martes, 24 de enero de 2012

La libertad, esa eterna sospechosa

Hubo un tiempo en que la cordura estuvo emparentada con la sumisión y la resignación mientras que, por el contrario, la rebeldía y el ansia de libertad ponían de manifiesto en forma inequívoca la existencia de severos desarreglos mentales. El caso paradigmático a este respecto es el de los negros esclavos en los Estados Unidos. Algunas mediciones –presumiblemente propuestas por blancos- no dejan dudas al respecto. Veamos lo que señala Eduardo Galeano.

Ocurrió en Washington, en 1840.
Un censo oficial midió la demencia de los negros en los Estados Unidos.
Según el censo, había nueve veces más locos entre los negros libres que entre los negros esclavos.
El norte era un vasto manicomio; y cuanto más al norte, peor. Desde el norte hacia el sur, en cambio, se iba pasando de la chifladura a la cordura. Entre los esclavos que trabajaban en las prósperas plantaciones de algodón, tabaco y arroz, la locura era poca o ninguna.
El censo confirmaba las certezas de los amos. La esclavitud, buena medicina, desarrollaba el equilibrio moral y la sensatez. La libertad, en cambio, generaba chiflados.
En veinticinco ciudades del norte no se había encontrado ni un solo negro cuerdo, y en treinta y nueve ciudades del estado de Ohio y veinte ciudades de Nueva York los negros locos sumaban más que todos los negros.
El censo no parecía muy digno de fe, pero siguió siendo verdad oficial durante un cuarto de siglo, hasta que Abraham Lincoln emancipó a los esclavos, ganó la guerra y perdió la vida.

Para los amos resultaba totalmente incomprensible que los esclavos se rebelaran y buscaran fuera de las plantaciones mejores condiciones de vida lo que era un despropósito si tenemos en cuenta el trato digno y amable que recibían de parte de sus amos. Los médicos se vieron en la emergencia de identificar el mal que producía este comportamiento tan extraño y desagradecido:   O’Connor y Mc. Dermott aluden a ello y analizan el origen del concepto de drapetomanía.
En el siglo XIX se creía que los esclavos de los estados sureños de Estados Unidos padecían accesos de una enfermedad denominada “drapetomanía”. El principal síntoma de la “dolencia” era un deseo irresistible de huir (algo inexplicable, obviamente, para las autoridades médicas de la época y, por tanto, causado por algún proceso patológico. Drapeta es el término latino para nombrar a un esclavo huido). Otros “síntomas” eran el descuido en las tareas asignadas y la destrucción de herramientas.

Por lo visto, el desagradecimiento ha estado presente en muy diversos momentos del devenir histórico. Menos mal que los amos estaban dispuestos de seguir al esclavo huido hasta donde fuese necesario y todo con el único y desinteresado propósito de que el esclavo abandonara comportamientos tan extraños y patológicos.

miércoles, 18 de enero de 2012

Un buen curro

En la cola para entrar al cine encontré a un compatriota amigo que hacía tiempo que no veía. Como ya estaba por empezar la función, quedamos en tomar un café al terminar la película. No me acuerdo cuál era el film y no sé si porque era intrascendente o si lo que sucedió después absorbió toda mi capacidad de almacenamiento memorístico de aquel día, pero el caso es que la película se esfumó.
En el reencuentro, con esa exuberancia expresiva uruguaya, el diálogo no salía de
            -¿Cómo estás?
            -Bien ¿y vos?
            -Bien. ¿Qué estás haciendo?
            -Sigo en ventas, ahí vamos...
-¿Cómo te está marchando el negocio? (esto lo pregunté a sabiendas de que le iba fenómeno ya que un amigo común me había contado acerca de sus éxitos laborales)
-Está duro, hay pocas ventas, el año pasado trabajé mejor. ¿Y vos qué onda?
            -Bien, ahí vamos, con mucho trabajo.
Era evidente que ese día estaba costando calentar los motores que permitieran hablar en serio. En ese momento se me ocurrió la pregunta que salvó la tarde:
            -¿Y tu hermano cómo está?
            -Bárbaro. ¡Ese sí que la hizo!
            -¿Sigue por acá?
            -No, está en Suiza
            -¿De paseo?
-Bueno, te diré... al comienzo fue de paseo, pero después se consiguió flor de laburo y resolvió de momento seguir por allí hasta que le dure el trabajo. Fijate que está laburando en un hospital: prueba los remedios.
            -¿Cómo está eso?
-Sí, es bruto curro. Los laboratorios antes de lanzar sus medicinas al mercado deben hacer varias pruebas. Las primeras se hacen con animales de laboratorio. Una vez superada esa fase de investigación con buenos resultados, se pasa a experimentar con humanos y mi hermano tuvo tanto culo que lo seleccionaron de entre un grupo muy grande y ya lleva como dos meses en esto.
            -¿En qué consiste el trabajo? -pregunté, pues mi asombro crecía.
-Es un lujo, no hace nada, se pasa haciendo sebo y gana un montón de guita. Eso sí, no puede salir del hospital para nada. Y ¿sabés qué? Tiene un cuarto para él sólo, como si fuera un hotel de cinco estrellas, con tele a colores, video y todo.
Dos o tres veces al día tiene que tomar unas pastillas que cambian cada poco tiempo. Durante el día -y a veces en la madrugada, eso es lo único jodido- le sacan sangre, le toman una muestra de orina y de materia fecal y le controlan la temperatura y la presión para comprobar que las medicinas no causen efectos secundarios. ¿Qué te parece? ¡Se sacó la lotería, se sacó! Está loco de la vida.
            Contestadas todas mis interrogantes al respecto, sólo atiné a preguntar:
            -¿Te escribe seguido?
-¡Ah! me olvidaba... Como la mayoría de los compañeros de trabajo de mi hermano son guatemaltecos, haitianos, argentinos y salvadoreños (y hay unos pocos africanos), los jefes son tan buenos tipos que para que se puedan comunicar con sus familias les pusieron en el mismo hospital una oficina de correos. Tal vez sea por eso que mi hermano me escribe más que nunca.

martes, 10 de enero de 2012

Cuando el amor riñe con la solidaridad

El proceso previo al derrocamiento del dictador Anastasio Somoza, el triunfo de la Revolución Sandinista, así como los enfrentamientos que tuvieron lugar posteriormente con los contras (respaldados por el gobierno de los Estados Unidos), fueron seguidos en México con mucha atención. Muchos mexicanos se alinearon con el sandinismo tanto en su aparato armado como en el apoyo a los diversos programas sociales llevados a cabo luego del triunfo de la Revolución.

Ilustración: Margarita Nava

Las brigadas solidarias estuvieron conformadas en forma destacada por varios integrantes de la comunidad académica y estudiantil quienes no dudaron en arriesgar su vida al ir tras sus ideales. Las universidades públicas (y también las privadas, aunque en menor escala) organizaron campañas solidarias para recaudar fondos y reunir aquellos materiales requeridos por el proceso de alfabetización impulsado por la dirigencia sandinista y considerado como fundamento de todo proceso de cambio.  

Según Gonzalo Celorio el mundo de las letras (en particular la poesía) ocupa un lugar muy importante en esa nación centroamericana. 

Los poetas de Nicaragua se llaman poetas. Es decir se llaman poetas los unos a los otros, vocativamente: Poeta, dame fuego; poeta, servime un trago. Es un oficio que no le tiene miedo a su nombre. En México, al menos, rara vez usamos esa palabra. Como si fuera demasiado pequeña o demasiado grande —tertulia decimonónica o excelencia artística—, la sustituimos por alguna acaso más general: escritor, o por otras que le dan la vuelta: escribe poesía. En Nicaragua, en cambio, se le llama poeta al poeta y como tal se le presenta: El poeta Gutiérrez, el poeta Lobo. Y casi todos son poetas en Nicaragua. Como en Chiapas: hasta que no demuestren lo contrario.
—Es una mierda alfabetizar a estos jodidos —dice, cariñosa, irónicamente, un poeta que participó en la ingente campaña durante la cual la Nicaragua que sabía leer y escribir enseñó a la que no sabía—. Lo primero que hacen los jodidos cuando los alfabetizás es escribirte un poema.
Gonzalo Celorio anduvo en aquellos años por Nicaragua. A la hora de la despedida, el amor de madre hizo un exhorto a la solidaridad del hijo.

Evocando, sin saberlo, el bolero Despedida de Pedro Flores, Mamá me dijo:
—Cuando estés en Nicaragua, no por hacerte el muy valiente te vayas a asomar a la guerra— como si la guerra se concentrara en un estadio de futbol.
La guerra está en cada casa, en cada escuela, en cada fábrica, en cada corazón, en cada biografía, en cada tierra de labor. Atrás de cada ventana, atrás de cada mirada, atrás de cada poema. En cada hora de trabajo y en cada trago de ron. Debajo de la almohada —si la hay—, debajo de la cama —si la hay—, debajo de la tierra —que es tierra de volcanes.
—Acuérdate que tienes hijos —dijo. Y sin poder ocultar la ascendencia de su ascendencia, remató: —y sobre todo madre.
No fue el único caso. Otro tanto sucedió a Marco Aurelio Carballo quien refiere su propia vivencia.
Hace varios sexenios conocí a una mujer chula. Nunca me convencí de que ella me quisiera, escéptico que es uno. Se trataba de una chica dura, digamos. Hasta que no me fui a la guerra en Nicaragua porque entonces ella, reblandecida a punta de besos, dijo:
         —No te me vayas a morir porque te mato.

Es así como en ocasiones el amor mira de reojo, y con cierta carga de celos, a la solidaridad.

jueves, 22 de diciembre de 2011

La entrega de llaves

El acto de entregar las llaves adquiere muchas implicancias. En lo relativo al ámbito doméstico, sus significados han ido cambiando con el tiempo. Hace algunos años cuando al hijo se le entregaban las llaves de la casa era un momento muy especial, una especie de rito para el niño que de esa manera devenía en adolescente al ser sujeto de confianza por parte de sus padres. Tener llaves propias constituía un momento muy especial en el proceso de desarrollo personal.
En tiempos recientes esto ha ido cambiando. No son pocos los casos en que niños muy pequeños ya tienen las llaves de su casa porque a la hora en que llegan de la escuela no hay ningún adulto en sus hogares. Son muchos los niños que pasan solos buena parte del día.  
Pero también se entregan las llaves de la ciudad a dignatarios extranjeros en visita oficial o bien a escritores, artistas, científicos, líderes religiosos, etc. Hay quien dice que esta tradición de entregar las llaves de la ciudad a los visitantes ilustres, procede del pasado remoto, en tiempos en que las ciudades estaban amuralladas y sus puertas se cerraban en la noche. En ese entorno solamente se entregaban las llaves a quien era digno de toda confianza.
En la actualidad son pocos los personajes públicos que concitan un apoyo unánime en los diversos sectores sociales. De ahí que el gobernante de una ciudad determinada por lo general entrega las llaves a políticos, artistas, escritores extranjeros que son cercanos a su ideología, lo que, por supuesto, provoca inevitablemente la protesta y resistencia de quienes se identifican con otra línea política. No son pocos los casos en que mientras unos entregan las llaves de la ciudad al huésped del momento, otros exigen su expulsión inmediata.
En otras situaciones un líder que en un momento era visto con buenos ojos, en poco tiempo es denigrado por los mismos que poco antes no ahorraban elogios a la hora de referirse a él. Un ejemplo de ello es lo que aconteció en España con el Cnel. Gadafi. Víctor López, en marzo de 2011 y cuando España apoyaba la alianza que bombardeaba objetivos (y subjetivos) del gobierno libio de Gadafi, profundiza en la cuestión.

El protocolo marca que cuando un jefe de Estado viaja de visita oficial a Madrid el alcalde tiene que entregarle las llaves de oro merced a un acuerdo con el Gobierno español. Hoy recibe el galardón la presidenta de Irlanda, Mary McAleese. ¿Pero y si el que recibe las llaves es el presidente de un país que bombardea a sus compatriotas, como Muamar el Gadafi?
El dictador libio las recibió en diciembre de 2007. El alcalde de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón, le dedicó entonces estas palabras: "Celebramos ver a Libia en la comunidad internacional, y percibirla como un aliado en la que ha de ser la causa de todos: la de un mundo en el que la paz y el rechazo a la violencia (...) sean los motores de nuestra vida cotidiana".
Ni Ruiz-Gallardón ni el Gobierno central, que fue el que invitó a España a Gadafi, se imaginaban lo que iba a hacer el dictador tres años más tarde. La concesión de este título viene regulada en el Reglamento de Protocolo y Ceremonial. El artículo 34 establece: "La Llave de Oro de Madrid se concederá a todos los jefes de Estado extranjeros que visiten oficialmente el Ayuntamiento". En el Consistorio aseguran que es Asuntos Exteriores el que determina a quién se concede y en el Ministerio señalan que hay un acuerdo con el Ayuntamiento en este sentido.
En los últimos años han pasado por Madrid muchos jefes de Estado de países democráticos que se han llevado las llaves de la ciudad: Colombia, Argentina, Corea del Sur... Sin embargo, también se han ido con la condecoración el rey Abdalá de Arabia Saudí (junio de 2007); el presidente chino, Hu Jintao (noviembre de 2005); el de Yemen, Ali Abdalá Saleh (enero de 2008), y el de Vietnam, Nguyen Minh Triet (diciembre de 2009). Y Gadafi. (…)
El Reglamento de Honores y Distinciones del Ayuntamiento mantiene en su artículo 36: "Podrán ser desprovistos de las distinciones quienes cometieran faltas, cualquiera que sea la fecha de su comisión", aunque no se refiere a las llaves de oro, sino a los títulos de hijo adoptivo o a las medallas de oro de la ciudad. En junio de 2009 se retiraron a Franco los títulos de hijo adoptivo, alcalde honorífico, medalla de oro y medalla de honor de Madrid, con el voto positivo de los tres grupos políticos. ¿Sería factible retirar las llaves de oro a Gadafi?

No han faltado quienes, argumentando las múltiples dificultades que deberían superarse para retirar las llaves a quien previamente se les concedió, esgrimen que existen otras alternativas como la de exigir a algún cerrajero que cambie la cerradura a la ciudad…

jueves, 15 de diciembre de 2011

Defensa del trabajo

Conseguir trabajo nunca ha sido tarea sencilla. Lo que sigue luego tampoco es poca cosa porque viene el desafío de conservarlo y ello puede depender, entre otros factores, de las aptitudes del trabajador para la tarea así como también de la supervivencia de la empresa en que se labora.
También se presentan casos singulares en que el propio trabajador es quien más claro tiene que su labor resulta totalmente innecesaria, si se prescindiera de su trabajo, en realidad nada cambiaría. De esta manera el empleado deberá proteger su fuente de ingreso con la mala conciencia de saber que está defendiendo lo indefendible.
Sin embargo hubo quien, situado en esta coyuntura, fue más creativo y resolvió el problema de otra manera: intentando volver necesario lo que en realidad estaba muy lejos de serlo. Tal lo protagonizado por Osvaldo Soriano y que narra Osvaldo Bayer.
(...) [Osvaldo Soriano] me narró los avatares de su profesión en Bruselas: era contador de patos y cisnes de los lagos. Para mantener un número constante de aves, la municipalidad tenía contadores de patos que informaban todos los días cuántas aves habían desaparecido de los lagos públicos, hurtadas por algún anónimo tercermundano, para comérselas. Pero ocurrió que durante semanas nadie robó ningún pato, cosa que hizo pensar a Soriano que su puesto de trabajo corría peligro, por superfluo, dado que el material se mantenía estable. Entonces recurrió a un peruano para que sustrajera módicamente patos dormidos en horas nocturnas. La idea tuvo un éxito doble: aseguró el empleo de Soriano como contador oficial de patos y al mismo tiempo, todas las madrugadas, al rayar el alba, había una comida de confraternidad argentino-peruana con pato al horno.
No sé si, como afirma el dicho, la necesidad tiene cara de hereje pero en ejemplos como el precedente queda de manifiesto que muchas veces tiene cara de inmigrante.
Por último, me pregunto: ¿en ausencia de Osvaldo Soriano –y de su amigo peruano- todavía existirá en Bruselas el oficio de contador de patos y cisnes en sus hermosos lagos?

jueves, 8 de diciembre de 2011

Los bomberos a salvo en un incendio generalizado

Cada vez es mayor la reticencia y suspicacia con la que se recibe lo que informa la prensa en general y la televisión en particular. Parte de este escepticismo se origina en la dificultad para asimilar los vertiginosos cambios que se producen, tal lo narrado por Horacio Rodríguez. “La gente dejó de creer prácticamente en todo. El 20 de julio de 1969, cuando Armstrong, Collins y Aldrin caminaron sobre la superficie lunar, mi difunta tía Elena salió al patio, miró un rato hacia arriba (la noche estaba inusualmente despejada), regresó a la sala y anunció despectivamente: en la Luna no hay nadie. Nomás es algo que quieren hacernos creer ellos.”
Pero el juicio crítico tan recomendable de desplegar frente a lo que muestran los medios, se origina fundamentalmente en los intereses que persiguen estos grupos reducidos, cuando no monopólicos, que no dudan en manipular la información y poner el entretenimiento al servicio de sus propósitos.
Ahora bien este descrédito no se restringe a los medios. Las encuestas lo muestran con marcada contundencia: no creemos en las instituciones que nos hemos (o nos han) dado. Es frecuente que el cuestionario resulte improcedente por predecible: “¿qué tanto cree usted en: políticos, sistema de justicia, policías, sindicatos, iglesias, fuerzas armadas, empresas…?”
Tan reducida, si es que acaso queda alguna, es la reserva disponible de estos sectores que desde hace tiempo se ha acuñado la expresión crisis de credibilidad con que se caracteriza a uno de los principales rasgos de las sociedades contemporáneas. Y el este caso el plural es necesario porque este tipo de estudios arroja resultados muy similares en diversas latitudes de este mundo globalizado (hay excepciones pero, valga la redundancia, muy excepcionales). En esto, como en tantos otros casos, aplica aquello de que mal de muchos consuelo de tontos, siendo frecuente advertir una especie de desconsuelo generalizado que en ocasiones se parece demasiado a la resignación.
Ante este difícil panorama se levantan voces que, acusando de tendenciosas a estas encuestas ciudadanas así como a los análisis políticos que abordan la cuestión, exigen que se hable de las buenas noticias, de lo que sí funciona convenientemente, de aquello que abra esperanza en un contexto de catastrofismo.
Debemos concluir que cuando menos en este tema les asiste parte de razón porque las encuestas nunca preguntan: “¿qué tanto cree usted en los bomberos?”, siendo que las llamas del descrédito no han alcanzado a los bomberos. Guillermo Sheridan profundiza en ello.
La única institución decente que queda en México es el Heroico Cuerpo de Bomberos. Es la única radicalmente respetada, unánimemente querida y admirada. Sólo los bomberos están más allá de toda duda, tienen garantía de por vida, netos y legítimos por encima de cualquier sospecha. Son la última encarnación del desprendimiento y el avatar postrero de la solidaridad. (…)
La página web (www.bomberos.df.mex) incluye la síntesis de sus convicciones: “abnegación, valor, sacrificio”, valores irritantes en estos días borrosos de héroes con megáfono y valentías con fuero. El bombero -continúa su decálogo- protege “al pobre y al rico, al débil y al fuerte”, sin “banderías políticas o religiosas”; es amigo del niño y el joven, respeta al anciano, es caballeroso y cortés con las mujeres, es “gallardo y humilde, incansable en el trabajo” y el “servicio a la patria es la razón de su vida”. La rúbrica de esa fe es la conciencia de la muerte agazapada 30 veces, en promedio, cada día.
Un bombero del DF gana 11 mil pesos mensuales. Su expectativa de vida es limitada, asediado no sólo por los peligros propios de su oficio, sino por cánceres súbitos, colapsos cardiacos, metabolismos sofocados. No exigen ni esperan mordida, no piden papeles, no condicionan, ni roban ni gesticulan (aunque un infeliz, Juan Antonio Zárate, su “jefe de servicios generales”, burócrata sin casco, fue arrestado en marzo por fraude). Los bomberos “gallardos y humildes”: quizás una medalla, un día, o la familia de sobrevivientes que les lleva una olla de mole agradecido. No hay muchos datos: en 2007, los 3 mil bomberos del DF tuvieron un presupuesto de 325 millones: equipo viejo, precariedad, incertidumbre. Y en septiembre de 2007, según la prensa, la Procuraduría Fiscal del DF -en lo que pareció una broma insalubre- les asestó un requerimiento de 5 millones de pesos por pagos atrasados… de agua. El jefe de bomberos, Raúl Esquivel, explicó con laconismo y sin ironía: “En todos los eventos utilizamos agua”…
En la misma página web se reproduce un himno ramplón que parece escrito por un piloto kamizaze: “Es mi anhelo mayor el poder/ dar mi vida en holocausto./ Es mi deber cuando en mi puesto estoy./ Salvo vidas en peligro/ nada me importa morir./ Con mi equipo voy bien puesto/ a combatir al fuego funesto…”. No es baladronada: la página incluye una lista de 100 bomberos muertos en cumplimiento del deber. El último registrado, en 2008, se llamó Carlos Gómez López; el primero, en 1914, se llamó Salvador Bella. Un nombre que, desde luego, incluía su vocación.

Hasta donde tenemos conocimiento no se han hecho estudios serios y sistemáticos respecto a cuáles son los recursos con que cuentan los bomberos y que les otorga esa confiabilidad de la que están tan desprovistos otros actores sociales.
Así, parece indispensable analizar a la luz del enfoque de resiliencia, cuáles son los factores que explican la solidez de esta institución en tiempos de naufragio colectivo. Reflexionar en torno a ¿qué es lo que hacen los bomberos? y, sobre todo, ¿qué es lo que no hacen?, podría ser una alternativa muy interesante que podría orientar a muchas otras instituciones que se encuentran tan próximas a las llamas. 

jueves, 1 de diciembre de 2011

Expertos o futurólogos


En las diversas áreas del conocimiento existen estudiosos que han destacado de tal forma que adquieren el merecido título de expertos. Sus opiniones son de enorme valía y las expresan tanto en la academia como en los diversos medios que, cada vez con mayor frecuencia, recurren a ellos. A través de lúcidos análisis ayudan a que la población en general entienda causas y características de diversos procesos políticos, económicos, artísticos, tecnológicos, etc.

En algún momento, y con anhelo de reducir los márgenes de  incertidumbre propios de la vida, hubo quienes entendieron que además de explicar lo que acontecía podían dar un paso más: anunciar lo que vendría. Aun cuando debemos reconocer que en casos aislados han logrado anticiparse a los hechos, es posible concluir que generalmente han fracasado en forma estrepitosa.

Sin ir demasiado lejos en el tiempo, no se escucharon voces que anunciaran con cierta antelación la difícil coyuntura económica que atraviesan actualmente tanto Europa como Estados Unidos. Deben haber sido muy pocos, en caso que los haya habido, los expertos que pudieron prever el derrumbe de la Unión Soviética así como la reunificación de Alemania, tan solo con unos meses de anticipación. En estos casos erraron por omisión.
Pero no solo los compromete el silencio, sino que también sus palabras. En numerosas situaciones sus pronósticos a futuro han estado muy lejos de cumplirse y en algunos casos de plano convocan a la risa. 

No se crea que estas deficiencias quedan circunscritas al momento actual sino que, por el contrario, existen múltiples antecedentes. Un relevamiento realizado por Homero Alsina Thevenet permite una panorámica sobre el tema.

Uno de los libros más útiles para el futuro de la Humanidad se titula The Experts Speak (lit. “Hablan los expertos”) y contiene un millar de afirmaciones disparatadas, dichas en muy diversos momentos por gente que era sabia o que creía serlo. (...)

Algunas joyas del libro:

* El pintor francés Paul Delaroche, tras examinar en 1839 la primera exposición de daguerrotipos, o sea el comienzo de la fotografía: “A partir de hoy, la pintura ha muerto”. (...)
* “No habrá otra guerra mundial”, anunció Henry Ford en 1928, una década antes de que explotara la peor guerra de la historia. (...)
* “Debo protestar enérgicamente contra la calumnia capitalista, que asegura que pretendemos una paz separada con Alemania”. Así se indignó Lenin al asumir el gobierno en la revolución rusa (noviembre 1917), cuatro meses antes de firmar la paz separada con Alemania. (...)
* “Les digo que Wellington es un mal general y que los ingleses son malos soldados, esto lo tenemos arreglado para la hora del almuerzo”. El pronóstico fue formulado por Napoleón a sus generales durante el desayuno del 18 de junio de 1815, pocas horas antes de su derrota en Waterloo. (...)
* “Mi invento (...) podrá ser explotado durante cierto tiempo como una curiosidad científica, pero aparte de ello no posee ningún valor comercial”. El invento era el cine y el equivocado profeta fue Auguste Lumière en 1895, el mismo año en que los hermanos Lumière realizaron la primera exhibición ante público. (...)
* “El cine sonoro no sustituirá a la película muda normal... Existe una inversión tan tremenda en el cine (mudo) que sería absurdo perturbarla”. Lo dijo Thomas Alva Edison en 1913. (...)
* Ante la propuesta de filmar la novela Lo que el viento se llevó, el productor Irving Thalberg (de MGM) aconsejó a su socio Louis B. Mayer: “Olvídalo, Louis, ninguna película sobre la guerra civil ha hecho dinero”. El pronóstico es de 1936. El éxito arrollador de Lo que el viento se llevó se inició con su estreno en 1939. La Metro Goldwyn Mayer terminó por ser primero la distribuidora y después la propietaria de la película.

Si luego de la enumeración anterior aun quedan dudas al respecto, entonces conviene citar otros yerros registrados en esta oportunidad por Carlos Díaz.
* En 1878, tras observar la luz eléctrica en una exposición científica universal, un profesor británico escribe: “Cuando finalice la exposición de París, la luz eléctrica se acabará, y no se oirá más de ella”.
* En 1895, el físico y matemático lord Kelvin manifiesta: “Máquinas voladoras más pesadas que el aire son de todo punto imposibles”.
* En 1899, Charles Duell, nada menos que director del Registro de Patentes de los Estados Unidos, comenta: “Se ha inventado ya todo cuanto se puede inventar”, razón por la cual aconseja a la Casa Blanca la clausura de tal Registro. (…)
* En 1977, Ken Olson, a la sazón destacado presidente de Digital Equipment Corporation, proclama: “No existen razones para que un individuo tenga una computadora en su propia casa”.

No obstante esta larga lista de pronósticos equivocados son muchos los expertos que le siguen jugando al futurólogo, al emitir sentencias con una seguridad digna de mejores causas. Parece que no aprendemos: ellos por abrir la boca, nosotros por escucharlos. 

Por supuesto que están en todo su derecho de realizar conjeturas a futuro, pero también lo tenemos quienes los escuchamos en cuanto a dejar de darles el lugar de verdaderos oráculos para simplemente otorgarles el beneficio de la duda. 

Entendemos que no estaría de más que luego de emitir sus consideraciones respecto al mercado de futuros, los expertos añadan la consabida fórmula de: “aplican restricciones”. Aunque lo digan muy rápido y como para que el radioescucha o telespectador no lleguen a escucharlo (tal como los medios realizan este exhorto: obligados y con un desgano que les resulta inocultable).


lunes, 21 de noviembre de 2011

Las vueltas de la vida

Si damos crédito a numerosas letras de tangos y boleros, cuando la mujer se va por lo general se va para no volver, quizás porque la decisión fue cuidadosamente considerada desde mucho tiempo antes.  En el caso de los hombres, y tal vez porque la partida suele ser resultado de un impulso intempestivo, la cosa es diferente: muchos son los que se van pero con pasaje de ida y vuelta.
Con frecuencia se menciona a aquel marido que salió a comprar cigarros y volvió a su casa muchos años después. Ahora bien, lo que parecía ser tan solo una leyenda urbana se confirma en los hechos si nos atenemos a testimonios originados en diferentes tiempos y diversas latitudes. Así hubo esposos que efectivamente vivían muy lejos de la cigarrería. Alejandro Gómez Maganda refiere algo acontecido en México hace ya muchos años.
(…) Chucho Urueta, el Príncipe de la Palabra, cuyo renombre llega hasta nuestros días
cargado de luminosos créditos, (…) un día, sin más ni más, y obedeciendo a sus apetencias amorosas, con una ella de la farándula que habíale cautivado ciertamente; a pretexto de marcharse a la calle para adquirir una cajetilla de cigarros que, a su decir: “le era muy necesaria”. Sucede que sucedió, que el tribuno de Chihuahua prolongara inusitadamente su viaje hasta Europa, desde la esquina del estanco a donde afirmó dirigíase.
Pasaron los meses y al cabo de un año, el ático orador mexicano de merecido y singular renombre, hubo de retornar a su hogar sin explicaciones habituales. Pidiendo sencillamente, como si en verdad se hubiese ausentado tan sólo por momentos para ir a comprar tabaco; “sus pantuflas y bata, hogareñas...”               

No sabemos si lo anterior fue acompañado del clásico “ahorita”, porque como dice Joaquín Antonio Peñalosa: “Ahorita vengo, avisó el marido a su esposa y lleva tres años esperándolo.” Además, es posible advertir que el regreso de don Chucho se produjo en un entorno de machismo autoritario que le permite no sólo no dar explicaciones sino regresar exigiendo el trato privilegiado de siempre.
Algunos años después en otros rumbos se presentaron situaciones similares. María Esther Gilio relata lo sucedido en Argentina a Aníbal Troilo (el inolvidable Pichuco) con su esposa Zita.
(Zita) era muy tierna con Troilo, él podría haber sido su hijo también. Cuando ella te cuenta que una vez Troilo se fue a buscar fósforos y que eso le llevó tres días y que además llegó sin los fósforos… yo que sé, a cualquier mujer le daría un ataque de furia, pero ella le encontraba gracia a eso, como las gracias que una madre le puede encontrar a un hijo aun cuando en el momento la cosa la volvió loca. Lo quería como era, me parece.
Difícil frontera de amor, aceptación y resignación la que se hace presente en querer a la pareja tal como es.
Adolfo Bioy Casares también incursiona en el tema y documenta casos de algunos maridos que se ausentaron del hogar.
Burone me contó de alguien que, siguiendo a una muchacha, se fue de la casa. Dos años después, una noche, a la hora de comer, volvió. Entregó a su mujer un envoltorio:
—Traje esto —dijo.
Era una pizza.

Parece que no sólo las cigarrerías quedan lejos, también las pizzerías… En el relato anterior no se aclara el destino que tuvo el marido (ni la pizza) a la hora de su regreso. Tal vez el reconocido escritor argentino olvidó comentar el desenlace o quizá ello obedeció a que el tal Burone únicamente conoció la mitad del chisme. Pero sí sabemos del triste desenlace que tuvo otro de los casos citados por el mismo autor

(…) se fue a Cuba y dejó en la aldea mujer y críos sin nunca mandar una carta ni menos una peseta. En la aldea sabían por otros que allá en La Habana el hombre amasó una gran fortuna. Pasados treinta años, volvió: muy elegante con bastón con empuñadura en cabeza de perro, sombrero de fieltro, bigotes, corbata de moño, polainas blancas. Fue a la casa, revoleando el bastón, y lo primero que hizo fue darle a uno de sus hijos unas pesetas para que le comprara cigarritos; después le dijo que se guardara el vuelto, lo que causa muy buena impresión. Por poco tiempo, ya que descubrieron al rato que las pesetas para los cigarritos fueron las últimas que traía. La mujer le dijo: "Por mí, quédate en la casa, pero nada más". De todos modos,  la mujer consultó con los hijos, que dijeron: "Esta bien, pero que quede como criado". Así como criado vivió en su casa y después de no pocos años enfermó y murió. Como criado, siempre.

Otro de los episodios citados por Bioy alude a un fugado que, a la hora de su regreso y seguramente atormentado por su conducta, se impuso a sí mismo una peculiar pena suponiendo que con ello repararía de alguna forma el daño ocasionado.

Eleuterio B. vivía en Córdoba, con su mujer. Una vez fue al almacén, a comprar algo; no volvió a la casa, sino después de diez años (que pasó en el Paraguay, con una china). Cuando volvió no dio explicaciones ni se las pidieron. Al poco tiempo com­pró una enorme jaula de alambre tejido, como las de pájaros, de algunos zoológicos y la llevó a la casa. Introdujo en ella una cama, un ropero, un escritorio, una silla y pasó la vida en la jaula. Los criados la llamaban "el cuarto del señor".

Ahora bien, no se crea que todos los que abandonaron su casa (y para quienes parece que Cuba llegó a ser uno de sus destinos predilectos) fueron recibidos de buena manera por su esposa. Tal es el caso que menciona María del Pilar Montes de Oca Sicilia.

Cuenta mi abuelo que en las Islas Canarias, la tatarabuela o la chozna, se casó a mediados del siglo XIX con su novio de toda la vida. Al poco tiempos y después de hacerle varios hijos, él, pensando en su porvenir y en el de sus hijos, la dejó para irse “a hacer la América”, prometiéndole que, en cuanto tuviera un trabajo y una casa, mandaría por la familia. La señora no tuvo más remedio que aceptar y así fue.
Pasaron los años y esperó y esperó noticias de él, mismas que nunca llegaron –sabía que estaba en Cuba, pero nada más. Ella trabajó en el campo y sacó a su familia adelante.
Tiempo después empezó a cultivar la cochinilla –un insecto que entonces se utilizaba como colorante y era de lo más preciado- y empezó a hacer dinero; se enriqueció, compró una casa más grande y vio crecer a sus hijos y a sus primeros nietos.
Un día, mientras estaba sentada en la terraza de la casa, bordando al atardecer, vio cómo subía un viejo enjuto y flaco por el camino que bordea la colina que llega al pueblo. Era su marido, del que por más de 30 años había perdido el rastro. Estaba solo, se veía demacrado y acabado y lo único que traía consigo era un bote de miel de abeja sobre el hombro. Ella  esperó a que llegara a la casa, lo miró de frente, de arriba abajo y, en tono claro y simple, le dijo:
-Dónde dejaste la pulpa, hubieses dejado el hueso.

Llegados a este punto se podría deducir que todos los regresos fueron motivados por la revalorización del amor perdido o por el remordimiento. Nada más lejos de la realidad, tal como lo demuestra lo que sucedió con un amigo de Fernando Fernán-Gómez de acuerdo a lo narrado por Rafael Azcona.

(…) con el matrimonio en crisis desde hace ya tiempo, decide acabar con la situación y una madrugada, en medio de una bronca con su mujer, echa en una maleta unos calzoncillos y el cepillo de dientes, abandona el hogar dando un portazo, baja a la calle, llueve a mares y no pasa un taxi. Harto de esperar sube a su casa, y su mujer, que está llorando, al oírlo entrar se precipita en sus brazos: “¡Haz vuelto!” Y el amigo, de Fernando echa las manos por delante, para frenarla, y le explica: “No. Es que no hay taxis”.
Volviendo a Adolfo Bioy Casares, es posible que su curiosidad por conocer las circunstancias en medio de las cuales un hombre abandona a su mujer y a sus hijos, lo llevó a registrar casos que conoció directamente o que le fueron referidos por fuentes fidedignas. Entre ellos resaltan algunas situaciones en que el fugado, que en realidad estaba harto de su esposa, disfrazó la partida como un acto de heroísmo guiado por causas muy nobles. “No fue Byron a Missolonghi para pelear por la libertad de Grecia, fue para escapar de Teresa Guiccioli.” Y para dejar claro que no se trató de un evento aislado, concluye: “Es copiosa la lista de héroes que fueron a la guerra para huir de una mujer”. En caso de que dicha suposición se confirmara, es posible entonces que quienes derrocharon valentía en el campo de batalla fueran al mismo tiempo desertores de su frente doméstico.

Por último, cabe preguntarse: ¿esta conjetura expresa la opinión del escritor o le fue trasmitida por alguna de sus tantas amigas conocedora de las ocultas motivaciones del corazón masculino? Sea lo uno o lo otro, una vez más se confirma que nunca falta un desconfiado que siembre dudas en las verdaderas motivaciones que movieron a quienes se comprometieron en causas altruistas.

Se dice que Pascal afirmó que “el corazón tiene razones que la razón desconoce”, ante estas situaciones también podría ser cierto lo contrario: la razón tiene razones que el corazón desconoce.

domingo, 13 de noviembre de 2011

Un libro de no retorno

Recientemente las autoridades de la ciudad anunciaron que, debido a obras de mantenimiento de carácter impostergable, habría recortes en el suministro de agua. Ese anuncio fue invitación para tomar alguna medida preventiva (siempre insuficiente ante la emergencia) así como para releer “La gota de agua” de Vicente Leñero (México, Plaza Janés, 1984).

Mi padre fue un gran lector. Disfrutaba particularmente de las novelas policiales pero no le hacía el feo a lecturas de política, historia, literatura y crónica en general. Es por ello que desde que vine a vivir a México, en cada viaje a Uruguay le llevaba una buena dotación de libros. Eran de su predilección las obras de Juan Rulfo, Elena Poniatowska, Juan José Arreola, Carlos Fuentes, Fernando del Paso,  así como algunas de Octavio Paz.
Algo especial aconteció con “La gota de agua”. Fue mi querida amiga Beatriz Ibiñete quien me recomendó que se lo llevara suponiendo, y suponiendo bien, que le podría gustar. Durante su lectura reía a carcajadas al tiempo que contaba diversos pasajes a quienes lo acompañábamos en ese momento. Tanto le gustó que lo recomendó y prestó a varios de sus amigos; por lo visto a alguno de ellos también le gustó porque en uno de esos tantos préstamos, el libro ya no regresó a sus manos. Por tanto en sus cartas me pedía que no olvidara llevárselo nuevamente en el próximo viaje. Tanto el préstamo como la no devolución se repitieron muchas veces, por lo que “La gota de agua” ha sido el libro que más veces he comprado.
El argumento se basa en la vivencia personal del autor referente a  una temporada en que faltó agua en su casa. De alguna manera ello lo conduce a rememorar algunos incidentes que tuvieron lugar en su época de estudiante, cuando al finalizar su carrera de ingeniero le correspondió prestar servicio social cuando se construía la Ciudad Universitaria, siendo responsable de la instalación de los urinarios en uno de los baños de varones.

Enamorado como andaba por aquel entonces, sufrí una pequeña confusión en el momento de leer el catálogo de muebles sanitarios. En lugar de dictar a Saúl Mercado las alturas a que debían instalarse la alimentación y el desagüe del urinario 2422, pongamos por caso –seleccionado por las Oficinas Técnicas de CU, dicté las especificaciones del urinario 2423 que no había seleccionado nadie. Las diferencias entre uno y otro mueble eran de unos cuantos centímetros y no advertí el error hasta después de enmosaicados los muros e instalados los urinarios en los baños para hombres del largo edificio rectangular.
Llegué a la obra un mediodía, seguro de que mis plomeros habían concluido ya la última etapa de nuestro trabajo en Ciencias Políticas. Antes de subir al baño-hombres del segundo piso me detuve a contemplar la construcción hermética como una caja de zapatos. De aquí saldrán, reflexioné, los nuevos políticos que cambiarán el rumbo del país.
Iba a seguir reflexionando cuando se me presentó de sopetón el ayudante de Saúl Mercado.
-¿Ya terminaron? –pregunté con firmeza.
-Sí, ingeniero, nomás que hay un problemita.
-No llegaron los urinarios.
-Cómo no. Los acabamos de instalar.
-¿Y funcionan?
-Funcionan muy bien, ingeniero. Su alimentación perfecta, su descarga normal: todo funciona. Pero hay un problema.
El ayudante de Saúl Mercado tenía la maldita manía de impacientarme. A veces se comportaba como un lerdo, era lento en sus reflejos; medio tarolas, la verdad.
Dejó de rascarse la cabeza. Dijo:
-No alcanzo.
-Qué cosa.
-Estuvieron mal nuestras medidas, ingeniero; no alcanzo.
-No alcanzas a qué.
-A miar, ingeniero.
Reprobé con un gesto la vulgaridad del ayudante de Saúl Mercado y subí de dos en dos los escalones hasta el baño-hombres del segundo piso. Brillaba de limpio. Los excusados preciosos, los lavabos encantadores, pero sí, ciertamente los urinarios se veían un poquitín más elevados de lo normal, digamos unos 15 o 20 centímetros.
Aunque de inmediato capté el origen de la equivocación, no quise manifestar el menor signo de alarma ante el plomero para no mellar mi imagen de autoridad. Prefería realizar una verificación técnica, in situ. Me planté frente al primer urinario de la batería, desabroché la bragueta y descargué contra el mueble el hilo amarillo de mi vejiga. Lo hice con un trazo parabólico, sin excesiva dificultad. El ayudante de Saúl Mercado me observaba a distancia, con discreción.
Mientras me abrochaba de nuevo la bragueta lo miré severamente:
-Cuál problema, tú.
-Usted si alcanza porque está alto –sonrió el ayudante de Saúl Mercado-, pero dónde van a miar los chaparros como yo.
-Qué orinen en el excusado –grité, y salí del baño sin darle más explicaciones. Tampoco se las di a Enrique González. En mis hojas del reporte puse puras palomas y OK OK OK OK a todos los renglones del programa. Los supervisores de las Oficinas Técnicas de CU, seguramente basquetbolistas, jamás hicieron reclamación alguna.
Veinticinco años después fui a mironear, por pura nostalgia, el edificio donde trabajé por primera vez. Supe que nunca perteneció a la Facultad de Ciencias Políticas. Lo destinaron primero a Economía y luego alojó la Escuela de Administración. El tiempo no había pasado en balde. El baño-hombres del segundo piso estaba sucio, pintarrajeadas sus paredes de mosaico, deteriorados los muebles. Alguien, sin embargo, había llevado a cabo una modificación estructural: bajo la batería de urinarios, sobre el piso, levantó una plataforma de cemento de 15 centímetros de altura. Ahora hasta los jockeys podían orinar ahí cómodamente.
Es así que preocupado por la falta de agua en su casa y los contratiempos que ello le ocasiona, Vicente Leñero continúa recordando otros episodios singulares que tuvieron lugar durante su servicio social
(…) se presentó el administrador de la escuela. Se permitía distraernos de nuestro trabajo, dijo, para que le resolviéramos un problema secundario pero muy urgente. Un excusado de la planta baja estaba tapadísimo y quería ver si nosotros/
-Cómo no, desde luego, en un ratito –dije al administrador.
Con Saúl Mercado y su ayudante me asomé al baño. El excusado estaba ciertamente tapado, pero el verdadero problema era que más que una persona había hecho uso del mueble y la mierda acumulada durante quién sabe cuánto tiempo en la taza producía, además de un espectáculo espantoso, un olor nauseabundo.
Hui del baño con deseos de vomitar. Saúl Mercado y su ayudante salieron corriendo tras de mí.
Me puse serio:
-Hay que destapar ese excusado, Saúl, inmediatamente.
-Sí ingeniero, cómo no –dijo Saúl, pero se dirigió a su ayudante-: Ya oíste. Traite la bomba y el gusano y te lo destapas.
Durante segundos el ayudante de Saúl Mercado se quedó como una estatua mirando a su jefe y luego a mí. Al fin estalló:
-Oigan no, no se vale, a mí no me pongan a hacer eso. Yo no tengo la culpa de que esa gente cochina se ponga a cagar donde no debe. Cómo voy a meter ahí las manos. Yo no le entro de plano.
-Alguien tiene que hacerlo.
-Yo no, ingeniero.
-Ándale y no repeles –ordenó Saúl-. Si no se puede con la bomba quitas la taza y le das con el gusano.
De nada sirvieron las protestas del ayudante. Sus jefes nos mantuvimos inflexibles.
-Bueno, está bien. Pero con una condición, ingeniero: que me dispare una botella de tequila. Sólo pedo me pongo a destapar esta chingadera.
Le di un billete y regresó al poco tiempo con las herramientas y una botella de Sauza. Ya sin repelar se introdujo en el baño nauseabundo y ahí se pasó toda la mañana y toda la tarde accionando como un desesperado. Cuando salió no podía mantenerse en pie de borracho que estaba. Gruesos lagrimones le resbalaban por los cachetes.
-No pude –gemía-. No pude, no pude, no pude.
En “La gota de agua”, Leñero narra las múltiples vicisitudes por las que atraviesa su familia ante la falta del vital líquido, así como los muchos intentos fallidos por solucionar ese drama doméstico. Durante el tiempo que se mantuvo la falta de suministro todo era pensado en términos de disposición o carencia de agua. Ejemplo de ello fue el domingo 31 de enero de 1982 en que concurrió con su familia al Palacio de Bellas Artes a un concierto de la Orquesta Sinfónica Nacional dirigida por el maestro Sergio Cárdenas
(…) imaginé a más de uno (de los músicos) enjabonado bajo la regadera, histérico porque el agua se acabó de repente. Cuántos de aquellos músicos se habrían desayunado con la sorpresa de una llave que no escupe, de un tanque de excusado completamente vacío. Tocaban ahora ocultando el malhumor, sudorosos por el trajín musical. Tal vez el mismo Sergio Cárdenas no tuvo agua ni para mojarse la cabeza que sacudía de derecha a izquierda como un plumero durante el adagio de la Sinfonía en do mayor K. 425 de Mozart.
Por esos días la posibilidad de ser feliz quedaba restringida a los privilegiados que contaban con normal abastecimiento de agua en sus casas y que por lo mismo no dejaban de ser  envidiados.
En la tele, a eso de las diez de la noche, cantaba Napoleón. Se veía rozagante, limpiecito, como si acabara de salir de una ducha. Pinche Napoleón privilegiado, qué envidia.
Me dormí hasta las tres de la madrugada cansado de esperar el ruido del agua subiendo a los tinacos y llenado el tanque del excusado.
Nada se oyó.
Mi padre falleció hace muchos años pero aun mantengo la costumbre de que si al entrar a una librería de viejo me encuentro con un ejemplar perdido de “La gota de agua”, no resisto la tentación de adquirirlo. Por alguna extraña razón la historia se repite ya que lo he prestado en varias ocasiones y en más de una oportunidad su salida fue sin retorno; es por ello que siempre tengo más de uno.
Hace unos días Vicente Leñero recibió un muy merecido reconocimiento literario, por tanto es buena ocasión para releerlo. Sí, ya sé que los tiempos imponen lecturas serias acordes con lo que se vive pero tal vez no haya nada más serio que convocar a la sonrisa en estos días en que las cosas están como están.