Muchas gracias a Pablo Salina por su trabajo y profesionalismo en el diseño de la página web
https://www.gerardomendive.com/
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Darse la pausa necesaria para mirar las estrellas conduce
a vivencias sublimes que muchos practican. No me refiero a los especialistas (que
las estudian con pasión, acostumbrados con frecuencia a estar más por aquellas
lejanas dimensiones, de lo que están por estos rumbos) sino a la población en
general.
No son pocos los obstáculos que se interponen a ello:
cielos nublados, contaminación, luminosidad de las grandes ciudades, falta de
tiempo por estar abocado a cosas más importantes, etc.
Pero también puede acontecer que la maravilla se nos volvió
cotidiana y debido a ello deja ya de concitar nuestra atención y asombro.
Asimismo, estamos tan acostumbrados a las pantallas que
en una ocasión se comentó en la mesa familiar que en días próximos habría una
lluvia de estrellas y que sería bueno apreciarla. Ante ello uno de los hijos
preguntó: “¿en qué canal lo pasan?”
A este mismo respecto Carlos Caillabet presenta una
reflexión provocadora.
Si las estrellas se vieran desde una sola región, esa
región sería la más rica del mundo, porque todos estaríamos dispuestos a pagar
para verlas. Pero, como siempre, algunos podrían ir a verlas y la mayoría no. O
sea que moriríamos sin conocer las estrellas.
Es por ello -añade- “que siempre miro las estrellas,
el sol, la luna, los árboles y todo aquello que por ahora es gratis”.
También se refería al punto nada menos que José “Pepe”
Revueltas cuando afirmaba: “Era un
consuelo que en el universo todavía existieran las estrellas y que nadie
hubiese querido robárselas aún ni convertirlas en una propiedad privada.”
No
olvidemos entonces que la advertencia queda formulada en diversas presentaciones:
“aquello que por ahora es gratis” (Caillabet) o (…) “todavía existieran las
estrellas y que nadie hubiese querido robárselas aún (…)” (Revueltas).
Por
tanto habrá que estar muy atentos para que el por ahora y el todavía
continúen vigentes, no sea cosa que en estos tiempos de emprendedurismo a
alguien se le ocurra recurrir a ese nicho de mercado o zona de oportunidad.
Pero
mejor no andemos de ofrecidos dando ideas…
Algunos
escritores no pretenden ahorrar en bondades y méritos a la hora de referirse a
sus maestros; tal es el caso de Josep Pla cuando analiza la obra de Antón
Chéjov.
Lo que me impresionó desde el principio fue la simplicidad de su
escritura, el cuidado exacto de los detalles, el fabuloso interés por la
cotidianidad de la gente -exactamente, de la gente modesta, pobre, gris,
misteriosa (sin misterio apreciable), aduladora, envidiosa, que nace, vive y
muere.
Es así como para Pla la sencillez
en la escritura de Chéjov pone de manifiesto su autenticidad.
Su escritura es tan normal, tan cercana a las pequeñas cosas de la vida
que a mí me parece que el escritor ruso ha contribuido como nadie a la
destrucción del barroquismo literario y que esto lo ha hecho de una forma casi
inconsciente y por razones de honorabilidad personal, es decir, por un afán de
autenticidad y de verdad que se le han impuesto personalmente.
En su opinión el gran
escritor ruso refiere a un amplio espectro de temas que constituyen la vida
cotidiana de su tiempo.
En este aspecto no creo que haya precedentes: el alcoholismo, la
superstición, el convencionalismo, la ignorancia, la sensualidad, el
aburrimiento, el tedio, la manía de hablar, de filosofar, la pasión de la labia
inseparablemente unida a la incapacidad para la acción, a la gandulería, a la
inutilidad de la cultura, al patrimonio ficticio, a la ineluctabilidad del
clima, al criticismo ciudadano, a la sucesión de los éxitos y los fracasos. A
la nada absoluta y total.
Llegado a este punto, el
escritor catalán sintetiza -a manera de homenaje agradecido- su opinión en relación
con la obra del maestro. “Chéjov es el notario vastísimo de la Rusia de su
tiempo. Fabuloso escritor, de un gusto exquisito, de una expresividad eficaz,
cultísimo, sencillo, simple, real, que es lo más difícil.”
¡Casi nada!
No sé
desde cuándo se ha puesto en circulación la expresión periodismo
independiente. Como tantas otras: fácil de decir, difícil de sostener por
la vía de los hechos.
Como
es de suponer, los periodistas al tiempo que son vocacionales y disfrutan su
trabajo, también aspiran a vivir, a tener una fuente de ingresos que les
permita una vida digna.
Es
imposible pasar por alto que los medios suelen responder a intereses de sus
concesionarios, accionistas o propietarios y ello -como es esperable- en muchas
ocasiones restringe en forma notable la independencia de quienes laboran en los
mismos.
También
está el papel que juegan los anunciantes, aquellas empresas que se publicitan
en el medio y con ello aspiran a que las desprolijidades en sus
políticas internas, ni los efectos nocivos que pudieran tener sus productos
alcancen notoriedad pública.
Ni se
diga las presiones que sufren los periodistas por parte de los gobernantes de
turno, tan conocedores de la trascendencia de cuidar su imagen pública. Es por
ello que Miguel Ángel Aguilar -entrevistado por Daniel Ramírez- sostiene que
La
libertad de expresión no se consigue de una vez para siempre. Está sometida a
todos los agentes imaginables de la erosión. El poder siempre ha querido
cercenarla. No sólo el político, también el deportivo, el sindical o el
religioso. Todo poder es evangélico y quiere difundir su buena nueva. Por eso,
cuando se establece, lo primero que hace es crear una oficina de prensa.
Sabido
es que se paga por publicar, pero también se paga por no publicar. Con ese
objetivo el poder acciona su estrategia: pasar el chayote, el sobre, aceitar la
mano o tener un detalle con quienes difunden (y en muchas ocasiones,
interpretan) el acontecer nacional. Al decir de José Jiménez Lozano:
La
dinámica es siempre la misma: entrar de “criado” en casa de “los grandes”,
servirles y, más tarde, recoger el premio a “tus talentos”.
En
síntesis -tal como reconoce la expresión que tanto se ha difundido- “nadie paga
para que le peguen”; es así como la independencia queda en entredicho.
Cuando
algún funcionario quiere cerrar la llave, acabar con los usos y costumbres, debe
saber que se mete en serios problemas; Jiménez Lozano da cuenta de una
experiencia a ese respecto.
G. me
cuenta –y me muestra- que cuando X fue alcalde de una cierta ciudad descubrió
un “fondo de reptiles” para periodistas y lo suprimió. Así que, en seguida,
comenzaron ciertas campañas de prensa contra él: toda una pintura al odio.
Más
tarde, X fue asesinado, y creo que se encontró a sus asesinos, que adujeron
motivaciones políticas argumentadas en aquella campaña.
Es una
“parábola” kierkegaardiana.
Así
las cosas, los periodistas independientes deben ser reconocidos por su
valentía, su honestidad, su dignidad, que en no pocos casos los ha llevado al
extremo de perder su vida en el ejercicio de la profesión.
Hoy
en la mañana venía caminando por rumbos de mi querido pueblo de Santa Cruz
Atoyac y escucho que me llaman. Era el peluquero con el que concurro desde hace
tiempo. (Un paréntesis necesario: el trabajo que le doy al peluquero es mínimo,
creo que mantengo mi rutina de ir a su negocio como una forma de apoyo a mi
autoestima). El encuentro casual fue una alegría para ambos. Me pregunta si este
año dilaté más el regreso de mi rancho. Le digo que sí y que ello se debió a un
problema de salud. Le cuento. Su rostro expresa solidaridad. Nos despedimos: “¡Cuídese
mucho! ¡Échele muchas ganas! Y permítame darle un abrazo porque usted necesita
estar fuerte y seguir siendo positivo”.
Horas
más tarde voy a un café ubicado en un centro comercial de la zona. En casa tengo
problemas técnicos con internet por lo que vengo a trabajar a este lugar. A
mediodía tuve un encuentro virtual con colegas de Oaxaca. Hay muchos clientes
en el café, hay algo de ruido y el audio de uno de los asistentes a la junta lo
escucho con dificultad. Así lo comento en más de una ocasión. La reunión
finaliza, logramos acordar lo necesario para un trabajo común que
desarrollaremos con un grupo de médicos en unas semanas.
Al
rato de terminar la reunión y mientras junto mis cosas para regresar a casa, se
acerca un hombre joven. Estaba en el café junto a dos niños pequeños, supongo
que sus hijos. Ante mi sorpresa me da una caja y me dice: “Escuché que tenía
problemas para escuchar en la reunión que participaba y le compré estos
audífonos para que los tenga y los use cuando lo requiera…” Al principio me quedé
como en pausa. Reaccioné como pude, le agradecí mucho y le pregunté cuánto le
habían costado para pagárselos. “De ninguna manera -respondió. Es un regalo”.
Las
pequeñas grandes cosas de la vida.
No
están ustedes para saberlo ni yo para contarlo pero resulta que por estos días
cumplimos dos años.
El
3 de junio del 2020 dio inicio el programa Mirar-nos con ojos ajenos. Una
invitación al análisis y la reflexión a partir de pedacitos de historia.
Vivíamos
tiempos de inicio de pandemia y gracias al apoyo de un grupo de amigos decidí
iniciar esta aventura, que no hubiese sido posible sin su generosa ayuda.
¡Muchas, muchas gracias!
La
idea es muy simple: encontrarnos semanalmente en forma virtual a una reunión en
la que durante 50 minutos desarrollo un tema y en los 10 minutos siguientes participan
los asistentes que así lo decidan.
No
se trata de un curso que requiriera continuidad ya que cada encuentro aborda
cuestiones diferentes.
Las
dos condiciones para llegar a las reuniones son: querer y poder hacerlo.
El
programa no tiene una duración establecida y continuará en la medida que a) no
lo impida alguna situación de fuerza mayor o b) ya nadie asista a las reuniones
o c) me quede sin temas para presentar.
En
lo económico se contempla a) un aporte económico sugerido por reunión, al
tiempo que se considera b) la situación de quienes pueden aportar algo, pero no
la cuota sugerida y c) la de quienes no pueden aportar nada. Todos son
bienvenidos.
También
existen un grupo de patrocinadores (personas y empresas) que con su aporte
mensual apoyan el programa. A ellos, ¡muchas gracias!
Cada
semana se envía un recordatorio con los datos para ingresar a las reuniones que
se llevan a cabo por medio de la plataforma Zoom. Quienes quieran recibir esa
información deben hacernos llegar su dirección electrónica para incorporarla en
el directorio. En la última semana de cada mes se envía el calendario temático
del mes siguiente.
En
estos dos años han participado personas que residen en CDMX, Querétaro, Cholula,
Cancún, Monterrey, Estado de México, Guadalajara, Puebla, Pachuca, Baja California,
Oaxaca, Chiapas…
En
algunas ocasiones se han sumado asistentes que residen en Suiza, Estados
Unidos, Argentina, Uruguay, Puerto Rico, España.
En
estos dos años hemos presentado más de 100 temas.
Las
presentaciones son una suerte de collage que armo con textos de muy diversos
autores. Los ingredientes son ajenos, la ensalada es mía. De esa manera organizo
la presentación que voy leyendo y comentando en el momento de la reunión de los
grupos.
Los
horarios de reunión son martes 17 hr o jueves 12 hr (con el mismo tema) y
miércoles 18 hr.
Desde
este año también he incorporado ciclos temáticos los lunes a las 19 hr.
Los
horarios son de CDMX.
Muchas
gracias a todos aquellos que participan en este espacio.
¡Felicitaciones
compartidas por estos dos años!
Hay frases que resultan inolvidables. Escasas palabras que permanecen en estado latente y que a la menor provocación reaparecen con fuerza.
Ejemplo de ello es lo que me sucede con la pregunta con que concluye una breve crónica de la que da cuenta Fernando Butazzoni.
En 1983 u 84 yo estoy en Suecia y llega
un escritor sudafricano, Breyten Breytenbach. Un poeta muy importante, blanco y
de orígenes acomodados, que estuvo nueve años preso en las cárceles
sudafricanas acusado de colaborar en la lucha contra el apartheid.
Butazzoni no desconocía las condiciones
de aquellas prisiones.
Yo tenía alguna información sobre las
cárceles sudafricanas, famosas por el horror. Hablo con él, un señor que estaba
muy bien, y le pregunto cómo hizo para sobrevivir.
Y es entonces cuando aquella breve y
estremecedora historia concluye con una pregunta. Una pregunta que sigue
acompañando a Butazzoni y seguramente a muchos de los lectores de aquella historia.
Me dijo una cosa que me dejó pensando
hasta hoy: “¿Y a usted qué le hace pensar que yo sobreviví?”.
Durante
algunos años Wislawa Szymborska se desempeñó como crítica literaria en la
prensa polaca dando muestra de lucidez, conocimientos, ironía, creatividad,
etc.
La
reseña del libro Julio Verne de
Herbert R. Lottman decidió iniciarla con una larguísima pregunta.
¿Puede
alguien que escribió ochenta novelas fantásticas y de aventuras (y eso que solo
empezó a escribir a partir de los treinta y cinco años de edad); alguien que
creó centenares de personajes, otorgándoles, al menos a algunos, una
personalidad sugestiva, consiguiendo que dos de ellos le auparan incluso al
Olimpo de la mitología literaria (estoy pensando en el misterioso capitán Nemo
y en el cautivador Phileas Fogg); alguien que siempre que tenía un rato libre
leía montones de relatos de viajes y se mantenía al corriente de cualquier
innovación tecnológica; pues, bien, puede alguien así tener aún tiempo para
cuidar de sus más íntimos sentimientos: simpatías, amistades y amores?
Sabido
es que en algunas preguntas ya viene la respuesta, como el caso que nos ocupa.
La
biografía de Julio Verne no otorga una respuesta afirmativa a esa pregunta. Seamos
francos: en su desmesurado trabajo, Julio Verne era un individuo repulsivo, un
egoísta sin miramientos, un tirano del hogar e, incluso, un lisiado emocional.
Para
nadie es novedad que algunos personajes valorados, admirados, y hasta reverenciados
por su obra, sean merecedores de juicios muy diferentes cuando se trata de su
vida, de sus relaciones; este fue el caso -según Szymborska- de Julio Verne.
Varias
generaciones de lectores de todo el mundo lloraron su muerte; sin embargo, en
Amiens, donde vivía, nadie vertió ni una pequeña lágrima sincera por él. Su
familia respiró y los habitantes de esa, dicho sea de paso, próspera ciudad, no
se apresuraron a reunir el dinero necesario para construirle, al menos, un
modesto monumento…
Por si
ello no bastara para construir el perfil del célebre escritor, Wislawa Szymborska -a partir del análisis del libro de Herbert
R. Lottman- se detiene en el vínculo padre-hijo.
Pero
mucho peor aspecto tenían las relaciones del escritor con su propio hijo. Era
más que evidente que el vástago no era de su gusto. Verne, siempre que pudo, lo
mantuvo a distancia. Finalmente se las arregló para ingresar al muchacho de
quince años en un horroroso reformatorio, y un año después lo cargó por la
fuerza, como si fuese un galeote, en un barco que zarpaba en dirección a la
otra punta del mundo. No se sabe exactamente de qué era culpable el
adolescente. Y si era culpable, entonces la razón principal era su propio
padre, alguien que sencillamente nunca debió ser el padre de nadie…
De esta
manera lo que comenzó con una pregunta desembocará en otras tantas.
Vaya…
¿Acaso no hemos escudriñado ya suficientemente? ¿Acaso todo esto nos sirve para
explicar algo? Por ejemplo, ¿cómo consiguió ese frío y tétrico individuo
conmover y hacer reír con sus libros? O ¿qué milagro consiguió que ese
convencido conservador en su vida privada (y chovinista, además) acabase
convirtiéndose en el bardo de la infatigable invención humana y fuese capaz de
describir –y de un modo primoroso- la amistad entre representantes de países
diferentes? Y, finalmente, ¿cómo pudo suceder que ese espantoso padre llegase a
ser considerado en su tiempo como el autor más popular y apreciado por la
juventud?
Y
llegados a este punto, Szymborska concluye aceptando la imposibilidad de arribar
-en este tema como en tantos otros, pudiéramos agregar- a la tierra firme en
que viven las respuestas “Así es: por más que indaguemos e indaguemos, un
misterio siempre es un misterio…“
Para
quienes se dedican a actividades de compra-venta, las casas de remate pueden
ser inicio de un buen negocio. A los demás nos generan sentimientos que van de la
nostalgia a la tristeza, de la ausencia a la memoria, lo que suele derivar en diversas
consideraciones existenciales al paso.
Enrique
González Tuñón (escritor argentino, 1901-1943) describe uno de estos espacios caracterizados
por tanta quietud desolada.
(…)
Seguí caminando y me detuve ante una almoneda. Dentro se veía un penoso mundo
familiar dormido. Reconocí los objetos en la penumbra. Una leve llovizna de
polvo caía sobre ellos. Quedéme allí, frente a la vidriera, contemplando cómo
caía el fino polvo del tiempo sobre tanta quietud desolada.
Es
así como González Tuñón percibe una evidente ausencia de recato. “¡Cómo
muestran impúdicamente la intimidad de los lechos largamente usados ya por el
nacimiento y la muerte!”. Y a continuación enuncia algunos de los objetos en oferta.
Las
grandes arañas de vidrio de colores que un día colgaron del techo sobre la mesa
familiar inexistente hoy o llena de sitios vacíos.
Los
cortinados antiguos de las grandes casas convertidos hoy en instituciones del
Estado. Esos cortinados por cuyas aberturas algún ser triste, enfermo, habrá
esperado la raya del alba, como Proust, en busca del tiempo perdido…
La
mascarilla de Beethoven y el busto de Verlaine son infaltables. (Las sociedades
de músicos y escritores deberían intervenir para rescatar a Beethoven y a
Voltaire de la compañía de tanto objeto inverosímil y sospechoso, de tanta
prenda doméstica…)
Hablo
de las almonedas, de las casas de remate.
De
los pianos que no se venderán nunca.
De
las cajitas de música llenas de polvo.
De
los espejos que reflejan el pasado.
Del
reloj de pared con una araña en la esfera tejiendo la mortaja del tiempo.
Del
álbum familiar, con tapas de cuero de Rusia y bordes de oro.
De
los juegos de sala dorados. De las mesitas y las consolas.
Del
violín empolvado.
Concluye
Enrique González Tuñón: “Sin polvo no hay prestigio.
Tal
vez conocemos a alguien de esta especie (para el caso que tengamos la suerte de
no formar parte de ella): aun cuando es difícil de comprender existen quienes
encuentran dicha en la desdicha; felicidad en la infelicidad.
Giovanni
Papini se detuvo en ellos.
Parece imposible
Y, sin embargo, he conocido criaturas humanas
–especialmente mujeres- que sufrían terriblemente por falta de preocupaciones y
sinsabores. La tristeza y la congoja constituían su clima natural y no hallaban
sosiego hasta que no llegaba algún mal a ocuparlas, a preocuparlas, y, casi
diría, a distraerlas. Cada desgracia era, para aquellos seres singulares, una
gracia y se las veía cultivar amorosamente la desdicha como nosotros cultivamos
la amistad y el genio.
Las
preguntas son muchas, ¿qué tanto incide en ellas lo genético?, ¿o el entorno en
que fueron educadas?, ¿o los acontecimientos que debieron enfrentar y marcaron
su vida?
Cuestiones
que intentan responder los especialistas. Lo cierto es que al decir de Wislawa
Szymborska: “Siempre hay personas que solo se sienten felices cuando son
infelices.”