lunes, 21 de noviembre de 2011

Las vueltas de la vida

Si damos crédito a numerosas letras de tangos y boleros, cuando la mujer se va por lo general se va para no volver, quizás porque la decisión fue cuidadosamente considerada desde mucho tiempo antes.  En el caso de los hombres, y tal vez porque la partida suele ser resultado de un impulso intempestivo, la cosa es diferente: muchos son los que se van pero con pasaje de ida y vuelta.
Con frecuencia se menciona a aquel marido que salió a comprar cigarros y volvió a su casa muchos años después. Ahora bien, lo que parecía ser tan solo una leyenda urbana se confirma en los hechos si nos atenemos a testimonios originados en diferentes tiempos y diversas latitudes. Así hubo esposos que efectivamente vivían muy lejos de la cigarrería. Alejandro Gómez Maganda refiere algo acontecido en México hace ya muchos años.
(…) Chucho Urueta, el Príncipe de la Palabra, cuyo renombre llega hasta nuestros días
cargado de luminosos créditos, (…) un día, sin más ni más, y obedeciendo a sus apetencias amorosas, con una ella de la farándula que habíale cautivado ciertamente; a pretexto de marcharse a la calle para adquirir una cajetilla de cigarros que, a su decir: “le era muy necesaria”. Sucede que sucedió, que el tribuno de Chihuahua prolongara inusitadamente su viaje hasta Europa, desde la esquina del estanco a donde afirmó dirigíase.
Pasaron los meses y al cabo de un año, el ático orador mexicano de merecido y singular renombre, hubo de retornar a su hogar sin explicaciones habituales. Pidiendo sencillamente, como si en verdad se hubiese ausentado tan sólo por momentos para ir a comprar tabaco; “sus pantuflas y bata, hogareñas...”               

No sabemos si lo anterior fue acompañado del clásico “ahorita”, porque como dice Joaquín Antonio Peñalosa: “Ahorita vengo, avisó el marido a su esposa y lleva tres años esperándolo.” Además, es posible advertir que el regreso de don Chucho se produjo en un entorno de machismo autoritario que le permite no sólo no dar explicaciones sino regresar exigiendo el trato privilegiado de siempre.
Algunos años después en otros rumbos se presentaron situaciones similares. María Esther Gilio relata lo sucedido en Argentina a Aníbal Troilo (el inolvidable Pichuco) con su esposa Zita.
(Zita) era muy tierna con Troilo, él podría haber sido su hijo también. Cuando ella te cuenta que una vez Troilo se fue a buscar fósforos y que eso le llevó tres días y que además llegó sin los fósforos… yo que sé, a cualquier mujer le daría un ataque de furia, pero ella le encontraba gracia a eso, como las gracias que una madre le puede encontrar a un hijo aun cuando en el momento la cosa la volvió loca. Lo quería como era, me parece.
Difícil frontera de amor, aceptación y resignación la que se hace presente en querer a la pareja tal como es.
Adolfo Bioy Casares también incursiona en el tema y documenta casos de algunos maridos que se ausentaron del hogar.
Burone me contó de alguien que, siguiendo a una muchacha, se fue de la casa. Dos años después, una noche, a la hora de comer, volvió. Entregó a su mujer un envoltorio:
—Traje esto —dijo.
Era una pizza.

Parece que no sólo las cigarrerías quedan lejos, también las pizzerías… En el relato anterior no se aclara el destino que tuvo el marido (ni la pizza) a la hora de su regreso. Tal vez el reconocido escritor argentino olvidó comentar el desenlace o quizá ello obedeció a que el tal Burone únicamente conoció la mitad del chisme. Pero sí sabemos del triste desenlace que tuvo otro de los casos citados por el mismo autor

(…) se fue a Cuba y dejó en la aldea mujer y críos sin nunca mandar una carta ni menos una peseta. En la aldea sabían por otros que allá en La Habana el hombre amasó una gran fortuna. Pasados treinta años, volvió: muy elegante con bastón con empuñadura en cabeza de perro, sombrero de fieltro, bigotes, corbata de moño, polainas blancas. Fue a la casa, revoleando el bastón, y lo primero que hizo fue darle a uno de sus hijos unas pesetas para que le comprara cigarritos; después le dijo que se guardara el vuelto, lo que causa muy buena impresión. Por poco tiempo, ya que descubrieron al rato que las pesetas para los cigarritos fueron las últimas que traía. La mujer le dijo: "Por mí, quédate en la casa, pero nada más". De todos modos,  la mujer consultó con los hijos, que dijeron: "Esta bien, pero que quede como criado". Así como criado vivió en su casa y después de no pocos años enfermó y murió. Como criado, siempre.

Otro de los episodios citados por Bioy alude a un fugado que, a la hora de su regreso y seguramente atormentado por su conducta, se impuso a sí mismo una peculiar pena suponiendo que con ello repararía de alguna forma el daño ocasionado.

Eleuterio B. vivía en Córdoba, con su mujer. Una vez fue al almacén, a comprar algo; no volvió a la casa, sino después de diez años (que pasó en el Paraguay, con una china). Cuando volvió no dio explicaciones ni se las pidieron. Al poco tiempo com­pró una enorme jaula de alambre tejido, como las de pájaros, de algunos zoológicos y la llevó a la casa. Introdujo en ella una cama, un ropero, un escritorio, una silla y pasó la vida en la jaula. Los criados la llamaban "el cuarto del señor".

Ahora bien, no se crea que todos los que abandonaron su casa (y para quienes parece que Cuba llegó a ser uno de sus destinos predilectos) fueron recibidos de buena manera por su esposa. Tal es el caso que menciona María del Pilar Montes de Oca Sicilia.

Cuenta mi abuelo que en las Islas Canarias, la tatarabuela o la chozna, se casó a mediados del siglo XIX con su novio de toda la vida. Al poco tiempos y después de hacerle varios hijos, él, pensando en su porvenir y en el de sus hijos, la dejó para irse “a hacer la América”, prometiéndole que, en cuanto tuviera un trabajo y una casa, mandaría por la familia. La señora no tuvo más remedio que aceptar y así fue.
Pasaron los años y esperó y esperó noticias de él, mismas que nunca llegaron –sabía que estaba en Cuba, pero nada más. Ella trabajó en el campo y sacó a su familia adelante.
Tiempo después empezó a cultivar la cochinilla –un insecto que entonces se utilizaba como colorante y era de lo más preciado- y empezó a hacer dinero; se enriqueció, compró una casa más grande y vio crecer a sus hijos y a sus primeros nietos.
Un día, mientras estaba sentada en la terraza de la casa, bordando al atardecer, vio cómo subía un viejo enjuto y flaco por el camino que bordea la colina que llega al pueblo. Era su marido, del que por más de 30 años había perdido el rastro. Estaba solo, se veía demacrado y acabado y lo único que traía consigo era un bote de miel de abeja sobre el hombro. Ella  esperó a que llegara a la casa, lo miró de frente, de arriba abajo y, en tono claro y simple, le dijo:
-Dónde dejaste la pulpa, hubieses dejado el hueso.

Llegados a este punto se podría deducir que todos los regresos fueron motivados por la revalorización del amor perdido o por el remordimiento. Nada más lejos de la realidad, tal como lo demuestra lo que sucedió con un amigo de Fernando Fernán-Gómez de acuerdo a lo narrado por Rafael Azcona.

(…) con el matrimonio en crisis desde hace ya tiempo, decide acabar con la situación y una madrugada, en medio de una bronca con su mujer, echa en una maleta unos calzoncillos y el cepillo de dientes, abandona el hogar dando un portazo, baja a la calle, llueve a mares y no pasa un taxi. Harto de esperar sube a su casa, y su mujer, que está llorando, al oírlo entrar se precipita en sus brazos: “¡Haz vuelto!” Y el amigo, de Fernando echa las manos por delante, para frenarla, y le explica: “No. Es que no hay taxis”.
Volviendo a Adolfo Bioy Casares, es posible que su curiosidad por conocer las circunstancias en medio de las cuales un hombre abandona a su mujer y a sus hijos, lo llevó a registrar casos que conoció directamente o que le fueron referidos por fuentes fidedignas. Entre ellos resaltan algunas situaciones en que el fugado, que en realidad estaba harto de su esposa, disfrazó la partida como un acto de heroísmo guiado por causas muy nobles. “No fue Byron a Missolonghi para pelear por la libertad de Grecia, fue para escapar de Teresa Guiccioli.” Y para dejar claro que no se trató de un evento aislado, concluye: “Es copiosa la lista de héroes que fueron a la guerra para huir de una mujer”. En caso de que dicha suposición se confirmara, es posible entonces que quienes derrocharon valentía en el campo de batalla fueran al mismo tiempo desertores de su frente doméstico.

Por último, cabe preguntarse: ¿esta conjetura expresa la opinión del escritor o le fue trasmitida por alguna de sus tantas amigas conocedora de las ocultas motivaciones del corazón masculino? Sea lo uno o lo otro, una vez más se confirma que nunca falta un desconfiado que siembre dudas en las verdaderas motivaciones que movieron a quienes se comprometieron en causas altruistas.

Se dice que Pascal afirmó que “el corazón tiene razones que la razón desconoce”, ante estas situaciones también podría ser cierto lo contrario: la razón tiene razones que el corazón desconoce.

domingo, 13 de noviembre de 2011

Un libro de no retorno

Recientemente las autoridades de la ciudad anunciaron que, debido a obras de mantenimiento de carácter impostergable, habría recortes en el suministro de agua. Ese anuncio fue invitación para tomar alguna medida preventiva (siempre insuficiente ante la emergencia) así como para releer “La gota de agua” de Vicente Leñero (México, Plaza Janés, 1984).

Mi padre fue un gran lector. Disfrutaba particularmente de las novelas policiales pero no le hacía el feo a lecturas de política, historia, literatura y crónica en general. Es por ello que desde que vine a vivir a México, en cada viaje a Uruguay le llevaba una buena dotación de libros. Eran de su predilección las obras de Juan Rulfo, Elena Poniatowska, Juan José Arreola, Carlos Fuentes, Fernando del Paso,  así como algunas de Octavio Paz.
Algo especial aconteció con “La gota de agua”. Fue mi querida amiga Beatriz Ibiñete quien me recomendó que se lo llevara suponiendo, y suponiendo bien, que le podría gustar. Durante su lectura reía a carcajadas al tiempo que contaba diversos pasajes a quienes lo acompañábamos en ese momento. Tanto le gustó que lo recomendó y prestó a varios de sus amigos; por lo visto a alguno de ellos también le gustó porque en uno de esos tantos préstamos, el libro ya no regresó a sus manos. Por tanto en sus cartas me pedía que no olvidara llevárselo nuevamente en el próximo viaje. Tanto el préstamo como la no devolución se repitieron muchas veces, por lo que “La gota de agua” ha sido el libro que más veces he comprado.
El argumento se basa en la vivencia personal del autor referente a  una temporada en que faltó agua en su casa. De alguna manera ello lo conduce a rememorar algunos incidentes que tuvieron lugar en su época de estudiante, cuando al finalizar su carrera de ingeniero le correspondió prestar servicio social cuando se construía la Ciudad Universitaria, siendo responsable de la instalación de los urinarios en uno de los baños de varones.

Enamorado como andaba por aquel entonces, sufrí una pequeña confusión en el momento de leer el catálogo de muebles sanitarios. En lugar de dictar a Saúl Mercado las alturas a que debían instalarse la alimentación y el desagüe del urinario 2422, pongamos por caso –seleccionado por las Oficinas Técnicas de CU, dicté las especificaciones del urinario 2423 que no había seleccionado nadie. Las diferencias entre uno y otro mueble eran de unos cuantos centímetros y no advertí el error hasta después de enmosaicados los muros e instalados los urinarios en los baños para hombres del largo edificio rectangular.
Llegué a la obra un mediodía, seguro de que mis plomeros habían concluido ya la última etapa de nuestro trabajo en Ciencias Políticas. Antes de subir al baño-hombres del segundo piso me detuve a contemplar la construcción hermética como una caja de zapatos. De aquí saldrán, reflexioné, los nuevos políticos que cambiarán el rumbo del país.
Iba a seguir reflexionando cuando se me presentó de sopetón el ayudante de Saúl Mercado.
-¿Ya terminaron? –pregunté con firmeza.
-Sí, ingeniero, nomás que hay un problemita.
-No llegaron los urinarios.
-Cómo no. Los acabamos de instalar.
-¿Y funcionan?
-Funcionan muy bien, ingeniero. Su alimentación perfecta, su descarga normal: todo funciona. Pero hay un problema.
El ayudante de Saúl Mercado tenía la maldita manía de impacientarme. A veces se comportaba como un lerdo, era lento en sus reflejos; medio tarolas, la verdad.
Dejó de rascarse la cabeza. Dijo:
-No alcanzo.
-Qué cosa.
-Estuvieron mal nuestras medidas, ingeniero; no alcanzo.
-No alcanzas a qué.
-A miar, ingeniero.
Reprobé con un gesto la vulgaridad del ayudante de Saúl Mercado y subí de dos en dos los escalones hasta el baño-hombres del segundo piso. Brillaba de limpio. Los excusados preciosos, los lavabos encantadores, pero sí, ciertamente los urinarios se veían un poquitín más elevados de lo normal, digamos unos 15 o 20 centímetros.
Aunque de inmediato capté el origen de la equivocación, no quise manifestar el menor signo de alarma ante el plomero para no mellar mi imagen de autoridad. Prefería realizar una verificación técnica, in situ. Me planté frente al primer urinario de la batería, desabroché la bragueta y descargué contra el mueble el hilo amarillo de mi vejiga. Lo hice con un trazo parabólico, sin excesiva dificultad. El ayudante de Saúl Mercado me observaba a distancia, con discreción.
Mientras me abrochaba de nuevo la bragueta lo miré severamente:
-Cuál problema, tú.
-Usted si alcanza porque está alto –sonrió el ayudante de Saúl Mercado-, pero dónde van a miar los chaparros como yo.
-Qué orinen en el excusado –grité, y salí del baño sin darle más explicaciones. Tampoco se las di a Enrique González. En mis hojas del reporte puse puras palomas y OK OK OK OK a todos los renglones del programa. Los supervisores de las Oficinas Técnicas de CU, seguramente basquetbolistas, jamás hicieron reclamación alguna.
Veinticinco años después fui a mironear, por pura nostalgia, el edificio donde trabajé por primera vez. Supe que nunca perteneció a la Facultad de Ciencias Políticas. Lo destinaron primero a Economía y luego alojó la Escuela de Administración. El tiempo no había pasado en balde. El baño-hombres del segundo piso estaba sucio, pintarrajeadas sus paredes de mosaico, deteriorados los muebles. Alguien, sin embargo, había llevado a cabo una modificación estructural: bajo la batería de urinarios, sobre el piso, levantó una plataforma de cemento de 15 centímetros de altura. Ahora hasta los jockeys podían orinar ahí cómodamente.
Es así que preocupado por la falta de agua en su casa y los contratiempos que ello le ocasiona, Vicente Leñero continúa recordando otros episodios singulares que tuvieron lugar durante su servicio social
(…) se presentó el administrador de la escuela. Se permitía distraernos de nuestro trabajo, dijo, para que le resolviéramos un problema secundario pero muy urgente. Un excusado de la planta baja estaba tapadísimo y quería ver si nosotros/
-Cómo no, desde luego, en un ratito –dije al administrador.
Con Saúl Mercado y su ayudante me asomé al baño. El excusado estaba ciertamente tapado, pero el verdadero problema era que más que una persona había hecho uso del mueble y la mierda acumulada durante quién sabe cuánto tiempo en la taza producía, además de un espectáculo espantoso, un olor nauseabundo.
Hui del baño con deseos de vomitar. Saúl Mercado y su ayudante salieron corriendo tras de mí.
Me puse serio:
-Hay que destapar ese excusado, Saúl, inmediatamente.
-Sí ingeniero, cómo no –dijo Saúl, pero se dirigió a su ayudante-: Ya oíste. Traite la bomba y el gusano y te lo destapas.
Durante segundos el ayudante de Saúl Mercado se quedó como una estatua mirando a su jefe y luego a mí. Al fin estalló:
-Oigan no, no se vale, a mí no me pongan a hacer eso. Yo no tengo la culpa de que esa gente cochina se ponga a cagar donde no debe. Cómo voy a meter ahí las manos. Yo no le entro de plano.
-Alguien tiene que hacerlo.
-Yo no, ingeniero.
-Ándale y no repeles –ordenó Saúl-. Si no se puede con la bomba quitas la taza y le das con el gusano.
De nada sirvieron las protestas del ayudante. Sus jefes nos mantuvimos inflexibles.
-Bueno, está bien. Pero con una condición, ingeniero: que me dispare una botella de tequila. Sólo pedo me pongo a destapar esta chingadera.
Le di un billete y regresó al poco tiempo con las herramientas y una botella de Sauza. Ya sin repelar se introdujo en el baño nauseabundo y ahí se pasó toda la mañana y toda la tarde accionando como un desesperado. Cuando salió no podía mantenerse en pie de borracho que estaba. Gruesos lagrimones le resbalaban por los cachetes.
-No pude –gemía-. No pude, no pude, no pude.
En “La gota de agua”, Leñero narra las múltiples vicisitudes por las que atraviesa su familia ante la falta del vital líquido, así como los muchos intentos fallidos por solucionar ese drama doméstico. Durante el tiempo que se mantuvo la falta de suministro todo era pensado en términos de disposición o carencia de agua. Ejemplo de ello fue el domingo 31 de enero de 1982 en que concurrió con su familia al Palacio de Bellas Artes a un concierto de la Orquesta Sinfónica Nacional dirigida por el maestro Sergio Cárdenas
(…) imaginé a más de uno (de los músicos) enjabonado bajo la regadera, histérico porque el agua se acabó de repente. Cuántos de aquellos músicos se habrían desayunado con la sorpresa de una llave que no escupe, de un tanque de excusado completamente vacío. Tocaban ahora ocultando el malhumor, sudorosos por el trajín musical. Tal vez el mismo Sergio Cárdenas no tuvo agua ni para mojarse la cabeza que sacudía de derecha a izquierda como un plumero durante el adagio de la Sinfonía en do mayor K. 425 de Mozart.
Por esos días la posibilidad de ser feliz quedaba restringida a los privilegiados que contaban con normal abastecimiento de agua en sus casas y que por lo mismo no dejaban de ser  envidiados.
En la tele, a eso de las diez de la noche, cantaba Napoleón. Se veía rozagante, limpiecito, como si acabara de salir de una ducha. Pinche Napoleón privilegiado, qué envidia.
Me dormí hasta las tres de la madrugada cansado de esperar el ruido del agua subiendo a los tinacos y llenado el tanque del excusado.
Nada se oyó.
Mi padre falleció hace muchos años pero aun mantengo la costumbre de que si al entrar a una librería de viejo me encuentro con un ejemplar perdido de “La gota de agua”, no resisto la tentación de adquirirlo. Por alguna extraña razón la historia se repite ya que lo he prestado en varias ocasiones y en más de una oportunidad su salida fue sin retorno; es por ello que siempre tengo más de uno.
Hace unos días Vicente Leñero recibió un muy merecido reconocimiento literario, por tanto es buena ocasión para releerlo. Sí, ya sé que los tiempos imponen lecturas serias acordes con lo que se vive pero tal vez no haya nada más serio que convocar a la sonrisa en estos días en que las cosas están como están.

lunes, 7 de noviembre de 2011

El encarguito de El Gaucho

Sea por exceso de actividades, eventos imprevistos, necesidad de viajar y tantos otros etcéteras,  en muchos momentos no se puede hacer frente a todas las responsabilidades y obligaciones por lo que es necesario respaldarse en familiares, amigos o vecinos. Aún cuando en nuestro tiempo domina la prédica que afianza al individualismo, no faltan manos solidarias con las que es posible contar.

Es así que los encargos revisten diversas presentaciones: hay quien pide que cuiden su mascota o que rieguen las plantas durante su ausencia o que le hagan el favor de pagar la cuenta de teléfono. Cuando no hay alternativa, llega a ser necesario dejar a los hijos al cuidado momentáneo de personas de mucha confianza.

Ahora bien, en este tema de los encargos llama mi atención lo que narra Oscar Orcajo en su libro “Los revolucionarios van al paraíso”.

El hecho tiene lugar en una época en que los afanes revolucionarios contaban con elevados niveles de convocatoria. Luego se instauró la dictadura: la militancia política fue perseguida con asesinatos, tortura, cárcel. En ese doloroso entorno hubo quienes optaron por emigrar.

Años después, al momento del retorno a la vida democrática, muchos renunciaron al exilio y regresaron orientados por su compromiso de construir una sociedad más justa. Sin embargo, este proceso distó mucho de ser sencillo: el país evocado fronteras afuera, no coincidía con el real; las condiciones económicas y laborales por lo general eran más favorables en el exterior; el cambio de condiciones en el contexto nacional e internacional condujo, en muchos casos, a un revisionismo caracterizado por acaloradas polémicas y la dispersión tanto en objetivos como en estrategias a seguir.

En fin, las cosas no resultaron fáciles y hubo quienes, después de intentar readaptarse al paisito, terminaron por emprender nuevamente el camino del exilio. Cuenta Orcajo que

El Gaucho había vuelto a su pueblo natal directo de Europa. Luego de arduas gestiones consiguió un préstamo. Con mucho esfuerzo y sacrificio lideró un grupo de gente que abrió una fuente de trabajo en un lugar donde es utópico hasta tener utopías. Pero el hombre había dejado familia del otro lado del océano y estaba preocupado. Cada tanto bajaba a Montevideo, para hacer algún trámite y tomarse algún respiro... o grapita, con los amigos. La última vez entró serio y me dijo:

—Mire compadre, me vuelvo a Europa... por el gurí sabe. Entonces voy a tener que dejar la revolución...ustedes hagan lo que puedan.

 Pareciera entonces que en esto de dejar encargues todo es cuestión de empezar; la cosa puede ir del pago de las cuentas, al cuidado de las plantas, las mascotas, los niños…. a hacer la revolución.

Me gustaría poder formularle a El Gaucho unas cuantas preguntas. ¿Aquello que dejó encargado sigue siendo prioridad en su vida o quedó simplemente como un anhelo de  juventud?; ¿al cabo de los años considera que sus compañeros estuvieron a la altura de la trascendencia de lo solicitado?; ¿en ese “hagan lo que puedan” estaba implícito el reconocimiento de que con su regreso a Europa la revolución perdía a uno de sus más lúcidos constructores?, ¿o daba cuenta de cierta subestimación respecto a los compañeros destinatarios del encargo?, ¿o con ello expresaba el reconocimiento de lo ambicioso y desmedido del pedido?

Por otra parte, con el paso de los años aquel gurí ya debe ser joven o adulto, ¿ello le habrá permitido a El Gaucho regresar al paisito para hacerse cargo personalmente de la tarea revolucionaria? Tal vez con la llegada de la izquierda al poder, El Gaucho o algunos de sus compañeros ocupen hoy altos puestos de gobierno, ¿ello forma parte de aquella tarea pendiente?

Por último, aquel gurí por el cual El Gaucho abandonó –cuando menos momentáneamente- la tarea revolucionaria, ¿andará hoy por el mismo trillo en que anduvo su padre o se mantendrá al margen de la vida política mientras se desempeña como agente en alguna agencia calificadora de riesgos de fondos de inversión?

Pero como no sólo de preguntas vive el hombre, ya sabes Gaucho, cuando tengas algún encarguito, aquí estamos para lo que se ofrezca.

martes, 1 de noviembre de 2011

Enemigos a la medida

Muy pronto en la vida aprendemos a diferenciarnos: por una parte estamos  nosotros y por otra ellos. Los vínculos con los otros pueden ser de encuentro, indiferencia,  hostilidad…

Es frecuente que la afirmación de la propia identidad se haga a expensas de un otro que, con mucha frecuencia, deviene en enemigo; al decir de Martín Caparrós

Hay que armarse un buen enemigo, porque un enemigo sirve para muchas cosas: produce identidad –nosotros somos los que nos peleamos contra ésos–, produce cohesión –nosotros estamos peleando contra ésos así que no vamos a discutir entre nosotros–, produce un orden –aquí estamos nosotros, allá ellos. Así que buena parte de la astucia de un proyecto consiste en saber hacerse su enemigo.

La frontera, dice Claudio Magris, es un dios que a veces exige sacrificios de sangre. No han faltado situaciones peculiares que han tenido lugar en los límites del territorio considerado propio, como la narrada por Anthony de Mello.

Durante una de las recientes guerras entre la India y el Paquistán, unos oficiales del ejército paquistaní fueron hechos prisioneros por los indios y custodiados como correspondía a su rango hasta el final de las hostilidades.
Cuando llegó el día de devolverlos a su patria, se presentó un oficial indio, los puso en libertad, los acompañó hasta el límite de los dos países y les dijo:
-Aquella línea de árboles que ven ustedes es la frontera entre la India y el Paquistán. Una vez que la crucen, estarán en su tierra. ¡Buena suerte!
Los oficiales paquistaníes, al divisar su tierra, se llenaron de alegría, salieron corriendo, pasaron la línea de árboles y, al llegar a suelo paquistaní, se arrodillaron y comenzaron a besarlo, a derramar lágrimas de gozo y a decir:
-¡Oh, Madre Paquistán! Te amamos, te servimos, te veneramos. Hemos sufrido por ti, y por ti sufriríamos mucho más, hasta derramar gustosos nuestra sangre por tu seguridad y tu gloria. Sólo el pisar otra vez tu bendito suelo nos hace felices.
En eso estaban los fervorosos oficiales cuando se les acercó corriendo, por detrás, el oficial indio, que blandía unos papeles en su mano y comenzó a decirles en cuanto consiguió que le prestaran atención:
-Ustedes perdonen, señores, si les interrumpo, pero ha habido un error. Acabo de mirar bien el mapa, y Paquistán no comienza en esta línea de árboles, sino en la siguiente que ven ustedes cien metros más allá. El terreno en que están ustedes es todavía la India. Tengan la bondad de trasladarse un poco más allá, y estarán en su casa. Espero no les haya causado ninguna molestia, y vuelvo a presentarles mis excusas.

Piero Zannini, citado por Oliviero Ponte di Pino, da cuenta de una manera diferente de ver las cosas en una de tantos enfrentamientos por territorios.

Un día, la gente que fue a la central de Correos de Sarajevo leyó en un muro el letrero “Esto es Serbia”; la guerra había estallado hacía ya un año. Al día siguiente, alguien había tachado la provocadora inscripción, pero había agregado otra: “Esto es Bosnia”. Pero el intento de poner las cosas en su sitio duraba sólo el espacio de una noche. Al día siguiente, en efecto, alguien trató de nuevo de poner orden en la geografía de la antigua Yugoslavia, tachó a su vez la inscripción del día anterior y, con la cruda lucidez de quien no quiere resignarse a las idioteces ajenas, escribió: “¡Esto es Correos, estúpidos!”.

 De más está decir que en este contexto de animadversión nosotros somos los buenos y ellos los malos. La culpa siempre es del otro. El equivocado, el culpable, el provocador, el victimario siempre es el enemigo ya que en caso contrario acabaría por dejar de serlo. Elías Canetti profundiza al respecto.

El enemigo viene como anillo al dedo, pues él fue quien pronunció la sentencia, él dijo “¡morid!” primero. Sobre él recae lo que él mismo dirigió contra los demás. Siempre es el enemigo el que empezó. Si quizá no fue el primero en decirlo, al menos lo planeaba, y si no lo planeaba, ya lo había pensado para sus adentros; incluso si aún no lo había pensado lo “habría” pensado en breve plazo.

Por tanto, quien no tenga identificados claramente a su enemigo se verá en aprietos, tal como describe Umberto Eco

Una vez me encontraba en un taxi en Nueva York, y el conductor, que era paquistaní o indio, me preguntó de dónde era. Contesté que de Italia, y él quiso saber dónde se encontraba ese país. Me di cuenta de que tenía ideas muy vagas, como si le estuviera hablando de Surinam a un italiano, y él siguió preguntándome: “¿Qué idioma habláis?”. “El italiano”, dije, y él me preguntó: “¿Y cuál es vuestro enemigo?”. Le pregunté qué quería decir, y me contestó que cada país tiene un enemigo contra el que lucha desde hace siglos. Le contesté que no tenemos. Y me miró muy mal, porque un pueblo sin enemigo era poco viril.

 Sin embargo, el propio Eco cambió su forma de ver las cosas al descubrir que el enemigo puede venir en diversas presentaciones.

Pero luego reflexioné: nuestro enemigo es interno. A lo largo de toda nuestra historia nos hemos masacrado unos a otros, y ésa es también nuestra manera de entender la política.

martes, 25 de octubre de 2011

Las resistencias al cine

A los seres humanos mucho nos cuesta adaptarnos a los cambios e innovaciones que traen los nuevos tiempos. Cuando se inventó la imprenta algunos sectores eclesiales vieron en ello un peligro de consideración, expresión de la decadencia social y religiosa de la época. Mucho después, al empezar a circular el ferrocarril había quienes sugerían que las mujeres embarazadas debían abstenerse de utilizar ese servicio porque las altas velocidades que alcanzaba (aproximadamente 30 kilómetros por hora) ponían en riesgo la gestación de la criatura. No faltó quien advirtiera del riesgo de que las vacas que se encontraran pastando tranquilamente en los campos sufrieran mareos al ver pasar los trenes. En el caso de México, comenta el historiador Luis González y González, al ver pasar por primera vez el ferrocarril con su majestuosa presencia sobre el riel, a algunos paisanos les temblaron las corvas y otros directamente echaron a correr.

Este temor a las innovaciones no es cuestión del pasado remoto: no hace mucho se daba a conocer que las computadoras que llegaron a diversas escuelas permanecieron guardadas en una bodega durante un largo lapso ante el temor de algunos maestros de ser sustituidos por ellas.

No todo lo que llega es conveniente por lo que hay resistencias muy legítimas, pero en muchos casos se basan en la ignorancia, el miedo a abandonar lo conocido y a experimentar lo nuevo así como también a intereses que se ponen en riesgo con el advenimiento de los cambios.

Uno de estos cambios tiene que ver con la aparición cine en la vida cotidiana de México, tal como lo señala Alejandro Rosas.
Desde 1896, el cinematógrafo estaba presente en la vida cotidiana y después de la Revolución, la gente pudo ver, en la comodidad de una butaca, la historia del México reciente con las vistas que filmaron Salvador Toscano, los hermanos Alva o Jesús H. Abitia. Para el público resultaba atractivo ver a los principales jefes de la Revolución, escenas de los combates, las entradas triunfales de los ejércitos. (…) Durante las dos primeras décadas del siglo XX, el cine silente se ganó su lugar en el gusto popular.

En 1927, la incorporación del sonido al cine, con la película The Jazz Singer, revolucionó a la industria cinematográfica en todo el mundo. (…)

La primera cinta sonora mexicana fue una nueva versión de Santa, basada en la novela de Federico Gamboa, con la actuación de Lupita Tovar. Fue filmada en 1931 y estrenada al año siguiente. La llegada del sonido y la incorporación de muchos artistas que se habían formado dentro del teatro en los años anteriores y a quienes nos les era desconocido el cine, significaron un impulso definitivo para el séptimo arte en México que se tradujo en la época de oro del cine mexicano.

De inmediato comenzaron los éxitos El prisionero 13 (1933), El compadre Mendoza (1933) y Vámonos con Pancho Villa (1935) de Fernando de Fuentes; La mujer del puerto (1933) con Andrea Palma, de Arcady Boytler y Raphael J. Sevilla; Janitzio (1934) de Carlos Navarro y Redes (1934) de Fred Zinneman. 1936 marcó el inicio de la internacionalización del cine mexicano con el estreno de la película Allá en el Rancho Grande de Fernando de Fuentes.
Pero no todo fue fácil para esta nueva forma de entretenimiento que generó una serie de resistencias. En la primera línea, la que es más conocida, se ubicaron los censores y moralistas que lo identificaron como un medio destinado a corromper la armonía social y las buenas costumbres, por lo que amenazaban con el fuego eterno a los empresarios así como a quienes asistieran a la proyección de películas. Los besos exhibidos en pantalla escandalizaron a una parte de la sociedad tal como lo expresa La hoja del buen cristiano, México 15 de enero de 1922, citada por Paco Ignacio Taibo I.

El cinematógrafo ha venido a resultar un vehículo de costumbres muy alejadas de nuestra educación y sentimientos cristianos. Ya no se puede ir a un salón de cinematografía sin toparnos con situaciones que se proyectan en la pantalla y que las gentes de bien sólo admitíamos, antes, en nuestra vida privada. Los besos han dejado de ser una muestra de afecto, de respeto filial, de amor sano y limpio. Los besos que ahora vemos en el cinematógrafo, están premeditadamente expuestos para excitar nuestra más triste condición animal y para alejarnos de costumbres que fueron distinción de la sociedad mexicana durante años. Cuando los films provocadores se exhiben en salones propiedad de gentes cristianas, se cortan las escenas inconvenientes o se impide por alguna otra manera que pasen a la pantalla. Pero esto es las menos de las veces, ya que los propios empresarios de los salones cinematográficos procuran atraer a sus clientes con el señuelo de estas escenas no convenientes. Los católicos tienen que ser quienes se impidan a sí mismos la contemplación de besos inadecuados, escenas que signifiquen malos ejemplos o letreros que revelen sentimientos lascivos en los actores y actrices.
El cine desplegó su enorme influencia por lo que vestidos, peinados, y actitudes de actrices y actores, comenzaron a ser emulados por importantes sectores de la población. Los grupos más conservadores veían en ello la imposición de comportamientos exóticos (que las mujeres fumaran, se cortaran el cabello, tomaran cocteles, nadaran en el mar, anduvieran en bicicleta, etc.) destinados a corromper los grandes valores de la mujer y la familia mexicana e identificaban a quienes hacían las películas, los peliculeros, como responsables de tamaña tragedia.

Desde aquellos entonces hasta hoy no ha cesado la polémica acerca de la incidencia que el cine tiene en algunas manifestaciones violentas que se presentan en la vida cotidiana. Paco Ignacio Taibo I cita a La Tribuna del 18 de marzo de 1914 que enuncia su queja en cuanto a que algunas películas son verdaderas escuelas del crimen. “A diario nos exhiben películas de índole criminal, y resulta que respirando ambiente tan viciado, excitada la curiosidad de tales aventuras, no hay más remedio que aceptar los hechos consumados.”

A comienzos del siglo XX también se expresaron resistencias frente a los espectáculos que combinaron el cine con el teatro de variedades y que incluían la exhibición de tiples que, para los criterios de la época, se presentaban casi desnudas.

No se hizo esperar la reacción contra el atentado al pudor que ponía de manifiesto el cine que, para colmo de males, cada vez alcanzaba mayor difusión. Jesús Flores y Escalante se refiere a esta cuestión.

Fueron las situaciones amorosas, el erotismo sugerente, los besos apasionados algo que para 1936 era común admirar, no sólo en el cine francés sino en el de todo el mundo. Por ejemplo, Jean Renoir en Tony (1936) exhibió una situación amorosa entre Charles Blavette y la actriz mexicana Celia Montalbán, protagonista de la cinta.

Por esta clase de películas de contenido erótico protestó el Vaticano. Y como el papa Pio XI no tenía acceso a las pervertidas películas de todo el mundo, promulgó el 29 de junio de 1936 la encíclica “Vigilanti cura”, promoviendo comités para todos los países de América y Europa con el fin de censurar las producciones cinematográficas. Así se creó “La Legión de la Decencia” a nivel internacional, con el ánimo de crear un cine asexuado. [...]

La Liga en México entró en acción casi de inmediato, aunque su época de mayor influencia fue el sexenio avilacamachista (1940-1946), con el apoyo de doña Soledad Orozco de Ávila Camacho, imbuida de una amplia y poblana religiosidad.

[...] Por estos años, la Iglesia también sugirió que la película Blanca Nieves y los Siete Enanos era inmoral: ¿Cómo una jovencita iba a vivir con seis adultos y un adolescente?
En este entorno se fortalecen las instancias burocráticas encargadas de autorizar o rechazar, según sea el caso, las películas que pretenden ser exhibidas. De esta manera los censores desempeñan una función de vital importancia con criterios muy estrictos. Al respecto, comenta Jorge Ibagüengoitia

Hace años tuve oportunidad de entrevistar al director de una de esas ligas que tienen por objeto defender la moral cristiana y fomentar el decoro y las buenas costumbres. Una de sus ocupaciones consistía en ir todas las tardes al cine y escribir después sus apreciaciones sobre la película que acababa de ver; por ejemplo: "Contraria a la moral cristiana por expresar conceptos aprobatorios del divorcio y por contener escenas de violencia. Desaconsejable para toda clase de público".

-Todas las películas -me dijo durante la entrevista- son, en esencia, nocivas. Esto es un hecho comprobado. Porque aunque los maleantes sean castigados y siempre triunfe la ley, no falta entre el público alguien que al ver la película diga para sus adentros: sí, a éstos los agarraron, pero yo soy más listo que ellos y a mí no me van a agarrar.

La organización que él dirigía, me explicó, no tenía ningún poder para prohibir la exhibición de una película. Se limitaba a enviar personas de costumbres intachables y de amplio criterio (o mejor dicho, firme criterio) a ver las películas, para después, cuando esto fuera necesario, aconsejar al público no verlas. Esta actividad, me dijo; él la consideraba como el menor de dos males; lo ideal sería que no hubiera ni películas ni cines.
En ocasiones la familia acusaba a los censores de ser demasiado amplios de criterio por lo que era necesario hacer algunos cortes extras. Guillermo Sheridan comenta que “[...] desde niño me he acostumbrado a ver cine de tajadas. Mi abuelo nos tapaba los ojos cuando creía que iban a suceder cosas atroces, como un asesinato o un beso”.

Menos difusión tuvo otro tipo de resistencia en el que militaron algunos doctores de innegable prestigio en la sociedad de su época ya que –en su opinión- el cine no sólo podía llevar al infierno sino también a la invidencia; Paco Ignacio Taibo I cita una nota del diario El Imparcial del 21 de diciembre de 1908 que alerta acerca de ello.

México no es ya solamente la ciudad de los palacios, sino la ciudad de los cinematógrafos. Por todas partes abundan las salas de proyecciones, espectáculos cultísimos que dejaríamos en su auge, si no fuera para llamar la atención acerca de sus defectos que dañan la vista. [...] Los enfermos de lesiones ligeras, como conjuntivitis, leparitis, exacerban sus males en el cinematógrafo. Las señoritas estiman en más su belleza, que el afearla con los espejuelos, y aún les es más llevadero tolerar jaquecas y neuralgias que subscribir una crisis de la estética. Hace poco una señorita de Tacubaya tuvo una ceguera de un minuto, ocasionada por la concurrencia al cinematógrafo, lo cual la llenó de terror.
Sin embargo, y como suele ocurrir, estas campañas anunciadoras de los perjuicios que causa un producto o espectáculo resultaron contraproducentes al convertirse en una invitación a su consumo. Así poco después de publicado el artículo citado, comenta el mismo autor, en la Academia Metropolitana se cantaba un cuplé con el siguiente estribillo: “Te veo, te veo. Al cine y no me mareo”.

Como no era posible dejar de considerar una colisión de intereses, los impulsores del negocio del cine denunciaron que la campaña llevada a cabo por dichos médicos había sido promovida en realidad por los empresarios de teatros de comedia y zarzuela así como de otros espectáculos que veían sus ganancias en riesgo. Esta confrontación del cine con el teatro clásico, considerado apto para todo público, así como con las más populares salas donde se exhibían obras del llamado género chico, no estuvo exenta de momentos críticos. Al respecto citamos una vez más a Paco Ignacio Taibo I.

Como un símbolo del sufrimiento de los teatros ante la nueva competencia se muere un personaje famoso entre bambalinas: “A la edad de 87 años murió ayer el señor Francisco Pérez Aguilar, que era el decano de los representantes teatrales en México. Más de veinte años trabajó al lado de don Eduardo Orín, quien a últimas fechas le había concedido una pensión. El anciano, con su barba blanca y patriarcal y sus temblores emanados de la senectud, trabajó con fe y constancia hasta lo último. Fue un luchador heroico y digno” (El Heraldo, 24 de junio 1907).

Un reportero afirma que en el entierro se dijo que “el condenado cinematógrafo nos terminará matando a todos”. Así fue; aunque, hay que aceptarlo, el paso del tiempo también ayudó.
Cuando surgen los rumores de que el cine dejaría de ser mudo para transformarse en sonoro, no faltaron quienes dijeron que sería imposible. Una vez que ello se hizo realidad, las películas habladas en inglés incluían subtítulos en español lo que para la amplia población analfabeta resultaba más un obstáculo que una ayuda en la comprensión de la trama. La película que el espectador veía era muy diferente a la exhibida en la pantalla (lo que cabe acotar no ha dejado de suceder hasta nuestros días).

Como hemos visto la llegada del cine significó una verdadera conmoción que se manifestó no sólo en hábitos culturales sino también en cuestiones técnicas y de lenguaje cinematográfico. Rosario Castellanos refiere algunos curiosos acontecimientos que tuvieron lugar en su natal estado de Chiapas.

Las películas llegaban, de “más allá de México”, claro, y venían divididas en rollos. Mientras el operador efectuaba el cambio del rollo proyectado por el que seguía, la pantalla se ocupaba con un letrero que decía: “Favor de esperar un momento”. Cuando el momento se prolongaba se decretaba automáticamente un intermedio que las muchachas aprovechaban para coquetear y sus pretendientes para echarles miradas incendiarias.

No siempre se guardaba el orden de los rollos y su alteración volvía incomprensible la película. Pero, ¿a quién podía importarle semejante cosa? Después de todo nos eran bastante incomprensibles ya esas historias que se desarrollaban en los bajos fondos de Chicago, en las aglomeraciones neoyorquinas o en las vastas residencias sureñas de los Estados Unidos.

Las relaciones del público con el espectáculo al que acudían eran muy confusas. Les parecía un juego sucio el hecho de que el protagonista que moría en una película, acribillado a tiros, apareciera en la película siguiente bañado en agua de rosas. Pero lo soportaban, como soportaban todas las arbitrariedades de las que los hacían víctimas las gentes de razón.

Y aun se dio el caso de una mujer, vendedora ambulante de dulces, a la que le hicieron la broma de que su vida aparecería proyectada en el cine. Trató, por todos los medios, de evitarlo y cuando lo consideró imposible comenzó a divulgar episodios que hasta entonces habían sido ignorados. Se había vuelto loca y nunca recuperó el juicio.

Para desarrollar sus argumentos el cine tomaba prestadas historias de la realidad pero cabe acotar que, en un acto de reciprocidad, la realidad se vería modificada por el cine.

Las resistencias cambian de actores pero no desaparecen, de tal manera que por aquellos entonces se estaba muy lejos de suponer que años después los propios empresarios de cine serían quienes pasaran a situarse en la línea de resistencia haciendo frente a los grandes proyectores de carrete primero y a los sofisticados aparatos de video después, que comenzaron a llevar las películas de las grandes salas al domicilio familiar.

domingo, 18 de septiembre de 2011

Entre la persona y el personaje


No son pocos los casos en que al llegar a cierto nivel de fama y reconocimiento, la persona corra el riesgo de creérselo y en el momento del inevitable declive las cosas se complican; difícil que el personaje abra paso a la persona.

Ilustración: Margarita Nava
Se cuenta que en ocasión de una fiesta, al notar en determinado momento que no era suficientemente reconocido, Johnny Weismüller -actor que personificara al protagonista de la famosa serie- se levantó de su asiento y comenzó a gritar: "¡Yo soy Tarzán!, ¡yo soy Tarzán!"

Este proceso no sólo es difícil de asimilar para el propio protagonista, sino también para quienes estuvieron cerca de él en su momento de esplendor; así, se presentan algunos casos patéticos de quienes sufrieron un rápido descenso en la estima social. Uno de ellos es el del brasileño Garrincha, quien fuera gran jugador de futbol comparado en su época nada menos que con Pelé. Una vez retirado de la práctica del deporte, el alcohol, la droga y otras circunstancias fueron deteriorando su vida. Se cuenta que un día cuando se ganaba el sustento cuidando carros en las proximidades del estadio de Maracaná, se reencontró con un periodista que al reconocerlo afirmó: "Pero Garrincha, ¡usted ya no es usted!"

Existen también muchos casos en contrario, el de quienes aun habiéndose desarrollado en ambientes muy mediáticos y prestigiosos supieron preservar su persona de los embates que provenían de la fama. Para enfrentar estos vaivenes de la existencia se requiere un autoconcepto adecuado que ni subestime ni sobrevalore.

Dice Jorge Valdano: El problema de irse a los extremos es que cuesta mucho volver y no hablo de tácticas. (…) [A Emilio Butragueño] de entrada la fama lo cogió por la solapa y empezó  fantasear con él: ¿eres Pelé?, ¿otro Platiní?, ¿nuestro Maradona? En la intimidad, Emilio ponía las cosas en su sitio: "Están locos, socio". Con el tiempo, la imagen que devolvía el espejito se fue deformando y la fama empezó a preguntar impertinencias: ¿eres un invento?, ¿eres un ex futbolista?, ¿eres un tarugo? La intimidad servía una vez más para enderezar el rumbo: "Están locos, socio". Ese equilibrio natural le permitió a Butragueño estar de acuerdo consigo mismo mientras los demás viajaban en péndulo. 

Tomado del Libro "La persona y sus desafíos" 
de Gerardo Mendive, México 2006
© 03-2006-051611133000-01

viernes, 12 de agosto de 2011

Hombre de palabra

Rosario trabajaba en una carpintería en La Habana. Un buen día -es un decir- a su marido se le rompió la guitarra, en la que sonaba buena parte del sentido de su vida. Las posibilidades de reponer la guitarra eran mínimas y la chance de repararla casi imposible por las limitaciones propias de la situación que se vivía. 

Ilustración: Margarita Nava
Ella vio tan amargado a su marido, que resolvió pedir ayuda a don Miguelito, el jefe de la carpintería. Hombre extremadamente serio pero de una generosidad y solidaridad inconmensurables, solucionó el problema colocando un puente en la guitarra luego de enfrentar enormes vicisitudes para obtener la materia prima necesaria. Rosario agradeció debidamente y advirtiendo la fragilidad de aquel remiendo preguntó cuánto tiempo podía durar el arreglo. La respuesta de don Miguelito no se hizo esperar: “mientras yo viva, no hay que temer”.

Pasan los años, Rosario y familia se van a vivir a Suecia. Una noche un ruido estrepitoso despierta a la pareja. Van al cuarto de junto y observan que a la guitarra reparada (que estaba colgada junto a  otras dos) le había explotado el puente, cuyos restos yacían en el piso.

Esa noche, a muchos kilómetros de distancia, fallecía Don Miguelito, hacedor de puentes.

martes, 9 de agosto de 2011

Presentación de "Crónicas Agradecidas"

Presentación de "Crónicas Agradecidas" en el marco de la Feria de los colores, sonidos y sabores. Explanada del Monumento a la Revolución. México DF


martes, 2 de agosto de 2011

Las grietas de la fe

Apreciaba el privilegio de conocer muy diversas gentes y lugares a través de mi trabajo (y dentro de mis predilecciones la ciudad de Oaxaca ocupaba un lugar muy especial), pero aquel momento era distinto, yo andaba peleado con la vida. Los sentidos se me escabullían, las razones se evaporaban y los deseos se perdían en las penumbras.

Ilustración: Margarita Nava
¿Cuándo me extravié de mí mismo? En aquellos días interminables constataba que me habían vendido un pasaje para la vida, que no coincidía con el destino al que había arribado. Y ya era tarde para inconformarse; la oficina de quejas estaba fuera de alcance en tiempo y espacio.

Con todos estos pensamientos a cuestas, llegué a Oaxaca para trabajar con los maestros de un colegio religioso. ¿Por qué complicarme tanto la vida? ¡Qué envidia -de la buena- les tenía en esos instantes a aquellas mujeres tan estables, tan incuestionadas, tan monolíticamente amparadas en su fe!

En ese contexto dio inicio el curso y ya desde los primeros momentos observé que la Madre Guadalupe estaba más ausente que yo. A pesar de sus máscaras, era evidente que estaba sin estar. Un día antes de que concluyera el trabajo, le pasé con discreción a la mínimamente cincuentona Madre Guadalupe un breve mensaje: “Espero que pase pronto la tormenta. Mucha fuerza y ánimo. Lo más que puedo ofrecerle son buenas vibras, para que un día próximo vuelva a salir el sol”.

Al otro día me entregó personalmente su respuesta.
Te agradezco mucho tus líneas.

Quiero creer que vendrá el día...

No se hasta dónde me llevará lo que ahorita estoy viviendo y lo que va a seguir...

Lo más triste es que me estoy deprimiendo y a ratos no tengo ánimo ni de orar, pero no temas, por la mañana el Señor me ayuda y trato de que mi situación no afecte mi trabajo.

Lo negro son las tardes, necesito descansar pero tal vez la mejor forma por ahora no sea dormir, sino otros medios, no quisiera despertar y cuando no me queda más, no quiero salir de mi cuarto.

No he podido comunicarle esto a la Hermana Directora, voy a tratar de hacerlo. Además el día 12 ó 13, Dios Mediante, le diré a la Madre General lo mal que me siento y, con la ayuda de Dios, estoy segura saldré adelante.

Pero desde mañana pediré al Señor que me atraiga y me pondré frente a Él aunque no le diga nada. Si no me acerco a Él, esto sí sería grave. Lo haré no mañana, hoy mismo aunque sean unos minutos.
Yo sé que tú oras, por favor háblale de mí al Señor, te prometo tratar de salir de mí misma y orar por ti y por los demás.

Hasta pronto. De nuevo gracias. Por algún medio te comunicaré qué fue lo que el Señor de un modo u otro quiso o permitió para mí.


Guadalupe

Algunos años después me pregunto ¿qué habrá querido el Señor?

sábado, 23 de julio de 2011

Críticas a los adolescentes

Ante la incertidumbre respecto al modo correcto de hacer frente a los retos del presente, hay adultos a quienes tienta el regreso a un pasado más metafórico que real.

Ilustración sobre una imagen de Alberto Beltrán
Esto sucedió hace algunos años en una institución escolar en la que entonces trabajaba.

Un grupo de alumnos de bachillerato asumió en una de sus clases un comportamiento que estaba muy lejos de ser el adecuado. La profesora reaccionó ante tal desplante:

-¡En qué desastre vivimos hoy! ¡Cómo han cambiado los tiempos! Antes, en mi época no sucedían estas cosas. ¿Cuándo íbamos nosotros a faltarle de esta manera el respeto a un profesor?, ¿cuándo nos íbamos a rebelar contra nuestros padres como lo hacen muchos de ustedes? Nosotros teníamos valores, éramos más rectos. La juventud de ahora no tiene valores, ha perdido su dignidad. Basta ver las formas en las que se expresan, en cómo visten... ¡Observen el color con que pintan sus cabellos, los aretes que traen...! Y ni hablar de sus comportamientos sexuales..., ¡han perdido el pudor!

En esas estaba cuando un alumno pidió la palabra y señaló: -Profesora, ¿me permite una pregunta?

-Sí -respondió, sin reponerse aún de su larga exposición.

-Si ustedes eran tan justos, rectos, morales, dignos; si tenían tantos valores; si asumían comportamientos tan respetuosos, entonces ¿por qué nos dejaron este mundo de injusticia, de arbitrariedad, de corrupción, de crisis ecológica, de dobles discursos, de guerras que firman los viejos y en las que pelean los jóvenes?, ¿por qué? Paso a informarle que este mundo en que vivimos no lo hicimos mis compañeros y yo. Así lo encontramos, así nos lo están entregando...

Más allá de los aspectos polémicas de este caso, cabe preguntarse: ¿en ese pasado anhelado no se vivieron también situaciones que poco ayudaron al desarrollo más pleno de la persona? La memoria es selectiva y suele recuperar sólo los momentos gratos del ayer. Esta idealización puede llevar a detenerse en un paraíso perdido (que probablemente nunca haya existido) ante el temor de enfrentar los desafíos actuales.

Al mismo tiempo, es importante recordar que los juicios descalificadores que se emiten en relación con los jóvenes de nuestro tiempo no son demasiado originales. En una tablilla babilónica de aproximadamente tres mil años de antigüedad puede leerse: "La juventud de hoy está corrompida hasta el corazón, es mala, atea y perezosa. Jamás será lo que la juventud ha de ser, ni será capaz de preservar nuestra cultura" [citado en P. Castells, Relaciones familiares, p. 97].


Texto tomado de “La educación familiar y sus desafíos”
de Gerardo Mendive, Editorial Paidos,
Colección Uno y los demás, 2ª impresión 2007, México
ISBN 978-968-853-590-5