lunes, 14 de octubre de 2019

Así en la poesía como en la vida


Desconozco la teoría del correlato objetivo de T.S. Eliot y sólo tuve apenas noticia de ella por medio de una referencia de Eugenia Rico que llamó poderosamente mi atención.
T.S. Eliot nos cuenta que al buen poeta y al mal poeta los abandonó su amada en un día igualmente terrible, en el mismo banco al lado del mismo lago helado en lo peor del invierno.
Y el buen poeta y el mal poeta estaban de igual modo hechos polvo, reducidos a cenizas, destrozados por dentro y ojerosos por fuera.
Pero la reacción de uno y otro fue muy diferente. Veamos en primer lugar qué hizo el mal poeta, siguiendo a Eliot citado por Eugenia Rico.
Entonces el mal poeta decidió componer su obra definitiva y cantó al lago helado, al terrible día de invierno, a las palabras crueles de la amada que no ama.
Y compuso uno de los peores poemas de la terrible intrahistoria de la poesía.
Los sentires del buen poeta, de acuerdo con la misma fuente, fueron por muy otros caminos.
Y el buen poeta miró ese mismo banco, ese mismo lago, recordó la misma tarde de invierno y con todos esos sentimientos miró un poste de luz. Y compuso su famosa oda a un poste de luz.
Y la gente decía ¿cómo se pueden decir cosas tan estremecedoras de un poste de luz? Y enseñaban el poema a sus hijos. Y sólo nosotros sabemos que el buen poeta no hablaba de un poste de luz, hablaba de la mujer que había amado y que no lo amó, del dolor y la esperanza y la pérdida. Y todo eso a través de un poste de luz.
No hay que ser experto en metáforas para suponer que esto mismo acontece en  múltiples ámbitos de la vida. Así pues, frente a un mismo hecho dos personas reaccionan de distinta manera: para uno aquello constituyó una invitación a estancarse mientras que el otro encontró la forma de trascenderlo. 
Tengo claro que ante tamaño atrevimiento de extender la teoría del correlato objetivo de T.S. Eliot a otros terrenos de la existencia, se podrá objetar -¡y con sobrada razón!- que esto huele mucho a autoayuda. Lo admito pero yo no soy responsable que ésta tenga –y en muchas ocasiones con motivos más que suficientes- tan mala fama.

viernes, 11 de octubre de 2019

En el comienzo fue la conjetura


Hay palabras que el uso las ha ido convirtiendo en estrechamente cercanas, casi familiares; es lo que sucede con hipótesis, suposición, interpretación, deducción y conjetura. Ello le permite a Wislawa Szymborska tender un puente entre las expresiones hipótesis y conjetura.
La palabra “hipótesis” suena como algo serio, pero en realidad no es más que un chisme disfrazado de ciencia, porque hasta ese momento no ha salido a la luz ningún documento irrebatible que pueda sostener esa opinión. (…) La capacidad para hacer conjeturas es una de las habilidades más productivas de la especie humana. Sin ella, aún nos columpiaríamos en las ramas de los árboles. 
La misma autora precisa que en el inicio de la ciencia se encuentra la conjetura, sin embargo el uso de ella no queda restringido a los grandes personajes.
Copérnico, Newton, Darwin o Pasteur comenzaron a partir de conjeturas… He mencionado aquí grandes nombres, pero al fin y al cabo es la gente normal y corriente quien merece nuestra atención. Quizá no hayan inventado la fibra óptica, ni realizado descubrimientos para la genética molecular, pero, aun así, no puede negárseles el derecho a hacer conjeturas.
Con la maestría que la caracteriza para pasar inesperadamente de un ámbito de alcance universal a otro que se circunscribe a lo doméstico, Wislawa Szymborska revela una escena de su intimidad.
En una ocasión le dije a mi marido que las botas que llevaba estaban para tirar, él apartó de manera súbita sus ojos de mí, abrió la ventana, y, con cierta melancolía, comenzó a mirar lejos.
¿Qué sucedió a continuación? Szymborska ya no comenta nada al respecto. 
Será cuestión de hacer conjeturas en relación a qué pensaba “con cierta melancolía” aquel hombre que “comenzó a mirar lejos”.

jueves, 10 de octubre de 2019

Elías Canetti y las "configuraciones mudas del poder"


Para serlo, el poder debe ir acompañado de ciertas actitudes y símbolos que lo explicitan. El ceremonial que lo rodea ha ido cambiando con el transcurso del tiempo, sin embargo son muchas las instancias en que perviven usos y tradiciones que proceden del pasado remoto.

Así los poderosos –a manera de ejemplo- tienen la prerrogativa de portar corona, báculo, bastón de mando, banda presidencial; vestir en forma peculiar; lucir medallas, insignias, galones; acceder a tronos, sillas o sillones para su uso exclusivo.

Por otra parte Elías Canetti analiza las diversas posiciones corporales que tanto dicen del orden jerárquico.

El hombre, al que tanto le gusta mantenerse erguido, puede, sin cambiar de sitio, estar también sentado, acostado, en cuclillas o arrodillado. Todas estas posiciones, y muy especialmente el paso de una a otra, expresan algo determinado. El rango y el poder han ido fijando posiciones tradicionales. Por la manera como las personas se colocan estando juntas, podemos deducir fácilmente su diferente prestigio. Sabemos lo que significa que alguien ocupe un asiento elevado y todos los demás estén de pie en torno a él; o que alguien esté de pie y todos los otros, sentados a su alrededor; o que alguien aparezca de pronto y todos los congregados se levanten al verlo; o que alguien caiga de rodillas ante otro; o que no se invite a un recién llegado a sentarse.

Para Canetti esto es tan solo el inicio de la cuestión ya que “una enumeración arbitraria como esta muestra cuántas configuraciones mudas del poder existen”. Y a este respecto señala que hay tarea pendiente por lo que “sería necesario examinarlas y precisar todavía más su significación”.

Cada ámbito de poder (político, religioso, profesional, educativo, castrense…) tiene usos que le son propios. Ello también sucede en el deporte con el acceso al pódium, la posibilidad de alzar la copa, dar la vuelta olímpica, lucir el cinturón de campeón, ascender a la categoría de cinta negra, etc.

Eso sí, en estas cuestiones conviene irse con cuidado porque –de acuerdo a lo señalado por el mismo Canetti- hay manifestaciones populares como la de ser llevado en andas en las que el poderoso “pierde así su independencia y acaba, como quien dice, sentado sobre todos juntos”.

miércoles, 9 de octubre de 2019

De carne, hueso y… bytes


Actualmente se alude con frecuencia a que relatos que eran ciencia ficción hasta anteayer, hoy se transforman en simples crónicas del acontecer cotidiano. Desconozco quien, en este mismo sentido, fue el primero en afirmar que buena parte de la ciencia ficción del pasado se ha convertido en literatura de antelación o anticipación. 
Los ejemplos a este respecto abundan y uno de ellos es el que describe Ingrid Sarchman.
(…) Neil Harbisson, artista y activista inglés que nació con un tipo de daltonismo que le impide ver colores, inventó un dispositivo para oírlos, incluso los invisibles al ojo humano, como los rayos ultravioletas o los infrarrojos. El “ojo electrónico musical” que tiene forma de antena está injertado de forma permanente dentro del cráneo y puede conectarse a Internet mediante wifi y hasta recibir llamadas telefónicas. 
Todo iba bien hasta que Neil tuvo que enfrentar la normatividad propia de la burocracia, tal como cuenta Sarchman: “El problema llegó al momento de renovar la foto de su pasaporte porque, según la legislación de Gran Bretaña, en la foto del documento no se puede portar nada ajeno al cuerpo.” La cuestión no era sencilla pero se resolvió a su favor y creó jurisprudencia en la materia. 
Tras unas semanas de gestiones por parte de científicos e intelectuales de su país, Harbisson no sólo logró la autorización, sino que fue el primer cyborg reconocido por un país desde el 2004. Apenas unos años después aparecerán en el mercado los “weareables”, un conjunto de dispositivos electrónicos que se adosan al cuerpo para, en primera instancia, suplir falencias, pero también para potenciar capacidades innatas.
Recuerdo haber escuchado hace algunos años en un programa de radio a un científico que sostenía que ciertos dispositivos en el pasado (por ejemplo un aparato para sordos) procuraban sustituir de la mejor manera -claro que en notable inferioridad de condiciones- a una función natural pero, agregaba, que gracias a recientes avances en ciencia y tecnología ahora estos aparatos cumplían mejor con la función que el órgano natural.
Regresemos a Ingrid Sarchman quien se refiere a otro caso, el de Chris Dancy.
Considerado actualmente, el hombre más conectado del mundo, tiene once dispositivos incrustados que le permiten, entre otras cosas, medir la presión sanguínea, el peso, la temperatura, el balance de nutrientes en sangre, cantidad de azúcar y el monitoreo de sus órganos. El año pasado [2017], la firma financiera Bloomberg lo calificó como el “hombre más cuantificado del mundo”, indicando que la vida y la existencia pueden, a partir de la tecnología adecuada, ser conroladas en todas sus dimensiones. 
Así pues esta nueva etapa permite –tal como lo señala Sarchman- aproximarnos con esperanza a ciertas utopías, al tiempo que no está exenta de acercarnos peligrosamente a la posibilidad de que ciertas pesadillas se hagan realidad.
Sin embargo, Dancy simboliza mucho más que eso, representa la utopía de Harari de pasar de lo humano a lo divino. De la misma forma que el fallo judicial que le otorgó el reconocimiento a Harbisson, estos cuerpos hechos de carne, hueso y bytes son los nuevos monstruos. Unos más amables y agradables a la vista pero que nos enfrenta, de la misma manera que a Frankenstein, con la evidencia de que la técnica es mucho más que un conjunto de procedimientos. 
Habrá que estar atentos, hasta que nos alcance la vida, para ver por dónde sigue todo esto.

martes, 8 de octubre de 2019

Lo que se llevaron, lo que quedó


Sabido es que en la vida hay momentos particularmente difíciles en los que pareciera haberse dado cita el conjunto de dificultades, tribulaciones y pesares posibles. En ese estado de cosas resulta muy difícil encontrar motivos que permitan seguir adelante, sobreponerse a la adversidad.

Tal vez esta pequeña historia ayude a ejemplificar la cuestión.

Se la contaron a Eduardo Galeano en Colombia, éste le dio su matiz y la publicó bajo el título “El arpista Figueredo”.

Era un mago del arpa. En los llanos de Colombia, no había fiesta sin él. Para que la fiesta fuera fiesta, Mesé Figueredo tenía que estar allí, con sus dedos bailanderos que alegraban los aires y alborotaban las piernas.

Pero también las buenas personas –y en ocasiones, particularmente ellas- sufren hasta lo indecible; continúa Galeano

Una noche, en algún sendero perdido, lo asaltaron los ladrones. Iba Mesé Figueredo camino de una boda, a lomo de mula, en una mula él, en la otra el arpa, cuando unos ladrones se le echaron encima y lo molieron a golpes.

Los malvados huyeron mientras que en aquellas soledades el músico quedó maltrecho, sufriente, hasta que al día siguiente

(…) alguien lo encontró. Estaba tirado en el camino, un trapo sucio de barro y sangre, más muerto que vivo. Y entonces aquella piltrafa dijo, con un resto de voz:
-Se llevaron las mulas
Y dijo:
-Y se llevaron el arpa.

Parecía que aquella historia concluiría en la total desolación cuando, cuenta Eduardo Galeano, apareció lo inesperado ya que el maestro Figueredo

(…) tomó aliento y se rió, echando baba y sangre se rió:
-Pero no se llevaron la música.

Como exclamábamos en los juegos de niños: pido por mí y por todos mis compañeros que por duras que vengan las cosas nunca, lo que dice nunca, nos falte la música.

lunes, 7 de octubre de 2019

Un diagnóstico esquivo


En otra ocasión nos hemos referido a un reportaje de Núria Jar en el que entrevista a médicos que han tenido quebrantos de salud y que reflexionan a partir de ello (http://habladuriacronicasdelocotidiano.blogspot.com/2019/03/cuando-en-cuestion-de-segundos-se-apaga.html).
Ahora, y en base nuevamente a ese reportaje, veremos el caso del doctor Domingo Escudero quien debido a imprecisiones en el diagnóstico fue atendido en forma errática.
En muchas ocasiones la falta de comunicación y de empatía con el paciente es algo que también echa en falta el doctor Domingo Escudero, el protagonista de la (…) historia. La enfermedad de este neurólogo, que fue jefe de servicio en el hospital Germans Trias i Pujol, jugó a la ambigüedad durante una temporada antes de conseguir el diagnóstico definitivo. Sufrió tres cuadros psicóticos en los años 2006, 2011 y 2014.
Amante de los casos clínicos y las enfermedades autoinmunes, desde el principio estuvo convencido del origen neurológico de los brotes. Incluso en un momento de lucidez apuntó en un papel: encefalitis autoinmune. Pero los psiquiatras le diagnosticaron un trastorno bipolar esquizofreniforme atípico. Su dolencia se movía en la frontera entre la psiquiatría y la neurología. Le recetaron una fuerte medicación psiquiátrica con unos efectos secundarios que le dificultaban hasta ponerse azúcar en el café sin derramarlo. Incluso le llegaron a atar con correas de contención en el hospital de Bellvitge, donde también estuvo ingresado.
Por fortuna conoció a un investigador que se convertiría en factor decisivo para precisar el diagnóstico del mal que le aquejaba.
“Tanta gente que me ha visto, tantas decisiones que han tomado sobre mi vida y nadie me ha llamado hasta hoy”, dice desde el hospital Clínic, donde conoció al investigador que puso nombre a su enfermedad. Josep Dalmau, profesor de investigación Icrea en el instituto de investigación Idibaps, que por aquel entonces investigaba en la Universidad de Pensilvania (EE.UU.), vino a Barcelona a presentar una enfermedad neurológica autoinmune que había descrito hacía poco en la revista Annals of Neurology, la encefalitis autoinmune anti-NMDA. “¿Te suena de algo?”, le preguntó un colega después de escuchar los síntomas.
Y fue así como todo cambió –anota el artículo de Núria Jar- cuando después de un tiempo de navegar con diagnósticos imprecisos, el doctor Escudero supo por fin el nombre de su trastorno.
Cuando Escudero tuvo el segundo brote, su mujer –también neuróloga– pidió que hicieran una prueba de líquido cefalorraquídeo a su marido con el artículo de Dalmau en la mano. El resultado fue positivo. Su enfermedad por fin tenía nombre, apellidos y tratamiento. 
Con ello dio inicio una nueva etapa de su vida que el doctor supo celebrar como merecía.
“Me puse tan contento como si el Barça hubiese ganado la Champions”, rememora. “En mi caso disponer de información fue una salvación, se acabó la incertidumbre”. De tomar antipsicóticos pasó a los inmunosupresores, básicamente cortisona, para relajar su sistema inmunitario. La nueva terapia tenía menos efectos secundarios y una recuperación mucho más rápida que la que había tomado inicialmente.
La nota de Núria Jar permite apreciar la manera en que se transforma radicalmente la práctica profesional de aquellos médicos a quienes les tocó ser pacientes en la misma área de su especialidad.

viernes, 4 de octubre de 2019

Sócrates en apuros


No cabe duda que el ritmo en que transcurría la vida en la Grecia clásica era muy diferente al de hoy. De allí que Gabriel Zaid señale que Sócrates se hubiese visto en nuestros días en severos aprietos para legar sus enseñanzas.

Una conversación inteligente, como la Sócrates y Fedro, que se encuentran en la calle, se ponen a hablar de un escrito ingenioso de Lisias sobre el amor y se van caminando hasta las afueras de Atenas para discutirlo, sólo es posible en un mundo subdesarrollado, de baja productividad y tiempo ocioso. En el mundo moderno, yendo cada uno en su automóvil a lo que va, con el tiempo justo para llegar, Sócrates y Fedro no se encontrarían. Y, en el remoto caso de que se cruzaran, sería difícil que encontraran lugar para detenerse, ya no digamos tiempo. Porque no sería de esperarse que, como un par de irresponsables, cancelaran sus planes y se fueran a conversar.

Esta aceleración en la que vivimos –continúa Zaid- presenta un obstáculo de consideración a la difusión de su obra: no hay tiempo para adentrarnos en las reflexiones y especulaciones del maestro.  

Ante la disyuntiva de tener tiempo o cosas, hemos optado por tener cosas. Hoy, es un lujo leer a Sócrates, no por el costo de los libros, sino del tiempo escaso. Hoy, la conversación inteligente, el ocio contemplativo, cuestan infinitamente más que acumular tesoros culturales.

Al problema de la falta de tiempo hay que sumar, siempre de acuerdo con Gabriel Zaid, la exigencia de productividad que caracteriza a la cultura actual, lo que hubiese significado que la trayectoria académica de Sócrates encontrara con dificultades insalvables.

Hemos llegado a tener más libros de los que podemos leer. El saber acumulado en la cultura impresa rebasa infinitamente los conocimientos de Sócrates. Hoy, en una encuesta de lectura, Sócrates quedaría en los niveles bajos. Su baja escolaridad, su falta de títulos académicos, de idiomas, de currículo, de obra publicada, no le permitirían concursar para un puesto importante en la burocracia cultural.

Lo anterior parecería confirmar, según concluye Zaid, el acierto de su crítica ante la escritura: “los simulacros y credenciales del saber han llegado a pesar más que el saber”.

jueves, 3 de octubre de 2019

De naufragios y libros


Sucede con mucha frecuencia. 

En un principio a alguien se le ocurre y mientras es novedad constituye un recurso atractivo. Pero al tiempo se pone de moda y lo que en un momento fue innovador ahora se convierte en algo rutinario, previsible, sin chiste. Me refiero a la pregunta: ¿Qué libro llevaría en caso de naufragio a una isla desierta?
Muy a su estilo, Enrique Vila-Matas ironiza sobre el punto.
Qué raro. Un año y medio sin que nadie me pregunte qué libros llevaría a una isla desierta. Y cinco desde que quisieron saber qué opinaba sobre la manía de preguntar por los libros que me llevaría a la isla desierta. 
Quienes saben que en razón de su trayectoria o popularidad pudieran ser acosados por enésima vez con la misma pregunta, procuran -en acto de legítima defensa- encontrar una respuesta decorosa que les permita salir del trance. Tal fue el caso del escritor Eduardo Mendoza quien, citado por Luis Chitarroni, respondió: “Preferiría ahogarme en el naufragio”.
Otra opinión al respecto es la de Rodrigo Fresán quien -mediante su personaje Rodríguez- al tiempo que reflexiona acerca de “¿cómo impedir que un libro no se moje entre lo profundo y la orilla?”, formula una repregunta: “¿No existirá la posibilidad, señores agentes de lit-turismo, de naufragar en una isla desierta, sí, pero que incluya bien nutrida biblioteca?”
Mi respuesta preferida fue la de G.K. Chesterton (¡siempre Chesterton!) quien –tal como lo narra Alberto Manguel- admitió que llegado a ese extremo “desearía tener consigo un Manual de construcción de embarcaciones.”

miércoles, 2 de octubre de 2019

La literatura y el "por lo que fuera"


Esta historia que cuenta José Jiménez Lozano llegó a su conocimiento al escuchar una conversación de vecinos de mesa (seguramente en uno de esos tantos momentos en que la plática de junto está mejor que la nuestra).
Recuerdo que, este verano, sentado con J. en una terraza de un pequeño bar, oímos rastros de una conversación en una mesa cercana que nos llamó la atención, porque una y otra vez se hablaba de “La Mensajera”.
Unos campesinos acomodados se referían a un sobrino de “La Mensajera” con el que parecía que tenían algún negocio entre manos, que no podía prosperar sin el consentimiento de esa misteriosa mujer. 
Bastó con ello para que Jiménez Lozano decidiera seguir el hilo (que como vemos no surge como algunos creen con las nuevas tecnologías) de aquella historia.
Me fascinó el apodo y luego he hecho algunas averiguaciones.
Resulta que en uno de aquellos pueblos de La Moraña de Ávila –mi tierra-, un hombre de ciertos posibles económicos, soltero y rondando los setenta comenzó unas relaciones amorosas con la nieta de la que en sus años jóvenes había sido novia suya, y con la que no había podido casarse porque a ella la casaron durante el servicio militar de él, muy deprisa y con el candidato que había escogido la familia. Pero ahora sin embargo, era la familia de él la que se oponía a esos amores por razones de herencia, dice mi comunicante.
El caso es que el pobre hombre vivía medio secuestrado para evitar cualquier encuentro o comunicación con la chica, y únicamente era libre para entretenerse en la huerta de la casa. Bastante tiempo después, cuando parecía que todo había pasado, se descubrió que los enamorados habían mantenido intercambio de cartas o incluso conversación a través de un pequeño orificio hecho en la pared de la huerta medianera con el corral vecino, cuya dueña no sólo era cómplice, sino la que ideó el invento, o el otro invento de echar por encima de la tapia una gallina que llevaba atada a una pata un billete amoroso. Era como el caballo de Troya, en una guerra de Troya, hecha también por la belleza de Helena.
La historia acabó en boda y la vecina del protagonista de esta historia, que se llamaba Dorotea, recibió el mote de “La Mensajera”, y se dice que también una pequeña huerta con su noria y su acequia, como regalo por sus buenos oficios.
Con esto ya sería suficiente para una buena historia pero resulta que la cosa no termina ahí; continúa Jiménez Lozano
Mi comunicante añade algo que complica aún más las cosas: “La Mensajera” tendría entonces como cuarenta años y se dice que estaba “muy interesada” en el campesino rico en cuestión.
“Pero, por lo que fuera, favoreció a la chica”, concluye. 
Llegado a este punto, José Jiménez Lozano parece descubrir uno de los fundamentos del arte de la narración.
Y en este “por lo que fuera” está ciertamente el quid de la cuestión, su quid literario y narrativo, hecho por la vida que es un gran novelista y desafía toda psicología, toda racionalidad plana y explicativa. La gloria de la literatura es, precisamente, el ser un discurso sobre esas incertidumbres de “por lo que fuera”: un cuadro con claroscuros, “no se sabe”, “qué se yo”, “un no sé qué”, y balbuceos y “seguridades” por el estilo. La literatura es, decía Pierre Oster con toda la razón del mundo, “cette petite science balbutient et nécessaire des complexités de l'âme et de l’entrelacement singulier des choses”. 
Así, con su humildad característica, el por lo que fuera abre las puertas a múltiples especulaciones y conjeturas que pretenderán explicar aquello que forma parte del misterio personal del que también estamos hechos.

martes, 1 de octubre de 2019

Los libros como caja de seguridad


En un mundo tan materialista como el que habitamos, constituye un lugar común afirmar que los buenos lectores no obtienen ningún beneficio económico que justifique su dedicación sino que, por el contrario, el poco capital con el que cuentan suelen gastarlo en comprar libros. Y así uno va dando por buena esta argumentación hasta que… encuentra la siguiente historia narrada por José Luis Melero.
Daroca [ciudad y municipio de la provincia de Zaragoza] piensa acondicionar el palacio de los Luna, uno de los más hermosos palacios civiles del mudéjar aragonés, y convertirlo en un museo dedicado a Ildefonso Manuel Gil. En ese museo se custodiará además la biblioteca del poeta, que su familia va a ceder generosamente a Daroca. Entre los libros que viajarán a la hermosa ciudad aragonesa, hay uno que guarda una sorpresa muy especial. Ildefonso me contó que en cierta ocasión al volver de dar una conferencia, decidió guardar el dinero que le habían pagado por ella en uno de los libros de su biblioteca. Pensó que era una buena idea esconderlo entre sus páginas y así poder disponer de él libremente cuando quisiera sin tener que dar cuentas a nadie. Pasó el tiempo y se olvidó de aquel dinero. Cuando un buen día recordó que lo había guardado en uno de sus libros ya fue incapaz de reconocer cuál de ellos albergaba aquellos billetes. Una tarde repasamos entre los dos no pocos de esos libros sin éxito alguno. Así que tal vez hoy, entre las páginas de uno de los libros de la biblioteca de Ildefonso que va a viajar a Daroca, todavía dormiten escondidos unos viejos billetes de diez mil pesetas que harían feliz al fetichista más exigente. Eso le pasó al bueno de Ildefonso por no saber cómo esconder el dinero dentro de los libros. 
Si usted cree que se encuentra ante un caso único, Jesús Marchamalo le ofrece la oportunidad de enmendar su error. 
Y hace poco me contaron que cuando la biblioteca de Julio Cortázar (unos cuatro mil libros) llegó a la Fundación Juan March, de Madrid, donde se conserva, apareció en alguno, oculto en la solapa de las guardas, uno o dos billetes olvidados allí por el autor de Rayuela.
Por tanto son muchos quienes guardan su dinero en los libros y, como lo demuestra Marchamalo aportando un par de ejemplos, los escritores no son excepción. “Lo hacía nuestro amigo Lampedusa, quien bromeaba afirmando que sus libros eran su mayor tesoro.” Por su parte “Sergio Pitol me confesó que durante muchos años, cuando ejerció como diplomático en algunos países del Este, utilizó su biblioteca como caja fuerte, sobre todo las obras de Molière.” Difícil que los amigos de lo ajeno adivinen las pistas que los podrían conducir a buen término en la búsqueda del tesoro y que en este caso deberían orientarlos hacia “El avaro”.  

Por su parte Juan Villoro comenta que su padre “guardaba billetes en un ejemplar de Das Kapital (en la cuarta de forros anotaba sumas y restas)” y es de suponer que los potenciales ladrones descartarían tamaña inconsecuencia en un intelectual con inclinaciones marxistas.
Este tema ha ocupado a diversos escritores y cada quien tiene sus preferencias. Juan José Millás recomienda guardar el dinero en una enciclopedia y para que esté más seguro en la letra “S” de Suiza (seguramente por aquello de la confidencialidad de cuentas), mientras que Melero prefiere ir sobre seguro
Yo cuando quiero esconder unos billetes los cobijo entre las páginas de Dinero, la gran novela de Martin Amis, y así me acuerdo siempre de dónde los tengo. Todo con tal de no olvidar en qué libro hemos escondido nuestro dinerillo (…)
Esta última aseveración no deja de ser tan solo la expresión de un buen deseo al que suele ganarle el olvido porque -como dice Jesús Marchamalo- el problema de guardar dinero en los libros reside en “que se corre el riesgo de perderlo irremisiblemente”. Y ni se diga en el caso de que quien perpetre el robo sea nada menos que un graduado en Letras, alguien con la capacidad suficiente para saber hacia donde dirigir la búsqueda.
Avisados.