Mucho se habla por estos
tiempos de la crisis educativa. En ello parece haber consenso, en donde no lo
hay es acerca de cuáles deben ser los caminos para mejorar la educación. La
temática tiene su complejidad. Con frecuencia se habla de “la Reforma” de la
educación cuando en realidad la escuela está llamada a vivir en permanente
estado de reforma porque en ello le va la vida. Asimismo existen muy disímiles
opiniones en relación a las causas de la crisis y por tanto a la atribución de
responsabilidades en la misma. Son muchas, y diversas, las definiciones de qué
debe entenderse por “calidad educativa”.
Sin embargo la presencia del arte en la escuela parece importar muy
poco. Y sí, es cierto que sus acciones están a la baja porque no cotizan en el
vínculo prioritario que apunta a la relación entre escuela y trabajo. Sin
embargo el arte, y en este caso concretamente nos referimos al teatro, adquiere
enorme relevancia en el proceso de formación; Marcelo N. Viñar evoca una
experiencia de enorme importancia al respecto.
En
mi adolescencia, yo vi mi primera obra de teatro (…) Después de la obra, el
director (Atahualpa del Cioppo, quien fuera durante muchos años director del
elenco uruguayo El Galpón) nos
deslumbró con su retórica.
Una
de sus frases quedó inscrita para siempre en el terreno fértil de mis trece
años:
“El
cuerpo se defiende mejor que el alma. Porque si no como, tengo una sensación de
hambre, pero si no escucho a Mozart nada me avisa, sólo hay el silencio y la
soledad.”
Ninguna reforma educativa
sensata puede dejar de lado al arte en sus diversas manifestaciones. Y ya que
estamos con el teatro, es conveniente transcribir un texto escrito por Max Aub
luego de asistir a una función de teatro escolar. Cabe aclarar que Aub fue un muy
exigente crítico en el género durante la década de los cuarentas. Sus artículos
eran sumamente duros respecto a directores, actores, escenógrafos, apuntadores…,
ni siquiera el público se salvaba de sus críticas. Es posible suponer que su
pluma era muy temida en el ambiente.
En ese contexto llama la
atención su artículo titulado “El teatro en la escuela: El Tinglado, en el Instituto Luis Vives” publicado en El Nacional, México, 30 de agosto de
1947.
La
función está anunciada para las seis y media. Son las seis. Todavía está el
decoradillo sin armar, una puerta sin pintar, las luces sin conexión; los
actores afanados con pinceles, martillo, bisagras y clavos –sin vestir-. Las
actrices mejor prevenidas, se pierden en ensayos de maquillaje, ayudadas por
compañeras emocionadas.
(…)
todos participan, por una razón u otra, de la alegría que desencadenan los
actores. Éstos se mueven felices. Se acostaron tarde el día anterior,
ensayando; levantáronse con la luz del sol para repasar sus papeles, ir de
compras (papel, cartón, clavos, un martillo, una sierra, la pintura, dos
pinceles, unas plumas –que los trajes de época son alquilados-), clavar, tomar
medidas, vender boletos. A esto y lo otro ayudan los compañeros del grupo. La
finalidad razonada es la compra de un microscopio para la escuela, pero los
medios son el teatro. ¿Qué tiene el teatro que tanto les atrae? No es la gloria
ni el qué dirán. No son los aplausos de sus familiares, si es que vienen. Es el
teatro. Así, sin más: salir a representar, por el gusto de hacerlo.
¡Cómo
ríen los pequeños! ¡Cómo se divierten los mayores! No es teatro de aficionados,
ni es teatro de sociedad, con señoritas empingorotadas y resabidillas, y
señoritos ambiguos, diseñadores de trajes: es el teatro de estudiantes. Teatro
de gentes que van adelante, que no lo hacen más que por divertirse y a quienes
nada divierte tanto como el teatro. No son estudiantes de la carrera de teatro.
Ni siquiera tienen la recompensa de ver actuar a sus compañeros, que el que no
representa es apuntador, traspunte, maquillista o cuida de la tramoya. Sudan,
se desesperan, padecen, acaban rendidos: ni siquiera saben saludar para
agradecer los aplausos. No pueden más. Y, sin embargo, ahora hay que desclavar,
desmontar, plegar, dejar libre el paso de la escalera para las clases de
mañana. Ya se fueron todos los espectadores, el director del plantel; los
estudiantes todavía maquillados le dan de firme al martillo, a un cortafrío, a
una improvisada palanca. Hay que llevar las mesas a la clase de dibujo, dejar
las sillas en su sitio. Soy ya más de las diez.
A tantos años de distancia alguien
tiene noticias de ¿qué sucedió con el teatro en la escuela?, que al decir de
Max Aub es teatro de verdad. “Pequeño, cojo, manco, pobre, hasta tartamudo,
imposible de representar ante un público profesional; pero teatro de verdad,
teatro de adentro.”
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