Entre los principios jurídicos
encontramos el que sostiene que la justicia, para serlo, debe ser expedita. Sin
embargo, ello suele no acontecer, lo que ha dado lugar a una expresión muy difundida:
“la justicia demorada no es justicia” o en su variante de “la justicia tardía
es justicia denegada”. A lo anterior se contrapone otra expresión popular un
tanto más optimista: “la justicia tarda pero llega”.
Antonio Muñoz Molina sostiene
que “desde que tenemos uso de razón nos dicen que hay en el mundo una justicia
que premia a los buenos y castiga a los malos, pero lo que no nos dicen es
cuándo, si al cabo de tres años o de tres siglos.”
Y hace años señalaba algunos
ejemplos de cuando la justicia debió ocupar su lugar en la sala de espera. “En
la Unión Soviética acaba de hacerse pública la inocencia de un hombre acusado
de conspiración y traición. Sucede que a ese hombre, Bujarin, lo fusilaron por
conspirador y traidor hace cincuenta años.” También se detuvo en otro conocido
acto de disculpa, cuando “magnánimamente el Vaticano exculpa a Galileo” y recordó
cuando “el Tribunal Supremo de los Estados Unidos declara inocentes a Sacco y a
Vanzetti”.
Pero esta demora no solo tiene
lugar en relación a conocidas situaciones políticas y científicas, sino que se
hace presente también en lo concerniente a la creación literaria: “una editora
advierte que ‘La conjura de los necios’ es una obra maestra. Lástima que su
autor, John Kennedy Toole, se quitara la vida unos años antes empujado por la
desesperación de no encontrar a nadie que publicara la novela.”
Seguramente en este mismo
momento hay quienes orientan sus investigaciones a que se haga justicia en diversas
causas, demostrando que los veredictos con que se han cerrado no están apegados
a la verdad; como señala el mismo Muñoz Molina “puede que alguien, en el remoto
porvenir, demuestre que Judas no fue traidor, ni Caín homicida.”
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