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martes, 21 de julio de 2020

Reincidentes


No cabe duda de que este sí es amor del bueno y que Bill no tuvo titubeó a la hora de identificar por segunda vez a su media naranja. Una nota de prensa de agosto de 2019 da cuenta del suceso.

La historia de Bill y Anne Duncan ha emocionado a los británicos. No es para menos. Este romance tiene todos los ingredientes para tocar la fibra sensible de cualquiera. Bill, diagnosticado con una demencia en 2010, pidió de nuevo matrimonio a su mujer Anne, convencido de que ella era su nueva novia. La pareja se ha casado de nuevo rodeados de familia y amigos en una ceremonia sencilla en el jardín de su casa de Aberdeen (Escocia).
Según publica The Sunday Times, la pareja lleva 18 años de relación y 12 años casada, aunque Bill ya no recuerda nada de su romance ni de su primera boda con Anne. Sin embargo, Bill, de 71 años, ha querido volver a casarse sin saberlo con la misma persona a la que juró amor eterno hace más de una década.

Esta renovada solicitud de Bill fue aceptada por Anne, lo que dio lugar a una insólita situación.

Anne Duncan ha explicado al Times que cuando su marido le pidió matrimonio de nuevo no le dio demasiada importancia, pero que se lo empezó a tomar más en serio al ver que cada día insistía en el tema de la boda y volvía a repetirle que quería casarse con ella.
“Acudimos a una boda de un familiar a principios de mes y claramente emocionó a Bill. Después de la boda no paraba de decirme que quería estar conmigo para siempre. Finalmente accedí y nos casamos, 12 años después de nuestra primera boda, el pasado 17 de agosto”, ha explicado Anne.
Numerosos amigos y familiares ayudaron a la pareja a organizar la ceremonia. Algunos amigos decoraron el jardín, otros prepararon comida y una tarta nupcial y la hija de Anne convenció a su madre para que se comprara un vestido blanco. “La ceremonia fue muy emocionante. Me siento muy feliz de saber que, a pesar de tantos años luchando contra su demencia, todavía me quiere. Bill es un hombre extraordinario que ha llenado de alegría la vida de mucha gente con su carrera en el mundo del entretenimiento. A mí me encanta saber que seguirá llenado de alegría la mía también”, ha declarado Anne al Times. Bill tenía un conocido show de magia en el canal de televisión escocés Grampian TV en los años 90.

Concluye la nota subrayando que este tipo de noticias son necesaria en entornos tan problemáticos como los que se viven.

La historia ha conmovido a muchos lectores de la prensa británica. En The Sunday Times algunos usuarios han mostrado su entusiasmo por este tipo de historias. “Menos mal un poco de positividad entre tanto Brexit y tanta guerra”, decía un lector. “Vaya ejemplo de esperanza y felicidad cuando todo parece adverso”, escribió otro. Además, esta historia ha abierto un debate sobre la necesidad de no contradecir a las personas con demencia pues no logran recordar el pasado y solo puede llevarles a una situación confusión y nerviosismo.

Y una vez más queda de manifiesto que la fantasía y el genio creativo siempre corren detrás de la realidad.

jueves, 13 de febrero de 2020

Espionaje de amor


Muchos han sido (y continúan siendo) los regímenes políticos que recurrieron al espionaje para inmiscuirse en la vida de los opositores al gobierno; el comunismo soviético fue uno de ellos. Precisamente en estos días estoy leyendo el libro “Los que susurran” de Orlando Figes que presenta una documentada investigación a ese respecto.

El espionaje procura sacar a la luz aquello que se mueve en el espacio que va de la clandestinidad al sigilo. Sucede a veces que lo hallado está muy lejos de lo buscado y Juan Forn da cuenta de un ejemplo de ello.

[Cuando la mujer de Sergei Dovlatov emigra con la hijita de ambos, a Estados Unidos] él no quiere saber nada con irse, le firma los papeles de divorcio y sale a festejar con los amigos, en un raid etílico que culmina dieciocho meses después, frente a un coronel de la KGB, que le dice, desde el otro lado del escritorio: “Escúcheme, Dovlatov, mire las cartas que le escribe a esta mujer, ¿no se da cuenta de que la quiere? Hágame el favor, acá tiene el pasaporte. Deje de hacer papelones y váyase de una vez”.

Ante tal contundente recomendación formulada por el espía devenido en consejero en materia de amor

Dovlatov llama por teléfono a su mujer desde Leningrado para anunciarle que va para allá. Su esposa le pregunta por qué. “Porque el coronel dice que te quiero”, le contesta él.

No conocemos el final de la historia pero es de suponer que ninguna acción de resistencia pudo intentarse ante tal razón de amor.

miércoles, 5 de febrero de 2020

Geografía del amor


Quién sabe cuándo empezó la costumbre de representar al amor mediante un corazón. La corteza de un árbol, el teléfono público, un pupitre de escuela, la pared…, todo es bueno a la hora de querer dar carácter público –en algunos casos sin perder el debido anonimato- del amor entre dos adolescentes. Tarjetas, globos, envases de chocolates, toman forma de corazón para no dejar dudas acerca del carácter amoroso del obsequio.

¿A quién se le ocurrió que el mejor órgano para representar el amor es el corazón?

Diversas fuentes ponen en cuestión tal supuesto. Es el caso de Miguel Mandujano quien lo localiza en otras partes menos románticas –hígado, riñones, aparato respiratorio, etc.- de la anatomía.

El amor no es una cosa del corazón; es, más bien, una cuestión de hígado y riñones. La confusión se debe a que diversas expresiones culturales se han empeñado en representar el amor con el órgano motor central de la circulación, lo cual es una arbitrariedad. 
El estado del enamorado común arroja la participación de órganos, podríamos decir, algo más viscerales. El enamoramiento afecta primeramente al estómago, que es donde revolotean aquellas famosas “maripositas”, imperceptibles a la vista pero de innegable presencia, a razón de sus efectos. Incluso, hay suficientes razones para pensar que la aceleración de la respiración y la aparente falta de aire se deben no a la taquicardia (ausente en ocasiones) sino al ensanchamiento del estómago o panza; lo mismo ocurre con la pérdida del apetito y la consecuente sensación de vacío.

Como era de esperar en un profesional vinculado a las neurociencias, Facundo Manes no duda en apuntar al cerebro.

El amor modifica nuestro cerebro. (…)
En otras palabras: la corteza frontal, vital para el juicio, se apaga cuando nos enamoramos y así logra que se suspenda toda crítica o duda.

Finalmente Michel Tournier presenta otra opción cuando afirma que “(…) el amor enturbia la mirada y el espíritu.” De allí la valentía que lo caracteriza, puede con todo: “No retrocede ante nada: la fealdad, la cobardía, la suciedad.” Por eso para decirlo todo de una vez: “Cuando amas a alguien, amas también sus verrugas.”

martes, 8 de enero de 2019

Un tratamiento efectivo


Dicen y dicen que el amor todo lo cura. Para confirmar tal aserto ahora veremos cómo fue que el poeta Juan Ramón Jiménez curó de los quebrantos de salud que le aquejaban a comienzos del siglo XX; la historia la cuenta José Luis Melero (basándose en el libro de Ignacio Prat titulado El muchacho despatriado). 
La Congregación de las Hermanas de la Caridad de Santa Ana de Zaragoza que fundara la Madre María Rafols se encargaba de cuidar a los enfermos ingresados en la Casa de Salud de Nuestra Señora del Rosario de Madrid. En ella estuvo entre 1901 y 1903 el que muchos piensan que ha sido el más grande poeta español de siglo XX: Juan Ramón Jiménez. Su legendaria hipocondría le había llevado allí tras la muerte de su padre y después de pasar por La Maison de Santé du Castel d’Andorte que dirigía el psiquiatra Gastón Lalanne. 
Todo parece indicar que muy rápidamente el joven Juan Ramón recuperó su salud y con ella el interés por la vida.
Lo que nadie podía imaginar es que en ese sanatorio Juan Ramón llegara a enamorar a tres de las monjas que le cuidaban y que las tres fueran aragonesas. El poeta tenía una larga vinculación con Aragón: había estado en Panticosa, en Alhama de Aragón, había visitado el Pilar…, pero nada inducía a pensar que decidiera seducir a tres monjitas aragonesas durante su estancia en el sanatorio madrileño. A una de ellas, la hermana Pilar Ruberte, zaragozana y descendiente de Magallón, a la que Juan Ramón llamó “Mi Venus de Milo” y por quien llegó a escribir cantas de jota que envió a un concurso de Calatayud, le dedicó “Recuerdos sentimentales”, una de las partes de su libro Arias tristes. Juan Ramón confesó que mantuvo con ella una relación amorosa, igual que hizo con la hermana Amalia Murillo, natural de Sariñena. Los amoríos con ésta fueron los más sonados y provocaron que la Superiora de la Comunidad ordenara el traslado de Amalia y su alejamiento del poeta. En realidad sólo eran celos: también ella, Susana López, la Madre Superiora, natural de Mallén, estaba enamorada del poeta de Moguer y le visitaba habitualmente en sus habitaciones. 
Pero como en este mundo todo se sabe –añade Melero- “esos amoríos fueron la comidilla de la época y todavía quince años más tarde la madre de Zenobia Camprubí los utilizaba como argumento para tratar de impedir la boda de su hija con Juan Ramón” (por cierto que en otro momento nos referiremos a alguna de las historias que tienen como protagonistas a Zenobia y al reconocido poeta).
En la opinión de Jesús Ruiz Mantilla estos amores se ponen de manifiesto en “(…) Libros de amor, un volumen de poesía sensual, erótica, explícita en las pasiones (…) que no llegó a publicar en vida para no ofender a su mujer, a la que acababa de conocer cuando ya lo tenía terminado y a punto de impresión (…)”. Ruiz Mantilla también alude a la temporada que Juan Ramón Jiménez pasó en la Casa de Salud de Nuestra Señora del Rosario. 
Allí, en el número 14 de la calle de Príncipe de Vergara de Madrid, pasó JRJ dos años -"de los más felices de mi vida", dice el poeta-, entre 1901 a 1903, por indicación del doctor Luis Simarro. Pero acabó expulsado por la madre superiora. Eran demasiadas las habladurías que provocaban, no sólo las visitas de sus amigotes, con Valle-Inclán y sus barbas de chivo y su ceceo como la máxima atracción de las novicias. El colmo fueron sus relaciones con tres jóvenes religiosas: la hermana Amalia Murillo, que fue trasladada de inmediato a Barcelona, con la hermana Filomena y, sobre todo, con Pilar Ruberte.
No pasa inadvertido en el texto precedente la aparición de una nueva protagonista: la hermana Filomena, de la que nada decía Melero (por lo que las tres podrían resultar cuatro). 
Regresemos al artículo de Jesús Ruiz Mantilla
A ellas están dedicados varios poemas, pero los inspirados por esta última [Pilar Ruberte], más las confesiones de Juan Ramón en sus diarios íntimos, no dejan lugar a dudas. En ellos repasa a las que podían haberse convertido en amores más duraderos, y sólo de la novicia afirma: "Podía haber sido mi novia blanca".
En otros pasajes de sus recuerdos, el escritor la rememora: "Hermana Pilar, ¿tienes aún tan negros tus ojos? ¿Y tu boca tan fresca y tan roja? Y tus pechos... ¿cómo tienes los pechos? Ay, ¿te acuerdas cuando entrabas en las altas horas en mi cuarto, cuando me llamabas como una madre, cuando me reñías como a un niño?". Pero los poemas resultan una clara evocación de encuentros más que fogosos: "¡Hermana! Deshojábamos nuestros cuerpos ardientes / en una profusión sin fin y sin sentido.../ era otoño y el sol -¿te acuerdas?- endulzaba tristemente la estancia de un fulgor blanquecino...". O en otro, que comienza así: "Cuando huía, en un vuelo de tocas trastornadas, / de la impetuosa voluntad de mi deseo, / se refugiaba en un rincón, como una gata... / pero sus uñas eran más dulces que mis besos...".
Como queda de manifiesto en Libros de amor –de acuerdo a lo que sostiene Ruiz Mantilla- las conquistas del poeta no se restringían al ámbito religioso.
También el libro recoge los poemas que dedicó a otras mujeres como María Teresa Flores Iñiguez, Blanca Hernández-Pinzón, Rocío Almonte, Francina, la cocinera de la clínica de Castel d'Andorte, donde estuvo ingresado, Luisa Grimm y Jeanne Roussié, estas dos últimas casadas. Roussié, concretamente, era la mujer del doctor Jean-Gaston Lalanne, que había acogido en su casa al poeta para tratarlo. Él tenía 19 años y ella 29 y queda claro que para él su relación fue exclusivamente sexual. "Lo mentido era escudo forjado por los dos / a los actos más bajos; ella ansiaba... saciarse / por si la vida no le daba el goce... honrado... / Yo iba sólo por un afán de novedades...".
De lo anterior se desprende que el agradecimiento del poeta hacia el galeno que lo trataba, no incluía el respeto a la fidelidad matrimonial.

martes, 2 de octubre de 2018

Desencuentros del amor posmoderno


Hay quienes son verdaderos maestros en el arte de convertir las adversidades en oportunidades de desarrollo. Considero que Amy Andersen –según la nota de Silvia Fesquet- es una jugadora de las grandes ligas en ese terreno.

Aparentemente, todo arrancó con una poco agradable experiencia personal. Cuenta la leyenda que, una noche, [Amy] Andersen estaba con su novio, un exitoso inversor financiero, tomando algo en un cotizado bar de San Francisco. En un momento dado, observó que su acompañante no dejaba de pasear una atenta mirada por todo el local.
Cuando le preguntó qué buscaba, muy suelto de cuerpo, él le contestó: “Estoy comprobando si eres la BBD”, en castellano, algo así como “la mejor opción”.

Para muchos una circunstancia como aquella habría terminado en drama: celos, crisis de autoestima, inculparse por elegir mal a la pareja, enojo, etc. Para muchos, pero no para Amy porque -continúa la nota de prensa de Fesquet- “Atónita, Amy decidió reconvertir desazón en oportunidad, y germinó a partir de allí la idea de ayudar a buscar a gente demasiado ocupada y demasiado exigente, esa famosa ‘mejor opción’.” Al descubrir que las personas sobreagendadas no tienen tiempo para ocuparse de temas menores como el del amor, fue como su frustración devino en próspero negocio que –siendo justos- debiera agradecer a su pareja de entonces por habérselo inspirado.

Con una clientela de hombres que van desde jóvenes de 23 años hasta señores que han superado largamente los setenta, el servicio que brinda su empresa es absolutamente personalizado: nada queda librado al azar. (…)
Es que, muy habilidosos en tecnología o en el desarrollo de start ups, sus clientes muchas veces no entienden la diferencia entre cerrar un buen negocio o iniciar una relación amorosa. “Los hombres de Silicon Valley –ha dicho Andersen- están obsesionados con esto de ‘la mejor opción’: quieren la mujer más joven, más rica, con el mejor cuerpo. (…) Aplican a la búsqueda de pareja la misma lógica y metodología con que consiguieron el éxito profesional”.

Por lo demás, y la nota de Silvia Fesquet lo deja muy en claro, la búsqueda de “la mejor opción” no acaba nunca y ello asegura el éxito del negocio de Amy Andersen tanto en el presente como en el futuro. “Claro que la cuestión se complica porque, según observa esta remozada versión de la celestina, estos varones no cesan de preguntarse, más allá de la maravillosa mujer que hayan encontrado, si no habrá otra ‘opción’ mejor.”

Llegados a este punto es posible que algún lector esté pensando en requerir los servicios de la empresa cuya misión (y sobre todo visión) se orienta al logro de la excelencia amorosa. Permítame sugerirle que lo piense muy bien porque barato -lo que se dice barato- no es; por el contrario, requiere de un desembolso importante dado que –señala Fesquet- “como es de imaginar, tanta exclusividad en la atención tiene su precio: el paquete básico cuesta unos 2.500 dólares mientras que la prestación VIP (…) arranca en 50 mil y no es raro que arañe los 100 mil dólares.”

Lo que ya no supe -el artículo no lo informa-, es si el pretendiente de Amy cambió su opinión una vez que ella se convirtiera en próspera empresaria y eso lo llevó a aceptar que había incurrido en gravísimo error: siempre sí, Amy era su mejor opción. Rectificar es de sabios.

Pero sabido es que las cosas del amor tienen sus desencuentros por lo que es probable que ahora fuera ella quien considerara que aquel caballero, en esta nueva coyuntura de la vida, estaba muy lejos de ser su mejor opción.

martes, 31 de julio de 2018

Anna y Fedia o las preguntas que no se hacen


Sin pretensiones de originalidad podemos partir de que el amor es un misterio, que hay tantas razones distintas para enamorarse como seres humanos existen. Es comprensible que desde diversas disciplinas se aborde el tema buscando explicaciones pero tanto las que proceden de culturalistas como de organicistas, se quedan muy cortas, constituyen simples aproximaciones a su objeto de estudio.

Vistos desde fuera muchos amores son incomprensibles; Wislawa Szymborska alude a uno de ellos.

La primavera de 1867, casi inmediatamente después de contraer matrimonio, Dostoyevski, que entonces contaba cuarenta y seis años, partió desde Rusia en dirección a Alemania junto a su joven esposa de veinte años. Resulta difícil tildar a esta partida de viaje de novios o de luna de miel. En realidad, el escritor huía de sus acreedores, y la principal motivación de su marcha eran los casinos almenas, en donde pensaba amasar una gran fortuna. (…) Anna lo amaba de veras, con admiración, ciega y humildemente. (…) Desde un punto de vista objetivo, Anna vivió junto a su Fedia un infierno de miedo, incertidumbre y humillaciones. Desde el subjetivo, experimentó también junto a él la felicidad: solo le bastaba con una sonrisa o una buena palabra y las lágrimas se secaban. Anna se quitaba de buen ánimo la sortija de su dedo, los pendientes de sus orejas, y el último chal de sus hombros para que Fedia pudiese venderlo todo, jugárselo y perderlo de nuevo. Todo lo que pudiese, aunque fuese por un solo instante, producirle placer o servirle de consuelo en sus fracasos era también un consuelo y una satisfacción para ella. Veía el mundo a través de los ojos de él, asimilaba sus opiniones, compartía sus complejos e imitaba su desagradable desprecio por todo lo que no fuese ruso. Con el corazón en un puño, velaba por él cuando Fedia tenía –y por entonces tenía muy a menudo- ataques de epilepsia; soportó con perseverancia sus súbitos cambios de humor o sus escándalos en las tiendas, restaurantes o casinos. Anna estaba embarazada por aquel entonces y lo pasó especialmente mal, quizá, a consecuencia de las constantes tensiones nerviosas. Pero, como ya he dicho, era feliz a pesar de todo, quería serlo, se las arreglaba para serlo y era incapaz de imaginar una felicidad mayor que la suya… Tenemos ante nuestros ojos uno de esos grandes amores.

Como en tantas otras ocasiones aquel amor resultaba inexplicable a ojos y corazones ajenos, por lo que –continúa Szymborska-:

“Ante tales circunstancias, los observadores ajenos se preguntaban: “¿Qué debe de ver ella (él) en él (ella)?”.

Frente a estos investigadores de amores ajenos, Wislawa Szymborska reacciona con vehemencia:

Mejor no hagamos ese tipo de preguntas: los grandes amores nunca tienen explicación. Al igual que un arbolillo en una ladera rocosa, uno nunca sabe cómo crecerá, qué es lo que lo sostiene, de dónde saca su sustento o qué milagro es el que hace que broten esas verdes hojas. Pero ahí está con su verdor; es evidente que ha hallado en ese lugar lo necesario para vivir.

O sea que al decir de doña Wislawa el amor acampa allí donde encuentra lo necesario para vivir.

jueves, 2 de octubre de 2014

Las palabras del corazón


El amor acompaña al ser humano a lo largo de su historia, aunque claro está que han ido cambiando sus formas. Del largo cortejo del pasado al inmediatismo del presente; del prohibicionismo a la permisividad. Atrás han quedado restricciones, chaperonas, largos preámbulos e inhibiciones varias.

En relación a ello un cambio radical tiene que ver con el lenguaje, con las maneras de expresar el amor. Ramón López Velarde deja testimonio de ello en uno de sus artículos del año 1912.

En el diario sentimental de un amigo, hay unos renglones que rezan así:
“La mañana era fragante y húmeda como un ramo de violetas, y diáfana como una gota que tiembla en la felpa rústica de las malvas. Piaban los pájaros, ebrios de dicha, y la campana tañía sobre la calma idílica del paisaje. Los álamos empinaban sus hojas, de tono metálico, hacia el brocado azul de la inmensidad que por el sur se rizaba con dos nubecillas paralelas. Y Ella que, como en los cuadros de los pintores bucólicos, se había colmado la falda con la cosecha florida de mayo, coronaba mis afanes, dejando caer de sus labios el monosílabo inmortal. Un estrépito de alas sonó a nuestra espalda: las alondras subían al cielo… En tanto que, como en el verso de Villaespesa, un relámpago de sol fulgía en los cristales de la casa solariega. (…)
“Desde aquella fecha, digna de constante recordación, nos entretuvimos en edificar con solicitud y complacencia de enamorados la torre de nuestra quimera, comentando gozosamente la colocación de cada piedra y asomándonos a mirar por cada ojiva que concluíamos, hasta que las almenas se recortaron en la transparencia del firmamento. (…)”

Así las formas del lenguaje del corazón que en el pasado no se avergonzaban de este romanticismo recargado resultan muy diferentes a las actuales. Otra cosa acontece con los argumentos que no han cambiado (y seguramente no lo harán en el futuro) dado que las historias continúan siendo de amores y desamores; encuentros y separaciones; coincidencias y abandonos.

En el mismo artículo ya citado López Velarde sigue transcribiendo lo que por aquellos entonces expresaba su amigo que, como veremos, pasará del éxtasis del amor al desamparo sentimental.

“De aquella torre, levantada entre graves promesas de fidelidad y entre risas locas, nada queda ya. Abatiéronla genios malignos, y hoy me siento sobre sus ruinas a meditar en lo efímero de la dicha, mientras los vientos del infortunio alborotan mi cabellera de trovador del pasado siglo, y preparo mi ánimo a la avidez del olvido en que me he de envolver. (…)”

A nadie se le ocurriría utilizar actualmente este lenguaje romántico (que sería identificado como cursi) y seguramente no falta quien ante esa misma coyuntura amorosa sintetiza lo acontecido con la contundencia empobrecida de un: “¡Pinche vieja que me abandonó!” Para decirlo con palabras del amigo de Ramón López Velarde, “los vientos del infortunio” siguen soplando, tan solo se expresan en formas diferentes.

viernes, 14 de enero de 2011

Por el agua del amor

En el estado de Chiapas existe una región con vocación de soledad. Allí, hay un pequeño poblado de indígenas -Xinotepec- que viven al margen de los bienes de la civilización pero en el centro de su destino étnico y cultural.

Ilustración: Margarita Nava
La sierra chiapaneca -que obsesivamente dibuja su contorno en el estilo barroco recargado- se ha adueñado de esa población. Por esos rumbos en que no se ha escuchado hablar de ecología, la tala de árboles es la ocupación esencial, y la venta de madera (a precios irrisorios) a los intermediarios que vienen de la ciudad, proporciona lo suficiente para reproducir el hambre y conservar los sueños de inspiración aguardentosa, que por cierto son promovidos por los caciques que dominan el negocio del alcohol. El accidentado cultivo del maíz y del café es el complemento de la actividad económica. 

En la larga lista de privaciones, la falta de agua guarda un lugar destacado. Las mujeres que no tienen pareja son las encargadas de su acarreo, recorriendo diariamente los tres kilómetros que -de ida y vuelta- se hacen hasta una vertiente de agua, la que, de manera persistente aunque sin mayor convicción, se hace presente en el lugar conocido como Xitla.

Se aproximaban las elecciones municipales. El candidato oficial, Luis Alvariza Moreno, era un joven con excelentes perspectivas de carrera política en el estado y con muy buenas intenciones. Había nacido en la ciudad que era cabecera municipal (San Lázaro) y su padre, próspero comerciante de madera, lo había enviado a estudiar la preparatoria y la carrera a la Ciudad de México. Recién había finalizado con éxito sus estudios de Licenciado en Administración de Empresas, en una universidad privada de prestigio.

Al retornar a su estado natal, fue postulado como candidato a presidente municipal (preámbulo ineludible de quien va a más en términos políticos). Estaba a punto de terminar su campaña cuando -contra la opinión de familiares y correligionarios que menospreciaban los poblados de pocos votos- decidió ir a Xinotepec.

Allí, traductor mediante -oficio que desempeñaba el maestro de la escuela unitaria con que contaba la localidad- fue conociendo las costumbres y formas de vida. Lo impresionó mucho la falta de agua y los esfuerzos que ello suponía. Mientras veía a las mujeres -ataviadas con su vestimenta característica- llegar de una en una, cargadas con sus cubetas de agua, mantenía un diálogo dificultoso con los varones, quienes por naturaleza e historia eran cohibidos y jamás miraban a los ojos de su interlocutor. 

Luis salió segundo en las elecciones, fue ampliamente derrotado por el abstencionismo. Se hizo cargo del gobierno municipal.

A los pocos meses de su gobierno envió al Secretario de Obras a Xinotepec con la orden de construir un aljibe. Dio trabajo encontrar el agua, pero se logró. Luego dispuso el traslado de una Trabajadora Social para que enseñara a las mujeres el uso del pozo.

El 15 de agosto fue la inauguración. El gobernador del estado, Licenciado Leonardo Tapia Acevedo (quien por primera vez en su vida visitaba la región y se quejaba del bicherío) cortó el listón azul que estaba sobre la boca del pozo y, con ello, quedó inaugurado el aljibe (que sería una de las 230 obras hidraúlicas de las cuales el gobernador daría cuenta en el informe final de su gestión). El fotógrafo de “El Imparcial” -uno de los dos periódicos del estado- documentaba el acto. Se comió y se bebió.

Pasaron los días y el aljibe quedó en el olvido y cayó en desuso. Las mujeres reanudaron su largo camino por agua. Cuando Luis Alvariza se enteró, su enojo fue considerable y de ese sentimiento le brotaban afirmaciones -que él mismo desestimaba al calmarse- como: “están jodidos porque quieren”, “uno los quiere ayudar y no se dejan”, etc.

Sólo unos cuantos años después se enteró de la verdad. Como esos indígenas son muy tímidos, no se animan a cortejarse públicamente. Entonces los varones saben que las mujeres recorren el camino de una en una y, escondidos en los bordes del mismo, esperan el paso de su candidata. Cuando la divisan, le silban suavecito en total intimidad. Entonces la niña-joven mira. Si deja las cubetas en el piso es señal inequívoca de que quiere con él y se abre la puerta del corazón. Si la joven-niña, después de mirar al pretendiente sigue de largo, la declaración de amor pasa y se la lleva la espesura de la sierra.

El aljibe, con ser imprescindible, no pudo desplazar al camino de los encuentros que -gracias a Dios- es transitado hasta el día de hoy