viernes, 13 de diciembre de 2019

Libros editados por el enemigo


Existen algunos libros de diseño espectacular al tiempo que de muy difícil lectura porque -entre otras incomodidades- el reflejo que producen al intentar leerlos es mucho peor que el de uno de esos días en que el sol brilla por unanimidad. Al cabo del tiempo he aprendido a mantenerme a prudencial distancia de ellos, aunque sea una descortesía hacia quienes los envían de obsequio con motivo de las fiestas decembrinas.

Pensé que era cosa mía hasta que di con dos breves comentarios al respecto firmados por dos reconocidas autoridades en la materia. El primero de ellos es de Gonzalo Celorio

Las instituciones bancarias hacen libros bellísimos, lujosos, espléndidos, que no se leen. En el mejor de los casos, desenvuelto el regalo, se hojean y se ojean. El papel couché, tan bueno para la reproducción fotográfica, lastima la vista del lector, que tiene que torear los brillos enceguecedores.

La otra nota corresponde a la autoría nada menos que de Gabriel Zaid

Muchos libros costosísimos que publican las grandes empresas para celebrarse a sí mismas, o como regalo de Navidad, siguen el mismo camino: de la celulosa convertida en papel impreso al papel impreso convertido en celulosa. Pero no importa. En los circuitos del aparato resonador, lo importante es que la celulosa reciclada una y otra vez genere resonancia, no lectura.

A este respecto me permito realizar una pequeña sugerencia. Si son publicaciones de casas bancarias, que en vez de editar estos libros bajen las tasas de interés. En caso que sean de instituciones públicas que en lugar de editarlos reduzcan los impuestos.

Al fin que los libros no se leen (aunque pensándolo mejor tal vez se trate de publicaciones para ver y lucir; no para leer).

jueves, 12 de diciembre de 2019

Polémicas en torno a la salud


Si para tener una vida sana usted o yo quisiéramos seguir al pie de la letra todas las recomendaciones que nos brindan los diversos especialistas, lo más probable es que nuestra salud –física y emocional- sufriría severos quebrantos. Horacio Radetich en su artículo “Banales dicterios” publicado en la revista Mira del 26 de junio de 1991 (al que ya aludiéramos hace algunos años http://habladuriacronicasdelocotidiano.blogspot.com/2014/10/vida-saludable.html) aclara la cuestión.
Médicos alópatas y de los otros, nutriólogos, naturistas, señoritas versadas y demás especialistas te abruman y asustan opinando sobre tu salud y, como sucede siempre en estos casos, las opiniones se vuelven contradictorias.
Unos insisten en que si quieres vivir mucho tienes que correr como galgo y otros te avisan que si corres vas a respirar al triple de ozono y plomo, con lo que tus pulmones –y tú también- envejecerán a una velocidad meteórica. Si decides no correr hay un montón de esbeltos que te amenazan con que vas a perder la forma y te vas a volver sedentario, como si eso fuera pecado. Ahí es cuando caes en las garras de unos musculosos que te inducen a cometer ridiculeces tales como hacer aerobics o pesas; pero vienen otros y te suplican que ni se te ocurra, porque si lo haces sin un control tipo NASA vas a quedar contracturado y en silla de ruedas por el resto de tu poco vivificante existencia. 
Algunos pronósticos son francamente desalentadores (“si fumas despídete, porque no llegarás al domingo; si fumas y bebes no verás el atardecer del jueves”). El cuidado de unos órganos lleva al deterioro de otros (“si te cuidas de la diabetes estás propiciando la desnutrición, y lo que ayuda a evitar la arteriosclerosis es pésimo para tu intestino”). Las informaciones cruzadas, continúa Radetich, no acaban allí. 
Con una voz seductora una señorita comunicadora te dice que tengas mucho cuidado con eso de andar haciendo el amor porque las taquicardias pueden ser fatales; y si tienes bien la circulación, ojo, porque las enfermedades venéreas está a la orden del día y eso sin hablar del Sida.  
Claro que si no haces el amor se te estropean el cerebro y las conductas. 
Por si fuera poco con lo anterior, nunca falta la nota informativa que comienza diciendo: “Un grupo de científicos de la Universidad de………. situada al norte de ……………. han hallado que…
Momento de apagar la radio o pasar a otra noticia.

miércoles, 11 de diciembre de 2019

Intelectuales de buen diente


No es novedad para nadie que muchos intelectuales no solo aprecian la cultura libresca sino también la culinaria. Amplia es la lista de quienes su pasión por la buena mesa compite con sus desvelos intelectuales. Fueron muchos quienes, por decir lo menos, no militaron en las filas de la moderación y ello los llevó a severos quebrantos de salud e incluso a la muerte.

El primer caso lo ilustramos con lo que narra Rafael Barajas, El Fisgón, en relación a Carlos Pellicer.  

Cuentan que en una ocasión Carlos Pellicer fue invitado a una cena lujosa y abundante. El poeta era glotón y comió mucho más de lo que su cuerpo podía aguantar; se indigestó tanto que se puso mal y tuvieron que llamar una ambulancia; mientras los enfermeros subían al paciente a la camilla, él susurraba, desesperado, unas palabras ininteligibles. Uno de los camilleros se acercó para escuchar lo que bien podían ser las últimas palabras del Poeta de América y pudo descifrar que decía: "No me lleven... No me lleven... me falta el postre... me falta el postre..."

En cuanto a situaciones donde la muerte pudo haber estado estrechamente vinculada al exceso en la ingesta, nos guiamos por lo que cuenta Edgardo Cozarinsky  en sucesos ocurridos en ambos márgenes del Río de la Plata.

Adolfo Bioy Casares solía recordar las muertes por gula que habían coronado la vida de algunos intelectuales. En la Argentina el historiador Carlos Alberto Erro falleció después de haber vaciado en medio de la noche el contenido de su heladera y el profesor de Filosofía Francisco Romero, después de haber ingerido el asado organizado en su honor por un grupo de intelectuales uruguayos.

Finalmente Cozarinsky –tomando nuevamente como fuente a Bioy Casares- alude al caso de otro reconocido intelectual.

Entre las "últimas palabras" menos prestigiosas que registra la Historia, mencionaba las pronunciadas por el gran poeta católico Paul Claudel: "¿Qué opina, doctor? ¿Habrá sido el salchichón?".

Llegados a este punto nos quedaremos con la misma duda que Claudel ya que la fuente no menciona nada respecto a la respuesta del galeno.

martes, 10 de diciembre de 2019

De campesinos y esclavos, a monjes y ermitaños




En otras circunstancias ya hemos tratado el tema de los anacoretas en el siglo IV (http://habladuriacronicasdelocotidiano.blogspot.com/2019/03/la-historia-de-pacomio-las-aceitunas-y.html). Conducidos por J. Lacarriére veremos ahora por qué este tipo de vida resultaba tan atractiva a los campesinos de la época.

(…) en el Egipto del siglo IV, las condiciones económicas favorecían en altísimo grado la génesis y el éxito de esta experiencia de  “sociedades  artificiales”. En la vida cotidiana de un fellah copto del siglo IV, nada  podía incitarle a aferrarse a las  instituciones del pasado ni a un sistema social del que él era la principal víctima. La tierra, por supuesto, no le pertenecía; prácticamente no era más que un esclavo al servicio de un terrateniente (a menudo extranjero, griego o romano) y sus condiciones de vida como aparcero no ofrecían en absoluto mayores ventajas que aquéllas que podía tener dándose al  anacoretismo.

En un breve testimonio, en el que Lacarriére cita la Vida de san Arsenio, se pueden apreciar las diferencias de origen social de quienes coincidían en los monasterios.

Numerosos pasajes de las Vidas de santos del desierto aportan sobre esta cuestión no pocos informes. ¿Qué dice, por ejemplo, la Vida de san Arsenio? Arsenio era un romano, de origen noble, que fue durante algún tiempo  alto dignatario en la corte de Teodosio el Grande (por tanto, a fines del siglo IV),  tras lo cual, a la edad de cuarenta años, decidió consagrarse a la ascesis y se  trasladó a Egipto. Cierto día en que cayó enfermo, su discípulo le hizo acostarse sobre una cama y le puso una almohada bajo la cabeza. Un anacoreta vino a visitarle y se mostró escandalizado ante aquel “lujo”. Entonces, el discípulo de Arsenio le dijo:
“¿A  qué  te dedicabas antes de ser ermitaño?
-Era campesino.
-¿Y de qué vivías?
-Como en la actualidad: dormía en el suelo, comía cada día un poco de lentejas, pan y aceite. Pero mi alma no conocía el reposo.
-Pues bien -dijo el discípulo-, Arsenio, el que tú ves aquí era en otros tiempos preceptor de los hijos del Emperador, tenía mil domésticos a su servicio y dormía en un lecho suntuoso. ¡Que diferencia entre su condición de entonces y la tuya, tú que vivías peor que ahora! Al abandonar el siglo, tú has abandonado una vida penosa por una vida mejor, mientras que Arsenio ha dejado la opulencia por la pobreza.”

Aun reconociendo la existencia de casos excepcionales, es posible afirmar que la mayoría de quienes optaban por la vida monacal o eremítica provenían de condiciones de vida caracterizadas por la pobreza.

Se comprende entonces que, desde los comienzos del monaquismo -y excepción hecha de los “fundadores” que son todos de familia acomodada-, el reclutamiento de monjes se hiciera casi únicamente entre los aparceros del campo, los  pequeños artesanos, los aldeanos de las márgenes del Nilo y, de un modo general, entre las clases rurales y laboriosas. (…)
Y se comprende también el motivo que luego hubo de llevar a tantos esclavos a  buscar asilo en los monasterios y acabar, ellos también como monjes y ermitaños.

Luis Izquierdo agrega información relevante en torno al tema.

El número  de los anacoretas y monjes llegó a ser considerable. Paladio habla de unos cinco mil en las zonas desérticas paralelas al Nilo. Ahora bien, la vida del  fellah, campesino egipcio, era tan extremadamente dura que la vocación del  desierto no  le suponía  un  esfuerzo   extraordinario.  Esta  circunstancia, unida  al respeto  que  despertaba  en todos  los viajeros la visión de los ascetas, determinó  el crecido número de ermitaños y monjes. El fellah seguía un impulso  religioso, pero también se afirmaba como hombre: accedía a una consideración de la que había carecido en vida. Los mismos  patricios que, en el ejercicio de su labor, no reparaban en  su  existencia,  se  prosternaban ante el fellah, en  su  versión monástica.

Obviamente que tal estado de cosas –continúa Izquierdo- no fue bien visto por los poderosos.

Los terratenientes llegaron a protestar por la cantidad de labradores que les huían al desierto. En las postrimerías del s. IV, llega a afirmarse que el fellah, aunque llegue a hacerse monje, no podrá escapar de su señor.

Así fue como la Iglesia, a partir del siglo IV, se distancia de los pobres al aliarse con los privilegiados, tal como lo señala Izquierdo: “Para delatarle, intervendrán incluso signos denunciatorios venidos de lo alto: curiosa colaboración de Dios en la economía de los grandes propietarios agrícolas.” Por su parte J. Lacarriére profundiza en la cuestión.

El concilio de Gangres [Gangra], por ejemplo (tuvo lugar en el año 342), excomulga al obispo Eustato y sus discípulos por haber aconsejado a los esclavos abandonar  a sus amos a fin de hacerse ascetas. La Iglesia, por otra  parte, no tardaría en tomar la defensa del orden social y de los intereses de los esclavistas y de los poderosos. “No permitiremos jamás -dice un Canon de los santos Apóstoles del siglo IV- cosa semejante que causa pesar a los amos de esclavos y que siembra el desconcierto en los hogares...” Y un edicto del emperador Valente incluso ordena: “traer por la fuerza a los esclavos que se esconden entre los monjes”. Estas disposiciones acabaron por influir en la misma hagiografía, ya que un santo del siglo IV, Teodoro, “tenía el poder milagroso de ligar a los esclavos con lazos invisibles que hacían imposible toda fuga. Si, a pesar de esta precaución, el amo perdía su esclavo, le quedaba la posibilidad de ir a dormir sobre la tumba del santo, el cual le indicaba en sueños el lugar donde su esclavo se hallaba refugiado. Se ve claramente que san Teodoro prefería los amos a los esclavos.”

Una vez más queda de manifiesto que en la Iglesia siempre ha existido un enfrentamiento entre los que se encuentran más próximos a la perspectiva de Eustato y quienes optan por Teodoro.

Ayer como hoy.


lunes, 9 de diciembre de 2019

¡Mucha "merde"!


No sería demasiado original decir que las personas quisieran dedicarse a lo que les gusta y que, al mismo tiempo, ello les brinde certeza económica. Pero también es sabido que como las cosas no siempre son así (es más, por lo general no son así) al optar por ciertas ocupaciones se asumen riesgos de consideración.

El mundo del espectáculo no es ajeno a ello, tal como lo pone de manifiesto el actor Fernando Fernán Gómez al reconocer que el oficio de cómico (expresión que le es más querida que la de actor) es inseguro, “más aún, como es natural, en las épocas de crisis”. Y para darnos idea que esta crisis a la que se refiere es de siempre, comenta lo siguiente

(…) aunque no existen documentos que lo demuestren, es casi seguro que cuando Tespis en su famoso carro inventó el teatro, mientras recorría los caminos de la Hélade buscando donde detenerse a echar función, murmuraba: “¡Vaya crisis teatral que hay este año!”.

Por otra parte Margo Su, conocedora del medio tanto en calidad de artista como de productora, comenta sus vivencias al respecto.

Si me equivoco en la programación, el público no entra. Llega a la puerta del teatro, ve la cartelera, y regresa a su casa. El estómago me arde pues de todos modos debo pagar elenco y empleados. El teatro es más efímero que los jitomates: si no se consume el mismo día, se pierde. Envidio a los fabricantes de refrigeradores o de cerillos o de patines que si no venden sus productos hoy, los guardan en cajas hasta venderlos. No pierden.

En este contexto no está de más recordar que quienes forman parte del espectáculo (actores, directores, productores, escenógrafos, vestuaristas, tramoyistas, etc.) tienen –como narra Gustavo Barco- una forma muy curiosa de desearse mutuamente ¡éxito! a la hora de iniciar una temporada.

En el mundo del espectáculo, desear suerte a viva voz, paradójicamente, trae mala suerte. En su lugar, aconsejan recurrir al más elegante y conocido merde!, que también tiene su explicación histórica.
La costumbre se remonta a épocas en las que el caballo era el medio de locomoción por excelencia. En aquellos días, ver acumulado el excremento en la puerta de un teatro era sinónimo de que la sala estaba colmada, justamente, con los propietarios de esos animales.
Hoy, hasta se agradece efusivamente la costumbre, y no se considera a nadie un maleducado si, al desear buena suerte, lo que se escucha es la exclamación: “¡Mucha merde!”



viernes, 6 de diciembre de 2019

Novelas policiales


De mi padre he heredado muchas aficiones pero el gusto por las novelas policiales no ha sido precisamente una de ellas. Muy buen lector de distintos géneros, podía estar horas ajeno a lo que le rodeaba y pendiente exclusivamente de lo que sucedía dentro de los libros. Su predilección iba por el lado de las novelas policiales que adquiría o canjeaba tanto con amigos como en puestos que a ello se dedicaban.
Por mi parte, y lo confieso con cierta culpa, me parece recordar que nunca pude concluir la lectura de uno solo de estos libros por los cuales no siento la menor simpatía. Cuando me preguntan del por qué de mi aversión al género, no dispongo de razones convincentes. Bueno, no las tenía porque hace poco las hallé leyendo a Alejandro Zambra 
(…) nunca me han gustado mucho las novelas policiales. He leído dos o diez muy buenas, pero me parece cansador eso de andar por el mundo buscando al culpable y robándoles un tiempo sin duda valioso a los testigos. El asesino, finalmente, es siempre el autor, que en las últimas páginas de la novela confiesa lo que sabía desde un principio. 
Nadie quita –y Zambrano lo subraya- la sagacidad que exige desarrollar una buena intriga.
Escribir novelas policiales es un innegable ejercicio de destreza, y eso es lo que suele celebrarse de los grandes cultores del género: la virtud estratégica de distribuir las pistas, la capacidad de armar, con los elementos de siempre, una historia que sorprenda.
Contrariamente a lo que pudiera creerse, Alejandro Zambra parece encontrar un aire de familia entre la novela policial y la poesía.
Pienso en las novelas policiales porque representan un modelo limpio de escritura. Escribir una novela policial debe ser, en este sentido, parecido a escribir un soneto: la dificultad es, ante todo, técnica. Prevalece la tarea bien hecha y poco importa si el autor tenía o no tenía algo que decir.
Nada de esto compartirán los aficionados a la lectura de novelas policiales, mismos que seguramente encontrarán razones de mucho peso para contra-argumentar debidamente.
Mi padre hubiese sido uno de ellos.

jueves, 5 de diciembre de 2019

Me permito distraer su valiosa atención

Si bien hace rato que las academias de dactilografía han pasado a la historia, aún quedamos sobrevivientes que allí aprendimos a escribir a máquina. En mi lejana adolescencia asistí a la del coronel Aguirre en la calle Canelones, en la ciudad de Montevideo.

El material didáctico consistía en una carpeta que contenía diversos formatos de cartas comerciales que se debían transcribir –en aquellas inolvidables máquinas a prueba de cualquier mal uso- cada vez en un tiempo más breve y con menos errores “de dedo”. Los modelos de misivas cumplían escrupulosamente con las  reglas de cortesía en un lenguaje ajeno al habla cotidiana. Fabio Morabito narra su experiencia al respecto

Cuando tenía doce años mi padre se dio cuenta de que yo escribía mejor que él, así que me pidió que lo ayudara a redactar unas cartas a sus clientes. Había comprado un manual para ello, que me dio a leer para que me familiarizara con el lenguaje de ese tipo de correspondencia. En él se recopilaba un gran número de ejemplos de cartas comerciales, clasificándolas según diferentes criterios, uno de los cuales era cómo reconvenir a la otra parte negociadora por algún incumplimiento, porque una sección completa estaba dedicada a los reclamos, todo ello sin perder la pulcritud de una carta de negocios. 

Continúa Morabito con su evocación al tiempo que reconoce que aquella tarea no le desagradaba. 

Leí el libro de cabo a rabo y aprendí rápidamente a imitar el estilo desapegado de esas misivas, no exento de una fina obsequiosidad. Confieso que me emocionaban más que muchos libros de aventuras. Unos preámbulos me dejaban hechizado, como éste: “Con la presente me permito distraer su valiosa atención para notificarle que su pedido…, etc.”. Distraer su valiosa atención: ¡qué frase admirable! Yo sabía que nadie creía sinceramente en la valiosa atención de su destinatario, pero intuía que esta y otras fórmulas de esmerada cortesía debían de incidir de algún modo en una negociación, y me apresuré a incorporarlas en las cartas que escribía mi padre.

No estaría de más que algunos programas en los medios, así fuera por simple cortesía, retomaran estas viejas fórmulas: “nos permitimos distraer su valiosa atención”. 

Estoy seguro que en muchos casos al conocer de sus contenidos y secretas intenciones, contestaríamos: “no, no se lo permitimos”.

miércoles, 4 de diciembre de 2019

Cuando la respuesta debe ser inmediata


En la vida se presentan situaciones, problemas, coyunturas, en las que es posible tomarse el tiempo para reflexionar, valorar opciones, hacer las consultas del caso y decidirse por aquella que se considere más adecuada.
No es el caso de las urgencias en que se requiere ya no una respuesta, sino en todo caso la reacción inmediata. Sin embargo hay quienes ante la sorpresa de la irrupción de lo inesperado quedamos paralizados o entramos en especulaciones totalmente contra indicadas para el momento. Para ilustrar el punto nos servimos de un pequeño fragmento de Woody Allen –tomado de “Los condenados”- en el que con su humor habitual alude a la cuestión.  
Sus gritos desde el agua helada fueron oídos por Cloquet (…) La noche era oscura y soplaba el viento, y Cloquet tenía una fracción de segundo para decidir si iba a poner en peligro su vida para salvar la de un desconocido. Reacio a tomar decisión tan trascendental con el estómago vacío, se fue a un restaurante para cenar. Atormentado luego por el remordimiento, compró una caña de pescar y volvió sobre sus pasos para sacar a Brisseau del río. 
Hay quienes desempeñan trabajos y profesiones en que la emergencia es habitual, por lo que conviven con la toma de decisiones inmediata. No hay tiempo y se debe mantener la calma en situaciones en que resulta casi imposible lograrlo. Entre ellos –junto a tantos otros- encontramos a quienes se encargan de tareas de protección civil, a los médicos responsables de emergencias, a los intensivistas, etc. 
Nunca estaremos lo suficientemente agradecidos con ellos.

martes, 3 de diciembre de 2019

Cuando uno es el reclamo y otra la solución


Existen circunstancias en que la comunicación resulta imposible porque las personas que participan en ella se encuentran en frecuencias muy diferentes.

Un ejemplo de ello lo proporciona Michel Tournier y tiene que ver con algo que le ocurrió a Karl, quien fuera su mejor amigo. En primer lugar veamos el hecho en sí

(…) le ocurrió a él. De vez en cuando regresaba a su Austria natal, pero con sentimientos contradictorios. Los austríacos habían rivalizado con los alemanes en fanatismo nazi. Un día, de regreso de uno de sus viajes, se encuentra en la cartera unos billetes de chelines austríacos. Uno de ellos lleva grabada la efigie de Freud. Debajo, alguien había escrito con bolígrafo: Saujud! (¡Cerdo judío!).

Comenta Tournier que “Karl quedó vivamente impresionado” por lo que decidió protestar ante ello.

Redactó una larga carta en la que vació su corazón. Y la dirigió al presidente Kurt Waldheim con una fotocopia del billete.

Al cabo de unas semanas llegó la respuesta.

Procede del Banco Nacional de Austria. Han recibido su carta. Puede presentarse cualquier día de 9 a 12 y de 14 a 18, a la taquilla 13, donde le cambiarán el billete defectuoso.

Nota aparte requiere la mención de Kurt Waldheim quien fue nombrado Secretario General de la ONU a comienzos de 1972 por un periodo de cinco años. A pesar de que él lo ocultara, diversas investigaciones pusieron en evidencia su pasado nazi tal como lo consignó en su momento una nota de prensa.

Kurt Waldheim logró enterrar su pasado durante veinte años, pero la verdad acabó saliendo a la luz. (…) participó en las SA, la fuerza paramilitar del partido de Hitler antes de la guerra. Esto quería decir que había participado en crímenes durante la Segunda Guerra Mundial. Así lo evidenciaban unos documentos publicados por el periodista de investigación Hubertus Czernin en el diario Profil en 1986, durante la campaña para las presidenciales en la que Waldheim se presentaba como candidato. Hasta ese momento, el mismo personaje llegó a calificarse de ser un tipo respetable, un buen europeo e, incluso, un antibelicista.

Como afirma el popular eslogan: aunque usted no lo crea.

lunes, 2 de diciembre de 2019

Crítica al teatro experimental


Sin mayor conocimiento del tema es posible suponer que la puesta escena de una obra teatral puede ir desde una versión totalmente apegada al texto original, hasta una adaptación libre que –aun usando el guion como punto de partida- se permitió innovar a fondo, apartándose en mucho de la obra inicial.

Habrá quienes gusten más de las puestas ortodoxas y clásicas así como también los que prefieran la experimentación e innovación. Se podría suponer que en su mayoría los jóvenes se deciden por la segunda opción, mientras que las personas mayores lo hacen por la primera (claro está que con sus muchas excepciones).

Javier Marías reconoce que desearía que se le informara cuando se trata de una versión libre con el fin –es posible sospecharlo- de no llevarse sorpresas desagradables.

Es lícito “recrear” o “reinterpretar” a los clásicos, pero prefiero que se me advierta que voy a contemplar algo “inspirado” en ellos, y no Fuenteovejuna de Lope o Enrique V de Shakespeare. Hablo por mí –hay que insistir, cielo santo–, como espectador resabiado e ingenuo.

Y hablando de sorpresas desagradables veamos lo que sucedió a Álvaro Cunqueiro, quien inicia el relato de su vivencia con una breve introducción en relación a la obra que presenció.

Unos grupos de teatro, que ellos mismos dicen de lo que hacen “teatro experimental”, han representado, o experimentado, en una ciudad gallega, unas cuantas piezas teatrales. Y una de ellas, la Soldadesca de Torres Naharro. Uno tiene su memoria retórica, y de una lectura en días juveniles y universitarios le quedaron de la Soldadesca -acaso la mejor comedia del cristiano nuevo extremeño-, unos cuantos versos (…)
Pues, viendo anunciada la Soldadesca acudí a verla, es decir a ver representar la comedia de Torres Naharro y escuchar, dichos con la solemnidad, la agudeza, la versatilidad, el donaire que es menester, los versos de nuestro comediógrafo.

Sin embargo lo que Cunqueiro vio en escena estuvo lejos, muy lejos, de sus expectativas.  

Pero, por mor del experimento, del teatro experimental, la comedia consistió en ir y venir, brincar y gritar, y en vano esperé, en la barahúnda escénica, escuchar los párrafos que yo recordaba de la lectura de la Soldadesca. El texto literario se había transformado en un pretexto para la gimnasia corporal y bucal. Un texto, por otra parte, bastante sutil, e incluso político, y que merecía la pena ser escuchado.

Su enojo fue de tal magnitud que no dudó en dar un salto de consideración y a renglón seguido lanzarse contra el teatro experimental en general.

Pero, los experimentadores teatrales no van por ahí. Ahora, lo que priva en estos grupos es el teatro como jolgorio, que a esto llaman búsqueda. A una ciudad, como tantas provinciales de España, que solamente ven teatro por fiestas y ferias, les traen estos experimentos para que no terminen de enterarse de que existe eso, tan alta cosa, que se llama el teatro. La idea que tienen estos grupos experimentales, de que cada uno de ellos ha de traer una “novedad”, es nefasta cosa. Que una es servir la pieza, buscándole las cosquillas, los recónditos decires, el significado profundo, mostrando abierto su abanico, y otra el tomarla como pretexto para divagaciones de saltimbanqui. El teatro, para esos grupos, ha dejado de ser un género literario, literatura.

Don Álvaro concluye su crítica con palabras aciagas: “Y yo salgo de la representación preguntándome para qué necesitan un texto. Estoy firmemente convencido de que con tanto apetito de búsqueda, en el teatro, en la novela, en la pintura y escultura, estamos creando un laberinto del que no va a ser posible salir. Ni con el hilo de Ariadna.”

En su momento veremos la otra cara, la opinión contraria, de esta polémica.