jueves, 6 de marzo de 2014

"Así hablaba Zaratustra" en la Revolución Mexicana




La complejidad de ciertos libros los vuelve de difícil lectura y no sería de extrañar que muchos de los que opinan sobre ellos ni siquiera los hayan leído. Uno de estos casos es el de Así hablaba Zaratustra de Federico Nietzsche que no fue aceptado por ningún editor y respecto al cual el propio autor reconocía la aridez de su lectura. En relación a ello señala Noel Clarasó


Lo editó el mismo Nietzsche, en una muy limitada edición. Ofrecía después los ejemplares a sus amigos a condición de que se comprometieran a leer el libro. Y sólo siete se comprometieron. Después de esto, en alabanza a la buena amistad de uno de sus incondicionales, decía Nietzsche:
-Es tan amigo mío, que ni la lectura de Así hablaba Zaratustra ha conseguido alejarle de mí.
 

Por su parte Renato Leduc -citado por José Ramón Garmabella- narra lo que le sucedió en tiempos de la Revolución.
 

Una vez, cuando contaba con unos 15 años de edad, compré el libro de Federico Nietzsche titulado Así hablaba Zaratustra para leerlo en el tren que me llevaría a Chihuahua. Como es lógico suponer, yo a esa edad no sabía quién carajos era el tal Nietzsche, pero como el título de su obra me era atrayente, de manera es que la adquirí con el firme propósito de leerla.
Total, que la comencé a leer y como no entendía una chingada, al llegar a Chihuahua dejé sobre la cama del hotel el libro y no me volví a ocupar de él. Sin embargo, a los pocos días, llegaron a visitarme un telegrafista amigo mío llamado Tomás Campos y el afamado general villista Pablito Seáñez, cuya fama se debió entre otras cosas a que fue muy amigo de John Reed; Pablito se sentó en la cama y al ver el libro aquel me preguntó:
—Oye, ¿y quién era este Zaratustra?...
Le respondí:
—Pues un cabrón que así hablaba...
Y le regalé el libro con la esperanza de que él sí lo entendiera...

Por cierto que Seáñez (o Siañez, según otras fuentes) llegó al final de su vida por lo que suele identificarse como cuestiones de momento. Afirma Nellie Campobello: “Aseguran que se disgustó con el general Villa, que se manoteó con él y que Pablo insultó al general, se hicieron de palabras y, en la discusión, sacaron las pistolas; la más rápida, como hasta entonces –de otro modo no hubiera sido el jefe-, fue la del general Villa.”

Lo que ya no sabemos es si finalmente el general Seáñez tuvo tiempo de hincarle el diente a Así hablaba Zaratustra o si la historia de aquel libro siguió en la calesita de los obsequios.


martes, 4 de marzo de 2014

Abrigando esperanzas


Hay recuerdos de la niñez que nos llegan con vaguedad, como pequeñas islas rescatadas desde el gran mar del olvido. Otros se presentan con mucha nitidez y vienen acompañados de voces amorosas que han quedado grabadas en las profundidades del corazón.

Esto le acontecía a Germán Dehesa al evocar el rito de despedida que tenía lugar durante su niñez cada vez que salía rumbo a la escuela.

En términos económicos, mi infancia fue más pobre que rica; pero por el lado de la ensoñación, fue suntuosa. Cada mañana que salía yo a vivir con la certeza siempre cumplida de que me estaba esperando alguna aventura jamás vivida, algún encuentro, algún descubrimiento, alguna porción de paraíso. Ya me voy, mamá. Muy bien, mijito, que Dios te bendiga y te proteja, que el Sagrado Corazón de María te traiga con bien… (les ahorro toda la letanía que abarcaba 20 minutos largos. Hagan de cuenta era yo Marco Polo que se iba a Catay y no un niño que iba a la escuela). ¿Llevas pañuelo? Sí, mamá. ¿Te lavaste bien las orejas? Sí, mamá. ¿Llevas suéter? Hace mucho calor. Pero luego enfría. Está bien, me llevo el suéter. No lo vayas a perder, ¿llevas todos tus útiles? Sí, mamá. ¿Llevas tu torta? Sí, mamá. ¿De qué es? De salpicón, la traigo en la mochila. ¿Y la lonchera? De momento se encuentra extraviada (mi manejo del español ya era notable). Vas a llenar los libros de salpicón. La envolví con la primera plana del Excélsior. Dios te haga un santo. Lo dudo, mamá. (…)

Los años han pasado y será el propio Dehesa quien –a comienzos del siglo XXI- asume ese papel protector hacia sus lectores.

Cincuenta años después, mi infancia es un país lejano, pero algo de ella permanece como la almendra secreta de mi persona. Desde ahí te escribo, lectora, lector querido. Sé que, no sin cierto desamparo y crispación, te dispones a vivir otra semana del loco tiempo que México y el mundo nos ha deparado. Te pido que aceptes el riesgo, el reto y la aventura de salir a vivir y no a durar (…) No sé si ya llevas tu torta de salpicón; pero yo, como mi madre, te pido que salgas bien arropado, porque el tiempo está muy cambiante y no me parecería nada bien que se te resfriara el alma.

Difícil e ineludible tarea la de abrigar esperanzas en estos tiempos que, con demasiada frecuencia, parecen convocar al desánimo. Al respecto dice Eduardo Galeano: “En lengua castellana decimos, cuando se nos ocurre que tenemos esperanzas: abrigamos esperanzas. Linda expresión, lindo desafío: abrigarla, para que ella no se nos muera de frío en estas implacables intemperies de los tiempos que corren”.

jueves, 27 de febrero de 2014

Un triste reencuentro con el pasado


Los reencuentros con el pasado siempre se las traen. Ver un álbum de fotos en que visualizamos nuevamente al niño, adolescente, adulto joven que fuimos, no deja de suscitar emociones diversas que, por supuesto, se hacen más tristes si es domingo por la tarde.

Volver a lugares que conocimos en otro tiempo implica severas amenazas de desencanto. Vale correr el riesgo pero a sabiendas de que los fantasmas pululan: “ya no es como era antes”, “en aquellos tiempos era mucho mejor”…

Claro está que el reencuentro con amores del pasado se cuece aparte. Por algo afirma el dicho que “segundas partes nunca fueron buenas” aunque en esto también –como dicen los comerciales- aplican restricciones y hay ocasiones en que la situación se convierte en un verdadero e inesperado regalo de la vida. Pero por lo general las cosas no acontecen de esta manera.
 
Amos Oz nos ofrece un relato a este respecto.
 
Orna tenía unos treinta y cinco años, más del doble que yo aquella noche. Y fue como ofrecer un río de púrpura, carmesí y celeste, y perlas a un cochinillo que no sabe qué hacer con todo ello y por tanto sólo coge y traga sin masticar y casi se ahoga de tanta abundancia. Al cabo de unos meses dejó su trabajo en el kibbutz. No supe adónde había ido. Años más tarde me enteré de que se había divorciado y casado de nuevo, y de que durante algún tiempo tuvo una columna fija en una revista femenina.
Y no hace mucho, en Estados Unidos, después de una conferencia y antes de una recepción, entre un círculo abarrotado de gente que preguntaba y discutía, de pronto se me apareció Orna, con los ojos verdes, radiante, sólo algo mayor de lo que era en mi juventud, con un vestido claro abotonado, sus ojos brillaban con esa sonrisa que conoce los secretos, esa sonrisa seductora, compasiva y tierna, la sonrisa de aquella noche, y yo, como hechizado, me detuve en medio de una frase, me abrí paso hacia ella, empujé a los que se interponían en mi camino, aparté a la anciana aturdida que Orna llevaba en una silla de ruedas, la agarré, la abracé, pronuncié dos veces su nombre y la besé apasionadamente en la boca. Ella me apartó con delicadeza y, sin dejar de otorgarme el favor de su sonrisa, que me hizo enrojecer como un chaval, señaló la silla de ruedas y dijo en inglés: es Orna. Yo sólo soy su hija. Desgraciadamente mi madre ya no habla. Y casi tampoco reconoce.

¡Si será digno de agradecer la benevolencia de la hija de Orna…!

martes, 18 de febrero de 2014

Mamá Carlota


El Imperio de Maximiliano ha sido objeto de muchos estudios de carácter histórico y político que analizan su origen, desarrollo y caída.

La atención de los estudiosos ha detenido también en la personalidad de Maximiliano. Otro tanto ha sucedido con su esposa Carlota, personaje que por muchos motivos se vuelve interesante. Por supuesto que como suele acontecer en estos casos no fueron pocos quienes quisieron por todos los medios lograr acercamientos con esta aristocracia de importación; Roberto Blanco Moheno proporciona un ejemplo de ello. “(...) Esta nuestra grotesca ‘sociedad’ ya es célebre en el mundo, aunque tal celebridad sea más triste que la de doña Romualda Rodríguez de la Fuente y de la Reguera de Sánchez de Tagle, que dispuesta a ser muy de sociedad, allá en Morelia, le preguntó al buen hombre de Maximiliano, cuando su Imperio de opereta: ‘¿Y cómo está Carlotita?’.”

La labor social de Carlota fue intensa y Refugio Bautista Zane alude a ello.  "Se vestía de campesina cuando visitaba a los pobres. Entre otras obras de beneficencia, fundó la Casa de Maternidad e Infancia, por lo cual pronto fue llamada Mamá Carlota". Por su parte María del Pilar Montes de Oca Sicilia traza una semblanza de ella.  

María Carlota Amelia Victoria Clementina Leopoldina (1840-1927) era hija de Leopoldo I, príncipe de Sajonia-Coburgo y rey de Bélgica, era prima de la reina de Inglaterra y del conde de París, y hermana del duque de Brabante, conquistador del Congo, reconocido por su astucia, su inclemencia y su sangre fría. Vamos, era un noble de verdad; una princesa en toda la extensión de la palabra. Pero tuvo a mal casarse en 1857, a los escasos 17 años de edad, con el gran amor de su vida, el archiduque de Austria, príncipe de Hungría, de Bohemia y Lorena y conde de Habsburgo: Fernando Maximiliano José (1832-1867). Y éste, a su vez, tuvo a mal aceptar el trono de México en 1864, bajo el Convenio de Miramar, cuando Napoleón III decidió invadir el territorio mexicano al enterarse de que Juárez suspendería el pago de la deuda externa.
Y ahí empezó la desdicha de ambos: Maximiliano fue mandado fusilar por Juárez en Querétaro, tres años después y Carlota transformó su pena en locura pues en ella, la pena se transformó en locura. Porque todos sabemos que Carlota se volvió loca y vivió hasta los 87 años recluida y sola, la mayor parte del tiempo, en el Castillo de Bouchout, en Bélgica.

Es así que con el paso del tiempo Carlota manifestó síntomas de severos problemas mentales (tal vez hoy se diría que tenía algunas características propias de  enfermos bipolares). Muchos autores buscaron esclarecer el origen de los males que la afligían. María del Pilar Montes de Oca Sicilia enuncia algunas hipótesis.

Sin embargo, ¿cuál fue la causa? Tal vez, y muy probablemente, el fusilamiento de su amado “güero” a manos de los republicanos juaristas; aunque quizá también contribuyó el pinolillo* que le comió las piernas cuando llegó a Veracruz; la salmonela, que adquirió al poco tiempo de vivir en el Castillo de Chapultepec y, sobre todo, el tener que tratar durante dos años con un montón de damas de sociedad advenedizas, que se creían nobles o intentaban serlo, se vestían de forma cursi y recargada, imitaba todo lo extranjero y afrancesado –tal y como hoy la clase alta emula todo lo gringo-, hablaban una lengua que ella no entendía y que, tarde tras tarde, a la hora del té, sopeaban el pan en el chocolate, haciendo ruidos zoológicos y dejando en su vajilla de porcelana unos grumos repugnantes.

Pero las consideraciones en torno al origen de este padecimiento han sido variadas. Alejandro Rosas retoma las especulaciones realizadas por Concha Lombardo de Miramón.

(…) Concha Lombardo de Miramón había descrito lo que, a su juicio, originó la locura de Carlota. “Probablemente los grandes estudios que había hecho y que son superiores a la capacidad de la mujer, lastimaron su cerebro unido esto a su grande orgullo, al ver que se desplomaba el trono en que había subido, determinaron la completa descomposición de su naturaleza y perdió el juicio”.

Por otra parte el prestigioso cronista Egon Erwin Kisch  también se interesó en el tema.

La enfermedad mental de que se vió atacada en México y en que acabó sus días la Emperatriz Carlota (…) ha hecho que fuesen acusados como causantes de la locura toda una serie de venenos.
Los motivos para el atentado, no faltaban; más bien podría decirse que sobraban. Carlota preparaba su partida de México en el verano de 1866, es decir, cuando ya el imperio de su marido Maximiliano se hallaba irremisiblemente perdido, cuando el reembarco de las tropas expedicionarias francesas era cosa decidida y el país entero estaba al lado de Benito Juárez. La eliminación de la extranjera, que espoleaba a su débil marido a resistir, prolongando con ello la guerra civil, tenía que ser por fuerza ardientemente apetecida, ya desde antes, por los patriotas mexicanos. Y ahora más que nunca, para quienes supiesen que se disponía a cruzar el océano con la ambición de poner en pie de guerra nuevos ejércitos extranjeros y lanzarlos a una nueva intervención sangrienta contra el pueblo de México.
El veneno debió de serle administrado poco antes de embarcar. El primer síntoma de locura se manifiesta desde luego, en la ciudad de Puebla, donde Carlota se detiene a pernoctar en su viaje al puerto veracruzano. En medio de la noche, despierta a su servidumbre y se encamina con ella a la residencia del que fuera prefecto imperial de aquella ciudad, trasladado ahora a Veracruz. La Emperatriz hace que le abran las puertas de la casa vacía, recorre todas las habitaciones y retorna a sus aposentos sin dar la menor explicación acerca de aquella extraña visita. Tres días más tarde, el 13 de junio de 1866, ya en la pasarela del barco Impératrice Eugénie que ha de conducirla a Europa, divisa la bandera francesa ondeando en el mástil. Se niega a embarcar, se va corriendo a las oficinas de la dirección del puerto y exige en un tono de extrema irritación que sea arriada la bandera francesa y se icen los colores mexicanos. La complacen en su petición y parte de México.
Dos días después de desembarcar en tierras de Europa, su locura se manifiesta por síntomas todavía más acusados. Durante su entrevista con Napoleón III, algunas de las personas que se pasean por el parque de Saint Cloud, oyen sus gritos estridentes y alcanzan a comprender estas palabras: “¡Sire, me han envenenado!” El 27 de septiembre, al ser recibida en audiencia por el Papa, repite la misma acusación, pero ahora dirigida contra Napoleón III. Al día siguiente, su coche se acerca a la puerta del Vaticano; Carlota se baja de él, despide al cochero, sube volando las escaleras, se arroja a los pies de Pío IX y le suplica que la deje pasar la noche en el palacio pontificio, pues sólo allí se siente segura de los agentes enviados por Napoleón para asesinarla. Todos los esfuerzos de alejarla por las buenas o por las malas se estrellan contra su resistencia. Por último, no hay más remedio que instalarle una cama en la biblioteca del palacio. Las actas en que se registra este episodio, hacen constar que Carlota es la única mujer que ha pernoctado jamás en el Vaticano. Los médicos que examinan su estado dictaminan que Carlota se halla encinta.
Aquí hay otro tema sobre el que se han hecho múltiples conjeturas. ¿Quién fue el padre del hijo de Carlota? El hecho no sólo es relevante en tanto a la biografía de la emperatriz y Egon Erwin Kisch aborda la cuestión. 
¿Psicosis de embarazo? La llevan primero a Miramar y luego la instalan en su castillo de Bouchotte, cerca de Bruselas. La corte rigurosamente moral de su hermano Leopoldo II de Bélgica, rey rodeado de queridas, atribuye el estado de Carlota a la circunstancia atenuante de que le administraron en México un estupefaciente, aprovechándose luego de su inconsciencia para violarla. Se confía en que su psicosis desaparecerá al terminar el embarazo.
El niño nace el 12 de enero de 1867. En las capitulaciones matrimoniales celebradas diez años antes, se había regulado la herencia partiendo de la base de que Maximiliano se hallaba irremisiblemente incapacitado para tener hijos. Los consejeros discuten ahora, sin embargo, si será conveniente pasar al recién nacido por hijo legítimo de Maximiliano, que permanece en México, completamente ajeno a aquel parto. Por último, deciden no dar al niño el nombre de Maximiliano, sino un nombre equívoco, un poco cercano a él, y le bautizan con el nombre de “Máximo”. Se le entrega para que lo adopte a un notario llamado Weygand, en un pueblecillo de la frontera franco-belga. Más tarde, es enviado a un Instituto Militar francés; las matrículas y el equipo, corren de cuenta de la corte de Bruselas. Medio siglo después de su nacimiento, en la primera guerra mundial, Máximo Weygand se ve convertido en jefe del Estado Mayor de Francia. Su madre vive todavía y aun no se ha curado de su locura. No se trataba, pues, de una psicosis de embarazo.
El tema también interesó al escritor gallego Álvaro Cunqueiro quien enuncia una serie de suposiciones.

Como ustedes saben, Maximiliano de Austria y Carlota de Bélgica se casaron enamorados y a esta pareja -el proceso sería muy largo de explicar- le vino a caer sobre su cabeza -sobre su corazón ambicioso también- la corona imperial de México. (…) Iba mal el Imperio de México, e iba mal el matrimonio. Maximiliano y Carlota llegaron a vivir separados, y sólo los unía la ambición, aquella fragilísima corona imperial. Ninguno de los dos quería que una revuelta se la arrebatase de la cabeza. Por eso André Castelot ha tenido razón al escribir la biografía de esta pareja Maximiliano y Carlota. La tragedia de la ambición. Pese a la desunión matrimonial, Carlota decide en la primavera de 1866 viajar a Europa y pedir ayuda a Napoleón, a su cuñado el emperador de Austria, a Bélgica... Pero, antes de regresar a Europa, da un paseo en barca por el lago de Chapultepec, en una barca llena de flores, y acompañada de un oficial de la Corte Imperial. Parece ser que es la única vez que han estado juntos. Pues después del viaje, ya en palacio, algo sucede. Carlota regresa a Europa, sus peticiones de ayuda son un fracaso, se refugia en el castillo de Miramar, en Trieste, el castillo de la luna de miel de Maximiliano, y da a luz un niño. Ya Carlota está medio loca, aunque todavía tiene ráfagas de lucidez. El niño va a ser inscrito en el Registro, en Bruselas, como hijo de padres desconocidos. Llevará el apellido del ama de cría que le estaba destinada antes mismo de que naciera: Weygand. El niño será el generalísimo de los ejércitos franceses, Maxime Weygand. Que Weygand era hijo de la emperatriz Carlota se confirma cuando la corte de Bélgica le invita a asistir al entierro de la que fuera emperatriz de México, y que había vivido en un castillo belga, durante más de medio siglo, en la locura total. Pero, ¿y el padre?
Se hicieron docenas de suposiciones, que al final hubieron de ser rechazadas. Se llegó hasta suponer que Carlota se había ofrecido a un rebelde mexicano a cambio de su ayuda. Novelerías. Un día, André Castelot, hablando con el rey Leopoldo III de Bélgica, escucha de labios de éste la tajante afirmación:
-Weygand es hijo del general Van der Smissen. 
Una docena de fotos muestra que Weygand era el vivo retrato de su padre. Que era el oficial del paseo en barca por el lago. Todo pudo tener que ver con el asunto: la luna que sale, una música que hace brotar de dos bocas al mismo tiempo la sonrisa, una mano que por casualidad encuentra una mano... Y ella ya estaba de la locura, desesperada. Castelot y los que se han preocupado de la pareja imperial encuentran a la cuestión difícil explicación. Y yo, en cambio, lector de erótica oriental, china y japonesa, se la encuentro fácil: el poder afrodisíaco de un paseo en barca por las tranquilas aguas de un lago, a la luz de la luna. Sin contar, añadiéndoles política al asunto, el problema de la sucesión imperial. En una hora de locura Carlota habrá pensado en la necesidad del heredero, del heredero que no sabía hacerle Maximiliano y ahora mismo tenía a su alcance a aquel militar, pequeño de talla, muy perfumado, quien en su sueño de loca se iría reduciendo de tamaño, hasta ser casi un niño, un niño que la sonreía, la abrazaba, la llamaba mamá.
Ni se fijaba Carlota en el bigotito de Van der Smissen. Tenía sobre ella aquel peso dulcísimo, que la adormecía y la excitaba a la vez. Y pasó lo que pasó. Claro que, insisto, con la preparación del paseo en barca por el lago.

El asunto no es de fácil esclarecimiento ya que existen varias hipótesis. Guadalupe Rivera Marín, hija de Diego Rivera, aporta la suya.

La rama familiar de los Rodríguez ofreció a Diego Rivera muchos temas para sus comentarios, sobre todo la vida de los tres hermanos de su abuela, Joaquín, Mariano y Feliciano Rodríguez. Le atribuía a uno de ellos, al tío Feliciano Rodríguez, coronel al servicio del Emperador, haber tenido relaciones amorosas con la emperatriz Carlota y en consecuencia ser el padre del que posteriormente sería héroe de la Primera Guerra Mundial, el general Maxim Weygand, de quien se dice fue hijo de la trágica princesa belga. A este respecto el pintor relata haberse entrevistado en 1918 con el General; el encuentro ocurrió en el sur de Francia, concretamente en Périgueux; el tío identificó al sobrino saludándolo con las siguientes palabras: “Hombre Dieguito, eres tú. Ven a darme un abrazo... ¿Cómo está tu madre, y Cesárea, tu tía? ¿Qué me dices de mi buen amigo Ramón Villar García, su marido?”

Antes de sacar conclusiones conviene aclarar que tan grande fue el reconocimiento a Diego Rivera en su calidad de artista como en cuanto a ser muy fantasioso en muchos de los acontecimientos que describía en sus frecuentes referencias autobiográficas.



* insecto muy pequeño que se mete en la piel por varios días causando muchísima comezón. Es llamado así por su parecido con el polvo de pinole.

jueves, 13 de febrero de 2014

Consideraciones útiles para elegir un libro


Al entrar en una librería o en una biblioteca tener que escoger algún título no es nada sencillo. La industria editorial renueva permanentemente los libros que pone a disposición del potencial lector. 


Para hacer frente a este dilema contamos con algunas sugerencias que proceden de diversas fuentes. Noel Clarasó recuerda los consejos de André Maurois para elegir un libro así como otras consideraciones en relación a la actitud que debe tener el lector.
 

* Vale más conocer perfectamente algunos autores y algunos temas, que tener una idea vaga y superficial de muchos autores. (…)
* Procuremos elegir bien el alimento. A cada espíritu le conviene un régimen literario especial. Aprendamos a conocer quiénes son nuestros autores, encerrémonos con ellos y dejemos tranquilamente fuera de casa a los demás.
* Rodeemos nuestra lectura, siempre que sea posible, de la atmósfera de recogimiento que reservamos a una noble ceremonia.
 * Hagámonos dignos de los buenos libros, porque con la lectura ocurre como con el amor: que no se halla ni en el amor ni en los libros nada más que lo que ya se lleva dentro. El arte de leer es, en gran parte, el arte de encontrar la vida en los libros y, gracias a ellas, comprenderla mejor. (…)
* Un último consejo: lo mejor que podemos hacer con un libro, del que después de leer los primeros capítulos tenemos la impresión de que nunca lo reeleremos, es cerrarlo y dejarlo cerrado ya para siempre.

 
Por su parte Roberto Fontanarrosa nos comparte su experiencia a la hora de elegir un libro.


(…) yo les voy a decir qué condiciones tiene que tener un libro para que yo lo elija.
Primero y principal no tiene que ser un libro gordo. Un libro gordo me parece un abuso de confianza del autor hacia mi tiempo. Es como si aparece alguien y me dice: “Quisiera hablar con vos, tenés dos semanas libres...”. ¿Cuál es el lazo de confianza que me une a ese escritor para que durante dos meses yo me vaya a la cama con él y su libro?”
Segundo, y lo va a comprender la gente que ya tiene cierta edad, y no es por la madurez: tiene que tener letra grande. Hay escritores que escribían con letra muy chiquita, y ya a esta altura del campeonato ese esfuerzo es excesivo.
Otra cosa: tiene que tener espacios en blanco. Si abro un libro y veo un masacote negro, como si fuera un amontonamiento de hormigas, yo digo: “¿Por dónde entro al texto?”.
Otra alternativa: fíjense en capítulos cortos. Ustedes mismos se van a dar cuenta de la sabiduría del cuerpo humano: usted está leyendo un libro y de repente observa que sin darse cuenta su mano derecha va buscando las páginas hasta llegar a un capítulo.
Otra cosa que me interesa también es que tenga diálogos, porque a mí me gusta escuchar a los protagonistas. Antes pasaba en algunos diarios, porque ahora el género del reportaje es mucho más fluido, que hacían un reportaje y decían: “Estuvimos en la casa del afamado escultor fulano de tal, y nos dijo que está pensando en hacer una escultura que representa a un caballo comiendo una codorniz”.
Yo digo: dejalo hablar al escritor, qué te metés en el medio. A mí con los libros me pasa eso. Y si están bien escritos mejor, pero siempre préstenle atención a esas consideraciones.
 
Tal vez estas consideraciones le puedan ser de utilidad la próxima vez que tenga que elegir un libro.

martes, 4 de febrero de 2014

Los voladores de Papantla


No es posible acostumbrarse al ritual que desarrollan los llamados voladores de Papantla, ya sea en Teotihuacan, en el Museo de Antropología, en Coyoacán, o donde haya oportunidad de verlos en acción. Estremece escuchar el sonido del tambor y la flauta ejecutados por el danzante que se encuentra en la parte superior del palo, mientras da pequeños saltos en la diminuta base que lo protege del vacío. Es probable que pronto esta ceremonia ritual sea declarada parte del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.
 
Como muchas de las tradiciones que se representan en lugares turísticos, corre el riesgo de ir perdiendo su sentido religioso para convertirse en espectáculo comercial. Narciso Hernández, citado por Arturo García Hernández, da cuenta del origen y significado de la ceremonia.
 
(Narciso) Hernández (…) refirió la leyenda que habla del origen de la ceremonia: hubo una vez una fuerte sequía que causaba muerte y hambre. Un grupo de viejos sabios encontró que la razón de la sequía era que los dioses estaban enojados porque los hombres no eran agradecidos.
Entonces se dieron a la tarea de buscar a cinco jóvenes castos para localizar y cortar el árbol más alto, recio y recto del monte y utilizarlo en un ritual con música y danza. Así, uno de los jóvenes se paraba en la punta del tronco –para estar más cerca de los dioses- y tocaba una flauta mientras los otros cuatro descendían girando alrededor, con el fin de convencer a los dioses para que hicieran llover y la tierra recuperara su fertilidad.
Los jóvenes que descienden representan los cuatro puntos cardinales y los cuatro elementos naturales: agua, tierra, viento y fuego.
 
Arturo García Hernández comenta que ante el riesgo que esta tradición pudiera perderse, hace unos años se formó la Escuela de Voladores.
 
Entre las acciones que contempla el Plan de Salvaguarda está el fortalecimiento de la Escuela de Voladores que ya existe y en la cual niños, jóvenes e incluso ancianos aprenden la historia y el significado ritual, además de que se les imbuye del profundo sentido espiritual que tiene. (…)
Cruz Ramírez Vega, director de la Escuela de Voladores, explicó que no hay un tiempo determinado para aprender a volar y todo lo que implica, porque la enseñanza va mucho más allá de la técnica del descenso. “No es como ir a la secundaria; se aprende el amarre, a aventarse, el corte del palo, a subir y bajar el equipo, pero también el significado espiritual.”
Está por egresar la primera generación de la Escuela de Voladores, que ha permanecido cuatro años en el plantel, pero Ramírez Vega remarca: “Tengo 30 años como volador y aún me falta por aprender”.
 
Ahora bien, no todos los que parecen voladores lo son. Hace unos cuantos años en el CESDER, en Zautla (Puebla), tuve el gusto de conocer y convivir con un grupo de indígenas huicholes; allí habíamos coincidido convocados por el tema educación. El buen Oscar Hagerman me invitó a seguir viaje con ellos. Entre otros lugares fuimos a la sublime ciudad de Cuetzalan. Los huicholes, vestidos con sus ropas tradicionales, observaban el palo que estaba emplazado frente a la iglesia y  desde el cual es sabido que se lanzan los voladores de Papantla. Comentaban acerca de la valentía, “los hüevos”, que hay que tener para lanzarse desde ahí, cuando se acerca una señora -cámara de fotos en mano- para preguntar “a qué horas iba a comenzar la función”. Ellos contestaron: “lo lamentamos señora, pero no podemos informarle; somos de otra empresa. 

jueves, 30 de enero de 2014

Historia de un logo


Artistas, diseñadores y creativos saben lo que hacen cuando crean un logo que a partir de ese momento identificará a una marca o producto determinado.

Lo que ya no resulta tan fácil es tener la capacidad de predecir cuál será el futuro de ese ideograma. Veamos los que sucedió con el de Labios y lengua utilizado por los Rolling Stones desde los años 70 y que se convirtió en uno de los iconos más famosos del rock mundial. Álvaro Armero rastreó sus orígenes.

El logotipo fue creado en 1970 por John Pasche, un estudiante de la Escuela de Artes de Londres, quien se inspiró en los labios “sensuales” del propio Mick Jagger, indicó el museo en un comunicado. El diseño, por el que Pasche recibió 50 libras (unos 65 euros, 90 dólares), fue usado por primera vez por la mítica banda en 1971, en su primer álbum, “Sticky fingers”.

Seguramente en aquel momento John Pasche se alegró mucho por recibir el equivalente a poco menos de cien dólares así como por el hecho de que una creación suya pasara a identificar a esa banda de rock que comenzaba a sonar.

Luego vino la enorme fama del grupo y la consiguiente difusión del logo que llegó  a convertirse casi en objeto de culto. Tan es así que, según el mismo Armero, hace algunos años uno de los más importantes museos británicos, el Victoria and Albert (V&A), adquirió el mencionado logo en una subasta de la firma Mastro Auctions en Chicago, Estados Unidos. Y aquí viene lo sorprendente: la cifra a la que se subastó alcanzó los 92.500 dólares. Álvaro Armero añade que

The Art Fund, una organización británica independiente creada para promover el arte, contribuyó con la mitad del precio pagado en la subasta por el logotipo, que va a formar parte de la colección permanente del museo, indicó el V&A. Ese diseño es “uno de los logotipos más visualmente dinámicos” de la historia, destacó David Barrie, director de The Art Fund, que explicó así su contribución a la compra del diseño. Según el museo, Pasche siguió trabajando con los Rolling Stones hasta 1974, y después para otros músicos, como Paul McCartney y The Who.

Ya no supe que fue de la vida de John Pasche. ¿Se habrá enterado del cambio de precio que tuvo aquel logo que cotizó –tal vez con cargo de conciencia por ser un poco carero- en 90 dólares?

martes, 21 de enero de 2014

Los (in)justos títulos


Un título no es garantía, tan solo el punto de partida que permite ofrecer a un profesional o técnico el privilegio de la duda acerca de sus competencias en relación a determinado campo del conocimiento.  Ello –y es lo más importante- deberá ser refrendado por los resultados obtenidos a lo largo de su práctica. Hasta no hace mucho el título fue considerado como el final de un camino; para hoy las cosas han cambiado dada la velocidad en la caducidad del conocimiento, lo que exige estar en formación permanente.
Hacerse de un título no es garantía para conseguir trabajo pero en ocasiones no deja de ser una ventaja por sobre aquellos que no lo tienen. De allí la relevancia que adquiere y que se manifiesta de diversas maneras según el entorno. Hay familias con largo historial de títulos por lo que uno nuevo es una alegría, pero no constituye una sorpresa. Hay otras en que el título del hijo es el primero que se obtiene, lo que equivale a un acontecimiento de grandes dimensiones. Una manifestación de ello se puede observar en la puerta de la Dirección General de Profesiones de la Av. Insurgentes: en el primer caso viene el flamante profesional a retirar el título, en el segundo lo hace acompañado de buena parte de la familia y sus caras reflejan una mezcla de solemnidad y de alegría. En uno y otro caso el título evidencia el esfuerzo realizado a lo largo de años.
Muy lejos de lo anterior está el caso de quienes aspiran al título sin haber realizado los estudios pertinentes. Ello ha dado lugar al surgimiento, desde hace mucho tiempo, de un verdadero mercado de falsos que ha ido cambiando de estrategias con el paso del tiempo. Cada tanto la prensa da cuenta que las autoridades lograron detener a un grupo de (ir)responsables dedicados a este negocio. Tal es el caso del artículo de María de la Luz González publicado en El Universal del 25 de julio de 2010.
Títulos de médico, en oferta por Internet.
(…) Una red de falsificadores de certificados de estudios y títulos profesionales, que fue denunciada y perseguida penalmente desde hace seis años, ha sobrevivido y crecido gracias a internet. Su más reciente oferta es el Examen Nacional de Aspirantes a Residencias Médicas (ENARM) 2010.
Entre los documentos “originales” y “apócrifos” que ofrecen en venta hay desde licenciaturas incluida medicina, con un costo de 68 mil pesos, universidades y de la generación que sea, a precios que van de los 12 mil a los 45 mil pesos, respaldados con historial académico, certificado de estudios y cédula profesional. El ENARM vale 75 mil pesos.
Los vendedores, que dicen ser docentes de diferentes instituciones educativas, explican que los títulos “oficiales y originales” se entregan en un plazo de tres a seis meses, aunque también manejan “apócrifos”, que “ojo, sólo te sirven para conseguir trabajo; ‘ifes’ (credenciales de elector), cédulas, licencias para conducir y actas de nacimiento”.
Ofrecen además “un descuento sustancial en el trámite” para quienes ya cursaron parcialmente una carrera.
La Subsecretaría de Educación Superior y la Dirección General de Profesiones de la Secretaría de Educación Pública (SEP) rechazaron que se puedan ofrecer documentos originales, pues éstos siguen un estricto proceso de validación que incluye el registro de formatos de los documentos expedidos por cada institución educativa y hasta el tipo de papel.
Sin embargo, el 19 de julio fue detenido en Puebla José Báez Jiménez, guardia de seguridad interna de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP), cuando cerraba un trato de venta de certificados expedidos por esa institución. Se le incautó un formato de título profesional de la licenciatura de ingeniería en sistemas computacionales con logotipos de esa escuela.
Entre 2002 y 2006 la SEP presentó ante la Procuraduría General de la República 2 mil 10 denuncias por falsificación de certificados y títulos profesionales, mientras que la UNAM detectó mil 53 documentos apócrifos e hizo las denuncias correspondientes.
Y uno queda un poco atemorizado con noticias de este tipo. No me queda más que tener confianza en cuanto a que los profesionales a quienes recurro con frecuencia (¡en particular médicos y odontólogos!) hayan obtenido sus títulos en justa lid.

jueves, 16 de enero de 2014

Adicción a las nuevas tecnologías


Tema recurrente en los tiempos que corren es el que tiene que ver con la adicción de niños, adolescentes y adultos hacia las nuevas tecnologías por medio de sus dispositivos de última generación. Con frecuencia se escucha la opinión de  expertos en el tema acerca de los diversos efectos que produce este nuevo “síndrome” así como la formulación de una serie de medidas preventivas.

Caeríamos en un error si consideráramos que esta situación se originó en años recientes. Aldous Huxley alertaba a este respecto:

En Occidente, a la mayor parte de la gente se le ha hecho indispensable leer sin objeto, escuchar sin objeto, ir a ver films sin objeto, transformándose todo esto en inclinaciones equivalentes al alcoholismo y la morfinomanía. Las cosas han llegado a un punto tal, que existen varios millones de hombres y mujeres que sufren angustias verdaderas si se les impide durante algunos días y mismo durante algunas horas, la lectura de los diarios, la música de las radios, o la entrada a los cinematógrafos. Como los droguistas, tienen que satisfacer su vicio, no porque el satisfacerlo les signifique un placer activo, sino porque de no satisfacerlo se sienten dolorosamente sub-normales e incompletos. Sin diarios, sin “vistas”, sin transmisiones, viven una existencia disminuida; sólo logran hallarse totalmente, cuando se sumergen en las crónicas deportivas, en los juicios criminales, en la música o en las charlas de la radio, en los terrores, en los triunfos o en los erotismos sustitutivos de las “vistas” cinematográficas.

Conviene recordar que Huxley formulaba estas anotaciones en 1939 cuando la segunda guerra mundial estaba en sus inicios.

martes, 7 de enero de 2014

Las carpas


Durante mucho tiempo las carpas significaron un espacio entrañable para los integrantes de las clases populares que allí concurrían en busca de un rato de diversión. Adentrarse en sus orígenes implica aproximarse, tal como lo indica Luis Ortega, a la controversia.


Doctos investigadores de nuestro acontecer socioeconómico derivan a la carpa del Mester de Juglaría medieval, otros, encuentran sus raíces en los Misterios que importaron los frailes hispanos misioneros. Nosotros aceptamos su autorizada opinión, pero preferimos creer que las raíces de la carpa están en la Revolución Mexicana.
En apoyo a esta aseveración, queremos recordar al lector que hacia principios de este siglo (XX) el pueblo mexicano, sobre todo el provinciano, no tenía espectáculo propio. El teatro estaba dedicado a las clases sociales privilegiadas y la Opera, la Opereta, la Zarzuela, el Melodrama y la Comedia eran géneros sin arraigo popular, pues se presentaban en idiomas ajenos o planteaban problemas que nada tenían que ver con el sentir y el vivir populares.
Y vino la Revolución. Los teatros cerraron sus puertas, los cines aún no existían y los circos nómadas perdieron a sus animales porque no tenían para darles de comer y tuvieron que ser utilizados como alimento.
Pero "no sólo de pan vive el hombre", y el pueblo creó su espectáculo. Tomó de sus vivencias cotidianas la música, los corridos y canciones como La Adelita, Marieta, La Cucaracha, La Rielera, La Valentina y tantas otras.
La fina ironía del pueblo se asoció con el ventrílocuo, el malabarista, el declamador y las bailarinas para hacer su espectáculo bajo el toldo de lona circense, del cual la carpa tomó su nombre. De este modo, el maestro de ceremonias se hizo declamador, la caballista aprendió a cantar y el payaso se hizo cómico sin rostro enharinado, cambiando su traje de seda por los harapos que apenas cubrían los cuerpos de los peones. Y así como el payaso es el alma del circo, el cómico se volvió el imán que atrajo al pueblo para oír, de labios de quien vestía y ayunaba como él, las bromas cáusticas con que burlaba burlando y criticaba a la sociedad injusta.

 
Al concluir la Revolución el pueblo acude a espectáculos en que pudiera reír, tales como el circo, la maroma, el teatro (comenta Javier Meneses de Gyves que en la zona del Istmo de Tehuantepec al circo se le llama maroma). Pedro Granados abunda en este punto.


Pasa el tiempo de la Revolución y el circense europeo acostumbrado a vivir bajo la lona; idea hacer teatritos de lona portátiles, o sea, las carpas. En ellas hacen pantomimas, bailables, canciones, saltos, maromas, pero ante todo el "payaso", que siempre fue y ha sido el personaje central del espectáculo.
El pueblo, harto de sangre, matanza y miseria, al no tener dónde explayarse, se lanza a la plazuela a cantar sus corridos y sus canciones de amor. (…)
El fonógrafo no estaba al alcance de su bolsillo y la radio se hallaba en pañales. El cine hablado en castellano empezaba a gestarse y la televisión no existía ni en el pensamiento. El pueblo de México estaba de vuelta de la lucha fratricida. Ávido de diversión, quería escuchar su música, sus chistes. La carpa fue la tienda de campaña y las candilejas, la hoguera del vivac en la naciente paz. Entonces el pueblo se lanzó materialmente a las carpas y allí nacieron sus primeros ídolos, los carperos que fueron adorados por muchos años.

 
Las carpas constituyeron -tal como lo apunta Luis Ortega- un buen reducto porque a diferencia del cine sonoro que estaba en sus inicios, no era necesario saber leer para entender el espectáculo presentado, además de que en cualquier lugar podía armarse la lona que daba cobijo al albur, a la picardía y al humor.

 
Es fácil comprender que el pueblo, que abandonó el cine mudo y que no aceptaba aún las películas habladas en inglés con títulos en español, porque además no sabía leer, buscara la diversión en la carpa, espectáculo que sí estaba hecho a su gusto y medida. Por eso proliferaron estos teatritos que, como los circos pobres, encontraban asiento en cualquier lote baldío de los que había muchos en los barrios, o aún en zonas céntricas donde la remodelación urbana había derruido viejas construcciones.
Recordamos algunas carpas que fueron famosas, aunque empezaron con toldo de lona y muros hechos con tablas procedentes de las demoliciones: Mayab, Ofelia, Procopio, Maravillas, nos resultan inolvidables, y de ahí surgieron luego los teatros Colonial, Río y muchos más en los que el espectáculo era similar al de sus antecesores.


Es importante subrayar que el precio de las entradas era accesible para bolsillos modestos. Homero Bazán recuerda las incipientes estrategias de marketing a las que se recurría.
 

Adelantándose a las estrategias de marketing, muchas de esas carpas imprimían volantes que al reverso exhibían una copia exacta de un billete de diez pesos. No eran pocos los parroquianos que maldecían para sus adentros cuando en una calle solitaria, creyendo que la fortuna los había coronado con su gracia, volteaban el mencionado chucho encontrando los nombres del elenco y los espectáculos del fin de semana.
Hubo incluso una organización católica que protestó ante las autoridades alegando que dichos espectáculos ambulantes atentaban contra la moral y las buenas costumbres de los “bien nacidos”, además que en su propaganda repartida afuera de pulquerías y estaciones de tranvías exhibían también imágenes de santos aprovechándose de la fe de los capitalinos y evitar que por respeto a sus creencias tiraran los volantes al suelo.


Los cómicos ocuparon un lugar muy especial. Luis Ortega cita algunos de los carperos más renombrados.

 
No queremos ni podemos hacer historia, pero si algún antepasado tienen nuestros cómicos de carpa habría que remontarse al Negrito Poeta, al Periquillo Sarniento y a Pito Pérez; sin olvidar tampoco a José María Aycardo, aquel payaso mexicano que hace más de un siglo ya fustigaba en verso a la sociedad porfiriana, y de él habría que llegar hasta Cantinflas, Palillo, Don Catarino, Chicote, Resortes, Clavillazo y tantos otros que surgieron a la fama bajo el toldo de lona y que aún hoy repiten muchas veces los sketches que inmortalizó aquel genial ventrílocuo Conde Boby, amo y señor de la carpa.

 
El caso de Mario Moreno Cantinflas merece consideración especial; Pedro Granados alude a ello.


Vimos a Mario actuar por primera vez en una carpa o salón ambulante allá por 1928, haciendo pareja con Nacho Pérez y con la cara pintada de negro interpretar "El Charleston Negro" bailando aceptablemente.
Más tarde, en otro salón, lo vimos bailando "Tap" haciendo dueto con el gran bailarín Manuel Sánchez, el mejor bailarín que produjo la carpa.
No cabe duda que Mario tuvo infinidad de mentores, Manuel Sánchez, Nacho Pérez y Esparza, un bailarín-cantante cuyo atuendo era de cow-boy. Estos fueron los primeros.
Pasó el tiempo... iLa sorpresa!... Mario había cambiado de personalidad, él actuaba maquillado y convertido en el peladito de barriada... Ahora se hacía anunciar como "Cantinflitas Parodista", en la carpa "Rosete", allí por San Antonio Tomatlán. La actuación en el sketch "El Tinaco" interpretada por la "Yoly- Yoly" y "Cantinflas" fue muy aplaudida.
La Yoly-Yoly, una joven vedette, fue la primera visionaria de un "Cantinflas" con futuro exitoso, ella lo maquilló e hizo que Mario usara los pantalones, la camiseta de tres botones y el sombrerito clásico del peladito de barriada, o sea, al estilo "Chupamirto", es decir, copia fiel de una tira cómica creada por don José de Jesús Acosta en el periódico El Universal.
Nos faltó hacer hincapié en el chaleco, artefacto que Mario bautizó con el nombre de la "gabardina". (…)
Buena puntería de la Yoly, vemos a Mario muy cambiado, ha tenido a bien transformar su personalidad. (…)
Es nuestro deber aclarar que estamos en la primera mitad de los maravillosos treintas.
(...) El largo historial artístico de Cantinflas, parte de las carpas, se ignora de cuál, pero es evidente que la carpa mexicana cumplió su misión al incubar entre sus viejos y raídos toldos, entre sus malolientes camerinos, a un artista que, con el tiempo, daría renombre universal al artista popular mexicano.  (…)
Una nueva modalidad de Mario, es decir, a cada paso se supera, CantinfIas había transformado su propio estilo de hablar debido a un fenómeno casual.
En la carpa "Salón Rojo" había un timbalero al que apodaban "El Golito" (sabrá Dios por qué), jamás supimos su nombre y tenía una forma muy peculiar de hablar, ya que al tratar de expresarse, soltaba palabras mal organizadas y en realidad no decía nada, pero hacía reír. Por ejemplo, llegaba con usted, y le decía: "Mire mi joven, uno llega y ¿para que? pues mejor no, y a lo mejor, pus ya estuvo y no hay para qué si al fin que, que, mejor ni le digo, pero ahí está el detalle. Bueno, pase una “sura” (peseta o veinte) pa'l pulmón (pulque)".
Un buen día, en un beneficio de X artista, Cantinflas salió a decir unas palabras y Mario se pone a dialogar con el "Golito" (lógico, Mario en el foro y Golito abajo a su 'timbal") en su propia jerigonza y el público se moría de risa.
Mario, con esa inteligencia que Dios le dio, refina el estilo y triunfa en todo el mundo, CantinfIas cobraba quince pesos diarios.
La fortuna y el éxito no sonríen a mediocres hay quien tiene golpes de suerte y no los sabe aprovechar. El señor Mario Moreno "Cantinflas" ha tenido sobrada inteligencia para saber aprovechar todos los golpes de suerte, por ello ocupa el sitio que ningún artista mexicano jamás logró.

 
Por supuesto que en las carpas no faltaba la música y Pedro Granados comenta de la afición por el tango que prevalecía en esos lugares.
 

En todas las carpas el tango se convertía en algo insustituible. Estaba en pleno auge. En una y otra carpa se dejaban escuchar los lamentos gauchos (…)
Nunca falta la tanguista que nos haga llorar con la "Pebeta", "Caballo Criollo”, un gaucho traicionado por su mejor amigo, etcétera... Esas letras lloronas hicieron florecer en los salones de baile a las "pebetas aztecas" y a los "payadores totonacas”.
Cuando pasábamos frente a una carpa de cualquier barrio de México, se escuchaba siempre: “¿Por qué me abandonas mi lindo Julián?...” “Mocosita no me hagas más sufrir..." o "Negro, quiero adorarte así toda la vida” o “Zapatito pinturero de charol..." o "Ladrillo está en la cárcel...." El pueblo hacía suya la tragedia y lloraba junto con su tanguista consentido.
Mario del Valle, Celia Tejeda, Eva Peralta, Eva Imagno y muchos más, hacían que las carpas diariamente se llenaran de bote en bote.


Según Granados la aparición de Agustín Lara en el escenario, determinó el cambio en los gustos. “Un buen día surgió a la fama, la música de un compositor jarocho (por ahí dicen que fue de Puebla, qué gente, ¿verdad?) llamado Agustín Lara, cuyas canciones románticas comenzaron a desplazar al tango muy del gusto del público.”

 
Con el paso del tiempo las carpas fueron aumentando su presencia en la Ciudad de México; Alejandro Rosas analiza este proceso.

 
De 1930 a 1950, las carpas tuvieron su época de oro. Los llamados jacalones de otros tiempos -pequeños teatros de madera, de Ínfima calidad, construidos en las colonias populares de la ciudad-, que convocaban a buena parte del pueblo a presenciar un teatro de revista de menor categoría del que se presentaba en los foros teatrales establecidos y reconocidos, se convirtieron en carpas.
El crecimiento de la Ciudad de México abrió nuevos espacios; los lotes baldíos que surgían de las demoliciones de edificios antiguos para dejar su lugar a nuevas construcciones, eran aprovechadas temporalmente por algunos empresarios para llevar a las clases populares diversiones a las que no tenían acceso, ya fuese por el costo de las entradas, ya fuese porque los foros teatrales establecidos eran ocupados por la clase media.
Las carpas representaron una verdadera diversión para el pueblo y significaron un contacto directo entre la gente y los artistas, pues ante la inminente llegada de una carpa -que se montaba en cuestión de horas- , los vecinos se presentaban no solo para el espectáculo en sí, les interesaba ver cómo se levantaban los postes, se colocaban los tablones de madera donde podían sentarse hasta doce personas, se montaba la lona circense -de ahí el nombre de carpa-, y finalmente, esperaban la llegada de los artistas. Una vez terminada la improvisada construcción, se escuchaba al pregonero recorriendo las calles mientras anunciaba lo que presentaría la carpa a partir de las cuatro de la tarde y hasta pasada la medianoche.
El contenido de los espectáculos no era diferente de lo que se podía ver en los teatros tradicionales: también en la forma de tandas, el público se entretenía con números musicales, el sketch cómico, la sátira política, las imitaciones, actos de malabares, magia, ventrílocuos, payasos.
Aunque la carpa era considerada un espectáculo propio de barriada -no había desperdicio en los diálogos de doble sentido, el albur, el lenguaje de barrio, el tono populachero-, grandes protagonistas de la historia del espectáculo cómico surgieron de ahí (…)

                                                                                 
En la ciudad de México prácticamente ya no existen las carpas (si acaso sobreviven unas pocas a la manera de especies en peligro de extinción). Sin embargo, es importante aclarar que en algunos estados la situación es otra. Homero Bazán narra su reencuentro con las carpas.

 
Hace unos meses realicé un breve viaje por apartadas comunidades hidalguenses y prácticamente tuve un viaje en el tiempo al encontrarme con una carpa de espectáculos, igual a las que existían en la ciudad de México en la primera mitad del siglo XX.
En la función no faltó el mago, la cantante de boleros, el malabarista con sus perros, el cómico de los albures e incluso el payasito que hacía bromas en los intermedios.

 
Como señala Pedro Granados las diversas formas de diversión cumplen su ciclo. “El circo engendró a la carpa, que, madre generosa, incubó al teatro frívolo actual. La radio, el cine nacional, estos son los hijos ricos y por lo tanto ingratos. Estos son los que se nutrieron de la sangre del pueblo, los que robaron sus artistas al pueblo y mataron a la humilde madre vestida de lona.”

 
¿Qué sigue?