No puedo
hablar por ustedes, pero en lo que a mi respecto mucho agradezco la
recopilación de los artículos de prensa que Wislawa Szymborska escribió durante
muchos años en Polonia.
Sea
cual fuere el tema de sus textos invariablemente son muy disfrutables por su
lucidez, ironía y forma de escribir. En muchos casos se trata de breves reseñas
de libros en los que se detiene en aspectos particulares con una mirada siempre
incisiva. En esta oportunidad se refiere al hecho de ser viuda de un famoso.
Cuando
[Maria] Kasprowiczowa publicó su Diario,
antes de la guerra, le reprocharon que hablase más de sí misma que del difunto
poeta. Porque a todas las mujeres les está permitido escribir sobre sí mismas,
salvo a las “viudas de alguien famoso”, para quienes está absolutamente vedado
este tipo de escritura.
Y una
vez encarrerada en aquello que llama su atención -y para solaz de sus lectores-
ya no se detiene.
En
opiniones de ese calado percibo aún la atávica nostalgia de quemar viudas en la
hoguera. Y, como no parece muy probable que esa ceremonia vuelva a estar
vigente, habrá que consentir que las viudas tengan una vida propia y que
algunas lleguen, incluso, a desarrollar una individualidad más vigorosa que las
de sus difuntos.
Concluye
que la viuda que da pie a sus reflexiones cuenta con atributos y características
originales; se trata de una persona muy singular.
Kasprowiczowa
hubiese sido igualmente una personalidad célebre sin necesidad de que alguien
conocido la hiciera enviudar. Sus cualidades y sus, llamémoslas así,
anticualidades, venían con una dimensión “no de serie”.
Se
que no viene a cuento pero en este momento evoco una cita de Macedonio
Fernández: “apenas murió mi esposo
enviudé sin vacilar.”
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