martes, 30 de diciembre de 2014

Premios y reconocimientos que se las traen


Para poder vender hay que saber lo que le gusta al personal. Y con pocas excepciones a todos nos gusta ser premiados, reconocidos, alabados, distinguidos y un largo etcétera. Conocedores de esto, hubo quienes pusieron manos a la obra y se dieron a la tarea de fabricar premios y reconocimientos varios. He tenido noticias directas de su existencia en el ámbito empresarial (líderes globales), educativo (premio a la excelencia) y  me consta la existencia de invitaciones para publicar un artículo o libro, en un texto o colección acompañado de “un grupo de selectos colegas”.

Hace ya unos años Luis Ignacio Helguera recibió una de estas invitaciones lo que le permitió narrar sus pormenores en un artículo titulado De cómo no fui el hombre de la década.

Al final de una cena deliciosa, un amigo me extendió un sobre con un remitente de los Estados Unidos y el sello de Urgent. La carta decía (traduzco): “¡Felicidades! Ha sido usted seleccionado para figurar en la vigésima edición del reconocido The International Dictionary of Distinghished Leadership, por su ya larga tarea como editor y escritor.” Firmado: “Mr. Evans”. Le pregunté a mi amigo qué demonios era eso. “No sé, a mi también me llegó –dijo-, por recomendación de X (un amigo suyo) y se me ocurrió recomendarte.” Se lo agradecí, encogiéndome de hombros, y me guardé el sobre en el saco.

Lo extraño de la forma en que le llegó la invitación coincidió con su gusto por ser reconocido y el mismo Helguera relata cómo siguió aquello.

Al día siguiente leí la carta con más detenimiento y desconcierto. Francamente, no me considero líder de nada (…)
Pero, como en el fondo de nuestro ser alimentamos la ilusión de que nuestro trabajo es valioso, nuestra capacidad digna de aplauso, nuestro talento irremplazable, merecedor todo esto de reconocimiento, en un santiamén respondí la carta, anexé la ficha bibliográfica que se me solicitaba y lo mandé todo por fax, y también al olvido.

La respuesta no tardó en llegar y en ella los convocantes comenzaron a mostrar la hilacha.

A la semana siguiente me llegó otra carta con sello de Urgent, firmada también por Mr. Evans, agradeciendo mi envío y pidiéndome, en resumidas cuentas y para ir al grano, que les dijera si mi ejemplar o ejemplares del diccionario lo quería o los quería en pasta dura, en piel, letras en oro o en simple rústica, y si les pagaría con cheque o con tarjeta de crédito. La edición más lujosa estaba más o menos en cien dólares (por ejemplar) y la más sencilla en veinticinco. Decepcionado de que valoraran el liderazgo de mi cartera por encima del de mi carrera, decidí devolverles la decepción, diciéndoles que se fueran al cuerno con todo y sus líderes, diccionarios, letras en oro y Mr. Evans. La negligencia se encargó de que no hiciera nada.
En cambio, a los quince días llegó otra carta con el sello de Urgent, firmada ahora no sólo por Mr. Evans, sino por otros tres líderes gringos igualmente distinguidos, Thomson, Smith y Bell, anunciándome que había sido elegido para recibir un raro honor: figurar en sus diccionarios como The Most Admired Man of the Decade. Para alcanzar esa cima sólo me faltaba remitirles doscientos dólares. Pero en ese preciso momento, en que sólo doscientos dólares me separaban de ser el Hombre Más Admirado de la Década, me sentí el Hombre Más Imbécil de la Década.

Luis Ignacio Helguera llega al fin de aquella historia. “Mientras rompía gozosamente los formularios alcancé a ver que me solicitaban la recomendación de otros de los Hombres Más Admirables de esta Década o de las Próximas. Pensé mandarles los nombres de mis enemigos (…) La negligencia se encargó de que no hiciera nada.”

Moraleja: cuando reciba una convocatoria de este tipo recuerde que pudiera suceder que no todos sus enemigos sean tan negligentes como Helguera… Asimismo tenga presente lo que afirma Juan Goytisolo: “Cuando me dan un premio siempre sospecho de mí mismo.” Y a veces también es conveniente sospechar de los demás.

martes, 23 de diciembre de 2014

La ciudad en que nacimos


Todo un tema (o mejor dicho varios) el de la identidad, ya que como decía Ortega y Gasset uno es uno y sus circunstancias. Y circunstancias fundantes son la familia, la ciudad y el país que “nos vieron nacer” (como lo señala el modismo con marcado egocentrismo). Nos detendremos en las dos últimas.

Parecen ser minoría aquellos que reniegan del país en que nacieron. Por el contrario, las mayorías se agrupan en torno al nacionalismo y no son pocos los que llegan al patriotismo (cuestiones a las que nos referiremos en otra ocasión). Esta apropiación del país en que se nació, que se va formando con diferentes ritos de lealtad desde la más tierna infancia, impide que la mirada sea objetiva; José García Mercadal ilustra el punto.

Inacabables soledades de hermosa tristeza, secos campos de patética languidez, abandonados caminos de polvoriento suelo, raquíticos arbolejos desnudos de hoja y vestidos con grisáceo ropaje polvoriento, míseros hacinamientos de terrosas viviendas, a las que el orgullo nacional llama pueblos, villas y ciudades, con la petulancia donairosa de un hambriento hidalgo fanfarrón.

Ni qué decir de lo que acontece, por lo general, en relación a la ciudad en la que uno nació; en este caso es Rosa Regás quien ejemplifica el tema.

(…) Algo así ocurre con el lugar donde hemos nacido. Se diría que lo juzgamos de otro modo y no podemos aplicarle los criterios de belleza o de fealdad que aplicamos a los demás lugares del mundo. Todos hemos conocido personas que han nacido en pueblos siniestros. Unos sin árboles, con los campos yermos por falta de agua, sin ríos cercanos, ni comunicaciones, abatidos por la miseria o por los especuladores; otros con las casas en ruinas por las lluvias con los hierbajos asomando entre las tejas; o pueblos agostados por un sol de justicia y unas sequías bíblicas que no tienen ni gracia ni sombra. Y, sin embargo, el que ha nacido allí, aun viendo todos esos desastres no sabe aplicarles la crítica que lo llevaría a considerar inhabitable otro pueblo en las mismas condiciones. Por el contrario, se le agrandan los ojos al pensar en él y no le caben las palabras en la boca para describirlo. “¡Oh!, mi pueblo! Eso es un pueblo, si lo viera usted. Mire lo que le digo, si este pueblo tuviera agua…”

(Entre paréntesis cabe señalar que la misma autora añade que otro tanto ocurre con los hijos dado que “somos incapaces de verlos como los vería otro y aplicarles los criterios de valoración física y moral que aplicamos, incluso sin malicia, a los demás”).

Para un final feliz en este proceso de valoración de la ciudad en que uno nació, es fundamental que se la pueda caracterizar, singularizar, distinguir, etc. por algo que la convierta en única y, por tanto, digna de ser recordada. Manuel Cruz lo deja en claro  

Ser de una u otra ciudad no es algo anecdótico. Ser de una u otra ciudad imprime carácter. Ello no significa, claro está, que todos los habitantes de una misma ciudad sean iguales (ni tan siquiera parecidos), sino sencillamente que no hay una ciudad igual a otra. O, mejor dicho, que no debiera haberla.

Mala cosa, muy mala, cuando ello no sucede; dice Cruz: “Pobre de la ciudad que no se distingue de otra. Tal vez el más triste destino que le puede aguardar a una urbe sea el de que, sistemáticamente, nos recuerde a otra.” Pero no es así –se corrige el mismo Manuel Cruz-; aun es posible que el panorama sea menos alentador: “Y el peor de todos, el de que ni siquiera alcancemos a precisar a qué otra nos está recordando.

martes, 16 de diciembre de 2014

La inseguridad tiene su historia

Uno de los grandes temas de nuestros días es el de la inseguridad y los medios de comunicación, en sus diversos formatos, dan cuenta un día sí y otro también de sucesos varios en los que se manifiestan diferentes niveles de violencia. La expresión delincuencia organizada se ha integrado al vocabulario contemporáneo. Nadie desconoce la emergencia del tema pero hay diversas opiniones en relación a la gravedad del asunto: desde quienes ven en ello la inminencia de un caos generalizado hasta aquellos que sostienen que la prensa exagera la nota, creando de esa manera una “sensación térmica” que reviste a la cuestión de mayor alarmismo del que ya de por sí tiene.
 
En este entorno social frecuentemente se alude con nostalgia a la existencia de un pasado armonioso, de convivencia apacible, al que se confronta con la actual inseguridad ciudadana. Sin embargo, es posible encontrar indicios de violencia a lo largo de la historia y Rafael Solana analiza lo que sucedía en México durante el siglo XIX.
(…) la situación de nuestro país era inestable; podríamos, sin exagerar mucho, llamarla caótica. Las autoridades imperiales no lograban hacerse respetar en todo el territorio, ni la República juarista tenía jurisdicción sobre toda la nación, en forma efectiva. Algunos lugares estaban en poder de las fuerzas de Maximiliano y los ejércitos extranjeros que lo apoyaban, y otros en el de las menguadas de don Benito; había también tierras de nadie, que cambiaban de manos a cada embestida de uno u otro bando. No era sino perfectamente natural que en estas condiciones prosperase el bandidaje en los caminos reales; aun en las etapas, en unos años anteriores al Imperio, en que se vivía bajo el régimen republicano, las pugnas entre centralistas y federalistas desgarraban al pueblo y creaban incertidumbre sobre cuál partido estaba en el poder, y ninguno conseguía imponer severamente el orden, ni daba garantías.
 
Por otro lado Ana María Cárabe también alude a este período y las drásticas medidas aplicadas con objeto de acabar con aquella inseguridad.
 
Los salteadores de caminos fueron un grave problema en el México del siglo XIX, ya que además de hacer imposible el comercio, tan necesario para consolidar una nación nueva, los “plateados” cometían crímenes horrorosos.
Para combatirlos, tanto Benito Juárez como Sebastián Lerdo de Tejada solicitaron al Congreso una Ley de Salteadores y Plagiarios que consistía en suspender las garantías constitucionales para quienes cometieran este delito, es decir, los salteadores no podían solicitar recurso de amparo y sus juicios eran sumarios. El delito se castigaba con la pena de muerte, según estaba previsto en el artículo 23 de la Constitución de 1857.
Aun así, en 1880 subsistía el problema y su gravedad era tanta que algunos periódicos de la época, como La Tribuna y La Libertad, sugirieron aplicar la Ley Lynch.
 
El robo y el secuestro formaban parte de la cotidianidad de por aquellos entonces y la credibilidad que se adjudicaba a los cuerpos policiacos no era mucho mejor que la actual, tal como lo sugiere la siguiente nota publicada en El Telegrama de Guadalajara el 14 de noviembre de 1885.
 
Policía poca y mala, ladrones muchos y buenos; hambre e impunidad superan delitos danles ocasión cometer cotidianos negocios, y por consiguiente se roba en coche, a pie y a caballo, dentro casas, en calles y a todas horas del día y de la noche (…)
 
Al año siguiente el mismo periódico (El Telegrama, Guadalajara, 4 de diciembre de 1886) daba cuenta -con su peculiar estilo de dar noticias en pocas palabras- de un ejemplo extremo de la inseguridad que se vivía.   
 
Familia vive por San Francisco, fue lunes pasado enterrar angelito camposanto Ángeles; y en esquina recodo San Sebastián Analco fue asaltada caravana por gavilla compuesta ocho o diez bandoleros dejando dolientes padre Adán; sin escaparse querubín a quien también desnudaron por no le valió estar muerto. Fue preciso esperar noche para volver casa por no a mano hojas higuera, cubrir carnes.
 
Un siglo después los problemas se seguían presentando tal como lo señala Rafael Solana.
 
Pero si ya todos sabemos, pues lo hemos leído en la más admirable de cuantas novelas ha producido la literatura hispanoamericana, en la caudalosa y riquísima Los bandidos de Río Frío, de don Manuel J. Payno, que ir de México a Veracruz en diligencia, al final de la primera mitad del siglo XIX, era aventurado e intrépido, porque se podía sufrir el asalto de aquellos terribles macutenos, pocos aceptarán, en cambio, que igualmente peligroso y audaz es a fines del segundo tercio del siglo XX pretender ir, en autobús urbano, de la avenida Bucareli a la de San Juan de Letrán, por la calle del Artículo 123 en esta metrópoli. Y, sin embargo, así es.
Apenas el domingo pasado, a las seis de la tarde, en pleno régimen constitucional, y en una ciudad que se apresta a recibir a los periodistas y a los atletas del mundo para la celebración de unos Juegos Olímpicos, en plena calle de Artículo 123, que antes se llamó de Nuevo México, ha sido asaltado un camión de pasajeros, de la línea Tlatilco Santa María, con una tan asombrosa impunidad, que sin duda causará pasmo en quienes lean la noticia. No puede decirse que la policía estuviera en los toros, porque en esa fecha no los hubo; que esté toda ella descifrando el crucigrama del asalto a la camioneta bancaria en pleno viaducto, tampoco sería una explicación. Solo podrá sospecharse o que no hay policía en México, o que toda ella ha caído bajo el sopor de una maldición hipnótica, como la de la bruja del cuento de La bella durmiente del bosque, o lo más probable, que se ha convertido en la irrisión del hampa, que ya se burla de ella en la forma más descarada y más cruel.
Iba el ómnibus atestado de viajeros, ya muy cerca de San Juan de Letrán, en tan diurnas horas, todavía con sol, cuando hizo la parada un grupo de rufianes, que abordó el vehículo, y de inmediato procedió a desvalijar a los pasajeros, mientras el camión seguía su marcha; en forma rápida y experta varios de los asaltantes fueron metiendo las manos en los bolsillos de los hombres y en los bolsos de las mujeres, se hizo con limpieza y velocidad la pizca de los relojes de pulsera y la cosecha de carteras, mientras alguno mantenía la amenaza de mayor violencia sobre el conductor, a quien también arrebataron las entradas del día, y sobre los estupefactos asaltados, que no se atrevieron a moverse; al llegar al término de la cuadra todo estaba consumado, y los bandidos descendieron tranquilamente; tal vez hasta, para colmo de escarnio, “pidieron su parada con anticipación”.
 
Cabe hacer notar que este artículo de Rafael Solana fue publicado el 4 de octubre de 1968 y muestra que a menos de 48 horas del asesinato de estudiantes, parte de la prensa abordaba otros temas -como en este caso el de la inseguridad- mientras guardaba silencio en relación a lo sucedido aquel día de triste memoria en la plaza de Tlatelolco.

martes, 9 de diciembre de 2014

Venganza a destiempo

Más allá del juicio que se tenga acerca de ella, no existen dudas de que la venganza es un sentimiento que se ha hecho presente a lo largo de la historia. El punto de partida está en reconocerse como víctima de la acción de otros (sean éstos países, bandos, partidos, personas) que ocasionaron daños irreparables o de consideración. Ello abre espacio para una reacción (frecuentemente acompañada de odio) que desea ver al victimario siendo castigado en forma similar -o peor, si es que ello fuera posible- a las heridas que él ocasionara. Muchas son las formulaciones refieren a ello: desde el lejano (y a veces no tanto) “ojo por ojo y diente por diente”, hasta aquello de que “el que las hace las paga”; allí parece residir una forma de consuelo.
 

Frente a ello hay quienes reivindican el perdón como la única acción que posibilita la convivencia. El perdón no sólo actuaría sobre el victimario sino en  la propia víctima, que de esa manera se cura de la afrenta recibida. También están aquellos que critican la actitud de vivir tan pendientes del pasado (“con los ojos en la nuca”). Aquí es posible encontrar personas bien intencionadas, así como quienes úniamente se parapetan en este argumento para evitar ser enjuiciados por los actos ilícitos que cometieron en el pasado. Por otra parte están quienes sostienen que lo mejor es el olvido (parecerían estar de acuerdo con Borges en cuanto a que el olvido es la mejor forma de venganza).
 

Claro está que existe una gran diferencia entre justicia con todo lo que ella asume de reparadora, y simple deseo de venganza, de revancha. La acción de la justicia es irrenunciable porque de lo contrario se estaría contribuyendo al desarrollo de sociedades impunes en las que “sigue pasando de todo porque nunca pasa nada”. Los costos de la impunidad.

 
Ahora bien aun para quienes buscan la venganza, ésta parece requerir tanto de un tiempo como de un escenario definido. Según esto el daño vengativo debería llegar en un lapso próximo a las heridas recibidas, cuando el victimario aun conserva su poderío. En caso que no se reunan estas condiciones la venganza llega fuera de tiempo y la situación cambia radicalmente; Paul Watzlawick proporciona un ejemplo de ello a través del relato de George Orwell.


En 1945, Orwell, en calidad de corresponsal de guerra, visitó, entre otras cosas, un campamento para criminales de guerra. Allí fue testigo de cómo un joven judío de Viena daba una descomunal patada al pie magullado, hinchado y deforme de un preso que había ocupado un cargo importante en el departamento político de la SS.
“Sin duda (el agredido) había tenido campos de concentración bajo su mando y había ordenado torturar y ahorcar. En pocas palabras, él representaba todo aquello que habíamos combatido durante cinco años...
Es absurdo reprochar a un judío alemán o austríaco que devuelva a los nazis el mal sufrido. Sabe el cielo las cuentas que este joven quería ajustar; es muy probable que toda su familia fuese asesinada; y, al fin y al cabo, hasta un fuerte puntapié a un preso es algo insignificante comparado con los horrores cometidos por el régimen de Hitler. Pero esta escena y muchas otras que vi en Alemania pusieron de manifiesto ante mis ojos que toda esta idea de represalias y castigos es una imaginación pueril. Propiamente no existe esto que llamamos represalia o venganza. La venganza es algo que uno quisiera realizar cuando y porque uno se siente impotente: tan pronto como se elimina esta sensación de impotencia, desaparece también el deseo de venganza.
¿Quién no habría saltado de alegría en 1940 sólo de pensar que podría ver a oficiales de la SS pisoteados y humillados? Pero cuando ello se ha convertido en posible, su puesta en práctica adquiere un aspecto patético y repugnante”.

 
No todos están de acuerdo con Orwell. La historia reciente presenta situaciones en que, al no creer suficiente el combustible de odio proporcionado por el presente, se fue al pasado en búsqueda de lumbre que permitiera atizar aún más el fuego; Pascal Bruckner relata una de estas situaciones: “[En la ex Yugoeslavia] (...) a finales de la década de los ochenta el clero ortodoxo y los poderes públicos iniciaron un recuento exhaustivo de los muertos, llegando incluso a desenterrar los cadáveres de la Segunda Guerra Mundial con el fin de extraer de ellos la energía para el desquite.

 
El debate entre venganza, olvido, justicia y  perdón, tiene lugar en un contexto en que no son pocas las situaciones del pasado que complican el presente y comprometen el futuro.

martes, 2 de diciembre de 2014

Trampas del lenguaje


En diversas oportunidades hemos aludido en este espacio a temas vinculados al lenguaje, como por ejemplo el del uso (y abuso) de diminutivos. La cuestión que ahora abordamos tiene que ver con lo que Joaquín Antonio Peñalosa identifica como “el sentido minusvalizador” de la palabra; para profundizar en ello sigue las huellas de Carlos A. Echánove Trujillo.

En su excelente Sociología Mexicana, Carlos A. Echánove Trujillo observa con finura cómo uno de los rasgos característicos de nuestro lenguaje es su sentido minusvalizador. Es decir, cada vez que el mexicano habla de sus cosas, de sus propiedades, de sus familiares, de cuanto le atañe y pertenece, lejos de darle su justo valor, lo disminuye, lo devalúa, lo rebaja de precio, lo pone en barata, le resta importancia. (…)
"Carcacha" es el nombre con que el señor gerente designa a su fabuloso convertible (…). El millonario alude en la tertulia a los "centavitos" que ha podido amasar con la ayuda del prójimo. (…)
Si al toparnos en la calle con el amigo saludable, risueño y mofletudo, le preguntamos qué tal le ha ido, nos resultará con que "ahí pasándola", "más o menos”, o de plano “tristeando”. ¿Qué decir del mexicano común y corriente, cuando nuestra máxima musa Sor Juana Inés de la Cruz, calificó a su poema soberano, El sueño, de simples "papelillos"?
Hasta el lecho en que agonizamos es un pobre "petate en que caernos muertos", así sea un box spring de holandas y plumas.

La enunciación de ejemplos es amplia y Joaquín Antonio Peñalosa proporciona otros.

Así por ejemplo, el recién casado nos presenta a la radiante, juvenil esposa como su “vieja”, cual asunto de la tercera edad. Al hijo vivaracho y consentido, algunos padres lo llaman cariñosamente “escuincle”, que en náhuatl significa perro, si no es que lo nombran “huerco”, voz de origen latino que equivale a infierno y por extensión diablillo.
Para la fiesta, los invitados aseguran que vestirán sus mejores “trapitos”, que luego resultan undosas sedas como aquéllas de la Nao de China o casimires “made in England” de legítimo contrabando. El millonario alude discretamente a sus “ahorritos” –así, en diminutivo-, que ha podido amasar a lo largo de la larga vida con el sudor del de enfrente; mientras los amigos nos invitan a comer, en su casa, “una comida informal”, “cualquier cosa”, unos “frijolitos”, un “pipirín”, un taco, que en realidad es un banquete de cinco tenedores, lino y platería. Don Fulano de Tal nos confía desde unos temblorosos dientes de oro que está construyendo su “casita” con mil sacrificios; pero jure usted que se trata de algún ostentoso Partenón con piscina techada, climatizada y sonorizada.

Una vez ilustrado el punto, Peñalosa presenta sus hipótesis acerca de la razón de este comportamiento idiomático.

Este lenguaje con que el mexicano apoca y disminuye cuanto es de su propiedad, en vez de que se vanagloriara de sus pertenencias, responde al sentimiento de inferioridad que en forma de inseguridad y autodesprecio, le viene por herencia de indios y mestizos en fuerza de los hechos históricos, desde la sumisión prehispánica del indígena a sus caciques, hasta la dominación española y otras dominaciones y caciquismos más recientes, actuales y feroces.

Y concluye sus consideraciones con un final oportuno: “Para no ser menos que cualquier mexicano, aquí concluimos estas paginillas.

jueves, 27 de noviembre de 2014

Palabras asociadas


Hay expresiones que van por allí invariablemente unidas, no se comprenden las unas sin las otras. Álex Grijelmo da algunos ejemplos de ello.

Algunas palabras son parejas de hecho. Van de, dos en dos, inseparables, y se atraen como imanes, compatibles de gran fuerza.
Aplausos atrae mucho a cálidos, se llevan muy bien. Ovación se ha enamorado de cerrada; hincapié se hace acompañar de especial; siempre el verbo buscar sale de paseo con desesperadamente; mal tiempo es novio de reinante; a la palabra dinero se la ve mucho por las fiestas en compañía de fuerte suma; hotel no vale nada si no es céntrico; y no hay un reto que no esté ligado con difícil.
Así, el discurso del conferenciante fue acogido con “cálidos aplausos”; la faena del torero fue recibida con una “cerrada ovación”; el ministro hizo “especial hincapié” en esa cuestión; el Betis “buscó desesperadamente” el empate; la etapa fue muy dura por el “mal tiempo reinante”; el yate costó una “fuerte suma de dinero”; y el nuevo ministro se enfrenta a un problema “difícil y complicado”.
Será muy original quien hable, por ejemplo, de “aplausos copiosos”, “ovación atronadora”, “hincapié” a secas (pues el hincapié siempre es especial), quien “busque con denuedo” a alguien, quien pague “mucho dinero”, quien se reúna en un “hotel suburbial” y que “afronte un problema simple y llanamente” (pues los problemas si no son complicados no son problemas ni nada).
Y hay más palabras imantadas: pertinaz y sequía, incendio y pavoroso, eminentemente y práctico, espectáculo y dantesco... Cuán difícil es resistirse a su fuerza. Pero hay que separarlas en bien de la higiene estilística. De tanto tiempo juntas, acaban oliendo un poco.

La lista podría seguir: “derroche de creatividad”, “hacer caso omiso”, “corrió como reguero de pólvora”, “lo persiguió a sol y a sombra”, “una pertinaz llovizna”, “irle a la zaga”, “sinceras condolencias”, “estar a la altura de las circunstancias” (por cierto, ¿cuál será la altura de las circunstancias?). Hay palabras asociadas que aluden a cuestiones de medida como “dar el ancho” y “no cabe la menor duda”.

Por cierto que tal vez debido al clima de inseguridad que vivimos, en tiempos recientes cada vez con más frecuencia “me asaltan dudas”.

martes, 25 de noviembre de 2014

Buñuelesco


¿Dónde quedaron depositadas (feo término por cierto para describir la situación) o fueron esparcidas las cenizas de Luis Buñuel? Bien a bien nadie lo sabe y la situación es propia de alguna de sus películas; Abida Ventura se refiere al tema

La madrugada del 29 de julio de 1983 falleció Luis Buñuel en un hospital de la ciudad de México. Tal como lo dispuso el propio cineasta  español naturalizado mexicano, no hubo ceremonia de despedida. Su cuerpo fue incinerado,  pero a 30 años de su muerte el paradero final de sus cenizas sigue siendo un misterio.
Tras la cremación, su esposa Jeanne Rucar, quien lo acompañó hasta su lecho de muerte, se negó a revelar el destino que tendrían los restos del director de Un perro andaluz. Pocos días después, su hermana Conchita Buñuel, al  ser cuestionada por medios españoles sobre dónde deberían permanecer los restos del cineasta,  declaró que  era un tema sin importancia, incluso para él mismo.  “Suponemos que reunió a su mujer y a los dos hijos hace tiempo y les dijo que hicieran con sus cenizas lo que quisieran. Luis pudo decir que echaran sus cenizas al mar, al Ebro o a donde fuera. Nosotros sabíamos que no le importaba demasiado lo que se hiciera con sus restos”, declaró entonces.
La viuda de Buñuel falleció en noviembre de 1994 y el secreto sobre las cenizas de su marido se lo llevó hasta la tumba.
A tres décadas de la muerte del  autor de  Los olvidados, el sitio donde se encuentran o donde fueron esparcidas sus cenizas sigue siendo un misterio y objeto de controversias entre algunos de sus amigos más íntimos y sus herederos.
En el transcurso de los años, diversas han sido las versiones sobre el lugar a donde  fueron a dar los restos del maestro surrealista: las primeras  tesis dicen que fueron esparcidas en el Desierto de los Leones, sitio en el que le gustaba pasear; según su hijo mayor, Juan Luis Buñuel, su madre le entregó la urna a su hermano Rafael, quien se la habría llevado a su casa en Los Ángeles. Ahí las tuvo hasta 1997, fecha en que las trasladó a España para, por fin, esparcir las cenizas de su padre en su natal Calanda; pero en México un sacerdote sostiene que los restos de Buñuel, el ateo declarado, yacen en la Parroquia Universitaria del Centro Universitario Cultural (CUC), administrado por religiosos dominicos.

Así es como entra en escena el padre Julián quien parece estar en condiciones de aportar más información. Continúa Ventura

En una charla pública, realizada (…) en la casa de la colonia del Valle donde el cineasta español vivió hasta sus últimos días,  hoy convertida en centro cultural, el  padre Julián Pablo Fernández, con quien Buñuel mantuvo una relación cercana en los últimos años de su vida, declaró que las cenizas del cineasta cuya obra está plagada de críticas a la religión, han permanecido en un rincón, “sin acceso”, de esa capilla  dominica.
En ese acto, realizado en el marco de la exposición Viridiana 5.0, el padre Julián contó que el cadáver de Buñuel fue incinerado en una funeraria de la ciudad y que sus restos fueron entregados a su hijo Rafael, quien cedió las cenizas al cura  y éste las llevó a la capilla del CUC.
Días después de estas declaraciones, los hijos de Buñuel, Juan Luis y Rafael, enviaron  una carta firmada al periódico español El Mundo para desmentir lo dicho por el padre Julián y asegurar que las cenizas de su padre fueron esparcidas en 1997 en el monte Tolocha, ubicado a unos cuantos kilómetros de Calanda.
En esa carta, Rafael Buñuel comenta que su padre y Julián Pablo Fernández daban largos paseos, hablaban de religión y que el sacerdote fue, durante dos o tres años, el portador de la urna con las cenizas del director, hasta que la viuda del cineasta se las solicitó.
En México, el padre Julián sostiene que las cenizas de Buñuel, a quien consideró como su maestro y mejor amigo, permanecen en la capilla del CUC.

Pero el padre Julián –según Abida Ventura- no siempre está dispuesto a decir lo que sabe.

Sin embargo, el padre Julián ahora prefiere callar. En una visita al convento de Santo Domingo, donde vive y oficia misa todos los días a la una de la tarde, el sacerdote dominico no acepta hablar sobre su relación con el cineasta; señala que es una historia más que conocida y que prefiere no volver al tema. Durante las siguientes visitas al recinto, el cura afirma estar indispuesto para conceder una entrevista debido a un fuerte resfriado.
En la parroquia universitaria, donde se supone que yacen los restos del cineasta, desconocen la leyenda. De estar ahí, esas cenizas del director de Simón del desierto y Nazarín (…) podrían cumplir con uno de sus últimos deseos. En su libro de memorias, Mi último suspiro, Buñuel aseguraba que su último deseo sería  levantarse de entre los muertos cada 10 años, ir a un quiosco y comprar varios periódicos para leer sobre los desastres del mundo en la tranquilidad de su tumba.

Elena Poniatowska también le entra al tema y da otras posibles pistas que permitan develar el misterio.

El padre Julián, notable religioso, es el único al que Luis Buñuel quiso ver al final de su vida en su casa de la privada de Félix Cuevas. Incluso se cuenta que las cenizas de Buñuel están bajo el altar en el que los dominicos ofician su misa todos los días. El padre Miguel Concha, que defiende las causas más nobles y escribe regularmente en La Jornada, podría confirmarlo. Quizá podría también hacerlo el padre Didier Laurent, amigo de mi madre, al que los jóvenes le deben mucho. También algo ha de saber mi querido Carlos Mendoza, que camina en tierra firme y siembra trigo bueno hasta en los surcos más cizañosos. (…)
A lo mejor Luis Buñuel quiere que se guarde el secreto sobre su última morada, pero ya la voz ha corrido. Él mismo la propició al vestirse de franciscano en sus películas y, aunque el hábito no hace al monje, a lo mejor él se propuso descubrirlo en sus últimos años.

Una vez más queda claro que a Luis Buñuel no le interesaban los finales lineales o demasiado previsibles.

jueves, 20 de noviembre de 2014

El otro oficio de aquella modista


Es difícil imaginar desde el hoy algunos oficios que existieron en el ayer. Tal es el caso de las modistas que visitaban algunas familias de clase media y alta. Destacaban por estar muy bien informadas del último grito de la moda (que nunca es el último) como por su destreza en el manejo de moldes, tijeras, metro, alfileres y puntadas. Milton Schinca evoca a una de ellas en un entrañable relato al que titula “La costurerita que derrotó al cine” y comienza proporcionando algunas referencias del personaje.


Cuando yo era niño chico –tendría alrededor de cinco años o seis, no más- iba a casa con regularidad una modista que, como era bastante corriente entonces, se pasaba la tarde entera o aún el día desde la mañana a la nochecita, confeccionando un vestido o una prenda que alguna mujer de la casa necesitaba.
Esta modista era de nacionalidad española; diría mejor: de nacionalidad españolísima. Las mentas familiares pretendían que era originaria de Galicia; pero hoy, rememorándola a la distancia –y la tengo bastante presente y hasta escucho su acento- tengo para mí que debía ser, mucho más que gallega, andaluza de pura cepa. (...)
Pero además llevaba con gran donaire un nombre impresionante, que era ya todo un alarde andaluz. Se llamaba (y hago aquí un alto respiratorio, porque conviene desenrollarlo todo entero, sin pausas ni cortes publicitarios) María de la Soledad Milagros Angustias Remedios Leocadia Taboada Aream.
Yo no sé si vive aún esta señora de tanto nombrerío, porque nunca más la vi, como no fuera en mi memoria agradecida. Si viviera, tendría que ser muy viejecita, y mucho me gustaría saber que aún sigue en pie con su salero y su ángel andaluz a cuestas (sí: andaluz, estoy seguro).


Pero aquella modista desempeñaba otro oficio (todo hace suponer que por el mismo precio) que le permitía insuflar de vida a cualquier acontecimiento, por cotidiano que fuera. Continúa Schinca describiendo a doña María de la Soledad
 

El día que se instalaba esta mujer en mi casa, era para mí, para mis hermanas y hasta para mi madre, un día de fiesta nacional. Porque la casa se llenaba de pajaritos y de campanillas y de mariposas que volaban de aquí para allá. Todo lo que veía a diario como cosa habitual y grisácea, quedaba de golpe transfigurado en luminarias, gracias a tanta jarana, risas y ocurrencias sin término.
Doña María de la Soledad Etcétera era como un pozo vivo de cuentos, historias, leyendas, que llevaba como a flor de piel –se ve-, porque las sacaba a luz con una facilidad pasmosa; y la casa quedaba alocada, encendida por obra y gracia de la gracia de aquella parladora, que además salpicaba sus relatos y dichos con chistes y ocurrencias de momento que no paraban nunca.


En tiempos en que el cine hacía furor -y aún era novedad- la modista le hacía seria competencia; Milton Schinca concluye su relato
 

Pero afirmé que esta mujer derrotó al cine, lo que parece mucho afirmar. ¿Esto quiere decir que cuando ella venía a pasar el día a casa, ni ganas daban de pensar en ir al cine por ser esta costurera tan animada, tan divertida? ¡Ah, si fuera eso solo! Era mucho más, ciertamente. Su gran pasión, su placer fruicioso consistía en contar películas; enteritas, de punta a punta sin saltearse ni una escena. Pero digo mal cuando digo desvaídamente “contar películas”: lo que hacía esta prodigiosa maga era proyectarlas con la mayor minucia en una pantalla imaginaria que desplegaba con toda su anchura entre nosotros. (Ella  inventó sin duda el Cinemascope, mucho antes de que se les ocurriera tanto más tarde a los estadounidenses). (...)
Nunca me olvido de una película que María de la Soledad nos contó una vez, con toda la familia rendida ante su palabra. La protagonizaba aquel mexicano y cantor, galán que hacía furor entonces, y que después de probar hasta saciarse las glorias de este mundo, decidió entrar de cura, dejando viuda inconsolable a la mitad femenina de Latinoamérica: el irresistible José Mojica.
Pero nuestra costurerita andaluza no sólo nos contó la película: también la cantó, canción por canción sin faltar ninguna. Y encima, imitando a Mojica en sus gestos e inflexiones. (...)
Una vez me ocurrió que, a los pocos días de “estrenada” una película de Mojica en mi casa por obra y gracia de esta relatora chisporroteante, fui al cine a ver el mismo filme en la pantalla verdadera. ¡Nadie puede imaginarse mi colosal decepción! ¿Pero sería la misma película que yo acababa de ver y oir y llorar y sufrir, sentado a los pies de mi costurerita? ¡Nunca vi nada más soso, opaco y sin gracia, que aquella versión visual y sonora proyectada en el “biógrafo” del Centro! ¡Qué historia estúpida, mal contada, sin tensiones, sin contrastes, laxa, monocorde! Y el pobre José Mojica del filme daba realmente lástima: era un burdo galán de hojalata, un cantor de pastafrola.


Por cierto que a José Mojica dedicaremos varios artículos ya que su vida así lo amerita. Quedan avisados.

martes, 18 de noviembre de 2014

Rosario Castellanos: recuerdos de infancia


Todos encuentro de personas tiene mucho de fortuito o accidentado. El de los padres de la escritora Rosario Castellanos no fue excepción y Héctor Cortés Mandujano Cortés (Chiapas cultural. El Ateneo de Ciencias y Artes de Chiapas. Tuxtla Gutiérrez, Gobierno del Estado de Chiapas - Secretaría de Educación, 2006) da cuenta de ello.


César Castellanos había estudiado ingeniería en los Estados Unidos y poseía, por herencia, grandes extensiones de tierra, entre las cuales se hallaban las fincas El Rosario y Chapatengo. No era rebelde a las costumbres, pero, aunque tenía más de cuarenta años, no se había casado y tenía un hijo por allí, Raúl, un normal error de juventud. Tal vez uno de los pocos signos contrarios a lo que se esperaba de él fue casarse con Adriana Figueroa, una mujer bonita, pero de clase inferior a la suya, "una de las Figueroa, costurera del barrio pobre de San Sebastián" (Óscar Bonifaz). No la enamoró, claro. Ni siquiera habló con ella, sino con su madre. Adriana tenía 22 años, ya se estaba quedando. ¿Qué más podía esperar en Comitán, aquel pueblo? Con don César subiría de nivel, sin duda. Quién sabe qué pensaría ella cuando le dijeron que ese hombre sería su marido. Su mamá, que era a quien le preguntaron sobre el particular, dijo que sí. Y se casó don César con la Figueroa.
 

Por lo visto el encuentro no fue particularmente romántico; Cortés Mandujano reconstruye la historia retomando el testimonio de la propia escritora.
 

El matrimonio no fue, no pudo ser, una bella historia de amor: él, en los asuntos de hombre, y ella, confinada al hogar, al rezo puntual. "No recuerdo nunca haber visto que se tocaran la mano", dijo años después su hija Rosario (Elena Poniatowska. “Rosario Castellanos. ¡Vida, nada te debo!”, en ¡Ay vida, no me mereces! Carlos Fuentes, Rosario Castellanos, Juan Rulfo, La literatura de la onda. México, Joaquín Mortiz, 1986).
 

Por aquel entonces el nacimiento de una niña no era acompañado de tanto júbilo como el de un niño y ello aconteció –siempre de acuerdo a la narración de Cortés Mandujano- en la familia Castellanos-Figueroa.
 

El 25 de mayo de 1925, por hallarse circunstancialmente en la ciudad de México, en la casa ubicada en Avenida Insurgentes número 108, la pareja recibió a su primera descendiente. Fue niña, ni modo. La llamaron Rosario, como la finca, y a los pocos días regresaron a Comitán, donde un año después tendrían el premio de recibir, ahora sí, la alegría de un nuevo bebé, ahora sí niño: Benjamín.
La niña pasó a segundo término para los padres. De ella se hizo cargo Rufina, la nana tzeltal que la introdujo al mundo de oraciones en voz baja, al silencio cuando los demás hablaban: oír y callar.


El destino se ensañaría con aquel hogar y a consecuencia de ello la situación de la niña Rosario se hizo aún más difícil. Prosigue Héctor Cortés Mandujano con su relato
 

El niño crecía a sus anchas, como rey. Tenía siete años cuando una espiritista amiga de su madre "entró despavorida" y dijo a Adriana que un espíritu le acababa de comunicar "que uno de sus dos hijos iba a morir. Entonces, cuenta Rosario a Elena Poniatowska, mi mamá se levantó como resorte y gritó: ‘Pero, ¿no el varón, verdad?'." (...).
En Balún Canán, novela con elementos claramente autobiográficos, es la nana quien da la noticia: "-Mario va a morir. Mi madre cogió el peine de carey y lo dobló, convulsivamente, entre los dedos", luego la madre va con la tullida a que le eche las cartas y después con el sacerdote: la información es la misma, ella exclama: "Si Dios quiere cebarse en mis hijos... ¡pero no en el varón! ¡No en el varón!". Paludismo, dice el doctor. Mario muere y un señor considerado se inclina hacia la niña y le musita: "Ahora tu padre ya no tiene por quién seguir luchando" (Rosario Castellanos. Balún Canán. México, Fondo de Cultura Económica, 1989). (...)
El dolor por la muerte del hijo fue devastador para sus padres, fin de sus ilusiones. Rosario escuchó a César, su padre, decir "ahora ya no tenemos por quién luchar", Rosario escuchó a Adriana, su madre, decir "tu papá y yo porque tenemos la obligación te queremos". Te queremos porque, ni modo, es nuestra obligación. Y allí se estableció el desencuentro que Rosario tendría ya, para siempre, con ellos. ¿Qué había hecho para no ser querida espontáneamente? Ser niña, ser mujer.


Recurriendo a diversas fuentes que recogen el testimonio de la propia escritora, Cortés Mandujano se asoma a aquel hogar donde escaseaba la vida.
 

"Mi padre era un hombre profundamente melancólico [...] Débil ante la adversidad. Mi madre debe haber tenido una juventud y un temperamento poderosos que el matrimonio destruyó. Cuando los conocí, se encontraban tanto física como espiritualmente en plena decadencia. Me crié en el ambiente de una familia [...] que había perdido el interés por vivir" (Beth Miller y Alfonso González. “Rosario Castellanos”, en 26 autoras del México actual. México, Costa-Amic Editor, 1979).
 

Su madre siguió cumpliendo hasta el último aliento con el papel que la sociedad le asignaba; de ello da cuenta la misma Rosario Castellanos en entrevista con Elena Poniatowska citada por Cortés Mandujano
 

"Mi mamá murió de cáncer, un cáncer dolorosísimo con una agonía horrenda, y la teníamos a base de morfina. Entonces, mi papá (cuando mi mamá estaba agonizando, con la morfina, que nada más salía de un estado de sopor, para inmediatamente recibir otra dosis) tenía gripa. Mi mamá se levantaba, completamente mareada, completamente mal, descalza, agarrándose de las paredes porque no podía ni mantenerse, para llegar hasta el cuarto de mi papá y preguntarle a él cómo había amanecido él, porque era el Señor. Entonces mi papá se daba el lujo de darle la espalda y mirar hacia la pared y de no contestarle. Cuando yo veía esto, a quien quería matar era a mi mamá porque me parecía una abyección a tal punto tan gratuita y tan innecesaria. Pero la cara de beatitud que ella ponía cuando comprobaba que él era ese monstruo... Regresaba a la cama... sonriendo. Era una cosa totalmente repugnante" (Poniatowska).
Adriana Figueroa murió en enero de 1948 de un cáncer en el estómago.


La escritora estuvo presente en el momento de la muerte de su padre. Nuevamente es Elena Poniatowska -citada por Cortés Mandujano- quien da cuenta del suceso.

 
Una mañana iba por la Avenida 5 de Mayo en el carro de su padre, quien manejaba. Éste murió del corazón en forma instantánea. Rosario dio la vuelta, abrió la portezuela opuesta, hizo a un lado a su padre y manejó el coche, el padre muerto sentado a su lado, hasta llegar a su casa.


Rosario Castellanos pone el punto final a su relato: "Consideré y he seguido considerando la vida de familia como un apretado infierno sin grandeza y sin mérito. Desde que ellos murieron he vivido más tranquila, he sido más feliz".
                                                                                 

jueves, 13 de noviembre de 2014

Todólogos


Es cosa de todos los días que los comentaristas que aparecen en los medios opinen de una amplia gama temática que va de la política al fútbol; de la economía a la gastronomía; de la cultura popular a las nuevas tecnologías; del marketing a los trastornos de personalidad. En algunos casos son especialistas en una materia que al ser consultados sobre otras cuestiones sucumben ante la llamada “tentación del micrófono” sin hacer suyo el viejo dicho que señala: “La misa, dígala el cura”, aludiendo de esta manera a los que se meten a predicar de lo que no entienden. A ellos se refiere Álvaro Cunqueiro: “Hay en nuestro tiempo gente especializada en una parva rama de la ciencia, que pretende el título de sabio, que es otra calidad humana y humanista bien más alta. Son aquellos de los que hablaba el señor Montaigne, que sabiendo algo de fuentes se creen en la obligación de escribir toda la física.” Quienes así actúan, continúa Cunqueiro, devienen en charlatanes o barulleiros como dicen los gallegos.


Según Andrés Ortiz-Osés “el todólogo lo trata todo como un podólogo: por sus extremidades” y para integrar ese gremio, de acuerdo con Fabrizio Andreella, es necesario ser famoso.
 

Hoy en día, tener una opinión es más importante que estar informado. Todo mundo habla sobre cualquier cosa. Es suficiente con tener fama para ser un todólogo. Sin reflexionar, cualquier celebridad contesta a preguntas sobre los grandes temas de la vida o sobre los problemas de la humanidad. En un desfile de banalidades legitimadas por el nombre famoso que las pronuncia con experimentada sonrisa o con estudiada tristeza, asistimos al crepúsculo churrigueresco de la idea de que los medios masivos son un instrumento de socialización del saber y de los valores que identifican a un pueblo.
 

Los medios de comunicación tienen mucho que ver con esto cuando promueven a ciertos periodistas que ingresan a la extraña categoría de “líderes de opinión”; Pietro Emanuele, citando a Karl Krauss, analiza el punto.
 

Para él [Karl Krauss] el periodista rutinario es tan impúdico que está convencido de poder dar lecciones a un bacteriólogo, a un astrónomo y a lo mejor a un párroco:
Y si se tropezase con un estudioso de matemáticas superiores, él le demostraría sentirse a sus anchas también en matemáticas superiores.
Como decían los latinos: doctus de ómnibus rebus et de quibusdam aliis (“experto en todas las cosas y en algunas más”).
                                             

Estamos ante ¿especialistas?, ¿opinadores?, ¿todólogos?, la polémica está abierta. Cabe hacer notar que algunos de ellos se refieren a quienes se oponen a sus puntos de vista como opinadores, por lo que en su imaginario se posicionan en un plano superior: los que coinciden con ellos son especialistas; los que discrepan, tan sólo opinadores.

  
Y para peor es frecuente que sus explicaciones vengan envueltas en rollos interminables, con lo que ignoran aquello que escribiera Voltaire a un amigo: “Perdona que te haya escrito tan largo. No tuve tiempo de escribir breve.”


Justo es reconocer que hay especialistas que tienen una mirada crítica hacia su propio actuar; es el caso de Salvador Cardús
 

Durante años me han pedido que diera conferencias sobre el problema de la adolescencia y de la juventud. A pesar de que nunca se sabe con exactitud si los problemas suscitan la aparición de los expertos, o si por el contrario son los expertos quienes se inventan los problemas, lo cierto es que desde hace un par de décadas la juventud se ha convertido en un problema con certificado oficial.

 
Todo parece indicar que hay ocasiones en que es recomendable no dejarse guiar por el horizonte trazado por los opinadores, en particular cuando se refieren a temas políticos. Jesús Silva-Herzog Márquez profundiza en la cuestión


Durante años, Philip Tetlock ha sometido a prueba a los opinadores que descifran el mundo de la política y se ofrecen como profetas para el teleauditorio. La conclusión a la que ha llegado es que son unos farsantes: no saben de lo que hablan y no son confiables como anticipo de lo que vendrá. Tetlock publicó un libro con sus hallazgos. Siguiendo aquella idea que Isaiah Berlin haría famosa, ubica erizos y zorro en el mundo del comentariado. Unos tienen sólo una idea y derivan de ella toda su interpretación del mundo; otros tienen varias nociones y adaptan su evaluación a la circunstancia. Al parecer, éstos últimos suelen ser un poco más confiables. En Wired hay una entrevista con él. Su entrevistador, Jonah Lehrer sugiere que en los programas televisivos de análisis político, debería insertarse una leyenda: "Está probado científicamente que estos señores no saben de lo que hablan. Su rollo tiene sólo propósito de entretenimiento."

 
No deja de ser paradójico que en este entorno lo más normal se convierte en excepción y Juan Cruz da un ejemplo de ello


Hay una anécdota (…) protagonizada en un programa de radio de Iñaki Gabilondo (valga la redundancia, pues Iñaki es radio) por el político y profesor gaditano Ramón Vargas Machuca. Gabilondo le preguntó algo concerniente a la actualidad. Y el entonces tertuliano dijo: "Pues de eso no sé nada". El gran comunicador paró en ese momento la tertulia: "Señores, ha ocurrido algo excepcional. Alguien, en el uso del micrófono, acaba de decir que de algo no sabe".

 
La sabiduría del no saber.