sábado, 17 de octubre de 2026

Cierre de etapa

 

No sé si a usted, improbable lector, le pase lo mismo. Reconozco que a mí me cuesta mucho cerrar etapas.

Durante algunas décadas dediqué mucho tiempo a recorrer librerías en diversas ciudades a donde me llevaba el trabajo. Compré libros nuevos y también usados o, como algunos prefieren, ya leídos. En estas adquisiciones me guiaban dos líneas: aquellos que podían apoyarme en mi trabajo, mientras que el otro objetivo consistía en buscar textos que pensaba podrían interesar en una biblioteca pública (de preferencia en mis rumbos, el Pueblo de Santa Cruz Atoyac). Una biblioteca para lectores dispersos con una gran variedad temática que pudiera atraer a quienes no son lectores habituales y, de ser posible, que pudiera convertirse en centro de propuestas culturales.

Los libros los guardaba en mi departamento, día a día iban ganando espacio hasta que se apropiaron de la mayor parte del espacio, era un intruso entre ellos. Lo que para algunos pudo haber sido un infierno, para mí era el paraíso.




A medida que iba sumando años me llegó la pesadilla (nada original por ser tan común entre los aficionados a los libros) de la posibilidad que cuando muriera aquel acervo (integrado por aproximadamente 3.000 libros) reunido con tanta persistencia pudiera ir a dar a la basura. Aquello empezó a preocuparme y fue así que pensé en donarlos a una institución pública. Más que de generosidad, se trataba de hacer un pequeño aporte frente a lo mucho recibido en tanto tiempo de vivir aquí.  

En años recientes toqué varias puertas sin obtener la respuesta esperada.

Hasta que hace un par de semanas me llegó la información que la Fundación Elena Poniatowska recibía donaciones bibliográficas con el propósito de distribuir libros en escuelas, bibliotecas e instituciones comunitarias que pudieran necesitarlos.  

Y para no hacer el cuento largo, ayer entregué los libros (aclaro que no quedé en el desamparo bibliográfico, conservo una reducida biblioteca).

Planificar la logística no hubiera sido posible sin el invalorable apoyo de mi amigo Raúl Zarabozo, a quien mucho agradezco. 



Para el transporte contraté a una pequeña empresa familiar de mudanzas y afines, que ofrecen sus servicios frente a donde vivo. Fueron sumamente profesionales, aunque su camión no es muy moderno que digamos.




Momento de sentimientos encontrados.

Por un lado, no me es fácil asumir que he ido acumulando años (hace décadas un amigo me decía: tu vives como si fueras a jugar siempre en la sub 20) sin poder concretar mi añorado proyecto de tanto tiempo. No me fue sencillo admitir la derrota parcial del sueño. Y digo parcial porque es sabido que lo soñado no nos lo quita nadie.

Por otra parte, mucho agradezco que hace añísimos -al decir de don Andrés Henestrosa- descubrí que en la lectura residía una de mis pasiones y que durante mucho tiempo anduve peregrinando tras mi sueño.

Se cierra una etapa; inicia otra.

Así que aquí estoy tomando un vino para consolarme y al mismo tiempo para celebrar que este proyecto de la biblioteca para lectores dispersos ha sido un hermoso sueño.

Concluyo con el enorme agradecimiento a la Fundación Elena Poniatowska por haber recibido la donación.


Y a los libros les deseo muy buen viaje.




1 comentario:

Raul Zarabozo dijo...

Nuevo sueño... reestrenar tu departamento. Tendrás espacio para 8,351 nuevos deseos, nuevos proyectos, nueva decoración. Ánimo!!.