miércoles, 23 de mayo de 2012

Preguntas desde el horror


Leí la nota hace algunos años, estaba perdida en el océano informativo del periódico de la mañana. Esas pocas líneas me ocasionaron un fuerte impacto que no ha desaparecido. Con la firma de Óscar Enrique Ornelas, el texto decía

Todo el pueblo ucraniano de Ivano-Frankovsk ha ido a ocultarse al pantano. Las tropas alemanas merodean la región. Los nazis asesinan a mansalva e incendian los poblados. Una niña tiene hambre. “Quiero comer, quiero comer, mamá”. Cállate, niña, que nos van a oír los alemanes. Finalmente se hace el silencio. La madre ha ahogado a la pequeña para que dejara de llorar. Oriunda de la misma aldea, la periodista Svetlana Alexiévich (...) nota que hay una anciana que se mantiene apartada, nadie le habla. Es aquella madre que ahogó a su hija en el pantano para salvar al pueblo. Los supervivientes no se lo agradecieron.

¿La niña fue inmolada para permitir la sobrevivencia del grupo?, ¿la madre renunció a la vida de su hija por defender el derecho a la vida de los otros aldeanos que escapaban del nazismo?, ¿durante muchos años esta historia se mantuvo reservada en el silencio cómplice y agradecido de los protagonistas?, ¿durante algún tiempo se habrá considerado que el suceso fue un mal menor que de no haber acaecido podría haber conducido a un mal mayor?, ¿cambió luego esa manera de valorar los hechos?, ¿con el tiempo la madre habrá dejado de ser considerada heroína para convertirse en la incalificable asesina de su hija?, ¿en ese cambio tuvo algo que ver la perestroika o se debió  a que los testigos llegaran a la vejez?, ¿se trata de una historia aislada o en realidad hechos como este fueron más frecuentes de lo que se sabe?

miércoles, 16 de mayo de 2012

Las tortas nuestras de cada día


Me costó acostumbrarme porque la versión simplificada de lo que en México se conoce como “torta” yo lo identificaba como “refuerzo”, mientras lo que yo conocía como “torta” aquí se denomina “pastel”. Por eso cuando algún taxista me pregunta si en mi país de origen se habla el mismo idioma, termino contestando con un ambiguo: más o menos.
De acuerdo al saber popular, la torta junto con el taco y el tamal integra la dieta básica rica en vitamina “T”.
Así como en Uruguay se habla de refuerzos en otros lugares lo más similar que existe son las baguettes, pepitos o sándwiches, pero cualquier confrontación les resulta francamente desfavorable; al decir de José N. Iturriaga “Cocinas tan prestigiadas como la francesa o la española, cuando se orientan hacia las tortas (con sus baguettes o pepitos), resultan de un atraso bosquimano comparadas con la torta compuesta de México. Los anglosajones también ostentan un notable subdesarrollo en sus sándwiches.” Al mismo respecto Julio Trujillo dice: “La torta es cosa sofisticada. Compáresela con la idea que tienen de torta (es decir de ‘bocadillo’) en España: treinta calamares prensados por dos panes duros. No, no, nuestra torta clásica es un florilegio de capas e ingredientes cuyo arte viene de lejos y comienza en la misma preparación.” Según Salvador Novo, citado por Trujillo, “las tortas compuestas se siguen riendo con sus dos fauces a mandíbula batiente, sacándoles la lengua a los sándwiches”. Y no vaya a creerse que estas valoraciones son manifestación de un chauvinismo desproporcionado. La elaboración de una buena torta implica todo un arte al que se refiere José N. Iturriaga.

Una torta compuesta requiere, en primer lugar, de una telera o bolillo, que en algunas partes del país siguen llamando pan francés, nombre adoptado a partir de 1862, con la intervención armada de Francia en México.
Independientemente de su eventual origen poblano, ubicamos a las tortas compuestas como típicas del Distrito Federal; tanto es así, que en nuestro norte fronterizo –donde consumen tortas mucho más sencillas llamadas lonches, por inevitable influencia de la vecindad idiomática- hay torterías que anuncian con orgullo culinario y sentido mercadotécnico que las suyas son “tortas estilo México”, o sea, de la ciudad de México.
En todo el país se encuentran variantes regionales de las tortas: en Real del Monte, Hidalgo, las hacen de tamal, usando cocoles; en Comitán, Chiapas, se come el pan compuesto, que es un bollo con frijoles y carne de puerco deshebrada; las tortas ahogadas de Guadalajara, bañadas con abundante caldillo; las chanclas de Puebla, asimismo con caldillo; los guajolotes, también poblanos, que son pambazos rellenos con enchiladas, y de allá mismo las cemitas, formidables y exóticas, rellenas con pata de res, pápaloquelite, aguacate, queso fresco y chipocles en escabeche; pambazos de papa con chorizo, sobre todo en el Bajío; y en fin, las tortas de carnitas de puerco del mercado de la ciudad de Guanajuato.
                                                                                               
Existen loncherías, merenderos y cenadurías que entre sus diversas propuestas incluyen las tortas pero las mejores son las elaboradas en establecimientos especializados en el ramo. Así, en la ciudad de México existen muchísimas torterías que cuentan con diverso prestigio, lo que explica su numerosa o reducida clientela hecha de visitantes puntuales y consuetudinarios. Julio Trujillo hace una evocación autobiográfica al respecto.
Muchas son las torterías que han dejado una huella indeleble en esta ciudad y en los paladares y vientres de sus habitantes. Tanto las que no han sido célebres, como las que siguen operando en los puestos callejeros y que algunos prefieren llamar “muertortas”, como las que han convocado una justa fama y ya son coordenadas indispensables en la vuelta gastronómica de la metrópoli.
A mí me vienen a la mente dos torterías de infancia y juventud que, según entiendo, siguen funcionando: las tortas frías del Monje Loco, allá en las inmediaciones del Estadio Azteca y entre las que destacaba una sublime torta de quesillo, y la tortas El Capricho, en la calle de Augusto Rodin, cuyo tamaño representaba un desafío para la mandíbula y el apetito del más bragado. Ahora mismo recuerdo otro clásico de prosapia: las tortas de Biarritz, en Insurgentes, en la glorieta de Chilpancingo en la colonia Roma, y que desde 1940 ofrece una portentosa combinada de pavo. Hay muchas más, claro, pero esas son las que yo recuerdo y a las que no he regresado (pero volveré, para citar a Douglas MacArthur y a Terminator).
Hoy frecuento La Castellana, que tiene una torta de bacalao sin parangón (…)
No obstante un hallazgo inesperado le reveló a Trujillo que había estado viviendo en el error.
(…) pero hace unos días descubrí una pequeña tortería digna de mención. Su nombre es El Cuadrilátero y está en el centro, en la calle de Luis Moya. Se llama así porque su dueño es el tres veces hache y legendario luchador Súper Astro, alumno del Murciélago Dorado y quien le ganara el campeonato mundial medio a Gran Hamada (lo que no hay que recordar mucho es su pérdida de máscara ante Villano III). El Cuadrilátero es un pequeño altar a la lucha libre, con máscaras de todos los grandes y fotos de Súper Astro acompañado de sus colegas. Yo, ignorante, de inmediato confundí unas máscaras con otras, pero fui corregido y amonestado rápidamente por mis acompañantes, expertos en el arte y la parafernalia del pancracio. No podían creer que fuera incapaz de reconocer la máscara sagrada de Canek, el príncipe maya… pero si no caí en la ignominia fue porque el objetivo de la visita no era demostrar nuestros conocimientos de lucha libre sino… comerse una torta.
Comerse una torta. Ajá. Se dice fácil. He devorado las tortas del Capricho con sobrada condición física. Me he comido dos cubanas con tres cocas sin pestañear. He llegado a empacar tres tortas de tamaño normal en mis buenos tiempos. No, nada: mariconadas frente al desafío que se me planteó en El Cuadrilátero.
Dios de mi vida. Conocí una torta que no es una torta, sino un becerro. Se parece más a un niño de cuatro años que a una torta. Hay pueblos que podrían subsistir una semana al amparo de esa torta. Es la madre de todas las tortas y ya no hay manera de superarla, pues si a alguien se le ocurriera confeccionar algo más grande, ya no sería una torta sino la roca de Sísifo. Me le quedé viendo, pasmado ante su grandeza y poderío. Le tomé fotos. Le recé. Es un tótem, un semidiós, un legado del pueblo de México para el mundo. Y es, hay que decirlo de una vez, in-co-mi-ble. ¿O no? Es la Torta Gladiador.
Quien se la coma es un héroe instantáneo, y un mártir instantáneo, pues no hay digestión posible después de esa gesta. Pesa un kilo y medio y mide cuarenta centímetros. ¿Sus ingredientes? Todo. Calculo que la Torta Gladiador hospeda dos paquetes de salchichas, seis bistecs, medio kilo de chorizo, un paquete de tocino, cinco huevos, todo el jamón del mundo, seis aguacates, dos cebollas, muchísimo queso, tres jitomates y una lechuguita. Me quedo corto: no me acuerdo qué más tenía. El cuerpo pesa y siente vértigo de sólo verla. Cuesta un poco más de 200 pesos y es recomendable para tres personas, pero viene acompañada de un desafío pornográfico: si una sola persona se la come en menos de 15 minutos, es gratis. Una empresa que sólo puedo concebir para aberraciones espléndidas como André “El Gigante”. No, no: ni siquiera la pedimos, cobardes.
Pedimos, eso sí, un amigo y yo, la “Gladiador Jr.”, que es un tortón tras el cual dejé de comer dos días. Pero la otra, la torta del hombre, la Gladiador, es una cima inconquistada. Una bella grosería para insultar a los muchos machos que llegan al Cuadrilátero muy ufanos y gallitos. Ahí está, a la espera del Pantagruel que se atreva. Vayan, tan sólo para verla, para atestiguar nuestra vocación de inmensidad. Y lleven a un amigo español, para trastocar de una vez y para siempre su noción de “bocadillo”.

Más allá de estos nuevos e importantes aportes al ramo, existe unanimidad en cuanto a que las tortas más tradicionales son las de Armando. Un gran cronista como lo fue Artemio de Valle Arizpe, citado por Carlos Monsiváis, se refiere a ello.
Pues bien, para mí —para mí y para muchos, para una infinidad—, ese callejón no era sino la tortería de Armando. “Las tortas del Espíritu Santo”, se les decía a las que con tanta habilidad y sabrosura confeccionaba Armando Martínez; después se les dijo, ya que tuvieron fama, sólo “tortas de Armando”. En un zaguán viejo y achaparrado estaba instalada la tiendecilla; no ocupaba todo el zaguán, no, sino que éste, con un tabique de madera sin alisar, hallábase dividido a la mitad: una se destinaba al pequeño establecimiento, la otra era la entrada al antiguo casón, que se cerraba con una recia puerta con clavos cabezones. El caserón a que aludo, ya reconstruido, hoy ostenta el número 38.
Era un placer grande el comer estas tortas magníficas, pero el gusto comenzaba desde ver a Armando prepararlas con habilidosa velocidad. Partía a lo largo un pan francés —telera, le decimos—, y a las dos partes les quitaba la miga; clavaba los dedos en el extremo de una de las tapas y con rapidez los movía, encogidos, a todo lo largo, y la miga se le iba subiendo sobre las dobladas falanges hasta que salía toda ella por la otra punta. Luego ejecutaba la misma operación en el segundo trozo; después, en la parte principal, extendía un lecho de fresca lechuga, picada menudamente; en seguida ponía rebanadas de lomo, o de queso de puerco, según lo pidiera el consumidor, o de jamón, o sardinas, o bien de milanesa o de pollo, y sólo con estas dos últimas especies hacía un menudo picadillo con un tranchete filosísimo con el que parecía que se iba a llevar los dedos de la mano, con la punta de los cuales iba empujando a toda prisa bajo el filo los trozos de carne, en tanto que con la otra movía el cuchillo para desmenuzarla, con una velocidad increíble.
Con ese mismo cuchillo le sacaba tajadas a un aguacate, todas ellas del mismo grueso. Para esto se ponía la fruta en el hueco de la mano y con decisión le metía el cuchillo por una punta y al llegar al lado contrario lo inclinaba, con lo que el untuoso pedazo quedábase detenido en la ancha hoja, y luego hacía el movimiento contrario sobre el pan y las iba tendiendo sobre él con una inigualada maestría, hasta no cubrir las porciones de pollo, milanesa o lo que fuere, y en seguida las tapaba con rajas de queso fresco de vaca, en el que andaba el tal cuchillo con un movimiento increíble de tan acelerado, que casi se perdía de vista. Esparcía pedacillos o bien de longaniza, o bien de oloroso chorizo, y entre ellos distribuía otros trocitos de chile chipocle; mojaba la tapa en el picante caldo en el cual se habían encurtido esos chiles y con una sola pasada dejábala bien untada con frijoles refritos y la ponía encima de aquel enciclopédico y estupendo promontorio, al que antes le esparció un menudo espolvoreo de sal; como final del manipuleo le daba un apretón para amalgamar sus variados componentes, y con una larga sonrisa ofrecía la torta al cliente, quien empezaba por comer todo lo que rebasó de sus bordes al ser comprimida por aquella mano suficiente. (…)
Cuando Armando estaba entregado a su tarea con gracia y experta destreza, nadie osaba proferir ni una sola palabra, o, si acaso se hablaba, era en voz baja, sin quitar los ojos ávidos de los acelerados y magistrales movimientos del cuchillo. Apenas se concluía la elaboración complicada de una torta, cuando ya andaba preparando otra con ligereza, y después otra y otra más, y todas ellas con esmero y prontitud indecibles. En la puerta se aglomeraba, saboreándose, el gentío, y sólo se escuchaba en aquel amplio silencio, como esotérico, la voz que decía: “Armando, una de lomo”, “Armando una de jamón”, “Armando, tres de pollo para llevar”; “Armando, dos tostadas”; y así el pedir y el complacer era interminable. (…)
En mi recuerdo está una tierna gratitud para Armando Martínez por los instantes que me dio, siendo yo estudiante, de felicidad pasajera, pero felicidad al cabo, con sus tortas suculentas (…)

También Jorge Ibargüengoitia alude a las famosas tortas de Armando y será nuevamente Julio Trujillo quien nos permita conocer sus puntos de vista.

Un escritor más, Jorge Ibargüengoitia, suma su voz a la oda coral a las tortas de Armando, a quien no duda en llamar “uno de los más importantes inventores que ha habido en la historia del Distrito Federal”. Y enfatiza: “Su importancia en la evolución alimenticia de los mexicanos es tal, que ya nadie se acuerda de cómo eran las tortas antes de Armando”. Nosotros, ya doblada la esquina del siglo, podemos preguntar con legítima curiosidad: ¿pero había tortas antes de Armando? Porque, según los testimonios de los cronistas, el concepto torta nace con él. Y si usted se pregunta qué es exactamente el concepto torta, aquí está la respuesta de Ibargüengoitia: “La torta de Armando es una creación barroca en la que intervienen aproximadamente veinticinco elementos en un orden riguroso. Si se altera el orden —por ejemplo, si se pone primero el chipotle y después el queso— o si la calidad de algunos de los elementos falla —que el aguacate sea pagua— lo que se come uno, en vez de ser torta compuesta, es un desastre”. El mismo escritor nos dice que la complejidad fue la condena a muerte de las tortas de Armando, que fueron sustituidas por la torta caliente de pavo (que tuvo su apogeo en tiempos de Alemán), que a su vez fue sustituida por la torta caliente de pierna (cuyo apogeo fue en la época de López Mateos). Al final de su crónica torteril, Ibargüengoitia hace una profecía fallida: dice que el futuro de la torta es el pepito.

Tan reconocida es la calidad de Jorge Ibargüengoitia en tanto escritor como dudosas sus dotes de profeta en tanto al futuro de la torta que al día de hoy goza de cabal salud.

lunes, 7 de mayo de 2012

De entierros y enterradores


Hace algunos años -en plena dictadura- una reconocida docente nos hacía el siguiente relato. Cuando ella era niña, su familia vivía en la calle Canelones, cerca de la Plaza José Pedro Varela, en la ciudad de Montevideo; por esa calle pasaban los cortejos fúnebres que se dirigían al Cementerio del Buceo.
Un fino carruaje tirado por caballos iba a la cabeza de la procesión. En las alturas del coche y con impresionante aire formal, tanto en la vestimenta como en el rostro severo en el que destacaba un bigote eternamente emprolijado, el cochero conducía el paso de los equinos. La pulcritud de los guantes y el impecable uniforme le proporcionaban cierto tono aristocrático.Allá abajo, muy abajo y solo de soledad venía el muerto en su estuche de madera. La perspectiva era un tanto maniqueísta: vida y muerte; alturas y  profundidades; presencia y ausencia.
El resonar de las herraduras sobre el empedrado ponía en guardia a los niños. Algunas veces resultó falsa alarma y se divisaron los carros blancos del Frigorífico Modelo haciendo el reparto de hielo. Otra forma de frialdad.
Invariablemente el paso del cortejo fúnebre era seguido por los niños que no se perdían detalle mientras miraban por la ventana con sus ñatas contra el vidrio. Era el espectáculo  principal, casi preferido, en aquellos días que se hacía interminables. Contaba mi maestra -con su inigualable amenidad- que cuando estaba en la edad en que los niños juegan al como si fuera (maestro, doctor, mamá, panadero, etc.), ella jugaba con su hermano al cortejo fúnebre. Para ello ponían en el cabezal del sofá, una pila de almohadas sobre la cual él se sentaba haciendo las veces de cochero con la seriedad pintada en el rostro y dos cuerdas, que representaban las riendas, en sus manos. Ella se acostaba en la base del sofá y fungía de muerto mientras contenía la respiración y se esforzaba en poner cara inexpresiva.
Muchos años pasaron y el hermano fue consejero de Estado en tiempos de la dictadura; ella, por el contrario, mantenía una firme oposición al gobierno ilegítimo. Las relaciones entre ambos se habían agrietado. En una de las tardes en que junto a un grupo de entrañables amigos tomábamos clase con ella, terminó el relato diciendo: “... y a mi hermano se le dio. Terminó siendo enterrador de la justicia en el Uruguay”.

martes, 1 de mayo de 2012

Cuestiones del exilio


Muchos fueron los uruguayos que tomaron el camino del exilio a lo largo de los tristes y dolorosos años de la dictadura. Como lo canta Jaime Roos (“Uruguayos, uruguayos, ¿dónde fueron a parar?”) la diáspora se extendió por diversos países y para aquellos que tenían vedada la posibilidad del retorno, el exilio resultaba aún más doloroso. La permanencia en el país de llegada tenía muchos y variados costos: disgregación familiar, desarraigo, dificultades de integración, idealización de lo que quedaba atrás, subestimación de la cultura del país de arraigo, riesgo de vivir en ghettos, etc. (ya después vendría el tiempo de agradecer a los países de acogida). Pero también hubo otros desafíos entre los que no fue el menor mantener las convicciones ideológicas en entornos diferentes. Hubo quienes conservaron sus principios, también se dio el caso de aquellos que viviendo cambios radicales no renunciaron a la esencia de sus convicciones y asimismo se presentaron situaciones de flagrante contradicción entre el decir y el hacer.
Oscar Orcajo, entre las situaciones vividas en su propio exilio, da cuenta de lo acontecido a un compatriota que residía en Italia.    

(…) estaba en la lona y se pasaba despotricando contra los tanos, que discriminaban y explotaban a los tercermundistas, aprovechándose de sus necesidades. Los compañeros lo ayudaron a él y a su familia. Por suerte la cosa se fue arreglando y levantó cabeza. Ya trabajaba por su cuenta y a veces se asociaba con algunos amigos de la colonia para alguna tarea que requería servicios múltiples: albañilería, pintura, electricidad. Una vez los llamaron para reformar una oficina; era un trabajo grandecito. Entre otras cosas había que tirar abajo un muro y sacar azulejos. Estaban discutiendo dónde conseguir mano de obra para estas tareas, cuando el ex-desocupado se despachó con la propuesta de “contratar a los negritos de Frascati, que laburan por cuatro pesos”. Los “negritos” eran africanos, que recién habían llegado al país y vivían en condiciones inhumanas, en un pueblo cercano a Roma.

Este tipo de comportamientos no fueron predominantes entre los exiliados, pero lo cierto es que hubo quienes no pudieron (¿pudimos?) hacer que sus convicciones se mantuvieran firmes por encima del tiempo y el espacio.  

martes, 24 de abril de 2012

Para ser un buen anfitrión


En tiempos en que las reglas de urbanidad y los manuales de buenas costumbres prescribían hasta en sus mínimos detalles los comportamientos sociales adecuados, el término “anfitrión” vivió sus mejores momentos. Actualmente la expresión se utiliza con menos frecuencia pero aún así no ha pasado al olvido si bien cabe reconocer que ha cambiado su campo de significación. De acuerdo con Ricardo Soca

Anfitrión fue un personaje de la mitología griega, hijo de Alceo y de Astidamia, que se casó con su prima Alcmena, hija de Electrión, rey de Micenas. Habiendo matado por error a su suegro, fue expulsado de la ciudad y, antes de consumar el matrimonio, marchó con su mujer a Tebas, donde fue purificado por Creonte.
Su esposa se negó a hacer el amor hasta que Anfitrión no hubiera vengado a sus ocho hermanos, asesinados por los hijos del rey de la isla de Tafos. Una vez que nuestro héroe hubo partido hacia la guerra contra Tafos, Zeus se presentó ante Alcmena asumiendo la forma del marido ausente y ordenó al Sol que detuviera su curso por setenta y dos horas para permitirse una larga noche de amor con ella, quien creía estar amando a Anfitrión.
A su regreso, al enterarse de lo ocurrido por el adivino Tiresias, Anfitrión intentó quemar viva a Alcmena, pero Zeus no lo permitió, y el marido engañado optó por una alternativa más sosegada: vivir su postergada luna de miel. De tantas noches de amor, Alcmena engendró dos hijos: Herakles (o Hércules), hijo de Zeus, e Íficles, hijo de Anfitrión.
El dramaturgo Plauto, en el siglo II antes de nuestra era, y Molière, en 1668, escribieron sendas comedias en las que mostraban a Anfitrión guerreando contra sus enemigos mientras Zeus hacía el amor con su mujer.
Desde entonces se llama anfitrión a aquel que recibe invitados en su casa, aunque no necesariamente de la manera como Zeus fue recibido en la casa de nuestro personaje.

En la Francia del Antiguo Régimen el arte del buen vivir tuvo un periodo de máxima sofisticación y la gastronomía uno de sus momentos más destacados, pero con el estallido de la Revolución los usos y costumbres del pasado atravesaron por circunstancias críticas. Hubo quienes, como es el caso de B.A. Grimod de la Reyniére, protestaron ante ello. “La Revolución ha acabado de tal forma con los anfitriones que pronto habrá que regenerar la especie.”

Ahora bien, no cualquiera podía convertirse en un buen anfitrión. Retomando las huellas de Grimod de la Reynière, verdadero especialista en el tema, Xavier Domingo establece un perfil pormenorizado del oficio.

(…) un circuito social y económico en cuya cima se sitúa, por su saber profundo y goloso, el Anfitrión. Un especialista, ante todo. En cabeza de un pequeño ejército de profesionales a su servicio, cocineros, maîtres, pinches y mayordomos, posee a la perfección el arte combinatorio de la comida, da la norma, reúne a la sociedad y, en definitiva, mueve todo el tinglado del «círculo nutritivo» al que aporta hallazgos, añade nuevos productos y reforma constantemente gracias a su comedido afán de novedades golosas y a su voluntad de que las cosas de la cocina adelanten y progresen, siempre dentro de un orden, claro está. El Anfitrión, políticamente, pertenece a la rara especie de los «conservadores progresistas». Su casa es un centro social y el centro de su casa, la cocina y el comedor. Un laboratorio y un gabinete de trabajo y placer.

Las amenazas y riesgos propios del oficio no eran pocos y Xavier Domingo se refiere a esa cuestión.

En el ejercicio de su importante función, el Anfitrión goza de un cierto número de derechos y de privilegios, pero también asume graves, rígidas, perentorias obligaciones. El menor fallo puede costarle el lugar en la casta. Un lugar que hay que defender a toda costa, y no es cosa fácil. El Anfitrión vive rodeado de trampas, de envidias, de seres empeñados en destrozar su buena fama y en hacerle perder crédito. La vida del Anfitrión es un juego peligroso y el mayor castigo, que un día no se responda a sus invitaciones, que los comensales desprecien su mesa. Si eso ocurre, sus colegas, los demás Anfitriones, le señalarán con el dedo, será la irrisión, el objeto de los comentarios más crueles, y su nombre aparecerá en la prensa especializada (los Almanaques de Grimod) lleno de estigmas y de vergüenza.

Para que eso no ocurra, el Anfitrión ha de poseer conocimientos enciclopédicos en cocina y ciencias complementarias, física, química, medicina (para mantener a su cocinero en forma, por ejemplo), además de dominar a la perfección la compleja estrategia de la mesa y sus servicios, de ser diplomático dotado de la más fina psicología humana y una capacidad notable en diversos dominios culturales.

Los requisitos que se debían cubrir eran muchísimos. El mismo autor, siempre retomando a Grimod de la Reynière, da cuenta de algunos de ellos.

Por fin, su propia forma física y moral ha de ser perfecta. El progreso de la cocina y de la comida son el centro de su vida. Todo el horario de su día ha de funcionar alrededor de los momentos de ingestión y de digestión, a los que se tiene que presentar en plena aptitud. Se imponen pues una serie de prácticas gimnásticas, atléticas, deportivas, destinadas todas al buen funcionamiento de los jugos gástricos, de los músculos abdominales y de las vísceras especializadas. La caminata es altamente preconizada. Un poco más, y Grimod inventa el footing mañanero...

Rico, estratega a lo Clausewitz, diplomático a lo Tayllerand, sportman, entendido en letras, pintura, música, dotado de un gusto exquisito para la elección de mobiliario, vajillas y cuchillería, administrador a la vez consecuente y generoso, el Anfitrión de Grimod de la Reynière es un modelo ideal para los hombres del Primer Imperio, un modelo que será válido durante la Restauración y la Segunda y Tercera Repúblicas y que sigue siendo una especie de utopía cotidiana cuya realización no exige la subversión de la sociedad burguesa, sino su perfecto acabamiento.

Para poder apreciar la sofisticación que supo alcanzar la función del anfitrión, basta con citar un solo ejemplo. Para ello recurrimos al propio Grimod de la Reynière quien expone las tres maneras posibles de servir la sopa y las virtudes e inconvenientes de cada una de ellas.

La primera que, según creemos, es la más antigua consiste en que los comensales pasan sucesivamente los platos al anfitrión y éste los devuelve servidos.

Pero estas idas y venidas de platos, sea en diagonal o en paralelo (todo depende del número de camareros) exponen a más de un accidente, retrasan el servicio y hacen que una parte de los invitados haya terminado ya la sopa mientras otra aún no la ha recibido, ponen en peligro la vajilla e incluso la sopa y provocan mil distracciones en el momento en que el apetito exige la máxima atención. Las disculpas que prodigan los invitados acrecientan la confusión. Se olvida que, si las ceremonias son en general enemigas de la buena mesa, lo son doblemente en el caso de los platos calientes como es el caso de la sopa.

Además, el anfitrión se siente bastante incómodo, con dudas sobre a quién servir antes. La costumbre impone que se le sirva a las damas primero, ¿pero a quién servir después y cómo asignar los rangos? ¿Cómo satisfacer, o conciliar, todas las espectativas? ¿Cómo recordar en qué orden se ha servido la sopa para respetarlo en los siguientes servicios, ya que así lo impone la etiqueta? La verdad es que es un auténtico laberinto.

Veamos lo que acontece con la segunda posibilidad que, como se podrá advertir, también presenta limitaciones.

Según la segunda manera habitual en nuestros días, se sitúa una pila de platos, tantos como invitados hay, entre la sopera y el anfitrión. Éste llena cada plato y lo pasa a derecha e izquierda alternativamente. El que lo recibe se lo queda o se lo pasa al vecino, hasta que llega a los últimos, de forma que, el más cercano a la sopera es el último en ser servido.

Este método resulta sin duda más cómodo, pero no invalida el inconveniente de hacer circular platos calientes y llenos. Por otro lado, si los vecinos del anfitrión se consideran servidos al recibir el primer plato, no podrán tomarlo en paz, ya que están obligados a pasar platos. Si, por el contrario, van pasando todos los que reciben, sufrirán un auténtico suplicio de Tántalo y, como premio a su cansancio, tendrán menos cantidad que nadie, a poco que la sopa escasee, lo que ocurre a menudo en los banquetes multitudinarios.

Algunos de estos inconvenientes se alivian duplicando las soperas. Pero, colocadas en los dos bordes de la mesa, ya no pueden ser servidas por el anfitrión, lo cual, en principio, supone un notable inconveniente, superior incluso a los que se han querido evitar. Dos extraños, en efecto, cuya habilidad y celo no siempre son de fiar, asumen la función, una de las más penosas, delicadas y menos lucidas de las que exige el servicio de la mesa. Y, como ya se sabe que es una lata, todos se las arreglan para escabullirse, aun cuando es difícil lograrlo si hay varias soperas en la mesa.

Por último, Grimod de la Reynière expone lo que sucede con la tercera opción.

El tercer método es bastante distinto a los anteriores. En realidad, no tiene nada en común con ellos. Consiste en colocar (antes de que se sienten a la mesa) el plato de sopa bien lleno en el lugar de cada invitado, de tal forma que sólo hay que sentarse y tomarla. Así, se evitan las ceremonias, la circulación de platos verdaderamente incómoda para el anfitrión o sus suplentes, y la mesa gana el espacio que ocuparía la sopera.

Este método que presenta tan grandes ventajas tiene también algunos inconvenientes, siendo el principal la posibilidad de que se enfríe la sopa si alguien se retrasa en sentarse a la mesa. Pero es fácil de prever, calentando la vajilla y abreviando los cumplidos. Si los lugares están marcados con el nombre de cada invitado, pueden estar sentados en un abrir y cerrar de ojos y tomar la sopa tan caliente como si acabara de salir de la sopera. Hay que contar con que haya sólo una clase de sopa, si no ¿cómo intuir el gusto de cada uno? A pesar de todo, pensamos que este método es tan superior a los anteriores que no hay que dudar en adoptarlo, como está ocurriendo ya en París, en varias mansiones donde cuidan con celo todo lo que pueda contribuir a la gloria y aceptación de una mesa bien servida, según los principios del arte.

¿Por qué atribuir tanta importancia a la sopa? El mismo Grimod de la Reynière aborda el tema. “La sopa es a la comida lo que la fachada al edificio; no sólo es lo primero que se toma, sino que debe sugerir el carácter del banquete, al igual que la obertura anuncia el tema de la ópera.” Y concluye revelando que las mejores no se sirven en las grandes mansiones. “Raramente se toman buenas sopas en las grandes mansiones, porque continuamente se saca caldo de la olla para los guisos, reemplazándolo con agua. En las casas medias, sin embargo, se cuida mucho la sopa. Una buena sopa es la gran comida del pobre, una gozada que a menudo el rico le envidia.”

Los años han pasado y el mundo ha cambiado; la geografía del uso de los tiempos se ha visto modificada en forma drástica así como las prioridades del hombre contemporáneo. El tiempo para la comida se ha acortado y las formalidades no cuentan con buena prensa. No quiero ni pensar lo que podría decir B.A. Grimod de la Reynière en caso de entrar en uno de nuestros tan conocidos locales de comida rápida.

miércoles, 11 de abril de 2012

El automóvil, una historia en marcha

El automóvil hace su aparición a fines del siglo XIX generando temores y resistencias de todo tipo que cuestionaban la viabilidad del invento. De acuerdo con Héctor de Mauleón, fue un junior porfiriano -Fernando de Teresa- quien en 1895 importó un automóvil desde París y cuando salió a las calles de la ciudad de México para probarlo “se armó tal escándalo que el ministro de Gobernación, Manuel Romero Rubio, hizo acto de presencia y se convirtió en el primer copiloto del automovilismo mexicano”. Según de Mauleón “los voceadores anunciaron al día siguiente la aparición de ‘¡El coche del diablo!’: una máquina que se movía sin necesidad de ser tirada por caballos.”
Una década más tarde, el tema seguía siendo muy controversial y a ello se refiere Ángel de Campo en el periódico El Imparcial el 10 de diciembre de 1905.

No hace muchos días, un caballero adquirió un automó­vil; recibió varias lecciones para dirigirlo del chauffeur de la agencia vendedora; se creyó bastante hábil para mane­jar el cetáceo, se lanzó en él por esos mundos, y cuando quiso detenerlo, no pudo; trocó los frenos, perdió los bártulos, equivocó las llaves, hizo marañas de las palan­cas, extravió la moral y optó por dejar que la máquina anduviera hasta agotar la gasolina; total: cerca de doce horas de rehilete involuntario.
En estos momentos siembran el pánico en las calles de esta capital ciento veinte automóviles, y no existe, que yo sepa, un instituto, un gimnasio, una escuela elemental siquiera, donde los suicidas aprendan el manejo de todas las tretas que esos monumentos poseen.
Un automóvil tiene más llaves que una locomotora y más caprichos que un caballo mañoso; y sin embargo, lo tri­pula cualquier aficionado sin título y sin fianza preventiva.

Sin embargo, continúa Ángel de Campo, el automóvil también tiene sus ventajas y haciendo números no parece ser tan mala opción.

Pero he aquí las razones que me dio un agente para que rematara yo un coupé de medio uso, sus caballos y guarniciones, para hacerme de una bonita máquina y vo­lar con los once puntos que la civilización requiere.
—Ciertamente, un automóvil de bandera amarilla cues­ta, cuando menos, tres mil pesos; pero en cambio, supri­me las distancias y borra de una plumada el costo de una caballeriza; la manutención de los caballos; la iguala con el veterinario; los sueldos del caballerango, lacayo y cochero; las velas de los faroles; la esponja y cubetas y ayates y almohazas para la limpieza del vehículo y de las bestias de tiro, y suprime de un golpe el desembolso de enormes cantidades para pasturas. ¡Con sólo las “sisas” de la paja, cocheros hay que visten a sus mujeres en el París Charmant, van a la sombra de los toros, poseen su predio en la colonia Americana y le hablan de tú al Nuncio!
“El automóvil, Míster, independiza a uno; subido en él se siente uno amo; no hay caballo que se le arme ni ti­rante que se le reviente; y se economiza el tiempo: Time is money.”

En el transcurso del siglo XX los automóviles fueron ganando terreno, no sólo como medio de transporte sino en tanto indicadores de prestigio social. Dime qué marca y modelo manejas y te diré quién (crees que) eres.
Por otra parte, para muchas personas los vehículos constituyen su medio de subsistencia, son aquellos que integran el gremio de obreros del volante. Tantas horas de manejar el taxi, pesero o camión con las consiguientes preocupaciones por el estado mecánico de los mismos, lleva a interpretar la realidad en claves propias del oficio. Eutimio Mérida Peña ofrece un ejemplo de ello al citar el discurso de un taxista, apodado “El Comando”, que presenta las necesidades de la ciudad de Tapachula, Chiapas, ante José Antonio Aguilar Bodegas quien pretendía gobernarla.

Mire licenciado, Tapachula está a punto de desbielarse; los anteriores alcaldes han sido unos cafres al manejarla; la cuenta que han hecho (participaciones) solo ha sido para la bolsa de ellos, por eso se han olvidado de hacerle afinación mayor y revisarle el motor; bueno, con decirle, licenciado, que ni siquiera le han medido los niveles...
Tapachula, licenciado, está tirando aceite; se jalonea. ¡Y a gritos pide hojalatería y pintura! El único que le dio una asentadita de válvulas, le cambió bujías, platino, condensador y le reparó medio motor, fue Melgar Aranda. Después de él, ningún alcalde se ha preocupado por darle mantenimiento o hacerle alineación y balanceo.
Tapachula, licenciado —seguía diciendo El Comando- carece de luz alta (alumbrado público); a sus calles ya se le ven las lonas (baches) y por donde quiera se le calienta mucho el motor (prostitución clandestina)...
Con relación a los funcionarios municipales —manifestó- todos necesitan cambio de balatas para que se frenen, porque el que no rebasa en curva, se pasa los altos. Por eso los taxistas le pedimos, licenciado, que cuando usted sea alcalde, el funcionario que ande acelerado o cascabeleando, por favor, cancélele su tarjeta de circulación y mándelo al deshuesadero o al corralón.
El próximo 20 de Noviembre —enfatizó el Comando- todos los taxistas acudiremos a las urnas con Licencia de Manejo en mano (Credencial de Elector) a votar por usted. Y aquí le paro, licenciado, porque nuestro Secretario General don Jesús Rodríguez Mejía me está diciendo en señas que el semáforo indica luz roja; me dice que ya no siga tocando el claxon (hablando) porque de lo contrario, me pueden infraccionar. ¡He dicho!
El tiempo ha pasado y actualmente existe controversia respecto al futuro del automóvil. Han aumentado críticas y reclamos en relación a los daños causados por el parque automotriz al medio ambiente, principalmente en lo que tiene ver con la contaminación y el ruido. Es posible prever que en un futuro próximo habrá modificaciones importantes en sus fuentes de energía con lo que se viene experimentando desde hace algunos años. Asimismo son muchos quienes reivindican el regreso a la  bicicleta como forma más económica, ecológica y saludable de transportarse.
Vaya paradoja: a veces el futuro se encuentra en el pasado.

martes, 3 de abril de 2012

Anti-efeméride para un 8 de marzo

Aconteció en el interior profundo del estado de Chiapas, parajes en que a veces la sierra encierra.
La mecha quedó encendida desde algunos días antes en que a la hora de la caída de la tarde y compartiendo unas cervezas luego de un ríspido partido de basket,  sostuvo una dura discusión con uno de sus amigos. Éste lo ridiculizó ante los demás al decirle que “no se hiciera tan hombre cuando era sabido que su vieja andaba con otros”. Sin demasiada convicción replicó que eso no era cierto y, en un desafío que a la postre sería fatal, añadió que si había pruebas de ello se dieran a conocer.
Hay veces que se cumple aquello de pueblo chico infierno grande, como ese día en que sus amigos lo vinieron a buscar al mercado para que fuera urgente a su casa. Cuando llegó encontró a su esposa, con quien tenía tres hijos, entregada en alma y cuerpo a un amor clandestino. Es posible que en su fuero íntimo tuviera sospechas al respecto, pero esta vez la constatación directa y con testigos le impidió seguir tolerando aquella situación.
Controló su furia ante el tercero en discordia a quien dirigió una serie interminable de insultos y maldiciones que concluyeron con el anuncio de reparación: deseo que en la misma manera en que hoy me lastimas, seas herido en muchas ocasiones hasta que aprendas lo que se siente. Luego, de acuerdo a usos y costumbres, condujo a la que hasta ese momento había sido su mujer a casa de sus padres en donde dijo la tan temida forma: “por no cumplir con lo acordado a la hora del matrimonio, la devuelvo a la casa de donde nunca debí haberla tomado”.
El padre negó contundentemente que su hija pudiera tener tal comportamiento al tiempo que se dirigió al comisariato para presentar denuncia contra el mal yerno por andar levantando falsos quien contestó llevando los testigos del hecho.
La autoridad procedió según tradición y ella quedaría detenida durante dos días por deslealtad a su varón. Adolorido de vergüenza, el padre recurrió a familiares y compadres con objeto de juntar el dinero necesario que le permitiera pagar la multa que podría liberar a su hija. A todo esto la madre no se aguantó diciendo a su hija que hubiera preferido verla muerta antes que en esa situación que denigraba el honor de la familia. Que nunca pensó que fuera capaz de ello. Que era la vergüenza de la familia. Que no alcanzarían las aguas del río que pasa por la comunidad para lavar el honor mancillado. Que...
Cuando el padre regresó con el dinero de la fianza, abrieron la puerta de la improvisada celda y vieron con horror que la acusada se había ahorcado con la faja de su vestido tradicional.
Días después su marido explicaba por qué había regresado a su mujer a la casa de sus padres. “Es como cuando tienes una camisa que te gusta mucho, que le tienes mucho cariño. Se te descose en un costado, la coses y continúas usándola. Se te descose en otro lado, la vuelves a coser y vuelves a usarla. Después llega alguien te la destruye, la hace jirones y ya no puedes volver a usarla, no hay arreglo posible...”

miércoles, 21 de marzo de 2012

Un contagio inesperado


En el inicio del proceso de independencia de los países hispanoamericanos, los sectores dominantes veían con desagrado así como desprecio las maneras y costumbres de uso habitual entre los grupos de origen popular. Las élites descubrían en Europa un centro cultural, cuyos modelos de convivencia sería conveniente emular para fortalecer el proceso civilizatorio americano. En las comparaciones entre ambas regiones invariablemente los nacientes países americanos  llevaban las de perder.
Para el caso rioplatense fueron muchos quienes pensaron que la solución podría derivar de las oleadas migratorias que procedentes de Europa y portadoras de sus hábitos culturales, contribuirían a mejorar la raza así como a superar las costumbres bárbaras del criollaje y del gauchaje. Al respecto dice Jorge Lanata que “Sarmiento y Alberdi querían cambiar al pueblo. No educarlo, sino liquidar la vieja estirpe criolla y llenar el espacio vacío con sajones.”
Pero como suele suceder, las cosas no resultaron tal como estaban previstas porque, añade Lanata,  “(…) la realidad les jugaba a diario una mala pasada: los ingleses se agauchaban, también los franceses y los italianos.” Vaya paradoja: no solo los criollos no se europeizaban, sino que eran los europeos quienes se agauchaban. Ante la pluralidad de lenguas de los inmigrantes, cuenta Macedonio Fernández, cuando los gauchos “(…) oían y veían conversar animadamente en alemán o inglés a extranjeros, decían: ‘Se ve cómo les gustaría hablar’.” Así, el criollo se sentía digno de ser copiado y no estaba tan dispuesto a aprender de los fuereños.  Es posible ilustrar la manera en que aquellos que supuestamente venían a civilizar terminaron por asimilar algunos de los usos tradicionales autóctonos (si bien realizando algunas variaciones) citando a Isidro Más de Ayala a través de lo sucedido con el mate.
¿Y los que toman mate en vasos de vidrio? ¡Perdónalos Señor! ¿Qué fué de aquellos mates labrados con escudos nacionales, banderas, soles e iniciales entrelazadas? ¿Y qué de aquellas calabazas cuyas bocas lucían cinceladas boquillas? ¿Y de los altos mates de pie que la negrita cebaba a la dama patricia? ¿Qué fué Fabio, oh dolor? Como el primer impulso de la profanación sería dirigirse a lo más sagrado del santuario, la regresión vulgarizadora a que asistimos ha desplazado a la cucurbitácea nativa y generosa, reemplazándola por un vaso de vidrio que se compra por 15 centésimos en un bazar. Debemos anotar, en descargo de los criollos, que los iniciadores de este barbarismo son los emigrantes que llegan a nuestra tierra. Polacos, lituanos y libaneses asimilan con tanta facilidad nuestras costumbres que toman mate al poco tiempo de llegar. Como lo dice Silva Valdez, es por la boca que los extranjeros comienzan a acriollarse, y —agregamos nosotros— lo hacen mediante modismos y giros criollos contenidos en paquetes de uno y medio kilo envueltos en papel celofán. 
Pocas cosas tan queridas para los pueblos rioplatenses como el mate tradicional, que en manos de los fuereños vino a degenerar en un simple vaso de vidrio… ¡Qué lejos estuvieron Sarmiento y Alberdi de imaginar que esta infusión, propia de pueblos bárbaros, terminara por seducir a extranjeros arribados a estas tierras! Por cierto que Isidro Más de Ayala atribuye muchas de las limitaciones del desarrollo nacional, en el caso uruguayo, a la cantidad de tiempo que se dedica a tomar mate, ya que si se destinara a causas más nobles podría tener extraordinarios resultados en muy diversas áreas del quehacer humano.
(...) conocemos personas que hubieran llegado a ser grandes creadores —en la ciencia, la industria, el arte— a no ser por el mate. Su preparación lenta y ritual, y luego su ingestión amante y deleitosa, les consumía diariamente las dos primeras horas de la mañana —las más fecundas—; y luego, con la euforia que el mate les producía, debían ir a un café a exponer con dialéctica abundante sus teorías y planes para mejorar el mundo, corregir defectos universales, enjugar déficits millonarios y otros problemas igualmente magnos, después de cuya solución verbal quedaban tan agotados que debían dormir una siesta reparadora. Y luego, para despejarse de la siesta, tenían que tomar mate, y otra vez al café.
Y, así, entre mate, siesta y tertulias de café, transcurrió la existencia de personas que debieron llegar a ser un Tomás Edison, un Henry Ford o un Chevrolet.
Según el mismo autor, hacer el cálculo del tiempo destinado a matear puede ser contraproducente.
Un capacitado médico de clientela y triunfos científicos en aumento, resolvió un día no tomar más mate, pues había hecho el cálculo en horas del tiempo que le había consumido esa práctica desde la adolescencia y quedó horrorizado de los días que por ella “había perdido”. No han pasado muchos años y este galeno debe guardar reposo de tiempo en tiempo porque sufre de úlcera gástrica. El propio tiempo atrasa el reloj a quienes pretenden adelantarlo.
Para concluir solo resta formular una pregunta: ¿cuántos extranjeros pudieron haber destacado en sus tierras de origen de no haber llegado a estas latitudes en las que dedicaron incontables horas a tomar mate en un deslucido vaso de vidrio?

miércoles, 14 de marzo de 2012

Porque las guerras no terminan cuando se acaban


Tema complicado el del acostumbramiento. Por una parte no deja de ser  dolorosa esta capacidad de habituarse a casi todo, pero por otro lado es buena cosa ya que permite sobrellevar lo que resultaría insoportable si no se contara con la anestesia del acostumbramiento.
De entre quienes habitaron tiempos y espacios en que tuvieron lugar conflictos armados, unos murieron, otros sobrevivieron. De éstos últimos, algunos no volvieron a referirse al tema (hicieron un pacto de no agresión con el recuerdo y la memoria) mientras que otros, años después recuerdan sus vivencias. Sucede que la guerra queda con la intensidad propia de la mirada infantil o adolescente aun cuando los muchos años hayan pasado. El actor Fernando Fernán Gómez, quien vivió parte de su niñez en el transcurso de la Guerra Civil Española, se refiere al efecto acostumbramiento. “En aquellos meses ya no dábamos importancia al tableteo de las ametralladoras o al ruido de los disparos sueltos que llegaban desde la Ciudad Universitaria. Alguno de nosotros decía simplemente: ‘Hay combate’. Y seguía la conversación, o el juego en la mesa del comedor.” Por cierto que en tiempos de guerra son muchos los que juegan al Antón Pirulero, cada quien a su juego… Por otra parte, Fernán Gómez alude a la manera en que la guerra va encontrando lugar dentro del entorno cotidiano. “Sin percatarnos de ello, habíamos convertido aquellos combates que para los contendientes serían algo dramático, algo vivo y decisorio, en una simple cosa, un accidente, como la llovizna, como un apagón de luz, como el trapero de las mañanas, que puede pasar o no pasar pero no influirá en el sentido de la vida de nadie.”
En la familia se multiplican los temores por lo que podría ocurrir al niño Fernando, sin embargo –tal como él lo refiere- el miedo también se acostumbra. “Durante los últimos cinco meses del año 36 y buena parte del 37 no hacía nada. Estaba casi siempre encerrado en casa, leyendo o escribiendo, tratando de inventar juegos sobre la guerra o el fútbol utilizando el hule a cuadros que protegía la mesa del comedor. Mi madre y mi abuela tenían un miedo exagerado por mí; miedo que desapareció poco a poco, no porque yo creciera, sino porque la guerra se fue convirtiendo en costumbre.” La abuela tenía sordera en un oído y cuando el ruido de los combates no dejaba dormir “(…) ella se tumbaba del oído que le quedaba sano ¡Y tan ricamente! Todo tiene sus ventajas.”
Otra mirada retrospectiva sobre la guerra corresponde al escritor y periodista Ryszard Kapuscinski, quien recuerda el “clima social” en que vivía la Polonia de su infancia y adolescencia en tiempos de la 2ª Guerra Mundial. Ello lo condujo a pensar que la guerra era “el estado natural del universo”.
Durante mucho tiempo pensé que aquél era el único mundo, que no había otro, que la vida era así. Es comprensible: los de la guerra fueron mis años de infancia y primera adolescencia, cuando uno empieza a discurrir y a tomar conciencia de las cosas. De ahí que me pareciese que no era la paz sino la guerra el estado natural del universo, incluso el único posible, la única forma de existencia; que la necesidad de huir, el hambre y el miedo, las redadas y las ejecuciones, la mentira y los gritos, el desdén y el odio formaban parte del sempiterno orden de las cosas, que eran el sentido de la vida, la esencia del ser.
Así las cosas, la guerra deja de ser un estado excepcional para convertirse en realidad cotidiana, que llega incluso a concebirse como algo natural. Es por ello que al concluir los combates en ocasión del restablecimiento de la paz, el adolescente que por aquel entonces era Kapuscinski queda totalmente desconcertado al no saber cómo era la paz. “(…) cuando callaron los cañones (…), cuando de pronto se hizo silencio, ese silencio me pilló por sorpresa, no sabía qué significaba. Un adulto, al escucharlo, tal vez dijese: ‘Se acabó el infierno. Por fin ha vuelto la paz.’ Pero yo no recordaba qué era la paz, era demasiado pequeño para recordarla: cuando se acabó la guerra yo no conocía más que el infierno.”
Ante estos testimonios sobre la presencia de la guerra en lo cotidiano, no queda más que coincidir con Max Aub: “Las guerras siempre se pierden, unas veces por poco, otras por mucho; unas en semanas, otras en años.”
Por otra parte, es importante advertir que no se trata de un tema del pasado ya que en el mundo de hoy son muchos los niños y adolescentes para los que la guerra, la violencia, la inseguridad forman parte de un escenario que ya les es natural porque no conocen otra realidad. Hoy día son muchos los Fernando y los Ryszard que, con otros nombres, no tienen conocimiento de lo que es habitar en tiempos de paz.
Finalmente, con la paz sucede como con la libertad que en ocasiones solo se llega a valorarla en su real dimensión cuando se siente perdida. Al decir de María Zambrano
La paz es mucho más que una toma de postura: es una auténtica revolución, un modo de vivir, un modo de habitar el planeta, un modo de ser persona. (…) Un estado de paz verdadera no habrá hasta que surja una moral vigente y efectiva a la paz encaminada, hasta que la violencia no sea cancelada de las costumbres, hasta que la paz no sea una vocación, una pasión, una fe que inspire e ilumine.
Así sea.

lunes, 5 de marzo de 2012

Entre diminutivos te veas


Muchos son los autores que han analizado el uso y abuso de diminutivos en el lenguaje cotidiano. Samuel Ramos, Octavio Paz, Santiago Ramírez -entre otros-  han encarado la cuestión de la identidad nacional y en algún momento, más temprano que tarde,  recalan en el tema. Otro autor que se refiere a este punto es Joaquín Antonio Peñalosa “El diminutivo es la salsa de nuestra conversación. Ni es mexicano el platillo sin el picor del chile, ni la conversación sin el dulzor del diminutivo. Por lo que nos entra de picante nos sale de dulzura.”

Como no podía ser de otra manera su uso llega al ámbito familiar ya que como afirma Peñalosa “La familia mexicana (…) compónese de una serie de diminutivos a partir del abuelito y la abuelita, el jefecito y la jefecita, el hermanito y la hermanita, el nietecito y la nietecita hasta llegar al niño chiquito y en dado caso, al huerfanito (…). Ay del ingrato que llame a su abuelita, abuela; ese tal merecería descolgarse del árbol genealógico por ofensivo y desdeñoso con la ‘cabecita blanca’ (…)”. La cosa sigue cuando llega la bebida. “Nuestro huésped comienza la ceremonia ofreciéndonos la inevitable ‘copita’. Cuando todo mundo la sostiene en alto, tensa y trémula en un momento de expectación, alguien irrumpe con la señal esperada: ‘Salucita’. Que es como el tiro de salva para que arranquen los atletas.” Ni qué decir a la hora de la comida, tal como lo indica el mismo Peñalosa

Aquí está ya el primer diminutivo, es decir el primer platillo, que es un "caldito" caliente con "cebollita" picada y su "limoncito" como para asentar el estómago y entrenarlo para el incierto futuro inmediato. Siguen los otros platillos, es decir, los otros diminutivos en serie: una "sopita" de arroz con sus "huevitos" estrellados, una "carnita" de puerco aderezada con la imprescindible, inefable "salsita", y las "tortillitas calientitas, suavecitas" y el fin feliz de los "frijolitos" siempre antiguos, siempre nuevos, sin que se olvide un "platito" de dulce y una "tacita" de café con un bienoliente "cigarrito" del país o "de carita".
Los diminutivos, es claro, se vuelcan en la designación de los antojitos. Ahí están las "patitas" de puerco, el "cabrito" al horno del Norte, el "cochinito" pibil del Sur, los potosinos "nopalitos", los "ceritos" en vinagre, las indecibles "carnitas", la "pancita" y los "machitos" para digestiones a prueba de bomba, las enchiladas llovidas de "quesito", los beatíficos "pambacitos", las "gorditas" tiernas, y la institución nacional de los “taquitos", que el mexicano come a toda hora en una prolífica variedad de más de 150 clases diferentes.

En ocasiones el diminutivo cumple la función de encubrir la desmesura o disfrazar de austeridad al lujo más flagrante; continúa Peñalosa “Cuando el mexicano alude a su casa siempre la designa como su pobre casa, así sea soberana residencia. (...) Tendencia connatural a hacer pequeño lo grande, y más cuando todo esto es pertenencia suya. ‘Tengo una casita en las Lomas de Chapultepec y otra casita en Las Brisas de Acapulco’. Pues pobrecito.” Sin embargo cabe aclarar que los diminutivos aplican tanto para un barrido como para un fregado porque así como disimulan el escándalo de la opulencia, en opinión de Andrés Henestrosa también logran hacer menos lacerante la pobreza.

Así, tú dices, en diminutivo: “Venga un día a casa a comer unos frijolitos”. El diminutivo no es privativo de ningún pueblo, desde luego, no del mexicano; pero en la lengua de los indios, el diminutivo no sólo es la reducción física, digamos, de las cosas, sino que sirve para reducir su pobreza y su tristeza. Y cosa curiosa, pondera. (...)
El diminutivo es una alusión tierna a las cosas. No es lo mismo decir “mi casa” que “mi casita”, no es lo mismo decir “frijoles” que “frijolitos”. La terminación “ito” le pone ternura, resta tristeza, resta pobreza a las cosas.

Tal como se deduce del análisis del multicitado Joaquín Antonio Peñalosa, la gramática ortodoxa le hace los mandados al habla mexicana.

La gramática afirma que las partes invariables de la oración son inalterables, jamás deben modificarse, ni admitir sufijos ni prefijos, siempre fieles a su genio y figura. Pero todo es que llegue el mexicano con su cascada saltarina de diminutivos, y hace variables las partes invariables, como sucede con los adverbios. Ahora, dice la gramática; ahorita, dice el mexicano y, en caso de urgencia, ahoritita; o para imprimirle mayor velocidad, ahorititita. Lo mismo sucede con poquito, muchito, lueguito, despuesito, enseguidita y otras deliciosas arbitrariedades. Puede más el alma que la gramática, la psicología que la lexicografía.
¿Cuál es el secreto de esta micromanía, de este amor trémulo por lo pequeño y abreviado?¿Cuál la fuente de este interminable rocío de diminutivos que empapan hasta el tuétano del habla cotidiana, sino la cálida afectividad, la sensibilidad emotiva de los mexicanos, tan fáciles al amor y a la amistad, con un corazón más grande que el cerebro? El mexicano puede afirmar con permiso de Descartes: Amo, luego existo.

Hay quienes discrepan con esta interpretación tan romántica. Es el caso de Santiago Ramírez cuando señala que en una manifestación muy violenta el macho mexicano “hará uso excesivo del diminutivo inclusive en sus más apasionados ratos de hostilidad; matará en medio tono y con suavidad; cuando entierra un cuchillo en el vientre de su adversario, expresa dulcemente: ‘guárdame este fierrito’”. Juan Villoro alude a otra situación, cuando alguien logra conciliar rencor con amabilidad hundiendo el puñal con extremada cortesía acompañado de la pregunta: “¿No me lo guarda un ratito?”. En fin, que es cuestión de no confiarse demasiado en los diminutivos.

Por último nada queda fuera de esta “diminutivitis” aguda, tal como lo ilustra el monumento a Carlos IV situado en la Plaza Manuel Tolsá (que homenajea al autor de la obra, reconocido escultor y arquitecto) en el centro histórico de la ciudad de México. No es un dato menor el que la mirada colectiva haya olvidado al jinete al centrarse en el equino, que a pesar de sus dimensiones colosales, es conocido popularmente como “el caballito”.

Así las cosas, nada es imposible para un diminutivo que quiera dar de sí.