martes, 26 de junio de 2012

Los niños de azotes


Algo que desde siempre se juzga como muy conveniente es la cercanía con el poder, ya que ello supone acceder a privilegios, canonjías y favoritismos que los poderosos distribuyen con total arbitrariedad. Así hay quienes son expertos en procurarse los medios que les permitan aproximarse a los círculos de poder. 




Ilustración: Margarita Nava
Pero a ese respecto, existen excepciones. Una de ellas fue la de los llamados “niños de azotes” cuyo origen parece estar en las cortes alemanas. Así se conocía a ciertos hijos de nobles, compañeros de juegos de los jóvenes príncipes de la sangre, que en realidad eran quienes recibían en lugar de ellos los castigos correspondientes. Como los príncipes no podían ser azotados las sanciones a que eran merecedores, recaían sobre sus amigos.
Sin embargo hubo monarcas que, guiados por otros principios pedagógicos, no siguieron esta tradición. Al respecto dice Paul Tabori que Enrique IV 

(…) dio instrucciones especiales al tutor de su hijo para que le aplicara una buena azotaina cuando el niño se portara mal. En una carta fechada el 14 de noviembre de 1607 escribe lo siguiente: “Deseo y ordeno que el Delfín sea castigado siempre que se muestre obstinado o culpable de inconducta; por experiencia personal sé que nada aprovecha tanto a un niño como una buena paliza”.

Por otra parte, Rafael Escandón refiere una variante sobre este mismo tema.

Caminaba la reina Victoria con una amiga por los jardines del palacio Buckingham y de repente escucharon unos gritos; era que el hijito mayor, que acababa de cumplir los nueve años, le proporcionaba una colosal paliza a un compañero suyo.
-¿Qué pasa? -inquirió la reina.
-Nada -respondió el muchacho-, sólo le estaba mostrando que yo soy el Príncipe de Gales.
-¿Conque así es la cosa? -interrogó la reina Victoria, mientras tomaba del brazo a su hijo (el futuro Eduardo VII) y lo ponía en sus rodillas para castigarlo-. Ahora te quiero mostrar que soy la reina de Inglaterra.

No tengo noticias acerca de si en las monarquías actuales queda huella de esta tradición. Sin embargo considero que en muchas de las repúblicas contemporáneas cuando quienes detentan el poder equivocan sus decisiones, actúan en forma errática o se “enriquecen inexplicablemente” hacen recaer sobre otros los costos de dicho proceder, convirtiendo así a los ciudadanos de a pie en una versión actualizada de niños o adultos de los azotes.

viernes, 15 de junio de 2012

Juego limpio



 Fue a mediados de abril cuando una noticia concitó la atención de la sociedad española: el rey Juan Carlos de Borbón debió ser operado de urgencia debido a la lesión ocasionada por una caída mientras participaba en una expedición de caza de elefantes en Botsuana. Lo que en un principio pudo parecer un simple rumor mal intencionado, poco después tuvo su confirmación. Rann Safaris, empresa que organiza cacerías de elefantes en Botsuana, publicaba en su página web una foto del rey Juan Carlos en una de esas expediciones, en la que se encuentra junto a Jeff Rann, responsable de la empresa, ante un elefante abatido.

Periódicos, revistas, radio y televisión dedicaron importantes espacios a difundir y comentar tal acontecimiento. Las críticas se multiplicaron haciendo evidente que ya no rige el viejo principio de que la prensa no se mete en asuntos propios de la corona.

Un sector de la sociedad criticó particularmente el hecho de que don Juan Carlos anduviera dilapidando recursos (solamente el permiso de caza podría haber costado alrededor de 30.000 euros) cuando España atraviesa la crisis económica más severa en muchos años.

Otros enfocaron sus cuestionamientos hacia la flagrante contradicción del rey que por una parte participa y colabora con muchas organizaciones ecologistas y por la otra disfruta de la caza de elefantes como mero pasatiempo o actividad de entretenimiento.

No faltaron tampoco quienes subrayaron que dadas las circunstancias de que la familia real (por cierto, ¿las otras son virtuales?) enfrenta una serie de problemas internos, el momento eras el menos propicio para que el rey dejara su casa para ir de caza.

Si no fuera mala paradoja se podría decir que en esta ocasión el monarca, tan prudente en otras circunstancias, se condujo como elefante en cristalería. Prueba de que las críticas estuvieron muy bien dirigidas fue que pocos días después el rey debió pedir disculpas en la forma clásica apta para todas las edades y circunstancias: "Lo siento mucho. Me he equivocado y no volverá a ocurrir".

Sin dejar de reconocer la sensatez de las críticas anteriormente enunciadas, quisiera proponer otro cuestionamiento. Desconozco la manera en que se condujo don Juan Carlos pero existe una larga tradición que cuando los poderosos van de caza, o pesca, soportan mal la frustración por lo que sus asistentes deben tomar todos los recaudos necesarios para que el regreso jamás sea con las manos vacías.

Tal fue el caso del dictador Francisco Franco y es nada menos que Miguel Gila, quien años después se convirtiera en reconocido humorista, quien da testimonio de ello.
(…) Franco se enteró de que existía un pez de río al que llamaban lucio, del que decían que era muy bravo y difícil de pescar, y dio la orden para que en el río Tajo, a su paso por Aranjuez, se echaran millares de alevines de lucio; pero la impaciencia del Caudillo por pescar aquel pez de río, motivó que ordenara que se utilizaran lucios traídos de no sé dónde, ya de un tamaño considerable. Alguien, con el deseo de hacer feliz al Caudillo, mandó acotar el río con unas redes metálicas en unos dos kilómetros, de manera que los lucios no podían salir de aquella prisión. Y así, cuando el Caudillo iba a la pesca del lucio le aconsejaban que lo hiciera en aquel lugar.

Sacaba cantidades fabulosas.

Gila tuvo la oportunidad de experimentar la satisfacción de semejante éxito en el arte de la caña y el anzuelo. Sin embargo, pronto se aburrió. “Peliche y yo nos hicimos muy amigos de Mariano, el guarda encargado de vigilar el coto. Mariano nos avisaba el día que el Caudillo no iba de pesca y nos daba permiso para que pescáramos nosotros, pero era tal la cantidad y la facilidad con que sacábamos los lucios que llegamos a aburrirnos.” Pasaron los años y Miguel Gila se vio obligado a emigrar como tantos otros españoles. Cierto día una nota de prensa lo regresó al tema. En agosto de 1966, viviendo ya en Argentina leí una noticia publicada en España, en la que se decía que el Caudillo había pescado una ballena de veinticinco toneladas, y treinta y seis ballenas dos semanas más tarde. Me acordé de los lucios y pensé: ‘Eso es que en el Cantábrico le han hecho un coto para pescar ballenas’.”

De ninguna manera cuento con pruebas que me permitan sostener que el rey Juan Carlos se conduce en la caza con las mismas mañas que lo hiciera “el tío Paco” en la pesca, pero no puedo dejar de transcribir un artículo de prensa firmado por Ana Anabitarte y publicado en El Universal el 10 de junio.
(…) En el año 2006 (…) los medios de comunicación rusos (…) publicaron que el rey había matado a “un bondadoso y alegre oso llamado Mitrofán” que era mantenido en un centro turístico de un pueblo.
Varios diarios relataron que Mitrofán había sido encerrado en una jaula y conducido al lugar de la caza, donde “lo emborracharon con abundante vodka mezclado con miel y le obligaron a salir al campo convertido en un blanco fácil” para el monarca, que “lo abatió de un tiro”.
En España fueron dos los periódicos que se atrevieron a publicar la noticia. El Mundo fue el que la desveló. El País la desmintió citando fuentes de la Casa Real.

En fin, sin desconocer la experticia de don Juan Carlos en cuestiones de caza (que es ampliamente reconocida) la duda en este caso también queda sembrada: que si los asistentes “entregaron” al elefante, que si lo tenían atado, que si era un animal muy viejo e incapaz de defenderse, etc.
Ilustración Margarita Nava


Cabe destacar que en estos temas se cuenta con la versión “oficial” que no es posible contrastar; esto lo tenía muy claro Loqman en una de sus fábulas a la que refiere Jean-Claude Carrière.
Loqman cuenta en sus fábulas que un día un hombre se encontró a un león. Los dos entablaron una discusión sobre sus respectivos trabajos, y el león se jactó de su fuerza y su impetuosidad, que aseguraba incomparables.
En aquel momento pasaron frente a una pintura que representaba a un hombre estrangulando a un león con las manos.
El hombre se echó a reír señalando la pintura.
-Ah –dijo el animal-, si hubiese leones pintores…

En fin, tal vez sea conveniente pregonar que quienes tienen afición por actividades de caza debieran conducirse con el lema que promueve la FIFA en sus torneos: juego limpio. Y que el mismo aplicara sin restricciones o cortapisas también para los poderosos que ya sabemos cómo se las gastan.




martes, 12 de junio de 2012

Obsesión por los récords



De acuerdo con Homero Alsina Thevenet, el primer Libro Guinness de los Récords “(…) nació en 1954, como un derivado de la destilería Guinness, que fabricaba famosas cervezas y licores desde 1886. El libro surgió de una iniciativa de su gerente Hugh Beaver, como instrumento para dirimir discusio­nes en tabernas.” Y aún así todavía hay gente que afirma que nada bueno sale de las polémicas de cantinas…
Hay países que tienen una especial predilección por figurar en ese libro y según afirma Marc Lacey en un artículo de hace algunos años en el New York Times: "Si el libro Guinness alguna vez inventa una categoría para el país más obsesionado con estar en el libro Guinness, México indudablemente figuraría entre los finalistas". Es Guillermo Sheridan quien retoma el artículo citado.
En los últimos tiempos, dice el diario neoyorquino, México ha desintegrado los siguientes récords:
1. Cantidad de personas que bailaron la canción “Thriller” de Michael Jackson y se agarraron los destos simultáneamente: 12,937, en México D.F.
2. Mayor cantidad de mariachis tocando "Cielito lindo": 549, en Guadalajara.
3. Mayor número de modelos mostrando vestidos mientras caminaban por una pasarela: 81 modelos en una pasarela de 4,332 pies de largo.
4. La albóndiga más grande del mundo: 109 libras, en Cancún.
5. El pastel de queso más grande del mundo: 2 toneladas, en México D.F.
6. Mayor cantidad de personas besándose simultáneamente en el día del amor en la boca: 39,897 personas, en México D.F.
7. Taco más grande del mundo: 1,654 libras y 46 metros de largo, en Mexicali.
8. Los pantalones más grandes del mundo: 18 metros de altura, en Almoloya.
9. Mayor cantidad de piñatas reunidas: 504, en Hermosillo.
10. Torneo de futbol con más equipos del mundo: Copa Telmex, con nueve mil equipos, nacional.
11. Familia más peluda del mundo: la de Larry y Danny Ramos Gómez, que padece hipertricosis congénita generalizada, por lo que sus integrantes están cubiertos de pelo en 98 por ciento de su cuerpo.
12. Persona que más tiempo ha pasado suspendida de unos ganchos clavados en la espalda: el artista del tatuaje Jorge Castro, 17 minutos, Culiacán.
13. La torta más grande del mundo: 150 pies de largo, en México, D.F.
14. Cantidad de "toros bebés" (así dice) matados en una encerrona por un torero niño: seis toros bebés matados por el niño Michelito. (La compañía Guinness se negó a registrar el récord, pues no acepta a los que impliquen matar o lastimar animales.)
Según el Sr. Lacey, el frenesí mexicano por romper récords "obedece a su deseo de lograr un estatus de clase mundial, y a la vez a la conciencia de que en muchos aspectos está aún lejos de conseguirlo".
Asimismo, Gumaro Morones se refiere a otros récords que se encuentran en franca oposición entre sí ya que uno tiene que ver con muertes mientras el otro con nacimientos.
(…) nuestro primer lugar absoluto en el renglón de homicidios. Por cada cien mil habitantes. 46.3 asesinatos.
Este récord mundial explica tal vez la curiosa reacción de las personas de ciertas regiones de Guerrero, que al saber de la muerte de alguien no preguntan de qué murió sino quién lo mató. (…)
Claro que también está la contrapartida. No sólo nos matamos unos a otros a velocidad de competencia, sino también nos reproducimos con un frenesí semejante. De hecho, tenemos otra marca mundial: el único caso, comprobado, de octillizos nacidos vivos (cuatro niños y cuatro niñas), producidos por una compatriota de veintiún años en 1967.   

También se han batido marcas de otro tipo que procuran divulgar la ciencia, tal como lo establece el periódico Milenio del 18 de noviembre de 2011.
Observar el cielo con un telescopio es una experiencia fascinante que combina aprendizaje, asombro y reflexión, pero también una forma de despertar entre niños y jóvenes vocaciones por la ciencia, y de invitar al público a ver la Luna y las estrellas, externó José Franco López, investigador del Instituto de Astronomía (IA) de la UNAM.
Con el objetivo de atraer a las nuevas generaciones a la actividad científica, la UNAM coorganiza el Reto México 2011, ejercicio de observación astronómica colectiva, a realizarse el sábado 3 de diciembre, a partir de las 20:00 horas, de forma simultánea, en 42 plazas de 27 estados del país. (…)
El Reto México 2011 busca establecer para el país un récord Guinness del “mayor número de personas en observación del mismo objeto celeste a través de telescopio, al mismo tiempo”. Los organizadores esperan que se inscriban alrededor de cinco mil participantes.
“El récord Guinness puede parecer frívolo, pero queremos utilizar todo su glamour para impulsar la divulgación científica, emplearla como una forma de atraer al público hacia la observación astronómica”, señaló.
Por su parte Jorge G. Castañeda también alude al artículo de Lacey en el New York Times y señala que no deja de ser contradictorio que un país que en otras instancias evita la competencia esté tan preocupado por los récords Guinness. Una posible respuesta, prosigue Castañeda, es la que propone el politólogo Carlos Elizondo: “Por lo mismo que no nos gusta competir. Son récords basados en el principio de no competir. Se trata simplemente de hacer algo más grandote o con más gente (...)”
¿Será?

martes, 5 de junio de 2012

Genoveva

Ilustración Margarita Nava

Cuando niño mis mejores amigos eran los caracoles. En casa había un pequeño jardín, dominado por una enorme enredadera que cubría la pared que separaba nuestra casa de la de los vecinos. Allí habitaban mis pequeños amigos que se multiplicaban en tiempos de lluvia. 


En ocasiones los reunía en torno a una supuesta línea de partida con el propósito de presenciar una apasionante carrera que invariablemente se suspendía por la apatía de los participantes manifiesta en la lentitud de su marcha, en los descansos prolongados a puerta cerrada así como en reiterados cambios de rumbo. Buena parte de mi día transcurría en el jardín y con frecuencia terminaba totalmente embarrado; quitarme el barro de uñas, rodillas, orejas y codos no era tarea sencilla.

Aquel jardín estaba comunicado con el exterior, de tal manera que yo veía desfilar por la vereda a muy diversos personajes por la vereda. Algunos circulaban a ritmo veloz, otros de manera sumamente lenta; había quienes caminaban con la frente en alto, también pasaban quienes llevaban su mirada al piso buscando no sé qué cosas perdidas y que espero hayan encontrado. Algunas personas pasaron una sola vez, otras lo hacían con cierta frecuencia y también estaban los de diario transitar por mi vereda. Estos últimos eran mis amigos.


Entre ellos recuerdo a Raúl (el hijo de la carbonera como solía decir mi abuela), a los Di  Lucci, a los Herrera y a tantos otros cuyo paso detenían haciendo titánicos esfuerzos para entender lo que yo les decía desde mi lenguaje mal articulado y peor vocalizado.

Entre mis amigos evoco especialmente a Genoveva. Era una señora (o tal vez señorita, en aquel entonces no me fijaba en esos detalles) ya mayor, italiana, que trabajaba como empleada doméstica en una casa del barrio. La recuerdo vestida de negro con una sonrisa en la cara y cansada de tanto andar. Cuando llegaba ante el portón del jardín dejaba en el suelo las bolsas que invariablemente cargaba y se agachaba para recibir el beso que día a día yo le guardaba. Como el portón era muy bajito, estiraba sus brazos por encima y me tomaba de las manos. Ese era el momento en que manteníamos nuestro diálogo de sordos, los dos hablábamos de cosas distintas en nuestro -por diversas razones- dificultoso español. Pero total, ¿qué importaba?
Luego llegaba la hora de la despedida. Genoveva me miraba de una manera muy especial en la que seguramente se iba muy atrás en el tiempo reencontrando rostros así como situaciones que le habían dejado huella y la emocionaban, sus ojos se humedecían. Con sus manos transidas por el tiempo  y surcadas por el trabajo recogía sus bolsas e iniciaba su partida dibujando nuevamente una sonrisa en su rostro. Yo la seguía con la mirada y observaba su marcha bamboleante en la que su cuerpo se iba de un lado al otro de su vertical. Aun así andaba con ritmo y agilidad. Cuando se me perdía de vista, yo volvía a mis caracoles.
Una vez que Genoveva emprendía el camino ya no miraba para atrás. Sólo una vez lo hizo saludando con su mano en alto. Al otro día, ya no volvió. Ni al otro. La extrañé mucho.
Muchos años después reapareció en una oportunidad en que fue al estudio de mi padre a consultarlo por un problema jurídico que tenía con sus vecinos.
Fueron pocas veces -demasiado pocas- las que nos volvimos a ver, ya estaba muy viejita. La iba a visitar a un modesto rancho que se había construido, vaya uno a saber con cuánto sacrificio, en la ciudad de La Paz. Con los reencuentros ambos nos emocionábamos, ella lo demostraba y yo evaporaba mis lágrimas por el estúpido miedo a la cursilería propio de mis 17 años. Ya casi no caminaba, su rostro seguía teniendo la dulzura y la paz que jamás perdería.
Tiempo después, un escribano llamó a mi padre para comentarle acerca de la muerte de Genoveva. Me había legado su pequeña vivienda de la ciudad de La Paz. El escribano se apresuró a aclarar que no me hiciera ilusiones, que se iba a sacar poco dinero por el inmueble y era lo único que dejaba. Pobre escribano, ¡no entendió nada!
Con lo obtenido por la venta de aquella casa compré una motoneta usada que fue mi compañera durante algunos años.
Todo lo demás que me dejó Genoveva espero llevarlo puesto.

martes, 29 de mayo de 2012

Isabelino, un grande


Hay pueblos que fortalecen la identidad por sus hazañas bélicas del pasado, o sus aportes científicos, o sus contribuciones en algún campo del arte, o sus restos arqueológicos, o sus joyas arquitectónicas, etc. Sin negar lo que puede haber en esos rubros, en el caso de Uruguay ocupan un lugar muy importante los éxitos futbolísticas y en particular el desempeño de ciertos jugadores. Es el caso de Isabelino Gradín quien destacara tanto en futbol como en atletismo y de quien Rubén Olivera proporciona algunos datos.

Gradín, nacido en Montevideo el 8 de junio de 1894, se destacó desde niño por sus aptitudes naturales, pero el fútbol y el atletismo le dieron proyección a sus virtudes. En la añeja plaza de Deportes número 1 de la mano del profesor Primo Gianotti, encaminó sus portentosas velocidades, porque así era, según crónicas de la época, su notable cambio de ritmo que aumentaba a una intensidad poco común.
(…) fue Campeón Nacional y Sudamericano de los 200 y 400 metros llanos, además de contribuir en postas de la misma distancia. Batió varios cronos a nivel continental.

Su trayectoria deportiva fue extraordinaria y alcanzó triunfos que se convirtieron en verdaderas proezas. En uno de estos casos se presentó una peculiar situación que narra el mismo Rubén Olivera.

(…) fue Campeón de América en el primer torneo disputado en Buenos Aires en 1916.
Isabelino fue el goleador del equipo celeste y de allí emana la anécdota, compartida con (Juan) Delgado.
Ocurrió el 2 de julio y Uruguay enfrentó a Chile en el comienzo del certamen. Jugaron ante 10.000 personas en el estadio de madera de Gimnasia y Esgrima (…)
El referí fue el argentino Gondra, impecablemente vestido con saco y gorra. La victoria fue uruguaya con un score de 4 a 0, siendo los tantos convertidos por el Maestro Piendibene en dos oportunidades y otras tantas por Gradín. Hasta allí imperaba la lógica y nada anormal acontecía, pero hete aquí que un hecho llamaba poderosamente la atención, no solo de los chilenos, sino del resto de los equipos y los asistentes.
Uruguay era la única delegación que tenía negros y, para colmo, más de uno, lo que trajo a la luz el recelo de los trasandinos, apoyados por el resto, estampando una denuncia y reclamando los puntos perdidos en la cancha.
El motivo apuntado, tenía que ver con la inclusión de jugadores africanos en el cuadro celeste, obvia alusión a la presencia de Gradín y Delgado. Patética demostración de ignorancia.
Por supuesto que todo quedó circunscripto al papelón ya mencionado, ingresando en la historia como una muestra más de prejuicios, discriminación y ausencia de sentido común.

Entre las singularidades de la vida de Isabelino Gradín destaca que el reconocido poeta peruano Juan Parra del Riego le dedicara el célebre “Polirritmo”. Diego Lucero describe el hecho.

Juan Parra del Riego salió del barrio de Chorrillos de su Lima natal e hizo el peregrinaje de su lírica y desordenada bohemia en ambiente de poetas y pintores de Santiago de Chile y Buenos Aires. Recaló en Montevideo como náufrago, pobre de bienes y quebrado de salud; encontró aquí el afecto y el apoyo que buscaba y se sintió tan placenteramente y tan a gusto en “La Muy Fiel y Reconquistadora” que organizó su vida, mejoró su salud, se reconcilió con los cobradores y escribió cosas bellísimas y en una reunión de poetas, conoció a Blanca Luz y se casó con ella. Rimó muy bien la pareja en los primero tiempos. Después se fue deteriorando. Blanca Luz veleidosa, no daba la consonante. Y un domingo al mediodía, en la casita de la calle Palmar donde moraba la pareja, hubo riña violenta. La poetisa, pequeñita, era una leona a la hora de los celos. Y Juan Parra del Riego, el poeta, “salió a la calle desconcertado”, a vagabundear sin rumbo para matar las penas. Por eso dice el poeta en el “Polirritmo”: “Mi alma estaba oscura y torpe de un secreto sollozante”. Vagando y vagando advirtió que por la Bulevar Artigas venían muchos hombres a patacón por cuadra y doblaban por Rivera hacia el este. Vestían como todos los varones en aquel entonces. Traje, camisa, corbata, zapatos, algunos luciendo gorras y otros el clásico “rancho de paja” arriba de la cabeza. Le picó la curiosidad. ¿A dónde se dirige esa columna de hombres a pié? Entonces tomó la decisión de unirse a ellos sin saber que rumbo llevaban. Cuadras más adelante, siempre por la calle Rivera, llegaron a la altura de la actual calle Soca, torcieron a la derecha y a metros nomás, ingresaron a... ¡la cancha de Peñarol en la Estación Pocitos, que allí estaba!
Juan Parra del Riego nunca había visto un partido de fútbol. Es más, no sabía de que se trataba y no tenía la menor idea de lo que era ese juego. A los pocos minutos de comenzado el partido quedó embrujado con el espectáculo y prisionero de la magia de aquel moreno caudaloso que fue Isabelino Gradín. Su emoción, hecha toda belleza, la volcó en el “Polirritmo”.

De acuerdo con Rubén Olivera la actriz y declamadora Berta Singerman recitó en forma magistral el Polirritmo nada menos que en el Teatro Solís el 28 de julio de 1922 por supuesto que ante la presencia del destacado deportista.
Parra del Riego falleció en noviembre de 1925. La vida de Blanca Luz atravesó una serie de vicisitudes y tiempo después estuvo en pareja con el reconocido pintor mexicano David Alfaro Siqueiros. Muere en Chile muchos años después apoyando al pinochetismo; pero esta es otra historia de su larga y controversial historia. 

miércoles, 23 de mayo de 2012

Preguntas desde el horror


Leí la nota hace algunos años, estaba perdida en el océano informativo del periódico de la mañana. Esas pocas líneas me ocasionaron un fuerte impacto que no ha desaparecido. Con la firma de Óscar Enrique Ornelas, el texto decía

Todo el pueblo ucraniano de Ivano-Frankovsk ha ido a ocultarse al pantano. Las tropas alemanas merodean la región. Los nazis asesinan a mansalva e incendian los poblados. Una niña tiene hambre. “Quiero comer, quiero comer, mamá”. Cállate, niña, que nos van a oír los alemanes. Finalmente se hace el silencio. La madre ha ahogado a la pequeña para que dejara de llorar. Oriunda de la misma aldea, la periodista Svetlana Alexiévich (...) nota que hay una anciana que se mantiene apartada, nadie le habla. Es aquella madre que ahogó a su hija en el pantano para salvar al pueblo. Los supervivientes no se lo agradecieron.

¿La niña fue inmolada para permitir la sobrevivencia del grupo?, ¿la madre renunció a la vida de su hija por defender el derecho a la vida de los otros aldeanos que escapaban del nazismo?, ¿durante muchos años esta historia se mantuvo reservada en el silencio cómplice y agradecido de los protagonistas?, ¿durante algún tiempo se habrá considerado que el suceso fue un mal menor que de no haber acaecido podría haber conducido a un mal mayor?, ¿cambió luego esa manera de valorar los hechos?, ¿con el tiempo la madre habrá dejado de ser considerada heroína para convertirse en la incalificable asesina de su hija?, ¿en ese cambio tuvo algo que ver la perestroika o se debió  a que los testigos llegaran a la vejez?, ¿se trata de una historia aislada o en realidad hechos como este fueron más frecuentes de lo que se sabe?

miércoles, 16 de mayo de 2012

Las tortas nuestras de cada día


Me costó acostumbrarme porque la versión simplificada de lo que en México se conoce como “torta” yo lo identificaba como “refuerzo”, mientras lo que yo conocía como “torta” aquí se denomina “pastel”. Por eso cuando algún taxista me pregunta si en mi país de origen se habla el mismo idioma, termino contestando con un ambiguo: más o menos.
De acuerdo al saber popular, la torta junto con el taco y el tamal integra la dieta básica rica en vitamina “T”.
Así como en Uruguay se habla de refuerzos en otros lugares lo más similar que existe son las baguettes, pepitos o sándwiches, pero cualquier confrontación les resulta francamente desfavorable; al decir de José N. Iturriaga “Cocinas tan prestigiadas como la francesa o la española, cuando se orientan hacia las tortas (con sus baguettes o pepitos), resultan de un atraso bosquimano comparadas con la torta compuesta de México. Los anglosajones también ostentan un notable subdesarrollo en sus sándwiches.” Al mismo respecto Julio Trujillo dice: “La torta es cosa sofisticada. Compáresela con la idea que tienen de torta (es decir de ‘bocadillo’) en España: treinta calamares prensados por dos panes duros. No, no, nuestra torta clásica es un florilegio de capas e ingredientes cuyo arte viene de lejos y comienza en la misma preparación.” Según Salvador Novo, citado por Trujillo, “las tortas compuestas se siguen riendo con sus dos fauces a mandíbula batiente, sacándoles la lengua a los sándwiches”. Y no vaya a creerse que estas valoraciones son manifestación de un chauvinismo desproporcionado. La elaboración de una buena torta implica todo un arte al que se refiere José N. Iturriaga.

Una torta compuesta requiere, en primer lugar, de una telera o bolillo, que en algunas partes del país siguen llamando pan francés, nombre adoptado a partir de 1862, con la intervención armada de Francia en México.
Independientemente de su eventual origen poblano, ubicamos a las tortas compuestas como típicas del Distrito Federal; tanto es así, que en nuestro norte fronterizo –donde consumen tortas mucho más sencillas llamadas lonches, por inevitable influencia de la vecindad idiomática- hay torterías que anuncian con orgullo culinario y sentido mercadotécnico que las suyas son “tortas estilo México”, o sea, de la ciudad de México.
En todo el país se encuentran variantes regionales de las tortas: en Real del Monte, Hidalgo, las hacen de tamal, usando cocoles; en Comitán, Chiapas, se come el pan compuesto, que es un bollo con frijoles y carne de puerco deshebrada; las tortas ahogadas de Guadalajara, bañadas con abundante caldillo; las chanclas de Puebla, asimismo con caldillo; los guajolotes, también poblanos, que son pambazos rellenos con enchiladas, y de allá mismo las cemitas, formidables y exóticas, rellenas con pata de res, pápaloquelite, aguacate, queso fresco y chipocles en escabeche; pambazos de papa con chorizo, sobre todo en el Bajío; y en fin, las tortas de carnitas de puerco del mercado de la ciudad de Guanajuato.
                                                                                               
Existen loncherías, merenderos y cenadurías que entre sus diversas propuestas incluyen las tortas pero las mejores son las elaboradas en establecimientos especializados en el ramo. Así, en la ciudad de México existen muchísimas torterías que cuentan con diverso prestigio, lo que explica su numerosa o reducida clientela hecha de visitantes puntuales y consuetudinarios. Julio Trujillo hace una evocación autobiográfica al respecto.
Muchas son las torterías que han dejado una huella indeleble en esta ciudad y en los paladares y vientres de sus habitantes. Tanto las que no han sido célebres, como las que siguen operando en los puestos callejeros y que algunos prefieren llamar “muertortas”, como las que han convocado una justa fama y ya son coordenadas indispensables en la vuelta gastronómica de la metrópoli.
A mí me vienen a la mente dos torterías de infancia y juventud que, según entiendo, siguen funcionando: las tortas frías del Monje Loco, allá en las inmediaciones del Estadio Azteca y entre las que destacaba una sublime torta de quesillo, y la tortas El Capricho, en la calle de Augusto Rodin, cuyo tamaño representaba un desafío para la mandíbula y el apetito del más bragado. Ahora mismo recuerdo otro clásico de prosapia: las tortas de Biarritz, en Insurgentes, en la glorieta de Chilpancingo en la colonia Roma, y que desde 1940 ofrece una portentosa combinada de pavo. Hay muchas más, claro, pero esas son las que yo recuerdo y a las que no he regresado (pero volveré, para citar a Douglas MacArthur y a Terminator).
Hoy frecuento La Castellana, que tiene una torta de bacalao sin parangón (…)
No obstante un hallazgo inesperado le reveló a Trujillo que había estado viviendo en el error.
(…) pero hace unos días descubrí una pequeña tortería digna de mención. Su nombre es El Cuadrilátero y está en el centro, en la calle de Luis Moya. Se llama así porque su dueño es el tres veces hache y legendario luchador Súper Astro, alumno del Murciélago Dorado y quien le ganara el campeonato mundial medio a Gran Hamada (lo que no hay que recordar mucho es su pérdida de máscara ante Villano III). El Cuadrilátero es un pequeño altar a la lucha libre, con máscaras de todos los grandes y fotos de Súper Astro acompañado de sus colegas. Yo, ignorante, de inmediato confundí unas máscaras con otras, pero fui corregido y amonestado rápidamente por mis acompañantes, expertos en el arte y la parafernalia del pancracio. No podían creer que fuera incapaz de reconocer la máscara sagrada de Canek, el príncipe maya… pero si no caí en la ignominia fue porque el objetivo de la visita no era demostrar nuestros conocimientos de lucha libre sino… comerse una torta.
Comerse una torta. Ajá. Se dice fácil. He devorado las tortas del Capricho con sobrada condición física. Me he comido dos cubanas con tres cocas sin pestañear. He llegado a empacar tres tortas de tamaño normal en mis buenos tiempos. No, nada: mariconadas frente al desafío que se me planteó en El Cuadrilátero.
Dios de mi vida. Conocí una torta que no es una torta, sino un becerro. Se parece más a un niño de cuatro años que a una torta. Hay pueblos que podrían subsistir una semana al amparo de esa torta. Es la madre de todas las tortas y ya no hay manera de superarla, pues si a alguien se le ocurriera confeccionar algo más grande, ya no sería una torta sino la roca de Sísifo. Me le quedé viendo, pasmado ante su grandeza y poderío. Le tomé fotos. Le recé. Es un tótem, un semidiós, un legado del pueblo de México para el mundo. Y es, hay que decirlo de una vez, in-co-mi-ble. ¿O no? Es la Torta Gladiador.
Quien se la coma es un héroe instantáneo, y un mártir instantáneo, pues no hay digestión posible después de esa gesta. Pesa un kilo y medio y mide cuarenta centímetros. ¿Sus ingredientes? Todo. Calculo que la Torta Gladiador hospeda dos paquetes de salchichas, seis bistecs, medio kilo de chorizo, un paquete de tocino, cinco huevos, todo el jamón del mundo, seis aguacates, dos cebollas, muchísimo queso, tres jitomates y una lechuguita. Me quedo corto: no me acuerdo qué más tenía. El cuerpo pesa y siente vértigo de sólo verla. Cuesta un poco más de 200 pesos y es recomendable para tres personas, pero viene acompañada de un desafío pornográfico: si una sola persona se la come en menos de 15 minutos, es gratis. Una empresa que sólo puedo concebir para aberraciones espléndidas como André “El Gigante”. No, no: ni siquiera la pedimos, cobardes.
Pedimos, eso sí, un amigo y yo, la “Gladiador Jr.”, que es un tortón tras el cual dejé de comer dos días. Pero la otra, la torta del hombre, la Gladiador, es una cima inconquistada. Una bella grosería para insultar a los muchos machos que llegan al Cuadrilátero muy ufanos y gallitos. Ahí está, a la espera del Pantagruel que se atreva. Vayan, tan sólo para verla, para atestiguar nuestra vocación de inmensidad. Y lleven a un amigo español, para trastocar de una vez y para siempre su noción de “bocadillo”.

Más allá de estos nuevos e importantes aportes al ramo, existe unanimidad en cuanto a que las tortas más tradicionales son las de Armando. Un gran cronista como lo fue Artemio de Valle Arizpe, citado por Carlos Monsiváis, se refiere a ello.
Pues bien, para mí —para mí y para muchos, para una infinidad—, ese callejón no era sino la tortería de Armando. “Las tortas del Espíritu Santo”, se les decía a las que con tanta habilidad y sabrosura confeccionaba Armando Martínez; después se les dijo, ya que tuvieron fama, sólo “tortas de Armando”. En un zaguán viejo y achaparrado estaba instalada la tiendecilla; no ocupaba todo el zaguán, no, sino que éste, con un tabique de madera sin alisar, hallábase dividido a la mitad: una se destinaba al pequeño establecimiento, la otra era la entrada al antiguo casón, que se cerraba con una recia puerta con clavos cabezones. El caserón a que aludo, ya reconstruido, hoy ostenta el número 38.
Era un placer grande el comer estas tortas magníficas, pero el gusto comenzaba desde ver a Armando prepararlas con habilidosa velocidad. Partía a lo largo un pan francés —telera, le decimos—, y a las dos partes les quitaba la miga; clavaba los dedos en el extremo de una de las tapas y con rapidez los movía, encogidos, a todo lo largo, y la miga se le iba subiendo sobre las dobladas falanges hasta que salía toda ella por la otra punta. Luego ejecutaba la misma operación en el segundo trozo; después, en la parte principal, extendía un lecho de fresca lechuga, picada menudamente; en seguida ponía rebanadas de lomo, o de queso de puerco, según lo pidiera el consumidor, o de jamón, o sardinas, o bien de milanesa o de pollo, y sólo con estas dos últimas especies hacía un menudo picadillo con un tranchete filosísimo con el que parecía que se iba a llevar los dedos de la mano, con la punta de los cuales iba empujando a toda prisa bajo el filo los trozos de carne, en tanto que con la otra movía el cuchillo para desmenuzarla, con una velocidad increíble.
Con ese mismo cuchillo le sacaba tajadas a un aguacate, todas ellas del mismo grueso. Para esto se ponía la fruta en el hueco de la mano y con decisión le metía el cuchillo por una punta y al llegar al lado contrario lo inclinaba, con lo que el untuoso pedazo quedábase detenido en la ancha hoja, y luego hacía el movimiento contrario sobre el pan y las iba tendiendo sobre él con una inigualada maestría, hasta no cubrir las porciones de pollo, milanesa o lo que fuere, y en seguida las tapaba con rajas de queso fresco de vaca, en el que andaba el tal cuchillo con un movimiento increíble de tan acelerado, que casi se perdía de vista. Esparcía pedacillos o bien de longaniza, o bien de oloroso chorizo, y entre ellos distribuía otros trocitos de chile chipocle; mojaba la tapa en el picante caldo en el cual se habían encurtido esos chiles y con una sola pasada dejábala bien untada con frijoles refritos y la ponía encima de aquel enciclopédico y estupendo promontorio, al que antes le esparció un menudo espolvoreo de sal; como final del manipuleo le daba un apretón para amalgamar sus variados componentes, y con una larga sonrisa ofrecía la torta al cliente, quien empezaba por comer todo lo que rebasó de sus bordes al ser comprimida por aquella mano suficiente. (…)
Cuando Armando estaba entregado a su tarea con gracia y experta destreza, nadie osaba proferir ni una sola palabra, o, si acaso se hablaba, era en voz baja, sin quitar los ojos ávidos de los acelerados y magistrales movimientos del cuchillo. Apenas se concluía la elaboración complicada de una torta, cuando ya andaba preparando otra con ligereza, y después otra y otra más, y todas ellas con esmero y prontitud indecibles. En la puerta se aglomeraba, saboreándose, el gentío, y sólo se escuchaba en aquel amplio silencio, como esotérico, la voz que decía: “Armando, una de lomo”, “Armando una de jamón”, “Armando, tres de pollo para llevar”; “Armando, dos tostadas”; y así el pedir y el complacer era interminable. (…)
En mi recuerdo está una tierna gratitud para Armando Martínez por los instantes que me dio, siendo yo estudiante, de felicidad pasajera, pero felicidad al cabo, con sus tortas suculentas (…)

También Jorge Ibargüengoitia alude a las famosas tortas de Armando y será nuevamente Julio Trujillo quien nos permita conocer sus puntos de vista.

Un escritor más, Jorge Ibargüengoitia, suma su voz a la oda coral a las tortas de Armando, a quien no duda en llamar “uno de los más importantes inventores que ha habido en la historia del Distrito Federal”. Y enfatiza: “Su importancia en la evolución alimenticia de los mexicanos es tal, que ya nadie se acuerda de cómo eran las tortas antes de Armando”. Nosotros, ya doblada la esquina del siglo, podemos preguntar con legítima curiosidad: ¿pero había tortas antes de Armando? Porque, según los testimonios de los cronistas, el concepto torta nace con él. Y si usted se pregunta qué es exactamente el concepto torta, aquí está la respuesta de Ibargüengoitia: “La torta de Armando es una creación barroca en la que intervienen aproximadamente veinticinco elementos en un orden riguroso. Si se altera el orden —por ejemplo, si se pone primero el chipotle y después el queso— o si la calidad de algunos de los elementos falla —que el aguacate sea pagua— lo que se come uno, en vez de ser torta compuesta, es un desastre”. El mismo escritor nos dice que la complejidad fue la condena a muerte de las tortas de Armando, que fueron sustituidas por la torta caliente de pavo (que tuvo su apogeo en tiempos de Alemán), que a su vez fue sustituida por la torta caliente de pierna (cuyo apogeo fue en la época de López Mateos). Al final de su crónica torteril, Ibargüengoitia hace una profecía fallida: dice que el futuro de la torta es el pepito.

Tan reconocida es la calidad de Jorge Ibargüengoitia en tanto escritor como dudosas sus dotes de profeta en tanto al futuro de la torta que al día de hoy goza de cabal salud.

lunes, 7 de mayo de 2012

De entierros y enterradores


Hace algunos años -en plena dictadura- una reconocida docente nos hacía el siguiente relato. Cuando ella era niña, su familia vivía en la calle Canelones, cerca de la Plaza José Pedro Varela, en la ciudad de Montevideo; por esa calle pasaban los cortejos fúnebres que se dirigían al Cementerio del Buceo.
Un fino carruaje tirado por caballos iba a la cabeza de la procesión. En las alturas del coche y con impresionante aire formal, tanto en la vestimenta como en el rostro severo en el que destacaba un bigote eternamente emprolijado, el cochero conducía el paso de los equinos. La pulcritud de los guantes y el impecable uniforme le proporcionaban cierto tono aristocrático.Allá abajo, muy abajo y solo de soledad venía el muerto en su estuche de madera. La perspectiva era un tanto maniqueísta: vida y muerte; alturas y  profundidades; presencia y ausencia.
El resonar de las herraduras sobre el empedrado ponía en guardia a los niños. Algunas veces resultó falsa alarma y se divisaron los carros blancos del Frigorífico Modelo haciendo el reparto de hielo. Otra forma de frialdad.
Invariablemente el paso del cortejo fúnebre era seguido por los niños que no se perdían detalle mientras miraban por la ventana con sus ñatas contra el vidrio. Era el espectáculo  principal, casi preferido, en aquellos días que se hacía interminables. Contaba mi maestra -con su inigualable amenidad- que cuando estaba en la edad en que los niños juegan al como si fuera (maestro, doctor, mamá, panadero, etc.), ella jugaba con su hermano al cortejo fúnebre. Para ello ponían en el cabezal del sofá, una pila de almohadas sobre la cual él se sentaba haciendo las veces de cochero con la seriedad pintada en el rostro y dos cuerdas, que representaban las riendas, en sus manos. Ella se acostaba en la base del sofá y fungía de muerto mientras contenía la respiración y se esforzaba en poner cara inexpresiva.
Muchos años pasaron y el hermano fue consejero de Estado en tiempos de la dictadura; ella, por el contrario, mantenía una firme oposición al gobierno ilegítimo. Las relaciones entre ambos se habían agrietado. En una de las tardes en que junto a un grupo de entrañables amigos tomábamos clase con ella, terminó el relato diciendo: “... y a mi hermano se le dio. Terminó siendo enterrador de la justicia en el Uruguay”.

martes, 1 de mayo de 2012

Cuestiones del exilio


Muchos fueron los uruguayos que tomaron el camino del exilio a lo largo de los tristes y dolorosos años de la dictadura. Como lo canta Jaime Roos (“Uruguayos, uruguayos, ¿dónde fueron a parar?”) la diáspora se extendió por diversos países y para aquellos que tenían vedada la posibilidad del retorno, el exilio resultaba aún más doloroso. La permanencia en el país de llegada tenía muchos y variados costos: disgregación familiar, desarraigo, dificultades de integración, idealización de lo que quedaba atrás, subestimación de la cultura del país de arraigo, riesgo de vivir en ghettos, etc. (ya después vendría el tiempo de agradecer a los países de acogida). Pero también hubo otros desafíos entre los que no fue el menor mantener las convicciones ideológicas en entornos diferentes. Hubo quienes conservaron sus principios, también se dio el caso de aquellos que viviendo cambios radicales no renunciaron a la esencia de sus convicciones y asimismo se presentaron situaciones de flagrante contradicción entre el decir y el hacer.
Oscar Orcajo, entre las situaciones vividas en su propio exilio, da cuenta de lo acontecido a un compatriota que residía en Italia.    

(…) estaba en la lona y se pasaba despotricando contra los tanos, que discriminaban y explotaban a los tercermundistas, aprovechándose de sus necesidades. Los compañeros lo ayudaron a él y a su familia. Por suerte la cosa se fue arreglando y levantó cabeza. Ya trabajaba por su cuenta y a veces se asociaba con algunos amigos de la colonia para alguna tarea que requería servicios múltiples: albañilería, pintura, electricidad. Una vez los llamaron para reformar una oficina; era un trabajo grandecito. Entre otras cosas había que tirar abajo un muro y sacar azulejos. Estaban discutiendo dónde conseguir mano de obra para estas tareas, cuando el ex-desocupado se despachó con la propuesta de “contratar a los negritos de Frascati, que laburan por cuatro pesos”. Los “negritos” eran africanos, que recién habían llegado al país y vivían en condiciones inhumanas, en un pueblo cercano a Roma.

Este tipo de comportamientos no fueron predominantes entre los exiliados, pero lo cierto es que hubo quienes no pudieron (¿pudimos?) hacer que sus convicciones se mantuvieran firmes por encima del tiempo y el espacio.  

martes, 24 de abril de 2012

Para ser un buen anfitrión


En tiempos en que las reglas de urbanidad y los manuales de buenas costumbres prescribían hasta en sus mínimos detalles los comportamientos sociales adecuados, el término “anfitrión” vivió sus mejores momentos. Actualmente la expresión se utiliza con menos frecuencia pero aún así no ha pasado al olvido si bien cabe reconocer que ha cambiado su campo de significación. De acuerdo con Ricardo Soca

Anfitrión fue un personaje de la mitología griega, hijo de Alceo y de Astidamia, que se casó con su prima Alcmena, hija de Electrión, rey de Micenas. Habiendo matado por error a su suegro, fue expulsado de la ciudad y, antes de consumar el matrimonio, marchó con su mujer a Tebas, donde fue purificado por Creonte.
Su esposa se negó a hacer el amor hasta que Anfitrión no hubiera vengado a sus ocho hermanos, asesinados por los hijos del rey de la isla de Tafos. Una vez que nuestro héroe hubo partido hacia la guerra contra Tafos, Zeus se presentó ante Alcmena asumiendo la forma del marido ausente y ordenó al Sol que detuviera su curso por setenta y dos horas para permitirse una larga noche de amor con ella, quien creía estar amando a Anfitrión.
A su regreso, al enterarse de lo ocurrido por el adivino Tiresias, Anfitrión intentó quemar viva a Alcmena, pero Zeus no lo permitió, y el marido engañado optó por una alternativa más sosegada: vivir su postergada luna de miel. De tantas noches de amor, Alcmena engendró dos hijos: Herakles (o Hércules), hijo de Zeus, e Íficles, hijo de Anfitrión.
El dramaturgo Plauto, en el siglo II antes de nuestra era, y Molière, en 1668, escribieron sendas comedias en las que mostraban a Anfitrión guerreando contra sus enemigos mientras Zeus hacía el amor con su mujer.
Desde entonces se llama anfitrión a aquel que recibe invitados en su casa, aunque no necesariamente de la manera como Zeus fue recibido en la casa de nuestro personaje.

En la Francia del Antiguo Régimen el arte del buen vivir tuvo un periodo de máxima sofisticación y la gastronomía uno de sus momentos más destacados, pero con el estallido de la Revolución los usos y costumbres del pasado atravesaron por circunstancias críticas. Hubo quienes, como es el caso de B.A. Grimod de la Reyniére, protestaron ante ello. “La Revolución ha acabado de tal forma con los anfitriones que pronto habrá que regenerar la especie.”

Ahora bien, no cualquiera podía convertirse en un buen anfitrión. Retomando las huellas de Grimod de la Reynière, verdadero especialista en el tema, Xavier Domingo establece un perfil pormenorizado del oficio.

(…) un circuito social y económico en cuya cima se sitúa, por su saber profundo y goloso, el Anfitrión. Un especialista, ante todo. En cabeza de un pequeño ejército de profesionales a su servicio, cocineros, maîtres, pinches y mayordomos, posee a la perfección el arte combinatorio de la comida, da la norma, reúne a la sociedad y, en definitiva, mueve todo el tinglado del «círculo nutritivo» al que aporta hallazgos, añade nuevos productos y reforma constantemente gracias a su comedido afán de novedades golosas y a su voluntad de que las cosas de la cocina adelanten y progresen, siempre dentro de un orden, claro está. El Anfitrión, políticamente, pertenece a la rara especie de los «conservadores progresistas». Su casa es un centro social y el centro de su casa, la cocina y el comedor. Un laboratorio y un gabinete de trabajo y placer.

Las amenazas y riesgos propios del oficio no eran pocos y Xavier Domingo se refiere a esa cuestión.

En el ejercicio de su importante función, el Anfitrión goza de un cierto número de derechos y de privilegios, pero también asume graves, rígidas, perentorias obligaciones. El menor fallo puede costarle el lugar en la casta. Un lugar que hay que defender a toda costa, y no es cosa fácil. El Anfitrión vive rodeado de trampas, de envidias, de seres empeñados en destrozar su buena fama y en hacerle perder crédito. La vida del Anfitrión es un juego peligroso y el mayor castigo, que un día no se responda a sus invitaciones, que los comensales desprecien su mesa. Si eso ocurre, sus colegas, los demás Anfitriones, le señalarán con el dedo, será la irrisión, el objeto de los comentarios más crueles, y su nombre aparecerá en la prensa especializada (los Almanaques de Grimod) lleno de estigmas y de vergüenza.

Para que eso no ocurra, el Anfitrión ha de poseer conocimientos enciclopédicos en cocina y ciencias complementarias, física, química, medicina (para mantener a su cocinero en forma, por ejemplo), además de dominar a la perfección la compleja estrategia de la mesa y sus servicios, de ser diplomático dotado de la más fina psicología humana y una capacidad notable en diversos dominios culturales.

Los requisitos que se debían cubrir eran muchísimos. El mismo autor, siempre retomando a Grimod de la Reynière, da cuenta de algunos de ellos.

Por fin, su propia forma física y moral ha de ser perfecta. El progreso de la cocina y de la comida son el centro de su vida. Todo el horario de su día ha de funcionar alrededor de los momentos de ingestión y de digestión, a los que se tiene que presentar en plena aptitud. Se imponen pues una serie de prácticas gimnásticas, atléticas, deportivas, destinadas todas al buen funcionamiento de los jugos gástricos, de los músculos abdominales y de las vísceras especializadas. La caminata es altamente preconizada. Un poco más, y Grimod inventa el footing mañanero...

Rico, estratega a lo Clausewitz, diplomático a lo Tayllerand, sportman, entendido en letras, pintura, música, dotado de un gusto exquisito para la elección de mobiliario, vajillas y cuchillería, administrador a la vez consecuente y generoso, el Anfitrión de Grimod de la Reynière es un modelo ideal para los hombres del Primer Imperio, un modelo que será válido durante la Restauración y la Segunda y Tercera Repúblicas y que sigue siendo una especie de utopía cotidiana cuya realización no exige la subversión de la sociedad burguesa, sino su perfecto acabamiento.

Para poder apreciar la sofisticación que supo alcanzar la función del anfitrión, basta con citar un solo ejemplo. Para ello recurrimos al propio Grimod de la Reynière quien expone las tres maneras posibles de servir la sopa y las virtudes e inconvenientes de cada una de ellas.

La primera que, según creemos, es la más antigua consiste en que los comensales pasan sucesivamente los platos al anfitrión y éste los devuelve servidos.

Pero estas idas y venidas de platos, sea en diagonal o en paralelo (todo depende del número de camareros) exponen a más de un accidente, retrasan el servicio y hacen que una parte de los invitados haya terminado ya la sopa mientras otra aún no la ha recibido, ponen en peligro la vajilla e incluso la sopa y provocan mil distracciones en el momento en que el apetito exige la máxima atención. Las disculpas que prodigan los invitados acrecientan la confusión. Se olvida que, si las ceremonias son en general enemigas de la buena mesa, lo son doblemente en el caso de los platos calientes como es el caso de la sopa.

Además, el anfitrión se siente bastante incómodo, con dudas sobre a quién servir antes. La costumbre impone que se le sirva a las damas primero, ¿pero a quién servir después y cómo asignar los rangos? ¿Cómo satisfacer, o conciliar, todas las espectativas? ¿Cómo recordar en qué orden se ha servido la sopa para respetarlo en los siguientes servicios, ya que así lo impone la etiqueta? La verdad es que es un auténtico laberinto.

Veamos lo que acontece con la segunda posibilidad que, como se podrá advertir, también presenta limitaciones.

Según la segunda manera habitual en nuestros días, se sitúa una pila de platos, tantos como invitados hay, entre la sopera y el anfitrión. Éste llena cada plato y lo pasa a derecha e izquierda alternativamente. El que lo recibe se lo queda o se lo pasa al vecino, hasta que llega a los últimos, de forma que, el más cercano a la sopera es el último en ser servido.

Este método resulta sin duda más cómodo, pero no invalida el inconveniente de hacer circular platos calientes y llenos. Por otro lado, si los vecinos del anfitrión se consideran servidos al recibir el primer plato, no podrán tomarlo en paz, ya que están obligados a pasar platos. Si, por el contrario, van pasando todos los que reciben, sufrirán un auténtico suplicio de Tántalo y, como premio a su cansancio, tendrán menos cantidad que nadie, a poco que la sopa escasee, lo que ocurre a menudo en los banquetes multitudinarios.

Algunos de estos inconvenientes se alivian duplicando las soperas. Pero, colocadas en los dos bordes de la mesa, ya no pueden ser servidas por el anfitrión, lo cual, en principio, supone un notable inconveniente, superior incluso a los que se han querido evitar. Dos extraños, en efecto, cuya habilidad y celo no siempre son de fiar, asumen la función, una de las más penosas, delicadas y menos lucidas de las que exige el servicio de la mesa. Y, como ya se sabe que es una lata, todos se las arreglan para escabullirse, aun cuando es difícil lograrlo si hay varias soperas en la mesa.

Por último, Grimod de la Reynière expone lo que sucede con la tercera opción.

El tercer método es bastante distinto a los anteriores. En realidad, no tiene nada en común con ellos. Consiste en colocar (antes de que se sienten a la mesa) el plato de sopa bien lleno en el lugar de cada invitado, de tal forma que sólo hay que sentarse y tomarla. Así, se evitan las ceremonias, la circulación de platos verdaderamente incómoda para el anfitrión o sus suplentes, y la mesa gana el espacio que ocuparía la sopera.

Este método que presenta tan grandes ventajas tiene también algunos inconvenientes, siendo el principal la posibilidad de que se enfríe la sopa si alguien se retrasa en sentarse a la mesa. Pero es fácil de prever, calentando la vajilla y abreviando los cumplidos. Si los lugares están marcados con el nombre de cada invitado, pueden estar sentados en un abrir y cerrar de ojos y tomar la sopa tan caliente como si acabara de salir de la sopera. Hay que contar con que haya sólo una clase de sopa, si no ¿cómo intuir el gusto de cada uno? A pesar de todo, pensamos que este método es tan superior a los anteriores que no hay que dudar en adoptarlo, como está ocurriendo ya en París, en varias mansiones donde cuidan con celo todo lo que pueda contribuir a la gloria y aceptación de una mesa bien servida, según los principios del arte.

¿Por qué atribuir tanta importancia a la sopa? El mismo Grimod de la Reynière aborda el tema. “La sopa es a la comida lo que la fachada al edificio; no sólo es lo primero que se toma, sino que debe sugerir el carácter del banquete, al igual que la obertura anuncia el tema de la ópera.” Y concluye revelando que las mejores no se sirven en las grandes mansiones. “Raramente se toman buenas sopas en las grandes mansiones, porque continuamente se saca caldo de la olla para los guisos, reemplazándolo con agua. En las casas medias, sin embargo, se cuida mucho la sopa. Una buena sopa es la gran comida del pobre, una gozada que a menudo el rico le envidia.”

Los años han pasado y el mundo ha cambiado; la geografía del uso de los tiempos se ha visto modificada en forma drástica así como las prioridades del hombre contemporáneo. El tiempo para la comida se ha acortado y las formalidades no cuentan con buena prensa. No quiero ni pensar lo que podría decir B.A. Grimod de la Reynière en caso de entrar en uno de nuestros tan conocidos locales de comida rápida.