Hay
quienes se conducen, tanto en la vida familiar como en los encuentros con sus
amigos, en forma muy generosa. Les gusta invitar, compartir. Son
extraordinarios anfitriones; se los identifica como desprendidos, dadivosos,
espléndidos.
En el
otro extremo están quienes procuran no entrar en gastos y pelean a brazo
partido por ahorrarse un peso; se los identifica como tacaños, avaros, roñosos,
mezquinos, agarrados, cicateros, así como también con expresiones regionales
tales como machete, codo, cuentachiles. A esta última categoría, Marta D. Riezu
incorpora otra variante.
El
miserable -a diferencia del tacaño, que sufre en solitario- entorpece y amarga
la vida a los demás por dos duros. Le duele el imprevisto. Agota e incomoda a
todos dividiendo la cuenta según si has pedido postre o un whisky. En las
vacaciones dice que “no hace falta” entrar en esa tienda a chafardear, olvida
los cumpleaños, lía una cola en la caja del supermercado por un vale de
descuento de diez céntimos.
De
acuerdo con Riezu es víctima de sí mismo porque “no sabe disfrutar, que es la
mayor maldición”.
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