martes, 22 de septiembre de 2026

Resistir en la desobediencia

 

En diversas ocasiones nos hemos referido al tema de la obediencia y sus alrededores; incluso presentamos un elogio a la desobediencia (https://habladuriacronicasdelocotidiano.blogspot.com/2014/09/elogio-la-desobediencia.html).

Llega la oportunidad de regresar a la cuestión a partir de las consideraciones de Arnoldo Kraus en torno a lo que identifica como “maravillosos ensayos” de Erich From acerca de la desobediencia al conformismo.

El momento histórico que atravesamos invita a reflexionar sobre ello y el artículo de Kraus (publicado en La Jornada Semanal, 26 de noviembre de 2000) adquiere enorme relevancia. En su opinión

(…) un “ser humano” ni puede, ni debe callar, ni ser obediente en este mundo tan dispar. Ante la miseria del otro se debe ser desobediente. Ante la destrucción de los otros, la desobediencia es un acto humano. Ante las muertes programadas, el silencio -la obediencia- es una forma de autoaniquilamiento. Y es que no hay duda: el silencio es muerte, es un silencio más doloroso que el mismo silencio. Así lo dijo Bertolt Brecht cuando cavilaba sobre los campos de concentración: “¡Qué tiempos estos en que/ hablar sobre árboles es casi un crimen/ porque supone callar sobre tantas alevosías!”

El autor sostiene que para Fromm “desobedecer, implica renacer. Las personas se convierten en personas cuando obedecen a su alma y desoyen el silencio al que recurre la complicidad del poder.” Y subraya que en opinión de Erich Fromm la civilización se fundamenta en la desobediencia.

En La desobediencia como problema psicológico y moral nos recuerda que “para el mito hebreo de Adán y Eva, así como para el mito griego de Prometeo, toda la civilización humana se basa en un acto de desobediencia”. Prometeo, al robar el fuego a los dioses, echó los fundamentos de la evolución del hombre. No habría historia humana si no fuera por el “crimen” de Prometeo. Él, como Adán y Eva, es castigado por su desobediencia. Pero no se arrepiente ni pide perdón. Por el contrario, dice orgullosamente: “Prefiero estar encadenado a esta roca, antes que ser el siervo obediente de los dioses.” A todo eso apela Fromm. A “atreverse”. A entender que arrodillarse ante el poder es desaparecer. A explorar esa misteriosa condición que unos denominan valor, otros integridad y, los más, llanamente, coraje.

La desobediencia implica la valentía de oponerse, de resistir al poder, que para pervivir apela a la pedagogía del miedo recordando continuamente sus múltiples formas -muchas veces brutales- de reprimir la insubordinación. De allí la osadía y la audacia de quienes se animan a decir “no”.

Según Arnoldo Kraus “La desobediencia es un puente entre la sangre que corre y el alma que fluye. Es una magnífica pócima para saber decirse, primero a uno mismo, ‘no’, y para luego decirle lo mismo a los otros: ‘no’. ‘No’, como sangre contra todo lo que nos pretende borrar.” Se necesita entereza para poder sostener la mirada. “Desobedeciendo es como se pueden mirar todos los rostros.”

Las consideraciones de Fromm -retomadas por Kraus- mantienen vigencia. “Ese es el coraje del que se nutre Fromm y desde el cual solía hablar: arriesgarse por los otros, decirle no a este mundo tapizado de injusticia, anegado de amnesias, pavimentado de sumisión, saturado de gente sinvoz y a quienes ni miran ni recuerdan los que viven del poder.”

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