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martes, 13 de octubre de 2026

Amor fuera del escenario

 

Hace tiempo no nos visita uno de nuestros autores predilectos, Fernando Fernán Gómez. Pues bien, en esta ocasión comparte el momento en que conoció a quien sería el gran amor de su vida.

La década de los setenta fue mi mejor verano, un poco tardío pues me llegó en pleno otoño. Un día, durante el trabajo, entre los árboles de la Casa de Campo, dentro de un coche de caballos, disfrazada de antigua, encontré a la compañera de mi vida. Era joven, hermosa, alegre, pensativa. Le gustaba leer, quería trabajar en el cine, en el teatro, dirigir películas, escribir, cambiar el mundo. Quería ser libre, ser ella, y estaba sola y no quería estar sola.

Y es allí cuando inician una nueva vida. “A partir de entonces, compartimos nuestros proyectos, confundimos nuestros recuerdos, trabajamos y esperamos juntos. Llenó la casa de risas, de bromas, de juegos, de amigos.” Por si ello fuera poco, su presencia tuvo mucho de sanadora. “Cuanto ella podía tener de hospitalario, me lo entregó, procurando, con su gran instinto, restañar las viejas heridas, y, con minuciosa delicadeza, no abrir ninguna nueva.”

Con la irrupción de lo inesperado, la vida del artista tuvo un giro radical. “Como si todo hubiera de cambiar con su aparición, mi trabajo mejoró súbitamente. Me ofrecieron estrenar Un enemigo del pueblo, de Ibsen, y, aunque es verdad que amparado en ciertas circunstancias políticas, obtuvo un gran éxito de crítica y público.”

Su existencia todo lo iluminaba.

Sabiéndola a ella cerca, o lejos, pero en esta casa, o sintiéndola a mi lado, o aguardando que regresase de su trabajo, pero seguro de que había de llegar, escribí un drama, La coartada, que ganó un accésit en el Lope de Vega, y luego, una comedia, Las bicicletas son para el verano, que obtuvo el premio.

Ese reconocimiento fue motivo, como relata Fernando Fernán Gómez, para que la casa se inundara de alegría.

Y aunque a los autores agraciados no nos resulta fácil saber si el premio Lope de Vega es una gloria o un estigma, cuando a medianoche nos comunicaron la noticia -ella cogió el teléfono, nunca había visto tanto gozo en su mirada-, descorchamos una botella de champaña, recorrimos la casa paseando a grandes zancadas, muertos de risa, saludándonos al cruzarnos, enhorabuena, enhorabuena, llenos los dos de la misma alegría.

Seguramente usted, improbable lector, piense que hemos olvidado decir quién es ella.

De la magnífica Emma Cohen hablaremos en otra oportunidad.