jueves, 28 de marzo de 2019

Cuando en cuestión de segundos se apaga la luz


No es conveniente vivir atosigado por la conciencia permanente de nuestra precariedad, de nuestra fragilidad, pero tampoco es recomendable atravesar la existencia con aires de omnipotencia.

Hace ya algún tiempo, Núria Jar publicó en la prensa (La Vanguardia, 23/7/2017) un artículo en relación a cuando los médicos se enferman. Y allí entrevistaba a diversos galenos que habían sufrido un inesperado quebranto de salud; en esta ocasión nos centramos en el testimonio del doctor Álvar Agustí.

(…) a principios del año pasado (…) alguien le “apagó la luz” al doctor Àlvar Agustí, director del Institut Respiratori del hospital Clínic. Hacía unos días que no se encontraba demasiado bien. Lo último que recuerda antes del fundido a negro es que se tumbó en una camilla para que un compañero de hospital le explorarse. “De repente me desperté en mi propia unidad de cuidados intensivos”.

Al volver en sí no podía entender lo que sucedía y fue su esposa –prosigue la nota de Núria Jar- quien le informó de lo acontecido.

En aquel momento, su mujer estaba a su lado. Fue ella quien le contó que hacía treinta días que estaba ingresado allí. Alucinó, pero no contestó porque no podía responder. Ni siquiera podía cerrar los ojos. Estaba absolutamente inmóvil. Los médicos le explicaron que había sufrido de forma repentina el síndrome de Guillain-Barré. Aunque el trastorno es poco frecuente, Agustí lo conocía bien: “No hace falta que me digáis nada más”, pensó en aquel mismo instante. Su cuerpo había empezado una batalla absurda consigo mismo que dejaba a las neuronas de su sistema nervioso periférico sin capacidad de transmitir señales.

Agustí –de acuerdo a lo señalado en la nota de Jar- es terminante al referirse a su vivencia. “En cuestión de un minuto, incluso de treinta segundos, te cambia la vida: uno pasa de estar sano a ponerse enfermo”. Añade Núria Jar que el doctor Álvar Agustí –quien afortunadamente se ha ido recuperando- debió permanecer internado más de dos meses en la propia UCI donde laboraba.

Cuando un médico enferma de gravedad, es posible que su práctica profesional se vea impactada por cambios de trascendencia. Los testimonios abundan y volveremos sobre ello.

martes, 26 de marzo de 2019

Del amor al odio: el trato de los artistas entre sí


Un frecuentado lugar común afirma que del amor al odio no existe mucha distancia. En pocos casos esto se pone tan claramente de manifiesto como en el trato entre los artistas; comencemos por el vínculo de amor según el testimonio de Groucho Marx.

Todos sabemos que Eddie [Cantor] es un cómico estupendo. Incluso él lo reconoce sin ningún inconveniente. Tenía una revista maravillosa. Cantaba Margie, Ahora es el momento de enamorarse y Si conociesen a Sussie. Mataba de risa al público con sus bromas características, y terminaba cantando Whoopee. En resumen, era un exitazo. Tenía ese algo magnético que hace destacar a una estrella del montón anónimo.
Cantor era vecino mío en Great Neck. Como era viejo amigo suyo, cuando terminó la representación fui a verle en su camerino. (…)
En el teatro existe una ley no escrita respecto a que cuando dos personas se encuentran (…) deben evitar cuidadosamente los saludos habituales entre la gente normal. En cambio, deben abrumarse mutuamente con frases se cariño que, en otros sectores de la sociedad, suelen estar reservadas para el dormitorio.
-Encanto –prosiguió Canto-, ¿qué te ha parecido mi espectáculo?
Miré hacia atrás, suponiendo que habría entrado alguna muchacha. Desdichadamente, no era así, y comprendí que se dirigía a mí. 
-Eddie, cariño –contesté con entusiasmo verdadero-, ¡has estado soberbio!
Me disponía a lanzarle unos cuantos piropos más cuando me miró afectuosamente con aquellos ojos grandes y brillantes, apoyó las manos en mis hombros y dijo:
-Precioso (…)
-Dulzura –respondí (a este juego pueden jugar dos)- (…)
Me cogió por ambas solapas y me atrajo hacia sí. Por un momento pensé que iba a besarme.

Pero dejemos de lado tanta ternura para incursionar en los espacios del odio. La información procede de una nota de prensa –por algo titulada “La guerra de las vanidades”- publicada en marzo de 2013.

El ataque fue el 17 de enero. Ese día, alguien le tiró ácido en la cara al director artístico del Bolshoi, la meca mundial del ballet. El hombre quedó desfigurado y tuvo que ser operado varias veces. Desde el primer momento sospechó que se trataba de una interna del teatro. Ayer finalmente lo comprobó. Un bailarín confesó ser el instigador de la agresión. El motivo: una venganza porque el director no le había dado el papel principal en El lago de los cisnes a una amiga suya. También confesaron otros dos atacantes, ambos miembros del mundo de la danza.
La historia del director artístico del ballet del Bolshoi en Rusia parece una mezcla de la película El cisne negro y el musical El fantasma de la Opera. El film tiene las intrigas de las compañías de danza con rivalidades extremas para conseguir los papeles que llevarían a poner la propia vida y la de otros en riesgo. En el musical, un personaje enmascarado supervisa el teatro desde la oscuridad, ya que no quiere que nadie vea su deformado rostro.
El director Serguei Filin, de 42 años, nombrado en ese puesto en 2011, fue agredido con ácido sulfúrico el 17 de enero en la entrada de su edificio, en Moscú. Herido de gravedad, con quemaduras de tercer grado, fue sometido a un injerto de piel y a varias intervenciones quirúrgicas en los ojos, ya que la córnea quedó afectada. Actualmente se encuentra en Alemania, donde sigue bajo tratamiento médico.
Inmediatamente después de ocurrido el ataque, el ex bailarín lo vinculó con su actividad profesional y declaró en una entrevista televisiva, en la que apareció con la cara vendada, que estaba absolutamente seguro de la identidad de su agresor, sin dar su nombre.
Esta hipótesis coincide con la última noticia del arresto y confesión del presunto instigador, el solista del Bolshoi Pavel Dimitrichenko, el agresor Yuri Zarutski y el chofer Andrei Lipatov, que condujo el auto hasta el lugar. El principal móvil que analizan los investigadores es una fuerte enemistad del bailarín con el director artístico.
Pavel Dimitrichenko, de 32 años, que baila en el Bolshoi desde 2002 y que interpretó a Espartaco y a Iván el terrible en los ballets de Yuri Grigorovich, no forma parte del grupo de los ocho bailarines estrella, sino que es uno de los principales solistas, un grado inferior en la jerarquía del ballet del Bolshoi.
Según la prensa local, el solista sería amigo de la bailarina Angelina Vorontsova, quien le habría transmitido su frustración porque Filin le había negado el papel de Odette/Odile en El lago de los cisnes, En tanto, el canal público Pervy Kanal afirmó el martes que “Dimitrichenko, que tiene un carácter explosivo, no podía permanecer indiferente a la suerte de su compañera Vorontsova”.
Sacha, otra bailarina del teatro, defendió a Dimitrichenko. “Nadie entre mis amigos puede creer en la culpabilidad de Pavel Dimitrichenko. Habría que estar loco para hacer eso. Esa tesis no es fiable. No es un móvil serio”, aseguró.
La joven destacó que la práctica del otorgamiento de los papeles en el Bolshoi, una de las prerrogativas de Filin, causa descontento en el grupo. “Algunos nombramientos se hacen en base a relaciones o a cambio de dinero, es lo que dicen muchos bailarines en el Bolshoi. Y por eso algunos solistas actuales, hombres o mujeres, no tienen cualidades para ocupar esos lugares”, agregó.

Existe también una tercera opción: cuando el amor y la envidia se presentan en forma simultánea; Pío Baroja propone un ejemplo de ello

Se aseguraba en el tiempo que Rafael Calvo y Antonio Vico eran muy amigos y que, a pesar de su amistad, tenían rivalidades de oficio. Al parecer, Vico era el que sentía más fuerte esta rivalidad. Una noche en que a Rafael Calvo el público le ovacionó con entusiasmo. Vico fue a abrazar a su amigo y rival y al mismo tiempo lloraba.

Ahora bien, hay quienes subrayan que el artista de alto nivel debe reunir un conjunto de bajos sentimientos que son los que pudieran conducirlo a la excelencia de su obra. Evelyn Waugh –citado por Simon Leys- es quien aclara el punto.

(…) la humildad no es una virtud propicia para el artista. Suelen serlo el orgullo, la emulación, la codicia, el rencor, todas las cualidades odiosas que llevan a un hombre a completar, elaborar, refinar, destruir y renovar su obra, hasta conseguir algo que satisfaga su orgullo, su envidia y su codicia.

Gracias a ellos tiene lugar lo que Waugh identifica como “la paradoja del éxito artístico” porque gracias a su alta carga de orgullo, envidia y codicia, el artista “enriquece al mundo más que el generoso y el bueno, aunque pierda el alma en el camino”.
                                                                    
Así pues que una vez más pareciera confirmarse aquello de que no se puede tener todo en esta vida.

jueves, 21 de marzo de 2019

Los algoritmos del amor


Ya en otra ocasión nos hemos referido a una emprendedora que encontró su nicho de mercado en medio de la frustración, cuando al ver que su pareja se preguntaba acerca de si ella constituía su mejor opción, optó por marcar distancia con el sujeto de marras y abrir una agencia especializada en buscar la mejor opción de pareja para aquellos que están tan ocupados que no tienen tiempo para hacerlo. Su negocio tuvo enorme éxito (https://habladuriacronicasdelocotidiano.blogspot.com/2018/10/desencuentros-del-amor-posmoderno.html?spref=tw).

Hace algún tiempo en la prensa encontramos una nota de Emilia Vexler que informa de otra variedad en la búsqueda de pareja.

(…) Aram Galstyan y Greg Ver Steeg, de la University of Southern California, están usando métodos de la física cuántica para mejorar los algoritmos de matchmaking (buscadores de coincidencias) que ejecutan los sitios de citas online más exitosos. “En esencia, tratamos de llegar a los factores ocultos que derivan en relaciones largas y felices”, dice Ver Steeg.

A juzgar por lo que informa Vexler, el método funciona y funciona muy bien, con índices de satisfacción muy por encima de los obtenidos por los métodos habituales implementados en hallar a la media naranja.

La plataforma de encuentros eHarmony (…) es responsable de casi el 5% de los matrimonios en EEUU. Cada día, 438 parejas se casan con la ayuda de su algoritmo y su tasa de divorcio no llega al 50% de la de las parejas que se “flecharon” a la antigua. Según Jonathan Beber, el científico que lidera el diseño del cuestionario para crearse un perfil, esto es así porque en la conquista tradicional “la gente confunde la atracción física fuerte con la compatibilidad”. (…)
Pero, ¿cómo funciona el algoritmo del amor? ¿cómo se pueden construir “las bases” para una relación duradera a través del big data? “Respuestas a preguntas como ¿qué tan importante es que una relación sea exclusiva? o ¿crees que ser monógamo aburre? (…) Estos factores ocultos están interrelacionados y revelan patrones de nivel superior en los datos”, explicó Galstyan. Estos datos crean un “perfil de personalidad” que se filtra a través de “modelos de compatibilidad” recopilados a partir de años de investigación y miles de parejas muestreadas.

Queda claro entonces, que este oficio ha evolucionado en forma notable pasando de lo artesanal a lo altamente especializado, de la intuición que guiaba a la casamentera a las matemáticas complejas de los algoritmos del amor.

martes, 19 de marzo de 2019

El ajedrez, una razón de existir


El ajedrez cuenta con una amplia legión de adeptos que participan en torneos así como en simples, y no tan simples, partidas por el solo gusto de medirse frente al contrincante. Los juegos en general son de uno a uno pero hay ocasiones en que un maestro lo hace ante varios adversarios en forma simultánea. Hay lugares públicos que se han convertido en sedes permanentes para los aficionados a este juego y allí se dan cita tanto los jugadores como los mirones que apoyan, opinan y polemizan respecto a las estrategias empleadas.
Ahora se celebra su existencia, pero hubo momentos en que debió enfrentar resistencias de consideración, como las que enuncia Javier Pastor. 
"El ajedrez es una mera diversión inferior que roba a la mente un tiempo valioso que podría dedicarse a logros más nobles y que no ofrece ningún beneficio al cuerpo". Así se las gastaban en Scientific American en 1859 al hablar del ajedrez.
A juzgar por algunas investigaciones contemporáneas el ajedrez ganó la partida decisiva frente a sus detractores, tal como Pastor lo pone de manifiesto.
Los beneficios del ajedrez son según varios estudios patentes en ámbitos como el de la concentración, la comprensión lectora o las habilidades matemáticas. En una investigación en Treveris (Alemania), se comprobó que al sustituir una hora de matemáticas por una de ajedrez, los niños que asistieron a esa hora de práctica del ajedrez sacaron mejores notas en matemáticas al final del curso. 
Conocida es la pasión que le profesaban algunos escritores; ejemplo de ello fueron Juan José Arreola y Luis Ignacio Helguera. Este último subraya el lugar decorativo que ha ganado en tiempos recientes.
Adicto desde niño al ajedrez, me ha llamado siempre la atención el frecuente uso “decorativo” que se hace de este juego de juegos en la literatura, el teatro, el cine, la televisión, la publicidad, etcétera. Juego antediluviano si los hay, el ajedrez está envuelto en un aura misteriosa y venerable que lo vuelve muy prestigioso para ambientar o decorar una escena, un diálogo, un comercial, cualquier cosa, no importa si el tablero está colocado incorrectamente –casilla negra en esquina derecha-, si las posiciones son absurdas o de plano imposibles –un rey al lado del otro-, si las jugadas que ejecutan dos señores muy serios y sabihondos son infames, así las celebren como notables, hasta que uno de ellos anuncia muy orgulloso y sonriente un jaque mate que ni de broma lo es. Todo lo cual ocurre con frecuencia pasmosa.
Helguera equipara los momentos cruciales de la vida con aquellos de gran tensión propios de una buena partida de ajedrez.
Sólo el ajedrecista de vocación, o corazón, sabe que la emotividad profunda ante situaciones límite de la vida se experimenta de manera parecida –tesión nerviosa, angustia, sudor, entumecimiento de las manos, taquicardia- en situaciones límites de una partida de ajedrez.
Por otra parte Luis Ignacio Helguera describe el extraño caso de Carlos Torre, un célebre maestro de ajedrez.
El caso real de Carlos Torre (1904-1978), el mejor ajedrecista mexicano que ha habido (…) En la cumbre de su carrera, después de vencer a Lasker y entablar con Capablanca y Alekhine, a los 22 años, Torre sufrió un ataque de locura y le fue médicamente prohibido de por vida el sentido único de su vida: jugar ajedrez. (…)
“Después de terminar el Torneo de Chicago –contó Torre en una entrevista de 1928, exhumada por Hugo Vargas- un grupo de amigos me invitó a Nueva York. Fuimos a un bar de la Calle 115, donde estuvimos bebiendo algunas copas. Ese fue mi último momento lúcido; después ya no recordé nada, hasta que me encontré en el barco para venir a Yucatán […] Todo esto ha sido la causa de mi enfermedad: tanto trabajo y problemas de distinto orden hicieron que todo se revolviera en mi cabeza.” Con el esfuerzo mental desplegado en los durísimos torneos consecutivos de 1925 y 1926, el joven de 21 años se había sobrepasado a sí mismo. 
Antes de cumplir los veintidós, tuvo que retirarse del ajedrez profesional: las tensiones que le provocaba una partida seria desembocarían fácilmente en crisis nerviosas de fatales consecuencias. El gran tablero del mundo esperó en vano el uno y otra vez anunciado regreso del astro yucateco: consagrado como excelente comentarista de partidas y pedagogo tutelar de ajedrecistas mexicanos, tuvo que resignarse Torre al ajedrez informal y esporádico, rodeado de los cuidados de sus hermanos, todos médicos. Y aunque no volvió a contender, en 1977 la Federación Internacional de Ajedrez le reconoció, de modo retroactivo y casi póstumo, el título de Gran Maestro Internacional. Un año después, el 19 de marzo de 1978, falleció el maestro Torre. (…) murió lejos del tablero, en la prohibición del juego. De todas, es ésta, tal vez, la muerte más dramática de un ajedrecista.
Aún más trágico es el extraño eclipse de Torre cuando comprobamos que sólo nació para el ajedrez, que su vida era el ajedrez, ese misterioso juego que en su formidable abstracción refleja las luchas concretas de la vida.
Asexuado, introvertido, frío en su humildad y en su afabilidad yucateca, Torre leía –como Lasker- sobre filosofía y matemáticas, dominios de la pura abstracción como el ajedrez. Un buen amigo de Torre, Rodolfo Ruz Menéndez, le dijo a Juan Villoro: “Todas las tardes iba a la casa a comer un pan dulce y a tomar una taza de café, con eso se conformaba. Si iba a un restaurante le decía a la mesera: ‘Tráigame lo que quiera, yo no puedo escoger porque soy budista’ […] Hablaba de un modo sibilino.”
Que en la vida existen cosas raras, nadie lo duda. Una de ellas, vinculada al ajedrez, pudiera ser –y de ello da cuenta el mismo Helguera- la extraña similitud entre Torre y Lushin.
Tres años después del ensombrecimiento de Torre, en 1929, un exacto contemporáneo suyo, Vladimir Nabokov (1899-1977), sin conocer el caso de Torre, creo yo, escribió su espléndida novela, La defensa, en que el protagonista, el genial ajedrecista Lushin, víctima de una crisis nerviosa, se ve obligado a abandonar el juego, que constituye el único sentido de su existencia. Torre y Lushin: dos desadaptados conmovedores; dos seres torpes y opacos en la existencia y únicos y deslumbrantes en el ajedrez; dos jugadores que creen en la realidad del juego y descreen de las ensoñaciones de la realidad; dos mentes que sólo se iluminan en los laberintos del tablero para precipitarse finalmente en sus abismales tinieblas.
En rigor, las vidas de Torre y Lushin, terminan cuando se les prohíbe médicamente su única razón de existir, cuando se les obliga a abandonar la partida, a doblar el rey ante una pasión demasiado poderosa.
El ajedrez, una razón de existir.

jueves, 14 de marzo de 2019

En recuerdo de Antonio de Hoyos y Vinent


Leyendo uno de los siempre recomendables libros de José Luis Melero encontré una cruel historia -entre tantas otras a que dio lugar- ocurrida poco después del final de la Guerra Civil Española.

Seguro que cuando el escritor Diego San José fue detenido en Madrid, diez días después de que terminara la guerra, no podía imaginar que tenía por delante una condena a muerte un año más tarde, la posterior conmutación de esta por la de treinta años de presidio (gracias a la intervención del general Millán Astray, lector habitual de sus obras) y cinco años de cárcel hasta su definitiva liberación en 1944. Y no lo hubiera podido creer porque San José fue un escritor y periodista que jamás militó en partido político alguno, y cuyo mayor delito fue haber sido por poco tiempo jefe de prensa de la Dirección General de Seguridad, adonde lo llevó su amigo, el escritor gallego Ramón Fernández Mato.

Diego de San José recuperó lo vivido durante aquel periodo en un libro publicado años después con el título De cárcel en cárcel. Entre esas historias, una de las que más llamó la atención de José Luis Melero tiene que ver con la muerte de los escritores Antonio de Hoyos y Vinent y Pedro Luis de Gálvez. Siguiendo el relato de Melero, nos detendremos en el primer caso.

Con Hoyos coincidió en la enfermería de la cárcel. El escritor y aristócrata (era marqués de Vinent) estaba casi ciego y aprovechaba la poca vista que le quedaba con su ojo izquierdo para leer junto a la ventana. Leyó y leyó hasta el mismo día de su muerte.

Es estremecedora esta imagen del escritor que con su menguada vista (otras fuentes señalan que también era sordo y se entendía con los demás por medio del lenguaje de señas) leyó junto a la ventana de la prisión hasta que lo asesinaron. Defendió hasta el final su derecho a la lectura, tal vez como una forma de resistencia.

Estaba en prisión por su militancia anarquista, su homosexualidad y por haber traicionado a su clase social. Dice Melero que lo dejaron solo, muy solo. “La familia le había abandonado (nunca le perdonaron su homosexualidad, su vida desordenada y haberse posicionado contra los de su clase durante la República y la guerra) y solo una vieja ama de llaves le visitaba en la cárcel.” Lamentablemente desconocemos el nombre de esa vieja ama de llaves que seguramente fue su amparo en momentos de desolación.

José Luis Melero –siempre retomando el testimonio directo de Diego de San José- narra el final: “Cuando murió bajaron su cadáver al patio exterior y allí ‘quedó arrumbado junto a la chatarra y los desperdicios de la cárcel’.”

(Guardemos por un instante las palabras. Hagamos un minuto de silencio)

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Sus enemigos pensaron que habían acabado con él. Estaban muy equivocados ya que Antonio de Hoyos y Vinent al final de su libro “El secreto de la vida y de la muerte. Exploraciones” (Madrid, 1924) afirma:

Nuestro cerebro maravilloso, capaz de juzgar y percibir la aceleración mínima –algunos segundos de arco por siglo- del movimiento orbital de la Luna, no es capaz de medir el tiempo y el espacio, la eternidad y el infinito. Es decir: hay algo fuera de nuestro alcance: el absoluto. Y el prodigio de la humana inteligencia, el admirable pensamiento que tales verdades entrevió, no tiene sino que caer genuflexo ante el maravilloso secreto apenas presentido, con el confuso, pero firme presentimiento de que ha de sobrevivir.



martes, 12 de marzo de 2019

Afrodisíacos y anti-afrodisíacos


Álvaro Cunqueiro es uno de esos autores a quienes es recomendable visitar con cierta frecuencia. Sus crónicas, habitadas de realidades y fantasías, constituyen buena compañía para toda ocasión. Ya nos hemos referido a él en este espacio, por ejemplo en lo que hace a sus consideraciones en torno al vino (https://habladuriacronicasdelocotidiano.blogspot.com/2016/07/alvaro-cunqueiro-un-senor-del-vino.html?spref=tw);  ahora veremos algunas notas suyas sobre alimentos afrodisíacos.

Para ir entrando en materia evoca los tiempos de austeridad amorosa y continencia que se vivieron en Portugal.

Hay que tener en cuenta que las especies que podemos llamar eróticas, llegaron después de unos tiempos de austeridad amorosa y continencia, impuesta por la reina doña Felipa de Lancaster, quien no bien llegó a la corte de Lisboa, suprimió los besos en el reino y los ocultos encuentros amorosos. Traía una mala experiencia de su país, de Inglaterra, donde su padre, el duque Juan, obligaba a vivir en la misma casa a la esposa legítima con los hijos de la, o las, amantes. Como doña Felipa viese a un caballero en el palacio de Lisboa seguir con los ojos encendidos el paso de una dama, o cambiar unas frases junto a una ventana o que ella dejaba caer el pañuelo y se iba, la reina los llamaba a ambos y ordenaba:
-Mañana, a las ocho, en la iglesia de Santo Domingo. 
Y caballero y dama aparecían en la iglesia y se casaban en presencia de la reina. Lo curioso del asunto es que casi todos estos matrimonios salieron bien.

Todo parece indicar –según lo narrado por Cunqueiro- que los momentos de destape que siguen a los períodos de represión no son exclusivos de nuestra época.

Pasaron los días de doña Felipa y llegaron las especies de Indias, de Cochín y de Calcuta, las cuales, pasadas a la cocina excitaron a los portugueses, tipos de por sí muy amatorios y que no precisaban de excitantes. Es muy difícil saber hoy cuál de las tres canelas que distinguían los portugueses de entonces era la afrodisíaca o con la que, molida, espolvoreaban los llamados bolinhos de fita, que parece ser que todavía se pueden encontrar en confiterías provincianas, aunque ahora espolvoreados con canela común. Se hacen con yema de huevo, piñones, harina de avena, tienen forma fálica, y se los espolvorea con azúcar y canela. El portugués se come el bollito, se ladea el sombrero, y allá se va silbando hacia los triunfos venéreos.

Las plantas con propiedades afrodisíacas, continúa Álvaro Cunqueiro, también fueron utilizadas a la hora del aperitivo y lograban mantener al amador “despierto e insistente, y en perfecto estado de uso”.

Los lusitanos se encontraron con que los señores de Calcuta hacían mucho consumo de la planta Rheum undulatum, y no solamente como alimento en compotas, tartas y confituras, sino que además los peciolos de la planta, que en medicina son tónicos y purgantes, eran usados como aperitivo, y añadidos a las huevas de un pez llamado cassoal, afrodisíaco. El cassoal, los portugueses lo sustituyeron por el escoplo o caballa. En Portugal se mejoró la receta, usando otra especie de ruibarbo, el palmeado, añadiendo la pintura de éste a los vinos dulces. Dos o tres copas de vino así preparadas, parece ser que mantienen al amador despierto e insistente, y en perfecto estado de uso. En muchos lugares, en la comida de bodas, se bebe este vino, ahora vino de Oporto, con sus gotas de pintura de ruibarbo, y en los pequeños pueblos de la costa atlántica, el novio está, un mes antes de casarse, a huevas de caballa aliñadas con rizoma picado de ruibarbo. Un boticario de Povoa do Varzim me aseguró más de una vez que la receta era infalible.

Llegado a este punto Cunqueiro –con toda honestidad intelectual- aclara que no puede ir más allá en la consideración de la eficacia de este producto, dada la prudencia con la que actuó al momento de su encuentro con María Palmira dos Placeres.

Yo acostumbro a pasar la frontera de Portugal por Valencia del Miño, y junto al mercado hay una farmacia, la farmacia de la licenciada María Palmira dos Placeres. ¡Qué hermoso nombre! Pero no me atrevo a entrar en su oficina a preguntarle si prepara el aperitivo con ruibarbo.

Claro está que el uso de auxiliares amatorios, que viene de larga data, no podía estar ausente en las preocupaciones de los franceses y en particular de quienes regenteaban los llamados albergues de amor, tal como lo señala el doctor Cabanés.

(…) Un tal Prudhomme era el que tenía el más famoso de estos albergues de amor, que estaba situado en la calle de Orleáns, en Marais.
Prudhomme había sido promovido a bañero en 1643. (…)
A Prudhomme sucedió La Vienne, a cuya casa iba Luis XIV, en el tiempo de sus juveniles amores, a bañarse y perfumarse, y del cual, como consecuencia, hizo su ayuda de cámara.
La Vienne suministraba a los libertinos del gran mundo secretas composiciones suyas para devolver a los órganos agotados una potencia pasajera. Hay que creer que el rey estaría contento con sus servicios, puesto que le recompensó por ello… regiamente.

Por otra parte, las recetas a este respecto son variadísimas y cada quien defiende con vehemencia aquellas que, por experiencia propia, considera altamente efectivas; José N. Iturriaga ilustra el punto.

En Francia, el licor de ajenjo, con mejorana y anís, es reputado afrodisiaco; Enrique IV bebía cognac antes "de cumplir como debía con sus muchas favoritas". Madame Du Barry, "gran demoledora de normas morales", ofrecía a sus amigos capón guisado, sopa de tortuga, sopa de gambas, cangrejos de río, tortilla de jengibre y pasteles de especias. Luis XIV bebía alcohol con azúcar "para inflamar su pasión"; Rabelais hacía referencia a comestibles que "caldean la sangre, templan los nervios, liberan los espíritus y agudizan los sentidos". Madame Pompadour cautivaba con su sopa de apio y trufas (…)

Es importante precisar que en este terreno también existe el don de la medida. Comenzamos citando a Álvaro Cunqueiro y concluiremos también con sus recomendaciones para aquellos momentos en lo que se necesita es lo contrario a lo que veníamos considerando,  cuando resulta imperioso y urgente recurrir a algo que permita “cortar el amor”.  

Pero hay un momento en que nuestro portugués tiene miedo de su capacidad sexual y entonces se tranquiliza con el nenúfar blanco, cuyo rizoma cuece, o simplemente mastica. Es de antiguo utilizar el rizoma como anti-afrodisíaco, para calmar la sobreexcitación sexual. Por eso se le ha llamado al nenúfar el “destructor de placeres”, debido a su poder de, como dicen los portugueses, “cortar el amor”.

Tal vez sea conveniente, también para estas cuestiones, evocar la conocida advertencia: “el uso excesivo de este producto puede ser nocivo para la salud”.

jueves, 7 de marzo de 2019

Una actuación en la intimidad


Se dio cuenta del hecho en una nota de prensa de abril de 2017 y el título ya lo decía todo: “Un conocido actor italiano hizo toda la función pese a no tener ni un solo espectador”. ¿Cómo empezó la cosa?

Cuando le dijeron que no había vendido ni un solo billete, el actor, de 65 años, respondió: “levanten el telón, el espectáculo se hace igual”
“Maestro, no sabemos cómo decírselo, pero esta noche en el teatro no hay ni un sólo espectador”. Las caras de las personas que vendían las entradas estaban pálidas, pero el actor siguió mirando el espejo de su camarín mientras lo maquillaban. Impertérrito.
Suspiró, levantó un poco la cabeza y les contestó: “Voy a escena igual, esta noche el espectáculo se hace”. Su monólogo, de una hora y veinte minutos, lo realizó íntegro. Y fue una de sus mejores actuaciones. Esta historia es verdadera. Sucedió el sábado por la noche en el Teatro del Pueblo, de la ciudad de Gallarate, Italia.

Podía pensarse que se trataba de un mal actor o de un desconocido en el mundo teatral o de un principiante, pero el supuesto no trae verdad.

(…) el actor se llama Giovanni Mongiano, de 65 años. Un actor muy respetado, muy serio y siempre con público. Salvo esta vez.
El espectáculo que está presentando se llama Improvisación de un actor que lee. Una obra irónica que había llegado a su 70° representación. Mongiano no es un actor del montón. Tiene 45 años de carrera, y su actitud ha despertado una ola de aprobaciones en el mundo del espectáculo, que se sintió identificado con ese hombre al que no le importó el papelón de un teatro vacío.
Mongiano transformó su actitud en una poética declaración de amor. Y explicó porqué lo hizo: “Fue un impulso irresistible, debía hacerlo. Un acto de amor pero también un gesto provocativo y simbólico”.
La foto del actor, con el teatro vacío, está dando la vuelta al mundo. Su gesto asume el sabor de una resistencia humana y artística. Y Mongiano lo sabe: “Nunca me pasó algo igual. Como actor hay que aprender que no importa cuantas personas hay en la sala, la función se hace por respeto al teatro y a la gente. Cuando hice esta función sólo había cuatro personas en la sala. Yo sobre el escenario, el técnico de iluminación, mi asistente y una vendedora de billetes en la puerta de la sala. Pero ni ella se quedó. Sentí que sonó su celular y se fue”.

Las sospechas y conjeturas no se hicieron esperar: seguramente el acontecimiento fue fabricado por el propio actor de acuerdo a lo que le recomendara alguna agencia de marketing con el objetivo de ganar presencia pública. Parece que esta suspicacia no tiene sustento alguno.

Alguno pensó que podía ser un truco publicitario. El actor lo negó: “Un invento. Yo ya había cobrado mi contrato con anticipación. Podía haberme ido tranquilo a cenar y no hacer el espectáculo. Si lo hubiera hecho, esa noche habría tenido pesadillas. Y dormí magníficamente”.

¿Por qué no llegaron los espectadores? Se presentaron varias explicaciones al respecto.

Nadie sabe porqué sucedió lo del teatro vacío. Esa función era en Gallarate, un pueblo de 52.000 habitantes que tiene cuatro teatros y siempre están llenos. El actor culpa a los organizadores y su falta de publicidad, y los organizadores culpan a la prensa por no haberle dado magnitud al evento.

En la nota de prensa que informa del hecho se arriesga otra posible causa: “Se nota que entre lo chabacano y la cultura, muchos eligen lo primero. Lástima.” Y cierra con una buena dosis de tristeza y nostalgia.

Ahí arriba del escenario había un actor. Que realizó su espectáculo sin tener espectadores. En tiempos en donde un reality televisivo junta a millones para ver la nada, un tipo tuvo el coraje de entregar cultura.

No se por qué, pero hoy decidí evocar a Giovanni Mongiano y su digna actitud de resistencia.

martes, 5 de marzo de 2019

La historia de Pacomio, las aceitunas y la capucha

En los primeros siglos después de Cristo fueron muchos quienes optaron por establecerse en zonas desérticas de Siria y Egipto con el afán de purificar su vida, alejarse del pecado y ofrecer sus privaciones a Dios. La vida de los eremitas transcurría en soledad luchando -tal como lo señala J. Lacarriére- contra las propias debilidades. “El único peligro que amenaza a una vida ascética practicada en la soledad del desierto, es el orgullo: orgullo de poder dominar el cuerpo más de lo que es necesario, de abolir totalmente las servidumbres de la carne, de querer vivir ya desde esta tierra como un ser inmaterial.” Quienes ya tenían experiencia en estos menesteres legaban sus aprendizajes, de acuerdo con Lacarriére, a los jóvenes que seguían sus pasos. “Por eso los ‘antiguos’ multiplicaban los consejos de prudencia, instaban a los novicios a no excederse en los ayunos, a que no se creyeran liberados de las exigencias de la carne y tomaran siempre un mínimo de alimento, aun cuando fuera contra su deseo, para evitar el orgullo.”

Con el paso del tiempo apareció un cambio importante: seguir ofreciendo la vida a Dios pero viviendo en comunidad; así los monjes van desplazando a los eremitas que, cabe aclarar, no desaparecieron totalmente. La lucha ahora ya no solo era en relación a uno mismo sino también haciendo frente a los conflictos propios de la vida comunitaria, es decir que la ascesis colectiva planteaba retos diferentes a los de la ascesis individual como lo es –de acuerdo con J. Lacarriére- el de la competencia y la rivalidad con los hermanos de comunidad.

La preocupación de llevar la ascesis más lejos que los demás, tiene en ella  misma sus propios límites. No es posible ir demasiado lejos en el rigor de los ayunos sin desembocar en el pecado de orgullo, en la idea de que puede uno  sustraerse a la común condición humana y vivir a la manera de los ángeles. Idea  presuntuosa y hasta “herética”, puesto que hará creer que la ascesis y las mortificaciones pueden, en sus efectos, reemplazar a la Gracia.
Así, la frontera tan a menudo indiscernible que separa la extrema humildad del extremo orgullo, condujo a los ascetas a tratar de delimitarla por medio de criterios arbitrarios pero concretos. Estos criterios debían permitir al anacoreta escapar a los peligros que sin cesar le acechan en el desierto: abandonarse a sus deseos y convertirse en la presa de los demonios, o dejarse arrastrar por el orgullo imponiéndose privaciones excesivas y convertirse asimismo en la presa de los demonios.

Esta es una de las razones que hacen necesarias las reglas que norman el comportamiento personal en aras de una vida comunitaria armónica; continúa Lacarriére

Pronto, pues, se hicieron necesarias ciertas reglas ascéticas. Las reglas -ese es su papel- precisan y tranquilizan. Le dicen al asceta lo que está bien y lo que está mal y, si él las respeta, se siente seguro en el seno de este  universo ambiguo por donde él avanza casi como un ciego, de hallarse en la  vía  justa, la que conduce a los ángeles y al cielo.
Evidentemente, dichas reglas irían estableciéndose en primer lugar a propósito de la alimentación y los ayunos. (…)
Conceder a la alimentación semejante importancia simbólica parecerá tal vez exagerado, pero no tenerla en cuenta sería desconocer el papel esencial que  desempeñó en la mayoría de las religiones y sociedades como símbolo de  estados espirituales, en las relaciones sociales, y hasta en las experiencias místicas más elevadas. Este símbolo aparece claramente en las religiones primitivas o antiguas, y el  cristianismo dista mucho de haberlo ignorado.

Una de las variantes de vida comunitaria tuvo lugar a comienzos del siglo IV en Egipto y fue dirigida por Pacomio quien, según Luis Izquierdo, “había iniciado su vida como anacoreta y realizado actos tan asombrosos como el de derretir con sus lágrimas y su sudor un ladrillo sobre el que se había puesto a rezar (…)” Izquierdo menciona algunas de las reglas vigentes en su comunidad.

Es interesante destacar algunas de esas normas monásticas de Pacomio, para entender el cambio y la dosis de sentido común que suponen: “Permitirás a cada uno que coma y beba, de acuerdo con sus fuerzas. Construye celdas separadas dentro de la clausura; que vivan tres dentro de cada celda. Todos tendrán un capuchón de piel de cabra curtida y nadie ha de comer sin llevarlo puesto”.

Subraya Lacarriére que ni aún estos espacios donde conviven los consagrados a Dios son ajenos a la envidia, los celos, la ostentación, el presumir.

En las comunidades pacomianas, aun hizo su aparición otro peligro que acechaba al monje: el de la ostentación. Ayunar, mortificarse, no para sí mismo sino para los demás, puesto que todo se hacía a la vista de todos. Las Vidas de Pacomio y de su discípulo Teodoro abundan en anécdotas en las que se ve al jefe reprender sin cesar esta ostentación en la ascesis. He aquí un ejemplo significativo: las  comidas tenían lugar una vez al día, en un refectorio donde servíanse a los monjes yerbas cocidas, frutas, pan y agua. Si algún monje quería ayunar, sólo podía hacerlo en el refectorio, y era frecuente ver a tal o cual monje levantarse de la mesa sin haber probado bocado de su comida. Semejante situación pronto se hizo intolerable, pues bastaba que un monje se abstuviera ostensiblemente de comer para que los demás se sintieran culpables y se acusaran de ser demasiado tibios en su ascesis. La cosa llegó a tal punto que finalmente nadie osaba comer. 

Luis Izquierdo aclara esta cuestión poniendo el ejemplo de lo que sucedía con las aceitunas.

Pacomio había de tender a evitar la inclinación de los monjes a emularse  recíprocamente. Sobre todo en cuestiones casi ridículas: ocurría a veces que a un hermano le bastaban seis aceitunas para alimentarse; pronto resultaba que otro ya estaba satisfecho con cinco. Había que trazar un límite. Para solventar la cuestión, se fijó el número de siete aceitunas. Comer más de siete era pecado de gula; no llegar a ese número, pecado de orgullo.

Así fue como la regla que establece la obligatoriedad de llevar la capucha puesta en el transcurso de la comida deja de ser –como demuestra Lacarriére- una notable falta de educación para convertirse en una medida que permita preservar la paz y la concordia comunitaria.

Para paliar tal inconveniente, a Pacomio se le ocurrió que los monjes llevaran  capuchones bastante amplios para que cada uno pudiese cubrir con el suyo su propio plato y comer así al abrigo de las miradas indiscretas, sin ver lo que hacía su vecino. Así, en el curso de las comidas comunes, todos aquellos capuchones bajados se convertían, tanto en el sentido propio como en el figurado, en un  testimonio de humildad.

Luis Izquierdo hace su aporte en relación al tema.

Se trata de bizantinismos, más o menos espiritualistas, a que conduce el clima ingenuo de las primeras  comunidades. Con el capuchón puesto, el monje ignorará el alimento que toma su vecino. Discreción obligada, como  se ve, pero de resultados prácticos.
Alguno de sus consejos, evidencia ya una honda sabiduría cristiana de carácter universal; por ejemplo, su recomendación a los monjes de desechar la fácil tendencia a inmiscuirse en los asuntos de sus hermanos, exhortándoles a que se interesen más bien en la dirección que -por encima de las apariencias- toman las almas. El respeto entre los monjes, como manifestación externa de la caridad, ha de ser una de las bases de la concordia dentro del monasterio.

Nada fácil debe haber sido dirigir estas comunidades de monjes y todo parece indicar que Pacomio –siguiendo a J. Lacarriére- tuvo clara la forma de defender a su comunidad de los embates del orgullo y la vanidad.

De otro lado, como regla general, Pacomio no era partidario de los ayunos demasiado frecuentes ni prolongados. En un dominio donde resulta tan delicado trazar la línea divisoria entre el mundo del orgullo y el de la humildad, el sólo hecho de rehusar un bocado de pan adquiría un sentido equívoco; ¿obedecía  al  orgullo o a la ascesis? Y Pacomio no tardó en exigir de cada monje que comiera en cada comida “cuatro o cinco bocados de pan para evitar la vanidad”.

Es así como ni el desierto pudo acabar con el ánimo competitivo de hombres cuyo objetivo era destacar y para eso había que ser necesariamente mejor que los demás. Y es por ello entonces que –sostiene Luis Izquierdo- la norma de que “Nadie ha de comer sin llevar encima el capuchón” dejaba en claro “la pervivencia del ánimo competitivo” entre aquellos hombres que consagraron su vida a Dios.

jueves, 28 de febrero de 2019

De cuando los actores eran mal vistos


En este mismo espacio ya nos hemos referido a la mala reputación con la que cargaron, a lo largo de la historia y en muy diversos lugares, los cómicos  (http://habladuriacronicasdelocotidiano.blogspot.com/search/label/Fernando%20Fernán%20Gómez)  Ahora veremos que los actores y el teatro fueron objeto del mismo descrédito durante mucho tiempo; Fernando Fernán Gómez considera que el asunto tiene su historia.

Podría pensarse que esta situación era un fenómeno histórico, que se daba en determinadas culturas, pero cuando vemos que ya en la India de doscientos años antes de Jesucristo Buda prohíbe a sus seguidores asistir a las representaciones teatrales, y que en la Roma pagana los actores son reclutados exclusivamente entre los esclavos y reciben el nombre de “infamea”, comprendemos que esta mala relación entre el actor y los demás no obedece a unas circunstancias pasajeras, sino que hay algo más profundo.

En entornos culturales cristianos la situación no mejoró, mientras que las autoridades eclesiales declaraban la guerra contra estos espacios recreativos (a los que de recreativo seguramente le veían más bien poca cosa). Continúa Fernán Gómez

La actitud enconada de los cristianos de los primeros tiempos contra el teatro parece bastante justificada, ya que los actores de aquella época no se tomaron muy en serio la nueva religión y se burlaban en las plazas públicas de las predicaciones cristianas y parodiaban de modo grotesco los nuevos ritos. Así no es de extrañar que el obispo san Cipriano escribiera un libro titulado Contra los espectáculos y proclamase que los actores eran hijos de Satanás y las actrices prostitutas babilónicas.
Los mimos, que sucedieron a los actores en el favor del público romano, no se metieron en cuestiones religiosas, pero siguieron apegados en sus representaciones al espíritu optimista, festivo, sensual del paganismo, tan opuesto al ascetismo cristiano, y no contribuyeron a calmar las iras de los predicadores, como san Judas Crisóstomo, el más elocuente de todos, que llamó a los teatros “lugares de impudicia, escuelas de la molicie, auditorios de la peste y colegios de la lujuria”. (…)
Y así, entre malos modos y peores maneras, se llegó al concilio de Nicea [año 325], donde quedó bien claro que “los actores, las actrices, los gladiadores, los empresarios de espectáculos, los flautistas, los citaristas, las danzarinas, como también cuantos sientan pasión por el teatro son expulsados de la comunidad cristiana”.

Sin embargo –afirma Fernán Gómez- la animadversión estaba dirigida particularmente a los actores.

Para los cristianos de Nicea, los malos eran la gente del teatro –incluido el público; para la moral actual, quedan excluidos de esa maldad los acomodadores, las taquilleras, las señoras de la limpieza, los músicos, tramoyistas, electricistas, contables, gerentes, decoradores, autores, empresarios…, todos menos los actores. Alguna razón tiene que haber para este raro privilegio, pues se advierte desde hace tiempo –probablemente desde el siglo XVIII- que la prevención no es, como antiguamente, contra el teatro por la mala influencia que puede ejercer sobre el pueblo, sino contra los que dentro del conjunto del teatro desempeñan la misión de histriones.

Pero los prejuicios en relación a los actores no provenían exclusivamente –tal como lo deja en claro Wislawa Szymborska- de los sectores eclesiales.

La Comédie Française consiguió que las autoridades prohibiesen a los actores de feria interpretar cualquier texto. Que salten, bailen, brinquen como cabras, hagan cuantas carantoñas deseen, pero ¡bien lejos de la literatura francesa! La prohibición surtió efecto, los actores enmudecieron y sus espectáculos adquirieron una nueva dimensión.

La mala opinión generalizada acerca de los comediantes seguramente también tuvo que ver tanto con las penurias económicas que solían atravesar, como con su oficio de saltimbanqui. Ahora bien, los juicios negativos que sobre ellos recaían en razón de su modus vivendi, parecían no inquietarlos mayormente, dado que otras formas de vida para ellos serían, por decir lo menos, muy poco interesantes; Marcos Ordóñez brinda un claro ejemplo de ello.

(…) Y pienso en aquella vieja historia de cómicos perdidos en la noche, en invierno, en mitad de ninguna parte, el autobús calado en la cuneta, y empieza a nevar, y siguen caminando, muertos de frío, hasta que de pronto ven una luz en una ventana, y a través de la ventana una familia feliz, en torno al fuego, a punto de zamparse la cena de Navidad, y un cómico le dice a otro: “Pobre gente, qué vida más aburrida”.

La situación ha venido cambiando y de ello da cuenta –con su sarcasmo habitual- Fernando Fernán Gómez.

Sería exagerado pretender que la situación no ha cambiado y que seguimos hoy como cuando a los cómicos en la Inglaterra isabelina se les marcaba a fuego y en la Francia del siglo de oro a Molière se le instaba a abandonar su oficio de actor como condición para entrar en la Academia. Hace ya cien años que se levantó a los oficiantes de Dionisos la excomunión, y en nuestro tiempo nadie relaciona su trabajo con la cuestión religiosa. Aunque esto quizá no indique un aumento de respeto hacia los comediantes, sino un enfriamiento de los sentimientos religiosos.

En estos días en que tuvo lugar la ceremonia anual de la entrega de Oscar, caracterizada por su glamour y cuidado de las formas, vemos como actualmente los actores han llegado a ser admirados –e incluso idolatrados-, por lo que ocupan el centro de la escena social. Sin embargo perviven aún odios y envidias por lo que representan; Hortensia Powdermaker, referida por Fernán Gómez, da cuenta de ello.

La antropóloga americana, como razón de esta hostilidad, de este odio –para utilizar sus propias palabras-, diagnostica: “En primer lugar existe una gran envidia, envidia por los enormes salarios de los actores, envidia por la forma en que son admirados, y envidia por su popularidad”.
Otra de las causas del conflicto podría ser la influencia que ejercen sobre los demás, en sus modas y modales, en su comportamiento externo, en sus costumbres. Influencia de la que los demás no consiguen liberarse, pero que puede resultarles incómoda porque, hasta cierto punto, les hace sentirse supeditados.
Públicos de los más opuestos países imitan la conducta de los personajes de las películas, pero identificándolos con los actores. Es cierto que imitan más su comportamiento externo que sus decisiones o tomas de posición respecto a los incidentes; imitan los andares, los gestos, los ademanes, el modo de vestir. A veces esta imitación es deliberada y otras casi inconsciente. Pero escasos son los hábitos mayoritarios de la gente de nuestro tiempo que no hayan sido antes difundidos por algunas estrellas de la pantalla. Y en gran medida la televisión contribuye a la difusión.

A modo de conclusión tal vez sea pertinente evocar el conocido principio psicológico que sostiene que del amor al odio solo hay un paso.

martes, 26 de febrero de 2019

Las distintas adolescencias


El transcurso de la vida suele segmentarse en etapas: infancia-adolescencia-juventud-adultez-ancianidad. Según Marcelo N. Viñar “El término ‘adolescencia’, como la problemática del tránsito entre la infancia y la vida adulta, es de aparición reciente en la historia de las ideas.”

Existen muy diversas manifestaciones de la adolescencia: urbana y rural; de sectores socioeconómicos acomodados y de los desfavorecidos (¡vaya eufemismos!); de estudiantes y de trabajadores; de ocupados y desocupados; de indígenas, migrantes, etc. Hace algunas décadas Margaret Mead, basándose en sus estudios de campo, afirmó que esta etapa no existía o bien era sumamente breve entre los pobladores de la isla de Samoa. En esta línea de análisis, para Viñar el peso del entorno cultural así como el del momento histórico que se habita, es enorme en las formas de vivir la adolescencia.

No es un objeto natural sino una construcción cultural. Su alcance y resonancia no cesan de modificarse en subordinación a las transformaciones aceleradas de la cultura. El período de transición vigente hasta el siglo XX, con un promedio de vida de entre  tres y cuatro décadas, es bien diferente al del siglo XXI en el que la expectativa de vida al nacer -en las clases acomodadas del occidente actual- se sitúa entre los setenta y ochenta años. David venció a Goliat cuando era apenas un púber; Etienne de la Boetie escribió su Discurso sobre la Servidumbre Voluntaria a los 18 años y murió a los 33; nuestras abuelas parían entre los 16 y los 20 -lo que hoy se llamaría, con alarma, embarazo adolescente-; nuestras esposas, cerca de los 25, poco antes o después de "graduarse"; y nuestros hijos arañan los treinta o más,  retardando la procreación por las exigencias de los estudios de postgrado.

Asume Marcelo N. Viñar que su mirada se encuentra determinada por el medio al que pertenece.

Si bien esta mirada es autorreferencial a mi grupo de pertenencia socio­cultural y económica, no la uso con el propósito de crear un universo autorreferido, sino para  poner de relieve –como característica nuclear del objeto que estudiamos o construimos (tal o cual  adolescencia)- que los datos se subordinan o remiten al marco histórico cultural donde se observan.

Aun reconociendo que la construcción de categorías es necesaria para llevar a cabo diversos análisis y estudios, Viñar nos advierte de los graves errores que en ocasiones ello implica: “No hay adolescencia estudiable como tal, sino inserta en el marco societario en que se desarrolla y transita. Objetivar o reificar las adolescencias es un error frecuente.”

Los conflictos entre ambas franjas etarias son clásicos y sucede que  los adultos –como alguien ha señalado- por lo general no tenemos la delicadeza de recordar que algún día fuimos adolescentes. Este choque ha ido cambiando con el transcurso del tiempo: en el pasado se manifestaba en airados choques generacionales, actualmente el conflicto no es frontal pero no por ello menos grave. Se ha señalado que antes los adolescentes eran lo contrario a sus padres por lo que los enfrentamientos y descalificaciones mutuas eran habituales. Actualmente las diferencias no son tan aparatosas, sin embargo en muchos momentos los adultos sentimos que los adolescentes se encuentran en otro espacio al que en muchos casos ni siquiera podemos acceder, por lo que no logramos comunicarnos con ellos.

Sería erróneo suponer que en el pasado el vínculo entre adolescentes y adultos fue armónico y sin diferencias de consideración. En 1933 el reconocido escritor español Enrique Jardiel Poncela se refería a “esos adolescentes con cara de besugos al horno que ahora ‘se llevan’ tanto.”

Por otra parte la tan reiterada crítica a los adultos que negándose a aceptar el paso del tiempo hacen hasta lo imposible por conservar una apariencia adolescente (la pos-adolescencia de la que han hablado diferentes autores, entre ellos Françoise Dolto), no es un problema originado en estos tiempos, tal como lo deja en claro Aldous Huxley respecto a algunos pasajeros con los que realizó un viaje de crucero en 1934

(…) son pocos los verdaderamente jóvenes. En compensación, menudea una imitación de lo juvenil, a cargo de personas de incipiente medianía de edad.

Abundan los adolescentes de cuarenta y cinco.

¿Nada nuevo bajo el sol?