miércoles, 14 de marzo de 2012

Porque las guerras no terminan cuando se acaban


Tema complicado el del acostumbramiento. Por una parte no deja de ser  dolorosa esta capacidad de habituarse a casi todo, pero por otro lado es buena cosa ya que permite sobrellevar lo que resultaría insoportable si no se contara con la anestesia del acostumbramiento.
De entre quienes habitaron tiempos y espacios en que tuvieron lugar conflictos armados, unos murieron, otros sobrevivieron. De éstos últimos, algunos no volvieron a referirse al tema (hicieron un pacto de no agresión con el recuerdo y la memoria) mientras que otros, años después recuerdan sus vivencias. Sucede que la guerra queda con la intensidad propia de la mirada infantil o adolescente aun cuando los muchos años hayan pasado. El actor Fernando Fernán Gómez, quien vivió parte de su niñez en el transcurso de la Guerra Civil Española, se refiere al efecto acostumbramiento. “En aquellos meses ya no dábamos importancia al tableteo de las ametralladoras o al ruido de los disparos sueltos que llegaban desde la Ciudad Universitaria. Alguno de nosotros decía simplemente: ‘Hay combate’. Y seguía la conversación, o el juego en la mesa del comedor.” Por cierto que en tiempos de guerra son muchos los que juegan al Antón Pirulero, cada quien a su juego… Por otra parte, Fernán Gómez alude a la manera en que la guerra va encontrando lugar dentro del entorno cotidiano. “Sin percatarnos de ello, habíamos convertido aquellos combates que para los contendientes serían algo dramático, algo vivo y decisorio, en una simple cosa, un accidente, como la llovizna, como un apagón de luz, como el trapero de las mañanas, que puede pasar o no pasar pero no influirá en el sentido de la vida de nadie.”
En la familia se multiplican los temores por lo que podría ocurrir al niño Fernando, sin embargo –tal como él lo refiere- el miedo también se acostumbra. “Durante los últimos cinco meses del año 36 y buena parte del 37 no hacía nada. Estaba casi siempre encerrado en casa, leyendo o escribiendo, tratando de inventar juegos sobre la guerra o el fútbol utilizando el hule a cuadros que protegía la mesa del comedor. Mi madre y mi abuela tenían un miedo exagerado por mí; miedo que desapareció poco a poco, no porque yo creciera, sino porque la guerra se fue convirtiendo en costumbre.” La abuela tenía sordera en un oído y cuando el ruido de los combates no dejaba dormir “(…) ella se tumbaba del oído que le quedaba sano ¡Y tan ricamente! Todo tiene sus ventajas.”
Otra mirada retrospectiva sobre la guerra corresponde al escritor y periodista Ryszard Kapuscinski, quien recuerda el “clima social” en que vivía la Polonia de su infancia y adolescencia en tiempos de la 2ª Guerra Mundial. Ello lo condujo a pensar que la guerra era “el estado natural del universo”.
Durante mucho tiempo pensé que aquél era el único mundo, que no había otro, que la vida era así. Es comprensible: los de la guerra fueron mis años de infancia y primera adolescencia, cuando uno empieza a discurrir y a tomar conciencia de las cosas. De ahí que me pareciese que no era la paz sino la guerra el estado natural del universo, incluso el único posible, la única forma de existencia; que la necesidad de huir, el hambre y el miedo, las redadas y las ejecuciones, la mentira y los gritos, el desdén y el odio formaban parte del sempiterno orden de las cosas, que eran el sentido de la vida, la esencia del ser.
Así las cosas, la guerra deja de ser un estado excepcional para convertirse en realidad cotidiana, que llega incluso a concebirse como algo natural. Es por ello que al concluir los combates en ocasión del restablecimiento de la paz, el adolescente que por aquel entonces era Kapuscinski queda totalmente desconcertado al no saber cómo era la paz. “(…) cuando callaron los cañones (…), cuando de pronto se hizo silencio, ese silencio me pilló por sorpresa, no sabía qué significaba. Un adulto, al escucharlo, tal vez dijese: ‘Se acabó el infierno. Por fin ha vuelto la paz.’ Pero yo no recordaba qué era la paz, era demasiado pequeño para recordarla: cuando se acabó la guerra yo no conocía más que el infierno.”
Ante estos testimonios sobre la presencia de la guerra en lo cotidiano, no queda más que coincidir con Max Aub: “Las guerras siempre se pierden, unas veces por poco, otras por mucho; unas en semanas, otras en años.”
Por otra parte, es importante advertir que no se trata de un tema del pasado ya que en el mundo de hoy son muchos los niños y adolescentes para los que la guerra, la violencia, la inseguridad forman parte de un escenario que ya les es natural porque no conocen otra realidad. Hoy día son muchos los Fernando y los Ryszard que, con otros nombres, no tienen conocimiento de lo que es habitar en tiempos de paz.
Finalmente, con la paz sucede como con la libertad que en ocasiones solo se llega a valorarla en su real dimensión cuando se siente perdida. Al decir de María Zambrano
La paz es mucho más que una toma de postura: es una auténtica revolución, un modo de vivir, un modo de habitar el planeta, un modo de ser persona. (…) Un estado de paz verdadera no habrá hasta que surja una moral vigente y efectiva a la paz encaminada, hasta que la violencia no sea cancelada de las costumbres, hasta que la paz no sea una vocación, una pasión, una fe que inspire e ilumine.
Así sea.

lunes, 5 de marzo de 2012

Entre diminutivos te veas


Muchos son los autores que han analizado el uso y abuso de diminutivos en el lenguaje cotidiano. Samuel Ramos, Octavio Paz, Santiago Ramírez -entre otros-  han encarado la cuestión de la identidad nacional y en algún momento, más temprano que tarde,  recalan en el tema. Otro autor que se refiere a este punto es Joaquín Antonio Peñalosa “El diminutivo es la salsa de nuestra conversación. Ni es mexicano el platillo sin el picor del chile, ni la conversación sin el dulzor del diminutivo. Por lo que nos entra de picante nos sale de dulzura.”

Como no podía ser de otra manera su uso llega al ámbito familiar ya que como afirma Peñalosa “La familia mexicana (…) compónese de una serie de diminutivos a partir del abuelito y la abuelita, el jefecito y la jefecita, el hermanito y la hermanita, el nietecito y la nietecita hasta llegar al niño chiquito y en dado caso, al huerfanito (…). Ay del ingrato que llame a su abuelita, abuela; ese tal merecería descolgarse del árbol genealógico por ofensivo y desdeñoso con la ‘cabecita blanca’ (…)”. La cosa sigue cuando llega la bebida. “Nuestro huésped comienza la ceremonia ofreciéndonos la inevitable ‘copita’. Cuando todo mundo la sostiene en alto, tensa y trémula en un momento de expectación, alguien irrumpe con la señal esperada: ‘Salucita’. Que es como el tiro de salva para que arranquen los atletas.” Ni qué decir a la hora de la comida, tal como lo indica el mismo Peñalosa

Aquí está ya el primer diminutivo, es decir el primer platillo, que es un "caldito" caliente con "cebollita" picada y su "limoncito" como para asentar el estómago y entrenarlo para el incierto futuro inmediato. Siguen los otros platillos, es decir, los otros diminutivos en serie: una "sopita" de arroz con sus "huevitos" estrellados, una "carnita" de puerco aderezada con la imprescindible, inefable "salsita", y las "tortillitas calientitas, suavecitas" y el fin feliz de los "frijolitos" siempre antiguos, siempre nuevos, sin que se olvide un "platito" de dulce y una "tacita" de café con un bienoliente "cigarrito" del país o "de carita".
Los diminutivos, es claro, se vuelcan en la designación de los antojitos. Ahí están las "patitas" de puerco, el "cabrito" al horno del Norte, el "cochinito" pibil del Sur, los potosinos "nopalitos", los "ceritos" en vinagre, las indecibles "carnitas", la "pancita" y los "machitos" para digestiones a prueba de bomba, las enchiladas llovidas de "quesito", los beatíficos "pambacitos", las "gorditas" tiernas, y la institución nacional de los “taquitos", que el mexicano come a toda hora en una prolífica variedad de más de 150 clases diferentes.

En ocasiones el diminutivo cumple la función de encubrir la desmesura o disfrazar de austeridad al lujo más flagrante; continúa Peñalosa “Cuando el mexicano alude a su casa siempre la designa como su pobre casa, así sea soberana residencia. (...) Tendencia connatural a hacer pequeño lo grande, y más cuando todo esto es pertenencia suya. ‘Tengo una casita en las Lomas de Chapultepec y otra casita en Las Brisas de Acapulco’. Pues pobrecito.” Sin embargo cabe aclarar que los diminutivos aplican tanto para un barrido como para un fregado porque así como disimulan el escándalo de la opulencia, en opinión de Andrés Henestrosa también logran hacer menos lacerante la pobreza.

Así, tú dices, en diminutivo: “Venga un día a casa a comer unos frijolitos”. El diminutivo no es privativo de ningún pueblo, desde luego, no del mexicano; pero en la lengua de los indios, el diminutivo no sólo es la reducción física, digamos, de las cosas, sino que sirve para reducir su pobreza y su tristeza. Y cosa curiosa, pondera. (...)
El diminutivo es una alusión tierna a las cosas. No es lo mismo decir “mi casa” que “mi casita”, no es lo mismo decir “frijoles” que “frijolitos”. La terminación “ito” le pone ternura, resta tristeza, resta pobreza a las cosas.

Tal como se deduce del análisis del multicitado Joaquín Antonio Peñalosa, la gramática ortodoxa le hace los mandados al habla mexicana.

La gramática afirma que las partes invariables de la oración son inalterables, jamás deben modificarse, ni admitir sufijos ni prefijos, siempre fieles a su genio y figura. Pero todo es que llegue el mexicano con su cascada saltarina de diminutivos, y hace variables las partes invariables, como sucede con los adverbios. Ahora, dice la gramática; ahorita, dice el mexicano y, en caso de urgencia, ahoritita; o para imprimirle mayor velocidad, ahorititita. Lo mismo sucede con poquito, muchito, lueguito, despuesito, enseguidita y otras deliciosas arbitrariedades. Puede más el alma que la gramática, la psicología que la lexicografía.
¿Cuál es el secreto de esta micromanía, de este amor trémulo por lo pequeño y abreviado?¿Cuál la fuente de este interminable rocío de diminutivos que empapan hasta el tuétano del habla cotidiana, sino la cálida afectividad, la sensibilidad emotiva de los mexicanos, tan fáciles al amor y a la amistad, con un corazón más grande que el cerebro? El mexicano puede afirmar con permiso de Descartes: Amo, luego existo.

Hay quienes discrepan con esta interpretación tan romántica. Es el caso de Santiago Ramírez cuando señala que en una manifestación muy violenta el macho mexicano “hará uso excesivo del diminutivo inclusive en sus más apasionados ratos de hostilidad; matará en medio tono y con suavidad; cuando entierra un cuchillo en el vientre de su adversario, expresa dulcemente: ‘guárdame este fierrito’”. Juan Villoro alude a otra situación, cuando alguien logra conciliar rencor con amabilidad hundiendo el puñal con extremada cortesía acompañado de la pregunta: “¿No me lo guarda un ratito?”. En fin, que es cuestión de no confiarse demasiado en los diminutivos.

Por último nada queda fuera de esta “diminutivitis” aguda, tal como lo ilustra el monumento a Carlos IV situado en la Plaza Manuel Tolsá (que homenajea al autor de la obra, reconocido escultor y arquitecto) en el centro histórico de la ciudad de México. No es un dato menor el que la mirada colectiva haya olvidado al jinete al centrarse en el equino, que a pesar de sus dimensiones colosales, es conocido popularmente como “el caballito”.

Así las cosas, nada es imposible para un diminutivo que quiera dar de sí.

martes, 28 de febrero de 2012

Vicisitudes de un modelo 55

Hace ya algunos años unos compatriotas amigos llegaron de visita a México e hicieron una primera parada en el D.F., para luego seguir viaje hacia el sureste del país. Tal como se estila en estos casos propuse diversas opciones de paseos a los que podría acompañarlos. Hechas las valoraciones pertinentes llegamos a la misma conclusión de siempre: el tiempo no alcanzaba para todo por lo que habría que renunciar a varios recorridos. Por ningún motivo, advirtieron, aceptarían omitir la visita a la casa de Frida Kahlo así como al Bazar de los Sábados que se ubica en los alrededores de la Plaza de San Jacinto, por los rumbos de San Ángel.

Y allí fuimos en una hermosa mañana de sábado. Todo transcurrió en forma muy agradable mientras recorrimos puestos de artesanías en textiles, metales, madera, vidrio, etc., en las que los artistas mexicanos se pintan solos. Mis amigos no salían de su asombro de estreno ni yo del mío que, aun cuando reincidente, una vez más se hacía presente.

No están ustedes para saberlo ni yo para contarlo pero en realidad el drama comenzó en un local de venta de antigüedades en el que me descubrí contemporáneo de algunos de los objetos exhibidos y que suscitaban risueña  curiosidad en un grupo de personas de inmoderada juventud. En primer lugar la máquina de escribir igual a aquélla en la que aprendí mecanografía (armatoste de carro grande, campanita anunciadora de cambio de renglón, letras que frecuentemente se traban al ser accionadas por medio de teclas duras tarea en la que los dedos meñiques llevan la peor parte, barra espaciadora de sonido inconfundible, etc.) También llamó su atención el aparato telefónico metálico de color negro, de fuerte presencia sedentaria a diferencia de sus minúsculos y portátiles herederos. El otro objeto causante de intriga fue la máquina de moler o picar carne que allí se exhibía y que era igual a la que usara mi madre en tiempos idos.

Así, mientras los muchachos indagaban con el encargado del puesto algunos detalles de funcionamiento de tan singulares utensilios, pensé que me quedaban dos caminos: deprimirme o tomármelo en broma. Opté por éste último, de tal manera que al retirarnos comenté con mis amigos que en cualquier momento la UNESCO me podría llegar a declarar “Patrimonio Histórico de la Humanidad”.  Y es que en mi condición de cosecha 1955 el tiempo se vino encima y el modelo ya quedó un tanto descontinuado.

martes, 21 de febrero de 2012

Un problema sobre ruedas


No cabe duda que los accidentes de tránsito forman parte de la vida contemporánea y ello se debe a un conjunto de causas. Muchos autos y motos tienen mayor potencial en velocidad que en protección a sus ocupantes. Las ciudades no cuentan con la infraestructura requerida: calles estrechas, pocos semáforos, falta de señalamientos, etc.  Por otra parte algo sucede con la sensación de poder que otorga el volante y que hace posible que una persona que de a pie suele ser sensata y mesurada, una vez que ocupa el lugar de conductor se vuelva intratable al querer demostrar su superioridad ante cualquier competidor, real o imaginario, sea en el alto de un semáforo o en alguna calle o ruta nacional. Es así que el volante permite a algunos conductores, independientemente de su edad, manifestar una actitud típicamente adolescente caracterizada por sensaciones de omnipotencia e inmunidad. A  lo anterior se añade que suele hacerse caso omiso al principio fundamental de que la manejada no se lleva con el alcohol.

Aun cuando los accidentes de tránsito suceden en todos lados, en Uruguay su frecuencia es significativamente elevada. No tengo datos concretos pero todo parece indicar que, por lejos, se sitúan muy por encima de la media y no creo que se trate solamente de una “sensación térmica”, aun cuando no es posible dejar de considerar el espacio privilegiado que los medios de comunicación le otorgan al tema. Difícil un informativo televisivo que no contemple algún evento desgraciado con imágenes, entrevistas varias y conjeturas múltiples. Así las cosas, no han faltado campañas de educación vial que van desde cursos que imparte Policía Caminera a niños y adolescentes, hasta exponer en lugares públicos autos destrozados con el mensaje no tan subliminal de que si no le baja al acelerador así puede terminar su vehículo (y lo que es peor: usted dentro de él). A ello se agregan cápsulas en radio y televisión, textos publicados en periódicos, folletos distribuidos en plazas comerciales, etc. En fin, que por falta de campañas no es la cosa. Sin embargo, los resultados están muy lejos de ser satisfactorios.

Existen deficiencias muy severas en cuanto al desarrollo de una cultura ciudadana, lo que es posible apreciar tanto en la ausencia de consideración para con el otro como en  la desobediencia a normas básicas de convivencia. Un ejemplo de ello está dado por el ruido producido por vehículos que hacen hasta lo imposible por no pasar desapercibidos en un entorno en el que es tan importante la búsqueda de reconocimiento. No se crea que las cosas siempre fueron así. Es posible leer con azoro, si no es que con incredulidad, a Juan Carlos Pedemonte refiriendo que en el Montevideo de comienzos del siglo XX en el caso de que hubiese alguna persona muy grave en la casa se avisaba a la policía que “colocaba en toda la cuadra frente a la casa del enfermo un colchón de paja, para que los carros y carruajes con sus llantas de hierro no produjeran el gran ruido sobre el empedrado de cuña de piedra o el adoquinado”.

Volviendo al momento actual, las instituciones implicadas en el tema ponen énfasis en el drama personal y familiar ocasionado por accidentes que dejan secuelas para el resto de la vida o peor aun cuando el desenlace es la muerte (siempre ingrata e inoportuna pero que cuando acaece en circunstancias que se pudieron haber evitado con un poco de sensatez, aún duele más). Sin embargo, como en nuestra sociedad lo económico ocupa un lugar preponderante, desde algunas dependencias oficiales se ha dado a conocer lo que cuesta al Estado, y por ende a los ciudadanos, las emergencias móviles y atención hospitalaria requerida por estos accidentes. Las cifras son impactantes.

Contrariamente a lo que se podría suponer, el problema de la frecuencia de accidentes viene de larga data; Miguel Ángel Campodónico afirma que en mayo de 1934 “los montevideanos seguían soportando con inquietud la impresionante ola de accidentes de tránsito que castigaba a la ciudad y de la cual los diarios se ocupaban con grandes titulares”. En esa línea –añade Campodónico- un periodista de “El País” concluía: “La ola trágica de los accidentes de tránsito continúa diariamente envolviendo a nuevas víctimas. Ya los conductores no estiman ni sus propias vidas.” Tampoco es novedad que futbolistas reconocidos sean con frecuencia protagonistas de accidentes ni la sospecha de que en ocasiones la obtención de la libreta de conducir no se conduce, por paradójico que parezca, a través de las vías legales vigentes. Una nota de prensa del 8 de mayo de 1940 pone de manifiesto lo anterior al dar cuenta que

Siendo las 10 horas, circulaba por la calle Acevedo Díaz, de sur a norte, el automóvil empadronado con chapa 31-423, que guiaba el conocido futbolista Héctor Castro, residente en Avenida Agraciada No. 2379, cuando al desembocar en Carapé, fue embestido por el auto de propiedad del señor Andrés Deus, conducido por Marcelino Zubieta, residente en Siria 29, que marchaba por Carapé de Oeste a Este.
El encontronazo fue brusco y los vehículos quedaron bastante deteriorados, pero ninguno de los conductores sufrió lesión alguna.
Y como el gran futbolista Castro es manco, interesa saber quién le expidió la licencia de conductor de autos. Como sabemos de otros casos parecidos a éste, parece que en la Dirección de Rodados impera un criterio muy particular al respecto.

Ni siquiera es de reciente data la problemática que enfrenta el peatón para poder realizar el cruce en algunas calles y avenidas; hace medio siglo, Isidro Más de Ayala se refería a ello

La Avenida Agraciada desde Mercedes hasta La Paz es un autódromo donde, de un lado, el Banco de Seguros (vida, accidentes) y, del otro lado, el Automóvil Club, se disputan a toda persona (héroe, inconsciente o loco) que pretenda atravesar la calle confiando solo en sus extremidades inferiores. Personas que han cruzado el Océano Atlántico repetidas veces afirman que más arriesgada aún es la travesía de la Avenida Agraciada, y que en ella han experimentado sudores, ahogos, palpitaciones, carne de gallina, erizamientos del cabello, que no conocieron en sus travesías marinas. Sabemos de un señor que, aún después de haber hecho el testamento no se animó a cruzar la citada avenida.
Nos tocó presenciar la hazaña de Julito López. Fueron a despedirlo hasta el cordón de la vereda los familiares y la novia. La madre lloraba y mordía el pañuelo, las hermanas lo abrazaban, la novia quería retenerlo. El padre se mantenía serio. Se veía que no quería dejarse llevar por la emoción. Le dio un apretón de manos, y le dijo:
-Julito, tan pronto llegues envíanos un telegrama.

Menos mal que la patria se hizo a caballo porque si hubiese tenido que ser en auto o en moto, quien sabe si aun no estaría por hacerse.

martes, 14 de febrero de 2012

Perfumados, acerados y un tanto terpénicos

La cata de vinos cuenta con larga tradición y es posible suponer que  alcanzó su mayor refinamiento en círculos aristocráticos, observadores del ceremonial  y la regulación del comportamiento con severos protocolos así como manuales de urbanidad y cortesía. Con la Revolución Francesa estas costumbres se vieron interrumpidas, reapareciendo tiempo después (a lo que no son ajenos los restaurantes en su calidad de restauradores) ya no sólo entre la antigua aristocracia sino en los grupos sociales ahora encaramados al poder. En las zonas de cultivo de vid, las llamadas rutas del vino que abarcan diversas regiones de Francia, España, Italia, Alemania, etc., la cata ha ocupado desde mucho tiempo atrás un lugar de especial relevancia.

Es posible advertir que desde hace algunos años, particularmente en la clase alta y media alta, ha venido creciendo el interés no sólo por beber vino sino por conocer de la materia, lo que ha promovido la creación de escuelas especializadas o clubes del vino en que reconocidos catadores y sommeliers imparten clases teórico-prácticas.  Sin embargo cabe señalar que Brillat-Savarín, uno de los clásicos del género culinario, desconfiaría de los aprendizajes así logrados, puesto que en su opinión “se puede aprender a ser cocinero, pero se nace catador”. Hay catadores que desarrollan su tarea con gran profesionalismo, verdaderos artistas de la degustación; es el caso de Álvaro Cunqueiro -reconocido escritor gallego-, quien describe de qué manera en los momentos previos a una cata se encomienda con fervor laico a los grandes maestros del oficio.

Escribo estas líneas a punto de salir para Salvatierra de Miño a catar los caldos del Condado en compañía de solemnes peritos, y, en mi humildad, me encomiendo a los graves catadores de antaño, a los que dieron la norma del oficio y establecieron las más altas exigencias, sí y no, como Cristo nos enseña. Me encomiendo al maestresala que en Caná de Galilea conoció que era mucho mejor el vino segundo -el vino del milagro- que el vino primero. Idem a los tíos de Sancho Panza, que catando un tinto manchego, decidió uno de ellos que el vino tenía una punta a hierro y el otro que a corambre, y vaciada la barrica para lavarla se encontró en el fondo de ella una llave que tenía atado un cordobán trenzado, y quedaron ambos apreciados como los más ilustres de los catadores de la Nueva Castilla, desde los vinos moros de Toledo hasta los antiguos y conocidos campos de Montiel. ¡Fue mucho afinar! (...)
Me encomiendo al hermano del canciller Rollin de Francia, que está enterrado en Beaune, donde vivió y bebió y recordaba noventa y nueve vinos diferentes, sin equivocarse ni cuando estaba beodo. Dicen que en los últimos años de su vida, si apretaba la lengua con los dientes, aunque hiciese un mes que no bebía ni gota, aquélla rezumaba vino borgoñón, los famosos vinos del Hospicio, que le caía en dos hilos por el mentón...
(...) Y finalmente me encomiendo a Walter von Kutzue, delicado cantor y perpetuo borracho de cerveza, porque tenía el don, cuando la cerveza lo habitaba, de oír en su corazón las calandrias de agosto que se habían posado en los varales del lúpulo. Y si no había habido calandrias en aquel lugar, lo conocía y no bebía de aquella cerveza. Seguía a otra posada con su sed y con su laúd.
Hay que hacer examen de conciencia antes de sentarse a una mesa a catar los vinos. Yo lo hago saliendo, en la clara mañana de San Lorenzo, para Salvatierra de Miño (…)

 En estas líneas Cunqueiro alcanza un logrado maridaje entre vino y literatura. Lamentablemente no siempre sucede así, lo que nos permite presentar algunos ejemplos en que el glamuroso mundo del vino llega a la cima del ridículo. Para ello citamos el análisis de Oscar Kosada (Planeta Joy, 23 junio 2009) quien establece una vinculación entre vino y  flatolabia.

Los sommeliers y críticos ya no saben qué palabras inventar para describir los vinos que prueban. (…)
Días pasados, en ese inmenso reservorio de disparates que es ahora el canal Gourmet, el especialista chileno Patricio Tapia –un periodista dedicado a probar y comentar vinos por todo el mundo– tuvo una profunda diferencia gustativa con uno de los dueños de Château-Chalon, una bodega del Jura, pionera en la elaboración del vin jaune, un vino dulce muy particular y muy apreciado que sólo se produce en esa parte de Francia. Después de olfatear una copa de ese rico vino, Tapia dijo:
   –Están presentes notas minerales, a piedra de afilar, y también un perfume a hojas de laurel. Excelente…excelente…
   –Mmm… yo no diría tanto hojas de laurel –dijo el bodeguero francés– sino más bien a fenogreco…
   –Sí, puede ser –retrucó Tapia narigueteando la copa como un verdadero orate–, pero hojas de laurel… Laurel sin lugar a dudas.
Así estuvieron un largo momento (el tiempo suficiente como para que uno pudiera cambiar de canal) discutiendo si era fenogreco –una especie presente casi únicamente en los curry de la India– o si en realidad ese vino olía a laurel ... Si esto no es flatolabia, la flatolabia ¿dónde está?
Hay que reconocer que el mundo del vino, con sus muchas aristas hedonistas, vecino siempre de la buena mesa, se presta a este tipo de papanatismo que no es exclusivo de la Argentina. (…)
Claro que los epígonos locales de la flatolabia suelen esmerase como pocos a la hora de decir o escribir bobadas parecidas sobre el vino. Y no es porque sean ignorantes sino porque el planeta vino está poblado por aquí de escribidores al flato. Si no veamos lo que le ocurrió a una de las más importares bodegas de la Argentina, que elabora una líneas de vinos varietales con una notable relación calidad-precio. En una reciente gacetilla de prensa la misma empresa definió así a su Tempranillo 2005: “… se destacan aromas a grosellas, mora y regaliz (…) acompañados por vainilla y caramelo”. Del Cabernet Sauvignon 2004 la misma gacetilla distribuida dice que tiene aromas “de frutos negros y rojos (frambuesas, guinda, cassis, moras) combinado con notas de caramelo y vainilla”. Después de leer ese texto flatolábico a uno le queda la sensación de estar en presencia de un vino para ser servido no en una copa sino en un crocante cucurucho, ya que la descripción parece copiada de la lista de gustos de Freddo.
La Cava de Bolotín es un muy conocido sitio de la Internet en el cual se comentan y se discuten toda clase de vinos argentinos. Hace poco se podía leer un curioso análisis sensorial del vino de Finca Flichman Paisaje de Barrancas 2001, un genérico de alta gama que la bodega elabora sólo cuando las cosechas son excepcionales. Federico J. Bolotin escribió esto sobre ese magnífico vino: “Color rojo con aros color fuego como las hojas de otoño. Aroma a especias, azúcar quemada y frutas rojas. Un vino directo, paisano, con pimienta negra y dulce de leche picoteado con canela y clavo de olor”. ¡A la mierda… dan ganas de no comprarlo! Dulce de leche por dulce de leche, La Serenísima ofrece mayores garantías que Flichman, que si bien sabe mucho de vinos, de tambos no conoce nada.

Con la expresión flatolabia Kosada se refiere al “arte de hablar al pedo”, lo que suponemos estrechamente ligado al flatus vocis que el diccionario define con mayor elegancia como “meras palabras”.

No es difícil presentar otros ejemplos en esta línea, como el  que encontramos en un catálogo en el que una bodega española (nada menos que de La Rioja, región que produce vinos de excelente calidad) describe una de sus variedades.
 
“Rodiles" Vendimia seleccionada.
Vino elaborado con uvas Graciano. Como mareas lejanas de ultramar, con vaivenes inquietos que perfilan, modelan, acarician y seducen; que aportan pinceladas agrestes a un  paisaje ensoñado, de olores y sabores precisos como eterno regalo de la tierra, así, tan aparentemente simple, tan en voz baja, sin rubores de luz, vientres milagrosos del mejor roble nos dejan para nuestro disfrute este Rodiles, como sencillo recuerdo de un beso de mar...

Así, entre los expertos en vino se ha ido desarrollando un lenguaje propio que en ocasiones resulta excesivo, desmesurado, barroco, por decir lo menos.

Llegados a este punto reconozco con cierta dosis de vergüenza que nunca descubrí en los tintos de mi preferencia, aun considerando mis peores borracheras, ni pinceladas agrestes de un paisaje ensoñado, ni que me hablaran en voz baja, ni rubores de luz y mucho menos un beso de mar.

Es evidente que esta flatolabia o flatus vocis no es patrimonio exclusivo de catadores y sommeliers dado que no existe actividad humana que se encuentre a salvo de este hablar sin decir. Tal vez el presente artículo sea buena prueba de ello ya que al decir de Jorge Luis Borges: “Un mal escritor puede llegar a ser un buen crítico, por la misma razón que un pésimo vino también puede llegar a ser un buen vinagre”.


martes, 7 de febrero de 2012

Los asegunes del “ni modo”

Se trata de una expresión muy difundida en México y para quienes procedemos de otros rumbos no es tarea sencilla familiarizarnos con su uso. La cuestión no reside tanto en el modismo sino en el momento en que se utiliza. En su lado positivo, el “ni modo” sale a relucir cuando efectivamente no hay de otra: ante la muerte, el paso del tiempo, el padecimiento irreversible, la separación de los amantes sin vuelta atrás, etc. Pero en otras circunstancias manifiesta una actitud de facilismo, de no exigirse más, de no atacar las causas de problemas que podrían ser resueltos. En su primera dimensión el “ni modo” nos aproxima a la aceptación; en la segunda, al conformismo, a la dejadez, cuando no al fatalismo. Muchos son los dichos populares que vienen en auxilio de esta actitud de resignación.
No hay remedio, ya le tocaba. Ese era su destino. El que está de Dios que muera, hasta es lástima que viva. Al que le tocó ser peso, nunca llegará a ser dólar. Boda y mortaja, del cielo baja. El que nació pa’ maceta, nunca pasa del zaguán. Pero de que Dios dice “A fregar”, del cielo caen escobetas. El que nace tepalcate, ni a comal tiznado llega. Al que nace pa’ tamal, del cielo le caen las hojas. El que ha de morir a oscuras, aunque muera en velería. El que desde chico es guaje, hasta acocote no para.
Hace ya algunos años Oscar de la Borbolla advertía una especie de resignación colectiva que se iba difundiendo y sugería irónicamente que, en esa coyuntura, México podía hacer un aporte significativo a la comunidad global.

Una sensación recorre el mundo, la sensación de que “no hay de otra”. Este es el momento para que los mexicanos exportemos la filosofía del “ni modo” (…) Nada tenemos que aprender de los teóricos de la posmodernidad y, en cambio, nuestra larga experiencia en el “me vale”, en el “qué más da” y en el “total” podría enseñarles mucho, porque nosotros estamos aclimatados, ya desde hace varias generaciones, a la falta de horizontes y hemos superado la resignación pesimista, el desánimo trágico de quienes descubren por primera vez la fuerza del destino, alcanzando lo que podría denominarse una “resignación desmadrosa”: la paradójica actitud de quienes en lugar de abatirse, lo toman a relajo. Somos sabios, pues, lejos de ser un pueblo amargado (ya que no hemos tenido “de otra”), reímos, sabemos vivir y, de algún modo, “ahí” la llevamos.
No son pocas las ocasiones en que el “ni modo” desempeña un papel funcional al poder arbitrario así como a una amplia gama de injusticias que tienen lugar en ámbitos familiares, escolares, laborales y sociales en general. Es así que el “ni modo” inhibe rebeldías, apaga reacciones, desanima respuestas e invita a la resignación al aceptar pasivamente que “no hay de otra”, que ante la frecuencia de diversas problemáticas más vale irse habituando. Este efecto de acostumbramiento conduce, según Carlos Monsiváis, a que con mucha facilidad pasamos del “si se puede” al “no se pudo”, para concluir finalmente en que “ya ni modo”.
En algunas circunstancias el “ya le tocaba” pone telón de fondo a situaciones escalofriantes; a manera de ejemplo Joaquín Antonio Peñalosa transcribe una cita de José Vasconcelos en La Tormenta.
Un tal Urbina, lugarteniente de Pancho Villa, invitó a comer a su compadre que acababa de vender unas mulas. A los postres, Urbina, ya borracho, seguía brindando, mientras enlazaba con el brazo derecho la espalda de su compadre. Hacía calor y el compadre se llevó la mano a la bolsa atrás del pantalón para sacar la mascada, pañolón colorado de rancheros. Urbina, en su delirio de sangre y alcohol, imaginó que el compadre sacaba la pistola y, adelantándose, sin dejar de abrazarlo, con la izquierda le perforó de un tiro el corazón. Cayó el compadre muerto y, cuando lo extendieron sobre el pavimento, en su mano crispada sólo apareció el pañuelo. Urbina, viendo esto, se echó a llorar y decía: Pobrecito de mi compadre, es que ya le tocaba.

En la filosofía del “ni modo” las diversas situaciones de injusticia responden a un destino ineludible que conviene aceptar sumisamente; la existencia como parte de una obra trágica en la que la libertad ve notablemente acotado su campo de acción. Ante ello conviene deslindar el drama de la tragedia. A ese respecto, Noel Clarasó sostiene que la tragedia es la lucha del hombre contra su destino fatal, mientras que el drama es la lucha de las imbecilidades de los hombres entre sí. De allí que ninguna sensatez puede evitar la tragedia y, cualquier asomo de sensatez puede evitar el drama. Si aceptamos que buena parte de nuestros problemas son parte de un drama (no de de una tragedia), entonces la búsqueda y construcción de alternativas que manifiesten ese “asomo de sensatez” que demanda Clarasó, se vuelve una tarea impostergable. Es allí precisamente que la libertad adquiere sentido y la acción, tanto personal como comunitaria, una importancia decisiva en la marcha de los acontecimientos.
Felizmente son muchos quienes, sin negar los límites que la vida plantea, deciden asumir su rol histórico haciendo suyo el exhorto de Nietzsche: “Si no puedes romper las cadenas deja, al menos, las marcas de tus dientes”. Son aquellos que no aceptan dimitir a su lugar en la historia, aunque ello implique el esfuerzo de acabar con vicios e inercias que están al servicio de unos pocos. Ni modo.

miércoles, 1 de febrero de 2012

La camiseta de Martín

En el aeropuerto de Montevideo, Isabel es despedida por una parte de su familia e inicia viaje para ir al encuentro de la otra parte de su familia que desde hace tiempo reside en México.  Se suceden besos, abrazos, recomendaciones, mensajes, besos, abrazos, recomendaciones, mensajes... pero lo último que escucha es la voz de Martín en un pedido que adquiere rasgos de orden rogante: “Abuela, ¡no te olvides de la camiseta!”
Con cierta dificultad encuentra su lugar en el avión, tal como lo había solicitado: pasillo, en fila de dos, lo más adelante posible. Ocupa su asiento resignada a enfrentar las largas horas sin tiempo que unen la partida con el arribo. La primera etapa la conducirá a San Pablo y después de unas horas de espera proseguirá hacia su destino final. Saluda a quien ocupa el lugar de junto, un joven –piensa- que como tantos otros inicia su camino de exilio.  ¿A dónde irá? ¿Brasil, Estados Unidos, España, México, Italia, Canadá? ¿Cuál será la historia de su vida, tan distinta y tan parecida a tantas otras? Al promediar el vuelo el capitán da algunas referencias que permiten a los pasajeros no sentirse tan perdidos en ese amplio limbo de nubes espesas alternadas con azules intensos.
“Abuela, ¡no te olvides de la camiseta!” Isabel sonríe mientras reproduce la imagen de aquel rostro tan lleno de vida, tan pleno de entusiasmo. Martín, con apenas cuatro años, es apasionado del fútbol. Conoce con todo detalle nombres de equipos, jugadores, resultados de partidos disputados. Entiende del Campeonato Uruguayo, pero también de la Copa América y de la Eurocopa, entre otras; el torneo mexicano le interesa particularmente porque allí viven sus tíos y primos. La televisión por cable le permite estar al tanto del lugar que ocupa en la tabla de posiciones su querido equipo de las Chivas del Guadalajara. Cuando comenzó a escuchar de los preparativos del viaje de la abuela, Martín se imaginaba vistiendo la camiseta de las Chivas. 
En la llegada internacional del aeropuerto Benito Juárez de la ciudad de México, Isabel se reencuentra con su hija, yerno y nietos. Los abrazos giran en sentido contrario a los que había recibido unas cuantas horas antes, que parecían años, en Montevideo. Los abrazos de las despedidas son centrífugos y los del reencuentro, centrípetos. Como para conjurar cualquier amenaza de olvido, uno de los primeros comentarios de Isabel fue acerca del pedido de Martín.
Los dos meses transcurren casi sin darse cuenta: lenta la primera semana y muy aceleradas las siguientes. Durante horas de horas cada quien ocupa su sitio en los amplios y cómodos sillones en aquella casa de por los rumbos de Coyoacán; las pláticas parecen no tener fin. En los primeros días se trata de los grandes titulares, luego poco a poco le toca el turno a los pormenores.
Toda la familia se comprometió en la búsqueda de la camiseta y aún así no fue fácil dar con ella, porque eran de tallas demasiado grandes para Martín. El tiempo pasaba, la tensión aumentaba. Un día, y cuando ya se contemplaba la posibilidad de mandarla hacer, entran a un tianguis que por fuera no despierta mayores expectativas. A poco de caminar entre sus angostas avenidas, se detienen en un puesto, se miran entre sí, no dan crédito ¡ahí está!, colgada, solitaria, como esperando.  Y no sólo eso, sino que también es posible adquirir el pantalón y las medias de las Chivas. Ahora Isabel puede estar tranquila, se quita un peso de encima. Apenas unos días antes habían llamado de Montevideo y no tuvo más remedio que mentirle a Martín diciéndole que ya tenía su camiseta.
Llegó el momento en que a los abrazos les tocó volver a girar en sentido contrario: donde había sido el reencuentro ahora llega la despedida. No cabe duda, pensó Isabel, uno se la pasa entre partidas y llegadas, entre despedidas y bienvenidas. Así en los aeropuertos como en la vida.
Nuevamente el largo viaje, el ascenso al limbo y el descenso a la tierra. La escala en San Pablo. El vecino de asiento. La historia de algún exiliado que vuelve de vacaciones con urgencia de presumir sus éxitos o el regreso de quien canceló su aventura callando frustraciones, masticando explicaciones.
Mientras Isabel espera las maletas mira a la terraza y entre todos los saludos familiares ve la cara de Martín preguntándole con aquellos ojos tan expresivos si la camiseta viene en el equipaje. Ella le sonrió y asintió con su cabeza; Martín estalla en alegría.
Primero en el hall del aeropuerto, luego en el auto ya de camino a casa, no hubo más remedio que enfrentar los berrinches de Martín que quería su camiseta ya, ahora, en ese mismo momento. De la alegría al llanto, así con la camiseta como con la vida –pensó Isabel.
Ahora sí, en la casa ya no es posible dilatar más. Isabel abre su maleta y va directo a la caja envuelta para regalo, con moño y toda la cosa. Martín no puede con tanta alegría junta y por ello la derrama, la desparrama, entre sus padres y su hermana.
Sube a toda velocidad a su recámara en donde ya tenía preparados los zapatos de fútbol sin estrenar que había guardado para la ocasión. Las risas, los gritos se escuchan hasta abajo... sin embargo y de manera súbita, aquella alegría se transforma en el más triste de los llantos, en alaridos desgarradores, en frustración sin consuelo.
Los padres suben a prisa, ¿qué pasó?, pero Martín ¿qué te pasó?
No fue fácil que pudiera hacer una tregua en su llanto para que con mucha dificultad y palabras entrecortadas, reclamara: “es que no tiene número y si no tiene número ¿cómo quieren que sepa quién soy?”

martes, 24 de enero de 2012

La libertad, esa eterna sospechosa

Hubo un tiempo en que la cordura estuvo emparentada con la sumisión y la resignación mientras que, por el contrario, la rebeldía y el ansia de libertad ponían de manifiesto en forma inequívoca la existencia de severos desarreglos mentales. El caso paradigmático a este respecto es el de los negros esclavos en los Estados Unidos. Algunas mediciones –presumiblemente propuestas por blancos- no dejan dudas al respecto. Veamos lo que señala Eduardo Galeano.

Ocurrió en Washington, en 1840.
Un censo oficial midió la demencia de los negros en los Estados Unidos.
Según el censo, había nueve veces más locos entre los negros libres que entre los negros esclavos.
El norte era un vasto manicomio; y cuanto más al norte, peor. Desde el norte hacia el sur, en cambio, se iba pasando de la chifladura a la cordura. Entre los esclavos que trabajaban en las prósperas plantaciones de algodón, tabaco y arroz, la locura era poca o ninguna.
El censo confirmaba las certezas de los amos. La esclavitud, buena medicina, desarrollaba el equilibrio moral y la sensatez. La libertad, en cambio, generaba chiflados.
En veinticinco ciudades del norte no se había encontrado ni un solo negro cuerdo, y en treinta y nueve ciudades del estado de Ohio y veinte ciudades de Nueva York los negros locos sumaban más que todos los negros.
El censo no parecía muy digno de fe, pero siguió siendo verdad oficial durante un cuarto de siglo, hasta que Abraham Lincoln emancipó a los esclavos, ganó la guerra y perdió la vida.

Para los amos resultaba totalmente incomprensible que los esclavos se rebelaran y buscaran fuera de las plantaciones mejores condiciones de vida lo que era un despropósito si tenemos en cuenta el trato digno y amable que recibían de parte de sus amos. Los médicos se vieron en la emergencia de identificar el mal que producía este comportamiento tan extraño y desagradecido:   O’Connor y Mc. Dermott aluden a ello y analizan el origen del concepto de drapetomanía.
En el siglo XIX se creía que los esclavos de los estados sureños de Estados Unidos padecían accesos de una enfermedad denominada “drapetomanía”. El principal síntoma de la “dolencia” era un deseo irresistible de huir (algo inexplicable, obviamente, para las autoridades médicas de la época y, por tanto, causado por algún proceso patológico. Drapeta es el término latino para nombrar a un esclavo huido). Otros “síntomas” eran el descuido en las tareas asignadas y la destrucción de herramientas.

Por lo visto, el desagradecimiento ha estado presente en muy diversos momentos del devenir histórico. Menos mal que los amos estaban dispuestos de seguir al esclavo huido hasta donde fuese necesario y todo con el único y desinteresado propósito de que el esclavo abandonara comportamientos tan extraños y patológicos.

miércoles, 18 de enero de 2012

Un buen curro

En la cola para entrar al cine encontré a un compatriota amigo que hacía tiempo que no veía. Como ya estaba por empezar la función, quedamos en tomar un café al terminar la película. No me acuerdo cuál era el film y no sé si porque era intrascendente o si lo que sucedió después absorbió toda mi capacidad de almacenamiento memorístico de aquel día, pero el caso es que la película se esfumó.
En el reencuentro, con esa exuberancia expresiva uruguaya, el diálogo no salía de
            -¿Cómo estás?
            -Bien ¿y vos?
            -Bien. ¿Qué estás haciendo?
            -Sigo en ventas, ahí vamos...
-¿Cómo te está marchando el negocio? (esto lo pregunté a sabiendas de que le iba fenómeno ya que un amigo común me había contado acerca de sus éxitos laborales)
-Está duro, hay pocas ventas, el año pasado trabajé mejor. ¿Y vos qué onda?
            -Bien, ahí vamos, con mucho trabajo.
Era evidente que ese día estaba costando calentar los motores que permitieran hablar en serio. En ese momento se me ocurrió la pregunta que salvó la tarde:
            -¿Y tu hermano cómo está?
            -Bárbaro. ¡Ese sí que la hizo!
            -¿Sigue por acá?
            -No, está en Suiza
            -¿De paseo?
-Bueno, te diré... al comienzo fue de paseo, pero después se consiguió flor de laburo y resolvió de momento seguir por allí hasta que le dure el trabajo. Fijate que está laburando en un hospital: prueba los remedios.
            -¿Cómo está eso?
-Sí, es bruto curro. Los laboratorios antes de lanzar sus medicinas al mercado deben hacer varias pruebas. Las primeras se hacen con animales de laboratorio. Una vez superada esa fase de investigación con buenos resultados, se pasa a experimentar con humanos y mi hermano tuvo tanto culo que lo seleccionaron de entre un grupo muy grande y ya lleva como dos meses en esto.
            -¿En qué consiste el trabajo? -pregunté, pues mi asombro crecía.
-Es un lujo, no hace nada, se pasa haciendo sebo y gana un montón de guita. Eso sí, no puede salir del hospital para nada. Y ¿sabés qué? Tiene un cuarto para él sólo, como si fuera un hotel de cinco estrellas, con tele a colores, video y todo.
Dos o tres veces al día tiene que tomar unas pastillas que cambian cada poco tiempo. Durante el día -y a veces en la madrugada, eso es lo único jodido- le sacan sangre, le toman una muestra de orina y de materia fecal y le controlan la temperatura y la presión para comprobar que las medicinas no causen efectos secundarios. ¿Qué te parece? ¡Se sacó la lotería, se sacó! Está loco de la vida.
            Contestadas todas mis interrogantes al respecto, sólo atiné a preguntar:
            -¿Te escribe seguido?
-¡Ah! me olvidaba... Como la mayoría de los compañeros de trabajo de mi hermano son guatemaltecos, haitianos, argentinos y salvadoreños (y hay unos pocos africanos), los jefes son tan buenos tipos que para que se puedan comunicar con sus familias les pusieron en el mismo hospital una oficina de correos. Tal vez sea por eso que mi hermano me escribe más que nunca.

martes, 10 de enero de 2012

Cuando el amor riñe con la solidaridad

El proceso previo al derrocamiento del dictador Anastasio Somoza, el triunfo de la Revolución Sandinista, así como los enfrentamientos que tuvieron lugar posteriormente con los contras (respaldados por el gobierno de los Estados Unidos), fueron seguidos en México con mucha atención. Muchos mexicanos se alinearon con el sandinismo tanto en su aparato armado como en el apoyo a los diversos programas sociales llevados a cabo luego del triunfo de la Revolución.

Ilustración: Margarita Nava

Las brigadas solidarias estuvieron conformadas en forma destacada por varios integrantes de la comunidad académica y estudiantil quienes no dudaron en arriesgar su vida al ir tras sus ideales. Las universidades públicas (y también las privadas, aunque en menor escala) organizaron campañas solidarias para recaudar fondos y reunir aquellos materiales requeridos por el proceso de alfabetización impulsado por la dirigencia sandinista y considerado como fundamento de todo proceso de cambio.  

Según Gonzalo Celorio el mundo de las letras (en particular la poesía) ocupa un lugar muy importante en esa nación centroamericana. 

Los poetas de Nicaragua se llaman poetas. Es decir se llaman poetas los unos a los otros, vocativamente: Poeta, dame fuego; poeta, servime un trago. Es un oficio que no le tiene miedo a su nombre. En México, al menos, rara vez usamos esa palabra. Como si fuera demasiado pequeña o demasiado grande —tertulia decimonónica o excelencia artística—, la sustituimos por alguna acaso más general: escritor, o por otras que le dan la vuelta: escribe poesía. En Nicaragua, en cambio, se le llama poeta al poeta y como tal se le presenta: El poeta Gutiérrez, el poeta Lobo. Y casi todos son poetas en Nicaragua. Como en Chiapas: hasta que no demuestren lo contrario.
—Es una mierda alfabetizar a estos jodidos —dice, cariñosa, irónicamente, un poeta que participó en la ingente campaña durante la cual la Nicaragua que sabía leer y escribir enseñó a la que no sabía—. Lo primero que hacen los jodidos cuando los alfabetizás es escribirte un poema.
Gonzalo Celorio anduvo en aquellos años por Nicaragua. A la hora de la despedida, el amor de madre hizo un exhorto a la solidaridad del hijo.

Evocando, sin saberlo, el bolero Despedida de Pedro Flores, Mamá me dijo:
—Cuando estés en Nicaragua, no por hacerte el muy valiente te vayas a asomar a la guerra— como si la guerra se concentrara en un estadio de futbol.
La guerra está en cada casa, en cada escuela, en cada fábrica, en cada corazón, en cada biografía, en cada tierra de labor. Atrás de cada ventana, atrás de cada mirada, atrás de cada poema. En cada hora de trabajo y en cada trago de ron. Debajo de la almohada —si la hay—, debajo de la cama —si la hay—, debajo de la tierra —que es tierra de volcanes.
—Acuérdate que tienes hijos —dijo. Y sin poder ocultar la ascendencia de su ascendencia, remató: —y sobre todo madre.
No fue el único caso. Otro tanto sucedió a Marco Aurelio Carballo quien refiere su propia vivencia.
Hace varios sexenios conocí a una mujer chula. Nunca me convencí de que ella me quisiera, escéptico que es uno. Se trataba de una chica dura, digamos. Hasta que no me fui a la guerra en Nicaragua porque entonces ella, reblandecida a punta de besos, dijo:
         —No te me vayas a morir porque te mato.

Es así como en ocasiones el amor mira de reojo, y con cierta carga de celos, a la solidaridad.