En
diversas ocasiones nos hemos referido al tema de la obediencia y sus
alrededores; incluso presentamos un elogio a la desobediencia (https://habladuriacronicasdelocotidiano.blogspot.com/2014/09/elogio-la-desobediencia.html).
Llega
la oportunidad de regresar a la cuestión a partir de las consideraciones de Arnoldo
Kraus en torno a lo que identifica como “maravillosos ensayos” de Erich From
acerca de la desobediencia al conformismo.
El momento
histórico que atravesamos invita a reflexionar sobre ello y el artículo de Kraus
(publicado en La Jornada Semanal, 26 de noviembre de 2000) adquiere enorme
relevancia. En su opinión
(…) un
“ser humano” ni puede, ni debe callar, ni ser obediente en este mundo tan
dispar. Ante la miseria del otro se debe ser desobediente. Ante la destrucción
de los otros, la desobediencia es un acto humano. Ante las muertes programadas,
el silencio -la obediencia- es una forma de autoaniquilamiento. Y es que no hay
duda: el silencio es muerte, es un silencio más doloroso que el mismo silencio.
Así lo dijo Bertolt Brecht cuando cavilaba sobre los campos de concentración:
“¡Qué tiempos estos en que/ hablar sobre árboles es casi un crimen/ porque
supone callar sobre tantas alevosías!”
El
autor sostiene que para Fromm “desobedecer, implica renacer. Las personas se
convierten en personas cuando obedecen a su alma y desoyen el silencio al que
recurre la complicidad del poder.” Y subraya que en opinión de Erich Fromm la
civilización se fundamenta en la desobediencia.
En La
desobediencia como problema psicológico y moral nos recuerda que “para el
mito hebreo de Adán y Eva, así como para el mito griego de Prometeo, toda la
civilización humana se basa en un acto de desobediencia”. Prometeo, al robar el
fuego a los dioses, echó los fundamentos de la evolución del hombre. No habría
historia humana si no fuera por el “crimen” de Prometeo. Él, como Adán y Eva,
es castigado por su desobediencia. Pero no se arrepiente ni pide perdón. Por el
contrario, dice orgullosamente: “Prefiero estar encadenado a esta roca, antes
que ser el siervo obediente de los dioses.” A todo eso apela Fromm. A
“atreverse”. A entender que arrodillarse ante el poder es desaparecer. A
explorar esa misteriosa condición que unos denominan valor, otros integridad y,
los más, llanamente, coraje.
La
desobediencia implica la valentía de oponerse, de resistir al poder, que para
pervivir apela a la pedagogía del miedo recordando continuamente sus múltiples
formas -muchas veces brutales- de reprimir la insubordinación. De allí la
osadía y la audacia de quienes se animan a decir “no”.
Según
Arnoldo Kraus “La desobediencia es un puente entre la sangre que corre y el
alma que fluye. Es una magnífica pócima para saber decirse, primero a uno
mismo, ‘no’, y para luego decirle lo mismo a los otros: ‘no’. ‘No’, como sangre
contra todo lo que nos pretende borrar.” Se necesita entereza para poder
sostener la mirada. “Desobedeciendo es como se pueden mirar todos los rostros.”
Las
consideraciones de Fromm -retomadas por Kraus- mantienen vigencia. “Ese es el
coraje del que se nutre Fromm y desde el cual solía hablar: arriesgarse por los
otros, decirle no a este mundo tapizado de injusticia, anegado de amnesias, pavimentado
de sumisión, saturado de gente sinvoz y a quienes ni miran ni recuerdan
los que viven del poder.”
No hay comentarios:
Publicar un comentario