miércoles, 6 de octubre de 2021

Estadísticas

El análisis de diferentes realidades se vería muy afectado si no contara con el auxilio invalorable de las estadísticas. De acuerdo con José Jiménez Lozano su relevancia es enorme particularmente en el mundo académico donde “los números han llegado a alcanzar una tal autoridad que es suficiente trazar un cuadro estadístico para que todo adquiera solidez de roca: en el fondo es el prestigio pitagórico o cabalístico del número” lo que es “paradójicamente algo irracional (…)”

Por su parte Wislawa Szymborska rememora el momento en que conoció tal disciplina en la consideración de una problemática muy significativa en su entorno.

Mi primer contacto con la estadística tuvo lugar bastante pronto: tenía unos ocho o diez años cuando fui con mi clase a una exposición de prevención contra el alcohol. Estaba llena de diagramas y cifras que, obviamente, no recuerdo. Por el contrario, sí recuerdo perfectamente una reproducción muy colorida, hecha con yeso, del hígado de un borracho. Una buena muchedumbre se congregó alrededor de aquel hígado. Pero lo que más nos fascinaba era un tablón en donde se encendía una lucecilla roja cada dos minutos. En la inscripción se explicaba que, cada dos minutos, moría en el mundo una persona por causa del alcohol. Todas nos quedamos petrificadas. Una de la clase tenía uno de esos relojes de pulsera y comprobaba con esmero y atención la regularidad de la lucecilla. Pero Zosia W. aún encontró un método mejor. Se santiguó y comenzó a orar por el descanso eterno de todos ellos. La estadística nunca ha vuelto a provocar en mí emociones tan inmediatas como aquellas.

Ahora bien, todos hemos escuchado aquello de que los números son fríos y que únicamente dan cuenta de lo que sucede cuando adquieren rostros. Albert Camus -citado por Javier Moreno- explica en La Peste que

(…) la única forma de hacerse una idea cabal, de no dejarse degradar por la inhumanidad de las estadísticas, consistiría en arrastrar los cadáveres víctimas de la plaga, la gran metáfora de la violencia del siglo pasado, a una playa cercana a Orán, colocarlos en un único túmulo y recubrirlo con los rostros de conocidos y amigos.

Otro reparo a la exactitud de los números lo presenta Macedonio Fernández: “(…) ¡cómo me gusta esta exactitud, que sólo las cifras proveen, pues en la realidad no la hay, por lo que las matemáticas son tan irrefutables como inofensivas!” Y concluye: “No debiera llamárselas ciencias, porque esta palabra impone a muchos espíritus y los descuida de disfrutar todo el humorismo que hay en ellas.”

viernes, 24 de septiembre de 2021

De diagnósticos y tratamientos

 

Tarea compleja la de diagnosticar enfermedades lo que se manifiesta en las diversas interpretaciones que, con frecuencia, se formulan en relación a un mismo cuadro clínico.

Nada menos que Chopin -citado por Arnoldo Kraus- se refería a ello.

(...) [uno de los médicos] olfateó lo que escupí, el otro tocó el lugar donde escupí y el tercero escuchaba y observaba mientras yo escupía. El primero me dijo que moriría, el segundo que me estaba muriendo y el tercero que ¡ya estaba muerto!

Ahora bien, no es posible dudar respecto a los enormes avances que se han tenido lugar en el campo la medicina, lo que según Perich se hizo evidente en el tema que nos ocupa.

Los progresos de la medicina, la seguridad en los diagnósticos cada día más acentuada, permiten a los grandes hombres arrepentirse de todos sus pecados en el momento justo, exacto; no como ocurría antes, que a veces se arrepentían con cinco años de antelación, lo cual había provocado la ruina de familias enteras.

Sin embargo, aún persisten las discrepancias entre los más connotados especialistas, mismas que dirimen en ateneos y consultas entre pares.

Otro tanto acontece a la hora de prescribir los tratamientos.

El testimonio de Juan José Millás es prueba de ello.

Esguince de tobillo, al bajar las escaleras del metro. Acudo a un traumatólogo y a un osteópata, por este orden. El traumatólogo me recomienda descanso y el osteópata ejercicio (…)

Sabido es que un escritor debe tener imaginación para resolver los dilemas que se presentan en la vida de sus personajes, tal vez ello ayudó a Millás a la hora de resolver la cuestión

(…) de modo que hago un poco de bicicleta estática, que es una forma de ejercicio en reposo. La vida como ejercicio de reconciliación de contrarios.

Pero nada como los tratamientos que, aun reconociendo la seriedad de la enfermedad, permiten continuar disfrutando de la vida.

Algo así fue lo que prescribieron a Paco Espínola

(…) los consejos del curandero maragato Camargo, quien me decía: “Ud. tome caña nada más, no bebidas extranjeras; haga siesta lo que quiera, pero lo que sí, de noche, dos o tres veces por semana, mire un rato las estrellas”.

Tal vez esto último sea particularmente recomendable en estos tiempos y más aun cuando se acercan las lunas de octubre.

martes, 7 de septiembre de 2021

Un oficio en el que todos somos aprendices

 

No existen manuales ni indicadores debidamente calibrados, que permitan certificar las aptitudes de una persona para desempeñarse en este oficio que es el vivir. Es posible citar un breve texto de Wimpi que alude a ello  

El tipo no es un profesional de la vida. Es, apenas un simple aficionado. Le enseñan a leer, a escribir, a peinarse; le enseñan Geografía, Aritmética, Inglés, pero no le pueden enseñar a vivir. (…) Y entonces al tipo le va faltando una teoría de la vida. Hace todo “a ojo” como suele decirse de los artesanos chambones. Vive de oído. Sabe dividir por dos cifras, sabe cuántos metros de altura tiene el Tupungato, sabe que la aorta es la arteria más grande del mundo, pero carece de una teoría (dirá uno, mejor) de un criterio general de la vida.

Lo anterior le lleva a concluir que: “La vida no se enseña, la vida se aprende. Meterle eso en la cabeza a quienes la comienzan, es la mejor enseñanza que se les puede impartir. La más rendidora y, desde luego, que la más honrada.”

Así pues que ahí vamos todos a los tumbos, a ritmo de pasito tun tun: un pasito para adelante y otro para atrás, intentando hacer las cosas de la mejor manera que podamos.

Con el paso de los años llega la tentación de la certeza, al creer que uno ya aprendió de qué va este negocio y que puede instalar una consejería en la materia. Esta sensación térmica suele llegar en el umbral del fin del ciclo de la vida y Rafael Courtoisie pone un ejemplo al respecto

Había trabajado mucho en la vida. Pero en la vida el oficio que más cuesta, el más duro de aprender –y bien lo sabía-, el que en verdad nunca se aprende del todo o cuando acaba de aprenderse llega, inesperado, el telegrama de despido, es el oficio de vivir.

O dicho de otra manera por Macedonio Fernández: “Cuando ya íbamos a saber vivir, morimos.”

Por tanto, conviene interponer tanto la sana duda como el recomendable escepticismo ante quienes se ostentan como maestros en el arte de saber vivir ya que en el decir de Thomas Moore: “Nadie puede decirle a uno cómo ha de vivir su vida. Nadie conoce los secretos del corazón en la medida suficiente para hablar autorizadamente de ellos a los demás.”

miércoles, 1 de septiembre de 2021

Once años de Habladuría

 

En el mes de septiembre de hace once años nacía este blog con un perfil más o menos definido (http://habladuriacronicasdelocotidiano.blogspot.mx/2010/09/entre-el-vicio-y-el-oficio-compilador.html) Desde mucho antes estuve compilando anécdotas acerca de muy diversos temas y diferentes lugares. Algunas las tomé de periódicos y revistas, la mayoría las hallé en libros adquiridos en librerías de viejo que he sabido recorrer con entusiasmo digno de mejores causas. Fue en aquel entonces que la extraordinaria artista Magos Nava sugirió la idea de abrir un blog y se dio a la tarea de diseñarlo. En los inicios sus ilustraciones acompañaron los artículos publicados.

En estos once años las visitas han superado el número de 380.000. Difícil saber cuántas de ellas responden a seguidores del blog y cuántas a quienes llegan puntualmente y en forma azarosa por sus búsquedas temáticas. Me inclino a pensar que son muchas más las segundas que las primeras. También hay que tener en cuenta las visitas realizadas por robots que actúan en las redes.

El total de artículos que se han ido sumando al blog hasta el momento rebasan los 1.060. Algunos de ellos han sido publicados y citados en periódicos y revistas (ejemplo de ello es el artículo “¿El Ángel caído?” del Mtro. Eduardo Matos Moctezuma publicado en Arqueología Mexicana, No. 150). Asimismo he tenido noticias de menciones realizadas en distintos programas radiales. Ciertos textos han sido utilizados como material de apoyo en clases de preparatoria o universidad, así como en diversas instancias de educación no formal. He tenido la oportunidad de narrar en forma presencial algunas crónicas que integran este blog en diversas ciudades de México (Cancún, Chihuahua, Ciudad Juárez, Ciudad de México, Guadalajara, Guanajuato, León, Morelia, Oaxaca, Pachuca, Puebla, Querétaro, San Luis Potosí, San Miguel de Allende, Veracruz, Zacatecas, etc.) así como también en Buenos Aires y Montevideo.

En principio hay Habladuría para rato, dado que en el taller de armado dispongo de muchos “pies de artículos” que permiten aspirar a mantener este espacio. Tengo el anhelo de que parte de este material pase a ser libro, columna periodística o espacio radial fijo. 

Quiero expresar mi profundo agradecimiento y reconocimiento a Magos Nava. Sin su apoyo este blog no hubiese sido posible.

Asimismo va mi agradecimiento a los lectores habituales de Habladuría, a los intermitentes y a quienes lo fueron en algún momento.

Y sean bienvenidos aquellos que se sumen a partir de ahora.             


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Junto a este blog he desarrollado tres programas que se vienen implementado en diversas instancias (http://habladuriacronicasdelocotidiano.blogspot.com/2019/08/programas.html)


  • Leer para vivir, compartiendo el gusto por la lectura.

  • Mirar-nos con ojos ajenos. Una invitación al análisis y la reflexión a partir de pedacitos de historia. Desde el mes de junio de 2020 nos reunimos semanalmente en forma virtual los días martes a las 17 hr, jueves a las 12 hr o miércoles a las 18 hr (horarios de Ciudad de México).

                    


                                                            

Gerardo Mendive

gemendive@yahoo.com.mx

5541262798 CDMX

martes, 17 de agosto de 2021

Perder y recuperar la vista

 

Que muchas cosas de la vida son misteriosas no resulta novedad para nadie, como tampoco lo es la precariedad inherente a toda existencia.

Así hay quien pierde la vista de un momento para el otro, tal como describe Juan José Millás

(…) me viene a la memoria un reportaje que escribí hace años sobre un ciego. Se trataba de un hombre de unos treinta años que una noche, después de cenar como hacía siempre, se metió en la cama y al día siguiente amaneció ciego. Sin ningún aviso previo, sin ninguna amenaza, sin tener altos los niveles de azúcar. Simplemente, un fusible había saltado en su interior. Lo último que recordaba haber visto eran los cubiertos de la cena: el cuchillo y el tenedor, con su brillo habitual, empleándose sobre un trozo de pescado. Las últimas imágenes de su vida normal, que guardaba en la memoria como un tesoro. 

Por el contrario, también están quienes recuperan la visión gracias a los considerables avances que se vienen dando en este campo de la medicina. Algunos países han destacado en este terreno, como lo es el caso de Cuba quien ha brindado un servicio solidario a muchas personas de diversas naciones. A este respecto Juan Villoro narra que

Un generoso entusiasta de la Revolución me contó que Cuba había operado de los ojos a miles de venezolanos pobres: “Cuando recuperan la vista los llevan a un sitio especial para que lo primero que vean sean el cielo y los árboles. Hay gente que por primera vez ve a sus hijos”.   

Difícil hacerse una idea, así sea aproximada, de las vivencias de quienes recuperan su vista después de años de haber vivido en las penumbras.

Hace ya muchos años una nota de prensa de un periódico español -del que lamentablemente no guardé la referencia- daba cuenta de la historia de Antonio Sánchez, vecino de Manzanares, quien “perdió la vista el 7 de septiembre de 1957 cuando contaba con 36 años de edad. La recobró el 25 de febrero de 2000 gracias a una operación quirúrgica en la que se le implantó una córnea artificial.” Más adelante se brindaban algunos datos de su familia: “padre de nueve hijos y abuelo de 22 nietos, esposo de una mujer a la que perdió de vista un verano de hace 42 años (…)”

Aquella nota relataba lo sucedido luego de la exitosa cirugía.

(…) se levantó al día siguiente de la operación y tanteó las paredes de la habitación de hospital hasta que encontró el cuarto de aseo. Se lavó como todos los días, pero ya con los ojos entornados. No tuvo que tantear para encontrar el jabón ni alcanzar la toalla.

Hasta que llegó el momento del encuentro con su imagen actual

Sólo al final se dio cuenta –la falta de costumbre— de que frente a él tenía un espejo. Levantó el rostro con cierta precaución. Miró y exclamó, recuperando de repente un sentido del humor que ya apenas usaba:

“-Hombre, Antonio, qué de tiempo sin verte. No te esperaba tan viejo.”

martes, 10 de agosto de 2021

Szymborska y sus sospechas con relación a Casanova

 

La revista Muy Interesante (mayo 2018) presenta un breve perfil del personaje que nos ocupa.

Giacomo Casanova (1725-1798) fue algo más que un simple rompecorazones. El veneciano, hijo de comediantes, sedujo a 132 mujeres, según cuenta él mismo en su libro “Historia de mi vida”, memorias que escribió después de cumplir 60 años por prescripción médica.

A veces la fama es unilateral y Casanova ha pasado a la historia principalmente como mujeriego, sin que se preste mayor atención a otras facetas de su vida; tan es así que según la misma revista

Un verdadero casanova no sólo conquista, sino también conoce, inventa, y disfruta la vida. Utilizamos su apellido para referirnos a aquellos hombres que van de flor en flor, por así decirlo.

Pero según Wislawa Szymborska existen razones fundadas para dudar de lo que cuenta el protagonista acerca de su vida: “Casanova fanfarroneaba muy a menudo, cosa que, por otra parte, no me sorprende en absoluto.” Dicho lo anterior, enseguida extiende un manto de comprensión en relación a sus exageraciones: “Se puede, a falta de otra cosa, ser franco en una autobiografía breve. Pero ni siquiera un santo podría resistirse en doce tomos.” Además

¿Cómo se les ocurre pedir verdades y solo verdades al maestro del autobombo, al mayor playboy de todos los tiempos? Solo con que el cincuenta por ciento del texto fuese mentira, el resto bastaría para llenar las biografías de varios bribonzuelos, alborotadores de nivel internacional, titanes de la vitalidad y la sagacidad, auténticos especialistas a la hora de conseguir dinero y patrocinios, y plusmarquistas en el arte de seducir mujeres. Pocas se le resistían, y generalmente eran ellas mismas quienes lo inducían a meterse en sus camas, movidas por la pasión o el interés, lo que al principio del romance venía a ser lo mismo. Ese inicio duraba unos días, pero no se alargaba mucho más por lo general.

Llegados a este punto asoma la sospecha de fondo que Szymborska propone ante la versión oficial de la vida de Casanova.

Pero hay una cosa que sí me ha extrañado mucho. Todas esas mujeres se dejaban abandonar con una facilidad inaudita. Sin sonados altercados, ataques de furia, intentos suicidas o desmayos provocados por la desesperación. Por más que un par de días antes escucharan con entusiasmo promesas de matrimonio y ellas mismas jurasen amor eterno. Ninguna intentaba detenerlo con ruegos o amenazas, ninguna le andaba pegada a los talones durante años con la esperanza de que volviese. ¿Cómo es posible que Casanova no consiguiera despertar sentimientos, más o menos, duraderos? Es dudoso, por otra parte, que lo callase, ¡él, que se jactaba cuando tenía ocasión! (…) El seductor más célebre del mundo hacía el equipaje sin muchos preámbulos, y a veces hasta le ayudaban algunas de ellas.

Y para rematar su argumento Wislawa Szymborska aleja su mirada de Casanova para centrarse en ellas.

Después, con evidente alivio y cierta prisa volvían con sus bondadosos maridos o sus poco atractivos prometidos, o se entregaban de inmediato a una nueva aventura, como si la anterior no fuese digna de unos instantes de reflexión. ¿Desencantadas? ¿Abatidas? ¿Aburridas? 

Así es como la duda queda sembrada en torno al maestro del autobombo.

martes, 27 de julio de 2021

Personajes de novela

 

Difícil precisar qué fue primero. ¿La lectura de novelas habrá dado idea de personajes dignos de figurar en ellas?, ¿fueron personajes reales quienes inspiraron a los novelistas?, ¿las dos cosas al mismo tiempo?

Andrés Trapiello ilustra el punto cuando comienza afirmando: “He visto esta mañana a un personaje para no sé qué novela.” Y, como en tantas ocasiones, apela la llamada sabiduría negativa: “No era un personaje de una novela actual”, más bien lo identificaba como “uno de esos personajes que han salido de las novelas de Baroja o de los libros de Solana, o que llegaron tarde a ellos.”

¿De quién se trataba?

Tendría cincuenta años. Andaba encorvado, con ciática, y los ojos inyectados en sangre y lacrimosos le lloraban sin cesar, seguramente por el relente que soplaba. Las narices, considerables, le acercaban a una raza canina, no sé a cual. Andaba mirando el suelo, con la cerviz torcida y para hablar levantaba las pupilas caninas, la cabeza la dejaba contra el pecho. De la nariz descomunal le colgaba una gota de moquita que se sorbía constantemente con ruido y estremecimiento. Al andar no conseguía hacerlo en línea recta, por lo que daba la impresión de que erraba sin rumbo fijo. Esto hacía de él un personaje triste e infeliz, como perro sin dueño, como viejo capellán de hospicio.

Ya no tuve más información al respecto, la duda queda planteada: ¿el sujeto mencionado habrá ido a parar -ya convertido en personaje? a uno de los tantos libros de Andrés Trapiello?

Estoy seguro de que a usted -improbable lector- le sucede como a mí cuando deambulando por las calles nos cruzamos con personas que tienen méritos más que sobrados para devenir en memorables personajes de novela.

Y claro que para otros seguramente usted y yo somos esos personajes.

martes, 13 de julio de 2021

Aprendizaje mediado por el aire acondicionado

 

Sabido es que los aprendizajes se presentan cuando menos se les espera, tal como le sucedió a Alicia H. Dellepiane.

Afuera, un delicioso cielo azul claro y la temperatura y humedad que convierten un día común en un día soñado. Adentro, cuatrocientas personas que compartíamos el interés casi hipnótico por el tema de aquel encuentro: la vinculación entre el desarrollo personal y las posibilidades evolutivas de la especie humana.

La única molestia, el frío del lugar. No alcanzaba con un suéter para dejar de tener piel de gallina. Más que fin de verano en playa del Pacífico, parecía refugio de montaña en pleno invierno.

Cuando llegó el rato del café, me acerqué a uno de los organizadores para que por favor modificara lo único que creía que había que cambiar: la graduación del termostato. “Cómo no”, dijo más que respetuosamente.

Sin embargo, la democrática consulta a la totalidad de los asistentes rompió el supuesto que la sensación de frío sería compartida por todos.

Reiniciamos la sesión de trabajo y mi reciente aliado consultó: “Nos han avisado que la temperatura del lugar no es la ideal. Por favor levanten la mano quienes tengan frío”.

Levanté la derecha, por costumbre de usarla, y miré a mi alrededor. Vi que sólo una persona acompañaba mi gesto. Me sentí extrañísima.

“Por favor, levanten la mano quienes están bien con la temperatura como está.” Unas 398 personas (el tema era fascinante, pocos habrían querido llegar tarde) levantaron la suya.

Y aquí fue donde llegó el aprendizaje para Alicia H. Dellepiane, quien admite: “entonces aprendí algo tremendo de aceptar: ‘ellos’ y yo veíamos –y sentíamos- un mundo diferente”.

Y aquella lección fue mucho más allá del aire acondicionado ya que -concluye Dellepiane- “mi convicción de que mi versión era la verdadera se derritió para siempre”.

Aprendizaje que para muchos de nosotros sigue siendo una asignatura pendiente.

martes, 29 de junio de 2021

Flacos engañadores

 

Existen flacos profesionales, de tiempo completo: aquellos que jamás pudieron haber sido otra cosa que flacos.

Pero también hay otros, los poco convincentes, los sospechosos y Juan José Millás da cuenta del encuentro que tuvo en torno a la mesa con uno de ellos.

Quedo a comer, por razones de trabajo, con un tipo delgado en el que, paradójicamente, intuyo a un gordo invisible. Se trata de un falso delgado. Existen, lo mismo que los falsos simpáticos o los agentes secretos. En el segundo plato, cuando ya hemos entrado en confianza, me cuenta que en otra época llegó a pesar más de cien quilos.

-Más de cien –insiste mirándome a los ojos, para que me haga cargo de las diferencias entre aquel gordo y este delgado.

Sin embargo, para Millás no hay duda posible: el gordo que algún día fue aquél hombre, habita en el flaco en que hoy se ha convertido.

Decidió adelgazar por razones de salud, pero todavía lleva dentro un gordo insaciable que de vez en cuando le obliga a desayunar con churros o con porras. No es cierto, pienso yo, no lleva al gordo por dentro, lo lleva por fuera, en forma de aura. Ha perdido la masa, pero no el alma que daba vida a esa masa.

Existen otras variantes, como por ejemplo los flacos con mentalidad de gordos. Me consta que este gremio trasciende fronteras puesto que me ha tocado compartir la mesa con flacas con mentalidad de gordas en ciudades tan distantes como Barcelona y Oaxaca. Se trata de flacas, en ocasiones muy flacas, que comen y disfrutan la comida como supuestamente solo serían capaces de hacer personas gordas aficionadas a la buena mesa.

Y no proporciono mayores datos porque tal vez alguna de ellas lea estas líneas y luego, con toda razón, me recrimine esto de andar ventilando intimidades gastronómicas.  

martes, 22 de junio de 2021

El límite del ejercicio lector


Hay ocasiones en que la asociación de ideas o conceptos está cantada, es decir que viene servida en bandeja. En otras circunstancias se requiere de una buena dosis de ingenio; así acontece con José Luis Melero cuando vincula cardiología con literatura.

Mi amigo el cardiólogo Ángel Artal dice siempre que hay que hacer ejercicio para prevenir las cardiopatías coronarias. Ejercicio, asegura, y no esfuerzo. Y diferencia muy gráficamente el ejercicio del esfuerzo: ejercicio es caminar, pasear en bicicleta o nadar relajadamente, y esfuerzo es correr la maratón, empeñarse en terminar la Quebrantahuesos o hacer trescientos largos en la piscina.

Lo anterior le permite a Melero enfilar hacia un enfoque original en su línea argumentativa.

Yo, por eso, y siguiendo su ejemplo, nunca terminé Paradiso de Lezama Lima. Bien está el ejercicio, y por eso leí hasta un centenar de páginas la vez que más, pero me acordaba de lo malo que es el esfuerzo y entonces abandonaba rápidamente la lectura para tratar de evitar una de esas pérfidas cardiopatías.

Seguramente cada lector tendrá su propia lista de títulos que mantiene a prudencial distancia para prevenir complicaciones cardíacas.