jueves, 30 de enero de 2014

Historia de un logo


Artistas, diseñadores y creativos saben lo que hacen cuando crean un logo que a partir de ese momento identificará a una marca o producto determinado.

Lo que ya no resulta tan fácil es tener la capacidad de predecir cuál será el futuro de ese ideograma. Veamos los que sucedió con el de Labios y lengua utilizado por los Rolling Stones desde los años 70 y que se convirtió en uno de los iconos más famosos del rock mundial. Álvaro Armero rastreó sus orígenes.

El logotipo fue creado en 1970 por John Pasche, un estudiante de la Escuela de Artes de Londres, quien se inspiró en los labios “sensuales” del propio Mick Jagger, indicó el museo en un comunicado. El diseño, por el que Pasche recibió 50 libras (unos 65 euros, 90 dólares), fue usado por primera vez por la mítica banda en 1971, en su primer álbum, “Sticky fingers”.

Seguramente en aquel momento John Pasche se alegró mucho por recibir el equivalente a poco menos de cien dólares así como por el hecho de que una creación suya pasara a identificar a esa banda de rock que comenzaba a sonar.

Luego vino la enorme fama del grupo y la consiguiente difusión del logo que llegó  a convertirse casi en objeto de culto. Tan es así que, según el mismo Armero, hace algunos años uno de los más importantes museos británicos, el Victoria and Albert (V&A), adquirió el mencionado logo en una subasta de la firma Mastro Auctions en Chicago, Estados Unidos. Y aquí viene lo sorprendente: la cifra a la que se subastó alcanzó los 92.500 dólares. Álvaro Armero añade que

The Art Fund, una organización británica independiente creada para promover el arte, contribuyó con la mitad del precio pagado en la subasta por el logotipo, que va a formar parte de la colección permanente del museo, indicó el V&A. Ese diseño es “uno de los logotipos más visualmente dinámicos” de la historia, destacó David Barrie, director de The Art Fund, que explicó así su contribución a la compra del diseño. Según el museo, Pasche siguió trabajando con los Rolling Stones hasta 1974, y después para otros músicos, como Paul McCartney y The Who.

Ya no supe que fue de la vida de John Pasche. ¿Se habrá enterado del cambio de precio que tuvo aquel logo que cotizó –tal vez con cargo de conciencia por ser un poco carero- en 90 dólares?

martes, 21 de enero de 2014

Los (in)justos títulos


Un título no es garantía, tan solo el punto de partida que permite ofrecer a un profesional o técnico el privilegio de la duda acerca de sus competencias en relación a determinado campo del conocimiento.  Ello –y es lo más importante- deberá ser refrendado por los resultados obtenidos a lo largo de su práctica. Hasta no hace mucho el título fue considerado como el final de un camino; para hoy las cosas han cambiado dada la velocidad en la caducidad del conocimiento, lo que exige estar en formación permanente.
Hacerse de un título no es garantía para conseguir trabajo pero en ocasiones no deja de ser una ventaja por sobre aquellos que no lo tienen. De allí la relevancia que adquiere y que se manifiesta de diversas maneras según el entorno. Hay familias con largo historial de títulos por lo que uno nuevo es una alegría, pero no constituye una sorpresa. Hay otras en que el título del hijo es el primero que se obtiene, lo que equivale a un acontecimiento de grandes dimensiones. Una manifestación de ello se puede observar en la puerta de la Dirección General de Profesiones de la Av. Insurgentes: en el primer caso viene el flamante profesional a retirar el título, en el segundo lo hace acompañado de buena parte de la familia y sus caras reflejan una mezcla de solemnidad y de alegría. En uno y otro caso el título evidencia el esfuerzo realizado a lo largo de años.
Muy lejos de lo anterior está el caso de quienes aspiran al título sin haber realizado los estudios pertinentes. Ello ha dado lugar al surgimiento, desde hace mucho tiempo, de un verdadero mercado de falsos que ha ido cambiando de estrategias con el paso del tiempo. Cada tanto la prensa da cuenta que las autoridades lograron detener a un grupo de (ir)responsables dedicados a este negocio. Tal es el caso del artículo de María de la Luz González publicado en El Universal del 25 de julio de 2010.
Títulos de médico, en oferta por Internet.
(…) Una red de falsificadores de certificados de estudios y títulos profesionales, que fue denunciada y perseguida penalmente desde hace seis años, ha sobrevivido y crecido gracias a internet. Su más reciente oferta es el Examen Nacional de Aspirantes a Residencias Médicas (ENARM) 2010.
Entre los documentos “originales” y “apócrifos” que ofrecen en venta hay desde licenciaturas incluida medicina, con un costo de 68 mil pesos, universidades y de la generación que sea, a precios que van de los 12 mil a los 45 mil pesos, respaldados con historial académico, certificado de estudios y cédula profesional. El ENARM vale 75 mil pesos.
Los vendedores, que dicen ser docentes de diferentes instituciones educativas, explican que los títulos “oficiales y originales” se entregan en un plazo de tres a seis meses, aunque también manejan “apócrifos”, que “ojo, sólo te sirven para conseguir trabajo; ‘ifes’ (credenciales de elector), cédulas, licencias para conducir y actas de nacimiento”.
Ofrecen además “un descuento sustancial en el trámite” para quienes ya cursaron parcialmente una carrera.
La Subsecretaría de Educación Superior y la Dirección General de Profesiones de la Secretaría de Educación Pública (SEP) rechazaron que se puedan ofrecer documentos originales, pues éstos siguen un estricto proceso de validación que incluye el registro de formatos de los documentos expedidos por cada institución educativa y hasta el tipo de papel.
Sin embargo, el 19 de julio fue detenido en Puebla José Báez Jiménez, guardia de seguridad interna de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP), cuando cerraba un trato de venta de certificados expedidos por esa institución. Se le incautó un formato de título profesional de la licenciatura de ingeniería en sistemas computacionales con logotipos de esa escuela.
Entre 2002 y 2006 la SEP presentó ante la Procuraduría General de la República 2 mil 10 denuncias por falsificación de certificados y títulos profesionales, mientras que la UNAM detectó mil 53 documentos apócrifos e hizo las denuncias correspondientes.
Y uno queda un poco atemorizado con noticias de este tipo. No me queda más que tener confianza en cuanto a que los profesionales a quienes recurro con frecuencia (¡en particular médicos y odontólogos!) hayan obtenido sus títulos en justa lid.

jueves, 16 de enero de 2014

Adicción a las nuevas tecnologías


Tema recurrente en los tiempos que corren es el que tiene que ver con la adicción de niños, adolescentes y adultos hacia las nuevas tecnologías por medio de sus dispositivos de última generación. Con frecuencia se escucha la opinión de  expertos en el tema acerca de los diversos efectos que produce este nuevo “síndrome” así como la formulación de una serie de medidas preventivas.

Caeríamos en un error si consideráramos que esta situación se originó en años recientes. Aldous Huxley alertaba a este respecto:

En Occidente, a la mayor parte de la gente se le ha hecho indispensable leer sin objeto, escuchar sin objeto, ir a ver films sin objeto, transformándose todo esto en inclinaciones equivalentes al alcoholismo y la morfinomanía. Las cosas han llegado a un punto tal, que existen varios millones de hombres y mujeres que sufren angustias verdaderas si se les impide durante algunos días y mismo durante algunas horas, la lectura de los diarios, la música de las radios, o la entrada a los cinematógrafos. Como los droguistas, tienen que satisfacer su vicio, no porque el satisfacerlo les signifique un placer activo, sino porque de no satisfacerlo se sienten dolorosamente sub-normales e incompletos. Sin diarios, sin “vistas”, sin transmisiones, viven una existencia disminuida; sólo logran hallarse totalmente, cuando se sumergen en las crónicas deportivas, en los juicios criminales, en la música o en las charlas de la radio, en los terrores, en los triunfos o en los erotismos sustitutivos de las “vistas” cinematográficas.

Conviene recordar que Huxley formulaba estas anotaciones en 1939 cuando la segunda guerra mundial estaba en sus inicios.

martes, 7 de enero de 2014

Las carpas


Durante mucho tiempo las carpas significaron un espacio entrañable para los integrantes de las clases populares que allí concurrían en busca de un rato de diversión. Adentrarse en sus orígenes implica aproximarse, tal como lo indica Luis Ortega, a la controversia.


Doctos investigadores de nuestro acontecer socioeconómico derivan a la carpa del Mester de Juglaría medieval, otros, encuentran sus raíces en los Misterios que importaron los frailes hispanos misioneros. Nosotros aceptamos su autorizada opinión, pero preferimos creer que las raíces de la carpa están en la Revolución Mexicana.
En apoyo a esta aseveración, queremos recordar al lector que hacia principios de este siglo (XX) el pueblo mexicano, sobre todo el provinciano, no tenía espectáculo propio. El teatro estaba dedicado a las clases sociales privilegiadas y la Opera, la Opereta, la Zarzuela, el Melodrama y la Comedia eran géneros sin arraigo popular, pues se presentaban en idiomas ajenos o planteaban problemas que nada tenían que ver con el sentir y el vivir populares.
Y vino la Revolución. Los teatros cerraron sus puertas, los cines aún no existían y los circos nómadas perdieron a sus animales porque no tenían para darles de comer y tuvieron que ser utilizados como alimento.
Pero "no sólo de pan vive el hombre", y el pueblo creó su espectáculo. Tomó de sus vivencias cotidianas la música, los corridos y canciones como La Adelita, Marieta, La Cucaracha, La Rielera, La Valentina y tantas otras.
La fina ironía del pueblo se asoció con el ventrílocuo, el malabarista, el declamador y las bailarinas para hacer su espectáculo bajo el toldo de lona circense, del cual la carpa tomó su nombre. De este modo, el maestro de ceremonias se hizo declamador, la caballista aprendió a cantar y el payaso se hizo cómico sin rostro enharinado, cambiando su traje de seda por los harapos que apenas cubrían los cuerpos de los peones. Y así como el payaso es el alma del circo, el cómico se volvió el imán que atrajo al pueblo para oír, de labios de quien vestía y ayunaba como él, las bromas cáusticas con que burlaba burlando y criticaba a la sociedad injusta.

 
Al concluir la Revolución el pueblo acude a espectáculos en que pudiera reír, tales como el circo, la maroma, el teatro (comenta Javier Meneses de Gyves que en la zona del Istmo de Tehuantepec al circo se le llama maroma). Pedro Granados abunda en este punto.


Pasa el tiempo de la Revolución y el circense europeo acostumbrado a vivir bajo la lona; idea hacer teatritos de lona portátiles, o sea, las carpas. En ellas hacen pantomimas, bailables, canciones, saltos, maromas, pero ante todo el "payaso", que siempre fue y ha sido el personaje central del espectáculo.
El pueblo, harto de sangre, matanza y miseria, al no tener dónde explayarse, se lanza a la plazuela a cantar sus corridos y sus canciones de amor. (…)
El fonógrafo no estaba al alcance de su bolsillo y la radio se hallaba en pañales. El cine hablado en castellano empezaba a gestarse y la televisión no existía ni en el pensamiento. El pueblo de México estaba de vuelta de la lucha fratricida. Ávido de diversión, quería escuchar su música, sus chistes. La carpa fue la tienda de campaña y las candilejas, la hoguera del vivac en la naciente paz. Entonces el pueblo se lanzó materialmente a las carpas y allí nacieron sus primeros ídolos, los carperos que fueron adorados por muchos años.

 
Las carpas constituyeron -tal como lo apunta Luis Ortega- un buen reducto porque a diferencia del cine sonoro que estaba en sus inicios, no era necesario saber leer para entender el espectáculo presentado, además de que en cualquier lugar podía armarse la lona que daba cobijo al albur, a la picardía y al humor.

 
Es fácil comprender que el pueblo, que abandonó el cine mudo y que no aceptaba aún las películas habladas en inglés con títulos en español, porque además no sabía leer, buscara la diversión en la carpa, espectáculo que sí estaba hecho a su gusto y medida. Por eso proliferaron estos teatritos que, como los circos pobres, encontraban asiento en cualquier lote baldío de los que había muchos en los barrios, o aún en zonas céntricas donde la remodelación urbana había derruido viejas construcciones.
Recordamos algunas carpas que fueron famosas, aunque empezaron con toldo de lona y muros hechos con tablas procedentes de las demoliciones: Mayab, Ofelia, Procopio, Maravillas, nos resultan inolvidables, y de ahí surgieron luego los teatros Colonial, Río y muchos más en los que el espectáculo era similar al de sus antecesores.


Es importante subrayar que el precio de las entradas era accesible para bolsillos modestos. Homero Bazán recuerda las incipientes estrategias de marketing a las que se recurría.
 

Adelantándose a las estrategias de marketing, muchas de esas carpas imprimían volantes que al reverso exhibían una copia exacta de un billete de diez pesos. No eran pocos los parroquianos que maldecían para sus adentros cuando en una calle solitaria, creyendo que la fortuna los había coronado con su gracia, volteaban el mencionado chucho encontrando los nombres del elenco y los espectáculos del fin de semana.
Hubo incluso una organización católica que protestó ante las autoridades alegando que dichos espectáculos ambulantes atentaban contra la moral y las buenas costumbres de los “bien nacidos”, además que en su propaganda repartida afuera de pulquerías y estaciones de tranvías exhibían también imágenes de santos aprovechándose de la fe de los capitalinos y evitar que por respeto a sus creencias tiraran los volantes al suelo.


Los cómicos ocuparon un lugar muy especial. Luis Ortega cita algunos de los carperos más renombrados.

 
No queremos ni podemos hacer historia, pero si algún antepasado tienen nuestros cómicos de carpa habría que remontarse al Negrito Poeta, al Periquillo Sarniento y a Pito Pérez; sin olvidar tampoco a José María Aycardo, aquel payaso mexicano que hace más de un siglo ya fustigaba en verso a la sociedad porfiriana, y de él habría que llegar hasta Cantinflas, Palillo, Don Catarino, Chicote, Resortes, Clavillazo y tantos otros que surgieron a la fama bajo el toldo de lona y que aún hoy repiten muchas veces los sketches que inmortalizó aquel genial ventrílocuo Conde Boby, amo y señor de la carpa.

 
El caso de Mario Moreno Cantinflas merece consideración especial; Pedro Granados alude a ello.


Vimos a Mario actuar por primera vez en una carpa o salón ambulante allá por 1928, haciendo pareja con Nacho Pérez y con la cara pintada de negro interpretar "El Charleston Negro" bailando aceptablemente.
Más tarde, en otro salón, lo vimos bailando "Tap" haciendo dueto con el gran bailarín Manuel Sánchez, el mejor bailarín que produjo la carpa.
No cabe duda que Mario tuvo infinidad de mentores, Manuel Sánchez, Nacho Pérez y Esparza, un bailarín-cantante cuyo atuendo era de cow-boy. Estos fueron los primeros.
Pasó el tiempo... iLa sorpresa!... Mario había cambiado de personalidad, él actuaba maquillado y convertido en el peladito de barriada... Ahora se hacía anunciar como "Cantinflitas Parodista", en la carpa "Rosete", allí por San Antonio Tomatlán. La actuación en el sketch "El Tinaco" interpretada por la "Yoly- Yoly" y "Cantinflas" fue muy aplaudida.
La Yoly-Yoly, una joven vedette, fue la primera visionaria de un "Cantinflas" con futuro exitoso, ella lo maquilló e hizo que Mario usara los pantalones, la camiseta de tres botones y el sombrerito clásico del peladito de barriada, o sea, al estilo "Chupamirto", es decir, copia fiel de una tira cómica creada por don José de Jesús Acosta en el periódico El Universal.
Nos faltó hacer hincapié en el chaleco, artefacto que Mario bautizó con el nombre de la "gabardina". (…)
Buena puntería de la Yoly, vemos a Mario muy cambiado, ha tenido a bien transformar su personalidad. (…)
Es nuestro deber aclarar que estamos en la primera mitad de los maravillosos treintas.
(...) El largo historial artístico de Cantinflas, parte de las carpas, se ignora de cuál, pero es evidente que la carpa mexicana cumplió su misión al incubar entre sus viejos y raídos toldos, entre sus malolientes camerinos, a un artista que, con el tiempo, daría renombre universal al artista popular mexicano.  (…)
Una nueva modalidad de Mario, es decir, a cada paso se supera, CantinfIas había transformado su propio estilo de hablar debido a un fenómeno casual.
En la carpa "Salón Rojo" había un timbalero al que apodaban "El Golito" (sabrá Dios por qué), jamás supimos su nombre y tenía una forma muy peculiar de hablar, ya que al tratar de expresarse, soltaba palabras mal organizadas y en realidad no decía nada, pero hacía reír. Por ejemplo, llegaba con usted, y le decía: "Mire mi joven, uno llega y ¿para que? pues mejor no, y a lo mejor, pus ya estuvo y no hay para qué si al fin que, que, mejor ni le digo, pero ahí está el detalle. Bueno, pase una “sura” (peseta o veinte) pa'l pulmón (pulque)".
Un buen día, en un beneficio de X artista, Cantinflas salió a decir unas palabras y Mario se pone a dialogar con el "Golito" (lógico, Mario en el foro y Golito abajo a su 'timbal") en su propia jerigonza y el público se moría de risa.
Mario, con esa inteligencia que Dios le dio, refina el estilo y triunfa en todo el mundo, CantinfIas cobraba quince pesos diarios.
La fortuna y el éxito no sonríen a mediocres hay quien tiene golpes de suerte y no los sabe aprovechar. El señor Mario Moreno "Cantinflas" ha tenido sobrada inteligencia para saber aprovechar todos los golpes de suerte, por ello ocupa el sitio que ningún artista mexicano jamás logró.

 
Por supuesto que en las carpas no faltaba la música y Pedro Granados comenta de la afición por el tango que prevalecía en esos lugares.
 

En todas las carpas el tango se convertía en algo insustituible. Estaba en pleno auge. En una y otra carpa se dejaban escuchar los lamentos gauchos (…)
Nunca falta la tanguista que nos haga llorar con la "Pebeta", "Caballo Criollo”, un gaucho traicionado por su mejor amigo, etcétera... Esas letras lloronas hicieron florecer en los salones de baile a las "pebetas aztecas" y a los "payadores totonacas”.
Cuando pasábamos frente a una carpa de cualquier barrio de México, se escuchaba siempre: “¿Por qué me abandonas mi lindo Julián?...” “Mocosita no me hagas más sufrir..." o "Negro, quiero adorarte así toda la vida” o “Zapatito pinturero de charol..." o "Ladrillo está en la cárcel...." El pueblo hacía suya la tragedia y lloraba junto con su tanguista consentido.
Mario del Valle, Celia Tejeda, Eva Peralta, Eva Imagno y muchos más, hacían que las carpas diariamente se llenaran de bote en bote.


Según Granados la aparición de Agustín Lara en el escenario, determinó el cambio en los gustos. “Un buen día surgió a la fama, la música de un compositor jarocho (por ahí dicen que fue de Puebla, qué gente, ¿verdad?) llamado Agustín Lara, cuyas canciones románticas comenzaron a desplazar al tango muy del gusto del público.”

 
Con el paso del tiempo las carpas fueron aumentando su presencia en la Ciudad de México; Alejandro Rosas analiza este proceso.

 
De 1930 a 1950, las carpas tuvieron su época de oro. Los llamados jacalones de otros tiempos -pequeños teatros de madera, de Ínfima calidad, construidos en las colonias populares de la ciudad-, que convocaban a buena parte del pueblo a presenciar un teatro de revista de menor categoría del que se presentaba en los foros teatrales establecidos y reconocidos, se convirtieron en carpas.
El crecimiento de la Ciudad de México abrió nuevos espacios; los lotes baldíos que surgían de las demoliciones de edificios antiguos para dejar su lugar a nuevas construcciones, eran aprovechadas temporalmente por algunos empresarios para llevar a las clases populares diversiones a las que no tenían acceso, ya fuese por el costo de las entradas, ya fuese porque los foros teatrales establecidos eran ocupados por la clase media.
Las carpas representaron una verdadera diversión para el pueblo y significaron un contacto directo entre la gente y los artistas, pues ante la inminente llegada de una carpa -que se montaba en cuestión de horas- , los vecinos se presentaban no solo para el espectáculo en sí, les interesaba ver cómo se levantaban los postes, se colocaban los tablones de madera donde podían sentarse hasta doce personas, se montaba la lona circense -de ahí el nombre de carpa-, y finalmente, esperaban la llegada de los artistas. Una vez terminada la improvisada construcción, se escuchaba al pregonero recorriendo las calles mientras anunciaba lo que presentaría la carpa a partir de las cuatro de la tarde y hasta pasada la medianoche.
El contenido de los espectáculos no era diferente de lo que se podía ver en los teatros tradicionales: también en la forma de tandas, el público se entretenía con números musicales, el sketch cómico, la sátira política, las imitaciones, actos de malabares, magia, ventrílocuos, payasos.
Aunque la carpa era considerada un espectáculo propio de barriada -no había desperdicio en los diálogos de doble sentido, el albur, el lenguaje de barrio, el tono populachero-, grandes protagonistas de la historia del espectáculo cómico surgieron de ahí (…)

                                                                                 
En la ciudad de México prácticamente ya no existen las carpas (si acaso sobreviven unas pocas a la manera de especies en peligro de extinción). Sin embargo, es importante aclarar que en algunos estados la situación es otra. Homero Bazán narra su reencuentro con las carpas.

 
Hace unos meses realicé un breve viaje por apartadas comunidades hidalguenses y prácticamente tuve un viaje en el tiempo al encontrarme con una carpa de espectáculos, igual a las que existían en la ciudad de México en la primera mitad del siglo XX.
En la función no faltó el mago, la cantante de boleros, el malabarista con sus perros, el cómico de los albures e incluso el payasito que hacía bromas en los intermedios.

 
Como señala Pedro Granados las diversas formas de diversión cumplen su ciclo. “El circo engendró a la carpa, que, madre generosa, incubó al teatro frívolo actual. La radio, el cine nacional, estos son los hijos ricos y por lo tanto ingratos. Estos son los que se nutrieron de la sangre del pueblo, los que robaron sus artistas al pueblo y mataron a la humilde madre vestida de lona.”

 
¿Qué sigue?

jueves, 19 de diciembre de 2013

Cazadores de erratas

El diccionario define a la errata como “equivocación tipográfica cometida en un escrito”. Algunas de ellas no afectan mayormente y es muy fácil seguir adelante con la lectura. Pero existen otras que son desopilantes y producen un relax inesperado en la atención del lector. Jesús Silva-Herzog Márquez proporciona algunos ejemplos dignos de consideración.
 “Aquella mañana doña Manuela se levantó con el coño fruncido”, decía una línea de la primera edición de una novela de Vicente Blasco Ibáñez. En realidad era el “ceño” lo que tenía arrugado doña Manuela por la mañana. Pero una letra se desfiguró, quién sabe dónde. El libro había sido atacado por los “ratones” que muerden los textos en su camino hacia la edición. Hija tonta de la imprenta, la errata es la inevitable peca de los libros. Desde la máquina de Gutenberg, plagan naturalmente los textos impresos. Hay quien recomienda resignación. Alfonso Reyes, que mucho sabía de las erratas (recuérdese aquella anécdota de Ventura García Calderón refiriéndose a una descuidada edición suya: “Nuestro amigo Reyes acaba de publicar un libro de erratas acompañado de algunos versos”), daba por descontado todos los esfuerzos por cazar la errata y aniquilarla antes de que el texto vea la luz: “A la errata se la busca con lupa, se la caza a punta de pluma, se la aísla y se la sitia con cordón sanitario... y a última hora, entre las formas ya compuestas, cuando ruedan los cilindros sobre los moldes ya entintados ¡héla que aparece, venida no sabe de dónde, como si fuera una lepra connatural del plomo!  Y luego tenemos que remendar nuestros libros con ese remiendo del pegado que se llama fe de errata, verdadera concesión de parte y oprobio sobre oprobio.” Algún libro orgulloso declaró en su última página: “Este libro no tiene eratas.”
(...) [Jorge] Esteban [en Vituperio (y algún elogio) de la errata] recoge y condimenta erratas de ahora y de tiempos lejanos. Como aquella que sufrió el poeta Garcilazo, en un verso que, en vez de decir, “Y Mariuca se duerme y yo me voy de puntillas” quedó “Y Mariuca se duerme y yo me voy de putillas”. (...) Debe haber sido también penosa la situación del crítico que dedicó un libro suyo a una condesa, escribiendo al inicio de la obra que su “exquisito busto (en lugar de “gusto”) conocemos bien todos sus amigos”.
Existe otra variedad de errores que terminan siendo verdaderos horrores. Márius Serra se refiere a la selección reunida por el escritor Jesús Marchamalo lo que le permitió organizar la exposición Morderse la lengua que tuvo lugar hace unos pocos años en España.
Marchamalo, autor de la apreciable novela La tienda de palabras, divide temáticamente los horrores. Los médicos son legión: se diagnostican hernias fiscales o daños cerebrales en el hígado y se hallan científicos atrapados entre tímpanos de hielo. Los estadísticos les van a la zaga: seis de cada cuatro canarios son asediados por la delincuencia, ocho de cada tres acusados son absueltos y seis de cada cuatro víctimas de acoso laboral son mujeres. Otros parecen de chiste: San Juan Autista, el 4.º de baño. Pero todos están documentados con su correspondiente recorte de prensa. Me fascina uno en el que Roger Moore aparece sonriente con la condecoración que le acredita como nuevo sir justo al lado del primer párrafo de la noticia "Ayer la corona británica embistió al actor Roger Moore con el título de caballero".
Tal como está el patio, el "punto fulminante" de la exposición del Centro Virtual Cervantes es una errata ortográfica de lectura inquietante que parece remitir a las mesas petitorias de firmas contra el Estatut: "En España cavemos todos". ¿Será por eso que se divisan tantas trincheras?
Para el caso de México existieron reconocidos cazadores de estos horrores expresivos: imposible olvidar a Nikito Nipongo (Raúl Prieto) y a Carlos Monsiváis. Menos conocido es Carlos Martínez Vázquez quien ha reunido una amplia colección de textos tomados de la prensa de Guadalajara.
La persona que fuma muere más que la que no... Protesta la CTM porque casaron a 40 obreros... La compañía inició sus oraciones... Descubren remedio contra la alegría... Ligero descanso de la temperatura... El Dr. Junípero Capadocio, destacado cirujano, igual que su nieto fue enterrado... Nuevos establecimientos febriles... Pese a la pág. 9... Yace el héroe en su cripta, a sólo tres décadas de la iglesia... El visitante vivo o muerto, podrá apreciar... El Dr. Feliciano Casiopea ha adoptado orejas artificiales... Inicia la Cruz Roja su colecta anal... Desde que falleció, hace diez años, se ha negado a reaparecer ante su público... El lago de Chapala en franca y lenta agonía... un terremoto del 5º grado  de la escuela de Mercalli... El Instituto Indigenista ayudará a los Yanquis...
De la nota policíaca:
Un muerto y varios heridos intentaron robar un banco... Falleció a consecuencia de no haber podido sobrevivir... Cuantioso fraude capturado... Casi fueron atropellados por un bache... Tiene alojado el proyectil al lado izquierdo del cordón umbilical... 36 sobrevivientes perecieron durante un céntrico edificio... Bígamo que se casó 19 veces... En fervoroso accidente, dos motocicletas sufrieron graves lesiones... Fue identificado el cadáver por sus padres, a quienes, luego de practicárseles la autopsia de ley... Se recogieron las cenizas de las 24 víctimas, todas con un rictus de dolor reflejado en el rastro... Murieron quemados vivos... Quien presenta fractura de la pelvis inferior derecha... Recibieron golpes contusos de consideración en el hospital del ISSSTE... La explosión se produjo cuando los muertos se disponían a... Murió de un balazo en la nuca. No sabe quien fue... Los cadáveres de los ociosos... El menor Pascasito Padilla fue atropellado por un vehículo, el cual huyó cuando se dirigía a su escuela... Y pareció una vez más en un accidente... Cuando menos cinco de los tres impactos eran mortales de necesidad... Con una herida de más de dos metros de extensión a la altura del segundo espacio intercostal, fue sepultado en el panteón en calidad de detenido...
El humor involuntario se hace presente cuando menos se lo espera. Para ser cazador de erratas alcanza con hacer lecturas cuidadosas, encontrar los errores, tener la disciplina de guardarlos y, por último, la generosidad para compartirlos.

martes, 10 de diciembre de 2013

Pueblo de artesanos

El oficio de artesano cuenta en México con larga tradición. Joaquín Antonio Peñalosa alude al testimonio de algunas crónicas antiguas a este respecto.
 
Los cronistas e historiadores del siglo XVI, sin que ninguno disienta, se muestran acordes y emocionados ante las manos industriosas de los indios, manos inteligentes y silenciosas que supieron arrancar de la materia dura y arisca, perdurables destellos de vida y color.
Don Juan de Palafox y Mendoza escribe en ese pequeño gran Libro de las virtudes del indio que "tienen grandísima facilidad para aprender los oficios, porque en viendo pintar, a muy poco tiempo pintan; en viendo labrar, labran; y con increíble brevedad aprenden cuatro o seis oficios. En la obra de la Catedral trabajaba un indio que le llamaban Siete Oficios, porque todos los sabía con eminencia. Yo no dudo que aventajen a todas las naciones en hacer cosas con tal brevedad y sutileza".
 
El oficio de artesano ha llevado con mucha dignidad el paso del tiempo al combinar la sabiduría de lo ancestral con la valentía de la innovación. En relación a ello señala Peñalosa

Cuanto aquellos varones dijeron hace siglos, continúa siendo válido para el artesano de ahora.
El mexicano lleva por herencia o por naturaleza, ese poder de transformación, esa capacidad creativa, esa flexibilidad y finura de unas manos mágicas, sensibles y hacendosas.
Ningún material es pobre y refractario cuando esas manos lo tocan. El barro espeso, el cartón opaco, la rama de árbol, el hirsuto ixtle, el vidrio quebradizo, la liviana paja, cualquier materia por oscura y deleznable que parezca, en las manos del artesano habla y esplende, como una voz o como una llama. Efímera y eterna.
Pero no son las manos solas, ellas al fin un instrumento inútil si no estuvieran al servicio de la imaginación y la fantasía.
Cuando un pueblo, en medio del caos, todavía puede soñar, señal que está vivo.
(…) La dicha de vivir, la plenitud espiritual se desborda por estas artes populares, pequeñas de apariencia, humildes de cuna, ricas de significados humanos y artísticos.
 
Puede que exista pero aún no lo conozco. Me refiero a esa ciudad, pueblo, localidad de México en la que no se encuentre un mercado de artesanías. Hay acuerdo que en este rubro el sur es más próspero que el norte (aun cuando allí  también se hacen maravillas), sin embargo a lo largo y ancho del territorio nacional es posible apreciar extraordinarios trabajos en metal, madera, textil, vidrio, cerámica, etc.
 
Es muy difícil cotizar en su justa medida el trabajo del artesano. ¿Qué contempla el pago realizado? ¿La belleza del producto, la sabiduría del artista, la materia prima utilizada, las horas que insumió...? Existe la costumbre del regateo (término hecho como a medida para iluminar el concepto al que alude). El regateo habitual consiste en que una vez que conoce el primer precio, el cliente pregunta: ¿cuánto es lo menos?, ¿cuál es el último precio? Este intercambio es de rutina por lo que el artesano suele tenerlo contemplado en su primer precio. Tan es así que Beatriz Sarlo comenta una experiencia que tuvo en otras regiones pero que aplica a lo que venimos considerando.
 
(...) en los mercados, el proceso de compra-venta tenía un implacable formalismo en varios pasos: oferta, precio, regateo, falsa retirada del comprador, nuevo regateo, falso enojo del vendedor, regateo final, acuerdo de precio. Una vez, en un pueblo de Cochabamba, cansada de una larga conversación, desistí de la compra. Se trataba de una canasta de higos y quesos, algo que íbamos a consumir allí mismo. La vendedora, en tono altanero, me dijo: “Lléveselos pues, pero aprenda a comprar”.

Por cierto que este formato ha sido adoptado por las grandes casas comerciales que marcan el precio al producto y allí mismo aplican el porcentaje de descuento y remarcan con su último precio. Nada nuevo bajo el sol.
 
Pero también existe un regateo de mala entraña. Me refiero a aquel en que el comprador al percibir la necesidad de vender que tiene el artesano lleva la negociación a un precio final muy por debajo del costo real del producto en cuestión. Esta actitud subestima el valor del producto que en sí mismo expresa una labor muy cuidadosa; ejemplo de ello es una nota de Arturo Jiménez que describe la labor de una artesana de rebozos.
 
Reyna Martínez Cayetano, cuya comunidad (San Pedro Cajonos) se ubica en la sierra norte de Oaxaca, cuenta que ahí se hacen rebozos, huipiles, blusas, bufandas y joyería con seda, además de otras manualidades, como alebrijes. Dice que las técnicas para los rebozos son ancestrales, que las aprendió de su madre y que incluyen la crianza de gusanos, el hilado con máquina de pedal o con malacate, el tejido en telar de cintura y el teñido con tintes naturales. (...)
Los gusanos de seda se crían durante mes y medio en estantes o charolas, y debe cuidarse que no se los coman hormigas, pájaros o arañas. A los gusanos se les da de comer tres o cuatro veces al día hojas del árbol de mora, que también siembran en la comunidad.
El gusano pega en hojas de encino su capullo de seda, del que desenredan el hilo. Tras una semana sale del capullo una mariposa, la cual pone jebecillos, de los que nacerán nuevos gusanos. Tras poner los jebecillos la mariposa muere.
Tras el hilado, viene el tejido, al que se le hace el flequillo o rapacejo mediante nudos con figuras. Queda un rebozo de tono blanco, que luego se pinta con colores naturales, de corteza de árboles o flores, sin dibujos. Entre el hilado, el tejido, el rapacejo y el teñido, se llevan más o menos un mes trabajo por rebozo. (...)
El rebozo es una prenda de vestir característica de México, así como la pashmina de la India o los mantones de Manila o de España. Aunque hay especialistas que afirman que, pese a no ser tan conocido en el mundo como las prenda mencionadas, el rebozo llega a tener mayor complejidad y calidad en su elaboración.

No falta el comprador que en lugar de avergonzarse de su denigrante regateo expresión de desprecio hacia el valor del trabajo artesanal, presume del gran negocio que hizo. La desvergüenza en acción.

Por supuesto que también existe el abuso de la parte vendedora. Conocida es la existencia de vendedores en los alrededores de las zonas arqueológicas que ofrecen copias de piezas prehispánicas. Su habilidad como merolicos es tal que el desprevenido turista acaba pagando por ello una pequeña fortuna y se va muy feliz por haber adquirido una pieza auténtica. Y es que a la hora del regreso a su lugar de origen, tal como lo afirma Joaquín Antonio Peñalosa,  los turistas quieren llevarse una parte de México.  
 
En el equipaje de los turistas que regresan a su país, jamás falta una generosa dotación de estos objetos mal llamados folklóricos, por el desprestigio que va teniendo esta etiqueta.
El extranjero busca lo diferente. Es decir, aquello que nos es propio. Por eso busca nuestras artesanías, que reflejan el fulgor y el colorido de México, sus dignas y fieles embajadoras. Esas cajas de maderas incrustadas, esos pájaros de tornasoles vidrios soplados, esas máscaras hieráticas de hoja lata, esos rebozos de seda que caben por un anillo.     

jueves, 5 de diciembre de 2013

Jerga médica

En una suerte de torre de Babel las diversas profesiones y oficios han desarrollado su propio lenguaje. Lo usual es manejarse con solvencia en el propio campo laboral y con ignorancia respecto a los otros. Ahora bien, existen sospechas fundadas en cuanto a que el uso del lenguaje pudiera ser una forma de discriminación; a ello se refiere Álex Grijelmo.
 
Todas las profesiones generan cierta jerga, que no está mal si se usa entre afines.
El problema se produce cuando la jerga de unos pocos se traslada al público al que deben dirigirse. Así nos sucede con los políticos, los jueces, los médicos... Nos hablan como si fuéramos uno de ellos...
No, realmente no nos hablan como si fuéramos uno de ellos. Nos hablan así para que nos demos cuenta de que no somos uno de ellos. De que son superiores a nosotros, pues dominan unas palabras que a los demás nos resultan ajenas.

Por supuesto que la especialización en ciertas áreas del conocimiento requiere una terminología particular pero en muchos casos se llega a la exageración. Pío Baroja señala un ejemplo de ello.
 
Dar nombre científico a hechos o a modos de ser sin añadirles nada es cosa que no vale la pena.
-¿A usted le gusta el azúcar?
-Sí.
-Pues usted es sacarófilo. ¿A usted no le gusta el azúcar?
-A mí, no.
-Pues usted es sacarófobo.
Usar nombres pseudocientíficos en vez de nombres vulgares y corrientes es el sistema lombrosiano, sistema que no añade nada a la idea y no hace más que cambiar las palabras del diccionario.

Son los médicos quienes llevan la ventaja en cuanto al desarrollo de un código expresivo propio, tal como señala Álex Grijelmo.
 
Uno le dice al médico que le duele a uno la cabeza, y el médico le responderá a uno que entonces uno sufre «una jaqueca». Y si le cuenta usted que se ha caído por las escaleras y tiene golpes en todo el cuerpo le diagnosticará «un politraumatismo». También puede acudir a él porque siente el malestar general que causa una gripe (o gripa, en algunos países de América) y en tal caso le precisará que padece «un proceso gripal». Pero si sólo tiene fiebre resolverá que está afectado por «un cuadro febril». Tal vez le convenga a usted hacerse un análisis, y así le enviará a otro servicio para que le practiquen «una analítica». Por supuesto, si le vuelven loco no será un loco, sino un «enfermo psiquiátrico», pero no irá a un manicomio, que ya no existen porque han adquirido la categoría de «hospital».
No tendrá usted una enfermedad, sino una «patología». Si está moribundo, Dios no lo quiera, le dirán que «ha entrado en fase terminal», y si un accidentado sufrió lesiones mortales el médico decidirá que eran «lesiones incompatibles con la vida».
Pero también es verdad que uno se tranquiliza más si en vez de un tumor sufre «un proceso tumoral».
No deja de tener un arte todo eso. Lo que todos llamamos de una manera llana adquiere en el lenguaje médico la solemnidad que dan las palabras científicas. Para que comprendamos su sapiencia, y nos muramos más a gusto.
 
El mismo Grijelmo abunda en otros ejemplos.

Dejaré de lado expresiones como ésa del by-pass, que tanto les gusta, porque entiendo que ustedes no recuerden la existencia de circunvalaciones, desvíos o rodeos (se ve que siempre van directos al grano, sobre todo los dermatólogos). Esas son palabras que emplearía cualquier ignorante en medicina para explicar que ante el atasco en una arteria hay que ir por una vía alternativa. Y obviaré esto de las «lesiones severas» que ponen en los partes, como si las heridas fueran muy estrictas en su juicio. Voy a referirme sólo a los trasplantados de corazón. Un amigo se trasplantó una vez de corazón, porque se enamoró de otra. Pero no le cambiaron ninguna víscera. Los demás, los pacientes, seguimos creyendo que lo que se trasplanta es el corazón; como las plantas se mudan de sitio y, por tanto, se trasplantan. Pero en el lenguaje peculiar de ustedes parece que los trasplantados son los enfermos (o sea, los receptores), que van de un corazón a otro, «trasplantados de corazón».
  
Sin embargo hay ocasiones en que los propios galenos desconocen el origen de alguno de los usos y costumbres de su práctica profesional; a ello se refiere José Ignacio de Arana.

Cuando el médico va a prescribir los medios curativos traza un signo que la mayoría de las veces ni él mismo sabe lo que representa. Es algo parecido a una R que encabeza la receta. Otras veces se ha sustituido –y así aparece ya impreso en las recetas de la Seguridad Social- por una D o por Dp. Estos extraños signos los vienen realizando los médicos desde los griegos clásicos y aun antes como vamos a ver.
Los médicos egipcios tenían a Horus como su dios protector. Horus era el dios halcón y se le representa en escritura jeroglífica como un ojo sostenido por dos rayos en ángulo que asemejan las patas del ave (...). Estos médicos colocaban siempre el signo de Horus al comienzo de sus prescripciones para así invocar el favor de la divinidad., Cuando los eruditos griegos, siguiendo a Herodoto, descubren la sabiduría egipcia, se ha perdido la noción del significado de los jeroglíficos pero los médicos griegos observan que sus colegas del país del Nilo siguen encabezando sus recetas con el extraño símbolo y lo toman para sí intuyendo que debe de tener un significado sagrado. Pasa el tiempo y ahora serán los médicos medievales quienes encuentren los escritos griegos y adopten el signo del ojo, aunque ellos lo interpretan erróneamente como una R. Dado que por entonces las recetas y todos los textos médicos se escribían en latín, aquella letra se hace representar a la palabra Recipe, entréguese, dirigida al boticario que ha de elaborar el medicamento. Mucho después de perderse el latín como lengua médica ha seguido utilizándose esta inicial que luego se ha sustituido por la D de despáchese, más acorde con el actual procedimiento de obtención de los medicamentos en las farmacias. Pero con todas las vueltas y revueltas que ha ido dando su significado, todavía podemos decir que los médicos siguen poniendo al frente de sus recetas la invocación al dios egipcio.

Las complejidades terminológicas parecieran aportar solemnidad, tal como lo señalan I. Mc. Dermott y J. O’Connor. “Una calificación médica, sobre todo si es un término complicado en latín, proporciona a la enfermedad un aire de respetabilidad que tal vez no merezca. El diagnóstico de sonido más rimbombante puede ser, simplemente, una descripción taquigráfica de la dolencia en una lengua muerta.”

Una vez más recurrimos a Álex Grijelmo para que no se entiendan estas consideraciones como un reclamo al Honorable Cuerpo Médico. Mal haríamos porque en estas prácticas reside parte de su seguridad profesional.
 
Atención, señores médicos. Ya sé que ustedes hablan como mejor les place, que para eso son muy suyos. Y uno, que también es muy suyo (o sea, para servirles a ustedes, señores lectores), no pretende cambiar sus costumbres (las de los médicos). Si ustedes hablaran de modo que les entendiéramos y si además escribiesen las recetas con letra legible, dejarían de parecernos tan misteriosos y seguramente perderían seguridad en sí mismos. Y yo no quiero que pierdan el aplomo, porque lo importante es que cuando le cuiden a uno estén seguros de lo que hacen.

jueves, 28 de noviembre de 2013

Condiciones para el amor apasionado

No cabe duda que la gran prueba de amor está dada por el roce, la rutina, la permanencia, la cotidianidad. Quienes resisten y salen fortalecidos de tales vicisitudes, son amores de buena madera que no se dan al por mayor.
Es así que algunos autores han descubierto las enormes ventajas que tiene la distancia que separa a los amantes para la permanencia del vínculo; Aldoux Huxley aborda esta cuestión.
(…) la presencia física del ser amado puede ser, en alguna medida, una desventaja para el amor. El ser de carne y hueso eclipsa, digámoslo así, al radiante ideal concebido por la imaginación; la imagen fantaseada del amado que los amantes tan asiduamente decoran con los colores más brillantes a su disposición, y que es el verdadero objeto de su pasión.
Sentado a solas en su mesa de trabajo, el amante puede contemplar la imagen idealizada del ser amado sin ser distraído por las irrelevantes imperfecciones de su realidad física.
En esta misma línea hay quienes han observado que los grandes amores de la historia lo han sido precisamente por su imposibilidad para concretarlos. A ello se refiere Manuel Vicent.
(...) el amor siempre nace de una impotencia. Todos los grandes creadores que han escrito sobre el amor son gente que no lo han conocido. El ejemplo clásico y manido es el de Dante y Beatriz. Dante no consiguió nunca hablar con Beatriz. Si hubiera conseguido hablar con ella, y no digamos si se hubieran casado, se habría acabado todo, incluida La Divina Comedia. Dante, que veía pasar a esa adolescente, casi una niña, se encontró con Beatriz por primera vez cuando ella tenía 8 años y él 15, y ni siquiera hablaron. Después la ve pasar hacia la misa en una capilla de Florencia. Más tarde la ve, ya casada y, por último, se produce ese juego de miradas en la iglesia. Es precisamente esa dificultad la que crea el amor.
Por su parte Edmundo González Llaca sostiene que el amor apasionado de Romeo y Julieta tuvo mucho que ver con la brevedad de sus vidas.
Sin tener mayor idea de sicología creo que en Romeo, como todo aquel que llega al martirio por amor, hay una personalidad romántica y escéptica. El amor, y más aún el apasionado, dura muy poco, y no hay camino más seguro para preservar su idealización que morir rápidamente.
Romeo, quizá, estaba consciente de que la rutina con sus dientes húmedos y terribles acabaría con la flama brillante y espectacular de la pasión y dejaría los leños pálidos de la vida. Esto era demasiado para él. Mejor morir en la cumbre sagrada de la muerte, que esperar a que Julieta engordara y un día de tantos se quejara de lo mucho que había subido el espagueti en Verona.

martes, 26 de noviembre de 2013

El tiempo que transcurre en otro tiempo

Es posible caer en el error de considerar que la cronología proporciona unidades que rigen de la misma manera en toda circunstancia y lugar. Esto no es así: todos sabemos que una hora de dolor no tiene nada que ver con una de amor; un mes de vacaciones transcurre en forma muy diferente a uno laboral; etc.
 
Otro tanto sucede con los países, en donde la concepción del tiempo varía en forma considerable. La singularidad que este tema adquiere para el caso mexicano ya tiene su historia y Alejandro Rosas presenta un ejemplo de ello.
 
La alta sociedad mexicana no estaba preparada para formar parte de una corte imperial. Ni siquiera Juan Nepomuceno Almonte -hijo del insurgente José María Morelos-, nombrado gran chambelán de la corte, pudo cumplir con ciertos detalles de protocolo. El día que llegaron los emperadores a Veracruz, el 28 de mayo de 1864, debía estar en el puerto listo para recibirlos, y sin embargo, muy a la usanza mexicana, llegó tarde.
 
Ángel de Campo ofrece una mirada sobre este tema en un artículo publicado en El Universal el 14 de abril de 1896 en el que subraya la incompatibilidad del mexicano con el reloj.
 
El tenemos tiempo... es una de las fórmulas más breves pero más expresivas de este buen pueblo mexicano, pue­blo de lentitudes y de indolencias.
Aquí se adelantan los relojes cinco minutos, no para llegar antes a la cita sino para robarse esos trescientos se­gundos de dulce far niente; en las escuelas se conceden esperas al profesor, y si la cátedra no ha concluido antici­padamente se corta el discurso a toque de campana; se llega a las oficinas, a los despachos, a los bufetes, donde quiera, con algunas fracciones de hora de retardo, pero eso sí, se abandonan la misma porción de tiempo antes del plazo que marca el reglamento.
No hay, pues, relojes que valgan para nosotros; somos así, a ello nos hemos acostumbrado (…) Somos partidarios del último ins­tante y del último toque y del último aviso.
(…) se oye misa de doce y cuarto porque es la última, metiendo codazos y con suspiros de sofocación, no sin decir por lo bajo: ¡al fin vale desde el evangelio!; se entra al teatro cuando ya Fausto comienza a maldecir la vejez, y al concierto cuando el andante a la sordina se pierde en un rumor celestial (ruido de sillas, risas, ceceos) (…) por esta convicción de raza, hereditaria, congénita, como un vicio de conformación, que asoma a nuestros labios en esta for­ma... Todavía tenemos tiempo... (…) son trasuntos de nuestro modo de ser en un siglo en el que no se anda sino se vuela; en una época que el que no viaja en ferrocarril se trepa en una bi­cicleta; se escribe con taquígrafo o en máquina; se habla por teléfono y se muere repentinamente, y tenemos toda­vía valor de encararnos con el progreso y decirle en la conversación y en el editorial y en el aula y en la tribuna...
—Espérate para que te alcancemos... ¡al fin tenemos tiempo! —nuestro reloj social anda adelantado.
 
Por su parte Artemio de Valle-Arizpe refiere una anécdota en la que intervienen destacados personajes de su época.
 
Recuerdo ahora que (Amado) Nervo le dijo (a José F. Elizondo): -“Hombre, Pepe, ayer llegaste otra vez tarde a la oficina. Ya supe que entraste corriendo en la Secretaría y que te metiste de rondón en el elevador y allí, de manos a boca, te encontraste con don Justo (Sierra), quien te reprochó sonriente: “Qué tarde viene usted a su trabajo, amigo”, y que tú le dijiste muy azorado: “No, señor, el que llega temprano al suyo es usted”.
 
Mucho tiempo después Joaquín Antonio Peñalosa deja constancia que el tema mantiene vigencia.
 
La informalidad es vicio nacional. Lo que tienen de bien hechos, lo tienen de incumplidos, mecánicos, albañiles, pintores, fontaneros, costureras, toda la gama variopinta de oficios y artesanías, y aún el gremio caudaloso de los profesionistas.
Se comprometen con un trabajo, aceptan las condiciones, piden el inevitable adelanto y el trabajo no sale a flote, atascado como está de retrasos y peripecias. "Dése una vueltecita la semana entrante. Vamos a hacer todo lo posible. Mañana sin falta". (…)
La impuntualidad nos define, conforme el reloj nos estorba. El sentido del tiempo en el mexicano consiste en que el tiempo no tiene sentido. Da lo mismo mañana que pasado, el lunes que el martes, las siete o las ocho de la noche. "A ver cuándo, un día de estos". La imprecisión no puede ser más precisa. La palabra "mañana" nos brota a borbollones. Todo lo dejamos para mañana. Y como en verso de Lope de Vega, "para lo mismo repetir mañana".
Si el norteamericano, para quien el tiempo cobra un sentido económico, se ha apropiado, como tantas otras cosas ajenas, el viejo refrán español "no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy"; el mexicano, para quien el tiempo es ocio y anticipo de la eternidad, ha alterado el orden de la palabra del refrán, es decir, el orden de las realidades: "No dejes para hoy, lo que puedes hacer mañana".
Mansa tranquilidad para ver las cosas; sin fiebres ni carreras, que "no por mucho madrugar amanece más temprano" y “para qué dar tantos brincos estando el suelo tan parejo”.
El mexicano no siente el paso del tiempo como tampoco siente la distancia. Y puesto que lo vive anchamente sin pruritos de relojes y calendarios, apenas nota la diferencia entre noche y día. Por eso a cada momento se sorprende con éstas o parecidas exclamaciones: “Pero si ya se hizo tarde, ya es mediodía, ya es sábado, ya es noviembre". Toda una sorpresa descubrir la hora, el día, el mes, el año en que se vive.
 
Es así como la impuntualidad forma parte de la cultura nacional. El mismo Peñalosa profundiza en la cuestión.
 
Las siglas internacionales del "p.m." que el pueblo traduce "pasado meridiano", nacionalmente significan "puntualidad mexicana", es decir impuntualidad mexicana. (…)
Cuando uno llega a tiempo a una fiesta, una junta, una cita cualquiera, se encuentra con que los preparativos están a medias y los anfitriones desprevenidos.
"Llegó usted muy temprano". Llegar a tiempo es una descortesía y una notoria falta de educación. "En otras partes del mundo, pide disculpas quien llega tarde. En México se excusa el que ha sido puntual".
Del propio Marco A. Almazán, en su delicioso libro El rediezcubrimiento de México, es esta otra sagaz observación.
"A usted, por ejemplo, lo citan a las cinco de la tarde y a priori se hace el propósito de llegar a las cinco y media, sabiendo que la persona que lo ha citado no llegará antes de las seis. Y esta persona, al suponer que usted está pensando lo anterior, decide llegar entre seis y media y siete. O sea, que de cualquier manera uno de los dos tiene que soportar un plantón de una hora cuando menos. A pesar de que ambos arriban deliberadamente con retraso. De ahí que las citas en México se concierten de la forma más vaga posible: Te espero entre diez y once. Nos vemos a la tardecita. Ven alrededor del mediodía. De esta manera ninguna de las dos partes se compromete rígidamente, y ambas tienen un plazo bastante flexible para llegar tarde. De cualquier modo, una de las dos llegará más tarde que la otra, o sencillamente no llegará".
Es curioso, mientras el mexicano es impuntual en lo formal, es puntualísimo en lo informal. Lo único que empieza a tiempo en México son las corridas de toros, el fútbol y el cine. Todo lo demás, el trabajo, las clases, la boda, las juntas de negocios, las conferencias, todo va marcado con siglas de p.m.
 
Por otra parte Germán Dehesa identifica algunas singularidades de las que está hecha la imprecisión en el manejo del tiempo.
 
Elemento importantísimo en este sistemático descuacharrangue de la lógica cartesiana y el sentido racional de realidad es el manejo que los aguerridos aztecas hacemos del tiempo. Frente al tiempo pragmático de horas, minutos y segundos propio de los sajones, nosotros hemos concebido el vagaroso y poético tiempo mestizo implícito en locuciones como las siguientes: “te veo en la tardecita”, “no vuelvas muy noche, mijo”, “dése una vueltecita en unos diyitas”, “te hablo un día de éstos”, “nueve o diez te caigo, o tirándole a las once”.
 
Esta marcada ambigüedad tiene lugar también en lo que hace a las invitaciones y al respecto dice Peñalosa:
 
-A ver qué día vienes a comer a casa. (Son ganas de no invitar, porque no te precisan siglo, año, mes, día y hora).
A lo que el ingenuo invitado responde por las mismas:
-A ver cuándo. (…)
Y así pasan los días y ruedan las noches del mexicano hasta desembocar en la muerte, después de una vida entre relojes sin manecillas y calendarios sin hojas. A ver si hoy. A ver si mañana. A ver cuándo.
 
No es posible pasar por alto una unidad de tiempo que ha adquirido suma notoriedad, nos referimos al ahorita que es analizado por Dehesa.
 
De todas estas desquiciantes expresiones hay una que merece mención aparte: “orita vengo”. Es maravillosa. No compromete a nada y no significa nada, pero cumple cabalmente con esa formal cortesía que supuestamente nos caracteriza. Todos la hemos usado para abandonar una junta aburrida, para darle largas a un asunto que no nos interesa o para dejar a los amigos colgados con la cuenta en céntrico restaurante. Si además de decir “orita vengo” añadimos “no me dilato” todos deben entender que, por lo menos, durante varios meses no nos volverán a ver. Así le dijo a mi amiga Cuca su marido y coautor de las dos criaturas: “voy por cigarros. Orita vengo. No me dilato”. Diez años después reapareció de lo más formal y dispuesto a subsanar la falla. Fueron dos meses idílicos. Al cabo de ellos, me la encuentro con el rostro descompuesto y me dice “ya se volvió a ir”. Pues sí, le contesté, ha de haber ido por los cerillos.
 
Como no podía ser de otra manera el humor se hace presente por medio de un chiste muy conocido.
 
Un señor encuentra en el bolsillo de un saco que hacía mucho tiempo no usaba, el recibo correspondiente a unos zapatos que había dejado seis años atrás para reparar y a los que había olvidado recoger.
Con mucho escepticismo respecto a la posibilidad de reencontrarse con aquellos zapatos, llamó por teléfono a la zapatería y le respondieron:
-¿Eran unos zapatos negros a los que había que cambiarle la suela?
-Sí, esos mismos.
-No se preocupe, la próxima semana ya van a estar prontos.