jueves, 12 de septiembre de 2019

El silencio de la mirada


No es raro encontrarse con quienes invitan al silencio como forma de encuentro con Dios y también con uno mismo, de ser más prudentes en aquello que se va a decir, de escuchar más a los otros, de no sumarse a un entorno excesivamente ruidoso, etc.

Pero de lo que no tenía noticia es de la exhortación a no ver. Un breve texto de José Jiménez Lozano –en el que retoma a Juan de la Cruz- nos conduce hacia ello en el orden de la vida comunitaria.

Jean Baruzi (…) habla de aquella contestación que dio Juan de la Cruz a la invitación que le hicieron los frailes de ir a ver unos edificios que todo el mundo admiraba. Juan dijo entonces: “Nosotros no andamos por ver, sino por no ver”. Y comenta Baruzi: “Admitiendo que los monumentos, de que se trata fueran hermosos y no pertenecieran solamente al orden de la ostentación, es una ética lo que Juan de la Cruz quiso formular. Nosotros debemos introducir, en las más pequeñas modalidades de nuestra vida diaria, el no-ver”.

Esto le permite a Jiménez Lozano referirse a lo que identifica como la ética del no-ver.

Como un rango cultural simplemente, desde luego. Toda cultura de algún grosor exige una cierta ascesis de modo ineludible. Pero esa ética del “no-ver”, es al mismo tiempo una estética, o a la inversa: incluso la hermosura debe ser a veces desechada en pro de una belleza más profunda (…)

Y concluye en forma categórica “(…) pero lo que no hemos venido a ver son ostentaciones y retóricas”.

Deja tarea.

miércoles, 11 de septiembre de 2019

Lin Shu, un traductor de excepción


En otra ocasión hemos abordado el tema de como algunas traducciones de libros mejoran al original (http://habladuriacronicasdelocotidiano.blogspot.com/2017/02/traductores-que-mejoran-el-original.html). Ahora volvemos a la cuestión guiados por Simon Leys quien hace un breve preámbulo antes de referirse al personaje que nos ocupa. 
Cuando la traducción es al inglés (por ejemplo), la cuestión es, más que la de dominar la lengua extranjera, la de dominar el inglés. Esto podría convertirse en un axioma: Es deseable entender el idioma del original, pero es indispensable dominar la lengua de destino. Esta fórmula puede parecer al mismo tiempo un chiste y una perogrullada, pero es un hecho cierto que hay traducciones que son obras maestras literarias, que han ejercido una influencia considerable y que han sido hechas por traductores que apenas conocían la lengua del original, si es que sabían algo de ella; su capacidad se debía exclusivamente al hecho de ser grandes estilistas en su lengua materna. 
Y es aquí donde hace su aparición el maestro Lin Shu (quien, como veremos, debería ser declarado patrono de los traductores); continúa Simon Leys
El caso más ilustre y singular es sin duda el de Lin Shu (1852-1924), una figura capital de la historia literaria de la China moderna. Sin conocer una sola palabra de ninguna lengua extranjera, Lin Shu tradujo casi doscientas novelas europeas, y este vasto cuerpo de ficción extranjera contribuyó poderosamente a la transformación del horizonte intelectual de China al final del Imperio. 
Afirma Leys que estar aquejado por una enfermedad y la visita de un amigo fueron los factores propicios para crear las condiciones que hicieron posible la realización de su obra cumbre.
Convaleciente tras una grave enfermedad, Lin Shu recibió hacia 1890 la visita de un amigo que había regresado recientemente de Francia. El amigo le habló de una novela muy popular en Europa en esa época, La dama de las camelias, y le sugirió que emprendiese su traducción. Colaboraron los dos de la manera siguiente: el amigo relataba la trama, y Lin Shu iba traduciéndola al chino clásico. Esta Dama de las camelias china tuvo un éxito prodigioso. Hay que decir que es inmensamente superior al original: a pesar de ser escrupulosamente fiel a la narración de Dumas fils, que reproduce párrafo por párrafo, frase por frase, su estilo es admirable por su nobleza y su capacidad de concisión… ¡sólo hay que imaginar en qué se convertiría una novela por entregas si se reescribiese en el latín de Tácito! (Cuando Mao Zedong recibió a una delegación de senadores franceses, alabó La Dame aux camélias como el mejor ejemplo del genio literario francés, para gran perplejidad de sus visitantes: como todos los intelectuales de su generación, había leído la traducción de Lin Shu, medio siglo antes, y había conservado un recuerdo indeleble de ella). 
Este fue el comienzo de su actividad, prosigue Leys, que lo llevaría a realizar otras muchas traducciones.
Estimulado por este éxito inicial, Lin Shu continuó su tarea, emprendiendo traducciones con varios colaboradores; dependiendo completamente de los gustos y el conocimiento variable de ellos, construyó una oeuvre enorme y heteróclita, traduciendo a troche y moche a los gigantes de la literatura mundial (Hugo, Shakespeare, Tolstói, Goethe, Dickens) así como buen número de autores de segunda fila como Walter Scott y R.L. Stevenson, y escritores populares como Anthony Hope y H. Rider Haggard (por el que desarrolló una especial predilección); y luego también a los portavoces de naciones oprimidas, de los polacos, los húngaros, los serbios, los bosnios… ¡e incluso Leeuw van Vlaanderen (“El León de Flandes”) de Hendrik Conscience!
Concluye Simon Leys con algunas reflexiones en torno al oficio de traducir que le es posible inferir a partir de la obra de Lin Shu.
Lo que ejemplifica el caso fascinante de Lin Shu respecto a lo que nos interesa aquí es la importancia del estilo: el arte literario del traductor puede compensar incluso una profunda incompetencia lingüística… aunque éste sea, sin duda, un ejemplo extremo. Como regla general sería justo decir que si el traductor es verdaderamente un escritor, el sentido erróneo ocasional puede incluso no invalidar su obra. Sin embargo, todos los recursos de la filología no le servirán de nada si escribe sin oído literario.  
Recomendación de la casa para el caso que usted sea escritor: búsquese traductores de la escuela de Lin Shu porque en una de esas le mejoran la obra y lo convierten en celebridad.

martes, 10 de septiembre de 2019

Destrucción de libros


Larga es la historia de destrucción de libros que incluye desde la quema de códices por parte de los conquistadores, la acción de los inquisidores, hasta los regímenes totalitarios, etc.

Hace unos años la situación se volvió a presentar en la guerra de la ex-Yugoeslavia; Arturo Pérez-Reverte –testigo de aquellos hechos- describe la situación.

Aquella noche, en Sarajevo, los cañones no apuntaban a la carne humana sino a la materia que conforma su alma y su inteligencia. (…) las primeras bombas serbias siempre eran para la iglesia, los archivos, el museo de turno.

La población hizo hasta lo imposible para salvar su acervo pero sus posibilidades estaban seriamente limitadas.

En realidad eran los vecinos del viejo Sarajevo, los infelices muertos de hambre, flacos y agotados, que salían de sus casas, desafiando el fuego, intentando salvar los restos de su biblioteca… corrían bajo las balas y las bombas, entrando en el edificio y saliendo con manuscritos y libros en brazos. Los filmamos llorando sobre páginas hechas cenizas, inútiles y patéticos en su esfuerzo. No había agua con que apagar las llamas. Y todo ardió hasta los cimientos.

Tal como acontece en estas situaciones, el avalúo de las pérdidas no es cuantificable.

Como ardió también el Instituto Oriental, con mil años de trabajo caligráfico reunidos desde Samarcanda hasta Córdoba, desde El Cairo hasta Sarajevo. Ediciones únicas de incalculable valor. El esfuerzo, la vida de miles de hombre que dejaron en ellos sus pestañas, su inteligencia y sus sueños. Todo fue borrado en una sola noche, y ya no existe. Ya nadie podrá volver a leerlo nunca. Jamás.

De acuerdo con Arturo Pérez-Reverte la destrucción de un libro no tiene atenuante posible.

Déjenme contarles un secreto. Cuando un libro arde, cuando un libro es destruido, cuando un libro muere, hay algo de nosotros mismos que se mutila irremediablemente, siendo sustituido por una laguna oscura, por una mancha de sombra que acrecienta la noche que, desde hace siglos, el hombre se esfuerza por mantener a raya. Cuando un libro arde mueren todas las vidas que lo hicieron posible, todas las vidas en él contenidas y todas las vidas a las que ese libro hubiera podido dar, en el futuro, calor y conocimientos, inteligencia, goce y esperanza.

A continuación Pérez-Reverte –fiel a su estilo- con expresiones categóricas que  originan adhesiones así como desacuerdos, enuncia una serie de conjeturas.

Destruir un libro es, literalmente, asesinar el alma del hombre. Lo que a veces es incluso más grave, más ruin que asesinar el cuerpo. (…)

Hay homicidios conscientes, voluntarios, ejecutados con plena conciencia. Crímenes que pueden resultar, tal vez, explicables o discutibles en un momento de pasión, de ignorancia, de ira, de patriotismo, de odio, de celos, de utopía. Pero rara vez la muerte de un libro, la destrucción de una biblioteca, puede beneficiarse de atenuante o explicación alguna. Por el contrario, éste suele ser un acto voluntario, consciente y cruel, cargado de simbolismo y maldad.

Porque finalmente en su opinión: “Ningún asesinato de libros es casual. Ningún asesino de libros es inocente.”

lunes, 9 de septiembre de 2019

El beso al leproso


Existen manifestaciones del amor que representan un claro desafío para los usos y costumbres vigentes. Son expresiones que, al decir de José Jiménez Lozano en conversación con Gurutze Galparsoro, suscitan perplejidad cuando no escándalo.

Pero el amor está ahí, y el amor gratuito, como siempre es el amor. La moda es negarlo, tratar de degradarlo, interpretarlo como patología y locura. De ahí la perplejidad y el escándalo que supone el amor de los místicos, el beso al leproso, una vida ofrecida a otro, a los demás.

Y es que ello está totalmente fuera de lo esperable, de lo conocido, de las conductas que procuran antes que nada el propio beneficio; continúa Jiménez Lozano

Me acuerdo de que el biólogo, doctor Jean Rostand, decía algo importante: que, en tanto que biólogo precisamente, no le extrañaba nada, sino todo lo contrario, que los seres humanos se pisoteasen, descuartizasen y devorasen entre sí, esto es, que el pez grande se comiese al chico; y que lo que le extrañaba, por el contrario, pensando en las leyes de la biología, era que existiera la bondad humana y se diera incluso el beso al leproso.

Estas actitudes poco frecuentes, extrañas, están reservadas a los rebeldes que no están dispuestos a conducirse de la manera en que lo hacemos la gran mayoría de los mortales. Si siempre ha sido así –acota Jiménez Lozano- ni se diga en nuestro tiempo tan reñido con esas demasías.

Es decir, que un hombre pudiera saltarse totalmente las leyes naturales, amar a otro ser humano con un amor gratuito y morir por él. Y lo que diríamos es que, hoy, en nuestra cultura tecno-científica, se tiende desde luego a que el hombre no tenga esas demasías y comportamientos anti-naturales o a-científicos (…)

Sin embargo -concluye José Jiménez Lozano siempre en conversación con Gurutze Galparsoro- en esto precisamente reside lo específicamente humano.

(…) pero también esa cultura nuestra sabe que eso precisamente, que hace que el hombre desafíe las leyes mismas de su psicobiología, es lo específicamente humano, y desde luego constituye la verdadera razón por la que cabe esperar que el hombre puede salir de las peores situaciones, de su propio envilecimiento.

Amén.

viernes, 6 de septiembre de 2019

Un celoso poco informado


Si uno se pregunta en torno a la relación que puede existir entre los celos y el atavismo, la respuesta no se haría esperar: escasa, tirando a nula. Sin embargo sabido es que en la vida (y en ocasiones también en la muerte) habitan situaciones extrañas; Michel Tournier -en un artículo al que tituló “El atavismo o El ancestro pulverizado”- da cuenta de una de ellas.
Atavismo. ¡Qué bonita palabra! Bien construida, musical, fácil de pronunciar, agradable al oído, extraña sin resultar rara, científica pero no sabihonda. La debemos al botanista holandés Hugo De Vries (1848-1935), que descubrió y estudió las mutaciones. Está formada a partir del radical latino atavi (tatarabuelo), aunque en realidad se trata de una sinécdoque, pues en realidad evoca a muchos otros antepasados. (…)
En el punto opuesto de la herencia, que designa la influencia inmediata del padre y la madre, el atavismo manifiesta así la persistencia, en cierto modo subterránea, de unos caracteres que podrían creerse definitivamente perdidos en el transcurso de la evolución. Gracias al atavismo, cada uno de nosotros puede tener la esperanza de poseer tal o cual rasgo físico o moral que caracterizaba a alguno de nuestros antepasados que vivieron varios siglos atrás. Puede ser incluso que nos parezcamos a ese ancestro como un hermano gemelo, y que en suma haya existido un primer yo, sin duda modificado por unas condiciones de tiempo y espacio totalmente distintas.
Es así que el atavismo, rompiendo con lo lineal y lo esperable, da lugar a la irrupción de lo inesperado; continúa Tournier
Esta noción de atavismo es muy valiosa, pues hace estallar en una cantidad de fragmentos inmensa pero no infinita la masa hereditaria bajo la cual nuestros progenitores inmediatos –padre y madre- amenazaban con aplastarnos. Gracias al atavismo, la herencia no es un bloque que avanza de generación en generación, como un adoquín que los peones camineros se fueran pasando de mano en mano al hacer una carretera; es un polvo de estrellas del que cada uno de nosotros saca algo para componer su constelación personal. 
Una vez concluido este aporte conceptual Michel Tournier pasa a describir en su artículo que -será fácil percibir- ya tiene varios años, cómo fue que “el alcance humano del atavismo encontró una ilustración tragicómica en un suceso reciente que tuvo lugar en la Alemania Federal.” (Antes de proseguir con la historia, permítasenos hacer un paréntesis para discrepar con el autor -o tal vez con el traductor- en cuanto al rasgo tragicómico con que caracteriza a un asunto que en realidad tiene muchísimo de trágico y nada de cómico). Pero retomemos el relato de Tournier
Un hombre se entregó a la policía después de matar a su mujer y su hijo con una escopeta de caza. A primera vista, las circunstancias parecen extravagantes. Se había presentado ante sus familiares con esta pregunta: “¿Sois capaces de sacar la lengua enrollándola como un canalón?” Su mujer lo intentó en vano. El hijo lo hizo sin ningún esfuerzo. Entonces el padre disparó. En efecto, siempre había tenido dudas sobre la autenticidad de su progenitura, y los celos le corroían el corazón. Entonces leyó en un tratado de genética que la facultad de sacar la lengua y enrollarla era bastante inusual, y rigurosamente hereditaria. Y esa facultad él no la tenía. Si su mujer tampoco la tenía, y su hijo sí, entonces es que el hijo era adulterino. Cosa que quedó demostrada, con el resultado que ya conocemos.
Ambos asesinatos, de acuerdo con Tournier, pudieran haberse evitado si el victimario hubiese tenido mayor formación en relación al tema. “Ese celoso apasionado ignoraba el atavismo. Pues el hijo podía haber heredado la lengua enrollable, si no de su padre ni de su madre, sí de algún ancestro prehistórico o del Renacimiento.” Y concluye Michel Tournier: “Queda visto que el atavismo es una forma de herencia que tiene como límite suprimir la herencia, cosa que constituye un progreso humanista, pues pulveriza la herencia hasta el infinito, doblando el número de sus signatarios a cada generación.”

jueves, 5 de septiembre de 2019

La nuca


Desde siempre los poetas han exaltado la belleza de diversas partes del cuerpo humano, pero dudo que la nuca haya sido la inspiración de muchos de ellos. Parte extraña de la anatomía, cuyo propio nombre –procedente del árabe, según indican los que saben- ya carga con cierta rareza. Por alguna asociación difícil de comprender en Argentina se utiliza el modismo “estar de la nuca”, para significar estar loco. 
Sin ser particularmente agraciada, difícilmente pudo haber sido el inicio de un gran amor; Patrick White –citado por José Jiménez Lozano- anota que
(…) la nuca es seguramente la parte más vulnerable de nuestra anatomía. Afortunadamente no podemos vernos la nuestra. A menos que una belleza profesional, amenazada por la edad, sentada entre el espejo de su peluquero y su espejo de mano, entrevea algo que deliberadamente rechaza, y, entonces, se siente salvada hasta que eso vuelve a producirse.
Por lo general no existen mayores motivos para estar atentos a ella, salvo cuando por medio del dolor nos recuerda su existencia. La molestia en esa región suele ser persistente, desagradable y pone de malas.
Su instante de fama se manifiesta en ocasión de que el peluquero busque que el propietario de la testa apruebe el corte realizado. Continúa Jiménez Lozano 
Pero los peluqueros masculinos son implacables, y, para que comprobemos que el corte de pelo, en ese lugar precisamente, está a nuestro gusto, nos proporcionan la visión de la propia nuca, mientras ellos mismos juegan un poco con el peine en el pelo. 
Para José Jiménez Lozano es el momento preciso para añadir: “Así harían los antiguos verdugos profesionales para calcular el golpe”. 
En estos tiempos en que por tantos medios se procura frenar los efectos propios del envejecimiento del cuerpo, José Jiménez Lozano deviene en asesor de belleza al sugerir un tratamiento que evite estragos en la nuca.
(…) y si irremediablemente envejecemos (…) quizás sólo hay una forma de que nuestra nuca al menos no se deteriore escandalosamente: no inclinándola para besar los zapatos de nadie, y no tragarnos ningún paraguas de orgullo que nos haga andar como escayolados. De otro modo, la gloria alcanzada se concentra en forma de grasa en el pestorejo y, ciertamente, compone una nuca obscena.
Avisados.

miércoles, 4 de septiembre de 2019

Los celos, una mocita sevillana y Carrizales.


Los celos suelen aparecer, en tanto sentimiento o respuesta emocional, en la persona que se siente amenazada en su vínculo amoroso; Luis Melnik se refiere a ello.

En el idioma castellano tiene varias acepciones. 
(…) su más famosa expresión se relaciona con la sospecha o inquietud que alguien siente respecto a la persona amada ante la sensación de que se ha perdido su amor o se ha ido con otro ser. Los celos se sienten o se provocan.

Por extraño que parezca –tal como añade Melnik- de allí surge la palabra que designa una estructura, generalmente hecha de madera, que se acostumbraba colocar en las ventanas.

De celos derivó celosía, ventanas que se armaban de manera que las personas que están adentro pudiesen ver a las de afuera sin ser ellas vistas. Fue usada en el harén pero quizá con el propósito inverso: ver a las de adentro sin que ellas vieran a los de afuera. Y en las casas de antaño para que las damiselas pudiesen mirar hacia la calle sin que los caminantes echaran el ojo.           
                                                                              
Ahora bien, existe abundante literatura acerca de la existencia de celos fundados e infundados, estos últimos han sido asociados desde un encare psicológico a la inseguridad personal del celoso. A este respecto Norman Mailer –citado por Carlos Fuentes- sostiene que “los celos son una galería de retratos en que el celoso es el curador del museo”. De allí que difícilmente acepte su error por más evidencias que le proporcione la realidad, porque como dice Vicente Aleixandre: “ni siquiera la prueba de lo absurdo de sus sospechas podrá consolar al celoso, porque los celos son la enfermedad de la imaginación.”

Claro está que existen celos que son respuesta predecible a situaciones propicias a la infidelidad. Azorín, retomando a Cervantes, ilustra el punto.

Felipe de Carrizales, en El celoso extremeño, de Cervantes, nos da una soberana lección. El cañamazo de la novela es éste: un viejo se casa con una niña. Cervantes va bordando. El viejo tiene sesenta y ocho años; la niña cuenta de trece a catorce. Carrizales posee pingüe fortuna: la gasta en divertirse. No se le conocen aficiones artísticas, literarias. A los cuarenta y ocho años, Carrizales viene a menos; se pasa a las Indias; en el Perú rehace su fortuna. Es hombre corrido; ha viajado por Europa. En América está veinte años; tienen, pues, a su regreso a España, los indicados sesenta y ocho. En este momento es cuando, gracias a su fortuna, logra casarse con una mocita sevillana. Carrizales, en la travesía del Atlántico, en Sevilla, al retorno, nos sorprende con sus recelos, con sus preocupaciones, con sus reconcomios, con sus inquietudes; tenemos que esté cansado, asténico, en suma neurasténico. (…)
Carrizales, recién casado, encierra a su mujer, con él, en una casa, en Sevilla, en barrio principal. Clava las ventanas; eleva los muros de la azotea; cierra las puertas; en los tapices no se representan escenas amatorias; no hay en la casa perro, sino perra; no hay gato, sino gata. No entra nadie en la mansión; no sale nadie. Van a misa los días festivos, antes de que amanezca. (…)

¿Se picó con el relato y quiere saber el final? ¿Qué sucedió con la mocita sevillana y con el tal Carrizales? Puede salir de dudas leyendo El celoso extremeño.

Y todavía hay quien dice que la lectura no sirve para nada. ¡Vaya tontería!

martes, 3 de septiembre de 2019

Textos de ayer que hablan de hoy


Sabía que lo tenía en el Almacén, pero costó dar con él. Se trata de un artículo de Ana García Bergua publicado en La Jornada el 31 de agosto de 2008.

¿Y esto, Tarabana, no hay también algo parecido al robo en el simple hecho de que acepte yo ese dinero que tú me traes? 
Depende, hombre, depende… Axkaná, por ejemplo, diría que sí, pero Axkaná es hombre de libros. Yo, que vivo sobre la tierra, aseguro que no. La calificación de los actos humanos no es sólo punto de moral, sino también de geografía física y de geografía política. Y siendo así, hay que considerar que México disfruta por ahora de una ética distinta de las que rigen en otras latitudes. ¿Se premia entre nosotros, o se respeta siquiera, al funcionario honrado y recto, quiero decir al funcionario a quien se tendría por honrado y recto en otros países? No; se le ataca, se le desprecia, se le fusila. ¿Y qué pasa aquí, en cambio, con el funcionario falso, prevaricador y ladrón, me refiero a aquel a quien se calificaría de tal en las naciones donde imperan los valores éticos comunes y corrientes? Que recibe entre nosotros honra y poder, y, si a mano viene, aun puede proclamársele, al otro día de muerto, benemérito de la patria. Creen muchos que en México los jueces no hacen justicia por falta de honradez. Tonterías. Lo que ocurre es que la protección a la vida y a los bienes la mayoría la imparten aquí los más violentos, los más inmorales, y eso convierte en una especie de instinto de conservación la inclinación de casi todos a aliarse con la inmoralidad y la violencia. Observa a la policía mexicana: en los grandes momentos siempre está de parte del malhechor o es ella misma el malhechor. Fíjate en nuestros procuradores de justicia: es mayor la consideración pública de que gozan mientras más son los asesinatos que dejan impunes. Fíjate en los abogados que defienden a nuestros reos: si alguna vez se atreven a cumplir con su deber, los poderes republicanos desenfundan la pistola y los acallan con amenazas de muerte, sin que haya entonces virtud capaz de protegerlos. Total: que hacer justicia, eso que en otras partes no supone sino virtudes modestas y consuetudinarias, exigen en México vocación de héroe o de mártir.

Concluida la transcripción del fragmento, García Bergua precisa el origen del mismo.

Esto último no lo escribí yo, brincos diera. Es La sombra del caudillo, de Martín Luis Guzmán, de 1929.

Se pregunta y nos pregunta “¿Qué tanto habremos cambiado?”

lunes, 2 de septiembre de 2019

Oliver Sacks, resistencias familiares ante su homosexualidad


Será hasta poco antes de su muerte cuando Oliver Sacks abra un espacio autobiográfico dentro de sus muy recomendables libros (a los que ya hemos recurrido en varias oportunidades). En esta ocasión no nos detendremos en su trabajo profesional sino en testimonios de su vida que hemos tomado de En movimiento y de su obra póstuma Gratitud
Mil novecientos cincuenta y uno fue un año rico en acontecimientos, y en cierto modo doloroso. (…)
Acababa de cumplir los dieciocho, y mi padre consideró que había llegado el momento de que mantuviéramos una seria charla de hombre a hombre, de padre a hijo. Hablamos de asignaciones y dinero: un tema poco polémico, pues yo era de costumbres bastante frugales y sólo derrochaba en libros. Y a continuación mi padre abordó el tema que realmente le preocupaba.       
-No parece que tengas muchas amigas -dijo-. ¿No te gustan las chicas?
-No están mal -contesté, deseando que la conversación acabara ahí.
-¿Te gustan más los chicos? -insistió.
-Sí, me gustan más, pero no es más que una sensación. Nunca he “hecho” nada. -Y acto seguido añadí, con cierto temor-: No se lo cuentes a mamá. Será incapaz de aceptarlo. (…)
Sabía que la sola idea de la homosexualidad despertaba horror en algunas personas; sospechaba que ése debía de ser el caso de mi madre, y por eso le había dicho a mi padre: “No se lo cuentes a mamá. Será incapaz de aceptarlo.”
Así fue como la primera respuesta al reconocimiento de su homosexualidad provino del padre quien no pudo guardar el secreto, era demasiado para él. Una vez enterada, la reacción de su madre fue muy violenta y posiblemente haya ido aún más allá de lo esperado.
(…) y a la mañana siguiente mi madre bajó con una expresión de horror y me gritó: “Eres una abominación. Ojalá no hubieras nacido.” (Sin duda recordaba el versículo del Levítico que reza: “Si un hombre se acuesta con varón como hace con mujer, ambos han cometido una abominación: morirán sin remedio, su sangre caerá sobre ellos”.) (…)
A continuación se marchó y pasó varios días sin hablarme. (…) Mi madre, que era tan abierta y que casi siempre me apoyaba, era severa e inflexible en ese aspecto. Al igual que mi padre, solía leer la Biblia, y le encantaban los Salmos y el Cantar de los Cantares, pero la obsesionaban los terribles versículos del Levítico (…)
Aquella cuestión nunca se volvió a mencionar, pero las duras palabras de mi madre me hicieron detestar la capacidad de la religión para fomentar el fanatismo y la crueldad.
Observando aquel hecho en retrospectiva, Sacks se cuestiona en torno a la conveniencia de haber hablado de ello. “A lo mejor tampoco se lo debería haber contado a mi padre; en general, consideraba que mi sexualidad sólo me atañía a mí; no era un secreto, pero tampoco tenía por qué hablar de ella.” 
No es difícil imaginar el sentimiento desgarrador que le produjo la maldición (que en la cultura judía adquiere una especial significación) de su madre: “(…) sus palabras me persiguieron durante gran parte de mi vida, y tuvieron una gran importancia a la hora de inhibir e inyectar un sentimiento de culpa en lo que debería haber sido una expresión libre y gozosa de la sexualidad”.
Por supuesto que esta situación pudo haber llevado al total distanciamiento entre ambos, sin embargo no fue el caso. Significó una marca que quedó para siempre pero no tuvo lugar la ruptura; tal vez porque aun asumiendo el inmenso dolor que le provocó, Oliver Sacks recurrió a todos los atenuantes que pudieran explicar la reacción de su madre.
Todos somos hijos de nuestra educación, nuestra cultura y nuestra época. Y he tenido que recordarme repetidamente que mi madre nació en la década de 1890 y tuvo una educación ortodoxa, y que en la Inglaterra de la década de 1950 el comportamiento homosexual no se consideraba sólo una perversión, sino un delito. También he de recordar que el sexo es una de esas cosas -como la religión y la política- capaces de despertar sentimientos intensos e irracionales en personas por lo demás decentes y racionales. Mi madre no quería ser cruel, ni desearme la muerte. Ahora comprendo que de repente se sintió superada, y probablemente lamentó sus palabras, o quizá las colocó en una parte aislada de su mente.
Además, evoca que por aquellos años la persecución a la homosexualidad era implacable. 
En el Londres de la década de 1950 no era fácil, ni seguro, admitir la propia homosexualidad ni practicarla. Las actividades homosexuales, si se detectaban, podían conducir a penas severas, a la cárcel, o, como en el caso de Alan Turing, a la castración química mediante la administración obligatoria de estrógenos. La actitud de la gente era, por  lo general, tan condenatoria como la ley. A los homosexuales no les resultaba fácil encontrarse; había algunos clubs y pubs gays, pero eran constantemente vigilados por la policía, que llevaba a cabo continuas redadas. Por todas partes había agentes provocadores, sobre todo en los parques y retretes públicos, entrenados para seducir a los incautos y cándidos y llevarlos a la destrucción.
En este intento por comprender la actitud de su madre, a las ya mencionadas consideraciones de carácter general Sacks añade otra de alcance exclusivamente familiar.
Cuando en 1951 mi madre se enteró de mi homosexualidad y afirmó: “Ojalá no hubieras nacido”, lo dijo, aunque no estoy seguro de que en ese momento yo lo comprendiera, como una acusación, pero también fruto de su angustia, la angustia de una madre que, al percibir que había perdido a un hijo por culpa de la esquizofrenia, ahora temía perder a otro por culpa de la homosexualidad, una “enfermedad” que por entonces se consideraba vergonzosa y deshonrosa, y con una gran capacidad para estigmatizar y echar a perder una vida. Yo era su hijo preferido, su “pichurrín”, su “corderito”, cuando era pequeño, y ahora me había convertido en “uno de ésos”: una carga cruel que añadir a la esquizofrenia de Michael.
Hasta aquí hemos visto la reacción del padre y de la madre; la faceta tragicómica vendrá por parte del hermano y la cuñada.
Mi hermano David y su esposa, Lili, al enterarse de mi falta de experiencia sexual, pensaron que podía atribuirse a la timidez, y que una buena mujer, incluso un buen polvo, podrían enderezarme. Allá por la Navidad de 1951, después de mi primer trimestre en Oxford, me llevaron a París no sólo con la intención de ver los monumentos -el Louvre, Notre Dame, la Torre Eiffel-, sino de acompañarme a visitar a una amable prostituta que me pondría a prueba y, de manera paciente y diestra, me enseñaría lo que era el sexo.
Escogieron una prostituta de edad y carácter adecuado –David y Lili la entrevistaron primero, explicándole la situación-, y después me fui con ella a la habitación. Estaba tan asustado que mi pene se quedó fláccido de miedo y los testículos se encogieron hasta la cavidad abdominal.
La historia no quedaría completa si prescindiéramos de la respuesta –siempre según el propio Sacks- que también daría aquella experimentada mujer.
La prostituta, que se parecía a una de mis tías, comprendió la situación de inmediato. Hablaba bien inglés ése había sido uno de los criterios de  selección) y dijo: “No te preocupes. Ahora nos tomaremos una buena taza de té.” Sacó el juego de té y unos pastelillos, trajo el hervidor y me preguntó qué clase de té me gustaba. “Lapsang”, dije. “Me encanta el olor ahumado.” Por entonces ya había recuperado la voz y la seguridad en mí mismo, y charlé con ella sin ningún problema mientras disfrutábamos de nuestro té ahumado.
Como es de imaginar, el hermano y la cuñada estaban ansiosos por conocer el resultado de aquel encuentro.
Permanecí allí una media hora y luego me fui; mi hermano y su mujer se habían  quedado expectantes en  la puerta.
-¿Cómo ha ido, Oliver? -me  preguntó David.
-Genial –dije sacudiéndome las migas de la barba.
En sus notas autobiográficas Oliver Sacks narra la forma en que con el paso de los años –para ese entonces las cosas habían cambiado en algo- pudo recuperar la relación con tíos y primos.
En 1955, cuando tenía veintidós años, fui a Israel a pasar varios meses trabajando en un kibutz, y aunque me gustó, decidí no regresar. A pesar de que muchos de mis primos se habían trasladado a vivir allí, la política de Oriente Medio me  producía un gran desasosiego, y sospechaba que en una sociedad profundamente religiosa me encontraría fuera de lugar. Pero en la primavera de 2014, al enterarme de que mi prima Marjorie -una doctora que había sido protegida de mi madre y que había trabajado en el campo de la medicina hasta los noventa y ocho años- se estaba muriendo, la llamé a Jerusalén para despedirme. Su voz me resultó inesperadamente poderosa y retumbante, con un acento muy parecido al de mi madre. “No pienso morirme hoy”, me dijo, “y el 18 de junio celebro mis cien años. ¿Por qué no vienes?”
“Naturalmente que iré”, respondí. Pero al colgar comprendí que acababa de rectificar una decisión tomada casi sesenta atrás.
No fue más que una visita familiar. Celebré los cien años de Marjorie con ella y toda su parentela. Vi a otros dos primos por los que sentía un gran aprecio de cuando vivía en Londres, a innumerables primos segundos y lejanos (…)
Mención aparte dedica a la afectuosa bienvenida que les brindó Robert John, uno de sus primos a quien Sacks caracteriza como un observante ortodoxo de la religión. 
Durante la década de 1990 conocí a un primo y coetáneo mío, Robert John Aumann, un hombre de aspecto impresionante, de complexión robusta y atlética,  y con una barba blanca que ya a los sesenta años le otorgaba un aspecto de sabio venerable. Es un hombre de una gran capacidad intelectual, pero también provisto de gran ternura y calidez humanas, y de un profundo compromiso religioso; de hecho, “compromiso” es una de sus palabras favoritas.
Con estos antecedentes era comprensible que en oportunidad de su regreso a Israel el reencuentro con Robert John le generara inquietud.
Me imponía cierto respeto visitar a mi familia ortodoxa acompañado de mi amante, Billy -las palabras de mi madre todavía resonaban en mi cabeza-, pero también a Billy lo recibieron con gran afecto. El enorme cambio de talante, incluso entre los ortodoxos, quedó claro cuando Robert John nos invitó a Billy y a mí a compartir la primera comida del sabbat con él y su familia.
De esa armonía familiar surgieron algunas reflexiones y preguntas de índole existencial.
La paz del sabbat, de ese mundo detenido, de ese tiempo fuera del tiempo, era palpable, lo impregnaba todo, y me sentí inundado de melancolía, algo parecido a la nostalgia, y comencé a preguntarme: ¿Y si esta circunstancia y la otra y la otra hubieran sido distintas? ¿Qué clase de persona habría sido yo? ¿Qué clase de vida habría llevado? 
Finalmente, Oliver Sacks resume el feliz reencuentro familiar en muy pocas palabras: “No me sentía aceptado de ese modo por mi familia desde que era niño.”

domingo, 1 de septiembre de 2019

Nueve años de Habladuría


En el mes de septiembre de hace nueve años nacía este blog con un perfil más o menos definido (http://habladuriacronicasdelocotidiano.blogspot.mx/2010/09/entre-el-vicio-y-el-oficio-compilador.html) Desde mucho antes estuve compilando anécdotas acerca de muy diversos temas y diferentes lugares. Algunas las tomé de periódicos y revistas pero la mayoría las hallé en libros adquiridos en librerías de viejo que he sabido recorrer con entusiasmo digno de mejores causas. Fue en aquel entonces que la extraordinaria artista y amiga Magos Nava me sugirió la idea de abrir un blog. Aceptada la propuesta, Magos se dio a la tarea. En los inicios sus ilustraciones acompañaron los artículos publicados y hasta el presente es la responsable del diseño del blog.

Al comienzo subí un artículo semanal, tiempo después pasé a dos. A partir de ahora, y cuando las circunstancias así lo permitan, serán cinco los artículos semanales (de lunes a viernes). 

En estos nueve años las visitas han superado el número de 280.000. Difícil saber cuántas de ellas responden a seguidores del blog y cuántas a quienes llegan puntualmente y en forma azarosa por sus búsquedas temáticas. Me inclino a pensar que son muchas más las segundas que las primeras. También hay que tener en cuenta las visitas realizadas por robots que actúan en las redes.

El total de artículos que se han ido sumando al blog hasta el momento rebasan los 770. Algunos de ellos han sido publicados y citados en periódicos y revistas (ejemplo de ello es el artículo “¿El Ángel caído?” del Mtro. Eduardo Matos Moctezuma publicado en Arqueología Mexicana, No. 150). Asimismo he tenido noticias de menciones realizadas en distintos programas radiales. Ciertos textos han sido utilizados como material de apoyo en clases de preparatoria o universidad, así como en diversas instancias de educación no formal. He tenido la oportunidad de narrar en forma presencial algunas crónicas que integran este blog en diversas ciudades de México (Cancún, Chihuahua, Ciudad Juárez, Ciudad de México, Guadalajara, Guanajuato, León, Oaxaca, Pachuca, Puebla, Querétaro, San Luis Potosí, San Miguel de Allende, Veracruz, Zacatecas, etc.) así como también en Buenos Aires y Montevideo.

Junto a este blog he desarrollado tres programas que se vienen implementado en diversas instancias (http://habladuriacronicasdelocotidiano.blogspot.com/2019/08/de-habladuria-y-otros-programas-de-la.html) 

En principio hay Habladuría para rato, dado que en el taller de armado  dispongo de muchos “pies de artículos” que permiten aspirar a mantener este espacio. Tengo el anhelo de que parte de este material pase a ser libro, columna periodística o espacio radial fijo.  

Una vez más quiero expresar mi profundo agradecimiento y reconocimiento a Magos Nava. Sin su apoyo este blog no sería posible. Y también va mi agradecimiento a los lectores habituales de Habladuría, a los intermitentes y a quienes lo fueron en algún momento. 

Y sean bienvenidos aquellos que se sumen a partir de ahora.  


Gerardo Mendive
gemendive@yahoo.com.mx