martes, 3 de septiembre de 2019

Textos de ayer que hablan de hoy


Sabía que lo tenía en el Almacén, pero costó dar con él. Se trata de un artículo de Ana García Bergua publicado en La Jornada el 31 de agosto de 2008.

¿Y esto, Tarabana, no hay también algo parecido al robo en el simple hecho de que acepte yo ese dinero que tú me traes? 
Depende, hombre, depende… Axkaná, por ejemplo, diría que sí, pero Axkaná es hombre de libros. Yo, que vivo sobre la tierra, aseguro que no. La calificación de los actos humanos no es sólo punto de moral, sino también de geografía física y de geografía política. Y siendo así, hay que considerar que México disfruta por ahora de una ética distinta de las que rigen en otras latitudes. ¿Se premia entre nosotros, o se respeta siquiera, al funcionario honrado y recto, quiero decir al funcionario a quien se tendría por honrado y recto en otros países? No; se le ataca, se le desprecia, se le fusila. ¿Y qué pasa aquí, en cambio, con el funcionario falso, prevaricador y ladrón, me refiero a aquel a quien se calificaría de tal en las naciones donde imperan los valores éticos comunes y corrientes? Que recibe entre nosotros honra y poder, y, si a mano viene, aun puede proclamársele, al otro día de muerto, benemérito de la patria. Creen muchos que en México los jueces no hacen justicia por falta de honradez. Tonterías. Lo que ocurre es que la protección a la vida y a los bienes la mayoría la imparten aquí los más violentos, los más inmorales, y eso convierte en una especie de instinto de conservación la inclinación de casi todos a aliarse con la inmoralidad y la violencia. Observa a la policía mexicana: en los grandes momentos siempre está de parte del malhechor o es ella misma el malhechor. Fíjate en nuestros procuradores de justicia: es mayor la consideración pública de que gozan mientras más son los asesinatos que dejan impunes. Fíjate en los abogados que defienden a nuestros reos: si alguna vez se atreven a cumplir con su deber, los poderes republicanos desenfundan la pistola y los acallan con amenazas de muerte, sin que haya entonces virtud capaz de protegerlos. Total: que hacer justicia, eso que en otras partes no supone sino virtudes modestas y consuetudinarias, exigen en México vocación de héroe o de mártir.

Concluida la transcripción del fragmento, García Bergua precisa el origen del mismo.

Esto último no lo escribí yo, brincos diera. Es La sombra del caudillo, de Martín Luis Guzmán, de 1929.

Se pregunta y nos pregunta “¿Qué tanto habremos cambiado?”

lunes, 2 de septiembre de 2019

Oliver Sacks, resistencias familiares ante su homosexualidad


Será hasta poco antes de su muerte cuando Oliver Sacks abra un espacio autobiográfico dentro de sus muy recomendables libros (a los que ya hemos recurrido en varias oportunidades). En esta ocasión no nos detendremos en su trabajo profesional sino en testimonios de su vida que hemos tomado de En movimiento y de su obra póstuma Gratitud
Mil novecientos cincuenta y uno fue un año rico en acontecimientos, y en cierto modo doloroso. (…)
Acababa de cumplir los dieciocho, y mi padre consideró que había llegado el momento de que mantuviéramos una seria charla de hombre a hombre, de padre a hijo. Hablamos de asignaciones y dinero: un tema poco polémico, pues yo era de costumbres bastante frugales y sólo derrochaba en libros. Y a continuación mi padre abordó el tema que realmente le preocupaba.       
-No parece que tengas muchas amigas -dijo-. ¿No te gustan las chicas?
-No están mal -contesté, deseando que la conversación acabara ahí.
-¿Te gustan más los chicos? -insistió.
-Sí, me gustan más, pero no es más que una sensación. Nunca he “hecho” nada. -Y acto seguido añadí, con cierto temor-: No se lo cuentes a mamá. Será incapaz de aceptarlo. (…)
Sabía que la sola idea de la homosexualidad despertaba horror en algunas personas; sospechaba que ése debía de ser el caso de mi madre, y por eso le había dicho a mi padre: “No se lo cuentes a mamá. Será incapaz de aceptarlo.”
Así fue como la primera respuesta al reconocimiento de su homosexualidad provino del padre quien no pudo guardar el secreto, era demasiado para él. Una vez enterada, la reacción de su madre fue muy violenta y posiblemente haya ido aún más allá de lo esperado.
(…) y a la mañana siguiente mi madre bajó con una expresión de horror y me gritó: “Eres una abominación. Ojalá no hubieras nacido.” (Sin duda recordaba el versículo del Levítico que reza: “Si un hombre se acuesta con varón como hace con mujer, ambos han cometido una abominación: morirán sin remedio, su sangre caerá sobre ellos”.) (…)
A continuación se marchó y pasó varios días sin hablarme. (…) Mi madre, que era tan abierta y que casi siempre me apoyaba, era severa e inflexible en ese aspecto. Al igual que mi padre, solía leer la Biblia, y le encantaban los Salmos y el Cantar de los Cantares, pero la obsesionaban los terribles versículos del Levítico (…)
Aquella cuestión nunca se volvió a mencionar, pero las duras palabras de mi madre me hicieron detestar la capacidad de la religión para fomentar el fanatismo y la crueldad.
Observando aquel hecho en retrospectiva, Sacks se cuestiona en torno a la conveniencia de haber hablado de ello. “A lo mejor tampoco se lo debería haber contado a mi padre; en general, consideraba que mi sexualidad sólo me atañía a mí; no era un secreto, pero tampoco tenía por qué hablar de ella.” 
No es difícil imaginar el sentimiento desgarrador que le produjo la maldición (que en la cultura judía adquiere una especial significación) de su madre: “(…) sus palabras me persiguieron durante gran parte de mi vida, y tuvieron una gran importancia a la hora de inhibir e inyectar un sentimiento de culpa en lo que debería haber sido una expresión libre y gozosa de la sexualidad”.
Por supuesto que esta situación pudo haber llevado al total distanciamiento entre ambos, sin embargo no fue el caso. Significó una marca que quedó para siempre pero no tuvo lugar la ruptura; tal vez porque aun asumiendo el inmenso dolor que le provocó, Oliver Sacks recurrió a todos los atenuantes que pudieran explicar la reacción de su madre.
Todos somos hijos de nuestra educación, nuestra cultura y nuestra época. Y he tenido que recordarme repetidamente que mi madre nació en la década de 1890 y tuvo una educación ortodoxa, y que en la Inglaterra de la década de 1950 el comportamiento homosexual no se consideraba sólo una perversión, sino un delito. También he de recordar que el sexo es una de esas cosas -como la religión y la política- capaces de despertar sentimientos intensos e irracionales en personas por lo demás decentes y racionales. Mi madre no quería ser cruel, ni desearme la muerte. Ahora comprendo que de repente se sintió superada, y probablemente lamentó sus palabras, o quizá las colocó en una parte aislada de su mente.
Además, evoca que por aquellos años la persecución a la homosexualidad era implacable. 
En el Londres de la década de 1950 no era fácil, ni seguro, admitir la propia homosexualidad ni practicarla. Las actividades homosexuales, si se detectaban, podían conducir a penas severas, a la cárcel, o, como en el caso de Alan Turing, a la castración química mediante la administración obligatoria de estrógenos. La actitud de la gente era, por  lo general, tan condenatoria como la ley. A los homosexuales no les resultaba fácil encontrarse; había algunos clubs y pubs gays, pero eran constantemente vigilados por la policía, que llevaba a cabo continuas redadas. Por todas partes había agentes provocadores, sobre todo en los parques y retretes públicos, entrenados para seducir a los incautos y cándidos y llevarlos a la destrucción.
En este intento por comprender la actitud de su madre, a las ya mencionadas consideraciones de carácter general Sacks añade otra de alcance exclusivamente familiar.
Cuando en 1951 mi madre se enteró de mi homosexualidad y afirmó: “Ojalá no hubieras nacido”, lo dijo, aunque no estoy seguro de que en ese momento yo lo comprendiera, como una acusación, pero también fruto de su angustia, la angustia de una madre que, al percibir que había perdido a un hijo por culpa de la esquizofrenia, ahora temía perder a otro por culpa de la homosexualidad, una “enfermedad” que por entonces se consideraba vergonzosa y deshonrosa, y con una gran capacidad para estigmatizar y echar a perder una vida. Yo era su hijo preferido, su “pichurrín”, su “corderito”, cuando era pequeño, y ahora me había convertido en “uno de ésos”: una carga cruel que añadir a la esquizofrenia de Michael.
Hasta aquí hemos visto la reacción del padre y de la madre; la faceta tragicómica vendrá por parte del hermano y la cuñada.
Mi hermano David y su esposa, Lili, al enterarse de mi falta de experiencia sexual, pensaron que podía atribuirse a la timidez, y que una buena mujer, incluso un buen polvo, podrían enderezarme. Allá por la Navidad de 1951, después de mi primer trimestre en Oxford, me llevaron a París no sólo con la intención de ver los monumentos -el Louvre, Notre Dame, la Torre Eiffel-, sino de acompañarme a visitar a una amable prostituta que me pondría a prueba y, de manera paciente y diestra, me enseñaría lo que era el sexo.
Escogieron una prostituta de edad y carácter adecuado –David y Lili la entrevistaron primero, explicándole la situación-, y después me fui con ella a la habitación. Estaba tan asustado que mi pene se quedó fláccido de miedo y los testículos se encogieron hasta la cavidad abdominal.
La historia no quedaría completa si prescindiéramos de la respuesta –siempre según el propio Sacks- que también daría aquella experimentada mujer.
La prostituta, que se parecía a una de mis tías, comprendió la situación de inmediato. Hablaba bien inglés ése había sido uno de los criterios de  selección) y dijo: “No te preocupes. Ahora nos tomaremos una buena taza de té.” Sacó el juego de té y unos pastelillos, trajo el hervidor y me preguntó qué clase de té me gustaba. “Lapsang”, dije. “Me encanta el olor ahumado.” Por entonces ya había recuperado la voz y la seguridad en mí mismo, y charlé con ella sin ningún problema mientras disfrutábamos de nuestro té ahumado.
Como es de imaginar, el hermano y la cuñada estaban ansiosos por conocer el resultado de aquel encuentro.
Permanecí allí una media hora y luego me fui; mi hermano y su mujer se habían  quedado expectantes en  la puerta.
-¿Cómo ha ido, Oliver? -me  preguntó David.
-Genial –dije sacudiéndome las migas de la barba.
En sus notas autobiográficas Oliver Sacks narra la forma en que con el paso de los años –para ese entonces las cosas habían cambiado en algo- pudo recuperar la relación con tíos y primos.
En 1955, cuando tenía veintidós años, fui a Israel a pasar varios meses trabajando en un kibutz, y aunque me gustó, decidí no regresar. A pesar de que muchos de mis primos se habían trasladado a vivir allí, la política de Oriente Medio me  producía un gran desasosiego, y sospechaba que en una sociedad profundamente religiosa me encontraría fuera de lugar. Pero en la primavera de 2014, al enterarme de que mi prima Marjorie -una doctora que había sido protegida de mi madre y que había trabajado en el campo de la medicina hasta los noventa y ocho años- se estaba muriendo, la llamé a Jerusalén para despedirme. Su voz me resultó inesperadamente poderosa y retumbante, con un acento muy parecido al de mi madre. “No pienso morirme hoy”, me dijo, “y el 18 de junio celebro mis cien años. ¿Por qué no vienes?”
“Naturalmente que iré”, respondí. Pero al colgar comprendí que acababa de rectificar una decisión tomada casi sesenta atrás.
No fue más que una visita familiar. Celebré los cien años de Marjorie con ella y toda su parentela. Vi a otros dos primos por los que sentía un gran aprecio de cuando vivía en Londres, a innumerables primos segundos y lejanos (…)
Mención aparte dedica a la afectuosa bienvenida que les brindó Robert John, uno de sus primos a quien Sacks caracteriza como un observante ortodoxo de la religión. 
Durante la década de 1990 conocí a un primo y coetáneo mío, Robert John Aumann, un hombre de aspecto impresionante, de complexión robusta y atlética,  y con una barba blanca que ya a los sesenta años le otorgaba un aspecto de sabio venerable. Es un hombre de una gran capacidad intelectual, pero también provisto de gran ternura y calidez humanas, y de un profundo compromiso religioso; de hecho, “compromiso” es una de sus palabras favoritas.
Con estos antecedentes era comprensible que en oportunidad de su regreso a Israel el reencuentro con Robert John le generara inquietud.
Me imponía cierto respeto visitar a mi familia ortodoxa acompañado de mi amante, Billy -las palabras de mi madre todavía resonaban en mi cabeza-, pero también a Billy lo recibieron con gran afecto. El enorme cambio de talante, incluso entre los ortodoxos, quedó claro cuando Robert John nos invitó a Billy y a mí a compartir la primera comida del sabbat con él y su familia.
De esa armonía familiar surgieron algunas reflexiones y preguntas de índole existencial.
La paz del sabbat, de ese mundo detenido, de ese tiempo fuera del tiempo, era palpable, lo impregnaba todo, y me sentí inundado de melancolía, algo parecido a la nostalgia, y comencé a preguntarme: ¿Y si esta circunstancia y la otra y la otra hubieran sido distintas? ¿Qué clase de persona habría sido yo? ¿Qué clase de vida habría llevado? 
Finalmente, Oliver Sacks resume el feliz reencuentro familiar en muy pocas palabras: “No me sentía aceptado de ese modo por mi familia desde que era niño.”

domingo, 1 de septiembre de 2019

Nueve años de Habladuría


En el mes de septiembre de hace nueve años nacía este blog con un perfil más o menos definido (http://habladuriacronicasdelocotidiano.blogspot.mx/2010/09/entre-el-vicio-y-el-oficio-compilador.html) Desde mucho antes estuve compilando anécdotas acerca de muy diversos temas y diferentes lugares. Algunas las tomé de periódicos y revistas pero la mayoría las hallé en libros adquiridos en librerías de viejo que he sabido recorrer con entusiasmo digno de mejores causas. Fue en aquel entonces que la extraordinaria artista y amiga Magos Nava me sugirió la idea de abrir un blog. Aceptada la propuesta, Magos se dio a la tarea. En los inicios sus ilustraciones acompañaron los artículos publicados y hasta el presente es la responsable del diseño del blog.

Al comienzo subí un artículo semanal, tiempo después pasé a dos. A partir de ahora, y cuando las circunstancias así lo permitan, serán cinco los artículos semanales (de lunes a viernes). 

En estos nueve años las visitas han superado el número de 280.000. Difícil saber cuántas de ellas responden a seguidores del blog y cuántas a quienes llegan puntualmente y en forma azarosa por sus búsquedas temáticas. Me inclino a pensar que son muchas más las segundas que las primeras. También hay que tener en cuenta las visitas realizadas por robots que actúan en las redes.

El total de artículos que se han ido sumando al blog hasta el momento rebasan los 770. Algunos de ellos han sido publicados y citados en periódicos y revistas (ejemplo de ello es el artículo “¿El Ángel caído?” del Mtro. Eduardo Matos Moctezuma publicado en Arqueología Mexicana, No. 150). Asimismo he tenido noticias de menciones realizadas en distintos programas radiales. Ciertos textos han sido utilizados como material de apoyo en clases de preparatoria o universidad, así como en diversas instancias de educación no formal. He tenido la oportunidad de narrar en forma presencial algunas crónicas que integran este blog en diversas ciudades de México (Cancún, Chihuahua, Ciudad Juárez, Ciudad de México, Guadalajara, Guanajuato, León, Oaxaca, Pachuca, Puebla, Querétaro, San Luis Potosí, San Miguel de Allende, Veracruz, Zacatecas, etc.) así como también en Buenos Aires y Montevideo.

Junto a este blog he desarrollado tres programas que se vienen implementado en diversas instancias (http://habladuriacronicasdelocotidiano.blogspot.com/2019/08/de-habladuria-y-otros-programas-de-la.html) 

En principio hay Habladuría para rato, dado que en el taller de armado  dispongo de muchos “pies de artículos” que permiten aspirar a mantener este espacio. Tengo el anhelo de que parte de este material pase a ser libro, columna periodística o espacio radial fijo.  

Una vez más quiero expresar mi profundo agradecimiento y reconocimiento a Magos Nava. Sin su apoyo este blog no sería posible. Y también va mi agradecimiento a los lectores habituales de Habladuría, a los intermitentes y a quienes lo fueron en algún momento. 

Y sean bienvenidos aquellos que se sumen a partir de ahora.  


Gerardo Mendive
gemendive@yahoo.com.mx

jueves, 29 de agosto de 2019

Enemigos


A primera vista lo opuesto a “amigo” es “enemigo” pero sospecho que en realidad entre estas dos palabras no puede haber ningún vínculo, ni siquiera el de la oposición.

Hace ya algún tiempo abordamos una faceta de este tema (http://habladuriacronicasdelocotidiano.blogspot.com/2011/11/enemigos-la-medida.html), en esta ocasión andaremos otros rumbos.

Parece que para construir nuestra identidad (expresión que se las trae) siempre necesitamos un grupo de pertenencia y también de un grupo hacia el cual dirigir la animadversión. Y esto va de lo chico a lo grande (algún vecino en el condominio donde vivimos, un compañero de trabajo, el equipo de futbol contrario, la ciudad del otro lado del puente, el país fronterizo, otra religión, etc. Claro está que para que todo fluya correctamente esta lógica requiere de un principio universal: yo-nosotros somos los buenos, mientras que él-ellos son los malos. Amos Oz da cuenta de su propia experiencia

Por aquellos días ya no era un niño sino un virtuoso montón de argumentaciones. Un pequeño chovinista en la piel de un pacifista. Un nacionalista hipócrita y lisonjero. Un propagandista sionista de nueve años: nosotros éramos los buenos y los que teníamos razón, nosotros éramos las víctimas inocentes, nosotros éramos David contra Goliat, nosotros éramos el cordero en medio de una jauría de lobos, nosotros éramos el cordero para el sacrificio, la cabra de la Hagadá de Pésaj, la gacela de Israel, y ellos, todos ellos, ingleses, árabes y los demás pueblos, eran la jauría de lobos, el mundo malvado, hipócrita y siempre sediento de nuestra sangre: para ellos la vergüenza y la ignominia.

Agustín Monterroso, por otra parte y con su habitual ironía, echa de menos la ausencia de un enemigo: “A lo largo de mi vida, como escritor, me ha hecho mucha falta vivir en un país al cual odiar, con habitantes, paisajes y todo.” Tal vez la falta de enemigos seca la creación, afecta la inspiración.

Pero nada más fácil que construir un enemigo, los ejemplos abundan y a este respecto Manuel Rivas narra lo siguiente.              

Lo que me hace llorar de risa y reír de pena es un libro titulado Pequeño país. Es la primera novela, editada en España por Salamandra, de un joven músico llamado Gaël Faye, nacido en Burundi, en 1982, de madre ruandesa y padre francés.
El prólogo es por sí solo una lección universal. Gaël, Gabriel, pregunta a su padre por la causa de la guerra entre hutus y los tutsis. Van repasando las posibles motivaciones. No hay nada que pueda explicar semejante animadversión.
—Entonces… ¿por qué están en guerra? —pregunta el niño.
—Porque no tienen la misma nariz.
Y Gaël escribe: “La conversación se detuvo ahí. De veras que aquel asunto era muy extraño. Creo que papá tampoco lo entendía muy bien. A partir de aquel día, empecé a fijarme en la nariz y en la estatura de la gente por la calle”. Cuenta cómo los compañeros en la clase comenzaron a observarse las narices y a acusarse de hutus o tutsis. Y cuando proyectaron la película Cyrano de Bergerac, alguien gritó en la sala: “Mirad, con esa nariz, es un tutsi”. (…)
Así que la producción del enemigo puede comenzar por una nariz. El problema, claro, no son las narices. El problema está en esa voluntad de quienes necesitan crear un enemigo para ocupar el poder e imponer una sociedad uniforme. Y si no encuentran el enemigo, lo inventan. Les basta con una nariz.

En aquel entorno –afirma Manuel Rivas- “(…) el niño Gaël llega a una conclusión demoledora: ‘Algo diferente flotaba en el aire. Tuvieras la nariz que tuvieras, podías olerlo’.”

martes, 27 de agosto de 2019

¡Buen vuelo!


Hay algo que me llama la atención y que paso a describir. Desde hace mucho he observado que cuando un grupo de pilotos y sobrecargos se cruzan en los aeropuertos, el final de su encuentro va acompañado del infaltable deseo: “¡Buen vuelo!”. Esto no sucede a veces, ¡siempre! Esta costumbre que habitualmente quedaba en la intimidad de las tripulaciones he observado que de un tiempo a esta parte ha cobrado otro alcance ya que cada vez con mayor frecuencia al anuncio tradicional del capitán de: “Tripulación: prontos para el despegue” se añade el mencionado mantra: “¡Buen vuelo!”.

Como ya es habitual en este espacio, una vez más recurro a Wislawa Szymborska para aclarar el punto. Afirma que en un momento de optimismo racionalista se pensó que el avance del conocimiento lograría desterrar por completo a las supersticiones. “La convicción de los racionalistas del siglo XVIII de que el conocimiento, la civilización y el pensamiento laico liberarían al individuo del futuro de todas las supersticiones ha resultado inútil.” Aunque cabe precisar que nunca faltaron los escépticos al respecto. “Solo David Hume se mostraba contrario a esa esperanza diciendo que, aunque la atracción por las cosas milagrosas ‘puede ser refrenada de vez en cuando por la razón y la ciencia, nunca se la podrá extirpar por completo de la naturaleza humana’.” Y para Szymborska existen razones suficientes para que las supersticiones conserven su buena salud.

[La superstición] se ha convertido en la última reserva para un tiempo sombrío, preparada siempre para activarse ante la desgracia, la amenaza, la incertidumbre, el riesgo. Y, por desgracia, no nos es posible eliminar por completo de la vida cualquiera de esas situaciones. Cualquier profesión de riesgo, por ejemplo, tiene sus supersticiones, y esto no pasa solo con oficios antiguos como la minería o la navegación, sino también con los nuevos, como la aviación.

Justo lo que estaba buscando. Nuevamente confirmo el enorme privilegio que representa contar con alguien de confianza que ayude a responder aquello que nos intriga; continúa Szymborska con su explicación.

Sucede exactamente lo mismo con todas esas actividades cuyos resultados no pueden preverse de antemano. Actores, deportistas, estudiantes, cazadores, aficionados a los juegos de azar… Todos ellos tienen sus números de la suerte, talismanes, presagios, su manera particular de tocar madera. No son, al menos no en el ámbito individual, prácticas perjudiciales: dan confianza en uno mismo y con frecuencia permiten al individuo actuar con serenidad.

Eso sí, añade que como en todo aplican contraindicaciones. “Pero en el ámbito colectivo, esa propensión a la superstición que dormita en nosotros puede devenir peligrosa, en especial cuando se encuentran en situaciones de gran estrés social personas fanáticas o cínicas capaces de desatarlas con habilidad.”

viernes, 23 de agosto de 2019

De Habladuría y otras especialidades de la casa


·         Blog HABLADURÍA 

Creado hace diez años con un perfil más o menos definido (http://habladuriacronicasdelocotidiano.blogspot.mx/2010/09/entre-el-vicio-y-el-oficio-compilador.html) Desde mucho antes estuve compilando anécdotas acerca de muy diversos temas y diferentes lugares. Algunas las tomé de periódicos y revistas pero la mayoría las hallé en libros adquiridos en librerías de viejo que he sabido recorrer con entusiasmo digno de mejores causas. Fue en aquel entonces que la extraordinaria artista y amiga Magos Nava me sugirió la idea de abrir un blog. Aceptada la propuesta, Magos se dio a la tarea. En los inicios sus ilustraciones acompañaron los artículos publicados y hasta el presente es la responsable del diseño del blog.

Al comienzo subí un artículo semanal, tiempo después pasé a dos. Desde ahora, y cuando las circunstancias así lo permitan, serán cinco los artículos semanales (de lunes a viernes).

En estos diez años las visitas han superado el número de 340.000. Difícil saber cuántas de ellas responden a seguidores del blog y cuántas a quienes llegan puntualmente y en forma azarosa por sus búsquedas temáticas. Me inclino a pensar que son muchas más las segundas que las primeras. También hay que tener en cuenta las visitas realizadas por robots que actúan en las redes.

El total de artículos que se han ido sumando al blog hasta el momento rebasan los 1.000. Algunos de ellos han sido publicados y citados en periódicos y revistas (ejemplo de ello es el artículo “¿El Ángel caído?” del Mtro. Eduardo Matos Moctezuma publicado en Arqueología Mexicana, No. 150). Asimismo he tenido noticias de menciones realizadas en distintos programas radiales. Ciertos textos han sido utilizados como material de apoyo en clases de preparatoria o universidad, así como en diversas instancias de educación no formal. He tenido la oportunidad de narrar en forma presencial algunas crónicas que integran este blog en diversas ciudades de México (Cancún, Chihuahua, Cholula, Ciudad Juárez, Ciudad de México, Guadalajara, Guanajuato, León, Oaxaca, Pachuca, Puebla, Querétaro, San Luis Potosí, San Miguel de Allende, Veracruz, Zacatecas, etc.) así como también en Buenos Aires y Montevideo.




  •  ALMACEN DE ANÉCDOTAS, CITAS Y AFINES 

Para apoyar proyectos en desarrollo tanto de adolescentes como adultos –en forma personal y grupal- contamos con un Almacén de anécdotas, citas y afines que contiene un acervo bibliográfico peculiar en ensayo y crónica. Actualmente –y habrá que tomar en cuenta que estas cifras se van incrementando en forma permanente- el Almacén está integrado por:

·         una biblioteca de aproximadamente 4.000 volúmenes

·         7.000 anécdotas breves

·         más de 10.000 citas

En síntesis, contamos con un enorme archivo de citas, anécdotas, fragmentos de ensayos, debidamente clasificados y disponibles para ser utilizados de acuerdo a necesidades específicas. Alcanzará con saber en qué tema es el requerimiento para que inmediatamente, por medio de una búsqueda en nuestra base de datos, se obtengan textos pertinentes y significativos en relación al evento señalado.

Es posible argüir que esta búsqueda también se podría hacer por medio de internet, ¡claro que sí! Sin embargo existe una diferencia muy importante: las referencias de nuestro fondo documental han sido debidamente seleccionadas y evaluadas en cuanto a su pertinencia, mientras que las ofrecidas por un buscador suelen abrumar debido a su desmesura.

Como en los antiguos almacenes de barrio aquí tenemos de todo un poco en el ramo de anécdotas, citas y textos procedentes de una amplia gama de fuentes que refieren a muy distintas cuestiones (al decir de Carlos Monsiváis no nos han detenido las aduanas temáticas). A partir de ello podemos ofrecer un servicio de asesoría para proyectos en desarrollo, orientación bibliográfica, préstamo de libros.

Aun a sabiendas de que se trata de algo sumamente ambicioso, nos proponemos ayudar a constituir un público lector. Quisiéramos que algunos de los materiales incluidos en esta propuesta puedan motivar de tal manera que por allí se siga en el hilo de la curiosidad y la lectura.




  • LEER PARA VIVIR

Compartiendo el gusto por la lectura

Hay libros para todos los gustos: aventuras, urbanismo, jardinería, suspenso, amor (algunas de las cuales “terminan bien” y otras no tanto), política, cocina, historia, arte, religión, economía, etc. Algunas lecturas tienen que ver con el pasado, otras con el presente y también las hay que se refieren al futuro. Existen libros que tratan de países y continentes, tanto como acerca de una sola persona. Hay libros para casi todos los bolsillos: desde muy caros (por su contenido, excelencia en la edición o escasez en el mercado) hasta muy baratos (en ocasiones, regalados). Existen librerías de nuevos y de viejos.

Hay libros muy buenos y también los hay muy malos (en algunas circunstancias el fallo a ese respecto es casi unánime, en otras las opiniones son muy variadas). Hay textos que militan por la paz y el encuentro; otros que propagan guerras y discriminación. Es por ello que el lector debe estar en alerta; Giovanni Papini recomienda defenderse, leer a mano armada (con un buen lápiz) para ir marcando diversas señales de advertencia. Todo lector de alguna manera es escritor del libro que lee.

Es posible leer en: la escuela, la playa, la cama, el baño, el metro, el pesero…, hasta en el gimnasio es posible fortalecer simultáneamente el físico y la inteligencia.

Hay quienes prestan libros así como también están aquellos que jamás los devuelven.

El gusto por la lectura no se impone sino que se contagia.

Un espacio para asomarnos a otras vidas (tanto de personas como de personajes), visitar diferentes tiempos, reflexionar acerca de los sentidos de la existencia. Haremos nuestras las palabras de Umberto Eco cuando afirma que le dan lástima aquellas personas que sabiendo leer no lo hacen, dado que están condenadas a vivir una sola vida: la suya.

Un recorrido por diversos lugares y situaciones permite subrayar el valor primordial de la lectura en tanto actividad estética, reflexiva, lúdica, etc. Nos permitimos cuestionar el lugar común de que la lectura es aburrida al tiempo que se consideran diversas situaciones en que la lectura se convirtió en artículo de primera necesidad.

Por todo esto y por mucho más, es importante leer. Leer para vivir.




  • MIRAR-NOS CON OJOS AJENOS 

Una invitación al análisis y la reflexión a partir de pedacitos de historia

El propósito general de esta propuesta se cifra en poner a disposición reflexiones, sucesos e historias (del acontecer nacional e internacional; del pasado y del presente) que ameritan hacer una pausa en el camino. Afirma el dicho: “pasar sin ver”, pues bien, la invitación aquí va en sentido contrario: reivindicar no sólo el derecho sino también la necesidad de mantener despierta la capacidad de asombro así como en buen estado la capacidad de respuesta.

La importancia de la narrativa en la construcción permanente de la propia vida, que también constituye un relato, es determinante. De ahí que recurramos a ella.

Es así que hemos retomado las huellas de notables escritores, artistas y cronistas que con sus análisis y testimonios proponen diversas maneras de comprender las realidades.

Un espacio para asomarnos a otras vidas, visitar diferentes tiempos. Dispuestos a defender nuestra capacidad de asombro vamos detrás de situaciones que por un lado u otro tienden un puente entre lo remoto y lo cercano; entre lo ajeno y lo propio. No se trata de rehuir de los temas de actualidad pero tampoco considerarlos como los únicos merecedores de nuestra atención.

Hemos seleccionado un conjunto de lecturas breves que nos llevan de viaje por diversos paisajes de la vida. Así, poco después de visitar la alegría llegaremos al borde de las lágrimas; de tierra firme al mar; de lo chusco a lo serio; de lo próximo a lo lejano; del pasado al presente.

Este acto de magia será posible gracias a los escritores que, en su calidad de artesanos de la palabra, nos ofrecen el resultado de su trabajo. Cabe señalar que nuestra labor únicamente se limitó a seleccionar textos que ojalá y sean de su agrado.

Transitaremos entre diferentes saberes: historia, literatura, filosofía, psicología, educación, comunicación, etc., ya que hemos reunido gran variedad de acontecimientos entre los que hay –como dice el tamalero- de chile, de dulce y de manteca. Vamos hacia donde la vida nos tiene reservados algunos mensajes a descubrir.

                                                      gemendive@yahoo.com.mx

                                                             5541262798 CDMX

jueves, 22 de agosto de 2019

Alfred Polgar y el Café Central/2


Retomamos la extraordinaria crónica de Alfred Polgar en un artículo de 1926 titulado “Teoría del Café Central” (traducción y compilación de Francisco Uzcanga Meinecke), cuando se refiere al vínculo que mantienen los clientes entre sí.

Los clientes del Café Central se conocen, se estiman y se desdeñan. Incluso aquellos a los que no une ningún lazo perciben esta no-relación como relación –la aversión mutua tiene también un efecto aglutinante-, y la reconocen y la practican como una especie de solidaridad masónica. Cada uno sabe de los demás. El Café Central es una aldea provinciana en el seno de la gran ciudad, rebosante de cotilleos, intrigas y maledicencias. Yo diría que los clientes habituales viven en el Café Central como los peces en el acuario, el uno girando en torno al otro, en un espacio reducido, siempre ocupados pero sin objeto, entreteniéndose insustancialmente en la equívoca refracción del medio, llenos de expectativas pero temerosos también de que alguna vez pudiera caer algo nuevo dentro de la pecera, en ese fondo marino artificial, algo que con semblante serio pretendiera jugar a ser “mar” y -¡Dios nos libre!, eso sería la perdición- tratara de transformar el acuario en una oficina bancaria.
Los peces del Central, que comparten durante tantas horas de su vida un par de metros cúbicos de espacio vital, no tienen ya, evidentemente, ningún tipo de recato, ni tampoco secretos. El verdadero centralista vive abiertamente la vida privada de los demás y no encubre la propia. Esto crea en el café –respaldado por la tendencia lugareña a burlarse de sí mismo y a vocear con ligereza las debilidades propias- una esfera de sociabilidad etérea en la que se marchita y extingue cualquier forma de mojigatería. Hay clientes del Central que pasean su desnudez psíquica sin miedo a que tamaña debilidad, infantil e inocente, sea malentendida como algo impúdico. Atento a este rasgo paradisíaco del natural de sus clientes habituales, el propietario hizo traer hace unos años una palmera al local. Pero a la hija de Levante no le sentó bien el clima del lugar, a pesar del carácter marcadamente oriental de éste. Acabó hecha miles de pedacitos que fueron luego utilizados en la cocina como combustible o como granos de café (los expertos siguen sin ponerse de acuerdo en ese punto).

No solo el café como bebida sino también el establecimiento –sostiene Polgar- crean adicción en el habitué, en especial entre distinguidos personajes de la vida cultural.

Los únicos que disfrutan de los particulares encantos de este singular café son aquellos que simplemente quieren estar ahí. La ausencia de fines justifica la estancia. Quizá al cliente no le agrade el local ni la gente que lo ocupa bulliciosamente, pero su sistema nervioso le pide una dosis diaria de Centralina. Esto no se puede explicar recurriendo a la fuerza de la costumbre, ni tampoco argumentando que el centralista, como el asesino que vuelve al lugar del crimen, acaba siempre retornando al sitio en donde ha matado tanto el tiempo, consumido tantos años. ¿Cuál es entonces la explicación? ¡El fluido! Tan sólo se me ocurre esto: ¡el fluido! Hay escritores que son incapaces de cumplir con su tarea diaria en ningún otro sitio que no sea el Café Central; sólo ahí, entre las mesas ociosas, encuentran dispuesto su escritorio de trabajo, sólo ahí, envuelta en esta atmósfera indolente, puede fructificar su desidia. Hay artistas incapaces de crear nada en el Central, y todavía menos en cualquier otro lugar. Hay poetas y otros industriales que sólo tienen ocurrencias lucrativas en el Café Central; hay estreñidos a los que sólo ahí se les abre la puerta de la liberación; inapetentes eróticos que sólo ahí sienten hambre; mudos que sólo en el Central encuentran su habla, o la de otro; avarientos cuya glándula pecuniaria sólo ahí está en condiciones de segregar.

De acuerdo con Alfred Polgar, el Central es una especie de templo secular que vive en función de lo esporádico, del momento, del diario acontecer.

Este enigmático café consigue apaciguar en el alma de sus desasosegados visitantes algo que yo llamaría “malestar cósmico”. En este templo de relaciones laxas se relaja también el vínculo con Dios y con las estrellas, la criatura se libera de las cadenas que lo atan al universo e inicia con la Nada un escarceo esporádico, sensual, sin ataduras; las amenazas de la eternidad no alcanzan a traspasar las paredes del Central, y entre ellas es posible disfrutar de la dulce indolencia del momento.
Sobre la vida amorosa en el Café Central, sobre el ajuste de los desequilibrios sociales, sobre las corrientes literarias y políticas que bañan sus costas deshilachadas, sobre los sepultados vivos en la caverna del Central, que esperan ansiosos su exhumación confiando en que nunca se lleve a cabo, sobre la mascarada de chanzas y boberías que convierte las noches del local en bailes carnavalescos, sobre esto y sobre otras cosas cabría contar mucho más. Pero aquel que se interesa por el Café Central lo sabe de todos modos, y quien no muestra ningún interés deja de ser interesante para nosotros.

Concluye Polgar poniendo de relieve la singularidad del Central: “Nunca encontraréis un sitio igual. A él se le puede aplicar lo que escribió Knut Hamsun sobre Cristianía en la primera frase de su inmortal Hambre: ‘Nadie la abandona sin llevarse impresa su huella’.”

martes, 20 de agosto de 2019

Alfred Polgar y el Café Central/1


Quienes la conocen atestiguan que, entre muchas otras cosas, la ciudad de Viena se distingue por sus cafés tradicionales en los que se han dado cita exponentes de la cultura, la vida política y la bohemia. Lugar especial ocupa el Café Central fundado en 1876, que -después de varios años de interrumpir su servicio- continúa abierto en otra instalación. Señala Gloria Torrijos que “muchos intelectuales vivían prácticamente en esos locales: entraban ya por la mañana llevando del brazo el atuendo que se iban a poner para la noche y se cambiaban en un reservado cuando llegaba la hora de salir del local (…)”

La época dorada de los cafés fue a fines del siglo XIX y comienzos del XX. La predilección por uno u otro –continúa Torrijos- era a gusto de cada quien.

[Peter] Altenberg, "el poeta sin casa", como le denomina el escritor Claudio Magris en su libro El Danubio, vivía física y literalmente en el Central, por ello, desde hace décadas una figura que le representa, realizada en papel maché, está sentada frente a la puerta, como si estuviera atenta a la entrada y salida de clientes. Es tan realista, que hay personas, especialmente turistas, que al encontrárselo nada más entrar y verle mirando fijamente, creen que es una persona, quizá perteneciente al local, y le saludan o se despiden de él al pasar por su lado sin advertir que es una escultura.

Alfred Polgar en un artículo de 1926 titulado “Teoría del Café Central” (traducción y compilación de Francisco Uzcanga Meinecke) presenta una crónica -como para alquilar balcones- acerca de dicho recinto, en la que subraya la acción recíproca de la impronta que el café marca en sus clientes y la que éstos imprimen al local.

Y es que el Café Central no es un café como los demás; es más bien una forma de contemplar el mundo, una cosmovisión, si bien una cuya íntima esencia es precisamente no contemplar el mundo. Porque ¿qué hay que contemplar? Pero de eso hablaré más adelante. Una cosa sí es empíricamente incuestionable: no hay nadie en el Café Central que no lleve en sí mismo una porción del Central, es decir, nadie en cuyo espectro luminoso no se vea reflejado el color del Central, una mezcla de gris ceniza y verde ultrachillón. Si el lugar se ha adaptado a las personas, o han sido más bien éstas las que se han adaptado al lugar, es objeto de controversia. Yo sospecho que se trata de una acción recíproca. “No eres tú quien está en el lugar; el lugar está en ti”, dice Angelus Silesius, el Peregrino Querubínico [poeta religioso alemán, 1624-1677, autor de epigramas y rimas de naturaleza contemplativa y mística]. (…)
Una atmósfera que determina el clima intelectual de este espacio, un clima muy peculiar en el que sólo prospera una suerte de ineptitud vital que preserva a su vez esa misma incapacidad de vivir. La impotencia ejerce aquí su poderío más genuino, aquí maduran los frutos de la infertilidad, y la falta de propiedad devenga intereses. Sólo un verdadero centralista es capaz de captar todo esto en su justa dimensión; un centralista encerrado en el café y que experimenta la sensación de haber sido empujado a la vida áspera, entregado a las circunstancias impredecibles, a las anomalías y a la crueldad de los desconocido.

Polgar observa que muchos parroquianos –en notable paradoja- concurren al café en búsqueda de soledad.

El Café Central está ubicado bajo el grado de latitud vienés, en el meridiano de la soledad. Sus habitantes son, en la mayoría de los casos, personas cuya misantropía es tan intensa como su anhelo por relacionarse con los demás; personas que quieren estar solas pero que para ello necesitan compañía. Su mundo interior requiere una capa de mundo exterior a modo de cubierta protectora, sus voces temblorosas no pueden prescindir del respaldo del coro. Son naturalezas difusas, sumidas en el desamparo en cuanto sienten esfumarse la certeza de ser parte del conjunto (al cual contribuyen a dotar de color y sonido). Esta sensación no se la proporciona al centralista ni su familia, ni su trabajo, ni su partido: aquí interviene el café como sustituto de la totalidad, invitándole a sumergirse y a disolverse en él. Es por ello comprensible que sobre todo las mujeres, incapaces de estar solas, sientan debilidad por el Café Central. Un lugar para personas conscientes de que su destino es abandonar y ser abandonadas, pero que carecen de temple para aceptarlo. Un asilo para aquellos que necesitan matar el tiempo y evitar que el tiempo les mate a ellos. El dulce hogar de quienes odian el dulce hogar, el refugio de personas casadas y parejas de enamorados que huyen de la angustia de la convivencia plácida, una casa de socorro para desgarrados que pasan allí toda una vida buscándose a sí mismo y escapando de sí mismos, escondiendo la parte fugitiva de su yo tras un diario extendido, tras conversaciones insulsas y juegos de naipes, y adjudicando a la parte persecutoria de su yo el papel de avefría que ha de cerrar el pico. El Café Central es como una organización de desorganizados.
En este bendito espacio, a cualquier individuo medianamente indeterminado se le atribuye personalidad –siempre que permanezca en el recinto del café puede cubrir con este crédito sus expensas morales-, y a todo aquel que muestre desprecio por el dinero del prójimo se le ciñe la corona del antiburguesismo.

Asimismo el café tiene lazos indisolubles con la anécdota, ya que la vida es captada a través de sus pequeños fragmentos. “El centralista vive parasitariamente de la anécdota que circula en torno a él. Esto es lo más importante, lo esencial. Todo lo demás, las peripecias de su existencia, es letra pequeña, son aderezos, ornamentos, y pueden ser omitidos.”

En el próximo artículo seguiremos con el tema.

jueves, 15 de agosto de 2019

Caín y la inseguridad pública


El comentario se ha vuelto un lugar común y con pequeñas variantes desde diversas fuentes se recurre al libro del Génesis para relativizar la sensación de inseguridad pública que se vive en nuestro tiempo.

El padre Joaquín Antonio Peñalosa se refería a ello en su libro Humor con agua bendita (1977).

-Hermanos, predica el sacerdote en la misa dominical, el mundo no anda tan mal como muchos piensan. Acuérdense que en la época de Abel y Caín había un cincuenta por ciento de asesinos.

Más recientemente, en términos similares, Martín Caparrós aludía a ello en una de sus crónicas sobre la ciudad de Río de Janeiro.

José Siqueira, el Secretario de Seguridad Pública de Río, acaba de decir que puso 12.000 policías en la calle y que no hay que exagerar con eso de la inseguridad, que la ciudad es mucho menos violenta que el Paraíso.

-Nosotros tenemos 6 millones de habitantes y el año pasado hubo 6.000 homicidios. En el Paraíso había 4 habitantes; cuando Caín mató a Abel, la criminalidad alcanzó al 25 por ciento de la población.

Finalmente, Carlos Martínez Vázquez dio un pequeño giro a la cuestión. 

El amarillismo es tan viejo como la humanidad. Todos sabemos acerca del argüende entre Caín y Abel; pero nadie está interesado en la vida de Set. 

Nada nuevo bajo el sol.

martes, 13 de agosto de 2019

El ostracismo de André Gide


Vivir supone atravesar peligros, los hay en la permanencia pero también los hay en el cambio. André Gide –de acuerdo a la crónica de Homero Alsina Thevenet- optó por el segundo camino.

André Gide fue el ejemplo más complejo y ruidoso del escritor comprometido. Fundador de la Nouvelle Revue Francaise, figura principal de la editorial Gallimard, con un prestigio literario mantenido durante décadas, Gide personificaba al escritor exigente y honesto que no transaba con modas y que documentaba sus posturas individuales en los famosos Diarios, que fueron también su vocación y un testimonio de su permanente autocrítica. Así que Gide sorprendió en 1931-1932 con su adhesión pública a la causa soviética: "si fuera necesaria mi vida para garantizar el éxito de la URSS, la daría en el acto", escribió a los 63 años. 

Sin embargo –prosigue Alsina Thevenet- decidido a ver lo que había y no lo que hubiese querido ver, llegó el cambio radical en su punto de vista.

La explosión ocurrió poco después, cuando Gide publicó en Francia su Regreso de la URSS (1936), un pequeño libro de 73 páginas que recogía sus muchas reservas: las colas de gente y la pobreza, toda la información transformada en propaganda, una subordinación de escritores y artistas al Estado, los privilegios irritantes de quienes estaban en el poder, un nuevo despotismo que suplantaba al de los zares. 

Por supuesto que André Gide sabía lo mucho que se jugaba, era consciente –según lo consigna Alsina Thevenet- que las acusaciones en su contra no tardarían en llegar. 

Antes de la publicación del libro, que con ocho reediciones llegaría a 146.300 ejemplares en un año, Gide vaciló mucho. Algunos amigos, y Malraux en particular, le señalaban que el libro perjudicaría a la causa soviética cuando ésta era necesaria durante la guerra civil española.

Llegado el momento crucial optó por no callar, por hacer frente al precio que este cambio ideológico le implicaría.

Pero Gide resolvió cumplir con su conciencia, prolongó aquel libro con otro (Retoques a mi regreso de la URSS, 1937) y aceptó convertirse en una No-Persona, ignorado por algunos amigos de ayer, insultado por comunistas. Ese ostracismo interno se mantuvo durante los difíciles catorce años siguientes. 

Los costos por su determinación los pagó en vida y más allá de ella, tal como concluye Homero Alsina Thevenet 

Cuando falleció en 1951, el periódico comunista L’Humanité anunció perversamente que “Acaba de morir un cadáver”.



Las preguntas quedan flotando: ¿cuántos fueron los que no quisieron o no pudieron ver lo evidente y conservaron su mirada en el ideal, en el deber ser?, ¿cuántos viendo las cosas tal como eran decidieron callar para no tener que pagar los costos personales que aquello les significaría?, ¿cuántos que vieron lo que sucedía valoraron que al denunciarlo estarían favoreciendo al capitalismo en general y a Estados Unidos en particular, por lo que optaron por llamarse penosamente a silencio?