No tenemos datos
acerca de cómo se la gastaban en este tema las culturas autóctonas pero sí de
algunos sucesos en tiempos de la conquista. Al respecto señala Renato Leduc
[...] respecto a la corrupción, debe
tomarse en cuenta que en México el primer corrupto fue el propio Hernán Cortés,
porque si se lee a Bernal Díaz del Castillo en su Historia verdadera de la
conquista de la Nueva
España , se podrá observar que los mismos soldados españoles
componían octavillas quejándose de las chingas que les paraba don Hernando cada
vez que de repartir los botines se trataba.
Todo parece
indicar que el asunto se origina en que, cuál correspondía a los usos y
costumbres vigentes entre los conquistadores, una vez controlada la grandiosa
ciudad de Tenochtitlan y aplacados los focos de resistencia entre la población
nativa, fue necesario abocarse a la distribución del botín de guerra. No es
difícil imaginar que el tema tendría su complejidad dado que se deberían contemplar
diversas variables: normas acordadas desde antes de cruzar el océano, jerarquías
existentes entre los invasores, desigual desempeño de cada quien en función de
su arrojo y valentía, destreza individual para apropiarse de lo ajeno, y varios
etcéteras. A lo anterior habría que agregar las disputas por haberse agenciado
algo lo suficientemente pequeño como para guardárselo sin incluirlo en el
inventario colectivo. Por otra parte es posible suponer la existencia de
prebendas para quienes hicieran valer su amiguismo o compadrazgo con las
principales autoridades. Además hay que tener en cuenta que la corona procuraba
desempeñar funciones de contraloría a la distancia con el objeto de no ver
mermados sus tesoros, considerando a los conquistadores como empleados a
comisión. En fin, que la repartija no era cosa sencilla.
En este contexto aparecieron los primeros graffiti de que
se tiene noticia por estas latitudes. Protegidos por la noche y amparados en el
anonimato hubo quienes escribieron en las paredes de la casa de Cortés los
motivos de su agravio. Según el historiador Alejandro Rosas
Por la mañana, Cortés encontraba su
propiedad pintada y ordenaba cubrirla de cal nuevamente. Al anochecer se
repetía la escena y aparecían nuevas frases lacerantes: “Oh qué triste está la
ánima mea hasta que todo el oro que tiene acomodado Cortés y escondido lo vea”.
Cansado de las falaces acusaciones, Cortés escribió en su propio muro: “¡Pared
blanca, papel de necios!”, creyendo que con eso sería suficiente; pero la
respuesta fue ingeniosa: “Y aun de sabios y verdades”.
Rafael Barajas, El
Fisgón, presenta otra versión de lo que acontecía por aquellos entonces
Uno de los primeros actos de gobierno
de Hernán Cortés fue quemarle los pies a Cuauhtémoc para que le dijera dónde
estaba el famoso tesoro de los aztecas; un soldado gachupín le reclamó a don
Hernando su parte del reparto con estos versos:
Cortés, quemaste
los pies
A Guatemoc por
el oro
Y aqueste es el
día que añoro
Que a este
súbdito le des
Una brizna del
tesoro
Aunque lo
escondas después.
En tiempos de la Colonia la corrupción se hizo presente
de muchas maneras y, de acuerdo con José N. Iturriaga, los propios virreyes se
vieron implicados en la cuestión.
La corrupción de los virreyes a veces
se iniciaba desde la obtención misma del cargo, «dándose los virreinatos a
quien más dinero da, comprando este puesto por trescientos mil pesos y a veces
por más» (Francisco de Seijas, 1650-?, pariente del arzobispo de México). La
recuperación de lo invertido empezaba a planearse aun antes de viajar a México:
tomaban en España «las providencias con los mercaderes» para poner aquí
almacenes de importación, donde «se venden de ordinario los mayores
contrabandos»; incluso hubo virrey que al efecto tenía sus propios barcos. Los
cohechos que recibían con frecuencia estaban disfrazados de obsequios (como hoy
en día) e incluían comestibles a tal grado que «suelen tener los criados
tiendas particulares en que venden muchos de los regalos». Sólo en la Navidad
de 1693 «ganó la virreina 78 500 pesos».
Además, los virreyes y otras
autoridades solían vender los cargos públicos y asimismo los ceses de enemigos:
«Con dar una suma de dinero al virrey, no ha menester más para que lo depongan
y saquen. Para mantenerse en un puesto, es forzoso que en las Pascuas envíe
cada uno su regalo y que lo reiteren todos los días de las fiestas de su santo
y los de sus mujeres».
Como se ve, los tiempos no han
cambiado: «No queriendo un virrey, un presidente o un oidor que una demanda o
pleito civil o criminal se vea, no lo conseguirá ningún litigante si no es que
compre la justicia a fuerza de plata y de oro y de regalos».
Todo esto se reflejaba también en un
lujo y ostentación desmedidos por parte de los virreyes: «No hay rey en toda
Europa que salga de su palacio real con más lucido acompañamiento».
Todo parece indicar que de aquellos entonces al presente
han cambiado los caudales a repartir así como sus apropiadores, pero no la
trama. Veamos algunos ejemplos.
José N. Iturriaga cita la opinión que expresa sobre este
tema el aristócrata ruso Ferdinand Petróvich Wrangel quien viajó por México
entre diciembre de 1835 y abril de 1836 recorriendo la ruta San Blas, en
Nayarit a Guadalajara, ciudad de México y el puerto de Veracruz.
La raíz del mal reside en la absoluta
inmoralidad que prevalece entre la población blanca (…) Esta generación no
tiene la menor idea de lo que es honradez ni conoce el amor propio de un alma
noble ni sabe nada de la religión ni del amor a la patria. El mexicano,
comenzando por el presidente [Santa Anna] y terminando por el último oficial o
empleado, siente tal avidez por la riqueza que es capaz de sacrificarlo todo en
el mundo con tal de satisfacer ésta su ciega ambición. Se forman partidos, se
representan dramas de ridículas revoluciones sin fin; se hacen leyes y ello con
el único fin de saciar su codicia. Se roban el tesoro público con una
desfachatez increíble. Los empleados de la aduana son los peores
contrabandistas. Los jueces son los primeros en violar la justicia. A cualquiera
se puede comprar (...) Los oficiales son cobardes y groseros (...) Con una
dirección interna desordenada, con constantes motines, con la ambición
desorbitada de los funcionarios encaminada hacia su enriquecimiento particular,
es natural que a pesar de los inagotables recursos naturales que posee el país,
favorecido en todos los aspectos por la naturaleza, el tesoro público esté
pobre y no alcance el dinero para los gastos más indispensables (...) Así el
país se hunde cada vez más en el abismo de la confusión y del vicio.
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