jueves, 3 de julio de 2014

Los anticuarios


Para quienes no son iniciados en el oficio resulta muy difícil comprender la pasión con que los anticuarios persiguen a sus presas, al tiempo que suponen un verdadero derroche las energías, el tiempo y el dinero invertido en ello.

Pero todo es cuestión de pedir permiso y aproximarse a los sentires del anticuario; basta conocer más de cerca sus motivos, para empezar a entender de qué se trata. Esta oportunidad llega por medio de Álvaro Armero (Por eso coleccionamos. Sensaciones de una pasión fría. Sevilla, Renacimiento, 2009) quien cita la conferencia pronunciada por Santiago Rusiñol en el Ateneo de Barcelona, la noche del 21 de enero de 1893. Sostiene que el anticuario debe ser un buen maniático.

Los maniáticos, esos, son de entre la clase, los que mejor disfrutan de la incurable manía y son los anticuarios auténticos. Los que aman lo bello por el mero hecho de serlo y lo encuentran en el testamento artístico del pasado; los que sienten en sus obras el encanto del color y la forma, aunque padezcan algunas amarguras debidas a tan extraña pasión, sienten deleites mayores cuanto mayor es el mal y de más refinamiento.

Aun viendo un mismo objeto –afirma Rusiñol- la forma en que lo aprecia un anticuario y un ignorante en la materia es totalmente diferente.

El placer que causa a la vista y al mismo tacto, un viejo objeto dorado por el oro del tiempo, artístico y realmente bello, no es posible serlo sin ser de esos últimos fanáticos. No es posible saber lo que llega a traducir el devoto de lo antiguo allí donde el mísero indiferente no ve más que telarañas y polillas. No parece sino que el aire, el sol, el viento y la lluvia de los siglos, han trabajado con pausa, labrando una pátina para darles un gustazo que no puede disfrutar quien no comprende esas caricias del tiempo; que el misterio de una iglesia con su velada y dulcísima claridad ha teñido los objetos de cariñosa manera para dar una nueva sensación, que no puede adivinar quien no esté iniciado en estas santas locuras; que las simples obras de artífices han subido a obras de arte para darnos a admirar maravillas vueltas reliquias y que el tiempo nos conserva, dándonos como regalo lo que el tiempo ha guardado con tino y aumentado el valor a nuestros ojos en pago de nuestro afecto.

Será el transcurso del tiempo (que cuenta con tan mala prensa en nuestros días) quien aporte el valor agregado tan caro (en ambos sentidos) al amante del pasado. Seguramente por ello, permítasenos la digresión, cuenta James Aldreen


Agatha Christie, la célebre escritora de novelas policíacas, vivía la mayor parte del tiempo en Bagdad, donde su marido, que era arqueólogo, estaba haciendo importantes excavaciones.
-Un arqueólogo -decía ella completamente convencida- es el mejor de los maridos para cualquier mujer: cuanto más vieja se pone, más se interesa en ella.

Pero volvamos a Rusiñol y su referencia al coleccionista de objetos de abolengo ilustre.

Sabe un coleccionista auténtico, que un vidrio, un pedazo de tela, un hierro, un objeto cualquiera acabado de nacer, puede llevar en sí el germen de la belleza, el pensamiento entre líneas, el contacto genial; pero encuentra que le falta la veladura que le irán imprimiendo el misterio de los años, el roce que al suavizar las líneas le abrigue con ese algo, que es como la niebla plástica que envuelve en aureola a los objetos; la dulzura del modelado que sólo alcanza a dar la sucesión de muchos siglos. Que le falta, además, al objeto recién nacido, la autoridad de la obra madurada, que le falta sobre todo el abolengo ilustre, adquirido en la eterna e imperecedera evolución que todo sufre en el mundo. Esto ama el coleccionista.

Otro aspecto muy valorado por parte del coleccionista es la dificultad que tuvo para hacerse de una pieza determinada. Lo improbable, fortuito o trabajoso que fue lograr su objetivo. Ni se diga cuando supone que de no haberse contado con sus afanes, aquel objeto se hubiese perdido irremediablemente y para siempre. Es así, continúa Rusiñol, que cada cosa tiene su historia y el coleccionista gusta de hacérsela saber a quien esté dispuesto a escucharlo.

Pero más que esto y más que el valor de la obra, lo que le agrada a sus ojos, es el hecho de haberla recogido por sus manos, de haberla salvado de una destrucción segura, de haberle evitado el destierro de la patria y de tenerla bajo su amparo. Los objetos encontrados en medio del abandono, son los mimados del amante de esas cosas, los ama y los considera como inválidos gloriosos de la eterna batalla de la moda, recogidos llenos de heridas; despojos del olvido y la ignorancia, que guarda como trofeos, bálsamo que calma la fiebre de que hablaba Gavarni; aquella ansia, rayando en la codicia de tesoros hasta entonces perdidos para el mundo, cuyo hallazgo constituye un placer tan sólo comparable a la resurrección de un muerto ilustre. (…)
Así como el viejo calavera siente deseos de explicar las conquistas de su tiempo y el veterano las batallas de su época, también nosotros tenemos la cuerda triste de contar como un viejo cerrojo o un gótico llamador ha caído en nuestras manos y en virtud de que medios y tropiezos. Si de todos pudiéramos saber su vida íntima, si tuviera el poder de hacer narrar a esos pedazos de hierro lo que han visto en su larga estancia en este mundo, oiríamos historias que nos harían gozar y estremecer al mismo tiempo. (…)
Para tener en veneración un objeto, hay que haberle hecho la corte, haberlo deseado desde tiempo y así se le estima en proporción de los trabajos y sinsabores que cuesta.

Pero no vaya a creerse que en estos tiempos de vértigo los anticuarios constituyen una especie en riesgo de extinción, por el contrario gozan de muy buena salud. Álvaro Armero proporciona un ejemplo de ello

En el 8 de King Street, en el barrio londinense de St. Jame, se subastaron en 2006, las cinco vigas de la Mezquita de Córdoba, las autoridades eclesiásticas españolas intentaron sin éxito buscar la fórmula para frenar la venta de los sagrados andamios; el valor de cada viga oscila entre 148.000 y 445.000 euros. El tema de su autenticidad y procedencia desató una gran polémica, a pesar que no es la primera vez que “los históricos maderos” se ofertan en el mercado londinense.

Se supone que antes de abonar semejantes sumas el coleccionista está totalmente seguro de la autenticidad de las piezas, pero y si…

No, mejor ni pensarlo.

martes, 1 de julio de 2014

El Hombre del Corbatón


Siempre han existido –afortunadamente existen y existirán- personas que deciden apartarse de los caminos más concurridos y construir su propia vereda de vida; tal fue el caso del Hombre del Corbatón, personaje típico de la primera mitad del siglo XX. Por aquellos entonces parte del centro de la ciudad de México coincidía con el llamado Barrio Estudiantil. Carlos Monsiváis recrea aquél ambiente
El antiguo Barrio Estudiantil es todavía, a principios de la década de 1950, el espacio para difundir conocimientos disfrazados de tradiciones urbanas. ¿Qué es el Barrio? El espacio donde por siglo y medio se congregan los escritores, los músicos, los pintores, los escultores, los teatristas. Allí se concentran las academias, los estudios de pintores y músicos, las grandes librerías...y, también necesariamente, a partir de las ocho o nueve de la noche, allí florecen las cantinas y los cabarets aclamados y “adecentados” por el cine. (…) En el Barrio Estudiantil se refugia la especie hoy extinta, los Personajes de la Ciudad.
A la ausencia de grandes museos la compensa el tableau vivant, el museo de leyendas en vida. En San Juan de Letrán (…) se ve el Fantasma del Correo, una anciana rigurosamente pintada que reparte sus encantos imaginarios. En los cafés de Bolívar departen los exiliados españoles y el Hombre de Corbatón, defensores sin paga de los pobres encarcelados, el tipo de bohemio despedido del coro de La Traviata.


El Hombre del Corbatón fue un verdadero Quijote del Derecho, defensor de presos de humilde condición que la injusticia de antes –al igual que la de ahora- había conducido a la cárcel. Armando Fuentes Aguirre, Catón, lo evoca con afecto.

Lo recuerdo como un sueño dentro de otro sueño. Era ya anciano ese hombre; lucía un gran sombrero de ala ancha, de los llamados chambergos, que apenas dejaba ver su cabellera blanca, y llevaba una enorme corbata de moño formada por una banda negra que se anudaba en torno de su cuello y le caía sobre la blanca pechera de la camisa.
-Es el Hombre del Corbatón —me dijo alguien.
Personaje señero de la Ciudad de México, el Hombre del Corbatón era conocido por la defensa que hacía de pobres reos de quienes ni siquiera se ocupaba el defensor de oficio. Él los buscaba en las cárceles de la ciudad, averiguaba la justicia de su causa —¡tantos inocentes había en la prisión!— y luego tomaba su defensa sin cobrarles un centavo, sólo por la satisfacción de ayudar a aquellos infelices.
No era abogado, pero en materia penal cualquiera podía litigar, y el Hombre del Corbatón lo hacía con la habilidad del más sabio letrado. Su arma principal era alegar la legítima defensa. (…)
Acabo de leer la autobiografía de El Hombre del Corbatón. Hermoso libro es éste, publicado en 1945. La edición es modesta, modestísima, pero el libro vale oro, igual que el hombre que en él puso sus recuerdos.
Se llamaba José Menéndez. Español, nació en 1876 en Luanco, un pueblo perteneciente a Asturias, cerca de Pravia. (…)
Jovencito, Menéndez fue a Cuba, y de ahí pasó a México. Se enamoró de este país y se quedó a vivir ya para siempre en él.

Por otra parte Marcial Fernández agrega algunos datos acerca de sus primeros tiempos en México y de cómo surgió su vocación de litigante.

Aún sin cumplir lo que hoy se considera la mayoría de edad, José Menéndez llegó al puerto de Veracruz y, en Villahermosa, Tabasco, probó suerte en una compañía teatral ambulante y, más tarde, con tres centavos en el bolsillo, viajó a la ciudad de México, en donde logró sobrevivir de limosnero mientras que, por las noches, dormía en una de las bancas de la Plaza de la Constitución.
Su vida de vagabundo terminó cuando la policía detuvo, por un pleito en la calle de Dolores, a un torerillo amigo suyo. Ese día José Menéndez cayó en cuenta que su mera simpatía y labia (la de él, no la del torerillo) eran suficientes para litigar en este país, de manera que, sin licencia de abogado, empezó a liberar a delincuentes menores, prostitutas, prostitutos, escandalosos en la vía pública y gente del pueblo en desgracia.
La fama de José Menéndez se hizo patente, sin embargo, cuando entre 1908 y 1909 sacó de la cárcel al banderillero español José Traverso Marinerito, asesino del matador de toros gaditano y, a la postre, picador a las órdenes de Rodolfo Gaona, Sebastián Chávez Chano, alegando la “legtítima defensa” del inculpado, lo que se convirtió en palabras del propio Menéndez, en el “ábrete sésamo” de su vida. (…)
Durante la Presidencia de Álvaro Obregón, un abogado allegado al General quiso que se le aplicara al asturiano el Artículo 33 constitucional por ejercer la abogacía sin título profesional, pero cuando El Hombre del Corbatón estaba a punto de ser deportado, la gente del pueblo armó tal escándalo que el Presidente comentó:
“¿Quién es este Menéndez por el que me suplica todo el mundo? Cuando expulsé al Delegado Apostólico no vinieron más que los de la Mitra a impetrar por él…”.


Del mismo modo que sucede con otras tantas anécdotas, existen diferentes versiones de este mismo hecho, tal como la que relata Francisco Burgoa


(…) alguien le informó al Presidente Obregón dicha situación y él sabedor de su fama, preguntó el motivo por el cual lo iban a expulsar del país y le dijeron: “Señor Presidente, es necesario que se vaya de México 'El Hombre del Corbatón' porque se dedica a defender prostitutas!!!” Al escuchar lo anterior, el Presidente Álvaro Obregón, respondió: “a chingá, entonces qué es lo que desean??? Qué se ponga a defender a las diez mil vírgenes???” y dicho esto, José Menéndez se quedó en nuestro país para seguir con su encomiable proceder.

Eso sí, en todos los casos el final es el mismo: el Hombre del Corbatón permaneció en México y siguió litigando a favor de los más desprotegidos. Francisco Burgoa quien se refiere a él como “un artista del derecho por su forma de vivir, su filosofía y su amor a la justicia”, aborda otros rasgos del personaje


El abogado Menéndez (…) era ampliamente conocido en el tristemente célebre Palacio Negro de Lecumberri y en la Cárcel de Belén por la loable acción –y vocación- de defender gratuitamente a los presos que ahí se encontraban. En cierta ocasión llegó un joven que recién acababa de obtener su título de Licenciado en Derecho y se presentó con tono burlón ante “El Hombre del Corbatón”, para hacerle mofa de que él no contaba con título profesional y pretendiendo irse inmediatamente, se despide el joven abogado diciéndole sarcásticamente a José Menéndez: “Adiós abogado sin título” a lo que éste le respondió al instante, haciendo alarde de su astucia: “Adiós título sin abogado”. (…)
José Menéndez decía: “Amo a España como mi primera novia que conturbó mis quince años. Amo a México como la esposa con la que se han tenido los hijos de la carne. El primer amor es difuso, estático, lejano, pero no menos profundo; el segundo es dinámico, vivo, anclado en los soterrados del alma. Son dos amores diferentes y una emoción verdadera”. (…)
“El Hombre del Corbatón” nos dejó una gran reflexión cuando dijo que “el dinero y el poder terminan siempre por corromper al hombre y lo hacen infeliz y tiránico, pues son pocos los que realmente saben utilizarlo sabiamente” y para corroborar lo anterior, decía: “pienso como (Giovanni) Papini: el dinero es el excremento del diablo”. Se dice que los pocos centavos que ganaba, los invertía en el pago de fianzas y cauciones de los reclusos pobres.

Dada su precaria condición económica, comenta Rafael Solana, todas las noches dormitaba en un sillón rodeado de cajas en el teatro Ideal. Y añade Solana que con él muere en 1959 un “último bohemio” (amenaza que felizmente no se hace realidad porque siempre aparece alguien dispuesto a ser otro último bohemio).

Finalmente un dato sorprendente. En la búsqueda de información para estas notas encuentro en internet que:

El Titular de la marca EL HOMBRE DEL CORBATON es:
Televisa, S.A. De C.V.; MX; Vasco De Quiroga # 2000, Col. Santa Fe Zedec. México, D.F.. 01210, MEXICO

Fechas de registro EL HOMBRE DEL CORBATON son:
Concesión: 2005-08-30   Presentación: 2005-07-18   Expediente: 728928 

Cosas veredes…

jueves, 26 de junio de 2014

El peligro de las revoluciones exitosas


Con innumerables ejemplos la historia muestra que tanto las revoluciones como los movimientos rupturistas y de vanguardia luego que triunfan y pasan a ser oficialistas, se ven amenazados por su propia decadencia. Para el caso puede ser ilustrativa la anécdota que narra Leopoldo Zincunegui

(Durante la Revolución Mexicana) el famoso capitán Trujillo, de las fuerzas del general Diéguez, en cierta ocasión se presentó a su Jefe indicándole que pensaba marcharse para su tierra.
-Pero hombre –le dijo Diéguez en tono paternal- ¿qué paso contigo? ¿Es que no te gusta andar en la bola?
-¡No, Jefe! no es que no me guste el “borlotito”, pero la verdad es que esto no tuvo chiste… ¡Ya esta Revolución degeneró en Gobierno!

Revoluciones sociales, artísticas, educativas después de pasar por su momento de auge fueron portadoras de su propio declive. Elie Wiesel (Retratos y leyendas jasídicos) afirma que no hay nada que corrompa tanto a los movimientos revolucionarios como los éxitos. En su análisis intenta comprender este proceso degenerativo mediante la identificación de diversas generaciones de revolucionarios “(…) luego de la primer guardia, la de los puros, viene, en segundo término, la de los pioneros. La tercera, combate por costumbre, la cuarta, por inercia.” De esta manera. lo que en un momento fue innovador se transforma en costumbre y poco a poco se va perdiendo la fuerza de los inicios. Tomando una expresión que proviene del mundo empresarial, es posible afirmar que los procesos revolucionarios también son afectados por su zona de confort y es cuando de acuerdo con Wiesel  

Lo esencial cede a lo superficial, el fin a los medios. Ya no se combate en las alturas, ya no somos portadores del impulso. Es combate por un título, por una posición. Se reemplazan las ideas por celebridades, los ideales por fórmulas. Es el destino de toda aventura, ninguna sorpresa es eterna, ninguna pasión dura. Al alba, la noche habrá tragado a sus profetas. Ninguna escuela ha conseguido mantener vivo el soplo y la primera visión de sus precursores, la rigurosa exigencia de sus fundadores. Nada es más difícil que salvaguardar el sueño una vez que ha dado impulso a la materia. Nada tan peligroso para la victoria, comprendida la del espíritu, que la victoria misma.

El entusiasmo que concita la revolución triunfante anticipando un horizonte de cambios y transformaciones esperanzadoras es tal que, con frecuencia, inhibe el juicio crítico haciendo que la mirada pierda rebeldía y se vuelva complaciente. Así lo innovador deviene en conservador y la vitalidad se burocratiza.  Y es que tal como concluye Wisel: “No se gana impunemente. Hay que pagar por las batallas ganadas, y nuestra inocencia es a menudo el precio. Cualquiera sean los triunfos, terminan siempre por engendrar situaciones que los ponen en duda.”

A nivel teórico (donde el concepto de revolución permanente se impone al de revolución institucionalizada) el tema adquiere una claridad que se encuentra muy distante del acaecer.

Tal vez haya algo de razón en el viejo aforismo que –con aire conservador- sostiene que es más fácil ser oposición que ser gobierno.

martes, 24 de junio de 2014

El grito controversial


En los estadios donde se juegan los partidos de futbol mexicano se ha vuelto costumbre que en los instantes previos a que el portero del equipo contrario haga el despeje, la hinchada grite: “eeeeeeeeh… ¡puto!” El Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación ha exigido a la Federación Mexicana de Futbol que tome las medidas adecuadas para terminar con esos gritos que atentan contra los derechos de las personas homosexuales. Una nota de Héctor Alfonso Morales publicada en El Universal el 18 de marzo de este año se refiere al tema.
 

“Nos parece que así como hay expresiones racistas que no se deberían aceptar, porque son discriminatorias, igualmente los gritos homofóbicos lo que buscan es intimidar y denigrar al portero o al equipo contrario, pero en realidad denigran el deporte”, señala Ricardo Bucio Mújica, presidente de la Conapred. “En ese sentido sí hay un equívoco y una omisión permanente de las directivas [de los clubes] y de la Federación [Mexicana de Futbol]. Ésta es una situación que puede degenerar en violencia”.
Por eso, Bucio recomienda emprender campañas preventivas y correctivas para frenar este fenómeno, generalizado en los recintos del balompié nacional.
“Se tendría que dar un cierto aviso a la tribuna, porque tiene una afectación concreta en la vida de las personas, no es un tema inocuo”, lamenta el titular del organismo contra la discriminación. “Hay una carga de desprecio, de minusvaloración en esta expresión colectiva en el estadio”. (…)
Sin embargo, en el Reglamento de Sanciones de la liga mexicana  no se señala explícitamente a la homofobia como un tipo de discriminación, al sólo referirse al racismo.
 

Según algunas fuentes el origen de esta costumbre tuvo lugar hace poco más de diez años en la ciudad de Guadalajara y después se hizo presente incluso en los Campeonatos Mundiales de Alemania (2006) y Sudáfrica (2010); tal es lo que se precisa en http://www.fanbolero.com/2012/10/el-origen-del-eeeeeeh-puto/


Los primeros inicios del grito dicen ser de Guadalajara, por ahí del año 2003, poco después de que Oswaldo Sánchez regresara a la ciudad a jugar con las Chivas, venía del América (…) y antes había estado en el Atlas. Lo que se dice es que los aficionados tapatíos estaban enojados con él (por traidor) y se lo quisieron hacer saber cada que cobraba un saque de meta.
Ahora, no es como que de la nada se les ocurrió, el grito de “puto” se usaba desde antes, cuando se decía la alineación visitante, se escuchaba la palabra tras oír cada jugador del equipo rival, este intensificándose más con alguien que era particularmente odiado por la afición.

 
El tema cobró amplia difusión durante el Campeonato Mundial de Brasil cuando la FIFA amenazó con sancionar a la selección de México por ese grito que brota de las tribunas ocupadas por su hinchada (y que comenzó a ser copiado por la torcida brasileña). Una nota de prensa da cuenta de ello.

 
Por supuestas conductas racistas y homofóbicas, aficionados mexicanos están en la mira en el Mundial de Brasil 2014.
De acuerdo a información de dos medios de comunicación ingleses, la FIFA ya habría iniciado un proceso disciplinario contra México debido a “conductas impropias” de su afición durante los partidos que el Tricolor ya disputó en la Copa del Mundo, ante Camerún y Brasil, en Natal y Fortaleza respectivamente.
(…) la Selección Mexicana estaría en riesgo de ser sancionada por supuestos actos homofóbicos de su público, al igual que la Selección Brasileña.
Brasil y México “podrían enfrentar un castigo por el comportamiento ‘homofóbico’ de sus aficionados, después de que se les informó a los oficiales de FIFA del uso grito de ‘Puto’ durante su partido correspondiente al Grupo, en la ciudad de Fortaleza”, publicó el diario inglés The Telegraph, en su versión web.


Difícil imaginar cuáles serían estas sanciones y cómo debería actuar la Federación Mexicana de Futbol para suprimir ese grito. Cualquier castigo en este sentido haría responsable al órgano rector del balompié nacional -como gustan decir los cronistas deportivos- cual padre que deberá hacerse cargo de la mala conducta de sus hijos que asumen comportamientos groseros respecto al golero del equipo contrario.

 
A partir de estos hechos la polémica quedo abierta. Por una parte están quienes consideran que el grito constituye un insulto de indiscutible contenido homofóbico por lo que solicitan a las autoridades que tomen cartas en la cuestión. Por otro lado están quienes quitan trascendencia al hecho, señalando que tan solo se trata de echar relajo con el único objetivo de presionar y poner nervioso al portero del equipo contrario. Los ataques entre quienes conforman estos distintos grupos de opinión han ido creciendo de tono (tanto en los medios de comunicación tradicionales así como en las redes sociales) alcanzando en ocasiones niveles altisonantes propios del tema en disputa.


A mi parecer la cuestión tiene algunas aristas que no han sido consideradas. Además de las implicancias conceptuales o cualitativas del grito (que es lo que se ha venido discutiendo), es importante añadir lo cuantitativo: la asimetría entre una multitud gritona y un guardameta callado que pone de manifiesto una gran inequidad entre los bandos en cuestión. Y tal vez sea por la vocación de minoría que uno trae pero hay que subrayar que el mayoriteo de la hinchada es de una desproporción escandalosa (y no es necesario leer “Masa y poder” de Elías Canetti para suponer que hay mucho de cobardía individual oculto en la prepotencia de la masa).
 

El estadio no es lugar propicio para que las expresiones se guíen por el Manual de Carreño pero una cosa son los gritos individuales, los desahogos solitarios y muy otra el coro unánime de la tribuna. No deja de ser una conducta inventada por una persona o un pequeño grupo que luego se hizo moda. Y para modas impuestas en un estadio de futbol, es preferible la ola que resulta agradable a la vista y ayuda a desentumecer a los espectadores que permanecen sentados en las graderías.
 

Otro aspecto a resaltar tiene que ver con que las hinchadas se la agarran con el más inocente y solitario del equipo contrario. Son contadas las ocasiones en que un portero da una patada a un jugador del equipo contrario o mete un gol en la portería rival. Y sin embargo así es, la hinchada no le grita el “eeeeeeeh… ¡puto!” a un defensa de juego brusco o al delantero que les metió tres goles… Ni siquiera al juez que los pudo perjudicar con un fallo más que discutible.
 

Finalmente cabe recordar que el grito descalificador entre rivales no se ha limitado a los estadios de futbol y en este sentido el hecho tiene una larga historia Salvador Novo deja constancia de ello.

 
En la famosa Noche Triste, al perseguir a los españoles, los mexicas les gritaban cuiloni, cuiloni. A esta distancia, es imposible saber si les sabían algo o se los decían al tiro; pero consultados los más fehacientes Vocabularios, hallamos que cuiloni quiere decir puto, o “somético”, si la verdad, aunque no peque, incomoda.


Y claro que por aquellos entonces no había CONAPRED ni FIFA que pudieran intervenir en el asunto…

jueves, 19 de junio de 2014

Viejos verdes


De acuerdo con el diccionario es posible definir como viejo verde al hombre de edad madura (categoría un tanto ambigua, acotamos) que se relaciona (o anhelaría hacerlo, apuntamos) con mujeres mucho más jóvenes. También dícese del hombre que conserva inclinaciones galantes impropias de su edad. Y no falta la línea dura: viejo que persigue a las jóvenes

¿Cuándo, por qué y quién fue el que pintó de verde a los viejos de ojo alegre? (por cierto que esta atribución cromática no deja de tener sus asegunes ya que verde es aquello que aún está por madurar, lo que en este caso bien podría aplicarse a lo emocional mas no a lo físico).

En algún momento ser identificado como viejo verde estuvo muy lejos de ser una ofensa y, por el contrario, constituyo un orgullo para quienes así fueron catalogados. De acuerdo con http://definicienciapopular.blogspot.mx/2008/07/ser-un-viejo-verde.html “Ser un viejo verde, allá por el siglo XVI, era muy satisfactorio pues con ello se quería decir de una persona que conservaba su vigor y lozanía. Y así se decía en latín vulgar que viridis a vigore, verde es vigor.” Por su parte http://www.elcastellano.org/consultas.php?Op=ver&Id=30813 ofrece un ejemplo de ello. “El poeta Virgilio hablaba de Caronte como de un anciano verde, es decir, viejo pero lozano.” En http://definicienciapopular.blogspot.mx/2008/07/ser-un-viejo-verde.html  se amplía la información al respecto. “Incluso a los hombres maduros de pelo canoso se les comparaba con las cebollas, hortalizas de la familia de las liláceas, que se caracterizan por tener la cabeza blanca y el rabo verde, de donde proviene otra expresión más peyorativa aún: viejo rabo verde.”

Sin embargo pronto vendría una radical transformación en la connotación del término; continúa http://definicienciapopular.blogspot.mx/2008/07/ser-un-viejo-verde.html

Extrañamente, a partir del siglo XVII y particularmente en castellano, se le fue dando una connotación obscena, lúbrica, al término viejo verde, que tanto en italiano como en francés conserva su sentido favorable. Y a falta de una explicación coherente, habrá que suponer que fue un sentimiento igual de verdoso, la envidia, el que dictó el cambio de giro a la expresión. Sebastián de Covarrubias ya dijo en 1611: “Es el color de la yerba y de las plantas cuando están en su vigor… No dejar la lozanía de mozo habiendo entrado en edad… A los que siendo viejos tienen verdor de mozos, decimos ser como los puerros, que tienen la cabeza blanca y lo demás verde”.
Si bien tal era el sentido de la locución en el siglo XVI, a partir del siglo XVII se produce el cambio semántico, con lo que a partir del siglo XIX ya se aplica a cuentos, chistes y representaciones de tono obsceno, lascivo y lujurioso (…)

En http://www.elcastellano.org/consultas.php?Op=ver&Id=30813 se sostiene que el caracter peyorativo de la expresión viejo verde tuvo lugar en el siglo XVIII dado que

hay un cambio semántico y pasa a denotar lujuria, obscenidad; se utiliza el verde en su acepción «que aún no está maduro», situación impropia para quien ya ha sobrepasado con creces la edad media de la vida y tiene, por consiguiente, conductas más adecuadas a la edad juvenil: pasión exacerbada, apetencia por mujeres acordes con etapas anteriores de la vida.

Será el poeta Ramón López Velarde quien salga en defensa de ellos. El artículo referido lleva por título “Los viejos verdes” (que por aquellos tiempos lo eran quienes rondaban los 60 años de edad) y fue publicado en El Nacional Bisemanal, Diario Libre de la Noche, México, 15 de mayo de 1916. Y no vaya a creerse que el autor salía en defensa de su gremio dado que a la sazón contaba con 27 años de edad (moriría en forma prematura cinco años después).

Voy a intentar una defensa de ellos.
Una defensa de los encanecidos milicianos que, ya fuera de combate, empuñan todavía sus armas melladas y presumen de galanes en la esquina de El Paje, en la banqueta del Hotel Iturbide y en los prados de Guardiola. Mi defensa comprende a los otros, menos elegantes, que maniobran en cualquier barrio o acechan la salida de misa frente a la parroquia de San Cosme, emperifollados y ladinos.
No pretendo que cada anciano erótico sea un maestro del buen gusto y de la discreción; ni que su conducta, tan orillada al ridículo y a la impenitencia final, redunde en provecho de las buenas costumbres o de la estética; ni que pueda aplicársele, sin riesgo de errar, lo que aquella dama francesa decía de un abate amigo suyo: que lo amaba porque, ya entrado en años, se portaba en el día como un viejo y en la noche como un joven. Me limito a solicitar un poco de indulgencia para los reumáticos, tísicos y cardíacos que, sin haber leído a Montaigne, practican su consejo: “Cuando el tiempo, como guardián inexorable, os arrastre por las postrimerías invernales, volved siempre la cabeza a vuestra florida edad.”
No quiero entablar pleito contra quienes sostengan que es necio hacer el amor a los sesenta diciembres como a los cuarenta mayos; pero me opongo a que el golpe tiránico de una ama de llaves, sin meditación y sin letras, espante a las mariposas caducas que revolotean en torno de la última flama y que no buscan más que un reflejo de calor. ¿Quién está seguro de que, en su declinación, al cortejar con alas decrépitas la luz y la lumbre, no sería golpeado por el mandil o por el plumero del ama de llaves? Contra la sacudida de ese plumero, firmemos alianza con los viejos que anhelan, en vano, retocar su fenecido verdor. Unámonos a ellos siquiera por razones de egoísmo. También nosotros, a las once de la noche hemos de decir, como ellos, que todavía está la pelota en el tejado.
Si al que traspasa los lindes de la ancianidad no se le prohíbe el sol, ni el agua, ni el vino quemante, ni la pechuga de gallina, que no se le vede tampoco arrimarse a las colas. Todavía hay sol en las bardas, decía un caballero muy celebrado. Probablemente, no se justifica mofarse de los que amparan su aterido cuerpo contra las bardas, en el epílogo.
Cuchichean que la incapacidad amatoria de la senectud es, ineludiblemente, cómica. Menos circunscrita idea del amor tenían los reyes bíblicos, los reyes salmistas, los reyes santos, los que calentaban su lecho con una doncella. Pero estos episodios no pueden ser interpretados sin malicia por los exégetas de nuestros días, que arraigan la moda en el sombrero de carrete y la sabiduría en las películas cinematográficas.

Concluye López Velarde haciendo suya una antigua súplica. “Hace dos mil años, en una sociedad menos remilgada que la de hoy, con menos mostaza, y quizá con menos desventura, pedía Horacio a los dioses, en una de sus odas, que lo librasen de una vejez sin cítara. Y, en cualquier clima, ¿podrá haber una cítara no habiendo una mujer?”

martes, 17 de junio de 2014

Reacciones ante un gol mal anulado


En algunos partidos del campeonato mundial de futbol que por estos días tiene lugar en Brasil, los jueces han anulado goles que fueron convertidos en buena ley. Uno de las selecciones perjudicadas fue la de México a la que en su partido con Camerún el juez le anuló dos goles (aun así ganaría por la mínima diferencia).

No fue el caso, pero en situaciones como ésta los jugadores perjudicados suelen reaccionar con tanta vehemencia que todavía encima les llueve sobre mojado y se llevan además alguna tarjeta amarilla o, peor aún, roja. Es así que el gol anulado con frecuencia afecta el ánimo de los jugadores y los 90 minutos de juego son pocos para reponerse ante la adversidad.

Cuando un equipo se ve perjudicado por las decisiones de un silbante debería imitar al patrono de los goles anulados: el brasileño Zizinho. La crónica de Eduardo Galeano explica el hecho que condujo al jugador a ese sitial de honor.

Fue en el Mundial del 50. En el partido contra Yugoslavia, Zizinho, entreala de Brasil, hizo un gol bis.
Este señor de la gracia del fútbol había convertido un gol de limpia manera y el juez lo había anulado injustamente. Entonces él lo repitió igualito, paso a paso. Zizinho entró al área por el mismo lugar, esquivó al mismo defensa yugoslavo con la misma delicadeza, escapando por la izquierda como había hecho antes, y clavó la pelota exactamente en el mismo ángulo. Después la pateó con furia, varias veces, contra la red.
El árbitro comprendió que Zizinho era capaz de repetir aquel gol diez veces más, y no tuvo más remedio que aceptarlo.

 Aquel mundial terminó muy mal para Brasil. Zizinho ya no pudo anotar en la final (conocida como maracanazo) que, contra todo pronóstico, ganó Uruguay 2 a 1.

jueves, 12 de junio de 2014

Cartas perdidas


Siempre duelen aquellos amores que pudiendo haber sido, no fueron. Y más aún cuando el origen del desencuentro estuvo en algo tan nimio como la pérdida de una carta. Pío Baroja fue uno de los perjudicados por este traspapeleo epistolar y no se queda con las ganas de contarlo.  


(…) entre mis papeles viejos (…) encuentro una carta dirigida a mí, y sin abrir, desde hace más de veinte años.
¡Qué cosa rara!
Rompí el sobre y hallé una hoja escrita en francés por una mujer desconocida: carta como de una novela de aventuras. No comprendo cómo no la leí en su tiempo. Estaría fuera de casa. No sé. La carta no tiene fecha; al menos, del año. Está escrita en francés. Pone “viernes 27 de febrero”. Por la estampilla del sello de Correos parece que es de 1922 ó 1923.
No recuerdo absolutamente nada de lo que hice estos años ni en la primavera ni en el invierno. Quizá estuve fuera o quizá estuve enfermo. La letra de la carta es una letra de colegio, un poco puntiaguda. Yo no entiendo nada de grafología y no sé si sus principios tienen o no exactitud. La dirección de la carta está sólo en el sobre, a estilo francés.

Dice así:
                                                                           “Viernes, 27 de febrero.
 
Señor:
 
Tengo un gran deseo de conocerle y de hablarle. Odio la etiqueta y las conveniencias sociales. ¿Para qué tantos requisitos inútiles? La vida, en general, es bastante pobre y mezquina para añadirle dificultades.
Tengo ganas de hablar con usted. ¿Quiere usted ir al baile de máscaras de Bellas Artes, que se celebrará el lunes próximo en el Teatro Real? Yo estaré vestida de Pierrot, de blanco, con antifaz, en la tercera platea, entrando, a la izquierda, y podremos hablar. Para mí será un momento feliz. Soy entusiasta lectora de sus libros.
No sé si hago bien o mal en escribirle. A usted no le parecerá atrevimiento, pero a las pocas personas que me conocen en Madrid, sí.
Aunque paso por norteamericana, soy circasiana de nacimiento, de familia de antiguos jefes rebeldes, enemigos de Rusia y de Turquía.
Una circasiana y un vasco es un poco, como en la ópera de Bizet, Carmen y don José. Yo no cantaré como ella

                     L’amour est enfant de bohême.

Usted no creo que sea tan loco como don José.
En fin, hablaremos. Yo le conozco de vista y alguna vez he tenido el impulso de acercarme a usted para hablarle; pero me ha faltado el valor. Espero que en el baile el valor me lo dé el antifaz.
Una circasiana tímida es un poco ridículo, ¿verdad?
Pero ¿qué voy a hacer? ¿Irá usted? No tema usted hacer de don José. Hay que tener audacia. Vaya usted. Se lo ruega la más apasionada de sus lectoras.
                                                                                            S. W.”

 
Cuando don Pío narra la historia -en 1949- ese tren ya había pasado por lo que concluye con un dejo de amargura: “¡Qué prólogo de aventuras más clásico! ¡Qué lástima! ¡Es mala suerte! ¡Quién sabe lo que le hubiera pasado a uno si llega a leer esta carta a tiempo! Claro que yo no era joven en la época, pero aún así… ¡Qué miseria de suerte! Es lo que más me indigna: no tener suerte.” Hasta aquí el relato de Pío Baroja.

 
Ahora bien, son pocas pero existen historias de este tipo que acaban bien. Una nota de prensa de julio de 2009 presenta un ejemplo de ello.

 
Londres.- Estuvo desaparecida durante diez años, pero al final una carta de amor consiguió reunir a una pareja: Steve Smith y Carmen Ruiz-Pérez se conocieron hace 17 años cuando ella hizo un curso de inglés en Reino Unido, pero después se separaron y durante años no tuvieron noticias uno del otro.
Según informa hoy la agencia PA, Smith se decidió al final a escribir una carta dirigida a la casa de la madre de su gran amor en España. Pero la misiva se dejó en la repisa de una chimenea a la espera de ser leída, se resbaló por debajo y desapareció.
No fue hasta diez años después que los obreros que renovaban la casa encontraron la carta debajo de la chimenea y se la mandaron a Ruiz-Pérez, que vive ahora en Francia.
Al principio, no podía creer lo que leía. "No llamé a Steve enseguida, porque estaba tan nerviosa. Habían pasado diez años desde que escribiera la carta, y yo no sabía qué pensaba ahora", declaró al periódico "Herald Express".
Pero al volverse a ver en el aeropuerto, "nos echamos a los brazos uno del otro", explicó Smith. "En 30 segundos nos besamos". El viernes se casaron, a los 42 años, en Brixham, en el sudoeste de Inglaterra.

                                                                      
Aun cuando muy de vez en cuando se den estas situaciones con final feliz, no hay que confiarse.  Es posible que los desencuentros amorosos sigan ocurriendo en estos tiempos del correo electrónico por un mensaje que naufragó en la bandeja de entrada o, peor aún, cuyo aciago destino lo condujo al spam.

martes, 10 de junio de 2014

La fauna retocada


La enorme diversidad que presenta la fauna en México está fuera de toda discusión. Pero hay casos muy sorprendentes; Leopoldo Zincunegui da cuenta de uno de ellos.


Durante la época en que el general (Joaquín) Amaro ocupó la, entonces, Secretaría de Guerra y Marina, una de sus mayores preocupaciones fue la de uniformar en todos sus aspectos el equipo del Ejército Nacional, llegando en su acuciosidad al grado de exigir que la caballada de cada regimiento, fuera “empelada”; esto es, que todas las bestias fueran del mismo color.
Como se avecinaba un gran desfile militar, los jefes de las corporaciones no descansaban intercambiando bestias para cumplimentar los deseos del Secretario de la Guerra; pero ocurrió que uno de los regimientos, en lugar de caballada poseía puras mulas, para los servicios de “impedimenta”, artillería ligera, etc., y en este caso, y en aquellos momentos, resultaba casi imposible uniformar su color.
No sabiendo cómo resolver aquel problema el jefe de regimiento que lo era un tal coronel Benito Ni, fuese a ver a un amigo suyo, veterinario para más señas, quien le indicó que la única manera de salir de aquel apuro, era la de aplicar a la pelambre de las mulas cierta mixtura a base de nitrato de plata, con lo que adquirían un hermoso color negro, aunque, naturalmente, aquello desaparecería tan pronto como se acabaran los efectos del nitrato sobre el pelo de los animalitos. Y a continuación le dio la fórmula correspondiente, indicándole los tantos de las sustancias que deberían entrar en la mixtura, de acuerdo con el número de acémilas a pintar.
Ya con estos datos y feliz por haber salido de aquel trance, tan bien aleccionado, desde la víspera del desfile, se dedicó Benito ayudado por sus soldados, a la curiosa tarea de barnizar a sus mulitas. Pero ya sea porque tergiversó la fórmula, o porque las cantidades de las sustancias no fueron las correctas, es el caso que a la mañana siguiente amanecieron los pobres animalitos teñidos de un verde tan intenso, que aquello parecía una nopalera o una nube de mayates de colosales dimensiones, y no la auténtica mulada que se escondía debajo de aquel improvisado “camouflage”.
Y lo peor del caso era que, como ya no había tiempo de remediar aquel desacato, tuvieron que concurrir aquellos mártires animalitos al desfile de marras, pintados como para una pastorela, con gran regocijo de los concurrentes a la formación, quienes entre otros calificativos, les adjudicaron el de “Las mulas de San Benito”.


Años después José Revueltas fue testigo de una situación que llamó su atención en el transcurso de un recorrido por el norte del país y del que da cuenta en nota publicada en la revista Así en el año de 1943.
 

Tijuana enloquece y envenena con su vértigo, con su frenesí. Siempre hay un río de gente, de norteamericanos sobre todo, dispuestos a beber de la manera más salvaje, tal vez hasta reventar.
Hay ahí hasta cierta industria ingenua y maligna, hecha para explotar la candidez norteamericana. Se trata de pacientes, prodigiosos burros pintados con rayas blancas, que se pasan todo el día al extremo de unas carretas en cuya parte posterior se muestra un telón de fondo con decorados “nacionales”. Los yanquis llegan con infantil regocijo para retratarse en “una carreta mexicana” tirada por una “zebra (sic) mexicana”. Tengo la impresión de que, en efecto, creen que el burro, así esté a punto de decolorar sus hermosas rayas a causa de faltarle pintura, es nada menos que una zebra mexicana, traída, eso sí, de quién sabe dónde.


Esta tradición no se ha perdido y mi experiencia al respecto tuvo lugar hace años en Ciudad Juárez, donde había estado trabajando unos días.  Ya iba rumbo al aeropuerto para tomar el vuelo de regreso cuando llegando a un crucero nos detuvo el semáforo. Entre los vendedores que ofrecían sus productos llamó mi atención un pajarero que cargaba a sus espaldas una torre de jaulas que parecía no tener fin, una sonora escalera al cielo; había pájaros de colores muy brillantes, estridentes se podría decir. Como no podía quitar mi vista de ellos, la persona que me acompañaba preguntó qué era lo que tanto llamaba mi atención, a lo que respondí haciendo referencia al hermosísimo colorido de aquellas aves. Sin mayor perturbación, y mientras la luz verde permitía reiniciar la marcha, se limitó a comentar asombrado por mi ingenuidad:

-¡Ah!, no crea todo lo que ve. Deje que se mojen y ya verá cómo quedan…

jueves, 5 de junio de 2014

Entrevistas


Hay personas que disfrutan ser entrevistadas y también están aquellas que no ocultan su sufrimiento ante esa experiencia. Conocedor del mundo de las letras, J.M. Coetzee estable una clara diferenciación entre una conversación y una entrevista.
 
(…) a menudo he sentido un aburrimiento opresivo al escucharme a mí mismo fanfarronear con los entrevistadores. En mi opinión, una verdadera conversación solo tiene lugar cuando discurre alguna clase de corriente entre los interlocutores. Y esa corriente casi nunca discurre durante las entrevistas.
 
No cabe duda que existen grandes entrevistadores, pero son excepciones. Las preguntas realizadas a los personajes públicos del momento por lo general son muy similares, cuando no iguales; más de lo mismo. Federico Fellini alude a ello.
 
A veces soporto bastante bien las entrevistas. Me ocurre que hablo de buen grado, incluso demasiado. Me exaspero después cuando releo lo (…) escrito y encuentro todo un poco estúpido. Juro que será la última vez, pero luego hago lo mismo porque no sé decir no. Me gustaría establecer un catálogo de respuestas preparadas. Diría a los periodistas, que además siempre preguntan lo mismo: “Miren la respuesta n° 2005”.
Realmente estoy un poco cansado de entrevistas. Cuando respondo a las preguntas, me veo como un oráculo... idiota.
 
No faltan periodistas tramposos que a toda costa quieren dar la nota de ocho columnas. Si no la encuentran, la construyen; Luis Carandell ilustra el punto
 
El obispo de Canterbury viajó a Nueva York a principios de siglo (XX). Al llegar, un periodista le preguntó: “¿Qué opina de los prostíbulos del este de Manhattan, arzobispo?”, a lo que el arzobispo replicó: “¿Hay prostíbulos en el este de Manhattan?”. El titular del diario del día siguiente fue: “Primera pregunta del arzobispo de Canterbury al llegar a Nueva York: ‘¿Hay prostíbulos en el este de Manhattan?’.”
 
Advertido del lado peligroso de las entrevistas Woody Allen esgrime su singular defensa: “La respuesta es ‘no sé’, pero me puede repetir la pregunta”.

martes, 3 de junio de 2014

Inauguracionismo


Se trata de una patología que afecta a ciertos gobernantes a quienes les gana el apuro por inaugurar obras públicas en el afán de mostrar la eficacia de su administración. Este síndrome se intensifica en fechas próximas a la conclusión de un período de gobierno. Existen pruebas suficientes que permiten afirmar que el anhelo por cortar el listón antes de tiempo, ha producido daños de envergadura siendo los ciudadanos quienes pagan (en las diversas acepciones del término) la factura. Cuanto más grande sea la construcción mayor será la aprobación y la cosecha electoral consecuente. El inauguracionismo no es patrimonio de un país en particular, aún cuando sus manifestaciones varían mucho de una nación a otra.


En el caso concreto de México han existido presidentes con especial predilección por las inauguraciones. Jorge Mejía Prieto sitúa a Pascual Ortiz Rubio entre ellos.
 

A medida que el tiempo transcurría, peor trataba la opinión pública a Ortiz Rubio haciéndolo objeto de chistes cada vez más corrosivos satirizándolo con saña creciente a causa de la singular manía inauguradora que lo poseyó. Don Pascual inauguraba con toda solemnidad lo mismo una carretera de catorce kilómetros de longitud que una sala de hospital o una exposición de automóviles. En realidad el prurito de inaugurar obras públicas no ha sido privativo del ingeniero Ortiz Rubio. Sería de interés la indagación hemerográfica que nos mostrara en qué inauguraciones de obras, no sólo insignificantes sino a veces ni siquiera concluidas, se han desperdiciado nuestros gobernantes.
El hecho fue que Ortiz Rubio se jactó en su primer informe de gobierno de haber llevado a cabo una “labor trascendental”, tan trascendental como la inauguración, el veintitrés de agosto de 1931, del túnel para peatones que comunica dos aceras del primer cuadro de la ciudad de México, acto al que se presentó con sombrero de copa y acompañado de miembros de su gabinete, entre vallas de honor, toques de clarín y marchas militares.
Y en vista de que en uno de los pasos alpinos se encuentra el túnel del Gran Simplón, extenso paso ferroviario que une a Suiza con Italia, la mordacidad infatigable relacionó el nombre del gigantesco túnel europeo con el diminuto paso a desnivel inaugurado por don Pascual, que fue conocido como el nuevo “túnel del Gran Simplón”, o sea, del presidente enormemente simple, del Nopalito.

 
Las inauguraciones –que suelen ser anunciadas con bombos y platillos- tienen lugar en un marco protocolar cuidado aún en sus menores detalles. En ciertas ocasiones aquello deriva en una gran simulación; Alejandro Rosas proporciona un ejemplo de ello.


Cada fin de sexenio la escena se repetía. Durante los últimos meses del año, el presidente de la República recorría el país inaugurando obras públicas, escuelas, clínicas, carreteras, puentes, museos, edificios. La mayoría de estas obras eran inauguradas por el mandamás del país, aún sin haberse concluido, pero entre bombos y platillos cortaba el listón y todos eran parte del acto simulado.
Acarreados de todas las edades vestidos con sus mejores galas recibían al “primer mexicano”. Cientos de banderitas de colores ondeaban al tiempo que los “vivas” invadían, en ambiente festivo, la llegada del mandatario. La recompensa para los asistentes no podía ser mejor: tortas y refrescos.
En otras ocasiones los empleados de los lugares inaugurados participaban voluntariamente. Estrechar la mano del presidente o verlo de cerca no era algo de todos los días -y en algunos momentos del siglo XX fue un orgullo hacerlo. La intención del hombre del poder era clara: dejar en la memoria de los mexicanos el arduo trabajo realizado por el jefe del Poder Ejecutivo para beneficio de la nación.
Y sin embargo, muchos de los actos inaugurales estaban manchados con la simulación propia del sistema político mexicano y hasta el presidente era víctima de la mentira de sus colaboradores.
En 1964 se terminó de construir el laboratorio de análisis clínicos del Hospital Juárez. “El edificio era moderno y funcional, muy bonito -recuerda la química Ileana Robles- el problema es que todos nuestros aparatos eran prácticamente unos vejestorios, tenían cuando menos veinte años de antigüedad”.
El doctor Santiago Fraga, jefe del laboratorio, comunicó a sus colaboradores que el presidente López Mateos inauguraría el nuevo edificio, y pidió al personal presentarse con sus mejores batas -ni siquiera una les proporcionaba el hospital. Llegó el día esperado, y como siempre, las químicas se presentaron muy temprano.
La sorpresa fue mayúscula: los viejos aparatos habían sido recogidos y en su lugar fueron colocados colorímetros, centrífugas, microscopios y demás instrumentos, todos nuevos, flamantes, luminosos. La alegría era inmensa, a partir de ese momento podrían trabajar en mejores condiciones. Llegó el presidente, saludó de mano, se retrató. Una vez que terminó el acto oficial las químicas regresaron al laboratorio y se encontraron con otra sorpresa. Personal de la Secretaría de Salubridad y Asistencia había recogido todo el material dejando vacío el lugar. Necesitaban llevarlo a otra inauguración. Con cierto desánimo las químicas tomaron los viejos instrumentos y se pusieron a trabajar. El único consuelo que guardaron, sí podía considerarse así, fue haber estrechado la mano del presidente.

 
Las reformas aprobadas en tiempos recientes no han podido erradicar al inauguracionismo; quien tenga dudas al respecto no tiene más que dar seguimiento al acontecer político de nuestros días.