El tema se las trae. En ocasión de un
cumpleaños, casamiento o reunión por el sólo gusto, hay que elaborar la lista
de invitados; por lo general muchos son los mencionados y menos los elegidos.
En el mejor de los casos las invitaciones se formulan en reconocimiento al parentesco
y la amistad; en el peor, por intereses inconfesables como: simetría (“ellos
nos invitaron cuando fue su evento”), esperanza de ascenso laboral (“es el jefe”),
temor a represalias (“si no los invitamos son capaces de cualquier cosa”), etc.
Hay ocasiones en que se da un
malentendido al suponer que el invitado estará contentísimo de haber sido
sujeto de tal distinción, cuando el pobre en realidad no ve la forma de
disculparse. Esto ha dado lugar a la existencia de un verdadero arte de las
disculpas, que siempre es deseable se formulen con anticipación y así hay quien
inventa viajes, compromisos previamente contraídos y muchos etcéteras. Las hay
creíbles y dudosas; a este respecto Alfonso Reyes afirma: “Entre los mil
géneros de disculpas prefiero –por pintorescas- las levemente inverosímiles.”
Es posible concluir en que las que se presentan a posterior no dejan de ser muy
antipáticas: un trabajo de última hora, la enfermedad de un familiar, un
malestar agudo… Los lugares quedaron vacíos y el gasto fue hecho.
Pero aclaremos las cosas: esto sucede
en nuestro tiempo porque en el pasado quien incumplía con el compromiso de
concurrir a una comida no alcanzaba indulto, debiendo el anfitrión tomar nota
de tamaña afrenta. Veamos lo que señala B.A. Grimod de la Reynière, verdadero
especialista en cuanto a las costumbres imperantes en el Antiguo Régimen.
Un invitado que ha
aceptado una invitación formalmente o con un silencio de veinticuatro horas,
debe respetarla como un soldado a su bandera y considerar el compromiso como
sagrado. Sobre todo porque tenía libertad de elección. Nada le obligaba a
aceptar una invitación hecha por escrito, la única, por cierto, que merece
respuesta. Había un día y una noche entera para decidirse, pero una vez que se
ha dado el sí, se contrae un compromiso más sagrado que el del matrimonio. Para
un hombre de palabra, es más sagrado aún y los deberes que conlleva son tan
dulces que, cuando se viola, se es doblemente culpable.
Esto nos lleva a
hablar naturalmente de los incumplimientos.
El concepto tiene
diversas acepciones en nuestra lengua, pero todas son más o menos peyorativas.
Sólo rompe su palabra el que no la tiene, lo que, en casi todas las
circunstancias, significa ultraje a la buena fe. Desentenderse de sus
obligaciones es sustraerse al deber de cumplirlas, de manera que protestar sus
efectos, pedir un contrato de prórroga, pedir tiempo a la justicia, son otras
tantas deserciones. De lo que se deduce que, en muchos casos, el incumplimiento
es sinónimo de fracaso y de bancarrota.
Romper un
compromiso en golosinería es no tener palabra, desorganizar una cena, provocar
inquietud y descontento en el alma de un honesto anfitrión, hacerle una injuria
mortal y exponerse a no volver a ser invitado por él, pues hace falta una dosis
sobrenatural de indulgencia para invitar de nuevo al convidado informal, que ha
osado no cumplir con un compromiso.
En su opinión solamente existían
situaciones muy excepcionales (y
verán que no exageramos) que hacen un poco menos grave la inasistencia. “La más
grave enfermedad, un miembro fracturado, la cárcel o la muerte, son lo único
que puede excusar un abandono.” Pero para que no nos confundamos, afirma con
contundencia: “No lo legitiman, pero al menos lo hacen comprensible.” Claro que
en estas situaciones extremas había que aportar las pruebas respectivas, “(…)
en los dos primeros casos, es exigible un certificado del médico o del cirujano
que señale el estado del enfermo, en el tercero un documento judicial y en el
último el acta de fallecimiento, que será enviada junto con la ruptura del
compromiso al lugar de la invitación.”
B.A. Grimod de la Reynière concluye el
punto estableciendo la penalización que debería afrontar quien incumpliera su
compromiso con el llamado imperio goloso.
Fuera de estos
casos no se aceptará otra excusa y, además de sufrir la vergüenza, el infractor
se obligará a pagar a todos los anfitriones que conozcan el reglamento de Aze
una multa de 500 luises, pagaderos a ocho días vista. Nada es pues más
soberanamente deshonesto, más vergonzoso incluso que una ausencia no
justificada, y el autor de esta obra lo considera como la más sensible herida
que se le pueda hacer a él y a todos los que se enorgullecen de conocer y
practicar las leyes del imperio goloso. No, nada hay más insultante que un
abandono, como no sea la anulación de una invitación.
De aquellos ayeres a hoy, mucha agua
ha pasado bajo el puente. Prueba de ello es una nota de prensa de hace unos
pocos años que da cuenta del problema opuesto: cuando los invitados no sólo
llegan sino que luego no se van...
Los hemos sufrido todos. Es horrible. En un sentido literal, una
tortura. Luego de una larga fiesta o de una buena cena, cuando llega la hora en
que el sentido común aconseja dar las gracias, decir que todo estuvo delicioso,
que habría que ver cuándo la repetimos y partir, uno o varios de los invitados
se transforman, se amarran al sillón, piden otra copa y, sencillamente, no se
van.
No se van.
No se van.
Y no se van.
La situación no es cosa de risa. Catedráticos de la Universidad de
Middletory, en Calgary, han registrado que 36% de los conflictos conyugales son
provocados directa o indirectamente por estos personajes a los que la academia
denomina lategoers, mientras que el
índice de distanciamiento afectivo se dispara a 73% cuando se produce este
fenómeno del invitado pertinaz. En un estudio publicado en el Journal of Abusive Frienship, en
noviembre de 1997, se llegó a la conclusión de que la práctica del lategoism se ha incrementado
notablemente en los últimos años y amenaza con legitimarse por la lamentable
cultura de la informalidad y el florecimiento de las actitudes emocionalmente
correctas. Porque te quiero mucho y estoy a gusto tengo todo el derecho de ver
el amanecer desde tu sala. El alcohol, la carcajada o el llanto, afirman Larry
F. Jhonson y Jane P. Wilcott, sirven como el adhesivo fatal de tan inextirpable
presencia. El “triángulo de la perpetuidad”, lo llaman Jhonson y Wilcott.
El drama, señalan los estudiosos, es la condición inerme de las
víctimas.
Y tal
vez sea cosa de, como es usual en algunas invitaciones para cumpleaños
infantiles, establecer el horario de inicio y de final de la fiesta. Mejor no
imaginar lo que opinaría B.A.
Grimod de la Reynière al respecto…
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