzas de mal augurio, que el ingenio es la mercancía más corriente que se encuentra en las ferias de los hombres? ¡Especialmente en Italia!  Vamos a ver: contestadme si os place. ¿Quién carece de ingenio en este dichoso  país, bendecido de los dioses? Si lográis traer a mi presencia uno solo, os lo pagaré a peso de oro. El ingenio, idiotas míos, corre por las calles, llena las casas,  inunda los libros, fluye de todas las bocas, rebosa en todas las tabernas.                             
-¡Vaya muchacho de ingenio! Lástima que no tenga ganas de hacer nada.
-Aquel tipo es de cuidado, pero ¡qué ingenio!
-Ese individuo no dice más que barbaridades, de acuerdo. Pero no se puede  negar que posee mucho  ingenio.
Éstas son las conversaciones que se oyen diariamente en Italia en todas las aceras, en todas las casas y en todos los cafés donde se reúnen los llamados  intelectuales.
Quien logra poner de moda un baile o una canción, con melodía simpática y  versos  pasables,  tiene  ingenio. Tiene ingenio quien sabe pintar a la acuarela  unas florecillas que parecen de verdad. Tiene ingenio quien toca con garbo el piano ante un Beethoven de yeso. Tiene ingenio quien sabe describir con  elegancia sentimental los estragos de un terremoto. Tienen ingenio hasta quienes podan los castaños de Indias; y tienen ingenio quienes disfrutan de la inteligencia ajena, convirtiendo en humo a un mismo tiempo las ideas y los habanos.      
                                                                      
Con vehemencia Giovanni Papini continúa exponiendo sus puntos de vista. “Os lo pregunto otra vez: ¿Quién carece de ingenio entre nosotros? Hasta quienes nada tienen tienen ingenio.” Y si todas las personas (con su habitual dejo de ironía remarca: “hasta los políticos… hasta los periodistas…”) tienen ingenio entonces no ve en ello ningún mérito propio. “Quede bien sentado de una vez para siempre: quien me dice que tengo ingenio me ofende. Y quien me dice que soy un hombre de ingenio me aflige.” Pero allí no concluyen las razones y Papini sigue con su diatriba contra el ingenio.

Yo maldigo vuestro ingenio y lo arrojo con los diarios en las letrinas. (…) El ingenio es la forma superior de inteligencia que todos pueden  comprender, apreciar y querer. El ingenio es aquella mezcla sabrosa de facilidad, búsqueda, espíritu, lugares comunes rejuvenecidos, frases agudas que tanto  gustan a las señoras, a los catedráticos, a los abogados, a los hombres de  mundo, a las personas cultas, en suma, a cuantos son mitad y mitad, a quienes  están entre cielo y tierra, entre el paraíso y el infierno, alejados por un igual de la bestialidad profunda y del genio sublime.

En síntesis, para Papini “el ingenio no es más que el grado sublime de la mediocridad”. Y con ello no alcanza.

martes, 11 de abril de 2017

Regreso al origen


Quienes por diversas razones abandonan el lugar en que nacieron suelen llevar consigo algo que les recuerde su casa; Giovanni Papini no fue la excepción.
Al principio era tal el gusto del hallazgo que tenía necesidad de llevar a casa  algún trozo de este país fraternal y paterno, que reconocía y amaba cada día más: una piedra puntiaguda como una  montaña, una agalla arrancada de alguna hoja de encina, una bellota lisa y torneada, un manojo de flores del campo, una baya de ciprés, una espiga de maíz. Todas estas minucias, pobres, sencillas, toscas,  inútiles, sin valor, me producían  un placer infantil; las sentía muy cerca de mí, símbolo de mi tierra y de su tradición.
Para algunos con ello no basta y los habita una nostalgia que huele a raíces. Es entonces cuando -tal como lo refiere Papini- “los médicos prescriben a veces a ciertos enfermos los aires nativos”.
Como de esa pena de ausencia sufría el escritor, emprendió el camino de regreso. “Afortunadamente el convaleciente que soy yo ha vuelto a llenar sus pulmones del aire del terruño y se ha sentido saludablemente mejorado.” En tanto hijo agradecido con su tierra declara: “(…) soy un hombre nacido en la Toscana, entre toscanos, entre paisajes y valores toscanos; un hombre nacido en la Toscana en 1881 (…) Soy toscano, no sólo italiano. La verdadera patria no es el reino o la república a que pertenecemos. Italia es demasiado grande para cualquier italiano: la patria genuina ha de ser forzosamente pequeña.”
No cabe duda que el tratamiento recetado a Papini resultó ser el más adecuado para aliviar sus dolencias.
En este cerro rocoso, donde el viento no halla descanso, mi espíritu ha encontrado  la calma y se ha descubierto a sí mismo. (…) bajo este cielo verdaderamente celeste, transparente y delicado hasta cuando está cubierto de nubes, he  aspirado de nuevo el olor verdadero de la tierra, he sentido el gusto del aire, el sabor del pan, el calor preciso de los sarmientos y las fajinas al arder. La vida me ha reconquistado poco a poco con la belleza de su sencillez. Me he vuelto niño y primitivo, salvaje y  agreste. Me he ligado de nuevo a mis padres, campesinos de toda la vida, a los buenos aldeanos, que cuidaron vacas y segaron trigo por estas  tierras. Me he reconciliado con la vieja familia. A este hijo pródigo que se ha sentado en todos los banquetes intelectuales de Europa, la casa solariega le ha preparado un rincón, junto al hogar ennegrecido por el humo, junto a la mesa de abeto que sabe de amarillas polentas, jamones curados y panecillos recién sacados del horno.
Todo se me apareció como si lo viese por vez primera, y mi alma se empapó de cosas que parecían nuevas, pero cuyo marco apropiado ya existía anteriormente.
Con su regreso a la Toscana, Giovanni Papini inicia un camino que lo lleva a reencontrarse consigo mismo, tal como lo manifiesta en forma contundente.
(…) quiero permanecer fiel a esta gran Toscana reencontrada, puesto que para rehacerme a mí mismo he debido comenzar desde el mismo momento en que nací.
Primero yo era cual relicario en que todo el mundo permanece. Después me encontré solo y sin vida. Para recobrar las fuerzas he debido asir el pedazo de mundo que más próximo y afín tenía. Ahora que de nuevo mamé en los pechos de mi primera madre, y he vuelto a oír su voz, ahora que siento el cuerpo fortalecido y la lengua más suelta, puedo reemprender el camino hacia mi verdadero destino.
Así las cosas, hay quienes salen para encontrarse y quienes regresan con el mismo fin. Caminos que van y vienen.

jueves, 11 de agosto de 2016

¿Cómo? ¿Todo está aquí? ¿Y luego?


En un momento de su trayectoria Giovanni Papini consideró que el reconocimiento obtenido por su labor intelectual era poco, que siempre le quedaban a deber. Así lo que para otros podría haber significado el techo, para él tan sólo era el piso. “Cuando hube conquistado con la actividad caprichosa y temeraria de tres o cuatro años lo que para otro cualquiera -para muchos- hubiera parecido una meta y una victoria -tener un nombre, ser leído, discutido, imitado, temido-, sentí más profundamente aún que antes un vergonzoso vacío en mi interior.”
Y no ocultaba su insatisfacción.
¿Cómo? ¿Todo está aquí? ¿Esto solamente es el fin definitivo de mis días y de mis noches de fatiga, la conclusión de mis esfuerzos tentaculados hacia una  luz menos terrenal, el resultado único y definitivo de toda mi juventud, de todos los ardores y furores de una juventud concentrada durante largos años, y llameante de pronto como un fuego alegre en la montaña? ¿Solamente esto? ¿Nada más que esto? Ver impreso el propio nombre, repetidas las propias palabras, reproducido el rostro propio, pregonadas las ideas más queridas, arrojadas  para pasto de cualquiera las confesiones más recónditas y los más inoportunos   entusiasmos. ¿Y luego? Tener alrededor algunas monas que imitan tus gestos y cualquier papagayo que recita tus frases; descubrir libros con tu nombre en la cubierta, artículos en cuyo final aparece estampada tu firma; oír que la gente habla de ti sin conocerte, que te desprecia o te envidia y ni siquiera sabe aplastarte.  Llegar a ser un autor, un autor conocido, apreciado quizá, buscado por los directores de los diarios, deseado por los editores, perseguido por los críticos y por los censores de oficio, traducido a otros idiomas, candidato a la honesta celebridad de los cuarenta años.
Todo eso estaba muy lejos de colmar su deseo de trascendencia, le desagradaba convertirse en un simple fabricante y vendedor más o menos afortunado de palabras y de pensamientos; ni aunque ello lo condujera al Nobel.
¿Y luego? Comenzaba  a lograr todo esto y sentía que no me bastaba, que no me habría bastado jamás. ¿Qué me importaba ser o llegar a ser un  filósofo “brillante”, un escritor “muy conocido en el mundo  literario”, un fabricante y vendedor más o menos afortunado de palabras y de pensamientos? ¿Dónde  iba  a  acabar?  Poco  se requería para saberlo. Aun mirando adelante con toda la locura permitida a los mediocres, sólo veía esto: mis obras impresas en Tréveris, profesor de la universidad, académico, y finalmente, siendo ya un viejo decrépito y alelado, conseguir el premio Nobel…
Reconocía que lo suyo no era ambición ni vanidad, sino lo que identificaba como soberbia del mejor estilo. “¡Y nada  más! Yo sentía haber nacido para otras cosas, anhelar otros fines. No era ambición, no era vanidad, sino soberbia, soberbia del mejor estilo, soberbia diabólica, soberbia divina.”
No fue el único pero sí un destacado exponente de quienes creyeron en el poder de redención del trabajo intelectual.
Quería ser verdaderamente grande, épico, inconmensurable; quería lograr algo gigantesco, inaudito, que cambiase la faz de la tierra  y el corazón de los hombres. (…)
Necesidad  antigua y continua de ser jefe, guía, centro; pero especialmente inquietante en aquel tiempo de subidas y de deseos animosos. Lo confieso: no me importaba gran cosa el porqué, sino que los ojos de todo el mundo estuvieran clavados en mí -¡al  menos un momento!-  y que los labios de todos repitieran mi nombre.
Fundador de una escuela, iniciador de una secta, profeta de una religión, descubridor de teorías y de admirables ingenios, capitán de un nuevo partido,  redentor de almas, autor de un libro de cien ediciones, maestro de un cenáculo: cualquier cosa, pero siempre el primero, el más célebre, el más grande en algo.
Ser uno de aquellos que dan el nombre a una idea, a una multitud de hombres;  que revelan una verdad nueva, imprevista, valiente; de aquellos que todo el mundo debe conocer y juzgar; a quien se debe un capítulo, un párrafo en las historias, y que poseen su propio dominio, su campo aparte, su bandera reconocida.
No me importaba el porqué, no me importaba el cómo; pero no quería permanecer aparte, en segunda o tercera fila, entre las personas sencillamente interesantes, sencillamente curiosas y cultas e inteligentes. Incluso una necedad, incluso una locura; ser el inventor de esta necedad, el héroe de esta locura.
Todo esto escribió Giovanni Papini en un artículo al que –como no podía ser de otra manera- tituló: “La misión”.